miércoles, marzo 31, 2010

Descifrando el libro más complejo de la historia


Encuentro en El País un reportaje de Eduardo Lago: Descifrando el libro más complejo de la historia.
Se trata, por supuesto, del FINNEGANS WAKE de James Joyce y el inminente lanzamiento de su edición depurada, la cual le demandó a los expertos un arduo trabajo de 30 años.

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Gustave Flaubert calculaba que para que el público general pudiera apreciar adecuadamente una innovación artística excesivamente revolucionara era preciso que transcurrieran 80 años. En tanto se cumplía el plazo, el autor estaba condenado a vivir un continuo rechazo. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con Finnegans Wake, obra del escritor irlandés James Joyce, considerada la novela más ininteligible de todos los tiempos y de la que hoy se publica la primera versión revisada. Conforme a los cálculos del autor de Bouvard y Pecuchet, todavía faltarían 10 años para que el lector de a pie esté en condiciones de enfrentarse al formidable reto que plantea la novela final de Joyce. Cuando se publicó originariamente, el 4 de mayo de 1939, el veredicto general fue que su autor había perdido la cabeza. Incluso los más fieles partidarios de Joyce tiraron la toalla. Encogiéndose de hombros, el escritor afirmó que calculaba que los críticos tardarían 300 años en descifrarla.
No está muy claro qué suerte de artefacto literario es Finnegans Wake. Ni siquiera está muy claro en qué idioma está escrito. La base es un inglés desnaturalizado por la desaforada inventiva lingüística del autor, que en distintos momentos de la obra incorpora oraciones e incluso párrafos enteros en 70 idiomas. Algunos la han definido como una frase de 700 páginas, otros como una palabra de medio millón de caracteres. Sólo que todas estas opiniones se referían al texto de la primera edición, que nadie se había atrevido a tocar jamás. Hasta ahora. Hace unas semanas, se anunció solemnemente la publicación del texto revisado de Finnegans Wake, noticia que ha causado una verdadera conmoción en círculos literarios anglosajones. La editorial que ha tomado la iniciativa responde al nombre de Houyhnhm (como la raza de caballos inteligentes que figuran en Los viajes de Gulliver).
Lo cierto es que la edición original no era muy fiable. Durante los 17 años que duró el proceso de composición, entre copias y revisiones llegó a haber 20 versiones diferentes. El texto que entregó Joyce a los editores estaba bastante corrupto. Él mismo señaló la existencia de errores, pero estaba ciego, lo cual no lo convertía en el corrector idóneo. La ingente tarea de revisión la iniciaron hace 30 años dos expertos, Danis Rose y John O'Hanlon, que forman un tándem formidable, ya que entre los dos cubren los campos de la filología y la física teórica. Juntos han llevado a cabo una exhaustiva revisión de un corpus textual que comprende más de 20.000 páginas de notas manuscritas repartidas en 60 cuadernos. En total se ha detectado 9.000 errores.
Tras una ceremonia casi ritual celebrada hace unas semanas en el castillo de Dublín, como deferencia a la ciudad natal del autor, la editorial Houyhnhm lanzará oficialmente la versión expurgada de Finnegans Wake hoy en su sede de Londres. Quienes tengan curiosidad por ver el resultado deben prepararse para pagar un precio bastante elevado: 300 euros por la edición básica y 900 por la especial, ambas encuadernadas en piel de becerro negro. A diferencia de lo que ocurre con el precio, la nueva versión de la obra es mucho más accesible que la original. Se ha llegado incluso a hablar de coherencia, lo cual ha causado cierta consternación entre algunos adeptos. La posibilidad de que el libro se pueda comprender podría arrebatarle el aura de misterio que lo rodea. No todo el mundo comparte esa preocupación. El secretario de la Sociedad Finnegans Wake de Nueva York, Murray Gross, conduce los encuentros mensuales de aficionados que se citan desde hace dos décadas para leer el libro. Y siempre ha sostenido el carácter democrático de la obra. Ve a esta edición una ventaja incontestable: "El nuevo texto tiene 120 páginas menos, lo que quiere decir que al ritmo que llevamos, tardaremos cinco años menos en leerla".

Luis Eduardo García - Premio Copé de Bronce

A través de una notificación de muro en Facebook me entero de que el narrador, poeta y periodista Luis Eduardo García acaba de obtener el Premio Copé de Bronce de Poesía con el poemario LA UNIDAD DE LOS CONTRARIOS.
García es el escritor más destacado del norte de Perú y la vida tuvo a bien que lo conozca y comprobar lo que muchos me decían de él: su gran generosidad intelectual y su entrega visceral al oficio literario.
Desde este blog le mando mis felicitaciones.
Y si gustan, pueden hacerse fan del buen LEG aquí.

martes, marzo 30, 2010

Artículo de Carlos Calderón Fajardo: Martin Amis, EL SEGUNDO AVIÓN. Un escritor aterrorizado escribe sobre terrorismo

El tercer artículo de Carlos Calderón Fajardo, Martin Amis, EL SEGUNDO AVIÓN. Un escritor aterrorizado escribe sobre terrorismo, en su columna Bloc de notas en el blog Letra Capital, no tiene pierde.
Como no he leído ESA, no puedo decir mucho al respecto. Pero sí en cuanto a lo que el autor de PLAYAS refiere sobre la tendencia de no pocos escritores peruanos al ficcionalizar los años del terrorismo. En este sentido estoy de acuerdo en que aún no se ha escrito la obra más representativa que aborde esa época, para lo cual es menester una prudente distancia del tiempo. Esto no quiere decir que no se hayan escrito libros más que importantes sobre el asunto.


Martín Amis publicó en el 2007 y en español el 2009 por Anagrama El segundo avión, un conjunto de artículos y textos sobre el terrorismo islámico. Se trata, sobre todo, de una reflexión suscitada partir del atentado del 11 de septiembre. Este libro se escribe cuando en el mundo el terrorismo se presenta como la cara de la historia moderna, y por lo tanto como desafío a la novela occidental contemporánea. Para nosotros, el tema interesa por obvias razones, de manera especial a nuestra narrativa actual.
DonDelillo, el notable novelista norteamericano en El hombre del salto formula una idea sorprendentemente atractiva: “Existe una profunda estructura narrativa en los actos terroristas que se infiltran y alteran las conciencias como los novelistas pensaban hacerlo en tiempos pasados” ¿Qué se deduce de las palabras de DonDelillo: que el que comete un acto terrorista se siente un personaje viviendo una peripecia novelesca?
Pero el novelista inglés Martin Amis, va más allá, plantea en El segundo avión que el 11 de septiembre no pretendió ser un atentado contra el capitalismo, que no fue ese su objetivo central, sino que el terrorismo islámico buscó, -y busca- impactar en los medios. El terrorista no como personaje novelesco como en una novela conocida de John Updike, sino un protagonista mediático, cuyo propósito es afectar aterrorizando la conciencia de un espectador. Y con el 11 de septiembre lo consiguió, empezando por el mismo Amis.
Otro novelista inglés muy importante, Ian McEwan en su novela: Sábado, analiza de qué manera lo cotidiano se entrelaza con los grandes acontecimientos históricos. Su interés como novelista es indagar, cual neuro-cirujano, la forma cómo el terrorismo afecta a nivel personal, en la conciencia de los hombres de su tiempo.
El segundo avión de Amis es polémico porque no reconoce los matices dentro del Islam. Amis, es severamente criticado en Inglaterra por diarios tan serios como el Sunday Times y el The Telegraph, y por muchos intelectuales. Hacía mucho tiempo que un libro no era tan polémico. Publishers Welkey dice sobre El segundo avión: “Terror y aburrimiento, la mente dependiente, la confusión y perpleja respuesta de occidente”.
Pero el libro no sólo causa polémica en Inglaterra, Acaba de ser publicada en francés y Marc Weitzman critico de Le Monde, escribe el 19 de marzo del 2010:“El peor defecto del libro de Amis no es otra cosa que el conocimiento puramente libresco que el autor tiene sobre el mundo musulmán. ¿A partir de qué mundo habla, del inglés, del americano, del occidental? Lo que se consigue es un libro repleto de disparates (ensayos reportajes) en donde se busca una posición lúcida solo se encuentra incoherencia”.
Por supuesto que hay voces favorables en el libro de Amis, se las puede hallar en google. Es defendido por el mismo McEwan.
Amis, en este libro ácido y provocador, afirma algunas ideas muy interesantes. Él afirma que El segundo avión no es sólo un libro sobre el terrorismo sino una reflexión sobre la identidad masculina, vincula el terrorismo islámico con la misoginia paranoica en el mundo árabe. Amis en este libro parece continuar con una idea que aparece también en sus últimas novelas La casa de los encuentros (2008) y Koba (2009) sobre la guerra fría y el estalinismo. Que la historia en lugar de darle cabida a los hombres excepcionales, se los da personajes inconsistentes como Hitler, Stalin y Bush. Pero, al mismo tiempo, junto a estas ideas sugestivas en El segundo avión, Amis se presenta como un autor plagado de prejuicios sobre el islamismo. El segundo avión es para Amis, el Islam. Amis se considera “Islamofobo” y sostiene que el terrorismo siempre se expresa en la forma de una religión, o vinculada a una, especialmente en el Islam donde un conjunto de elementos son entendidos por Amis no como un intelectual lúcido, sino como la visión de un hombre occidental común y corriente aterrorizado y que de alguna manera justifica la agresión contra los practicantes de una religión. Se ha dicho que el terrorismo en el Perú fue más que político un movimiento religioso, con profeta y todo, pero la comprensión novelesca de un fenómeno tan complejo exige de mucha inteligencia y perspicacia, evitando al máximo los prejuicios. El novelista no puede ser parte de una campaña creada para encubrir los verdaderos intereses económicos que se ocultan detrás de la violencia contra los árabes y el Islam, sin que esto justifique, por supuesto, los actos de una minoría fanática y mentalmente desequilibrada. No se puede condenar al pueblo alemán por el nazismo, no se puede echarle al pueblo ruso por lo que hizo el estalinismo, no se puede satanizar al pueblo norteamericano por los actos políticos y militares de Bush.
Marc Weitzmanm de Le Monde, reconoce que el mejor capítulo del libro es el que surge de una visita de Amis a Irak acompañando a Tony Blair. Y esto se relaciona con una pregunta que nos hemos hecho en el Perú repetidas veces: si para escribir sobre el terrorismo, novelas realmente logradas esto solo es posible si son escritas por alguien que ha vivido el terrorismo desde adentro. Que sólo se escriben buenos libros sobre temas que se conocen de manera directa. La idea es muy discutible, ya que, por ejemplo, no se podrían escribir novelas históricas; y la historia de la literatura universal ha demostrado que se han escrito obras maestras por autores que no tuvieron experiencias personales sobre lo que escribieron. El revalorado Julio Verne nunca se movió de Paris.
Amis dice: “Lo que vimos el segundo avión vimos el final de todo, para nosotros su brillo representó el primer atisbo del futuro cercano. Sentí miedo de mi especie”. Un occidental aterrorizado, y Amis lo es, debe inhibirse hasta que supere su miedo. No se puede escribir sobre el terror lúcidamente si se está acosado psicológicamente de esa manera. De repente, la gran reflexión y las grandes novelas sobre el terrorismo en el mundo y en el Perú serán escritas quizás por los que no han nacido todavía, aquellos que posean la distancia suficiente que permita una mirada penetrante, justa y libre de presiones sobre lo que realmente ocurrió.

