viernes, abril 30, 2010

Domingo 2 de mayo: Presentación de la segunda edición de THE CURE EN HUANCAYO, de Ulises Gutiérrez


Bisagra-Editores se complace en presentar “THE CURE EN HUANCAYO”, del talentoso escritor nacional Ulises Gutiérrez, el cuarto volumen de su colección de narrativa: qué novelas o puro cuento.
LUGAR:
Auditorio de la 3ª Feria del Libro Lima Norte, Centro Comercial - MegaPlaza
ORGANIZA: Bisagra-editores
DÍA: Domingo 2 de mayo
HORA: 8:00 pm.
COMENTARIOS: Ivan Thays, Katya Adaui y Gabriel Ruiz Ortega
Los relatos de Ulises Gutiérrez muestran a un narrador fino y diestro, con un manejo impecable de escenarios naturales y un conocimiento de sus personajes… (The Cure en Huancayo) es una lectura muy agradable, de un escritor que ha intimado con sus materiales y los plasma con enrome fuerza y convicción.
Alonso Cueto
Me acuerdo de Ulises. Sus palabras son suaves y melodiosas, sus imágenes son intensas y envolventes, como el rio que serpentea entre los paisajes andinos y las ciudades de sus cuentos. En ellos las pérdidas se suceden en el reencuentro y la frustración: los personajes cargan sus mochilas de nostalgias y miedos para migrar, pero no saben dónde establecerse, el pasado vuelve con su memoria dulce, cruel, como la música que seleccionan.
Katya Adaui
Los cuentos de Ulises Gutiérrez, ambientados en ciudades andinas y cosmopolitas, nos reflejan una poética afianzada en la reconciliación, canalizada en la convicción del letraherido consciente de sus facultades creativas. Gutiérrez no solo ha escrito un buen libro, sino también uno que no se olvida.
Gabriel Ruiz Ortega
Se trata de un afortunado conjunto de relatos que, a no dudar, interesaran de todas maneras al lector dese ángulos diferentes: por sus anécdotas, por sus ambientaciones, por sus estructuras, por sus técnicas.
Sandro Bossio Suárez

Vicente Luis Mora sobre ALBA CROMM - Canal-L

A razón de la publicación de la novela ALBA CROMM, Ernesto Ulloa, director del portal Canal-L, entrevistó al escritor español Vicente Luis Mora. Como es de suponer, la entrevista nos da mayores luces de lo que es AB, que espero, eso sí, poder leer pronto.


jueves, abril 29, 2010

Arturo Pérez-Reverte: "La cultura es un analgésico"


Contra lo que digan, Arturo Pérez-Reverte es un grande. Guste o no, lo es.
Hace poco más de dos meses salió al mercado su última novela, EL ASEDIO. A razón de la misma, mi amigo el escritor Montero Glez le hizo una entrevista para la edición 152 de la revista Qué Leer, que tuvo a PR en portada (por cierto, en la reciente edición 153 tenemos a Enrique Vila-Matas, en portada).
Me hubiese gustado subir la excelente y extensa entrevista de Montero, pero no pude ya que el acceso a la versión virtual de la revista solo me mostraba la edición 151. Sin embargo, ahora ya es posible acceder al material.
Consignemos que el ritmo de la entrevista es vertiginoso, signado por la saludable y honesta amistad entre el maestro y el discípulo.


