viernes, octubre 29, 2010

En torno a la entrevista

La Universidad de California publicará en noviembre el primero de tres tomos de la autobiografía de Mark Twain.
No es la primera vez que se publica la autobiografía, pero lo que la diferencia ahora es que ya no se tendrán en cuenta las indicaciones del escritor. Entonces, el texto estará tal cual los concibió.
En torno a la entrevista forma parte de ese primer tomo autobiográfico. En él Twain marca distancia de lo que consideraba el periodismo amarillo. Introducción y traducción de Ibsen Martínez. Publicado en El Malpensante.


Yo también, como tantos, estuve a punto de sucumbir a la superchería de que Mark Twain era algo así como el coronel Sanders sin el pollo Kentucky, tal como denuncia Ron Powers, uno de sus mejores biógrafos.
En efecto, la proverbial conspiración de editores mojigatos y deudos gazmoños llegó a convertirlo en un eterno sexagenario paternal, irónico y algo excéntrico; un cascarrabias chistoso que sabía contar cuentos del Mississippi. “Lo han fregado y desinfectado y, en el curso de las largas décadas transcurridas [desde su muerte] –declara Powers–, su pasión estuvo a punto de olvidarse. Pero helo aquí, hablándonos sin filtrado alguno, y lo que nos llega a pesar de todo lo que habíamos perdido de él es, justamente, su feroz e incesante pasión”.
Se refiere a la inminente aparición del primero de los tres volúmenes de la autobiografía de Twain, que la editorial de la Universidad de California ha anunciado para el mes de noviembre.
Desde que cumplió los setenta, y durante cuatro años más, hasta poco antes de su muerte acaecida en abril de 1910, Mark Twain dictó a una mecanógrafa más de quinientas mil palabras. Una nota de Larry Rohter, aparecida en la edición del New York Times del 9 de julio de este año, permite saber que Twain decidió dictar sus recuerdos y pareceres, antes que escribirlos, para mejor adopción de un tono natural, franco y coloquial. “Todos los eruditos que han leído el manuscrito concuerdan con Twain”, afirma Rohter.
“De la primera a la cuarta edición, toda opinión sana y sensata deberá suprimirse”, instruyó Twain muy puntillosamente, en 1906. Y justificó su disposición diciendo: “Tal vez haya mercado para ese tipo de mercancía dentro de un siglo. No corre prisa; esperar y ver”.
Sucesivamente, en 1924, 1940 y 1959, distintas versiones de la autobiografía habían sido publicadas. Al editor original, Albert Bigelow Paine, y a la hija de Twain, Clara, se atribuye la expurgación de extensos fragmentos del libro que, originariamente, no discurría con criterio cronológico, sino más bien digresivo y saltarín, como la rana del Condado de Calaveras. Lo más grave de ello es que Twain había rehuido de manera categórica abordar el relato de su vida de otro modo. La idiosincrásica puntuación del autor también fue objeto de “convenientes” cambios, pero el objeto primordial de la purga fue el pensamiento de Mark Twain y sus retadores pareceres en torno a política, sexualidad, religiones.
La oposición de Twain al incipiente imperialismo de su patria y las intervenciones militares en Cuba y Filipinas es suficientemente conocida. Pero, según Rohter, esta autobiografía no censurada “deja ver claramente cuán hondo era su sentir al respecto e incluye comentarios que, de hacerse hoy día, en el contexto de Irak o Afganistán, probablemente llevarían a la actual derecha de su país a poner en tela de juicio el patriotismo del más estadounidense de los escritores estadounidenses”.
Paine, el zelote del decoro, dispuso sin más de un fragmento en el que Twain prefigura episodios como el de My Lai, durante la guerra de Vietnam. Al comentar el ataque de tropas americanas a una tribal aldea filipina, llama a los soldados de su país “nuestros asesinos de uniforme”. Y, tratándose de Wall Street y los self-made mende la vuelta del sigloXX, Twain no ahorra su inimitable sorna. Oigamos lo que tiene que decir de John D. Rockefeller: “El mundo cree que tiene un billón de dólares, pero paga impuestos por solo dos millones y medio”.
El actual albacea del manuscrito integral de la autobiografía del autor de Cartas desde la Tierra, así como de otros muchos materiales hasta ahora inéditos, es el llamado Proyecto Mark Twain de la Universidad de California, sede de Berkeley. Gracias a él, y a la Mark Twain Foundation, es posible leer por vez primera el ensayo inconcluso que ofrece esta edición de El Malpensante.
Se le supone escrito en algún momento entre 1889 y 1890, y su interés reside en que, aun por aquellos días alborales del periodismo amarillo, Twain ya se había hecho una áspera opinión del género rey del periodismo moderno.

A nadie le gusta ser entrevistado y, sin embargo, nadie se niega a ello porque los entrevistadores son educados y de modales gentiles, incluso cuando llegan en plan de destruir. No doy a entender con esto que siempre lleguen a destruir intencionalmente ni que, solo después de haber destruido, cobren conciencia de ello. No; creo más bien que su actitud es la del ciclón que sale con el cortés propósito de refrescar una villa sofocada por el calor, sin percatarse luego de que le ha hecho de todo menos un favor.
El entrevistador te disemina, hecho picadillo, por toda la redondez del mundo, pero no puede concebir que te lo tomes como un menoscabo. La gente que culpa a un ciclón lo hace sin parar mientes en que la idea de simetría que éste tiene no es la de una masa compacta. Quienes hacen reproches al entrevistador lo hacen sin pensar que, después de todo, él no es más que un ciclón, si bien disfrazado a imagen y semejanza de Dios, igual que el resto de nosotros. Y que no se propone hacer daño alguno, incluso cuando barre el continente con tus restos, pensando que solamente está haciendo las cosas más agradables para ti y que, en consecuencia, es más justo juzgarle por sus intenciones que por sus obras.
La entrevista no fue una invención feliz. Tal vez sea la manera menos afortunada de intentar dar con lo que realmente pueda ser un hombre. Para empezar, el entrevistador es todo lo contrario de una inspiración, pues le temes. Se sabe por experiencia que, tratándose de estos desastres, no cabe escoger. No importa lo que él escriba, de un vistazo verás que habría sido mejor si hubiese puesto lo otro. Pero tampoco es que lo otro hubiese sido mejor que esto; sencillamente no habría sido esto. Cualquier cambio que se haga debe y podría ser una mejora aunque, en realidad, sabes muy bien que nada mejoraría. Tal vez no me esté haciendo entender. De ser así, entonces sí me he hecho entender, algo que no habría logrado excepto no haciéndome entender pues lo que trato de mostrar es lo que sientes, no lo que piensas. Puesto en el trance de una entrevista, no puedes pensar. No es una operación intelectual: es tan solo un moverse, decapitado, en un círculo confuso. Quisieras entonces, de un modo aturdido, no haberlo hecho, aunque en realidad no sepas qué es lo que no hubieses querido hacer y, además, no te importe saberlo porque ése no es el punto: simplemente quisieras no haber hecho lo que sea que hayas hecho. No haber hecho qué cosa es cuestión de menor importancia; no tiene nada que ver con el caso, ¿entienden lo que quiero decir? ¿No se han sentido alguna vez así? Bueno, así es como uno se siente al leer impresa la entrevista.
Sí: tienes miedo del entrevistador y no encuentras inspiración en ello. Te encierras en tu concha, te pones en guardia, te haces el descolorido, intentas hacerte el listo y darle vueltas al tema sin decir nada y, cuando al fin lo ves todo impreso, te enferma ver cuán bien lo hiciste. Todo el tiempo, a cada nueva pregunta, estás atento a detectar a dónde quiere llegar el entrevistador para hurtarle entonces el cuerpo. Especialmente si lo pillas tratando de hacerte decir cosas humorísticas. La verdad, eso es lo que trata de hacer todo el tiempo. Y lo hace tan llanamente, tan abierta y desvergonzadamente que al primer esfuerzo logra secar tu pozo y, si aún insiste en ello, es como si te calafatease. No creo que nadie haya dicho nunca algo realmente humorístico a un entrevistador desde la invención de su tan tenebroso oficio. Sin embargo, como está obligado a poner algo “característico”, él mismo inventa las humoradas y salpica con ellas las entrevistas. Éstas resultan siempre extravagantes, a menudo farragosas y, en general, compuestas “en dialecto”: un dialecto inexistente e imposible, por cierto. Este tratamiento ha destruido a más de un humorista, pero el mérito no es del entrevistador porque él nunca se propuso hacerlo.
Hay un montón de razones por las que toda entrevista es un error. Una de ellas es que el entrevistador, luego de abrir grifos aquí, allá y acullá, haciendo multitud de preguntas hasta dar con el que fluye libremente y con interés, nunca parece pensar que lo sabio sería concentrarse en este último y tratar de sacarle el mejor provecho, desentendiéndose de todo lo que ha dejado ya correr. Pero él no lo ve así: se asegura de cerrar ese manantial con otra pregunta sobre alguna otra cuestión, y con ello su única pobre oportunidad de llevar a casa algo de valor escapa de inmediato y para siempre. Habría sido mejor ceñirse al asunto del que a su hombre más interesaba hablar, pero esto jamás podría hacérsele entender. No sabe si estás prodigando metales preciosos o solo paleando escoria; no distingue la mugre del oro de ley: todo es igual para él y pondrá todo lo que digas. Entonces, al ver por sí mismo cuánto de lo que no valía la pena haber dicho está todavía crudo, intenta componerlo poniendo de su propia cosecha que cree madura pero que, en verdad, está podrida. Cierto, lo hace todo con muy buena intención. Igual que el ciclón.
Así, sus interrupciones, su modo de desviarte de un tópico hacia otro, tiene en cierta forma el efecto sumamente grave de dejarte expresar solo a medias respecto a cada tema. Por lo general, solo atinas a decir lo suficiente para perjudicarte y nunca llegas adonde hubieras querido explicar y justificar tu posición.

