lunes, febrero 28, 2011

La aventura de un tasador de cuadros en Madrid

Hace unos días estuve revisando libros en La casa verde y El Virrey y vi la novela ganadora del Premio Planeta 2010, RIÑA DE GATOS, del narrador español Eduardo Mendoza.
Sobre esta publicación, Rodrigo Fresán se deshace en elogios en Radar Libros.
Ahora, no me sorprende el entusiasmo de Fresán. Mendoza es un escritor de primera línea.

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Notas sueltas para una futura reseña sobre la nueva novela de Eduardo Mendoza.
Nota 1: Voy a Madrid por trabajo, por el día. Me llevo para el viaje de ida y vuelta desde y a Barcelona la flamante novela de Eduardo Mendoza: Riña de gatos. Madrid 1936, ganadora del último Premio Planeta y (para cuando escribo estas líneas) best-seller indiscutido y huésped de varias listas de esas que se hacen a fin de año.
Nota 2: Y el comienzo (todos los comienzos de todas las novelas de Mendoza lo son) no puede ser mejor pero, en esta ocasión, con un valor añadido para mí, sentado en un vagón: la novela arranca con un magistral capítulo que transcurre en un tren rumbo a Madrid. En ese tren viaja el inglés Anthony Whitelands, tasador de cuadros que viaja (y huye) desde Londres para calibrar la pinacoteca de un aristócrata de Madrid. Y Whitelands es uno de esos típicos Homo-Mendoza. Es decir: le pasan cosas todo el tiempo, se mete en problemas y su rumbo y destino parecen siempre decididos no por él sino por cualquiera que se cruce en su camino.
Nota 3: Y, sí, una vez más, para mí, la relación estrechísima entre Mendoza y Bioy Casares a la hora de plantar a sus héroes. Tipos siempre sacudidos por el viento de mujeres más o menos fatales (clase alta, clase baja, no importa; siempre como envueltos en un perfume de seres ligeramente extraterrestres), por la incesante repetición de situaciones con mínimas variaciones (los encuentros con el policía Marañón y el hospitalario compulsivo Higinio), por la fiesta de nombres y apellidos en lo que hace al elenco de personajes secundarios, por el incesante sonido de puertas que se abren y se cierran (por lo general en recintos a oscuras), por la gracia y la elegancia de una prosa que no deja de narrar cuando piensa y no deja de pensar cuando narra. ¿A cuál de las novelas de Bioy Casares es la que más y mejor me recuerda la de Mendoza? Fácil: a la magnífica y muy poco valorada salvo por algunos (Javier Cercas y yo, entre otros) La aventura de un fotógrafo en La Plata. Pero también me había recordado a Bioy ese título en otra novela de Mendoza –la muy poco valorada y magnífica La isla inaudita– que, como Riña de gatos, otra novela de hombre trasplantado a un sitio que no conoce y que –error– enseguida cree conocer. Ese Homo-Mendoza –ese Homo-Bioy– que arriba a X para poder transformarse, superada o no la aventura, en el hombre que se va.
Nota 4: Mendoza, además, me recuerda mucho pero mucho a Bioy. Ese mismo aire de dandy entre inocente y malicioso. Esa sonrisa de Giocondo en las reuniones y esa voz suave que –en esas encuestas a las que suele someter a los escritores en plan y-usted-por-qué-escribe, ¿eh?– le hace responder, con la más soberbia de las humildades, cosas como la que sigue: “Sinceramente, no lo sé. Nunca me lo he preguntado, ni al principio, que fue espontáneo, ni a lo largo de todos estos años. Hacerlo a estas alturas no creo que tenga interés, ni para mí ni para nadie”.
Nota 5: La graciosa formalidad en las ficciones de Mendoza. Su polaridad bicéfala: los goyescos personajes de Mendoza dicen cosas muy divertidas (a menudo brutales) pero siempre dentro de un marco (nunca mejor dicho) de flemático laconismo y, otra vez, el Factor Bioy. Varios críticos han dicho extrañar en Riña de gatos la “seriedad” de los Savolta o del ciudadano prodigioso Onofre Bouvila. Juro que no entiendo qué quieren decir.
Nota 6: La mirada del extranjero a lo extranjero. Ese es el verdadero tema de Riña de gatos y es el tema, en realidad, de toda la obra de Mendoza: extraterrestres, locos sabios y detectivescos, enamorados seriales, magnates hechos a sí mismos, antiguos romanos, militares indisciplinados, políticos amateurs e intrigantes profesionales... Todos son –cada uno a su manera– extranjeros, extraños y, ya lo apunté, aliens. Visitantes incómodos que incomodan a los locales. A ellos se suma ahora el ya mencionado Whitelands, tasador de cuadros, especialista en Velázquez e increíblemente eficiente cuando se trata de meterse en problemas sin salida. En un momento muy logrado de Riña de gatos, Whitelands acude a El Prado. Pero el verdadero museo de Riña de Gatos se llama Madrid. Y Whitelands camina y corre y se arrastra por sus callejones y avenidas sabiendo que falta poco para la hora de cerrar y que es muy posible que se quede ahí dentro para siempre.