Con las bombas que tiran los fanfarrones, Arturo Pérez-Reverte ha escrito su nueva novela, “El asedio” (Alfaguara), una historia con asesino en serie incluido que ocurre durante los tiempos de Napoleón en la ciudad de Cádiz, escenario a la sazón de esta intensa entrevista.
Aunque en ella aparezca un episodio de nuestro pasado reciente, cabe aclarar que la última de Pérez-Reverte no es una novela histórica. Ni mucho menos. Entre otras cosas porque El asedio es una novela de género. De género “revertiano”, se entiende, porque contiene todas las demás novelas escritas por él.
Diciéndolo de otra manera, Arturo Pérez-Reverte vuelve a las andadas con una tanda de viejas historias contadas con ojos nuevos y donde Cádiz es lo más parecido a un patio de vecinos con sus personas, aire, silencios, sonidos, temperaturas, luces y olores.
-Es que esta novela parte de una idea –se explica Arturo–. La idea de la ciudad como lugar falsamente acogedor, pues el hombre occidental tiene un concepto de las ciudades como lugar acogedor, protector y demás. Pero yo, por razones diversas, tengo otro concepto distinto.
Es entonces cuando la cicatriz que lleva en la mirada se abre y salta a la vista. Llegados a este punto, no necesita explicar más pero, por si acaso, Arturo va y reafirma la evidencia que le sale a los ojos:
-Hay una ciudad que traduzco del griego cuando estoy en el colegio. Es la Troya de Homero, la Troya asediada; después yo vivo un Beirut asediado en el año 1976 y un Sarajevo asediado en 1990, 91 y 92. Yo tengo una visión de la ciudad como sitio peligroso, lleno de ángulos vivos y ángulos muertos. Esa visión de la topografía de la ciudad como un lugar con reglas propias la tengo por mi biografía como reportero y como lector.
Asegura Arturo, con el fundamento del que no entiende la vida sin libros. Y luego se me pone a contar cómo tiró una tanda de fotografías en el año 1976, en Beirut, por la noche:
-Me subí a un edificio y fotografíe el trazado geométrico de la ciudad recortado en los combates nocturnos. Son fotografías cúbicas, con luces, rectas y composiciones geométricas. Desde aquel momento se me quedó ese runrún que cambió mi concepción de la ciudad. Y eso está en el origen de mi novela. Esa visión de la ciudad como lugar con reglas propias, no escritas, subterráneas; las reglas de la ciudad sometida a tensiones que modifican la propia ciudad y también a las gentes que viven en ella. De ahí es de donde sale esta novela.
-Por eso la ciudad es protagonista.
-La ciudad es la protagonista, pero no Cádiz, ojo –señala el matiz arqueando la ceja, dando a entender con ello que Cádiz aparece como símbolo–, pues verás, yo pude haber ambientado esta novela en el Madrid del 1936, en el Sarajevo del 1990 o en el Leningrado de los años 1940.
-O en Troya.
-Sí, pero Cádiz es una ciudad que está sometida a tensiones climáticas, geográficas, de vientos muy intensos, con el mar alrededor, y además tenía ese bombardeo francés que me daba un montón de posibilidades. Cádiz era el escenario apropiado.
-Una historia que contiene muchas más historias -le apunto, para continuar diciéndole que, dentro de su nueva novela, veo tres historias bien diferenciadas. Por un lado está la trama detectivesca, que lleva a Rogelio Tizón, policía, a seguir la pista a un asesino en serie. Por otro está la historia del asedio, desde el punto de vista militar francés, con Desfosseux como principal actor, y luego está la historia marinera, que tiene de protagonista a Pepe Lobo y donde ocurren un montón de peripecias.
-Incluso te quedas corto –salta a corregirme–, está también la novela de espionaje, está la novela sentimental, hay una trama económica y financiera, para mí bastante interesante, y después la historia de amor, que es decimonónica clásica y donde yo quería contar una historia de amor de esas del siglo XIX de Jane Austen enamorada de Cayetano Rivera –contesta Arturo, con la facilidad del que combina en su conversación la cultura popular con la alta cultura. Y de seguido se pone a hablar del personaje de Lolita Palma, que sueña con barcos corsarios navegando sobre su piel de niña de buena familia.
-Me llama la atención que podías haberlas publicado por separado –le comento–. ¿Qué te ha llevado a trenzarlas, a correr el riesgo de trabajar una estructura tan compleja?
-Cada novela es un desafío –corta, seco, con la seguridad del que echa el resto sobre un papel en blanco.
Y así es. Lo viene demostrando desde hace años. Cada novela suya es un reto para él y un acontecimiento para sus lectores. Y ésta no iba a ser menos. El asedio es una novela clásica; no en el sentido de novela decimonónica, sino de más atrás todavía. De los tiempos de Homero, de la Ilíada y de la continuación de la Ilíada por parte de Sófocles, primer autor policiaco.
-Ocurre que tus personajes son sencillos –le señalo– y los argumentos complejos, al igual que pasa en las historias de la mitología clásica. Luego, en esta novela se siguen las reglas que apuntó Aristóteles para la tragedia, siendo la situación la que determina los caracteres.
-Y los transforma –subraya–. En este caso es muy importante cómo la situación y la ciudad inciden en los personajes y su evolución. Ninguno es el mismo al terminar la novela.
Entonces se pone a hablar de conceptos como ethos y praxis, del mundo clásico, de Sófocles, de Edipo y del teatro griego. Lo hace con una familiaridad que le viene de antiguo. Me cuenta que tradujo latín y griego, cuando era pequeño. “Siete años de latín y tres de griego”, señala orgulloso, como el que muestra un botín conquistado a base de hincar los codos. Aunque sus gestos delaten a un lobo de mar, es evidente la presencia del estudio en su obra como también es evidente que está descontento con el sistema educativo español, con el que hay ahora y con el que hubo antes. Sólo hace falta echar un vistazo a sus artículos dominicales, que acaban de ser publicados en el volumen Cuando éramos honrados mercenarios. La pregunta me viene al pelo:
-Por lo que leo en tus artículos, das a entender que la educación es un problema principal en nuestro país, pero tú sabes tan bien como yo que el pueblo más educado del mundo se dedicó hasta no hace mucho a cazar judíos por Europa.
-Es cierto. Pero te voy a hacer una precisión. Los que gobernaban Alemania eran una pandilla de gánsteres analfabetos. No gobernaban los cultos. Gobernaban los nazis. Matones analfabetos a los que la cultura cobarde se plegó, les chupó la polla y se puso a su servicio. Cuando hablo de cultura, hablo de cultura como consuelo y explicación, no como acción. No quiero que los cultos me dirijan. Lo que quiero es que la cultura permita a la gente poder consolarse. La cultura es un analgésico. No quita el mal pero ayuda a soportar el mal.
Me recuerda la escena del último Alatriste, el combate sangriento de galeras entre turcos y cristianos, cuando un oficial va y le pregunta a Alatriste para qué lleva un libro de Quevedo, para qué sirve un libro en una galera. “Para soportar días como éste”, responde Alatriste. “Ésa es la cultura que a mí me interesa, ésa es la cultura que yo defiendo”, remata Pérez-Reverte.
-Volvamos a tu nueva novela. La obra da comienzo al término de un interrogatorio de sangre. Un interrogatorio donde Rogelio Tizón, policía, domina la escena. ¿Eres de los que piensan que los cuerpos de seguridad del Estado, en general, en todo el mundo y a lo largo de la Historia, de no haber tenido esa esencia violenta, que es la que da la forma, nos hubiesen quitado un montón de literatura?
-No te quepa la menor duda. Un policía que cumple las normas legales es un personaje aburridísimo narrativamente. Nos interesan los heterodoxos y evidentemente mi policía lo es. Y además es una época que a mí me parece interesante. Es un policía a la vieja usanza, de un mundo que se acaba. En un momento en el que Las Cortes acaban de aprobar la Ley contra la tortura y ese policía se encuentra de pronto que sus métodos de toda la vida no puede ejercerlos con la naturalidad acostumbrada, y eso intensifica el desafío al que se ve enfrentado a la hora de resolver el enigma. Entonces también hay una reflexión sobre la violencia, sobre la tortura, sobre la justicia. Todos los personajes de la novela son conscientes de que están en un mundo que se acaba. Los tiempos de ese Cádiz que deja pasar a uno nuevo.
Si hay que destacar uno sobre todos los valores de la obra de Pérez-Reverte, es el de saber crear personajes inmortales, de los que quedan pegados para siempre en la memoria de sus lectores. El policía Rogelio Tizón se suma a la tanda junto a Hipólito Barrull, su amigo y contrincante de ajedrez. De él se sirve a la hora de interpretar las señales literarias que le lleven a descubrir al asesino y a sortear las trampas que el azar maneja.
-Por la manera que tienen de conducirse entre ellos, me han recordado a Sherlock Holmes y a Watson, o mejor, a Quijote y Sancho –le digo.
-Es que es necesaria una pareja para cualquier discurso. Todo enigma necesita una resolución y toda resolución, un método. Y para ese método con dos personas es más potente.
-Alfred Hitchcock, otro gran constructor de personajes, vino a decir que, a la hora de hacer un malo, el malo tenía que ser malísimo. Y eso me parece que lo aplicas con esmero en esta novela.
-Es que hemos perdido de vista una cosa. En este occidente tan políticamente correcto, chachi y de derechos humanos, hemos olvidado que el ser humano es un hijo de puta por definición biológica. El ser humano es un depredador peligroso al que dediqué El pintor de batallas. El “buenismo”, el “aquí todo el mundo es bueno”, nos pone una barrera. Sin violencia, sin horror, sin mal, es imposible comprender al ser humano.
-Además, frente a un malvado siempre se gana más que frente a un estúpido.
-Claro. Yo prefiero a un malvado que a un estúpido. Un malvado inteligente, quiero decir, pues la maldad inteligente es mucho más nutritiva que la estupidez bondadosa.
-No te voy a preguntar por tus rincones oscuros…
-No te los iba a contar –salta rápido, antes de que yo termine de formularle la pregunta.
-Ya, pues dejarían de ser oscuros –le contesto–. Pero lo que quería preguntarte es si hace falta tenerlos para dedicarse a novelista.
Su boca calla. Sus ojos responden con el destello del que sabe que su oficio consiste en ocultar más que en mostrar. Aún así, se explica:
-Hasta que uno no se ha manchado las manos de sangre no es hombre en el sentido intelectual de la palabra. Hasta que uno no tiene remordimientos, certeza de su propia oscuridad, no es ser humano lúcido y consciente. La sangre en las uñas es fundamental. ¿Por qué Ulises es sabio? Pues porque ha sobrevivido a Troya. El héroe que muere en Troya no tiene ningún problema; muere en plena gloria sin plantearse preguntas. Lo malo es cuando el héroe sobrevive y tiene que regresar a Ítaca con los muertos en la memoria, con el grito de las mujeres violadas, con la sangre en las uñas. Ulises es el héroe moderno, interesante de verdad, el que sobrevive a Troya, el que envejece, el de canas en la barba, el que tiene memoria y horror en la memoria, el que ha bajado a la cueva del Cíclope, el que ha estado en el vientre del caballo de madera. La medalla, el signo que distingue al héroe, es tener sangre en las manos.
Cuando habla, escupe la lucidez del que ha vivido con intensidad, del que se ha enfrentado muchas veces contra sus propios límites. Una lucha interior que sigue manifestando:
-Ningún ser humano es completamente comprensible hasta que no lo ves en sus abismos más oscuros. Y esta novela habla de eso, de cómo es necesario, a veces, bajar hasta el pozo oscuro del ser humano para comprenderlo. Por eso el hombre occidental no entiende nada de lo que está pasando, el hombre occidental está indefenso frente a la realidad. Porque hemos perdido la capacidad de ponernos a la altura del horror. Y esta novela intenta recordar que el horror está en cada uno de nosotros.
Y así sigue hablando, a sabiendas de que basta sólo con poner una micra de más en la balanza, un paso, una mirada, una calle oscura, un roce de brisa en la piel, para que el ser humano actúe como siempre actúa.
Hablamos de ajedrez y de guerra. “Yo soy demasiado imaginativo para ser buen jugador de ajedrez, paradójicamente. Yo estoy jugando al ajedrez y de pronto una jugada brillante me seduce tanto que me pongo en ella y ya me da igual ganar o perder la partida. Mi contrincante sólo tiene que esperar a que cometa el error. Con esto quiero decir que la imaginación, y en este caso la literatura, a veces, te apartan del objetivo. A veces un exceso de literatura, puede apartar la verdadera realidad a los ojos de las personas. Puede crearnos espejismos que nos desvíen del objetivo principal. Un excesivo análisis del hecho a veces desvirtúa el concepto”.
En su novela, Cádiz es un tablero de ajedrez en el que un asesino en serie se va comiendo a niñas en edad de merecer, igual que si fueran peones. Un reto para Rogelio Tizón, jugador de ajedrez que, llegado el momento, juega a dar caza al asesino por puro placer intelectual, antes que por cumplir con el deber patriótico de su cargo como policía. Es un hombre que busca rivales, un jugador que sólo se deja destrozar con método. Así, por el lugar donde van a caer las bombas que tiran los franceses, Rogelio Tizón interpreta el caso.
-Hablando de bombas y de nuestra guerra contra los franceses, llama la atención que la organización del ejército español no existe en la novela, pues no existe ejército como tal. Los militares españoles no aparecen. ¿Dónde estaba el ejercito?
-No estaba. Yo podía haber contado una novela en la cual narrase con peripecias cómo el ejército español era derrotado, no existía, se disolvía, se deshacía. Pero no lo he hecho. Me he limitado a no hablar de algo que no existía. El lector averigua que no hay ejército español sin que yo se lo cuente. Ésa ha sido mi manera de contar la guerra y la historia. Más por defecto que por exceso.
-La Guerra de la Independencia, y en especial el sitio de Cádiz, destrozaron la autoridad moral de Napoleón en Europa, él mismo lo reconoce. Pero sabía en la que se metía. Habíamos sido aliados en Trafalgar.
-No, no lo sabía. Él pensaba que era un pueblo de idiotas manejado por curas. Se equivocó. Pero se juntaron muchas cosas. A Cádiz lo salvó su geografía, no sus hombres.
-Siempre había creído que lo de Napoleón era ese deseo de exponerse para después sentir que has salido vivo del conflicto.
-No, ahí Napoleón pensó que esto estaba chupao y no.
-Y tú, ¿cuál es la última vez que te has expuesto?
Me enfila con la mirada. De abajo a arriba. Se detiene en los ojos y señala la grabadora. Yo se lo agradezco con una última pregunta:
-¿A cuántos “Arturos” has tenido que matar para llegar a ser “Arturo Pérez-Reverte”?
-Yo no he matado a ninguno, pero lo cierto es que van muriendo. La vida es eso, ir enterrando cadáveres. Cuando uno llega a los 58 años con una biografía más o menos llena de cosas y mira hacia atrás, hay una cantidad asombrosa de cadáveres en las cunetas. Cuando tengo veinte años y voy por primera vez a una guerra, yo no soy consciente de que hay un Arturo que está muriendo en esos momentos. Pero con la edad, miro para atrás y lo veo muerto allí.
-Sabes que si todos ellos se reunieran podrían trazar tu biografía.
-Es gracioso que digas eso, pues a veces los he imaginado alrededor de mi tumba y hablando de mí, y supongo que entre ellos serían extraños unos a otros. Hasta tal punto el camino ha sido largo. Es decir, de los primeros hasta ahora hay mucha diferencia. El Arturo ingenuo, el Arturo indeciso, el Arturo superado por esto o por lo otro. Para cualquier hombre también sería muy interesante una reunión de las mujeres que conoció en la vida. Como en esa narco-canción mejicana que me gusta tanto.
Es entonces cuando asoma el Arturo de 58 años, pelo pincho y barba cana, y se me pone a canturrear con voz de lobo flaco:
-Veinte mujeres hermosas / al panteón van a llegar / todas vestidas de negro / mi cajón van a rodear. / Unas lloran de tristeza / otras su dolor sincero / otras si no me equivoco / le están llorando al dinero.