jueves, octubre 28, 2010

Viernes 29: Presentación de LA VIOLENCIA DEL TIEMPO, de Miguel Gutiérrez

La noche del martes 26 me di una vuelta por la Feria del Libro Ricardo Palma.
Pero estuve un rato, no más de veinte minutos, puesto que tenía que ir al Jazz Zone, donde una querida amiga presentaba su segundo poemario.
Me acerqué al stand de Santillana, cosa que compraba la edición definitiva –en Punto de Lectura- de la monumental novela LA VIOLENCIA DEL TIEMPO de Miguel Gutiérrez.
Esto fue lo que me dijo el vendedor:
- LA VIOLENCIA DEL TIEMPO empezará a venderse inmediatamente después la presentación.
Así es que ya lo saben. La obra cumbre de Gutiérrez mañana viernes 29, en la feria, a las 8 de la noche.

Revelaciones azules

Imperdibles las entregas que todos los sábados Antonio Muñoz Molina publica en Babelia, como Revelaciones azules, sobre las cartas de Jorge Guillén a su esposa Germaine Cahen.
Por cierto, no puedo dejar de recomendar la última novela de Muñoz Molina: LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.


En 1947, después de la muerte de su esposa, Jorge Guillén pasó varios días encerrado en un cuarto, leyendo una por una todas las cartas que él le había escrito a lo largo de dieciséis años, en un pasado que se le volvería aún más remoto ahora que ella estaba muerta y que el mundo al que los dos pertenecían había sido arruinado por dos guerras sucesivas y un exilio que tal vez no iba a tener regreso. La primera carta estaba fechada en París, en 1919. La última en Sevilla, en diciembre de 1935. El hombre que volvía a leerlas era un profesor de 54 años, que llevaba ya casi diez fuera de España, aceptablemente acomodado a la rutina académica americana, al ambiente entre tedioso y pastoral de esas universidades de Nueva Inglaterra en las que el sosiego y el poderío de la naturaleza facilitan una sensación de lejanía hacia el mundo exterior.
Leer aquellas cartas de amor escritas por él mismo hacía un cuarto de siglo debió de ser como asomarse a la intimidad de un desconocido. Pero también sería -en la soledad de esa habitación, en la casa que la muerte había dejado agrandada y en silencio, extraña en su apariencia de cotidianidad- una inmersión en otro tiempo perdido: la época de la juventud de Jorge Guillén, que es lector de español en la Sorbona y escribe cartas muy formales en un francés impecable a la señorita de la que se ha enamorado y le envía postales y programas de conciertos de música española; que va tomando confianza tan lentamente, con tanta cautela de hombre bien educado, que tarda años en atreverse a abandonar la formalidad del usted; que comparte con su amada la admiración por Proust, por Valéry, por Debussy, por Baudelaire; que a final de curso regresa a España en una sucesión de trenes interminables y gradualmente más sucios y más impuntuales y llega a Valladolid para explicar a su familia, a sus padres burgueses y católicos, que se ha comprometido con una señorita francesa que además es judía.
En 1947, recién muerta Germaine, el recuerdo de los prejuicios de una familia de provincia española tendría algo de banal en comparación con la escala del genocidio que acababa de consumarse en Europa. Leyendo sus propias cartas, aclimatado a la novedad de la vida americana, Jorge Guillén descubriría con asombro cuántas cosas había olvidado de aquellos años, qué débil y errática es la memoria. Se vería volviendo a Valladolid, mirando la casa familiar y la ciudad con los ojos del que ha vivido en París y lo ve todo empequeñecido, más pobre, con una rusticidad española que él antes no advertía. Qué lejos todo, qué antiguo de pronto: "Oigo a mi madre rezando el rosario con los criados: España".
Guillén es un poeta tardío, que sólo empezó a encontrar su voz a los treinta y tantos años. Pero mucho antes de verse a sí mismo como escritor ya lo estaba siendo en las cartas a Germaine, en las que se revela una capacidad de observación más aguda todavía porque no es premeditada. En 1919 descubre con entusiasmo A la sombra de las muchachas en flor y prefiere escuchar a Debussy antes que a Wagner. En una carta de amor se desvía para hablar de Velázquez y la inteligencia y la exactitud de la prosa recuerdan los poemas que aún tardará años en escribir: "Los dedos afilados sólo aprietan el aire; esa nada que llena como un mar los cuadros de Velázquez. El aire es el gran protagonista: un aire transparente y sutil que matiza una gama de cenizas; blancos, nacarados, grises. Mar de cenizas en el que se aniquilará la decadencia de los que permanecen siempre grandes".
La carta, como muchas más en el libro, está escrita en francés. La traducción es de la editora, Margarita Ramírez, que ha llevado a cabo un trabajo formidable que es a la vez de amor y de filología, porque ella fue la esposa de Claudio Guillén, el niño Claudie que empieza a aparecer en las cartas cuando Jorge y Germaine ya llevan varios años casados y tienen una familia, pero todavía han de separarse durante largas temporadas, a causa de los destinos de profesor de él, de los compromisos académicos que lo llevan unas veces a la universidad internacional de Santander o a la Residencia de Estudiantes y otras a Oxford o incluso a una exótica Rumanía de aristócratas afrancesados y monarquía de opereta. En todas partes Guillén escribe cartas y postales y espera con ansiedad los sobres azules del correo francés que le envía Germaine: "Su anhelada revelación azul en varias hojas". En todas partes añora primero a la novia y luego a la esposa a la que con el paso de los años empieza ya a escribirle en español, aunque regresa al francés para las expresiones de ternura. Las cartas son una permanente declaración de amor y deseo, y también una crónica jugosa de lo que Guillén hace a diario y lo que ve y los lugares por los que viaja y las personas con las que se encuentra. Guillén era una de esas personas para quienes la celebración era un estado natural, a la manera de Walt Whitman o de Claudio Rodríguez, aunque con un temple mesurado y lúcido siempre. Se ha comido de postre una mandarina y al volver a su habitación se lo cuenta a Germaine: "Esta mandarina estaba exquisita -fresca, perfumada, dulce, dócil-. -La he pelado como se desnuda a una mujer". Una velada con Lorca y otros amigos en los jardines de la Residencia la resume con eficacia telegráfica: "Hubo luna y gramófonos". Viajando hacia Bucarest por la Europa de los grandes expresos y las amplias capitales burguesas que sólo una década después serían fosas comunes y montañas de ruinas formula su ideal de vida: "Ver muchas ciudades y querer en todas ellas a la misma mujer". En una comida con amigos en la que están García Lorca y Salinas, Lorca lee las cuartillas de los Títeres de cachiporra poniendo las voces de cada uno de los personajes y haciendo los sonidos de una orquestación sincopada como de Stravinski. En el palacio de la Magdalena, en el verano de 1933, Guillén ve a una profesora americana que carga la maleta en un taxi e intuye el secreto de su amigo Pedro Salinas, que se la presentó diciéndole que era muy admiradora de Cántico: "Tendrá unos 35 años. No guapa. Cuerpo estupendo, flexible, delgado".
Tantos años de la vida antigua, tantas palabras, mil trescientas páginas en su edición definitiva: durante horas y horas Jorge Guillén seguiría leyendo, levantándose tan sólo para encender la luz eléctrica cuando ya no pudiera distinguir la escritura. Tendría la tentación de quemar las cartas, como había hecho Germaine con las escritas por ella cuando supo que se le acercaba la muerte. Habiendo sobrevivido a un tiempo de tanta destrucción y tanta pérdida eligió que se salvaran. Ahora el tiempo preservado en ellas nos entrega su luz perdurable, la memoria de un hombre que siempre prefirió la razón a la brutalidad y la claridad a la negrura: "El sol devuelve siempre la confianza en la vida".

Retrato de padre con hijo

Luego de varios años alejado de los ajetreos que conlleva toda publicación, el escritor Marcos Giralt Torrente vuelve con TIEMPO DE VIDA (Anagrama, 2010).
En nuestras librerías pueden encontrarse sus libros. Si se topan con la novela PARÍS, no duden en comprarla.
Sobre TDV he encontrado el texto Retrato de padre con hijo de Dolores Gil, publicado en Revista Ñ.