Kapuscinski - Una literatura maravillosa

Un par de atendibles posts en Puente Aéreo me llevaron a realizar una somera exploración virtual para tener más luces sobre el tema. La publicación KAPUSCINSKI NON-FICTION de Artur Domoslaski, ha venido generando más de una encendida polémica en torno a los alcances de la literatura de no ficción, puesto que Kapuscinski sigue siendo uno de los mayores abanderados de este género literario que aún muchos niegan aceptar como tal.
Cuando leí ÉBANO, hace ya varios años, supe que estaba ante una pluma de otro lote, de un nivel que solo ciertos escritores logran. No es requisito escribir bien para ser un buen escritor, menos para ser uno grande. Escribir –sea cual fuera el género- es motivar reacciones internas en el lector que lo confronten, para ello el escriba debe tener un compromiso real con su tema, un lazo que lo salvaguarde de la falsedad y la pirotecnia del efectismo del lenguaje. Kapuscinski distaba de ser un malabarista verbal, y no tengo duda alguna de que su trabajo se basaba en una recreación de la realidad, que encausaba obviamente con su gran talento, patentizado en un estilo de una fineza controlada. Literatura, pues.
En la siempre interesante Revista Ñ encontré la entrevista Una literatura maravillosa, de Robert Mackey para The New York Times News Blog, al hacedor de KAPUSCINSKI NON-FICTION. Leerla despejó todas mis dudas sobre la hoy discutida poética del maestro polaco.


La noticia de que se publicaría en Polonia Kapuscinski Non-Fiction, una biografía del legendario corresponsal internacional polaco Ryszard Kapuscinski, generó la semana pasada una serie de artículos en la prensa en inglés en los que se afirmaba que el libro denunciaba que el autor de El Emperador, La guerra del fútbol y El Sha era un mentiroso que hacía pasar la ficción por periodismo.
Si bien el libro de Artur Domoslawski aún no se tradujo del polaco, los diarios británicos publicaron títulos como "El periodista estrella de Polonia, Ryszard Kapuscinski, es acusado de escribir ficción" y "El periodista más importante de Polonia es acusado de mentiroso y espía en una nueva biografía". Domoslawski, un corresponsal del diario polaco Gazeta Wyborcza me dijo el domingo en un e-mail que no reconoce la biografía que escribió cuando lee la prensa británica. "La mayor parte de los artículos son errados, y de ellos surge que yo estoy denunciando o destruyendo a Kapuscinski", escribió. Si bien otros escritores calificaron los libros de Kapuscinski de "mentiras" o los minimizaron por considerarlos "una suerte de orientalismo simplista", Domoslawski hace referencia a su biografiado en términos de "mi mentor". Aquí, el biógrafo explica lo que su investigación dice y no dice sobre Kapuscinski y cómo se escribieron sus libros.
En los artículos sobre esta biografía se habla de que es una demostración de que los libros de Kapuscinski eran ficción que hizo pasar por periodismo. ¿Eso le hace justicia al libro? De no ser así, ¿cuál es el tema del libro y cómo explica usted la aparente mezcla de realidad y ficción en el trabajo de Kapuscinski?
¡Mi libro no es en absoluto un ataque a Kapuscinski ni a su escritura! Al contrario, el libro está escrito con empatía, con solidaridad y admiración por él, por más que no rehúyo la controversia ni las preguntas difíciles sobre su vida y su trabajo. Kapuscinski experimentaba con la crónica, lo que lo llevó a escribir una literatura maravillosa. Al principio tal vez no se daba cuenta de a dónde llegaría con esa experimentación. Mi libro no es una acusación. No es ese el tono del libro y es un gran error usar esa palabra. Lo único que digo es que prefiero poner algunos de sus grandes libros en el estante de literatura que en el reservado al periodismo. Esos libros siguen siendo muy importantes como literatura, pero no son necesariamente ejemplos de periodismo. ¿Tiene importancia qué tipo de escritura es? Pienso que debería importarnos, ya que, como periodistas, tenemos que hacer un pacto honesto con los lectores. Estos deben saber qué tipo de texto van a leer. Pienso que si el periodismo atraviesa la frontera de la literatura e incursiona demasiado en ésta, paga un precio alto: el de la credibilidad, sobre todo en la actualidad, cuando es tan fácil corroborar cualquier información. Eso no equivale a decir que no podemos usar las técnicas de la ficción al hacer periodismo. Podemos hacerlo, pero con cuidado y mientras construimos historias con hechos, hasta con la percepción subjetiva de los hechos. Eso está bien. Cuando Kapuscinski permite que sus propios conceptos e ideas literarias lo guíen, lo tienten, lo gobiernen, entonces en ocasiones va demasiado lejos. Por ejemplo, cuando sugirió que el gran pez del lago Victoria se hizo tan grande porque se comía a las víctimas de Idi Amin que terminaban en el lago, eso es una metáfora maravillosa de la tiranía y la crueldad de la época de Amin, pero está mal desde la perspectiva de los hechos. Esos peces procedían del Nilo –su traslado fue un experimento famoso– y se hicieron más grandes porque se comían a los peces más chicos, por lo que llegaron a destruir el ecosistema del lugar. No olvidemos, sin embargo, el contexto en el que trabajaba. Hay que tener en cuenta que cuando escribió su libro más importante, El emperador, se lo entendió como una metáfora de la corte del Partido Comunista de Polonia y no necesariamente como una descripción de la corte de Haile Selassie. Si él hubiera dicho que era una metáfora y no periodismo, tal vez los censores no lo habrían permitido. Por eso él y sus editores sostuvieron que se trataba de Etiopía. Terminó por ser un brillante tratado sobre el poder, de la misma categoría que El príncipe de Maquiavelo.
¿Es correcto decir que Kapuscinski establecía una clara distinción entre lo que escribió como periodista para la agencia de noticias polaca que lo mandaba al exterior a cubrir guerras y rebeliones –donde no mencionaba sus experiencias personales– y los libros que escribió después, memorias personales de sus experiencias en esos lugares?
Sí, eso es correcto. Para la agencia de prensa escribía noticias de forma rigurosa, por más que a veces agregaba algunas impresiones subjetivas. Lo que escribió años después en sus libros era muy diferente en términos de estilo y en el abordaje de los hechos. Su memoria era la fuente principal de esa escritura, con todas las consecuencias que eso tiene.
Un editor del Times, que conoció a Kapuscinski, le preguntó una vez si trabajaba con anotaciones o si usaba un grabador, y él le contestó: "No. Mi memoria desecha lo que no tiene importancia y conserva lo importante." ¿Escribió los libros sólo sobre la base de los recuerdos de sus experiencias como corresponsal? En ese caso, ¿significa que admitía el hecho de que sus libros no eran tan estrictos en lo relativo a los hechos como sus crónicas de agencia? ¿Consideraba que sus libros eran algo a medio camino entre novelas y crónicas periodísticas?
Nunca grababa las entrevistas, pero hacía anotaciones, si bien por lo general lo hacía por la noche, después de todo un día de trabajo. Solía decir: si uno no recuerda un detalle o un hecho, es porque no es muy importante. La relación entre realidad y ficción es muy compleja en su trabajo. Uno de los que reseñó mi libro hizo una observación interesante: el panorama del bosque que nos presenta Kapuscinski es correcto y cierto en términos generales, pero a los efectos de crear ese panorama –que en lo esencial es verdad– Kapuscinski a veces cambiaba de lugar algunos árboles del bosque. Tal vez debería existir una categoría aparte: ni ficción ni no ficción, sino un estante llamado "Kapuscinski". Supongo que la idea le gustaría.
¿Cómo explicaría su admiración por Kapuscinski y por qué considera que los periodistas se equivocan al decir que su libro lo revela como un novelista que finge ser periodista?
En cierto sentido me sentí decepcionado, pero entiendo la lógica actual de los medios, que se concentra en un punto polémico y lo presenta sin sutilezas. En el caso de este libro, eso significa no advertir que, en primer lugar, es la historia de un gran hombre, un testigo y actor de la segunda parte del siglo XX, un comunista convencido –no era un cínico afiliado al partido para hacer carrera, en absoluto; era un periodista que se convirtió en un gran escritor, un testigo de la descolonización y un severo crítico de las guerras y los negocios sucios de Occidente en Africa, Asia y América Latina–, tanto en el pasado como en tiempos más recientes (comprendida la guerra en Irak). Creó su propia leyenda, pero analicemos por qué lo hizo. Procedía de un país relativamente chico, de detrás de la Cortina de Hierro, cuya lengua no entendía nadie en el exterior. Debe haber pensado que la leyenda podía dar más fuerza a su mensaje, a sus libros. A propósito, sabemos que el mundo de la literatura está lleno de leyendas sobre escritores. Por supuesto, a veces me sorprendía el grado en que generaba esa leyenda, como la historia sobre su amistad con el Che Guevara, a quien nunca conoció. Finalmente, cuando se lo preguntó Jon Lee Anderson, admitió con franqueza que era "error del editor". Pero es un error que el propio Kapuscinski nunca corrigió. Esa información apareció en la tapa de algunos de sus libros una y otra vez.
Kapuscinski escribió los libros en un momento en que los artistas polacos tenían que valerse de alegorías para hablar sobre el gobierno comunista de su país. ¿Eso hace que a los periodistas occidentales les resulte más difícil entender lo que hacía? ¿Su método es más aceptado allí?
En lo que respecta a la mezcla de realidad y ficción, sí, creo que es algo que se acepta más en Polonia que en el periodismo británico o estadounidense. Tal vez sea un vestigio de la época comunista, cuando no era tan poco común crear en una crónica un personaje inexistente a partir de algunas personas reales para proteger a la gente real y decir algunas verdades sobre la realidad de ese momento. Pero no puedo imaginar que alguien que hace periodismo admita eso ahora: todos saben que eso atentaría contra la credibilidad de ese periodista. Creo que sería justo abrirles el juego a los lectores. En ocasiones, si por algún motivo no se puede ser fiel a la realidad, es mejor decir: "Les estoy vendiendo una historia de ficción que en su mayor parte se basa en hechos reales. Pónganle el nombre que quieran, pero los personajes no son reales, si bien están creados a partir de algunas personas reales." Eso sería lo justo. Sólo conozco un caso de un gran periodista que hizo eso en Polonia, y su credibilidad no disminuyó. Al contrario, aumentó, porque le jugó limpio al lector. Pienso que mi libro, en el que revelo la forma de trabajo del más famoso periodista polaco, abrirá un gran debate al respecto entre los periodistas. En realidad, ese debate ya empezó.
¿Qué información se dio a conocer sobre la cooperación de Kapuscinski con el aparato de inteligencia comunista? ¿Tuvo que cooperar para que se le permitiera trabajar? ¿En los archivos había algo que le hizo pensar que estaba involucrado?
Kapuscinski era parte del sistema comunista en su condición de partidario sincero y convencido –eso nunca fue un secreto– y en ocasiones colaboró con el servicio de inteligencia mientras trabajaba como corresponsal internacional, al igual que muchos periodistas de los Estados Unidos colaboraron con la CIA (Carl Bernstein lo describió extensamente en 1977 en La CIA y los medios). Para Kapuscinski, la Polonia comunista era su país, su patria. No puede decirse que estuviera involucrado. ¿Qué problema puede ser para un comunista convencido colaborar estrechamente con su estado y sus organismos? Para él era algo obvio. En aquel momento debió pensar que estaba haciendo algo bueno al luchar contra el imperialismo estadounidense u occidental en Africa o América Latina si, por ejemplo, escribía un análisis sobre las operaciones sucias de la CIA. Creo que atravesó un límite que un periodista no debe cruzar, no porque colaborara con el servicio de inteligencia "rojo", sino sólo porque se trataba de inteligencia. Si un solo corresponsal internacional se involucra en tareas de inteligencia, todos nosotros quedamos bajo sospecha. Es peligroso para nuestra profesión. Sin embargo, hay que recordar que, durante el gobierno comunista, en Polonia no se hablaba abiertamente sobre pautas periodísticas ni sobre conflictos de interés como ustedes lo hicieron siempre en los Estados Unidos. Tal vez en ese momento no nos dábamos cuenta del error, pero pienso que él entendió lo que hizo años después. Al decir eso, sin embargo, no estoy haciendo ningún tipo de acusación en su contra. Al contrario, en ese aspecto mi libro es una defensa de Kapuscinski contra los fuertes ataques de la derecha anticomunista, que considera que la Polonia comunista era el Infierno y que quienes colaboraron con ese servicio de inteligencia son traidores.
Su libro creó todo un debate en Polonia. ¿Se debe a que se considera a Kapuscinski un emblema de la cultura polaca?
Es probable que en Polonia no estemos preparados para un trabajo de este tipo. El objetivo de mi libro es entender a Kapuscinski y saber más sobre él y su época. No acuso ni adulo, sino que trato de entenderlo y explicarlo, y lo hago con una admiración que algunos de los que me critican no perciben. En Polonia se considera a Kapuscinki un escritor con mayúsculas, pero al mismo tiempo se desconoce por completo su mensaje moral y político, que no encaja con el pensamiento de la mayor parte del establishment polaco. Kapuscinski era un enérgico crítico del neoliberalismo, de algunas formas injustas de globalización. Criticó la respuesta estadounidense al 11 de septiembre. Se opuso a la invasión de Irak con participación de tropas polacas. Nadie discutió ese tema con él porque era un grande, pero no lo escucharon. Así, él y sus ideas cayeron en el más completo olvido. Pienso que mi libro da una nueva vida a sus ideas políticas.
¿Por qué piensa que la esposa de Kapuscinski primero cooperó con su biografía y luego trató de impedir que se publicara?
Creo que quería que me limitara a confirmar su leyenda y que no abordara ninguna de las controversias. No podía hacer eso ni prometí que lo iba a hacer.
The New York Times News Blog
Traduccion de Joaquin Ibarburu