miércoles, abril 28, 2010

Cuento de Susanne Noltenius: "La manzana de Blancanieves"


Cuando me preguntan por los nuevos escritores peruanos –entre hombres y mujeres- que han aparecido del 2000 en adelante, no tengo dudas en mencionar a la estupenda narradora Susanne Noltenius, autora del libro de relatos CRISIS RESPIRATORIA, agotado en sus dos ediciones, que no es para nada poca cosa.
“La manzana de Blancanieves” apareció en el primer número de la revista Contrapoder. Huelga decir que el cuento, aparte de efectivo, muestra la poética que le ha valido a Noltenius ganar, en buena lid, muchísimos lectores.


"La manzana de Blancanieves"

Como todos los recuerdos de la primera infancia, el que Blancanieves guarda de su padre es una serie de imágenes deshilvanadas, como páginas descosidas e incompletas de un libro desparramadas sobre la mesa: papá reparando el caballito de madera en el dormitorio que ella ocupó de niña hasta antes de que él desapareciese; su voz ronca entonando una canción cuya letra casi ha olvidado; el olor de su ropa cuando regresaba de cabalgar, mezcla de bosque y sudor de caballo, algo parecido al aroma que flotaba en el establo y que tal vez era la razón por la que ella pasaba varios minutos cepillando la yegua, absorta en ideas, pisando la paja e impregnándose de aquel olor.
Ella irá a Nueva York a buscarlo.
La reina se aferró a la única versión que circuló en palacio sobre su partida: murió en combate. La historia del reino carece de guerras, riñas o disputas, así que pocos o ningún detalle le dieron jamás sobre una batalla que ahora juzga inexistente. Mientras camina hacia el viejo Roble, Blancanieves cree recordar miradas que se desviaron cuando ella preguntó por su padre, ojos que no pudieron sostener los suyos ante preguntas tan simples como la comida que más le gustaba o el nombre del caballo sobre el que partió la última vez.
Ella lo buscará en Nueva York.
Las piezas se juntaron durante la noche anterior. Fueron los animales del bosque quienes le confesaron que ya habían cuidado de alguien en el pasado, un hombre a quien también la reina habría querido matar, un hombre de voz muy ronca. Ayer Tontín trató de explicarle con gestos alborotados y trazos nerviosos sobre la tierra seca quién había sido aquel hombre. Entonces Gruñón y Feliz discutieron sobre la conveniencia de contarle, de revelarle aquello sucedido años atrás. Finalmente, Doc se rindió ante su insistencia y admitió que el padre de Blancanieves se refugió en esa misma cabaña donde ella ahora se escondía de la Reina. En ese momento su mente arremolinó los recuerdos, las frases no dichas y la versión repetida de memoria por los miembros de la corte, las miradas desviadas, las preguntas sin responder.
Ella lo encontrará en Nueva York.
Lo que más le inquieta es la frase del paje el día en que éste le perdonó la vida y permitió que ella se perdiese en el bosque para escapar de la sentencia real. “Juré a mi señor cuidarla de la Reina, porque él nunca podría regresar”. Blancanieves no había pedido explicaciones, pues apenas se vio libre del brazo que empuñaba la daga corrió a ser devorada por los árboles y la oscuridad. Ahora esa frase la golpea una y otra vez, suave e insistente, como el tic tac de un reloj en el silencio nocturno. Su padre había pensado en ella antes de partir. Pero, ¿por qué dijo que no podría regresar? ¿Por qué no podría volver por ella? Y, además, ¿por qué Nueva York?
Lo encontrará y él responderá a sus preguntas.
Doc le habló de Nueva York, una ciudad embrujada, roja y redonda como una manzana, que ella conocía sólo por los mitos que le narraban las doncellas del palacio. Una ciudad a la que se llega a través del tronco grueso del viejo Roble, cuyo hechizo es inmune a la magia del Espejo. Doc le advirtió de los peligros de Nueva York, de lo que se dice sobre las bestias que la pueblan, la comida podrida y las bebidas envenenadas, la música nocturna que enajena y las luces multicolores que hipnotizan, los hombres que devoran niñas como ella. Aunque nada de esto es seguro, pues no se sabe de nadie que haya regresado, le asusta la incertidumbre de poder enfrentar Nueva York.
El viejo Roble se eleva hacia el cielo, trenza sus ramas y atraviesa las copas más altas de los árboles. El agujero en su tronco se abre grande y ovalado como una inmensa boca dispuesta a engullirla. Se detiene ante el Roble, no pestañea mientras lo mira, mientras lo mide. Está pálida y su expresión es rígida, como una faz de yeso. Piensa en los días y noches que pasó en el bosque antes de que los enanos la encontrasen. Entonces se sobresaltaba con cada sonido súbito, con cada sombra de las aves que volaban sobre ella, con cada cosquilleo de los insectos trepando por sus piernas, con cada par de luciérnagas que, como ojos en la oscuridad, la observaban acurrucarse contra un árbol. Tal vez ésa fue la preparación para enfrentar Nueva York y sus peligros, el entrenamiento para ir a buscar a su padre.
Ella lo encontrará y lo traerá de vuelta al reino.
Está sola. Nadie sabe que hará este viaje. Un paso, otro más. Las hojas secas crujen bajo sus pies, derecho, izquierdo. Los recuerdos. La historia no contada. El canto repentino de un gorrión. La frase del paje. Una flor roja a los pies del Roble. Más recuerdos que emergen, más páginas descosidas. Papá riendo, papá abrazándola, papá limpiando un raspón sobre su rodilla en el traspatio de palacio. Tal vez son inventos de su mente, ilusiones tejidas en imágenes superpuestas. ¿Y si no fue papá quien reparó el caballito de madera?
Abril de 2009

El muerto vivo


Hay novelas que suelo leer en custers y taxis. Por lo general, son de formato bolsillo y de no más de 200 páginas. Así me es más fácil desatenderme del pésimo gusto musical de los demás, entre otras cosas inevitables. La que estoy leyendo tiene no más de 230 y es una delicia, la estoy leyendo con suma lentitud, sin dejarme embargar por el cargo de conciencia puesto que la debí leer hace ya varios años. ESPERANDO A LOS BÁRBAROS, de J. M. Coetzee.
Busqué algunas referencias sobre sus libros que todavía no abordo. Es así que encuentro en Radar de Libros una reseña de Rodrigo Fresán sobre VERANO, suerte de memoria y novela de iniciación del escritor sudafricano. Como ya sabemos, Fresán es de los que escriben sobre los libros que realmente le gustan, como tiene que ser.