Un padre egoísta y un hijo resentido. El padre enferma y el hijo se hace cargo de casi todo. Un tiempo después de la muerte del padre, el hijo escribe, un poco como homenaje y un poco como defensa, un libro durísimo y bello a la vez, un libro que es una confesión sincera, arriesgada, difícil; en cierto sentido, una confesión que lo reivindica, un recuento minucioso de todos los estadios y fases por las que pasó la particular relación con su padre desde que tiene memoria.
¿Cómo escribir sobre el otro, cómo contar una vida? Esta es una de las preguntas que suscita Tiempo de vida , el último libro de Marcos Giralt Torrente, escritor madrileño autor de los cuentos de Entiéndame (Anagrama, 1995), y las novelas París (Premio Herralde de Novela, Anagrama, 1999) y Los seres felices .
Atravesado por la compasión y el resentimiento, el libro de Giralt Torrente propone desde el principio un problema narratológico: caída la máscara de la ficción, sin las maravillosas posibilidades que brinda el poder de invención, resta saber si el relato de una vida sólo se puede escribir desde la más absoluta de las sinceridades. En principio Giralt Torrente lo intenta poniendo en juego dos movimientos: por una parte, el recuerdo de la infancia y el comienzo de las tensiones y los desencuentros que caracterizaron la relación con su padre, el pintor Juan Giralt; y por otra, el recuerdo de la enfermedad y del origen del libro, el tiempo de vida restante, vertiginoso, que parece imprimirle a la escritura el mismo trazo: la obsesión por las fechas, es decir, la obsesión por el tiempo, idea en que el narrador insiste, como si los años fueran páginas de un diario que hay que arrancar hasta llegar al final de una existencia, y por lo tanto, al final del libro.
La falta recorre todo el relato; es, se podría decir, el hilo con que se enlazan los recuerdos de un padre que brilla por su ausencia. Entonces, por momentos, el relato se convierte en una diatriba. Pero la duda metódica e inquisidora, que pone al otro en cuestión pero también se vuelve sobre sí, lo salva de ser un libro resentido y lo convierte en una investigación sincera y conmovedora sobre las relaciones entre padres e hijos.
La carencia se deja traslucir, sin embargo, en las decisiones estilísticas que tomó Giralt Torrente: la prosa parece estar desprovista de recursos literarios, figuras retóricas o regodeos estéticos. El relato se realiza, casi íntegramente, en presente histórico. Es, en cierto sentido, una escritura en grado cero, que sostiene un ritmo casi mántrico gracias a las repeticiones e insistencias de ciertas escenas dolorosas para que, a fuerza de decir una y otra vez, el relato quede marcado sobre la hoja en blanco y la figura del padre se vaya delineando más nítidamente, como un tapiz que se va completando para ver si al final se puede atisbar alguna figura.
Recordar es volver a traer al corazón. En Tiempo de vida , recordar también es traer al pensamiento. La escritura sirve para comprender, para ordenar el mundo y sobre todo, para ordenar la propia experiencia. Porque además de un retrato lúcido del padre, Tiempo de vida es también una reflexión sobre cómo alguien se convierte en escritor. Hablar del otro es una ocasión para hablar de uno mismo. Giralt Torrente ha intentado un retrato doble: el del padre, ya muerto, y el del hijo, que a veces se reconoce en el reflejo, muchas otras se despega y se rebela para afirmar la propia identidad frente al coloso, al origen, a aquél a quien hay que derribar para poder ser.

Detectives en Lima

Días atrás en le Feria del Libro Ricardo Palma Isaac Goldemberg presentó su novela ACUÉRDATE DEL ESCORPIÓN, publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de La Vega.
Se trata de una novela policial ambientada en los setenta, con harta calle, música y sangre.
Francisco Melgar lo entrevistó para Luces de El Comercio. Detectives en Lima.


Desde Borges y Bioy Casares existe una fuerte tradición de relatos policiales en Latinoamérica que pasa por HarolConti, Piglia y llega hasta Roberto Bolaño. ¿Te sientes parte de esa genealogía literaria?
No podría decirte que tengo una influencia de ellos. La referencia más cercana, al menos para mí, es la de Mempo Giardinelli. De todas formas, me siento parte de esa tradición porque la realidad latinoamericana se presta para este tipo de literatura.
¿Qué te llevó a escribir esta última novela?
En 1977, cuando vine a Lima para buscar material para mi segunda novela, me topé con la noticia del asesinato de un japonés en el Mercado Central. Se trataba de un lugar que conocía bien porque, primero, había vivido cerca de ahí; y segundo, mi padre me llevaba todos los domingos a hacer compras a la chingana de este señor japonés. Pero la imagen que se me vino a la cabeza no fue la de este japonés real, sino la de otro, ficticio, asesinado en un billar de forma ritual. Dos días después, caminando por una calle del centro, recordé que de chico solía visitar una pensión de amigos de mi padre. Caminando por ahí se me vino la imagen de un anciano judío colgado de una viga. Estas dos imágenes perduraron en mi cabeza durante más de treinta años. Creo que, de alguna manera, me estaban pidiendo que las utilice.
¿Cómo surgió la figura de Simón Weiss, el detective central del relato?
Digamos que Weiss es un detective conocido, que ya tiene su fama en la ciudad. Pero es un policía judío que ha nacido en Alemania y que ha terminado viviendo en el Perú desde muy niño, por los problemas que se suscitaron en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Pero Weiss es un judío que se va peruanizando, que adquiere identidad peruana. Para empezar, es policía, lo cual es bastante inusual para un judío en nuestro medio. Además, le gusta la jarana, es bohemio y cantante de valses y boleros.
La banda sonora de la novela es bastante criolla. ¿Hubo canciones que sonaron en tu cabeza mientras la escribías?
De hecho, mientras escribía empecé a recordar canciones que escuché cuando era adolescente, “Sueños de opio”, por ejemplo.

miércoles, octubre 27, 2010

Roberto Bolaño: El último maldito

La última edición de Imprescindibles, programa documental de RTVE, estuvo dedicada a Roberto Bolaño.
Digamos, en líneas generales, que el documental Roberto Bolaño: el último maldito me gustó. Casi una hora de la más exquisita bolañomanía. Entre los escritores invitados, destaca la presencia de nuestro Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.
Ahora, por puntos, me quedo con el de Erik Haasnoot BOLAÑO CERCANO. Me sigue pareciendo mucho más completo.
Por otro lado, hubiera sido ideal que este documental de Imprescindibles rescatara algunos videos de Bolaño. Por ejemplo, la media hora que Canal (a) de Argentina le dedicó. Allí, el autor de ESTRELLA DISTANTE soltaba todo.
No obstante, Roberto Bolaño: el último maldito no deja de ser un documental a atesorar. Los que gusten, pueden descargarlo de los enlaces en azul. Por razones técnicas, no puedo "embeber" el video.
A continuación, la nota promocional de RTVE.


La obra de Roberto Bolaño se considera una de las más influyentes de la literatura hispanoamericana de los últimos tiempos, pero su vida y realidad no fueron precisamente las de un escritor de éxito. "Imprescindibles" descifra este jueves las claves para conocer a este escritor de culto, a través de entrevistas con las gentes más cercanas a su entorno.
El documental "Roberto Bolaño: el último maldito" se centra sobre todo en los últimos años que el autor chileno pasó en España, donde llevó una vida de austeridad cercana a la pobreza. Y es que, a diferencia de los escritores del "boom" literario de la novela sudamericana de los años 60 y 70, que se convirtieron en estrellas mediáticas, la vida de Bolaño se acerca más a la de los grandes escritores malditos que a la que se pueda asociar a un escritor de culto y reconocido.
"Imprescindibles" retrata las obsesiones de Bolaño y su increíble capacidad de adaptación a entornos complicados. Bolaño como literato, pero también como personaje extraño que va creando su propia leyenda. Lo que hay de cierto y de mentira en su propia autobiografía.

Hablando de literatura

LA ESTACIÓN DE LOS ENCUENTROS (Peisa, 2010), de Peter Elmore, es una de las publicaciones que de todas maneras leeré en las próximas horas. Por cierto, en estos días me estoy empapando de libros de ensayos literarios, como PERDER TEORÍAS de Enrique Vila-Matas y LECTURAS DE MÍ MISMO de Philip Roth.
A razón del libro de Elmore, Abelardo Oquendo publicó Hablando de literatura en la edición del domingo del diario La República.


U no de los nombres representativos del buen momento por el que –se dice– atraviesa entre nosotros la crítica literaria es el de Peter Elmore, de quien Peisa acaba de publicar una reunión de trabajos breves con este título: La estación de los encuentros. Sin embargo, y pese a que este es el cuarto libro sobre literatura que Elmore da a la luz, no resulta muy propio encasillarlo como crítico literario, pues lleva publicadas también tres novelas y tiene un tomo de cuentos por aparecer, además de haber desempeñado una valiosa labor de dramaturgo en Yuyachkani.
Narrador, crítico, autor teatral, la denominación que mejor define a Elmore no es ninguna de ellas sino, por más amplia, la de escritor, cosa que confirma con claridad su último libro, donde la crítica está lejos de la enclaustrada versión académica y cerca de la conversación no por rigurosa menos abierta y cálida. Los textos de La estación de los encuentros no están pensados para especialistas ni para estudiantes sino, más bien, para aquellos que, lejos de todo fin, aprecian hablar de literatura. Sus páginas cubren diversos géneros y tratan sobre escritores tanto peruanos cuanto de nacionalidades y lenguas diversas. Son un recorrido por obras de valor, sobre las cuales se proyecta una mirada crítica que implica a nuestra sociedad y a nuestro tiempo.

