EL COLOSO DE MARUSI, el mejor libro de Henry Miller
Hoy en día los libros de Henry Miller (New York, 1891 – California, 1980) ya no llaman la atención. Es más, hasta tengo la impresión de que es un autor más mentado que leído, en donde juega y pesa más la referencia a su vida (bohemia, erotismo, marginalidad, escándalo).Al menos para mí, Miller continúa siendo extraordinario. Así se diga que en sus más de cincuenta libros (este blogger solo ha leído veinte) no se relaten otra cosa que no sean sus devaneos existenciales e inclinaciones morbosas por toda clase de experiencias. Tampoco hay que ser experto para darnos cuenta de que este autor le hacía ascos a las estructuras narrativas, solía escribir sin plan previo. Por sobre todo Miller era una locomotora de sufrimiento y depresión que se dejaba llevar por torrentes verbales, sin importarle las contradicciones que podía acarrearle a sus libros confesionales, porque eso es precisamente lo que escribió: libros confesionales, no novelas. El señalado torrente verbal fue lo que le sirvió para encausar la potencia y sensualidad de su prosa no pocas veces socavada por los inestables estados de ánimo que padecía.
Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, Miller es invitado por su amigo el escritor inglés Lawrence Durrell a pasar una temporada en Grecia. Para ese entonces el corrosivo escritor cargaba con el estigma de obsceno e inmoral, a razón de las publicaciones de TRÓPICO DE CÁNCER, TRÓPICO DE CAPRICORNIO y PRIMAVERA NEGRA.
Si no fuera por su paso por Grecia, en la isla Corfú, Miller jamás hubiera escrito su mejor libro: EL COLOSO DE MARUSI.
“De no haber sido por una muchacha llamada Betty Ryan que vivía en la misma casa que yo en París, nunca hubiera ido a Grecia.” Con este inicio se marca el tono sosegado presente en todas las páginas de ECDM que, a diferencia de los títulos arriba referidos y los que conforman La crucifixión rosada (SEXUS, PLEXUS y NEXUS), por citar los más conocidos, privilegia ante todo las descripciones de los paisajes que Durrell y Miller recorren por el Peloponeso. Sin embargo, no dejan de tener peso las reflexiones del escritor sobre la disyuntiva de regresar o no a su país: “Les pregunté si habían oído hablar de los millones de personas que estaban sin trabajo en América. No me hicieron caso. Les pregunté si se daban cuenta de los vacíos, desasosegados y miserables que eran los americanos con todas sus máquinas productoras de lujo y comodidades. Mi sarcasmo no les hizo mella. Lo que deseaban era éxito: dinero, poder, la Luna a ser posible. Ninguno quería volver a su país…”
El sexo, la farra desmedida, los devaneos oníricos y los andares nocturnos en pos de la perdición, tan caros en la temática milleriana, son desplazados en esta publicación por interminables conversas sobre libros, música y la historia griega, con la presencia del sol abrasador que bordea los cuarenta grados y esperando los crepúsculos turquesas y naranjas para terminar bebiendo una botella de estimable vino mientras se bañaba desnudo en las tibias aguas del Mediterráneo.
Se colige, entonces, que estamos ante un Miller distinto, en reconciliación consigo mismo, controlando, y sin asesinar, a sus demonios. Un Miller en estado de gracia que se refleja en una prosa limpia y cadenciosa, llena de sensibilidad.
Para muchos, y para mí, ECDM es la cima del autor. Sin embargo, ni siquiera en los años que gozó del reconocimiento que merecía llegó a escribir libro alguno que lo igualara. Además, fue de gran inspiración para Durrell, sin ECDM jamás hubiera escrito esa joyita menor llamada LIMONES AMARGOS.
Con un poco de esfuerzo y paciencia, EL COLOSO DE MARUSI puede hallarse. Vale la pena adentrarse en sus páginas.
Imagen, Henry Miller


1 Comentarios:
Hola. Estoy totalmente de acuerdo contigo en tu apreciación, y no porque no valore el resto de la obra de Miller, sino que para mi sus libros supuestamente menores son los más importantes o los más cercanos. El ya mencionado Coloso de Marusi compañado de Primavera Negra y Días tranquilos en Clichi son verdaderas joyas de la literatura del siglo XX.
Gracias por tu entrada. ¡Honor a Miller!
Saludos,
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