De lo único que puede acusarse al escritor sudafricano John Michael Coetzee es de hacer demasiadas cosas y de hacerlas todas bien. Veamos, leamos. Ha ganado, merecidamente, dos veces el Premio Booker. Ha ganado también, muy joven, un Nobel de esos que, raramente, nadie discute. Ha escrito con gracia y elegancia y furia y contundencia sobre conflictos raciales sin caer en la obviedad o el panfleto y superada la era del apartheid (que nutre a buena parte de su libros tempranos), ha sabido buscar y encontrar otros rumbos. Ha logrado procesar a su favor la clara influencia de dos maestros que parecen imposibles de manipular: Franz Kafka y Samuel Beckett. Ha conseguido combinar con éxito y originalidad una prosa limpia y seca con maniobras experimentales donde, por una vez, el experimento sale bien. Ha hecho suya la estampa de escritor global e intelectual de fuste sin haber caído en los abismos polémicos que marcan el rumbo de alguien como V. S. Naipaul, otro internacional con el que comparte más de un rasgo, pero nada de su ira y desplantes. Ha construido con sus ensayos una segunda casa desde la que enseña y comenta con generosidad e inteligencia el trabajo de los otros. ¿Quién da más?
Puestos a buscarle algún defecto, podría reprochársele a Coetzee su vocación de outsider, su parquedad en público, su timidez crónica, su cara de “no me molesten y no me miren fijo”, y el férreo control de su programa creativo. Para quienes consideren esto una falta imperdonable, aquí llega Verano: un libro inesperado pero inequívocamente marca Coetzee, que cuesta etiquetar, y que –como viene sucediendo desde esa perfectamente aceitada bisagra en su obra que fue Desgracia, donde la narración naturalista muta a otras formas– vuelve a sorprender como ya sorprendieron los recientes Elizabeth Costello o Diario de un mal año. Formato mixto. Ganas de confundir desde la claridad absoluta. Y, acaso, la regocijante y poco frecuente ocasión de contemplar a un maestro haciendo una magistral travesura.
Porque, en principio, podría pensarse que Verano se ubica como la siguiente estación de esa autobiografía en curso –Coetzee prefiere definirlas como “memorias ficcionalizadas”– que se inició con Infancia (concentrándose en su infancia rural en Karoo) y Juventud (su llegada al Londres de los primeros años 60): una nueva entrega en la historia de cómo se va formando un escritor mientras se deforma un ser humano.
Pero la cosa no es tan sencilla.
Porque Verano es memoir y novela de iniciación concentrándose en tres años –los que van de 1972 a 1975– en los que Coetzee siente por primera vez que comienza a hacer lo que corresponde como se debe y publica su primer título, Tierras de poniente. Pero, también, parece transmitir desde una dimensión alternativa que no es la nuestra. Y lo comprendemos enseguida: el Coetzee que aquí abre ofreciendo un tan revelador como esquivo cuaderno de notas ha muerto hace un tiempo y su sombra es perseguida e invocada por un académico inglés, un tal Vincent, que interroga a relaciones del desaparecido mientras intenta dilucidar cuál es el “Rosebud” del asunto.
Así conocemos a Julia (quien tuvo un affaire con Coetzee y pocas cosas buenas para decir sobre él), a Margot (sobrina a quien ya habíamos conocido en Juventud como Agnes), a Adriana (brasileña y profesora de danza cuya hija fue alumna de inglés del escritor, y quien tampoco recuerda con particular simpatía al fantasma, “un hombre bailando desnudo, que no sabía cómo bailar”), y a Martin y Sophie (poco amigables amigos en la universidad) que ofrecen para la posteridad de Coetzee cosas como “En general, yo diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil y falto de pasión. Eso es todo”.
Y, de acuerdo, Philip Roth ha hecho guiños similares a la hora de borrar límites entre creador y criatura, ego y alter ego, realidad y ficción (recordar, especialmente, La contravida) con la ayuda de su Nathan Zuckerman. Pero Coetzee no se conforma aquí con reeditar los movimientos del norteamericano y propone un libro de múltiples voces al servicio de una voz única que, acaso, apenas esconda, por una vez, la maliciosa astucia de quien decide decirlo primero antes de que lo digan los otros. De este manera, lo más interesante de Verano –su condición de backstage, la autobiografía de una autobiografía– es la forma en que Coetzee parece decirnos: “Así es cómo se mezclan y cocinan las biografías de escritores. He aquí los problemas y los peligros cuando se trata de iluminar una sombra”. Coetzee se autodestruye (hay momentos en los que consigue en el lector, en especial a lo que hace a su “autista” y schubertiana vida sexual y romántica, la más regocijante y perturbadora de las vergüenzas ajenas) anticipándose a la destrucción de los demás, mostrándoles el camino. Desvelando de antemano que es un mago que conoce el truco y, por lo tanto, anulando la sorpresa de la magia de los otros mientras quita el aliento con la propia. Coetzee –famoso por mostrarse poco y no dar entrevistas, desde siempre obsesionado por la figura del doble, basta con releer su discurso de aceptación del Nobel donde se refirió a sí mismo en tercera persona del singular– decide contarlo todo desde la ficción. De este modo acaba más y mejor escondido que nunca: el muerto sobreviviendo a los vivos.
Y de paso –mal que le pese a Sophie– consigue algo que es ambicioso, libre, transformador, caliente, limpiamente sucio, complejo y apasionado.
En resumen: gran literatura.

martes, abril 27, 2010

Artículo de Carlos Calderón Fajardo: Damián Tabarovsky: LITERATURA DE IZQUIERDA


En Bloc de notas, la columna de Carlos Calderón Fajardo en Letra Capital, tenemos un acercamiento al libro de ensayo LITERATURA DE IZQUIERDA, del argentino Damián Tabarovsky (en la imagen).
Me gustaría decir algunas cosas sobre la publicación, mas no la he leído. Posiblemente le pida a CCF el ejemplar para sacarle una copia. El artículo despierta el interés por leerlo.


La narrativa argentina actual es, para mi gusto, la más interesante en América Latina, basta citar algunos nombres de primer orden: Piglia, Fresán, Pauls, Fogwill, Aira, que por supuesto no agotan la lista, lista en la que se podrían incluir 10 a 15 nombres más. Entre estos autores, muy interesantes, está Damián Tabarovsky (1967) con novelas notables como Kafka de Vacaciones y Las Hernias. Pero no es sobre esas novelas sobre que va a tratar esta nota, sino sobre un libro de ensayos suyo, Literatura de izquierda (Beatriz Viterbo editora, 2004), libro muy discutido en América Latina pero que no pasó por Lima.
Este libro de ensayos de Tabarovsky, no es sobre los escritores marxistas de hoy –tema que también es interesante–. Es un ensayo muy rico en ideas y al mismo tiempo sumamente polémico. Basta una cita para empezar: DT nos habla de la primacía en los 60 de lo cultural sobre lo literario y empieza a lanzar sus dardos parricidas: “Si leemos cualquier libro de esos años. Digamos Rayuela por citar el corazón de ese tiempo; si lo leemos hoy desprovisto de la coraza cultural que lo protegía en ese entonces ¿qué queda? Tan solo el vacío ya la nostalgia de esa coraza”. Para Damián los elementos que van a determinar la narrativa de los 80 y los 90 son el mercado y la academia como marca cultural. La voluntad del capitalismo se fundaba según Tabarovsky en “la necesidad de un mercado funcionando y una academia investigando... Los autores de la academia se pasan al mercado para desde allí mantener su discurso anti-mercantil desmentido por la falsa inocencia de sus propias obras, mientras nuestros bestseller mantienen un constante lloriqueo sobre la indiferencia de la crítica que no reconoce su talento.”
Como se puede ver se trata de un ensayo de 104 páginas de fructífera dinamita. Qué dice Damián T. de su propio libro: “Hace tiempo se me ocurrió escribir un libro que no aclarase nada. Que exponga sin argumentar, que explique sin justificar. Que llevara mi propia literatura hasta ese punto en donde desembocan las ideas: una teoría crítica de la arbitrariedad literaria”.
Pero prosigamos con el desmantelamiento, desmitificación, cortes de cabeza, parricidio, denuncia, alegato Tabarovskiano. Blancos de sus ataques son el mercado y la academia. Para Damián T. en el capitalismo tanto el mercado como la academia necesitan de la novedad para reciclarse. Pero el mercado entiende lo nuevo como la mercancía más reciente vaciando de densidad y perspectiva esa tradición. La academia sabiendo que lo nuevo ya no existe se dedica a historiar el problema dedicando sus esfuerzos a investigar lo que fue nuevo. Ante ese panorama irrumpe según Tabarovsky una literatura de izquierda. “Una literatura que sospecha de toda convención, incluidas las propias. Una literatura escrita por el escritor sin público, por el escritor que escribe para nadie, en nombre de nadie.” Cómo no sentirse identificado, cercano a estas ideas, suscribir mucho de lo que dice el autor de “Las Hernias”: “Una literatura de izquierda que no es visible ni para el mercado ni para la academia ni nunca lo será.” Lo que dice luego es contundente: “Fuera del mercado, lejos de la academia, en otro mundo, en el mundo del buceo del lenguaje, en su balbuceo, que se instituye como comunidad imaginaria, como comunidad negativa, la comunidad inoperante de la literatura”.
Estamos parafraseando a Tabarovsky: la crítica al mercado y a la academia lleva a los “escritores de izquierda” a la búsqueda de otra zonas discursivas, de efectos políticos impensados, de escrituras impredecibles, presupone un más allá de lo realmente existente.
El libro es complejo como para abarcar su riqueza en tan poco espacio, es muy interesante para entender la lucha por erosionar un canon casi indestructible, el canon de la literatura argentina. Puig que carga contra Borges; de cómo Libertella, Fogwill y Aira arremeten contra la decadencia del realismo ramplón, de las herencias de Cortázar y Sábato, de la novela histórica convencional.
La arremetida de Damián T. no deja pájaro sin cabeza: La decadencia de una gran literatura que aparece representada por los que Tabarovsky denomina los jóvenes mediáticos, aquellos que con desparpajo pop consideran que la literatura no es un asunto serio, que sueñan con una suite en el Hilton, con viajar y que les paguen por escribir, que practican una rebeldía fashion. Y de otro lado, los jóvenes serios, sin frivolidad ni ligereza, pero dispuestos a ganar la mayor cantidad de premios posibles, ser jurados de concursos, asistir a congresos y ferias, escritores convencionales sin ausencia de riesgo, creadores de una literatura en nombre del bien, de lo justo y de lo bello, enemigos del no sentido, de lo subterráneo, de una literatura de izquierda cuyo único objetivo es su imposibilidad.
Es indudable que la literatura peruana no es la argentina. Borges, Cortázar y Sábato no son padres a matar, fantasmas a exorcizar, Piglia tampoco. Y tenemos nuestras contiendas más sociales que estéticas, pero las reflexiones de Damián Tabarovsky no nos son tampoco tan ajenas y nos remueven.
Dos citas de Damián T. para terminar esta nota: “Lo cierto es que buena parte de la literatura argentina se entregó mansamente a la certidumbre de la trama, a la confianza en los personajes, al mérito de la anécdota, a las exigencias culturales más trilladas, al formalismo más académico…” ¿Y nosotros los peruanos qué, somos diferentes?
Y esta terrible frase del autor de Literatura de izquierda: “Buena parte de la literatura argentina contemporánea tiene tan claro lo que quiere decir, que a veces es más interesante ver televisión”. ¿Es distinto para nosotros los escritores peruanos? La diferencia está en que nosotros no tenemos claro lo que queremos decir y nuestra televisión es muy mala.