lunes, marzo 29, 2010

Mitos del fútbol: ¿cuándo se jodió Uruguay?

Este fin de semana me puse a revisar los blogs de la barra de enlaces. En la bitácora El Hablador encontré un más que recomendable artículo del escritor José Carlos Yrigoyen: Mitos del fútbol: ¿cuándo se jodió Uruguay?, publicado el pasado lunes 22.
Si hay alguna selección nacional de fútbol de Latinoamérica a la que siempre le tendré simpatía, esa es la uruguaya. Sé, como todos, que el balompié charrúa en los últimos años no ha estado a la altura de su envidiable historia premunida de coraje, amor propio y éxitos. Tanto en selecciones y clubes los orientales se han visto en situaciones que a más de un hincha le ha causado vergüenza. Sin embargo, soy un ferviente creyente de la memoria futbolística, del ADN que sale a flote en los momentos cruciales. En este sentido, tengo la seguridad de que los convocados por Óscar Washington Tabárez harán un papel más que decoroso en el próximo mundial de Sudáfrica.
No me refiero a una esperanza ciega, muchos podrían creer con justa razón que poco o nada se puede esperar de un seleccionado que selló su clasificación en una repesca ante el combinado de Costa Rica, sino a una que yace en el cambio de actitud que viene alimentando el espíritu de renovación del futbolista yorugua.
Uruguay tiene con qué pelear, y vaya que le tocará bailar con selecciones complicadas, como la anfitriona Sudáfrica, Francia y México, en la fase de grupos. Tampoco vaticino que campeonará, pero sí que llegará, por lo menos, a los difíciles Octavos de Final.