Hacia un reglamento

Hacia un reglamento es el excelente artículo que Enrique Vila-Matas publicó en El País, ayer martes.
Como bien se señala en Moleskine Literario, Vila-Matas se pregunta si realmente necesitamos un reglamento, filtro, contra los malos libros.
En lo personal, creo que sí. Y de paso, también necesitamos un reglamento contra los falsos escritores, contra los editores irresponsables y contra todos aquellos que se ponen a hablar de literatura sin haber leído un solo libro en su vida, que los hay, lamentablemente los hay.


Y a todo esto, ¿en qué momento se jodió la literatura? Acabé ayer haciéndome esta pregunta vargasllosiana, mientras en BTV entrevistaban a una de las más veteranas estatuas humanas de las Ramblas barcelonesas, un argentino que trabaja caracterizado -así se presentó también en el plató- de navegante en lo más álgido de una tempestad. Entrevistado por Carles Flavià, el hombre contó que hubo un tiempo en que únicamente los pioneros hacían de estatuas en las Ramblas. No solo eran pocos y bien avenidos, sino que trabajaban con la felicidad que da el rigor. "Después, salieron oportunistas de todas las esquinas y hasta tuvimos que reunirnos los pioneros y crear un reglamento".
¿Un reglamento? No dijo qué inscribieron en él. Pero me gustó la palabra reglamento, que parece de otra época, y me quedé imaginando qué pasaría si en el medio literario se redactaran una serie de normas que protegieran de falsos escritores y demás malas hierbas a los sufridos lectores. Después, traté de evocar el momento en que se jodió el invento, el momento del pasado en el que aparecieron los primeros bárbaros, los oportunistas que rompieron un estado de plenitud y nos fueron llevando a este lado arruinado del paraíso, donde hoy los demasiados libros han creado una atmósfera de trivialidad irrespirable, paralela al desnortado ambiente de la sociedad, porque a veces en la vida sucede lo mismo que en la literatura: en todas partes se encuentra a jefecillos extraviados y a sus secuaces incorregibles ensuciándolo todo como las moscas en verano. Sea como fuere, el desastre viene de lejos. Ya Schopenhauer hacia 1850 hablaba de "la mala hierba que quita la savia al trigo ahogándolo. Absorben el tiempo, el dinero y la atención del público, que pertenece por derecho propio a los libros buenos y sus nobles fines, mientras que los otros están escritos con la única intención de sacar de los bolsillos del público algunos talegos; para esto se han conjurado autores, editores y críticos".
¿Cómo sería acogida la redacción de un reglamento que rigiera para oportunistas y conjurados? Jamás se alcanzaría un consenso que lo diera por bueno. Pero tratar, al menos, de redactarlo podría ser un buen desahogo, aparte de una estimulante y activa pérdida de tiempo. La primera norma -no iré más allá de ella, porque no soy legislador- podría ser el destierro de todo engreimiento. Por ser esencial para recuperar cierta dignidad, tendría que ser la única norma indiscutible. Es alarmante y desagradable observar, por ejemplo, cómo éxito y vanidad -o fracaso y fanfarronería, combinación también muy frecuente-, se relacionan de un modo tan estrecho como miserable. Nadie que escribe debería ignorar que siempre donde hay soberbia hay ignorancia. Me ha complacido encontrar en Menéndez Salmón, en su impecable y admirablemente arriesgada última novela (La luz es más antigua que el amor), los famosos versos de Eliot: "La única sabiduría que podemos esperar adquirir / es la sabiduría de la humildad: / la humildad es interminable".
Dicho de otro modo, dicho en forma de máxima oriental, propia de un precursor de Kafka: Donde hay humildad, hay saber. Precisamente la literatura de Kafka, tal como Roberto Bolaño proclamaba, fue "la más esclarecedora y terrible (y también la más humilde) del siglo XX". Esta primera norma del reglamento iría ilustrada, por ejemplo, con la imagen conmovedora (o divertida, si se quiere) del genial Glen Gould, tocando el piano casi a ras de suelo, en aquel sillín que no rebasaba los 33 centímetros. ¿O no oímos nunca decir que el verdadero camino va por una cuerda que no ha sido tendida en lo alto, sino apenas sobre el suelo y parece destinada más a hacer tropezar a que se camine por ella? Dadas las circunstancias terrenales, a nadie debería extrañar que la humildad sea la esencia misma de la genialidad.

GUÍA DE LA NOVELA NEGRA

En el escaparate de novedades del colectivo El Boomerang, encuentro una publicación que de hecho será del gusto de todos los amantes de la novela policial.
GUÍA DE LA NOVELA NEGRA (Errata Naturae, 2010), de Héctor Malverde.
Ojalá la publicación llegue pronto a nuestras librerías.


La novela negra está de moda y las mesas de novedades se hallan literalmente inundadas con historias de policías, detectives, asesinos y rubias peligrosas. Entre todos esos libros encontraremos volúmenes extraordinarios, otros buenos y algunos... no tan buenos. Por todo ello es necesario elegir. Y es importante elegir bien. Héctor Malverde, autor de esta Guía de la novela negra, se ofrece como «coyote» para acompañarte en este mundo sórdido e irresistible. Tan irresistible como el propio Malverde...
Un itinerario completo que atraviesa todas las tendencias y nacionalidades de la novela negra.
150 Amplias recomendaciones sobre los grandes escritores del género: desde los clásicos indiscutibles hasta los últimos talentos.
Cientos de referencias adicionales para continuar leyendo.
Una sugerente clasificación de las novelas atendiendo a sus personajes protagonistas: los primeros representantes del género, los sabuesos clásicos, los investigadores más duros y solitarios, los policías de toda ralea, los médicos y forenses, los amateurs metidos a detectives, los serial killers...

INTRODUCCIÓN

¿Cuál es la mejor escena de la historia del cine? Empezamos bien... Sinceramente, no me importa, a quién podría importarle, pero me encantan estos juegos. ¿Cuáles son los tres mejores momentos de la historia del cine? Si dejamos fuera los manierismos y otros excesos técnicos, yo me quedo con los siguientes:
1. Grupo Salvaje de Sam Peckinpah: Holden, Borgine, Oates y un cuarto que se me escapa vistiéndose para la muerte después de la última noche en compañía de una dama.
2. Gilda de Charles Vidor: Rita Hayworth diciéndole a Glenn Ford: «Si fuera un rancho me llamaría Tierra de nadie».
3. Los diez últimos minutos de Manhattan de Woody Allen: Woody tumbado en el sofá con una grabadora sobre el pecho preguntándose: «why is life worth living?», es decir: ¿qué cosas hacen que la vida valga la pena? Y él mismo respondiéndose: Groucho Marx, el segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter, la grabación de Potatohead blues realizada por Louis Armstrong, las películas suecas, La educación sentimental de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, las fabulosas manzanas y peras de Cézanne, los cangrejos de Sam Wo, el rostro de Tracy... Woody corriendo por todo Manhattan para llegar a tiempo antes de que Mariel Hemingway, cuyo rostro podría justificar la existencia de cualquiera, se suba a un avión directo a Londres.
Seamos francos. Este libro no está muy lejos del gesto infantil de un hombre belicoso, el resultado público de un ejercicio privado que me habrá salvado del incendio más de una o dos noches. Es posible que también pueda salvarles a ustedes, tan posible, al menos, como que se les queme la casa, el coche y el jardín. ¿Un libro práctico, entonces? Sí y no. Al fin y al cabo, a quién pueden importarle realmente las derivas funcionales de una guía de la novela negra, la obsesión por la acumulación de conocimiento, la pretensión hegeliana y voraz de abarcarlo todo, devorarlo todo sin rumiar para poder presentar un buen currículum, la panza llena, los deberes hechos... Saber más, leer menos. Peligrosa ecuación, mis queridos amigos. Tal vez ésta no sea su guía ideal si es eso lo que están buscando. Quedarán igual de bien en las cenas de empresa si citan a Espronceda o asienten con la cabeza cuando el tipo del flequillo comience a hablar de Robbe-Grillet. Nadie se va a enterar. Nadie se entera nunca de nada. Por eso es necesario repetirlo todo una y otra vez, como hace Kjell Askildsen. Por eso hay que volver sobre los pasos de siempre, sobre los títulos y los autores de siempre para insistir -bonita palabra- sobre las cosas de siempre, sobre lo que permanece indeleble en cada callejón y en cada playa, en todas las trampas de nuestra biografía. Tengo para mí que la novela negra es una de las muchas cosas de siempre sobre las que es necesario volver una y otra vez. ¿Para qué? ¿Para encumbrarla? ¿Para sacarla del arrabal? ¿Para decir cosas nuevas? ¿Para decir cosas inteligentes? ¿Para decir cosas nuevas e inteligentes? No. Hay que volver a la novela negra para que no nos tiemblen las piernas cuando se nos pase el efecto del calmante. Es necesario volver a la novela negra para decir las cosas de siempre, pero sin titubeos: la violencia, la traición, la muerte, la ciudad, la corrupción, la noche, la seducción, la jaqueca, el desamparo, el imperio, la soledad, el sexo, la infamia, el misterio, la literatura... Nomenclaturas todas para un mismo desconcierto, que decía Julio Cortázar.