Cinco días con David Foster Wallace


Como en lfdls se da cabida a lo bueno, pego este excelente artículo del narrador Edmundo Paz Soldán, publicado en La Tercera y reproducida en su blog Río Fugitivo. El artículo aborda el libro del periodista David Lipsky: ALTHOUGH OF COURSE YOU END UP BECOMING YOURSELF: A ROAD TRIP WITH DAVID FOSTER WALLACE. Es decir: cinco días con DFW.


En marzo de 1996, la revista Rolling Stone envió al periodista David Lipsky a acompañar a David Foster Wallace en la última parte de su gira de promoción de la meganovela La broma infinita. Gracias a esa novela, Foster Wallace se había convertido en el escritor norteamericano más importante de su generación, y su fama trascendió los círculos literarios. Con su look atlético y la bandana de pirata, el editor de Rolling Stone sintió al escritor como "uno de los nuestros" y decidió asignar el perfil/entrevista a Lipsky. Así fue cómo Lipsky pasó cinco días con Foster Wallace, durmió en su casa, conoció a sus perros Drone y Jeeves, comió con él en restaurantes de carretera y tuvo conversaciones profundas sobre el sentido de la vida en terminales de aeropuertos. Al final, la entrevista no se publicó, pero por suerte Lipsky grabó todo. Although Of Course You End Up Becoming Yourself: A Road Trip with David Foster Wallace es la transcripción de esos cinco días: repeticiones y todo, trescientas páginas magníficas que son lo más cercano que tenemos a una autobiografía de este escritor.
Lipsky es casi de la misma edad que Foster Wallace, pero está genuinamente impresionado por él y lo admira: "escribía con una mirada y una voz que parecía ser una forma condensada de la vida de todos". Todos los escritores que conoce quisieran estar en su lugar (notas en Time, reseñas en Esquire, etc). Las primera horas en su casa en Bloomington, Indiana, descubre algunos datos curiosos: Foster Wallace está suscrito a la revista Cosmopolitan (leer sus artículos, dice, "calma su sistema nervioso"), y tiene en su habitación un póster de Alanis Morrisette (está obsesionado con ella) y una toalla con la imagen del insoportable dinosaurio Barney.
Foster Wallace se muestra cuidadoso al comienzo de la conversación, tiene miedo a ser devorado por la fama y quiere controlar su imagen y la entrevista. Sin embargo, no tarda en establecer una relación de camaradería con Lipsky y se va soltando. En el apogeo de su carrera, se muestra lúcido, divertido, autocrítico, constantemente autorreflexivo: leerlo es escuchar a sus personajes, ver una mente muy consciente de estar consciente, entender que no eran gratuitas las notas al pie de página que marcaban su estilo.
Foster Wallace habla de todo. Le fascinan las películas de acción con muchas explosiones, no soporta a Updike, piensa que Stephen King debería ser más valorado, entiende de política ("Reagan permitió la fantasía de que los últimos cuarenta años no habían ocurrido") y de cine (David Lynch es lo máximo, ha llorado con Braveheart, Spielberg sabe cómo hacer que una película se te meta bajo la piel pero es un ejemplo vívido de cómo "Hollywood mata lo que adora"). Cree que nada se compara a la literatura, un arte que nos hace trabajar, que no nos da las cosas digeridas como la televisión, pero a la vez reconoce que hay mucha "belleza y profundidad" en la cultura popular más basura.
Dos temas que aparecen una y otra vez en sus conversaciones son los de la soledad y la adicción. Foster Wallace ha luchado varias veces contra la depresión, y ha concluido que el principal objetivo de los libros es lograr que nos sintamos menos solos. El gran tema de La broma infinita es la adicción de los Estados Unidos al entretenimiento fácil -el cine, la televisión-- y la forma en que esta adicción puede llevar a la cultura a la muerte: todo está bien en dosis pequeñas, pero "nosotros no paramos con las dosis pequeñas". A la vez, Foster Wallace no tiene miedo de escribir en un tiempo tan superficial como este: lo que ha hecho la televisión, dice, "es darnos el regalo precioso de hacernos más difícil el trabajo".
Después de esos cinco días, Lipsky no volvió a ver a Foster Wallace. Pero la charla le cambió la vida, y hubo frases que se quedaron con él para siempre ("Dame veinticuatro horas solo, y puedo ser muy, muy inteligente"). Este libro conmovedor hará lo mismo con muchos lectores.

lunes, abril 26, 2010

Recomendable entrevista a James Ellroy

Sería bueno que de cuando en cuando se den una vuelta por la edición on line del programa de televisión español Página 2. En ella, como se colige, podemos encontrar sus emisiones dominicales. Basta darle una ligera mirada a su archivo de entrevistas como para darnos cuenta de que por el programa desfilan plumas referenciales, y no solo del imaginario literario en castellano. Podemos ver entrevistas a Salman Rushdie, Paul Auster, Antonio Tabucchi, Michael Connely, Camila Lackberg, Donna Leon, Ian Rankin, etc.
Revisando dicho archivo, me di con la agradable sorpresa de encontrar a James Ellroy, a quien abordaron a razón de la publicación de su última novela: SANGRE VAGABUNDA, que cierra su conocida TRILOGÍA AMERICANA.
En la entrevista, el demonio de la novela policial no se guarda absolutamente nada. (Va subtitulada.)

viernes, abril 23, 2010

¡Libros! - Bernard Pivot


De mi bandeja de Yahoo, un gran rescate del editor David Abanto: el artículo ¡Libros!, del célebre Bernard Pivot. Publicado en la edición 90 del 2008, en la excelente revista colombiana El Malpensante.

...