El prestigio pasado siempre descansa en frases hechas. Las seguimos repitiendo muchas veces y en los momentos precisos para convencernos subconscientemente a nosotros mismos de una verdad que alguna vez abrazamos sin dudarlo. Y aunque el tiempo haya dado evidencias contundentes de que esa certeza ya es caduca y equivocada, apelamos a los sofismas y a lo meramente simbólico para seguir sosteniendo nuestros referentes a esta altura bien oxidados. Algo así pasa con esa añeja idea, más o menos general, de que Uruguay es todavía una selección de fútbol importante. Que puede llegar en este Mundial a instancias respetables; que la historia, que la garra celeste, que las dos Copas del Mundo (la última, no está de más recordarlo, cumple en junio sesenta años de ganada), que el cumplido solo si somos campeones proferido por el Negro Varela antes de la final del Maracaná, que Francescoli, que Rubén Paz, que el rubio Forlán haciéndole tres goles a Perú aquella noche del 6-0 –otro más para la blanquirroja- y demás imágenes como contraejemplos. Pero Uruguay vivió de sus ahorros durante varias décadas y hoy de lo que tuvo no quedan sino monedas; de ser el indiscutido tercer equipo de Sudamérica, detrás de Brasil y Argentina, hoy sufre por alcanzar la media tabla. Y muchas veces ni eso.
¿Cuándo comenzó esta crisis del fútbol oriental, cuando Uruguay dejó de serlo? Yo lanzo una fecha más o menos exacta: el año 1977, durante las eliminatorias para el Mundial de Argentina que se celebró el año siguiente. Hasta esa fecha el equipo celeste era de verdad un grande: sus divisas de gloria mundialista, olímpica y en campeonatos de clubes era verdaderamente incuestionable. Había dupleteado como campeón del mundo, tenía en sus vitrinas el oro olímpico y en la Libertadores solían levantar el trofeo con una asiduidad francamente brasileña. Es cierto que tuvieron tropiezos aislados: no pudieron asistir a la Copa del Mundo de Suecia, en 1958, al caer eliminados por Paraguay. En ese entonces las eliminatorias eran para machos: un partido de ida y otro de vuelta, sin esas veleidades antojadizas del gol de visitante ni nada que se le parezca. En Asunción los paraguas sorprendieron a un viejo equipo charrúa (compuesto por algunos héroes del Maracanazo) y lo golearon por 5-0. Los uruguayos vencieron 2-0 en la vuelta, pero les fue insuficiente y debieron resignarse a escuchar las finales de la Copa por radio. Pero en la historia del balompié nacional ese episodio había significado apenas un lunar maligno, pues regresaron a los cuatro siguientes mundiales, e incluso en uno de ellos, México 70, alcanzaron el cuarto puesto. El prestigio estaba intacto. Uruguay era una potencia regional y mundial y podía ganarle a cualquiera en su histórico Centenario, su fortín, donde tantas eliminatorias y Copas Américas se habían decidido a favor del local. Sin embargo, la decadencia futbolística del país ya se había insinuado tímidamente en 1973, durante los partidos eliminatorios para el Mundial de Alemania Federal. Colombia le ganó por primera vez en Montevideo con un gol del maestro Willington Ortiz y los charrúas apenas si clasificaron al Mundial por la diferencia de goles. Los dirigentes orientales no hicieron las correcciones necesarias y la selección comenzó poco a poco a pagar las consecuencias de su descuido.
Un par de meses antes del sorteo para los grupos de la Conmebol, Uruguay recibió a la Argentina de Menotti –Luque, Kempes, Passarella- en el Centenario para disputar un viejo torneo, la Copa Mar del Plata. El 3-0 demoledor inferido por los gauchos encendió todas las alarmas en Montevideo: la selección jugaba horrible, peor que nunca: a los jugadores seleccionados les pesaba la camiseta como si esta estuviera fabricada en mármol. Si no se podía ganar con fútbol, al menos se podía recurrir a la garra tradicional. Pero al parecer, ni siquiera eso había. La Asociación Uruguaya de Fútbol nombró entrenador de la selección a una vieja y aparentemente segura carta: Juan Eduardo Hohberg, cuarto lugar en las Copas del Mundo como jugador (Suiza 1954) y como técnico (México 70), además de campeón del fútbol peruano con el, por esa época, respetado Universitario de Deportes en 1974 y con el inolvidable Alianza Lima de los años 77-78. Lo primero que hizo Hohberg fue llamar a la base de futbolistas uruguayos en el extranjero, donde destacaba Darío Pereyra, enorme back que comenzaba a brillar en el Sao Paulo. Los elegidos por la liga local no eran nada desdeñables tampoco: ahí figuraba Fernando Morena, uno de los mejores delanteros uruguayos de los últimos cincuenta años, y que ya tenía un Mundial en su haber. Solo quedaba esperar cuales serían los dos países con los que Uruguay debía eliminarse. La suerte decidió que fueran Bolivia y Venezuela.
Los comentarios en la prensa deportiva del día siguiente al sorteo lo dicen todo. Los uruguayos ya se sentían adentro. Nunca habían obtenido de Venezuela nada que no fueran holgados triunfos, y si algo recordaban del equipo de Bolivia era que lo habían humillado incontables veces con goleadas escandalosas: la más famosa fue ese 8-0 en el Mundial de Brasil 50. Las agencias de turismo comenzaron a vender paquetes de viaje para Buenos Aires en junio del año próximo, y varios ya sacaban cuentas del negocio que iba a ser jugar un Mundial en un país con el que tenían –en todo aspecto- tan porosas fronteras. Hohberg declaraba haber compuesto un equipo sólido, donde destacaban varias figuras y jóvenes promesas, entre ellas el bigotudo arquero Rodolfo Rodríguez, aquel héroe del Mundialito del 81. El primer partido se jugaría en Venezuela, un grupo de muchachos empeñosos que habían jugado un solo encuentro de preparación contra las Antillas Holandesas y sufrieron como locos para ganar 2-1. Los muchachos estaban tan confundidos que lo más probable era que, cuando salieran a la cancha, preguntarían por el mejor pitcher de Uruguay para no perderlo de vista.
Uruguay comenzó ganando aquella tarde del dos de febrero de 1977 en el estadio Brígido Iriarte de Caracas. A los cinco minutos Washington Olivera rompió la defensa venezolana, frágil e ingenua, y puso el que parecía el primero de muchos tantos. Pero los llaneros resistieron diez, veinte, cuarenta, ochenta minutos con el marcador en contra, y faltando siete para acabar las acciones, un ignoto delantero llamado Vicente Flores le daba la paridad a la vinotinto. Faltando segundos para que el réferi Velásquez, de Colombia, tocara el pitido final, el mediocampista llanero Iriarte pateó un balón que fue a dar a la base del arco de Rodríguez. Hubiera sido la primera victoria venezolana sobre Uruguay. Pero todavía faltaban algunas décadas para eso.
Como sea, el resultado le cayó como una patada a la afición montevideana. Empatar con un equipo cuya mayor virtud futbolística se reducía a la buena voluntad era sencillamente intolerable. Si ahora con esta eliminatoria el empate contra un equipo débil es considerado como una piedra en el camino, en una eliminatoria breve de cuatro partidos es poco menos que una tragedia nacional. La misión era recuperar los puntos perdidos en el siguiente partido, que se jugaría en La Paz contra Bolivia. Los celestes nunca habían logrado ganar ahí, pero Hohberg calculaba que si se conseguía un empate podía encaminarse la eliminatoria en Montevideo, donde las estadísticas lo favorecían de manera abrumadora. Bolivia, entrenada por el joven Wilfredo Camacho, había logrado reunir a un grupo interesante de jugadores, entre los que brillaba el atacante Carlos Aragonés, ídolo del Bolívar, el incisivo Miguel Aguilar y el volante Ovidio Meza, un pequeño jugador que ponía las pelotas como con la mano. Esa Bolivia tenía gol, lo cual no es lo más común. Pero los uruguayos confiaban en su estirpe y no se fijaron en aquel detalle. El resultado del partido, 1-0 para Bolivia, situaba a los altiplánicos en el primer lugar del grupo. La excusa de la altura esta vez no sirvió para maquillar la derrota: los mismos cronistas uruguayos que llegaron esa tarde a La Paz para cubrir el encuentro reconocieron que en el minuto ochenta del partido los uruguayos corrían más rápido que los locales, pero su febril carrera se estrellaba sin variaciones contra los defensas de verde que sitiaban el arco de Conrado Jiménez. Dos partidos, cero victorias. Un punto de cuatro. Si Bolivia ganaba los siguientes dos encuentros consecutivos contra los venezolanos, chau Mundial. Algunos hacían cálculos: si esos venezolanos habían empatado con Uruguay, alguna resistencia le darían a los boliches.
No hubo tal resistencia, en realidad. Bolivia, con goles de Aragonés, Aguilar y Meza, venció en casa y de visita a los venezolanos por 2-0 y 3-1, respectivamente. La hazaña estaba ya realizada: le habían usurpado a su torturador futbolístico habitual el primer lugar en el grupo mundialista y de este modo sacaban un boleto para el mundialito de Cali donde se definirían los dos puestos para el Mundial de Argentina. El desconcierto uruguayo era total: los habían humillado, cubierto de vergüenza, escarnecido: lo de la eliminación contra Paraguay tenía sus atenuantes, pero que Bolivia y Venezuela borraran a la celeste del mapa faltando media eliminatoria por jugarse era un escenario que solo cabía en la mente de un perverso. Pero si los uruguayos se sentían ridiculizados por su temprano adiós al Mundial, faltaba todavía el tiro de gracia. Cuando recibieron en el Centenario a los bolivianos, las graderías estaban casi desiertas, y los pocos asistentes fueron más a pasar el rato que a apoyar al equipo. Las cosas comenzaron a pintar mal cuando a la mitad del primer tiempo Miguel Aguilar ponía a Bolivia arriba en el marcador gracias a una jugada individual que los defensas locales no supieron conjurar. Algo de ese viejo fervor tan mentado invadió por un instante a los celestes y a los segundos Darío Pereyra haría el empate, y apenas comenzado el segundo tiempo, daría el momentáneo triunfo a los suyos. Momentáneo; pues a los sesenta minutos Aguilar decretaría el empate definitivo a dos tantos en el estadio nacional uruguayo, el primero de la larga historia del fútbol boliviano. La debacle estaba consumada. Uruguay vencería en el último partido de la serie por 2-0 a Venezuela, pero no hubo nadie en las tribunas que gritara los goles que Laddy Nittder Pizzani hizo aquella tarde. Los bolivianos, por su parte, cayeron en Cali ante Brasil y Perú por 8-0 y 5-0; luego definieron el último puesto para el Mundial con Hungría, que les encajó un 6-0 en Budapest y un 2-3 en La Paz. Quizá los charrúas deberían agradecer al equipo boliviano que, eliminándolos, los privara de más vergüenzas. La desazón por la eliminación fue muy fuerte en el hincha uruguayo. No se negaba a aceptar la realidad. Incluso corrió un rumor de que si alguno de los países clasificados al Mundial renunciaba a jugarlo, se le daría su lugar a Uruguay por los beneficios económicos. Pero, como es natural, ningún país clasificado se negó a ceder su privilegio.
Luego de caer en este hoyo negro, la selección uruguaya nunca más fue lo mismo. Su presencia en los mundiales, casi perfecta hasta ese entonces, se fue haciendo cada vez más intermitente: una Copa de cada dos, a veces de cada tres. Sin duda ha aportado luego grandísimos jugadores, como Rubén Paz, Enzo Francescoli, Forlán o Sosa, pero como selección y como liga nacional se ha devaluado constante y ostensiblemente: basta mirar las cifras para corroborarlo. Por todo eso yo no le doy muchas chances a este equipo uruguayo, que aparte de Forlán es más de lo mismo, en el próximo Mundial. Si el mejor partido de tu selección en la última década fue un 3-3 contra Senegal luego de ir cayendo 3-0, está claro que no vas a la cita de Sudáfrica con muchos argumentos.