Nota 7: Y Riña de gatos es, sí, una novela histórica. Pero es, también, una novela histérica. En el mejor sentido del término inglés, donde lo patológico limita con lo desopilante taconeando sobre el tablado del todo es posible.
Nota 8: Leer Riña de gatos junto a otros dos de los títulos hot de la temporada y, también, históricos: El cementerio de Praga de Umberto Eco y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. Y la sensación de que Eco y Vargas Llosa viajan al pasado con muchas maletas que desbordan de documentación; mientras que Mendoza –como E. L. Doctorow, como T. C. Boyle– opta por una estrategia diferente, tal vez opuesta: traer hasta aquí al pasado, a todo el pasado, sin ningún equipaje porque no hace falta. En resumen: la Historia al servicio de la historia y no la historia al servicio de la Historia.
Nota 9: Nota y párrafo aparte merece aquí el tratamiento y la evocación que Mendoza hace del Madrid de 1936. Con pocas y justas palabras (me lo imagino a Mendoza devorando fotos hasta sabérsela de memoria y luego describirlas con apenas un par de pinceladas, las pinceladas justas) se las arregla para llevarnos allí, para traerla aquí. Y un comentario muy personal: siempre sostuve que las dos cosas más difíciles de narrar verosímilmente son el calor del acto sexual y el frío en el cuerpo cuando se camina por una ciudad. En Riña de gatos, Mendoza da en la diana en de ambos desafíos y dificultades.
Nota 10: La pasmosa sabiduría novelesca de Mendoza. En cada capítulo de Riña de gatos sucede algo que conecta con algo sucedido en el capítulo anterior y lleva a otro algo que sucederá en el siguiente capítulo. Parece algo fácil, pero no lo es.
Nota 11: Y quien firma esta nota es un extranjero que, lo siento, no piensa que la Guerra Civil (y su pre y su post) sea un yacimiento literario que se puede explotar por toda la eternidad. Lo mismo piensa –que conste en acta– de la última dictadura militar argentina y de los desaparecidos como tema recurrente y siempre cómodo y funcional y hasta atractivo para editores y críticos y lectores allende los mares. Pero lo que hace Mendoza al narrar el encendido de los motores de la Guerra Civil es algo diferente: lo convierte en una suerte de vaudeville loco y de policial disparatado apto para toda nacionalidad e intereses. Y lo presenta como el charco de aguas estancadas donde poco y nada cuesta anticipar la podredumbre de la España presente y del todos contra todos por el solo placer malsano y reflejo automático de dar caña alegremente y olé. Poco y nada yo sabía hasta leer Riña de gatos de José Antonio, Raimundo Fernández Cuesta, Sánchez Mazas y tantos otros. Después de Riña de gatos siento que no necesito saber nada más. Lo que, por supuesto, no es correcto ni cierto. Pero es mérito del talento de Mendoza hacerme sentir así.
Nota 12: ¿Versión fílmica de Riña de gatos? Propongo a un team sobrenatural e imposible: adaptación de Azcona, ruido de Berlanga y dirección de los hermanos Coen estilo El gran Lebowski y Muerte entre las flores. Y con la ya irrecuperable juventud de Hugh Grant o Colin Firth para darle cuerpo y voz a Whitelands.
Nota 13: Apunte para todos aquellos que se rasgan las vestiduras mientras aúllan cosas del tipo “¡¡¡Mendoza se vendió al Planeta!!!”. Craso error: fue el Planeta el que se rindió a Mendoza y, en realidad, Riña de gatos no deja de ser un regalo precioso pero envenenado para organizadores y jurado del galardón 2011. ¿Con quién van a seguir después de Mendoza? Sugerencia: declarar el premio de este año desierto. O dárselo por segunda vez a una edición de luxe con fotografías y nuevo prólogo de Riña de gatos, esta vez publicada como La muerte de Acteón. Se lo merecería. Se lo merece.
Nota 14: Comencé Riña de gatos en el tren de ida y la terminé en el tren de vuelta, entrando en la ciudad de los prodigios mientras leía esas últimas palabras de la novela que son “pero se hace tarde y no podemos perder ese tren por nada del mundo”. Cambiar la palabra tren por novela y se obtendrá lo que en realidad quiero decir con esta reseña. Así que descartar todo lo anterior y quedarse con lo que sigue: no pueden perderse esta novela por nada del mundo. Y de acuerdo: no será una reseña bonita, pero es la que más se aproxima a la verdad.
Buen viaje.