Entre los libros y yo la batalla ha sido ruda. Oficialmente, nos amábamos. Era sabido que nos prestábamos un servicio mutuo: yo les hacía publicidad y ellos me daban de qué vivir. De puertas para afuera, nuestras relaciones eran excelentes: yo les abría mi puerta con cortesía, cordialidad e incluso, a menudo, con afecto, y ellos se dejaban manipular, abrir, romper, leer, sin rebelarse nunca. Para todo el mundo, el libro y yo formamos un dúo de viejos cómplices con caracteres complementarios. Pero la verdad era otra.
Los libros son implacables invasores. Con cara de nada, con una paciencia infinita y siempre más numerosos, se vuelven dueños de los lugares. Pronto consiguen desbordar las bibliotecas en las que se les ha otorgado residencia. Como las multitudes de caracoles en las novelas de Patricia Highsmith, escalan los muros, suben hasta los techos, se instalan sobre las chimeneas, las mesas, los canapés, se fijan en las intersecciones, penetran en los armarios, las cómodas y los cofres y, cuando moran en tierra, proliferan sobre la alfombra o sobre la madera en pilas inestables y arrogantes. Ninguna habitación está prohibida a los libros. Ninguna les repugna. Los que no han podido acceder al salón, la oficina o la habitación se contentan con los baños, con el estudio, con los corredores o incluso con el san alejo por el cual transitan las papas, los tarros de mermelada, el vino etiquetado, la aspiradora y las pelotas de lana para tejer. Cohabitan con las arañas. No tienen alergia al polvo. Agrupados, apretados los unos contra los otros, tienen la estabilidad y la perseverancia de menhires. En otros tiempos, los ratones los roían pero, ante la proliferación de carátulas duras, casi todos han renunciado. Los ratones son la prueba de que una demasiado grande acumulación de impreso puede desmotivar. Con el paso del tiempo, los libros se han convertido en feroces colonizadores. Roban espacio sin cesar y su voracidad se revela tanto más eficaz cuanto que es silenciosa y que sus movimientos lentos y usurpadores se hacen bajo la cobertura tranquilizante de la cultura y con la bendición de los profesores. La verdadera ambición de los libros es la de expulsar a los hombres de las bibliotecas y de sus casas y ocupar todo el territorio para su grandioso y solitario goce.
Hace más de quince años, los libros han decidido –¿por qué yo?, ¿tengo una cabeza de colonizado?, ¿una reputación de ciudadano dócil?– hacerse dueños de mi apartamento y de mi casa de campo. Entonces, bajo el pretexto de una emisión de televisión semanal y de una revista mensual, han comenzado a invadirme. Después, no hay día (fuera de los domingos y los feriados) que no se introduzcan en mi domicilio, individualmente o agrupados, llevados por el cartero o por mensajeros, ofrecidos, a mi disposición, serviles.
Pero yo conocía sus triquiñuelas. Y me defendí. Para no quedar sumergido, me impuse la disciplina de eliminar unos cada día, sobre todo los domingos y días feriados, cuando los invasores hacen la tregua. Es cobarde, lo reconozco, pero ante un peligro tan grande el respeto del código del honor habría sido suicida. Cerca de la puerta de salida hacía pilas, que partían a casas de parientes, amigos, bibliotecas, etc., donde continuarían su invasión silenciosa e hipócrita.
Imposible, aquí, contar todas las argucias de los libros para imponer su presencia. Se aprovechan tanto del corazón (querrás releerme más tarde) como de la razón (necesitarás consultarme). De ocio o de referencia, de placer o de trabajo, de diversión o de exégesis, ellos tienen siempre un buen motivo para querer quedarse. ¡Desgracia al lector demasiado sentimental! ¡Desgracia a aquel que duda de su memoria! ¡Desgracia a los conservadores! ¡Desgracia a los distraídos! Ellos terminan por sucumbir... ¡Cuántas veces me he dejado llevar por el descorazonamiento, aplastado por su número, y sobre todo por los aires de necesidad que se dan! La idea de separarnos nos llega del que nos insufla mala conciencia. Nos sentimos acusados del crimen premeditado contra el espíritu –o, si se trata de la obra de una persona que conoces, del crimen contra la amistad; o, si es un volumen inútil pero magníficamente impreso e ilustrado, del crimen contra la belleza; o, si es una novela de principiante de talento incierto, del crimen contra la esperanza; o, si son las principales obras de un académico fallecido, en la posteridad aleatoria, del pecado contra la caridad...–. Una de las estratagemas más empleadas por los libros para ocupar el terreno consiste en presentarse varias veces, bajo carátulas diferentes o con variantes. Primera edición normal, la misma pero con dedicatoria, edición en formato de bolsillo, reedición con un prefacio inédito, edición ilustrada, reedición no autorizada bajo un nuevo título y sin mención del antiguo copyright, etc. La imaginación de los libros para introducirse en mi casa era ilimitada; su audacia, monstruosa. Era necesario pues estar siempre en guardia. Vigilancia permanente. La caza a los inútiles exige mucho tiempo libre y atención. Algunos conseguían, no obstante, franquear mis líneas de defensa, e iban a engrosar el campo diccionarios superfluos, el tropel de las enciclopedias nunca abiertas, la reserva de las obras prácticas mal acomodadas, el pueblo de las memorias olvidadas, el seminario de panfletos áfonos, el cementerio de las antologías repetitivas, etc. El tiempo apremiaba. ¡Era necesario leer bien! ¡Era necesario vivir bien! Entonces, con la sorda paciencia de deslizamientos géologicos, los libros avanzaban, se instalaban, se acumulaban, ganaban nuevos territorios e imponían incluso el sentimiento de que los espacios arrebatados les estaban destinados por toda la eternidad.
Sorprenderá que para contar la saga de los más inteligentes invasores emplee el pasado. ¡Como si ya no recibiera más libros! Estoy persuadido de que con la desaparición de Apostrophes van a aflojar un tanto la presión que ejercían sobre mí, están probablemente un poco descorazonados por no haber podido, después de quince años de esfuerzos, expulsarme de uno al menos de mis dos domicilios, van a perder el espíritu de conquista que los arrojaba sobre el timbre de mi puerta, van a conciliar sus fuerzas para otras metas... Pero ¿tal vez me equivoco si espero una relajación de su abrazo? Es preciso que desconfíe de un aparente reflujo de libros, que podría ser su último ardid.
Las siguientes son algunas preguntas que usted se hará seguramente a propósito de los libros y a las cuales mi vida íntima con ellos me permite dar respuestas.
¿Los libros se reproducen entre ellos? Sí, desde luego. Si no, ¿cómo explicar la presencia, sobre todo en las pilas abandonadas o en los estantes en los que la oscuridad favorece a los audaces, de obras desconocidas? ¿Quién no se ha tropezado en su casa con un libro cuyo nombre y título no evocan ningún recuerdo? Es necesario entonces explicar la reproducción. ¿Cómo, cuándo, bajo qué formas, por cuáles estratagemas? De un natural tímido, los libros son, con excepción de las obras libertinas ilustradas, de un gran pudor. Confieso no haber podido sorprenderlos nunca en sus actividades genéticas. Tal como hay que recibir con reserva mis hipótesis, incluso si las creo seriamente fundadas. A mi entender, las palabras, las frases, los párrafos e incluso capítulos enteros se hastían de pertenecer a un libro que no les agrada o en el cual se sienten superfluos o groseramente utilizados. Deciden entonces escoger la libertad y salir del volumen. Ninguna frase ha querido abandonar nunca Madame Bovary o el Viaje al fondo de la noche, es evidente. Cada palabra allí se siente bien e indispensable. Aunque las condiciones de supervivencia sean espantosas, ninguna palabra tampoco querrá escaparse del Archipiélago Gulag. Pero hay tantos libros en los que las palabras se aburren a morir. Las más valientes deciden, aisladas o en grupo, evadirse. Y cuando, alcanzadas por las descontentas de otras obras, son lo bastante numerosas como para componer un nuevo libro en el que su existencia será mejor, su emplazamiento más agradable, su sentido más afirmado, no dudan en hacerlo, siguiendo los procesos que surgen de la autocreación y de los cuales no conozco el desarrollo. Hasta el presente, los resultados, ¡ay!, no me han parecido muy convincentes. De lo que precede se concluirá que mientras más libros mediocres o inútiles hay en una biblioteca o en una librería, más elevados son los riesgos de reproducción. Las obras maestras, de las cuales las palabras rehúsan escapar, por el contrario no conocen posteridad. De ahí ese principio que conocíamos pero que no había sido demostrado nunca: la cantidad de libros es inversamente proporcional a su calidad.
¿Que si los libros tienen, como usted y yo, humores? ¡Evidentemente! ¡Es claro, por Dios, cuando una biblioteca se burla de nosotros! Arrugados, ebrios, los libros tienen el aire obstinado. Se dirían encuadernados todos en un ataque de dolor. Exhiben la arrogancia de los que saben todos los secretos del mundo y, bien apretados los unos contra los otros, desprecian la mano que se tiende hacia ellos y que va a incomodarlos. Además, los días de farra voltean la espalda, se esconden, se esquivan, no están donde la mano los creía. Ella busca, desplaza, se enerva y no encuentra. O, si encuentra, el libro se le escapa y cae. La mano se acusa entonces de ser torpe y cree que el caído lo ha hecho adrede. Y, si lo abre, va a embrollar tan bien sus capítulos y sus páginas, a acentuar la neblina de sus caracteres e incluso del papel, que no tiene ninguna posibilidad de poner el dedo sobre la cita que esperaba encontrar allí, que había además subrayado, está seguro, y que no obstante no encuentra, ¿pero por qué, Dios mío? ¡Cuánto tiempo perdido con los libros cuando están de mal humor! Por el contrario, si están en excelente disposición –eso se advierte de inmediato en su alineamiento agradable, en la suave luz que captan y que exhibe seductores los títulos, los nombres de los autores y de los editores impresos sobre sus lomos expuestos a todas las curiosidades, a su aire de alegre disponibilidad–, si están de buenas pulgas, los libros facilitan las búsquedas. Hemos incluso conocido algunos que tenían la gentileza de abrirse por sí mismos en la página en la que estaba subrayada la cita esperada, y otros, en verdad amables, que libran espontáneamente, muy rápido, dos o tres observaciones interesantes que uno no esperaba encontrar allí y de las que podría sacar provecho.
Cuando los libros son simpáticos merecen –con la mano en alto y sobre toda otra criatura– el título de mejores amigos del hombre. ¿Están los libros influenciados en su comportamiento por su contenido? No. No hay libro sobre el suicidio que se haya suicidado, ni libro sobre los pájaros que haya alzado vuelo, ni libro sobre la obesidad que se vuelva obeso (y si lo es, es de nacimiento), ni libro sobre la delincuencia al que haya que educar, vigilar y castigar, ni libro sobre el revisionismo que, emocionado, se haya empleado en revisar las tesis revisionistas. Los libros rehúsan todo compromiso. Se declaran inocentes de lo que han sabido hacer decir. Nunca están en una actitud que sería la consecuencia de lo que son intelectualmente. Son neutros y sin reacción. Sólo las palabras, las frases, tal como lo he explicado más arriba, pueden no apreciar la manera en que han sido condimentadas. Las más valientes o las más molestas abandonan el libro para, con otras exiliadas, crear otro libro. Pero no son más que reacciones individuales de sustantivos, de adjetivos, de verbos, etc., que no modifican la aparencia ni el tenor de la obra de la que han desertado y que sigue siendo, en el fondo, inmutable.
¿Que si los libros pueden moverse solos? Sí. La prueba es que algunos cambian por sí mismos de lugar sobre la estantería, que no se les reencuentra donde se les había puesto y que su movimiento perturba el orden alfabético. A menudo son las querellas de vecindad las que explican esos desplazamientos incongruentes. Si los libros no se tienen por responsables del lugar en el que están, algunos, no obstante, no admiten estar pegados a volúmenes notoriamente mediocres o a obras cuyos autores les parecen indignos de una cohabitación con nombre impreso sobre la carátula. Apretados los unos contra los otros, ¿cómo no van a tener reacciones epidérmicas? Ellos pueden, también, ser juguetes de pulsiones lamentables debidas a las desigualdades sociales o a las jerarquías intelectuales.
Por ejemplo, habiendo ordenado lomo contra lomo libros de Marguerite Duras y de Jean Dutourd, he constatado numerosas veces sobre la fila un desbarajuste alfabético, habiéndose escapado los volúmenes y deslizado en medio de libros de Duby, de Duhamel, de Dumézil, de Dumas, etc. Y fue Troya cuando, después de haberse probablemente peleado, dos obras beligerantes cayeron de la biblioteca. He rehecho el orden intercalando La representación, de Dûrrenmatt y el Cuarteto de Alejandría, de Durrell, entre los Duras y los Dutourd. Mi consejo: si usted no tiene ni a Dûrrenmatt ni a Durrell para separar a Duras y a Dutourd, no dude en llamar al buen Alejandro Dumas, simpático a todo el mundo. Sí, seguro, el alfabeto no pone a Dumas aquí, pero si queremos la paz en la literatura, es necesario saber acomodarse con las letras.
Es patente que libros que no han sido ni prestados ni robados desaparecen de las bibliotecas y abandonan por sus propios medios el apartamento o la casa en los que habitan. Esas fugas, bastante raras, que prueban, si todavía es necesario, la autonomía de movimiento de los libros son debidas bien sea a violentas querellas de vecindad –no puedo más, me largo–, bien sea a humillaciones insoportables. Un libro puede sentirse humillado si nadie lo abre nunca, si ha sido relegado sobre un anaquel inaccesible donde la mirada de su propietario-lector no lo ha desflorado desde varios años atrás, si el polvo se acumula sobre él...
El Proceso verbal, de J. M. G. Le Clézio, ejemplar dedicado, ha desaparecido de mi casa. Ha huido. Sin una palabra de explicación. A menudo consentido, bien acomodado en mi biblioteca, estaba colocado entre una novela de Guy Le Clec’h y los poemas de Leconte de Lisle, vecinos agradables, sin historia. ¿Entonces? Primera novela de Le Clézio, premio Renaudot en 1963, El Proceso verbal no ha soportado, en mi opinión, ser suplantado en mi afecto por Desierto, su hermano diecisiete años más joven, del que he proclamado las bellezas y dicho que era el mejor libro del escritor de Niza, y que he colocado en sus cercanías, en los cuarenta centímetros de libros de Le Clézio. Celoso, decepcionado, El Proceso verbal me ha dejado, ha partido...