martes, octubre 26, 2010

Denis Johnson

Miércoles 27: Presentación de DEMOLIDO FUEGO, de Domingo de Ramos

Clic en la imagen

Nota de prensa: OBRA POÉTICA COMPLETA de Edgard Guzmán

En un trabajo conjunto con la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, y gracias al apoyo de la Dra Teresa Arrieta Vda. de Guzmán, hacemos posible esta nueva publicación, que sin duda marcará un hito en la historia de nuestra casa editorial, pues se trata de la totalidad de la obra poética de Edgar Guzmán, una de las voces cumbres de la poesía peruana del siglo XX la misma que se encuentra en pleno reconocimiento, tanto por los círculos intelectuales así como por la crítica general y los lectores.
Ya en 1999, Ricardo González Vigil, dijo que, «de gran virtuosismo en el manejo del verso y riqueza de imágenes, Edgar Guzmán ha plasmado una obra poética sobresaliente. La indagación sobre los enigmas de la existencia, con una honda formación filosófica y un buen conocimiento de los clásicos de la poesía universal, alcanza en él un brillo singular como “poesía reflexiva”, vinculable con la tendencia llamada “trascendentalista” en la poesía hispanoamericana (José Gorostiza, Octavio Paz, José Lezama Lima, etc.). De hecho, guarda similitudes parciales con Martín Adán, Juan Ríos y Carlos Germán Belli, siendo mayor su conexión con una tradición “reflexiva” en la poesía de Arequipa: César A. Rodríguez y José Ruiz Rosas son sus exponentes más nítidos (Poesía Peruana Siglo XX. Tomo II, Lima, Ediciones COPÉ, 1999)».
Así, bajo el título de Obra poética completa el volumen en sus más de 320 páginas, viene precedido de un extenso prólogo del reconocido poeta y crítico literario de prestigio continental, Dr. Raúl Bueno-Chávez; y se compone de 5 libros, dos de ellos inéditos, conformados por Hilos, Poemas sueltos, Perfil de la materia (1989), Rondando la casa de la Dickinson (1990) y Trilogía del mar (1993); además de un anexo conformado por manuscritos, cartas del poeta Juan Ríos, cartas dirigidas al poeta Hugo Yuen, una entrevista, algunos comentarios a su obra, y fotografías inéditas de la vida de este gran poeta.
La presentación se llevará a cabo el día miércoles 27 de los corrientes, a las 19:00 horas, en el Salón Mariano Melgar del Claustro Menor de la UNSA (cito en San Agustín 106), con motivo de conmemorarse el décimo aniversario de su sensible fallecimiento. Estarán en la mesa:
Dr. Raúl Bueno-Chávez
Dra. Teresa Arrieta
Hugo Yuen Cárdenas y
José Luis Córdova
Cabe recordar que el Dr. Edgar Guzmán Jorquera fue un brillante intelectual, de reconocido prestigio en los medios filosóficos y literarios. Nació entre Frisco y Guardiola, en la Punta de Bombón, provincia de Islay en Arequipa, el 12 de octubre de 1935. Estudió Filosofía y Derecho en la Universidad Nacional de San Agustín y por muchos años se desempeño como profesor de Filosofía en su Alma Mater, hasta lograr ser distinguido con el nombramiento de Profesor Emérito de la UNSA. Publicó diversos ensayos sobre filosofía y semiótica, y como poeta publicó Perfil de la Materia (1987), Rondando la casa de la Dickinson (1990) y Trilogía del Mar (1993). También dejó su impronta en el quehacer pedagógico de las Universidades Nacional de San Agustín y Católica de Santa María, varias de cuyas promociones de pre-grado y post-grado llevan su nombre. Falleció el 2 de noviembre de 2000.
José Córdova
Director General de Cascahuesos Editores SAC
51-958683545

La muerte y los libros

Ayer lunes, en la sección Luces de El Comercio, Ricardo González Vigil publicó una reseña sobre la novela EL ANTICUARIO de Gustavo Faverón.
Leeré el libro antes que termine el año.
A continuación, La muerte y los libros.


Lector voraz y crítico penetrante, autor del blog Puente Aéreo, que ha sido considerado por el diario “ABC” de España “el más influyente de Hispanoamérica”, Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) ha conseguido admirablemente trasladar a la novela su pasión por los libros, creando varios personajes bibliómanos y asesinatos mezclados con citas bíblicas y referencias literarias (incluso una víctima parece asfixiada por páginas que han introducido en su cuerpo). Y ha tejido una trama ingeniosa que obliga a Gustavo (con rasgos de álter ego), el personaje que investiga los asesinatos, a emplear su inteligencia, su capacidad de deducción para desentrañar las claves que su amigo Daniel (simbólico nombre bíblico), acusado de los asesinatos, le brinda.
Las citas bíblicas relacionadas con los asesinatos remiten a uno de los cuentos más emblemáticos de Borges: “La muerte y la brújula”. Texto que ha inspirado claves ingeniosas a otros escritores, verbigracia “El nombre de la rosa” de Umberto Eco; en las letras peruanas, un cuento de “Escuchando tras la puerta” de Harry Beleván y la narración que preside “El inventario de las naves” de Alexis Iparraguirre. Resulta revelador que, en su blog, Faverón informa que su novela ostentaba previamente el título de “La muerte y su sombra”. Añádase que, por su bibliomanía, Borges ha imaginado el universo como una biblioteca de Babel.
Conviene, sin embargo, no exagerar el componente borgiano en “El anticuario”, ya que su estilo y su temple imaginativo difieren del maestro argentino, optando por la tradición del horror y del lado siniestro de la condición humana: el relato gótico desplegado por los románticos (sobre todo, Poe, cuyo cuento “La fosa y el péndulo” repercute en el título, que no en el argumento, de “La muerte y la brújula”) y el legado angustiado y tanático de los expresionistas. Aquí conviene reparar en que Poe, el forjador del policial con deducciones racionales, fue, en gran parte de sus páginas, una cumbre del horror gótico; en su policial racionalista, Poe trató de exorcizar con esquemas racionales su pavor frente a la muerte y el “demonio de la perversidad”. Pero, a diferencia de los discípulos del policial racional de Poe (uno de ellos: Borges), otros autores han explorado el policial de lo tenebroso, desde esas cimas artísticas que son “Un asunto tenebroso” de Balzac y “Crimen y castigo” de Dostoievski, hasta el expresionismo (“El proceso” de Kafka, y el cine de Murnau o Lang), más la “novela negra” forjada por Hammett y Chandler.
Ese lado tenebroso, en la novela hispanoamericana, aflora en los crímenes narrados por Onetti, Sábato, Donoso y, en cierto modo, Vargas Llosa (los bibliómanos, como los cadetes de “La ciudad y los perros”, forman un círculo). Basta apuntar algunos nexos con Donoso: la japonesa en “El lugar sin límites” y la clínica de órganos de “El obsceno pájaro de la noche”. Destaquemos que, en “Casa de campo”, Donoso aparece en la novela conversando con el modelo real de uno de sus personajes, abordando su opción creadora, que es también la de Onetti y Sábato, cada uno con su estilo único: un relato que refracta la realidad sociopolítica sin encadenarse al realismo literario, liberando fobias, pesadillas, traumas psiquiátricos, etc. En esa línea, “El anticuario” alude a la guerra sucia que aterrorizó al Perú en los años 80 y 90, porque su valor simbólico no reside “ni en sus referencias ni en su precisión, sino en su capacidad parabólica” (p. 146).