Robo en la Biblioteca Nacional del Perú

Definitivamente, el robo de libros de la Biblioteca Nacional es la noticia cultural más comentada de los últimos días. Por la web de dicha entidad nos enteramos que esta cierra su atención al público por 90 días, a razón de un exhaustivo inventario e investigar la desaparición de varios cientos de libros antiguos.
Todos aquellos que hacemos uso de sus instalaciones -este blogger asiste a su hemeroteca cuatro veces por semana- conocemos de las fuertes medidas de seguridad a la que somos sometidos, algunos hasta tenemos un número fijo en la página de datos -que tiene que llenar toda persona que ingresa-, cosa que así nos ahorramos el tiempo de consignar, entre otras cosas, el número de serie de la portátil.
Para los mismos investigadores nos es complicado hacer uso de material bibliográfico de siglos pasados. No es que apuntes el código del libro y te lo dan al toque. Quien diga que es así, es que solo se acerca a la bliblioteca a gestionar el ISBN.
Por ello, y porque no quiero extenderme más, no hay que ser un genio para saber que los responsables de este hecho execrable están en la misma BNP.

Martes 1: Recital de poesía en La Noche

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Dashiell Hammett sigue publicando inéditos

Recomiendo la nota de Alejandra Hernández que leí hace un par de días en El Universal.
Los amantes de la novela negra tenemos en realidad mucho por celebrar.

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Al padre de la novela negra le siguen apareciendo hijos. A 50 años de su muerte, Dashiell Hammett (1894-1961), el escritor estadounidense que revolucionó la forma de escribir y concebir la novela criminal, continúa dando sorpresas. Hace algunas semanas la prensa británica reportó que fueron encontrados 15 relatos inéditos de su autoría entre los archivos del Centro Harry Ransom de la Universidad de Texas.


Pese a que el hallazgo -que fue dado a conocer por el diario británico The Guardian a principios de febrero- causó revuelo y emoción entre los círculos académicos y literarios de Estados Unidos e Inglaterra, para la prensa iberoamericana pasó casi inadvertido.
El responsable de este importante descubrimiento fue Andrew Gulli, editor de la revista The Strand, en la cual se publicará “So I shot him”, una de las historias hasta ahora desconocidas del padre de la novela negra.
La publicación de este relato recuerda el inicio de la carrera literaria de Dashiell Hammet, que comenzó hace más de 80 años en otra revista estadounidense: Blak Mask.
En los relatos publicados por Blak Mask, editada por Joseph Shaw, Hammett dio vida a uno de sus más recordados personajes: el Agente de la Continental, ese detective sin nombre, incapaz de sucumbir a tentaciones emocionales o sexuales con tal de combatir a los seres que habitaban el mundo creado por Hammett -muy parecido en lo corrupto y siniestro al real.
Es precisamente de los bajos fondos de donde Hammet toma los elementos que, con una maestría inigualable -que ha servido de inspiración para muchos escritores- trasladó a sus novelas.
Y es que detrás de la creación de personajes en los que una expresión amable o una personalidad encantadora pueden esconder al ser más ruin y nocivo -a un corrupto o criminal, por ejemplo- se encuentra su propia experiencia detectivesca.
Detrás de las descripciones de espacios y ambientes -propios de la época de Gran Depresión derivada de la crisis económica del 29- o de la vitalidad de los diálogos que conforman las novelas de Hammett, está su labor como investigador de la Agencia de Detectives Pinkerton de Baltimore, que desempeñó antes de alistarse, durante la Primera Guerra Mundial, en el cuerpo de ambulancias y transportes del American Field Service con cuertel en Francia.
El incipiente pero potencial escritor regresaría enfermo de tuberculosis de la guerra, pero eso no le impediría regresar a la Pinkerton.
Pero su regreso al entorno que permitía conocer los bajos fondos de los Estados Unidos de entonces duraría sólo un año, pues comenzaría a escribir sus relatos para Black Mask.
A éstos le seguirían obras más extensas, como las novelas Cosecha Roja (1929) -incluida por Time en la lista de las 100 mejores novelas escritas en inglés-, La maldición de los Dain (1929), El halcón maltés (1930) -llevada al cine en 1941 por John Huston y protagonizada por Humphrey en el papel del detective privado Sam Spade-, La llave de cristal (1931), El hombre delgado (1934) y ahora estos relatos inéditos encontrados por el editor de The Strand, Andrew Gulli, quien desconoce la fecha en la que fueron escritos y la razón por la que se encontraban en el archivo de Texas.
“Hay algunas muy, muy buenas piezas de ficción. Algunas corresponden al estilo clásico de Hammett y otras son muy diferentes”, reveló Andrew Gulli al diario británico The Guardian.
La historia que presentará en unos días The Strand es un relato detectivesco del estilo Hammett. En “So I shot him” los personajes dialogan en una terrible tarde junto a un lago.