jueves, abril 22, 2010

Silver Kane cabalga de nuevo


No recuerdo bien cómo es que llegué a saber del prolífico narrador barcelonés Francisco González Ledesma. Lo que sí sé es que no desaproveché la oportunidad de leer el clásico del policial en castellano CRÓNICA SENTIMENTAL EN ROJO (la pueden encontrar en los tomos Premios Planeta, en la biblioteca del Centro Cultural de España).
Pero ante todo, me llamó la atención el hecho de que durante el franquismo haya escrito centenares de novelas del oeste, a razón de una semana, firmando como Silver Kane. El tiempo y el azar permitieron que encontrara algunas de estas novelitas en los puestos de libros del centro de Lima; cada una a dos nuevos soles. Novelitas ligeras, pero deliciosas, que exhibían una gran calidad literaria.
FGL jubiló a Silver Kane cuando el justo reconocimiento le llegó por sus novelas policiales, premiadas y traducidas, tratadas por los lectores como solo lo hacen con los libros destinados a ser perdurables.
Es por ello que me sorprende (para bien) que un narrador ya consolidado vuelva a sus orígenes, sobre todo en una época en la que no pocos le huyen a las novelas de género. LA DAMA Y EL RECUERDO es la nueva entrega del infatigable Silver Kane. FLG la escribió a los 83 años. Maestro de maestros del asunto.
La siguiente nota la encontré en la edición del 8 de abril de Elcultural.es. Silver Kane cabalga de nuevo, por Alberto Ojeda.


Silver Kane es un pseudónimo que trasladó con sus novelas a miles de españoles al lejano Oeste norteamericano. Durante el franquismo los ejemplares baratos firmados por él volaban de los kioskos. Pero ese pseudónimo y ese éxito escondían una triste realidad: la de un autor apremiado por necesidades alimenticias y crucificado por la censura, que debía vender su pluma al mejor postor.
Silver Kane era el escudo literario de Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927). Su historia puede considerarse como una auténtica epopeya literaria: “Empecé con la serie del Oeste en el 52 y acabé sobre el año 80, poco antes de ganar el Planeta. En ese tiempo escribí alrededor de 400 novelas”, explica. “Venía de una familia muy pobre y era un autor prohibido. Cuando terminé la carrera, con 22 años, no encontraba trabajo. La editorial me dijo que en España no había casi novelas del Oeste y que me daría la oportunidad de publicar si escribía alguna”.
Ahí empezó un calvario stajanovista. Trabajaba por el día en el despacho de abogados primero y luego, cuando se hartó de litigios, en el periódico La Vanguardia. Y de madrugada, ya mutado en Silver Kane, escribía hasta caer vencido. Su entrega era total, porque antes de dar el cabezazo definitivo se permitía el lujo de ocuparse de lo que realmente le interesaba: “las calles de Barcelona y sus historias”. ¿Se llegó a sentir un hombre uncido a un teclado? “La verdad es que he trabajado de una manera sobrehumana, como un esclavo casi”.
Ahora Silver Kane cabalga de nuevo. Pero sin yugo sobre la cerviz. Acaba de presentar La dama y el recuerdo, un nuevo libro firmado con el popular sobrenombre, casi tres décadas después de cerrar su serie del Oeste. “He querido probarme a mí mismo. Ver si era capaz de escribir a mi edad con la misma fuerza e imaginación que cuando era joven”. Al duelo consigo mismo -o mejor dicho: contra aquél que fue- acudió González Ledesma con toda la honestidad que le caracteriza: “Le planteé al editor mi intención, pero no quise cobrar ningún anticipo, porque si no me gustaba cómo quedaba el libro, lo rompería y no tendría que devolver nada”.
El autor barcelonés se sintió bien en mitad del reto: “Noté que las teclas de la máquina de escribir volvían a ser de nuevo una prolongación de mis dedos”. Aunque el viejo vaquero no desenfundara tan rápido como antes, tenía un par de ventajas de gran ayuda: “mayor experiencia y poder narrar sin una limitación de tiempo”. González Ledesma ha quedado “muy satisfecho con el resultado”. Asegura que ha conseguido lo que quería: “Ser fiel al espíritu del joven Silver Kane y escribir una novela de esas que coges y ya no la puedes soltar”.
Cuando se puso manos a la obra con La dama y el recuerdo dejó a medias la última entrega de la saga de su detective Méndez. Pretende rematarla estos días y rematarla en un año. “Puede ser la última”, afirma. ¿Es que se ha cansado del personaje? “No, es que uno ya tiene una edad”. Su pesimismo lúcido cierra la charla.

miércoles, abril 21, 2010

Jueves 22: Presentación del poemario CIUDADELIRIO, de Mario Morquencho


Presentación del libro
Día: Jueves 22 de abril
Lugar: Salón Hora Zero (Queirolo del Centro de Lima)
Hora: 7:30 p.m.
Presentadores: Tulio Mora, Paul Guillén y Karina Valcárcel
La obra
A veces los poetas olvidamos que la realidad es parte vital de la ilusión. Mario no, él contempla y luego sabe, transforma en conocimiento lo observado, lo registra en versos que nos golpean el rostro y que luego nos consuelan. Nos muestra la ciudad en un tour humano donde las veredas dejan de ser asfalto para convertirse en piel. Lima, la gris y terrible Lima, puede difuminarse hasta el blanco más puro u oscurecerse al vacío total.
Ciudadelirio es la reflexión del que ve en las calles mucho más que peatones, restaurantes y jardines. Es ver el cielo preñado de sótanos, rostros que tienen rasgo de papel cansado, la mente convertida en un globo, el equilibrio de la nostalgia muy bien logrado (Karina Valcárcel).
El autor
Mario Morquencho (Los Órganos-Piura, 1982). Empezó a escribir sin darse cuenta durante una época depresiva de su vida. Radica en Lima desde el año 2006. Formó parte del desaparecido colectivo Heridita. Ha participado en distintas ferias y recitales de poesía. Actualmente integra el colectivo Cadáver Exquisito. Renunció a su trabajo para poder publicar este libro. Aún no se acostumbra a la ciudad.

Nueva novela de Alonso Cueto: LA VENGANZA DEL SILENCIO


Carátula de la nueva novela de Alonso Cueto por editorial Planeta.
Contratapa.- Un hombre de la aristocracia limeña aparece muerto en medio de la calle, con un disparo en el corazón. Mientras las conjeturas se van apilando a su alrededor, el narrador -sobrino de la víctima- decide investigar quién podría ser el asesino. Entonces emergen los secretos en la vida de su tío muerto: su romance clandestino, su pasado oculto, sus relacioenes verdaderas con los parientes.
En esta búsqueda no solo aparecerá la verdad sobre el crimen sino, sobre todo, los secretos lazos que han movido a los personajes de la familia. La venganza del silencio es una historia policial ambientada en los pálidos salones y corredores de una gran casona, por donde corren los vientos del pasado familiar. La geografía interior de esta casa, sus superficies relucientes, aparece con una determinante de la conducta de sus miembros.
Con una magnífica prosa y un extraordinario manejo de la intensidad, el ritmo y la atmósfera en la que habítan sus personajes, Alonso Cueto nos invita a explorar los misterios y complejidades de una familia de alta sociedad de América Latina. Además, nos sorprende y conmueve, con una capacidad para retratar las fisuras de la condición humana, y demuestra que la familia es la última gran religión de nuestro tiempo.
Tomado de aquí.

martes, abril 20, 2010

Artículo de Carlos Calderón Fajardo: CRÍMENES IMPERCEPTIBLES de Guillermo Martínez

En su columna Bloc notas en Letra Capital, Carlos Calderón Fajardo aborda la exquisita novela CRÍMINES IMPERCEPTIBLES, del narrador argentino Guillermo Martínez (en la imagen). La novela fue ganadora del Premio Planeta 2003, a la fecha goza de muchas traducciones. Por cierto, la adaptación cinematográfica de la misma, bajo el título LOS CRÍMENES DE OXFORD, es muy regularona, así es que no se pierden de mucho si la no ven.
Antes de que lean el buen artículo de CCF, aprovecho para invitarlos a darse una vuelta por la entrevista que le hice a Martínez en el 2006, a razón de, vaya casualidad, CRÍMENES IMPERCEPTIBLES. Entren aquí.