Homenaje a Mario Vargas Llosa - Orlando Mazeyra Guillén


Encuentro en la excelente página chilena Proyecto Patrimonio, un homenaje personal a Mario Vargas Llosa por su cumpleaños número 74 a cargo del talentoso escritor arequipeño Orlando Mazeyra Guillén, el John Fante de la Ciudad Blanca.
Para los que áun no lo saben, Mazeyra es el autor del calibrado libro de cuentos LA PROSPERIDAD RECLUSA (Cascahuesos, 2009), el cual viene recibiendo muy buenos saludos por parte de la crítica.
En Mario Vargas Llosa: El magnífico asesino, el John Fante de la Ciudad Blanca nos brinda una suculenta crónica de su encuentro con nuestro escritor mayor, a quien abordó mientras inauguraba una biblioteca que lleva su nombre. El resultado de su empresa: la firma del inubicable ejemplar de GARCÍA MÁRQUEZ: HISTORIA DE UN DEICIDIO.


"Gamboa ríe. Deja de caminar, queda en el centro del aula. Tiene los brazos cruzados, los músculos se insinúan bajo la camisa crema y sus ojos abarcan de una mirada todo el conjunto, como en las campañas, cuando lanza a su compañía entre el fango y la hace rampar sobre la hierba o los pedruscos con un simple movimiento de la mano o un pitazo cortante: los cadetes a sus órdenes se enorgullecen al ver la exasperación de los oficiales y cadetes de las otras compañías, que siempre terminan cercados, emboscados, pulverizados. Cuando Gamboa, con el casco reluciendo en la mañana, apunta con el dedo una alta tapia de adobes y exclama (sereno, impávido ante el enemigo invisible que ocupa las cumbres y los desfiladeros vecinos y aun la lengua de playa en que se asientan los acantilados): "¡Crúcenla pájaros!", los cadetes de la primera compañía arrancan como bólidos, las bayonetas caladas apuntando al cielo y los corazones henchidos de un coraje ilimitado, atraviesan las chacras pisoteando con ferocidad los sembríos –¡ah, si fueran cabezas de chilenos o ecuatorianos, ah, si bajo las suelas de los botines saltara la sangre, si murieran!".
Fragmento de LA CIUDAD Y LOS PERROS
I
Una chica, al verlo a poco menos de un par de metros, se queda corta, casi paralizada. No tiene el valor suficiente como para acercarse y pedirle un autógrafo. Entonces ella, con una mirada cómplice acompañada de una poco sutil seña, envía a su solícito enamorado. «Yo no firmo piratería», responde de manera tajante y devuelve intacto un ejemplar de Travesuras de la niña mala que debe de costar algo más de diez Nuevos Soles y es idéntico al que yo tengo en mi recámara.
Es Mario Vargas Llosa, que ha llegado otra vez a su ciudad natal, no para combatir la piratería denegando firmas, sino para hacerla –casi, simbólicamente– innecesaria inaugurando la Biblioteca Regional que lleva su nombre tan celebrado y, a la vez, tan mentado aquí, allá y acullá.
Me conmueve la decepción de la muchacha, pues yo podría haber estado (estoy) en su lugar: soy un hijo de piratería libresca, musical y cinemera (por cierto, no lo digo con orgullo; aunque tampoco con vergüenza). Pero, no hay tiempo que perder para divagaciones de esta índole, pues traigo conmigo un ejemplar histórico y, obviamente, original (García Márquez: historia de un deicidio). Trato de abrirme paso entre los libros estirados y abiertos de par en par, los bolígrafos que buscan llegar a sus ancianas manos y, por supuesto, las ganas desenfrenadas de poder alcanzar al novelista más talentoso que hayan conocido estas tierras.
«Es un libro muy importante para mí», le digo, ganado por la chismografía, con un vago afán provocador, y lo abro precisamente en donde aparecen los apellidos del genio literario de Aracataca: GARCÍA MÁRQUEZ. «Este es un libro muy especial», apostilla él, con una media sonrisa, algo forzada, que tal vez esconde la verdadera historia del puñetazo más famoso y amarillista de la literatura universal (¿cuál de los dos se animará a concluir sus memorias?, pues sabemos que el peruano ventiló buena parte de su vida en El pez en el agua y, por su parte, el colombiano publicó un delicioso mamotreto con bajo el título Vivir para contarla; pero ambos escabulleron esa etapa de amistad y admiración compartida: fines de los años 60 e inicios de los 70).
Mientras termina de estampar sus iniciales, lo miro a los ojos, trato de escrudiñarlo sin éxito. Es un hombre imponente, estoy sumido en el estimulante convencimiento de que estoy con el sujeto que me abrió las puertas de la narrativa con sus libros; en otras palabras, me cambió la vida: «Don Mario, ¿cómo se hace para llegar tan lejos?». El ya está cansado de esa y otras interrogantes que rayan en el lugar común. Pero cumple su libreto, casi puedo adivinar su respuesta: «Trabajo, más trabajo, ¡mucho esfuerzo!». Es así como se forjó, emulando a Flaubert, trabajando obsesivamente, leyendo con lápiz y papel de William Faulkner: el genio no nace, se hace. Vargas Llosa es una muestra palpable de lo que pueden lograr la dedicación, la pasión y la testarudez entendida de la mejor manera: «Es usted un maestro». Termino con otro lugar común, con otra verdad grande como la flamante Biblioteca Regional. Darle su nombre a una biblioteca y hacer de este ambiente un punto de encuentro de lectores y escritores debe ser la mejor manera de rendirle un homenaje a un artista de pluma infatigable que anuncia la inminente aparición de su último esfuerzo de galeote, seguramente para fines de año: El sueño del celta.
II
«Abrió los ojos a las cuatro de la madrugada y pensó: “Hoy comienzas a cambiar el mundo, Florita”. No la abrumaba la perspectiva de poner en marcha la maquinaria que al cabo de unos años transformaría a la humanidad, desapareciendo la injusticia». El comienzo de El paraíso en la otra esquina (2003), es, para este prescindible lector, una invitación a imaginar el instante en que Vargas Llosa se dijo a sí mismo, con una convicción a la altura de su talento: hoy comienzas a cambiar la literatura (que es una forma virtual de cambiar el mundo, nuestro mundo, fabricando uno paralelo que fisgonee sin pudores lo mejor y lo peor que llevamos en las entrañas). Y lo hizo añadiendo ingredientes capitales: su resentimiento, su nostalgia, su crítica. Muy a su manera –heredero de Faulkner, Flaubert y, a veces a pesar suyo, de Sartre– es un continuador de primer orden de «la tradición de ese invisible linaje de contadores ambulantes de historias», pues la literatura, el oficio mismo ancestral de contar relatos, desboca su corazón «con más fuerza que lo hayan hecho nunca el miedo o el amor» (El hablador, 1987).
Este domingo 28 de marzo, el novelista mayor de las letras peruanas cumple 74 años y el mejor regalo que puede ofrecerle un diletante disfrazado de escribidor, es este farragoso colage que alterna entre la anécdota, la rendida admiración, las citas librescas y, cómo no, sus discursos más incandescentes en donde nos anunciaba que él es un aguafiestas por definición: «la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista» (Caracas, 1967).
Permítame, don Mario, caer en el indecoroso acto de convencerme de que, sin piratería, sus libros jamás habrían de llegar a mis manos. En suma: la llama, sin herramientas ni medios adecuados, jamás habría de encenderse. No hubiera podido ser lo poco que soy. Eso, a usted, debe importarle nada; mi confesión no debe moverle siquiera un pelo de su nívea cabellera. Pero a mí sí me importa tanto como lo que cada uno de sus libros y relatos me enseñaron, me hicieron un superviso de la realidad, me pusieron contra todos, «contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Escribir es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. Este es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales, porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida: cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad». Escribir como único –válido, legítimo, irrenunciable– homenaje al hijo más pródigo de Arequipa, aquél nació en el Boulevard Parra, y deambuló por el mundo haciendo de su historia, muchas historias. Escribir como si se nos fuera la vida en ello, aun a riesgo de que no seamos tan magníficos y memorables asesinos como Mario Vargas Llosa.
Arequipa, marzo de 2010.

sábado, marzo 27, 2010

Héctor Abad Faciolince - Ficción de la realidad


EL OLVIDO QUE SEREMOS puede ser uno de los libros más desgarradores que haya leído en los últimos años. No tengo problemas en ubicarlo a la altura de PATRIMONIO de Philip Roth y A SALTO DE MATA de Paul Auster. Se trata de un gran referente sobre la figura del padre, pero no desarrollado desde el trauma o la relación complicada, tal y como hemos estado acostumbrados a leer, sino desde el amor, la ternura y la admiración. Su autor, el colombiano Héctor Abad Faciolince, con este libro real en el que disecciona a su progenitor, logró un irrefutable y merecido reconocimiento internacional.
Si quieren saber más de este autor de primer nivel, un auténtico narrador de fuerza y raza, les invito a leer Ficción de la realidad, la extensa nota publicada en Babelia, en la edición de hoy sábado.
Por cierto, aprovecho el post para comunicarle a mi buen amigo Marco García Falcón, que por favor cuide mi ejemplar de EOQS. Sé que Marco es muy cuidadoso, que de su casa no sale el libro, pero en estos últimos días me ha entrado con fuerza la paranoia ante la posibilidad de que se le pierda. Y también aprovecho el post para pedir a los de Planeta – Perú que se pongan las pilas e importen nuevamente ese libro, no pocos buenos lectores estarán más que agradecidos si ello ocurre.