“Después de leerlo, el lector se preguntará lo que significa exactamente y querrá volver atrás y leerlo de nuevo”, asegura el editor, quien anuncia su intención de publicar la colección completa en un nuevo libro, con el cual el autor del celebre Halcón maltés regresaría con material inédito al panorama literario internacional.
Importancia del hallazgo
El hallazgo resulta de gran importancia tanto para la Universidad de Texas, para The Strand, para los círculos académicos y literarios del mundo e, indiscutiblemente, para los asiduos lectores de Dashiell Hammett.
El descubrimiento también es trascendente para el Centro Harry Ransom, que alberga importantes tesoros literarios, entre los que destaca el archivo personal de David Foster Wallace y, desde ahora, los relatos inéditos del escritor. Además, este descubrimiento se suma a otros importantes hallazgos realizados por The Strand, responsable de publicaciones inéditas de escritores como Graham Greene, Mark Twain y Agatha Christie.
La noticia sobre Hammett también ha despertado el interés de los expertos en novela negra y de los escritores que disfrutan de la lectura de este autor, pues tendrán la oportunidad de estudiar y conocer material nuevo del creador del famoso detective Sam Spade.
La opinión de los expertos
El especialista en letras inglesas y académico de la UNAM, Federico Patán, comenta en entrevista que la importancia de las historias creadas por DashiellHammett radica en el giro que le dio a la literatura policiaca.
“Antes de que él empezara a publicar, la novela policiaca se había ido por el lado de la novela de enigma, la de Agatha Christie, por ejemplo. En cambio, en sus relatos y novelas, él utilizaba el descubrimiento de un asesino para hacer un retrato crítico de la sociedad de su tiempo”, explica Patán.
Respecto al valor del hallazgo, el académico de la Universidad Nacional indica que éste tiene distintos tipos de importancia. La primera radica en “el simple hecho de que son textos de Dashiell Hammet. Aunque sean malos sirven para redondear su imagen, su figura de escritor. Si los relatos son entre medianos y buenos o muy buenos es excelente porque entonces se agrega una buena narrativa a la que ya tenemos en el campo de lo policiaco. De tal manera que sí es pertinente que se publiquen”, dice el maestro universitario
“En Estados Unidos se publicó un volumen de cuentos de Hammett y no todos eran buenos, pero los editores consideraron que era importante que se conocieran”, comenta Patán.
Los otros tipos de importancia de los que habla Federico Patán tienen que ver con el enriquecimiento histórico de la literatura policiaca que aportan estos relatos inéditos y con el placer estético de su lectura.
Por su parte, el narrador Élmer Mendoza también expresa su “felicidad” por el hallazgo de estos relatos de los que ya está a la espera. Mendoza no sólo es un entusiasta del género negro como lector sino también como escritor.
El autor de Un asesino solitario habla de la aportación del escritor estadounidense a la literatura, “sobre todo en el establecimiento de la forma de escribir novela negra y en la creación de emociones en las tramas”.
Aunque el escritor sinaloense revela que su novela favorita de Dashiell Hammett es El halcón maltés, debido “la belleza de sus protagonistas, el poder y armado de la trama, la creación de pistas falsas y la recreación de una época en la que se plantea el contrabando de alcohol cuando estaba prohibida su venta”, destaca que se deben leer todas las novelas de Hammett.
“Aún son vigentes a pesar deque tienen más de 80 años. Todavía hay sorpresas para los lectores que no se han acercado a su obra”, dice Mendoza y añade: “Hammett es un escritor que estableció un sistema de escritura”.
En Estados Unidos, Tom Nolan, crítico de The Wall Street Journal, comentó a The Guardian que “nunca tendremos suficiente de Hammett. Esta noticia es muy excitante. Tenemos la posibilidad de estudiar y comprender historias que nunca antes se habían publicado”.
“Hammett es tan relevante como otros escritores contemporáneos americanos como lo es Ernest Hemmingway o John O´Hara”, agregó Nolan.
Un trágico desenlace
La vida de Dashiell Hammett pudo ser tan intensa y desoladora como la de cualquiera de sus personajes.
Ese hombre nacido en Maryland (norte de Estados Unidos), que abandonó sus estudios en el Politécnico y que fue vendedor de periódicos, además de trabajador de ferrocarril y cargador, tuvo un desenlace muy triste o, por lo menos, no grato, como el de varias de sus novelas.
Activista político afín a causas de la izquierda en una época en la que el comunismo era visto como la más seria amenaza para la democracia estadounidense -sobre todo en la cacería de brujas encabezada por el senador Joseph McCarthy-, sus ideales lo llevaron a estar en la lista negra del Congreso.
Después de que en 1934 dejara de escribir novelas, Hammett dedicó la mayor parte de su tiempo a causas políticas. Fue miembro, incluso, del Partido Comunista Americano.
Posteriormente, una larga afición a la bebida y al tabaco, aunada a su tuberculosis, terminaron por causar estragos en su persona. El padre de la novela negra murió en un reclutamiento virtual en un hospital de Nueva York el 10 de enero de 1961.