Los crímenes en la novela policial clásica son de dos tipos: el perfecto y el imperfecto. El patrón es casi siempre el mismo: se narra la historia de cómo, alguien, sobre todo un detective, intenta desentrañar un crimen, un crimen que es perfecto o imperfecto. En estas novelas el narrador siembra pistas falsas a lo largo de todo su relato, personajes dentro de una trama que nos atrapa. Son novelas que buscan brindar placer que se logra desafiando la inteligencia del lector. Sin embargo existe un tercer tipo de crimen que no es ni perfecto ni imperfecto, y es el crimen imperceptible. De este tipo de crimen es del que se ocupa el escritor argentino Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) en su novela Crímenes imperceptibles (Planeta, 2003).
No está dicho explícitamente en la novela, pero desde el título la idea salta a la vista y cautiva: vivimos hoy en sociedades criminalizadas, rodeados de todo tipo de crímenes y por todas partes, cuya característica es que son “imperceptibles”. Estos crímenes se producen a gran escala y cada segundo, pero nuestros ojos, nuestra inteligencia, ha sido entrenada para que existan de manera imperceptible, y por lo tanto no contienen ningún enigma a descubrir, más bien nos crean un displacer permanente con los que estamos acostumbrados a vivir. Cuando estos crímenes son llevados a un texto, no se trata de una policial, sino de una narración sobre la violencia, hiper-realista, como las novelas del escritor norteamericano Corman Macarthy: repletas de sangre, brutalidad incontrolable y asesinatos irracionales.
El género de la novela policial ha sido poco practicado en el Perú, las buenas novelas de este tipo en nuestra historia literaria son contadas con los dedos de la mano. Más bien proliferan novelas sobre la violencia. Quizás la novela policial no es atractiva para nosotros porque son tantos los crímenes que se producen a diario en sociedades “criminalizadas” latinoamericanas, que la novela sobre la violencia, -como las del colombiano Fernando Vallejo- en algunos casos espléndidamente escritas, aunque el crimen es el tema, no son novelas policiales. La novela de G. Martínez sí es una novela policial, cuyo principal ingrediente es lo filosófico en la resolución del enigma creado por un asesino serial.
Crímenes perfectos tiene como escenario la Universidad de Oxford, lugar en donde Guillermo Martínez se doctoró en matemáticas. Y la novela es la historia de un joven argentino que va a estudiar matemáticas a Oxford y asiste a la comisión de varios asesinatos en serie, la pesquisa no es otra cosa que un desafío intelectual lanzado al un joven matemático argentino por su profesor, el eminente matemático Arthur Seldom. La novela apela a los juegos de lenguaje de Wittgenstein, al teorema de Gödel y a enigmas relacionados con antiguas sectas pitagóricas, mezclados con los arrebatos de la pasión. El final de la novela es un magnifico cierre dentro de los parámetros de la novela policial clásica de trama compleja.
La novela de Martínez trata sobre aquellos crímenes “imperceptibles” que sólo pueden resolverse a través de series lógicas interferidas. Sobre el particular, Kurt Gödel formula en 1931 su teorema sobre la incompletitud. Gödel demuestra que aún en los niveles más elementales de las matemáticas hay enunciados que no pueden ser demostrados ni refutados, son los enunciados indecibles. El valor de este teorema se le equipara en importancia a la teoría de la relatividad de Einstein. Trasladado el teorema de Gödel a la literatura, nos sugiere que la verdad no puede ser expresada, porque la característica de toda verdad es la de ser incompleta. Es decir, la verdad de una novela, igual como un crimen imperceptible, es inevitablemente incompleta, y si se logra será siempre verdad huidiza, invisible.
Como ésta no es una reseña, no resumiré la novela de Martínez en unas cuantas líneas. Así como ante un crimen, un detective, o un juez, no pueden determinar fehacientemente inocencia o culpabilidad, porque la verdad siempre será incompleta, de la misma manera hay algo en Crímenes imperceptibles de Guillermo Martínez que me impide afirmar si ésta es o no es una buena novela. Sólo puedo decir que sentí un gran placer intelectual al leerla.

Artículo de Juan Gabriel Vásquez: La historia según Rodrigo Fresán

LOS INFORMANTES es una muy buena novela del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, la recomiendo para todo aquel que esté interesado en saber cómo anda la narrativa colocha última. Vásquez es una suerte de Borges tropical, mucha lectura, mucha reflexión y obviamente mucha inteligencia al servicio de la creación. JGV suele escribir, desde su adoptada Barcelona, un artículo semanal para el diario El Espectador, de su país. No solamente aborda temas literarios, los hay de todo tipo.
La intención de este post es que empiecen a leerlo hasta que lleguen a Lima más libros suyos, entonces busco en la bandeja de archivos de su columna algo que les pueda interesar. Es así que encuentro el artículo La historia según Rodrigo Fresán (publicado el 25 de marzo), en el que aborda uno de los mejores libros del estupendo narrador argentino: HISTORIA ARGENTINA.


“ÚNICAMENTE SON MÍAS LAS COsas cuya historia conozco”, escribe Ricardo Piglia en Respiración artificial.
Rodrigo Fresán, que nació un par de décadas después, la cosa es muy distinta: la historia es algo que se deja quieto, un animal peligroso que es mejor no molestar, no sea que nos haga daño.
Pero eso no se ve a simple vista. Las novelas de Fresán se inscriben en esa arraigada tradición argentina que consiste en no ser reconociblemente argentino y por lo tanto ser convencidamente argentino. En otras palabras: nada hay tan argentino como una novela cuyo narrador es inglés, cuyo personaje principal es James Matthew Barrie, el autor de Peter Pan, y cuyo escenario es la ciudad de Londres en el cambio de siglo y también en los años sesenta. ¿No han leído Jardines de Kensington, la penúltima novela de Fresán? Háganlo ahora. Y enseguida busquen sus demás libros, y comiencen si pueden por el principio: por esa maravilla de debut que es Historia argentina. El libro tiene dos epígrafes (bueno, tiene varios, pero sobre todo dos). Uno es de Alfred Andersch: “La Historia cuenta cómo fue que ocurrió. Una historia cuenta cómo pudo haber ocurrido”. El otro es de Adolfo Bioy Casares: “Para sobrellevar la historia contemporánea, lo mejor es escribirla”.
Y a eso se dedican los cuentos del libro: a sobrellevar la historia contemporánea. No es una tarea fácil, todo hay que decirlo, precisamente porque en la historia reciente de Latinoamérica no hay nada fácil. Y además porque la historia de su país entró en franca enemistad con Rodrigo Fresán desde que Fresán era niño: a los diez años el Niño que quería ser escritor fue brevemente secuestrado por la “Triple A”, un grupo paramilitar de extrema derecha. Esto es ampliamente sabido: no cometo imprudencias ni impertinencias al contarlo, porque Rodrigo lo cuenta en uno de los mejores cuentos del libro. He vuelto a leerlo en estos días; me ha deslumbrado como la primera vez que lo leí. “La vocación literaria” arranca preguntándose cómo se forma un escritor, y pronto entendemos la relación entre el breve secuestro de un niño —el miedo, la soledad, la angustia— y el nacimiento de la vocación. El resto es una ficción donde los orígenes “reales” (ojo a las comillas) de la anécdota son lo menos importante o interesante de todo.
“Uno a menudo descubre”, dice el narrador del cuento, “que los escritores son aquellas personas que durante su infancia aprenden, en tiempos terribles, a refugiarse en sus propias fantasías o en la acción; en la voz de algún piadoso narrador, en lugar de las voces de los seres reales que lo rodean”. Pero luego es mucho más crudo y, también, mucho más preciso: “Un escritor es un mecanismo de defensa con nombre y apellido”. ¿Y de qué se defiende? Está claro, por lo menos en este cuento, que se defiende de la historia argentina, encarnada en esos dos matones que un día se aparecen en la casa del Niño que quería ser escritor con la visible intención de secuestrar a sus padres izquierdistas y, al no encontrarlos, se lo llevan a él. Más tarde, escondiéndose de los secuestradores, en el clímax del miedo, el Niño que quería ser escritor dice: “Descubrí cuál iba a ser el tema de mi primera novela: la historia de un hombre que puede cambiar la historia a voluntad”.
¿No es eso lo que quisiéramos todos?