Esa tarde de Lisboa estaba escrita. Y no hubo manera de reescribirla. Terminó pasadas las cinco de la tarde con el mismo cielo pálido y el mismo tema que había empezado, aunque con una ligera variación en la despedida de Héctor Abad Faciolince, autorretratado y resumido en las 17 palabras de su adiós: "Soy un exiliado español. La próxima vez nos veremos en la frontera o allí donde murió Machado, en Collioure".
Lo dice saliendo de una inmensa nube de humo de castañas asadas que envuelve la esquina de las rúas de Garrett con António Maria Cardoso. El periodista y escritor colombiano está vestido de negro y gris, potenciando su aspecto de profesor de física con gafas y pelo blanco acaracolado, aunque en este instante parece un científico loco con el cabello revuelto. Desde que publicó hace cuatro años El olvido que seremos (Seix Barral), su nombre asciende lento en una espiral. Una novela-crónica en la cual reconstruye la impunidad sobre el asesinato de su padre a manos de los paramilitares en 1987, que deriva en una de las más hermosas manifestaciones de amor de un hijo por su papá; al tiempo que desanda los caminos que recorrió su familia hasta ese momento, que los llevó a toparse con el cadáver del doctor Héctor Abad Gómez 99 días antes de que cumpliera 66 años, en la calle de Argentina, de Medellín, donde el hijo encontró en un bolsillo un poema premonitorio y desconocido de Jorge Luis Borges.
Ahora, el nombre de Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) estará más en boca de todos por sus dos nuevos libros: Traiciones de la memoria (Alfaguara) y El amanecer de un marido (Seix Barral). El primero reúne tres relatos, del cual destaca el primero, donde la realidad parece predestinada a la ficción al rastrear policiaca y literariamente el origen y la autoría del poema que llevaba su padre el día de su asesinato y que termina revelando la noticia de que cinco poemas de Borges considerados apócrifos son auténticos. "Una prueba de que si se investiga se puede llegar a la verdad". Mientras que en El amanecer de un marido sus cuentos se asoman en los vericuetos del desamor y el desencuentro. El penúltimo en elogiar al autor colombiano ha sido Mario Vargas Llosa en su artículo del 7 de febrero pasado publicado en EL PAÍS y reproducido en medios de medio mundo.
La de Héctor Abad es una vida personal, periodística y literaria de apurados trazos dramáticos y borgeanos donde la realidad parece ficción y la ficción suplanta a la realidad. Un territorio fronterizo cuyas claves revelará más tarde: "Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece más que todo, todo, es ficción". Una idea de la que no escapa la identidad, "es una ficción, no es una realidad, es una cosa que uno se inventa y se pone, como un sombrero". Lo dice un hombre que considera que "el escritor tiene que tener una personalidad disociada, ser capaz de salirse de sí mismo". Y así transcurrirá una tarde sobre búsquedas de la verdad, de falsificaciones, de azares, de determinismos, de ex futuros, de bifurcaciones y con, como si estuviera escrito, un fotógrafo de apellido Socías, que lo retratará.
Tres horas antes de aquella despedida entre la nube de humo olorosa a castañas asadas, Abad Faciolince empieza a recapitular su vida en el suave y coqueto, e incluso embaucador, acento paisa, propio de su montañoso departamento de Antioquia. La cita es en Lisboa aprovechando que él participa en unas jornadas literarias, pero, sobre todo, porque cumple su palabra de no volver a España. Una promesa que hizo en 2001 cuando firmó una carta muy sonada de escritores y artistas colombianos en protesta por la exigencia de visado a sus compatriotas para entrar en este país. De ahí su despedida de: "Soy un exiliado español".
Dos semanas antes de aquel martes 2 de marzo pasado, él ya había dicho que quería tener la entrevista en alguno de los cafés que frecuentaba Fernando Pessoa. Pero ahora, de repente, está sentado al lado de un ventanal del restaurante Tapas Bar & Esplanada donde ve cómo se descuelga Lisboa hasta la mansa y ancha desembocadura del río Tajo en el Atlántico. El fotógrafo le propone alterar los planes y cruzar en ferry el río e ir hasta la otra orilla para tomarle fotos con la ciudad al fondo. El escritor duda un pestañeo, pero accede cordial. Al final caerá un aguacero y la entrevista continuará en A Brasileira, uno de los cafés preferidos del poeta portugués.
Una vez dentro, el rumor de la lluvia es reemplazado por el del rugido de la máquina de café y el barullo de la gente. Es una especie de zaguán muy ancho y largo con la barra a la derecha y las mesas a la izquierda junto a una pared cubierta de espejos. Al fondo, en el rincón, hay una mesa disponible. Héctor Abad se sienta y todo el bar queda delante de él y a su espalda, también, gracias a los espejos. En la línea entre la realidad y su reflejo.
Pide un oporto. Saca del bolsillo de la chaqueta un cuaderno de cubiertas negras y hojas amarillas y un bolígrafo. La grabadora se enciende. La mira, y confiesa entre risas y casi disculpándose: "No soy capaz de pensar hablando. Por eso tengo este cuaderno para contestarte por escrito. Porque con otras entrevistas cuando las leía me veía muy mal, me parecía que yo no había dicho lo que me ponían a decir, aunque no podía demostrarlo. Entonces opté por nunca más leerlas para no enfadarme".
Tras este prólogo improvisado sobre su experimento, piensa un segundo una pregunta sobre si acaso lo que acaba de decir no es más que su alto grado de autoconciencia sobre lo que quiere proyectar. Levanta la mirada que parece irse hasta la entrada del café, agacha la cabeza y empieza a escribir muy juicioso en su cuaderno con su bolígrafo azul.
El silencio del rincón lo rellena el rumor de las siete mesas del café y la larga barra, esparcido por el tintineo de las cucharillas que remueven los vasos. Unos minutos después empieza a leer como en el colegio: "Cuando yo hablo me distraigo mucho. Me distrae la cara de la otra persona, la mirada. Hay demasiadas variables que tengo que controlar: mi voz, lo que pasa a mi alrededor, mientras que cuando escribo por encanto el mundo desaparece y lo único que hay es tres dedos apretando un bolígrafo que escribe sobre un papel, o una pantalla del computador. Porque en los cuadernos tomo nota, pero siempre he pensado, y las personas que me conocen lo saben, que tengo una personalidad por escrito y una personalidad hablada; y hablado tiendo a ser muy condescendiente, a darle la razón a la otra persona".
Al terminar la frase bromea sorprendido al descubrir que es la primera vez que ve a dos personas hablando a la vez que escriben. Luego aclara que la costumbre de dar la razón al otro está enraizada en su educación. "Fuimos educados en el Manual de urbanidad y buenas costumbres de Carreño. Y ahí dice que contradecir es parte de mala educación. Aunque eso hace que uno se vuelva un interlocutor idiota porque siempre le da la razón al otro". Entonces improvisa: "¿Que por qué no lo remedio? Me viene lo más ancestral, que es ser una persona cordial. Nosotros los latinoamericanos estamos llenos de cortesía, siempre envolvemos el pensamiento en buenas maneras".
Afuera la gente sigue guareciéndose de la lluvia en los marcos de las dos puertas del A Brasileira. Ante las teorías antropológicas y sociológicas de que buena parte de esa cortesía hispanoamericana se debe a los rezagos del servilismo de la Conquista, la Colonia y la Independencia, Héctor Abad está de acuerdo. Aprovecha para recordar que él creció en el voseo, en el "vos" como tratamiento entre iguales. Una característica de su tierra y de otras regiones como el Río de la Plata, Chile o Costa Rica. "No sabemos dónde está el límite entre la cortesía y el servilismo. Pero yo no soy servil. No me gusta ni mandar ni obedecer, pero sí tenemos muy inculcadas normas de cortesía demasiado rígidas que son probablemente las que hacen que para mí sea difícil comunicarme verbalmente. Y eso tiene que ver también con un problema audiopersonal, y es que viví rodeado de mujeres que hablaban mucho mejor. Ellas siempre hablan mejor que los hombres. Más rápido, con más gracia, son más ocurrentes".
Parece escucharse, entonces, el barullo de diez mujeres de todas las edades que van y vienen por esa casa de la infancia de Antioquia donde un niño se siente arrullado y apabullado por sus voces. Pero gracias a eso el niño habrá de refugiarse en la lectura y la escritura. Por eso le encanta cuando su padre lo lleva a la universidad. El doctor se va a dar clases y el niño, que aún no va a la escuela, se queda en su despacho, sentado en una silla enorme frente a una máquina de escribir enorme, colocando hojas en blanco en el rodillo que aprende a girar rápido, ¡Rrrrrrrrm! Luego empieza a jugar con las teclas, sacando con sus pequeños dedos índices sonidos como en un piano de letras. Tac, tic, toc, tac, tac, toc... Una hoja llena de letras. ¡Rrrrrrrrm! La saca y pone otra. Cuando el padre vuelve de clase el niño se las enseña y recibe una gran felicitación.
De allí procederá este experimento de contestar esta entrevista con su puño y letra y luego leer la respuesta. "Cuando escribo pienso mejor, no oigo mi voz, no vigilo mi voz, es la voz de otro, una voz no interior sino exterior que me dicta aunque no sea el Espíritu Santo, pero sí creo que mi mano se comunica mucho mejor con mi cerebro que mi lengua. La escritura también tiene su ritmo y se parece más a mi pensamiento. Sabes, siempre he fingido que sé hablar", y su burla bordea la carcajada. Hasta que confiesa: "Yo pienso muy despacio". Así es que se llega al acuerdo de que algunas preguntas tendrán una respuesta más amplia o matizada a través del correo electrónico para poder avanzar en la conversación.
Vuelve a escribir. En silencio y sin tachaduras. Con la mano derecha, mientras la izquierda la pone extendida cuidadosamente sobre el pupitre, sobre la mesa.