Señalamiento de lo imposible

A continuación, el excelente texto del narrador Alexis Iparraguirre, leído en el marco del Congreso Nacional de Excritores de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Peruana, llevado a cabo el último fin de semana en la Casa de la Literatura Peruana.

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Lo imposible es asunto antiguo en la literatura. Acaso la religión aún reciente el despojo de este conjuro primigenio y visiblemente suyo. Así, los hombres han tenido alas desde Caldea y Yavé es un asaltante que camina por el Sinaí y hostiga a los judíos con sus demandas de brujo egocéntrico: ámenme solo a mí, únicamente a mí, y entonces entendemos las exigencias seniles del rey Lear a sus hijas en el drama de Shakespeare; la literatura y la religión se conocen de cerca y saben los efectos de lo imposible y lo inusitado en los simples mortales.
Pero la religión, como los hombres que huían de la nocturnidad para que el lobo no los devore en la noche de los tiempos, sabía, que lo imposible pertenecía al orden de la vida real para bien o para mal. El profeta abre los ojos en una costa desconocida, y observa navegar a Leviatán, el de las mis varas, permutación de la forma demoniaca. El demonio es un ángel caído cuyo encuentro estremece, pero que se entiende tanto como encontrarse con Yavé en el desierto, o con el depredador en el bosque. Frente a ello, la literatura afirma su linaje seglar y herético introduciendo a la verdad de los hechos la variedad del matiz. Un lobo puede hablar y disfrazarse de abuela; un lobo puede ser el sirviente de un hombre oscuro en una calle oscura que encuentra en el perfil del cuello macilento de una dama el camino de la sangre pero también el de un lecho para el despliegue de sus deseos; un vampiro, a veces, no ha clavado su espada contra una cruz sino que halla su camino entre los laberintos inciertos de la evolución para fundamentar una nueva y acaso inhumana humanidad. Pero la literatura no supone que sus maravillas integren el tejido de lo real. La literatura vive porque supone un mundo real que ha desterrado de sí, entre otras muchas experiencias probables, lo imposible. Nuestro mundo , a diferencia del de los pueblos del desierto, simplemente desaparece lo imprevisible de lo efectivamente sensible: el hombre alado caminando entre nosotros, la zarza ardiendo que no incendia, los carros de fuego que convierten a los profetas en otros dioses.
La modernidad llama a todo eso inventos inciertos, fastos necesarios de la imaginación cuyo cultivo concentrado en las artes y en el entretenimiento podía revertir en la libertad del espíritu o en su adecuada distención; a lo sumo, prefiguraciones fantasiosas que modelaban a los niños y a los jóvenes para afrontar los verdaderos acontecimientos serios de la vida adulta. Como toda visión racional, la modernidad pretendió, sin incidía, reducir la suma de los hechos a unos cuantos axiomas. No es de extrañar que quienes desprecian la religión por supersticiosa desprecian el trato con lo imposible pensando que enfrentan el mismo tipo de engaño. No lo es: la religión es una manera de procesar lo imposible; la modernidad es un método para negarlo. En ella, la literatura sobre lo imposible es un huerto cerrado, poblado por las formas públicamente risibles de lo inadmisible: los ovnis, lo paranormal, la ciencia de los psicópatas, los abracabadras para subnormales.
A veces, es cierto. No toda literatura sobre lo imposible es un inquietante encuentro con la verdad sobre el error metodológico de la existencia moderna: a saber, que el mundo es el drama del hombre y únicamente de lo que conoce. Pero ello no la hace inútil ni mucho menos: la literatura sobre lo conocido persistentemente urde, como las arañas, finísimas o inesperadas distinciones, cuanto más sensibles más asombrosas, sobre lo que sabemos cuando nos miramos al espejo. Así, existe alguien llamado Marcel que puede no encontrarse a sí mismo porque su madre no le dio el beso de buenas noches; nos exaspera un estudiante de los jesuitas en Dublín que requiere a un padre ausente del modo en que solo sucede en la Odisea o en Hamlet. Del mismo modo, entendemos que los elfos, enanos y guerreros de los hombres son heraldos de los bosques en retirada contra el maquinismo inhumano de los hechiceros negros y del Ojo, que también son alemanes fanatizados y la Esvástica; sabemos que algunos vampiros son solo adolescentes que sienten miedo y ardor por la pequeña muerte que es el sexo. Esa literatura es intensa o emocionante o es la conmoción para ese lado del corazón que trafica, pero no con sueños, que está intacto, ajeno a la desilusión o al deseo. Pero de esa literatura no me interesa hablar hoy.