Resultados del concurso de poesía "10 poetas para el 2010" de Hipocampo Editores

CONCURSO DE POESÍA
10 POETAS PARA EL 2010
Hipocampo Editores tiene el honor de anunciar a los poetas ganadores del Concurso de Poesía “10 Poetas para el 2010”, que fuera lanzado el 12 de marzo del presente año (y anexos integrados a dichas bases el 26-05-2010) con motivo de décimoquinto aniversario del sello, para lo cual el Jurado Calificador, integrado por el PhD Carlos Manuel Gutiérrez (España), el PhD Alberto Calixto Prieto (España) y la Lic. Alicia Santos Velásquez, seleccionaron los siguientes:
1. Escombros de los días de Alejandro Susti González
2. Memoria del yo habitante de William Guillén Padilla
3. Naturaleza viva de Rosina Valcárcel Carnero
4. Roberts Pool Crepúsculos de Roger Santiváñez Vivanco
5. Sombrero de salamandra de Carlos Javier Sánchez Torres
6. Tramonto de Francisco Retamozo Luna
(por orden alfabético del título del libro)
Agradecemos a todos los escritores participantes a este concurso de poesía, así como al Jurado por su valiosa colaboración.
Y nuestra cálida bienvenida a los poetas seleccionados.
La Victoria, Lima, 26 de octubre de 2010.
Cordialmente
Teófilo Gutiérrez Jiménez
Editor
Alicia Santos Velásquez
Dirección Editorial

lunes, octubre 25, 2010

Imprescindibles: Gil de Biedma

No es novedad: la televisión española está hasta las patas.
Pero de cuando en cuando vemos una flor entre tanta espina de mal gusto. Esa flor la trae RTVE a través de la serie de documentales Imprescindibles.
Uno de estos documentales estuvo dedicado al gran poeta Jaime Gil de Biedma. Por ello, les pido que hagan clic aquí para que lo vean y, obviamente, disfruten.
Lamentablemente no puedo “embeber” el documental.

Memoria perfeccionada

En la siempre excelente revista El Malpensante, encuentro el excelente ensayo Memoria perfeccionada de Juan Gabriel Vásquez.
El hecho que Orhan Pamuk aparezca en la imagen del post, no quiere decir que el ensayo se centre exclusivamente en él.
Mientras posteo vuelvo a leer el texto de Vásquez. Y no me queda más que recomendar que lo graben, preciso para todos aquellos que escriben novelas.


En los emigrados, el extraordinario libro de W. G. Sebald sobre la distancia en el espacio pero también en el tiempo, hay un momento en que el narrador, decidido a averiguar una serie de cosas sobre el pasado de sus parientes expatriados, llega a una ciudadela para ancianos de Lakehurst, Nueva Jersey. Allí, en el curso de una tarde entera, escucha de boca de su tía Fini la narración de la vida y milagros del tío Ambros Adelwarth. Y, como en los libros de Sebald todo el mundo cuenta historias, la tía Fini nos cuenta lo que el tío Ambros le contaba a ella, anécdotas tan fantasiosas que ella nunca llegaba a creerlas por completo. “A veces”, nos dice, “me parecían tan improbables que supuse que el tío sufría del síndrome de Korsakov: como quizás sepas, dijo la tía Fini, se trata de una enfermedad que hace que las memorias perdidas sean reemplazadas por invenciones fantasiosas”.
El síndrome Korsakov. Para cualquier ser humano se trata de una dolencia terrible; para el novelista, en cambio, de una mera metáfora del oficio. Escribir novelas es el arte de convertir los recuerdos reales en recuerdos inventados; de reemplazar nuestra memoria privada, individual y limitada, por la particular manera de recordar que tiene la literatura, cuyo rasgo más extraño es el de formar parte de eso que llamamos inconsciente colectivo mientras nos provoca la ilusión de estar hablando de nuestra vida más íntima. “La memoria”, dice Sebald en otra parte, “es el espinazo moral de la literatura”. En buena medida, es cuando la literatura se dedica a recordar que resulta más incómoda, más subversiva y, por lo tanto, más fiel a su naturaleza. Recordar molesta; son molestos los memoriosos, los que nunca olvidan: no es necesario que un Estado se acomode a nuestra idea de totalitarismo para que dedique buena parte de su energía a moldear el recuerdo colectivo, a veces eliminando los testimonios, a veces eliminando a los testigos. Hace unos años Orhan Pamuk se atrevió a recordar, ante un periódico suizo, un cierto momento incómodo del pasado de su país –la masacre de un millón de armenios– y el gobierno lo acusó de “denigrar públicamente la identidad turca” y estuvo a punto de mandarlo a prisión. La presión ejercida por el PEN y las protestas públicas de varios intelectuales permitieron que todo el asunto tuviera un desenlace menos vergonzoso para el gobierno turco, pero a muchos nos quedó una inquietud en la cabeza: ¿qué mundo es éste donde la memoria es punible, donde el silencio sobre el pasado está protegido por el Código Penal? En El libro negro, la novela de Pamuk, un personaje pierde la memoria, y de él se dice que también pierde el pasado, “lo único que lo unía a su país”. Una vez le pregunté a Pamuk por esta obsesión con el pasado. “En Turquía”, me dijo él, “el pasado es problemático. La implementación de la identidad turca moderna es el acto de olvidar los horrores del pasado. Me interesa la Historia no porque sea simplemente romántica, sino porque aquí es algo vivo. Es una opción política”.
El problema, como bien lo sabe Pamuk y lo sabe todo novelista que trabaja con esta materia prima, es que la Historia tiene la curiosa característica de volverse inofensiva con el tiempo. La razón es sencilla: la Historia se compone de hechos colectivos, y el ser humano no está diseñado para simpatizar con las generalizaciones. Leer un ensayo historiográfico sobre las guerras napoleónicas es una cosa; leer La guerra y la paz, otra muy distinta. Los novelistas son incómodos porque devuelven al hecho público su carácter individual, íntimo y relativo. Después de que la experiencia individual se ha depurado, casi edulcorado, y se ha transformado en la historia que, a falta de mejor palabra, llamaremos objetiva, el novelista la vuelve a transformar en algo que le pasa a alguien. Es como volver a llenar un vaso de agua que se ha evaporado, donde el vaso es la historia y el agua la experiencia humana. Con el tiempo, la experiencia del individuo se evapora, dejando nada más que el hecho desnudo, su vertiente numérica o estadística, su descripción escueta y deshumanizada. El novelista vuelve a llenar la cifra con el destino particular, el sufrimiento particular, la victoria o la derrota particulares de un solo hombre. Y los lectores lo entendemos, ya no con una comprensión fría y distante, sino a través de la particular manera de comprender la realidad que tiene la novela: relativa, intuitiva, desprovista de verdades absolutas pero provista de una absoluta humanidad: la manera de la empatía. Dice Kundera en un libro reciente que en los años noventa, cuando toda Europa se escandalizaba con las masacres cometidas por los rusos en Chechenia, había unos pocos para quienes el verdadero escándalo no era la masacre, sino la repetición de la masacre. Eran los lectores de Hadji Murat, de Tolstói, que ya había contado, 150 años atrás, todo lo que ahora se leía en los periódicos. Estos lectores no habían vivido ese pasado, pero lo recordaban.
Tengo a veces la impresión de que el mundo se divide en dos: los que consideran que recordar es inútil y los que consideran que es peligroso. En esas aguas se mueve el novelista, y esto se debe, en buena parte, a que el pasado es un lugar que, al contrario de lo que suele darse por sentado, no está fijo. Decía Faulkner que el pasado no está muerto, que ni siquiera ha pasado. Se refiere a que las consecuencias de lo que hicimos nos perseguirán siempre, pero también a que el pasado es maleable, a que puede ser manipulado. Y entonces los novelistas se enfrentan a esta paradoja: son al mismo tiempo los principales transformadores de la memoria, en el sentido del síndrome Korsakov, y los guardianes de la memoria, en el sentido de ser quienes recuerdan lo que los demás, voluntariamente o no, ya han olvidado. Son al mismo tiempo fieles e infieles. Pero tienen autoridad: la autoridad de los padres, por ejemplo, que son los únicos capaces de decirle a un hijo si lo que recuerda es cierto o no. Si conservar nuestras memorias privadas es importante para los seres humanos, los padres, únicos testigos de nuestra primera vida, tienen un poder divino sobre nosotros; la literatura juega un papel similar en nuestras vidas como seres sociales, porque en ella muchas veces está la única prueba de los hechos que nos han transformado en lo que ahora vemos cuando nos miramos al espejo.
Y eso, claro, es inaceptable para mucha gente. Hace cinco años, Salman Rushdie habló de su novela Los versos satánicos y del interrogante que palpitaba debajo de su batalla, la de la novela pero también la de Rushdie: ¿quién tiene el poder sobre la historia? Historia, en esta frase, debe leerse como el relato de nuestras vidas, esa narración que construye nuestra identidad, con la que sabemos quiénes somos. Rushdie lo dice así:
¿Quién tiene el poder de contar las historias de nuestras vidas y de determinar no solo qué historias se pueden contar, sino también de qué forma se pueden contar, cómo se tienen que contar? Evidentemente hay historias en las que todos nosotros vivimos, la historia de la cultura y la lengua en las que vivimos, la Historia en la que vivimos y, de hecho, las estructuras éticas en las que vivimos, de las cuales una es la religión. ¿Quién debería tener poder sobre estas historias?
En realidad, la pregunta que está haciendo –la que navega por debajo de estas líneas, como un submarino– es otra: ¿deberíamos dejar ese poder en manos de esas entidades, el Estado, la Nación, la Iglesia? Por supuesto que uno ni siquiera tendría que ponerse frente a estos signos de interrogación si estas entidades no fueran grandes narradoras. Pero lo son: tienen a su disposición todas las armas del mejor novelista y algunas que el novelista no tiene. Cuando se vuelve claro que la Historia es una narración cuyo narrador es el Poder, y por lo tanto que el Poder tiene y tendrá siempre la aspiración de contar nuestra historia, el papel de la literatura cobra una importancia brutal: la literatura se vuelve el espacio donde cuestionamos esa narración monolítica, donde contamos la otra versión, nuestra versión. Y ese enfrentamiento, la lucha de nuestra versión contra la versión oficial, de nuestro relato contra el relato impuesto desde otra parte, o, simplemente, la lucha por el derecho a tener varias versiones en lugar de una sola, se libra, en buena medida, en el pasado: en lo que recordamos, cómo lo recordamos, cuándo lo recordamos y, por supuesto, si podemos o no recordarlo en total libertad y sin miedo ninguno. En su ensayo “La prevención de la literatura”, dice George Orwell: “Desde el punto de vista totalitario, la historia es algo que se crea, no que se aprende”. Y luego: “El totalitarismo exige, de hecho, la continua alteración del pasado”. El ensayo es de 1946; sería un grave error, además de una ingenuidad, creer que no es aplicable al tiempo que vivimos (por haber sido escrito en la inmediata postguerra) así como a los gobiernos que tenemos (por referirse a las dictaduras de antes y no a nuestras democracias de ahora). En 1984, la gran novela de Orwell, los documentos contrarios al régimen son lanzados por un conducto a un incinerador que los desaparece para siempre: es el célebre memory hole. El hueco de la memoria: como todo en el régimen del Gran Hermano, la denominación es astutamente lo contrario de lo que debería ser, pues ese conducto no lleva más que al olvido.
Contra ese olvido, contra esa creación impune de nuestra Historia común por parte de quienes tienen el poder para llevarla a cabo, contra esa alteración del pasado que nunca se da por satisfecha, se enfrenta y se ha enfrentado siempre la literatura. Simon Wiesenthal, citado por Primo Levi, recuerda las advertencias jactanciosas de los soldados de las SS:
De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno llegara a escapar, el mundo no le creería... La historia del Lager seremos nosotros quienes la escriban.
Al final, por supuesto, no fue así: no la escribieron ellos. “La historia de los Lager”, dice Primo Levi, “ha sido escrita casi exclusivamente por quienes, como yo, no han llegado hasta el fondo”. Cualquiera que haya leído Los hundidos y los salvados sabe que la frase de Levi está llena de melancolía, casi de culpa –la culpa del sobreviviente–: quienes sobrevivieron eran los prisioneros privilegiados, de manera que el horror profundo nunca podrá ser totalmente conocido, porque nadie ha sobrevivido para contarlo. Pero nosotros le debemos a Levi una gratitud eterna: en estos tiempos de negacionismos rampantes y amnesias voluntarias, sus páginas, y las de otros como él, son lo único que se interpone entre el pasado europeo –no: el pasado de Occidente– y su meticulosa obliteración, o más bien su recuerdo alterado, la imposición sobre nosotros de un relato mentiroso. Lo que quiero decir es que toda sociedad se construye sobre un entramado de relatos escogidos por alguien más, relatos cuyo objetivo es traer al proscenio algunos hechos mientras reduce otros hechos a la categoría de secreto, de mentira o de tabú; no es imposible que la tarea de la literatura sea apropiarse de esas ficciones que quieren pasar por verdades y confrontarlas con una verdad hecha de ficciones.
A la hora en que escribo esto ha muerto, a sus 103 años, Francisco Ayala. El diario que me da la noticia ha escogido, para encabezarla, una frase de entre las muchas que Ayala dijo o escribió.
“La vida es una invención”, dice, “y la literatura, memoria perfeccionada”.
Memoria perfeccionada: ¿pero quién la perfecciona, y cómo? Ustedes tendrán sus hipótesis. La mía es ésta: la perfecciona el contacto con la imaginación. Y no me refiero solo a la intervención de nuestra capacidad fabuladora, a esa particular manera de transformar el mundo que tenemos los novelistas, sino al grado de solidez o permanencia que adquieren los recuerdos –nuestra experiencia– cuando han quedado, por virtud del acto creativo del escritor, vaciados en el molde de un lenguaje poderoso. Esa permanencia, esa solidez, siguen siendo el baluarte de lo que entendemos cuando hablamos de humanidad. Somos el invento de quienes nos han narrado: somos la creación de Homero y del Bhagavad Gita, de Cervantes y Shakespeare y Omar Khayyam. Estos relatos nos susurran al oído quiénes somos. Estos relatos nos recuerdan dónde hemos resbalado. Estos relatos nos permiten reducir la distancia infranqueable y cruel que nos separa de lo que fuimos, y son por eso el único anuncio que tenemos de lo que podemos ser.