Acaba. Inclina un poco el cuaderno y lee: "El escritor tiene que tener una personalidad disociada, algo esquizofrénica. Tiene que ser capaz de salirse de sí mismo, de ponerse en el lugar de la otra persona. Siempre, cuando un periodista me pregunta algo, yo soy el periodista, no estoy pensando en su pregunta sino en lo que hay detrás de esa pregunta. Los escritores podemos definirnos así: somos detectores de mentiras, detectores biológicos de mentiras. Cuando tú me preguntas esto, yo pienso ¿qué es lo que me está preguntando realmente? Entonces me desconcentro y no sé qué contestar y digo: usted tiene razón, es una manera de ganar tiempo".
Tiempo. En mayúscula. Ésa es una de las presencias latentes en sus libros. Sobre todo en las tres crónicas o relatos de Traiciones de la memoria. Recuerdo, olvido, memoria, vida, vidas disociadas, sueños, futuro, pasado, reinvención; todo bajo el amparo del Tiempo. Como si apareciera el río de Heráclito citado a su vez por Borges. El último de los textos es una pieza sobre los ex futuros. "Es una idea muy bonita de don Miguel de Unamuno. Los ex futuros son esos yoes que se quedaron en la vera del camino de la vida, lo que nunca llegaron a ser, lo que pudieron haber llegado a ser. Todo el mundo tiene despojos de yoes que se van quedando ante una encrucijada...".
Rrriiinnnggg... rrriiinnnggg...
Ante la sorpresa del móvil, él coge la grabadora con la mano derecha para acercársela a la cara mientras dice: "Tranquilo, yo le voy contestando a la máquina. Cuando uno llega a una encrucijada, a una disyuntiva y toma por un lado de la ye (Y), pues en Colombia decimos una ye, sea la parte izquierda o derecha eso hace que la vida se aleje del tronco; tome por un camino muy distinto. Todos tenemos de alguna manera una cierta nostalgia por el camino que no tomamos, una cierta curiosidad por saber qué hubiéramos llegado a ser si nos hubiéramos ido por otro lado. Eso es de lo que trata el tercer relato de ese libro. Indago en eso que Unamuno dejó esbozado. Como te das cuenta, a mí me gusta más hablar solo o con una máquina o con un papel que con alguien", y sus palabras terminan entre risas que eclipsan el rugido de la máquina de A Brasileira.
Un tema perfecto en un café de Pessoa, porque él creó yoes absolutos con sus heterónimos, a los que hizo incluso horóscopos y dotó de una personalidad definida. "Una vez leí esto: 'Los cuatro poetas portugueses del siglo XX son Fernando Pessoa'. Es verdad, y se llaman Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Fernando Pessoa".
Es el paso a la procesión de ex futuros de Héctor Abad Faciolince. "Pienso en ellos permanentemente. La vida de cada uno está colgada de un hilito. La mayoría de mis ex futuros son muertos. Yo vivo en un mundo de pesadilla donde mis hijos se viven muriendo. Y yo sé que el hecho de que un hijo mío sufra una catástrofe transformaría mi cerebro en una mente loca y desesperada y destrozada".
Echa un vistazo atrás en su vida y ve que varios de sus ex futuros quedaron en la Italia de comienzos de los noventa. Lo esboza ahora, pero dos semanas después lo precisará por Internet fundiendo este tiempo presente con el futuro: "Hubo un momento en que yo quise dejar de ser colombiano y volverme italiano. Dejé incluso de hablar en español. La nacionalidad también es una ficción, un disfraz: algo que uno se pone, como la ropa. Tal vez la única nacionalidad auténtica es la lengua, como pensaba Canetti: uno es lo que habla. Y yo hablo una variedad del castellano que es el antioqueño: una especie de español antiguo que se habla en las montañas centrales y aisladas de Colombia. Pero no soy un nacionalista; en realidad no soy nada, o no sé qué soy. Uno tiene que inventarse cada año lo que quiere ser. La identidad -esa palabra tan antipática- también es una ficción, no es una realidad, es una cosa que uno se inventa y se pone, como un sombrero".
Pide otro oporto en medio de tintineos y el ruido de la máquina registradora por alguien que ha pedido la cuenta. Le llama la atención que la entrevista haya derivado en el tema del relato de los ex futuros, "el que a menos personas le ha interesado". Pero cuya idea del tiempo y el espacio, y concepciones de realidad y ficción, se entrecruzan en las tres piezas de Traiciones de la memoria. Incluso la última frase del tercer relato conecta y complementa al segundo al desmontar de un plumazo la realidad contada hasta ese instante difuminando lo real con lo ficticio y lo imaginado. Mientras el primero es una gran crónica periodística y literaria que se convierte en sí misma en un cuento policiaco donde el hijo quiere saber por qué su padre llevaba el día de su asesinato un poema de Borges que empieza diciendo: "Ya somos el olvido que seremos", y que todos creían apócrifo, pero que tras un largo periplo geográfico y filológico encuentra su paternidad y lo confirma como auténtico junto a otros cuatro en una historia sembrada de pistas, azares y persistencia y que al final parece más un farol del determinismo. El libro alterna muchas imágenes de las pruebas y pistas que Abad Faciolince va encontrando y que invitan a diversificar la lectura, sobre todo porque en Colombia hubo un gran debate sobre la autoría del poema de Borges, puesto como epitafio en la tumba del doctor Héctor Abad Gómez.
La pesquisa sirve para que el hijo plante cara a la justicia colombiana ante la impunidad del asesinato, al encontrar una verdad literaria.
El fotógrafo se acerca a la mesa. Es señal de que fuera ha escampado. El escritor se levanta de la silla y a medida que avanza hacia la puerta su imagen se aleja en el espejo a su espalda. Sale con Jordi Socías a la calle y hace todo lo que él le dice para las fotos. Pasan delante de la estatua de Pessoa, suben por la rúa de Garrett y cruzan la António Maria Cardoso, en cuya esquina acaba de instalarse un puesto de castañas delante de un edificio donde el fotógrafo quiere hacerle unas pruebas. A los pocos minutos vuelven a bajar por la rúa de Garrett y el pelo acaracolado del escritor está más alborotado que nunca al haberle cabestreado a Socías sus peticiones, cuyas imágenes al final han ilustrado esta entrevista.
Su aspecto de científico loco es el de un buen momento. Ya era hora. Tras una adolescencia donde el dolor y la muerte se hizo presente con una hermana y empezó sin terminar varias carreras como medicina, filosofía y periodismo. Luego, en la universidad, un artículo contra el Papa hizo que lo expulsaran, y que al final terminara, precisamente, en Italia, donde se graduó en Literaturas Modernas. Al regresar a Colombia en 1987, en agosto los paramilitares asesinaron a su padre, y el día de Navidad estaba volando de nuevo a Italia por amenazas. Después llegarían su esposa e hijos, y un periodo de incertidumbre y penurias (narrado en parte en el segundo relato). A comienzos de los noventa empezó a escribir una columna dominical el diario bogotano El Espectador, y publicó algunos libros hasta que en 2000 ganó en España, con Basura, el I Premio Casa América de Narrativa Innovadora. Un año después firmaría aquella carta de protesta por la exigencia de visado a los colombianos con la promesa de no volver hasta que eso cambie. En 2006, casi 20 años después del asesinato de su padre, se sintió con fuerzas para escribir sobre aquello, lo que le ha valido el reconocimiento de público y crítica. Ahora es miembro del consejo editorial de El Espectador, con una columna de opinión muy leída.
De vuelta en A Brasileira, la conversación va hacia su vida entre la realidad real del periodismo y la ficción literaria. Es la penúltima pregunta. Se entusiasma e improvisa, pero luego la matizará en un correo electrónico: "Yo creo que vivo siempre en la realidad; y al mismo tiempo, como lo que percibe y filtra la realidad es mi cerebro, creo que vivo siempre en la ficción. Nunca sé muy bien si algo que viví lo viví realmente o si mi cerebro se está inventando un recuerdo. Cuando uno se da cuenta de las deformaciones que hace permanentemente la memoria, cuando uno ve los sesgos con que la ideología nos hace percibir la realidad, a veces me da la impresión de que todos vivimos en un mundo ficticio. La ideología es como una lente de color rosa o de color negro y todo depende del cristal con que se mire. Dos periodistas asisten a una misma batalla y parece que nos hablaran de dos batallas distintas cuando la cuentan: un periodista cubano y un periodista español nos hablan de una huelga de hambre en La Habana, y parece que hablaran de dos cosas distintas. Yo como escritor trato de ponerme dentro de la cabeza del hombre que hace la huelga de hambre, y aparece otra historia más, diferente. ¿Cuál de las tres es la historia real? Y si la historia es contada por el mismo protagonista, y él se ve a sí mismo como un mártir o un héroe, también hace de su misma huelga una leyenda. Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece más que todo, todo, es ficción".
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La máquina registradora suena ahora por la mesa del rincón. Un par de minutos después, el barullo y el olor a café de A Brasileira quedan atrás y son reemplazados por el ruido de la calle y el olor a castañas asadas. Ya en la esquina de la humareda, antes del adiós, el escritor colombiano le pregunta al fotógrafo si su apellido es con ese o con ce: "Con ce", responde. "Ya, pero viene de sosias, es decir, de algo doble o que se parece mucho, está en el Anfitrión, de Plauto, cuando Mercurio se hace pasar por Sosias el criado del general Anfitrión". Son casi las cinco y media, y la tarde va a terminar como empezó, el mismo cielo pálido y el mismo tema de tres horas antes cuando Héctor Abad Faciolince se despida, saliendo del humo oloroso a recuerdos, contestando la última pregunta: ¿Cuándo vuelve a España? Y se autorretratará y resumirá en 17 palabras: "Soy un exiliado español. La próxima vez nos veremos en la frontera o allí donde murió Machado, en Collioure...", para perderse andando por la rúa de Garrett arriba en busca de una de sus pasiones, librerías de viejo.