Me interesa la que convoca lo imposible y no lo puede domar como los médicos a la mala salud. Ofrezco un ejemplo: dos magos pelean; hoy no me interesa confirmar que vence el más noble. Hoy me interesa saber si alguno duda de que es mago porque sueña con ovejas negras (tal vez con ovejas eléctricas), o con que los magos no existen. O con que los magos que sueñan no pelean porque se los dice el niño con fierros que cruza incidentalmente la calle a las seis de la tarde. O el niño cruza la calle al mediodía y, solo para él, las niñas son magas mutiladas por una pelea inconclusa, lo que se comprueba cuando, venturosamente, les renacen de las clavículas ínfimas las alas de ángel.
Confieso que una vez supe que se podía hablar con los muertos. No con médiums. Con máquinas en tanatorios. Las mujeres no dejaban de estar casadas con los difuntos, que encerrados en sarcófagos de cristal, les seguían diciendo el presupuesto del diario a sus cónyuges desde el otro mundo. Ese es el universo de Ubik, una novela de Phil K. Dick. En ella, no me extraña que la tecnología consiga que la electricidad de los cerebros de los hombres sigan generando pensamientos después de que sus corazones se aquietan o sus cuerpos se despedazan en accidentes cósmicos. Más bien, me parece un imposible en estado puro el impreciso sitio de la muerte que consigue Dick. Parece un umbral reducido por las máquinas a lo controlable y predecible, pero es el pozo que contiene a las máquinas, a los personajes, al lector, y comprobamos nuestro engaño y nuestra ignorancia porque ella depreda invisible y meticulosamente cualquier explicación sobre cualquier asunto en “Ubik”. “Ubik” es una novela sobre el control tecnológico de la muerte, una operación de compra y venta para parientes melancólicos. Pero Dick enuncia la muerte de los semivivos sin explicarla, como los lobos en la noche o los hombres alados en el desierto de los judíos. Pero, más aún, la hace evidente a los sentidos, aunque sigue siendo un trasmundo imposible para la comprensión de los hombres y nunca deja de serlo, incluso para Dick mismo. No es el drama de velorio o del hospital de los tiempos modernos, donde morir es algo que siempre le pasa a otros, los que son adecuadamente, civilizadamente, limpiados, vestidos y empaquetados para que la familia extensa se vista de duelo el fin de semana. En “Ubik”, la muerte es algo que nos pasa a nosotros constantemente y nos está devorando siempre y metódicamente. Y solo se puede decir que es “algo” porque, como todo lo real imposible, no tenemos (nunca tendremos) formas de hacerlo nuestro. Nuestros ancestros se protegían de ello haciendo el gesto contra el mal de ojo, o la señal de la cruz.
Nosotros los emulamos cerrando buenos libros y pensamos en ellos horas, días, quizás toda la vida. Pero nuestros ancestros sabían que eso estaba ahí, esperando. Por eso me interesa una literatura que procese lo imposible real, porque no existe nada parecido en nuestro mundo para enfrentar los zarpazos que provienen de ese espacio, a menos que se acepten los tristes consuelos de la religión. Desde luego, también porque lo imposible irreductible es un detonante de los delirios de la imaginación, placeres difíciles que son cada vez menos incitados porque se nos ofrecen como inútiles frente a una imagen inalterable del mundo común: cada mañana la misma ciudad, el mismo cielo, la misma cosas en el sitio de siempre.
Me gusta escribir sobre hechos imposibles irreductibles porque tengo la esperanza de poder evocarlos de la forma en que las gitanas leen el futuro, mirándolos en la ansiedad y en ilusión del curioso cuya mano sostienen. Compruebo que no soy buen fisionomista. He escrito un libro cuya contratapa copio: “Siete relatos protagonizados por niños genios, por adolescentes hipnotizados por la droga menos, ancianos agitados por la locura, detectives acorralados por un asesino, y un enigmático francotirador se sitúan en un barrio de pesadillas, condenado a ser devastado por huracanes apocalípticos”. Desde luego, tengo el anhelo que eso sean solo márgenes, la invocación de un hechicero loco que pide a los lectores que lo amen, como otro que persigue a gritos a un pueblo en un desierto. Lo imposible está en el centro de las historias a las que esa contratapa presta boca, como una máquina ingenua que quiere extraer voces al hocico de la muerte.