ALMA ALGA, de Karina Pacheco Medrano - Texto de presentación

En la noche del martes 28 de setiembre tuve el honor de presentar el libro de cuentos ALMA ALGA (Borrador Editores), de Karina Pacheco Medrano.
Este libro confirma una vez más el gran alcance narrativo de su autora. Tranquilamente puede estar ubicada entre las cinco plumas más destacadas que han aparecido en la década.
Pues bien, el texto que leí acaba de ser publicado en la web chilena Proyecto Patrimonio (Letras.s5.com). Vale decir que en la presentación, aparte de la autora, estuve acompañado en mesa por Alina Gadea y el editor Leonardo Dolores.


En estos dos últimos años he venido leyendo con atención la producción narrativa de las narradoras peruanas que han venido apareciendo durante la década. Al momento de leer estas líneas, no tengo la más mínima duda de que Karina Pacheco Medrano vendría a ser una de sus más altas representantes.
A lo mejor, el público asistente a los saraos literarios, como el de esta noche, piense que estamos en la presentación del primer libro de Karina. No es así.
Para los que aún no lo saben, Karina Pacheco es autora de tres novelas, publicadas a vertiginoso ritmo entre el 2006 y 2010. Tanto LA VOLUNTAD DEL MOLLE, NO OLVIDES NUESTROS NOMBRES y LA SANGRE, EL POLVO, LA NIEVE gozaron del justo saludo de la crítica. Y no suficiente con ello, vendrían a ser más que envidiables cartas de presentación para cualquier escritor.
Estos títulos son la muestra de la destreza y oficio literario de una narradora consagrada a la creación, que ve en la escritura un fin en sí misma, en una suerte de pulsión por justificarse ante la vida por medio de ella, “pequeño” e indefectiblemente gran detalle de los verdaderos buscadores y contadores de historias. Puesto que por sobre todas las cosas, tendríamos que definir literariamente a Karina como una genuina contadora de tramas, preocupada también por una sugerente elasticidad en cuanto a su estilo.
Bien lo declaró el eximio narrador norteamericano Tobias Wolff: “a los contadores de historias los conoces en los terrenos de las distancias cortas. Por ejemplo, en las carreras de los 100 metros planos, debes saber desplazarte en los adecuados límites, tener una estrategia y respetar sus leyes, de hacerlo así, lo puedes todo”.
Entonces, qué mejor muestra de la poética de Karina Pacheco, en cuanto a las distancias cortas, que ALGA ALMA (Borrador Editores, 2010), su primer libro de cuentos en el que la autora atomiza las virtudes leídas en sus tres novelas anteriores.
Cuando me preguntan qué es lo que busco en un libro de cuentos, o en su defecto qué es lo espero de estos, mi respuesta casi siempre ha sido la misma: que tengan el poder de cambiarme la perspectiva de la vida. Sabemos que los cuentos, por su cercanía a la poesía en relación a su estructura de relojería y síntesis de sensibilidad, obedecen a leyes tan estrictas, que el hecho de toparnos con un relato logrado en un cuentario no es más que la justificación de la publicación del mismo. Hoy en día se publican demasiados libros de cuentos, y es menester decirlo sin faltar a la verdad: muchos de estos se caen por débiles a la primera lectura. Este no es el caso de ALMA ALGA, que tranquilamente puede ufanarse de exhibir una estimable media de calidad en sus doce títulos, teniendo a cuatro de ellos en un nivel francamente superlativo, llamados a ser para la autora insignias, o sino a ser requeridos para cuanta antología que se respete como tal.
No es el lugar ni el momento para exponer las virtudes de cada uno de los relatos, sin embargo, quiero detenerme en dos de ellos, que bien podrían graficar lo que en líneas anteriores señalé sobre los límites de las distancias cortas y su síntesis de sensibilidad.
En el relato que titula el volumen, “Alma alga”, tenemos a la Karina novelista que lucha con una especie de torrente ventral por controlar el motivo del mismo. Si en estos momentos entre los presentes se encuentra algún narrador de novelas, sabrá bien a lo que me refiero al mencionar el torrente ventral, característica muy detectada en los que se solazan en las parcelas de las distancias largas. Este cuento, a mi parecer, es una novela encapsulada, que nos presenta una historia de amor y pasión, nutrida de los elementos míticos y de las utopías a alcanzar por medio del arte y la recreación. No es, en ningún sentido, una novela corta disfrazada de cuento. Es un cuento que no solo cumple con las difíciles leyes del género, sino también uno que exuda un poder de sugerencia que nos lleva a ser uno con la transparencia engañosa del agua, con el ardor de las rocas y la complicidad hacia quienes nos motivan abrazar una segunda oportunidad de vivir, sin importar los peligros paralelos y directos que conllevan acoplarse a la siempre gratificante, y no menos tanática, irracionalidad del amor. Indudablemente, se trata de un cuento que le debe muchísimo a la asesoría del tiempo, se tiene que haber vivido mucho, leído mucho y por ende escrito mucho para escribir un relato de esta magnitud.
El otro cuento es totalmente distinto al que acabo de señalar. Es uno que se place de una sensibilidad poética que me hizo recordar mucho a los versos de la poeta española Ana María Rossetti. Pueda que lleve un título engañoso, que nos haga pensar en alguna anécdota policial. “Crimen perfecto” es para mí un largo poema intencionadamente arropado con los recursos de la narrativa. En él nos topamos con una crónica sentimental en rojo, que se vale de un lirismo seco, casi parco, siendo este el único modo para la autora de presentarnos la historia de una frustración pasional, en donde los fines por lograr el amor se ven traicionados por lo que tanto el protagonista desea deshacerse. A medida que lo releo me veo en la obligación, literariamente moral, de destinar a “Crimen perfecto” entre los más destacado que pueda haberse escrito en el “cuento corto” en Perú.
Por otra parte, ahora que se habla hasta por los codos de las diferencias entre la literatura escrita por hombres y mujeres, sería pues de un error y horror mayúsculo intentar catalogar a la autora dentro de una desfasada vertiente feminista. Sé que podría sonar gratuita la referencia, pero si hay pocas cosas de las que puedo estar seguro es que cuando la literatura es de alta calidad, no importa nada quién sea el hacedor de turno, sea hombre o mujer. Felizmente, la verdadera literatura está muy pero muy por encima de esas taxonomías que poco o nada aportan al debate. Por ello, puede colegirse que el conjunto de cuentos de ALMA ALGA no solo es narrativa de verdad, sino también de un altísimo valor artístico, que no nos muestra a Karina Pacheco Medrano como una promesa a no perder la pista, sino que nos confirma a una narradora en completo dominio de su axiomático talento literario.
Muchas gracias.