Artículo de Enrique Vila-Matas: Gil de Biedma


El pasado martes 23 en el diario El País, Enrique Vila-Matas publicó el artículo Gil de Biedma. Como siempre, el narrador catalán derrocha su honesta erudición; en su texto no solo se limita a comentar la publicación de EL ARGUMENTO DE LA OBRA, en donde se compilan las cartas del poeta Jaime Gil de Biedma (en la imagen), sino que ese encuentro con la intimidad que conlleva escribir cartas (actividad que vengo realizando en estos días, ya que deseo que mi abuela me lea, puesto se encuentra muy delicada internada en una clínica local), lo lleva a reflexionar sobre el verdadero peligro que corre el lenguaje, peligro que no está asociado a la desaparición del libro y la creciente fuerza de la propuesta digital, quien lo piense de esa manera, es porque jamás en su vida ha leído, o lo que es imperdonable: ha dejado de leer. Muy apto para editores que no leen, escritores que no leen, poetas que no leen, teóricos que no leen, gerentes editoriales que no leen...

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Los más elegíacos, acaso los más lúcidos, consideran que vivimos ya inmersos en un paisaje moral y cultural en estado de derribo, en un crepúsculo del lenguaje, en una cultura posliteraria: lo que ocurrió, ocurrió antes. Esta percepción de la ruina resulta fácilmente contagiosa y, sin ir más lejos, se ha asomado a mi lectura de El argumento de la obra, el libro en el que Lumen reúne gran parte de la correspondencia del poeta Gil de Biedma. Editado y prologado brillantemente por Andreu Jaume, El argumento de la obra parece acoger al mismo tiempo una idea general de crepúsculo y un extraño aire optimista. Por un lado, está ese Gil de Biedma en su elegante faceta, hoy ya tan poco usual, de persona extremadamente cuidadosa al escribir cartas. Acaso son virtudes de otro tiempo. Es más, ya en su momento, su amigo Joan Ferraté comentó que el entonces joven poeta era uno de los pocos, tal vez el último del círculo de sus amistades, todavía capaz de escribir y contestar cartas. Y no parece que anduviera errado. De hecho, como señala Andreu Jaume, "fue uno de los últimos de su generación en cartearse con un deliberado sentido estético".
El lado no elegíaco viene dado por las posibilidades que nos ofrece El argumento de la obra de elevarnos por encima del pesimismo actual, pues nos acerca a alguien que, en pleno declive general del lenguaje, fue capaz de mantener la dignidad y el gesto de siempre de la mejor literatura, en este caso de la epistolar, discurriendo -suponemos que "como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia"- acerca de los problemas que le ocasionaba la poesía que deseaba hacer y a la que quiso aplicar notables dosis de "áspero sentido común y alada gracia lírica". En realidad, se sirvió de esa gracia en todas sus cartas. Y ésta, combinada con su prosaico temperamento pragmático, acabó derivando en uno de los secretos mejor guardados del genio de su poesía. Me acuerdo, por ejemplo, de una carta de gracia afilada (dirigida a Gustavo Durán) en la que, de pronto, en chispeante giro alado, le dice a su corresponsal que la vida es "demasiado confusa para explicar por carta".
Y sin embargo, precisamente porque la vida es tan confusa, escribía cartas, recogidas ahora en esta edición tan oportuna. Oportuna, puesto que, después de su desdichada aventura en Sodoma, era preciso dar de nuevo la palabra al escritor y conocerlo en las verdaderas dimensiones de su teatro poético. Hoy en día, algunos parecen preocupados por si el libro electrónico sustituirá al tradicional y zarandajas por el estilo cuando lo único que debería inquietarles es la desaparición del lenguaje y del pensamiento y de los lectores activos y de los no muchos verdaderos escritores que aún quedan. Porque la amenaza no viene con la novedad que pueda aportar lo digital -hay una simple continuidad entre Gutenberg y Google y no ruptura como algunos modernos pretenden decirnos-, sino con la posibilidad ya latente de que acabe borrándose el lenguaje mismo y caigamos en esa soledad que existió en el universo antes de que creáramos las palabras, antes de que existiera ese bien que el lenguaje le ofrece al hombre, el animal que habla, el animal que tiene logos (palabra, razón) y es capaz de expresar y compartir sus ideas y sus sentimientos.
Palabra y razón esperan al lector en El argumento de la obra. Gil de Biedma, razonable y epistolar, dejó un ejemplo valioso de una escrupulosa práctica literaria en medio de una cultura de la ruina. Su testimonio de no resignación invita a creer que en nuestro elegíaco clima cultural quizás no esté aún todo perdido y, además, quién sabe, no todo necesariamente haya ocurrido ya.

Sábado 27: Rock En El Parque 2010

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Sábado 27: Lima no es muda


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viernes, marzo 26, 2010

Viernes 26: Última sesión de El rock en Latinoamérica: años 60 y 70 - Concierto - Centro Cultural Británico


CICLO:EL ROCK EN LATINOAMÉRICA: AÑOS 60 Y 70
(BEAT, PSICODELIA Y ROCK PESADO)
Se realizará los cuatro viernes de Marzo de 2010 en el Centro Cultural Británico de Miraflores.
EXPOSITORES: Carlos Torres Rotondo (autor del libro Demoler), Christian Van Lacke (músico/ productor), Andrés Tapia (productor del sello Repsychled).
SESIONES: Tres fechas de exposición multimedia y un concierto acústico en el que se tocarán las canciones más emblemáticas de las primeras escenas de rock latinoamericano.
OBJETIVOS: Dar un panorama general de la llegada del rock a América Latina, de la construcción de las principales escenas en los años 60 y del declinar de las mismas en los años 70. Se apoyará la exposición oral con videos y se pondrán ejemplos musicales. En cada caso se resaltará la influencia de otros países en Perú (discos o canciones de bandas de otros países editados o versionados en Perú, así como producciones de bandas nacionales editas en otros países). En la sesión final se interpretarán acústicamente canciones representativas del rock latinoamericano de la época,interpretados por el músico Argentino Christian Van Lacke (TLÖN, Tarkus, Lilus, Mr.blues, V.V.C Trio) para lo cual se contará con invitados como Saúl y Manuel Cornejo (Laghonia, We All Together), Tavo Castillo (Frágil), Daniel F. (Leuzemia), entre otros.
INFRAESTRUCTURA: Los responsables llevarán audios, imágenes, videos y discos originales como soporte para las conferencias.
CRONOGRAMA:
CUARTA SESIÓN: Los himnos del rock sudamericano (viernes 26 de marzo). Interpretados por Christian Van Lacke acompañado por músicos de Laghonia /We All Together, Pax, Frágil, Tarkus, Telegraph Avenue, Leuzemia, La ira de dios , Sky White meditation ,entre otros.

Goles 2: Diego Forlán

jueves, marzo 25, 2010

Javier Ágreda sobre PODERES SECRETOS, de Miguel Gutiérrez


En la habitual columna de los lunes de Javier Ágreda, en el diario La República, encuentro una reseña más que positiva sobre PODERES SECRETOS, el extraño libro de Miguel Gutiérrez.
Como se sabe, se trata de una nueva edición gracias a la gente de la editorial huancaína Bisagra Editores, que la lanzó a fines del 2009.
Creo, y ojo que puedo pecar de exagerado, que PS es una de las mejores novelas cortas de la narrativa peruana, de la mitad del siglo XX en adelante, obviamente si la vemos como una novela.
Ahora, nadie tiene la obligación de gustar la poética de un escritor. Sea quien sea.
Sin embargo, PS ha tenido el poder de seducir a estupendos amigos míos (que son grandes lectores) que no eran muy entusiastas de la propuesta narrativa de Gutiérrez. Se trata de una novela que todo aquel que se precie de gran lector y escritor está en la obligación de leer, no por quedar bien con Gutiérrez, sino por llenar un posible vacío en la formación libresca personal.

Tras 20 años de silencio literario, en 1988 Miguel Gutiérrez (Piura, 1940) comenzó a publicar una serie de novelas –que incluía a la monumental La violencia del tiempo (1991)– que lo consagró como uno de nuestros mayores narradores de la actualidad. Ese ciclo creativo concluyó con Poderes secretos (1995) una original novela breve, mezcla de ensayo y relato histórico, que acertadamente acaba de reeditar la joven editorial Bisagra.
Gutiérrez se centra aquí en la vida y obra del Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), figura fundacional de la literatura peruana, y teje alrededor de él una complicada trama de disputas intelectuales entre los propios ideólogos de la conquista, cuyas consecuencias continúan hasta nuestros días. Pero en lugar de desarrollar ese ambicioso proyecto narrativo, el autor sigue el consejo de Borges: imagina que el libro ya está escrito y lo que entrega a los lectores es un resumen, detallado y reflexivo, de esa inexistente novela.
A la temática histórica Gutiérrez añade aquí otras dos dimensiones, como señaló en su momento el crítico Víctor Vich: la crítica estética (se discuten las opciones del narrador, la construcción de los personajes, el propósito de cada episodio) y la crítica política (Garcilaso es el paradigma de un tipo de mestizaje, el único aceptado por los intelectuales más cercanos al poder). Escrita en una prosa clara y bien trabajada, Poderes secretos es una novela que, no obstante su brevedad, reúne las principales constantes de la narrativa de Gutiérrez.