viernes, octubre 22, 2010

Página 2 - Entrevista a Jean Echenoz sobre su nueva novela CORRER

La última curda

Recorriendo Moleskine Literario doy con el post El Bukowski boliviano.
En alguna oportunidad –seguramente en un bar- había escuchado del narrador boliviano Víctor Hugo Vizcarra. Las referencias sobre él eran, principalmente, sobre sus excesos nocturnos y su natural inclinación al abandono. Cuando preguntaba por algún libro suyo, mis interlocutores ponían cara de circunstancias. Y creo que eso se debía a que la imagen y leyenda de Vizcarra terminaba aplastando su faceta de escritor.
Para que tengamos una idea de su obra, leamos pues La última curda, texto de Nicolás G. Recoaro, publicado en Radar Libros, a razón de la publicación en Argentina de BORRACHO ESTABA PERO NO ME ACUERDO.


Muerto en 2006 de una fulminante cirrosis, Víctor Hugo Viscarra es uno de los secretos mejor guardados y aún resistidos de la literatura boliviana. Ahora se publica por primera vez en la Argentina Borracho estaba, pero me acuerdo, obra de culto aparecida originalmente en 2002. Crónica, memorias y cuentos, sus descarnados relatos cruzan la autobiografía con la cartografía marginal de los habitantes del submundo boliviano.
“Soy antropólogo: soy experto en antros”, decía Víctor Hugo Viscarra para presentarse como relator del submundo boliviano. Viscarra escribió sobre lo que conocía: el laberinto de las calles, las cantinas de mala muerte, la cárcel, el alcohol barato, la delincuencia, la adicción al pegamento y la marginalidad. Borracho estaba, pero me acuerdo –su tercer libro de relatos ahora publicado por primera vez en la Argentina– recrea la vida de un hombre que pasó más de tres décadas viviendo a la deriva entre las ciudades de La Paz y Cochabamba. A mitad de camino entre la crónica, las memorias y el cuento corto, los cincuenta relatos reunidos en el volumen pintan un feroz fresco del bajo fondo andino. “Jamás podrán decir que Viscarra escribía sobre lo que no sabía, como ocurre con varios escritores borders de moda”, explica la escritora Virginia Ayllón, desde las alturas paceñas. Esas calles donde Viscarra no tenía nada que perder, donde caminar la noche con un escuálido abrigo y su botellita con alcohol puro a la espera de los salvadores rayos del alba fueron construyendo su universo. Delincuentes de prontuarios flacos que penan en granjas de rehabilitación; humildes emigrados del campo que subsisten a los tumbos cargando sus penas en los mercados populares; lustrabotas que vuelan entre vahos de thinner; viejos proxenetas venidos a menos; expertos en cuentos del tío y otras sableadas; voluptuosas cholitas dedicadas al strip-tease. Se puede pensar que la de Viscarra es una literatura menor que asume una doble marginalidad: desde lo que dice –sus personajes, sus escenarios– hasta cómo lo dice. Voces quechuas, aymaras, campesinas, lúmpenes y siempre explotadas. Sus memorias tejen, en primera persona, la política marginal de las urbes andinas.
Viscarra nació en 1958. Su madre era pobre, su padrastro era pobre, todo el mundo –salvo dos o tres familias dueñas de las minas de estaño– era pobre en la Bolivia de aquellos años. “Puedo decir que a los doce años me sumergía de cabeza en la noche. En sus oscuras entrañas aprendí cosas, buenas y malas. La noche de La Paz es un laberinto que, al no tener principio, tampoco tiene fin, y uno puede perderse para siempre”, escribe Viscarra en “Frío en el alma”, uno de los relatos de Borracho estaba... Desde aquella noche iniciática, las leyendas urbanas sobre las derivas del “Bukowski andino” lo transformaron en un auténtico mito dentro de las letras bolivianas: efímeros pasos por redacciones, algunas changas como escritor fantasma y otras fugaces intervenciones menores en diversos oficios terrestres con la omnipresente sombra del alcohol a cuestas. Su primer libro, que lo rescató del anonimato, fue Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), un soberbio documento recopilatorio del lunfardo y el argot carcelario, que la policía nacional boliviana publicó sin siquiera mencionar al cronista. Luego de aquel primer mal trago llegaron Relatos de Víctor Hugo; Alcoholatum y otros drinks; Avisos Necrológicos y Ch’aqui fulero, que se han convertido en auténticos best sellers de la piratería librera boliviana.
Desde los callejones paceños y cochabambinos, Viscarra supo transformarse en la punta de lanza del grupo de narradores que comenzaron a gestar sus proyectos literarios algunas décadas después de que el cimbronazo político y social de la Revolución del ’52 haya quedado empantanado en reformismos tibios. Pero no tan alejados de la dura herencia de los gobiernos militares y los años dulces de la cocaína y el neoliberalismo. Los relatos de otros escritores paceños, como la extensa obra del maldito Jaime Sáenz, los cuentos de Adolfo Cárdenas, Wilmer Urrelo y William Camacho encuentran fuerte sintonía con la obra de Viscarra. Relatos urbanos, textos con un manejo erudito del argot callejero y sus códigos; historias autobiográficas donde el humor ácido y la ironía se beben de un saque. Cuentan que en varios de sus relatos, Viscarra vaticinó su muerte antes de llegar a los cincuenta años (“Nacionalizo una pistola y me pego un tiro”). El tiro del final se lo dio una cirrosis fulminante, que se lo llevó en mayo de 2006.
En su libro, Viscarra traza una cartografía marginal sobre mercados negros, comedores populares, basurales, puteros, comisarías, bares, cabarets y barriadas. Viscarra sobrevivía merodeando una ciudad de La Paz semiclandestina; la de antros fantasmagóricos como La Casa Blanca, La Curvita, Las Cadenas (con sus vasos y ceniceros encadenados a las mesas), El Pezón de la Mariposa, El Averno (con sus paredes decoradas con imágenes de La Divina Comedia), El Abismo y El Volcán; cuevas donde los tragos servidos en latas oxidadas cuestan centavos y la regla es amanecer muerto o, con suerte, desnudo. Con su especial manera de narrar su resistencia, Viscarra también luchaba por ser un extranjero en su propia lengua y construir un espacio al margen del canon literario boliviano que lo condenó a un frío ostracismo. En la última entrevista que dio, pocos meses antes de su muerte, Viscarra decía: “El mío es un trabajo contraliterario. Hay muchos que se sienten ofendidos con mi literatura. Con mi libro Borracho estaba, pero me acuerdo he tenido tres juicios por difamación. Pero como no tengo un lugar fijo donde vivir, no pasó nada. Además, todos los que me homenajean son unos hipócritas que viven en la porquería. El Apocalipsis dice que vendrá el Juicio Final y habrá gente que se irá al infierno por sus actos, pero yo digo: me da igual, porque he vivido toda mi vida en un infierno”.