sábado, febrero 26, 2011

viernes, febrero 25, 2011

La ópera de los fantasmas, el blog dedicado a Jorge Salazar

No tuve la oportunidad de conocer personalmente a Jorge Salazar. Pero sí me he topado con sus libros más de una vez.
Gran narrador y excelente cronista.
Los que lo conocieron aseguran que no solo fue un eximio cocinero, sino también un mujeriego arrollador. Pero lo más importante: una buena persona.
JS, a mi juicio, fue un escritor subvalorado. Necesitamos leerlo aún más. Volver a sus páginas y discutir de lo tanto que nos ha entregado con LA ÓPERA DE LOS FANTASMAS y LA MEDIANOCHE DEL JAPONÉS, por ejemplo.
Por esta razón, invito a los lectores a darse una vuelta por el blog La ópera de los fantasmas, el cual tiene como objetivo recopilar toda la información que aparezca sobre su obra.

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Escritor, cocinero en un barco de guerra, bailador de flamenco y danza moderna, viajero, actor de cine, fútbolista, hípico con suerte, historiador, revolucionario, psicoanalista, profesor y periodista múltiple. Suriel Oswaldo Salazar, nació en Lima, el 27 de setiembre de 1940. Desde pequeño brilló por su inteligencia y por eso lo llamaron de cariño: "Coquito". Era un niño callado, traquilo y observador, así lo recuerda su tía Lidia. Únicamente hablaba con su abuela Germana. Solo, aprendió a leer y escribir; cuando tenía tres años.
Estudió los primeros años de la primaria en el Colegio Agustino Santa Rosa de Chosica para luego pasar al entonces exclusivo Colegio Anglo Peruano de donde emigró para concluir la secundaria en Inglaterra a los 15 años de edad. Desde ese tiempo vivió, estudió y trabajó en Londres.
Con su compañía de Danza viajó por Francia, España, Alemania y Estados Unidos; allí, en su hotel conoce a Hilda Gadea. Brillante como fue desde chico, Salazar sorprende a la esposa del Che Guevara y ella lo invita a Cuba. Llega a la isla en plena celebración del triunfo de la revolución cubana. Salazar luego de esa experiencia decide regresar al Perú e ingresa a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
"Lo conocí cuando ingresé a San Marcos. 1962. Fue uno de los primeros comunistas que conocí personalmente. Fue nuestro responsable en nuestros Círculos de la Juventud Comunista en la Facultad de Letras. Recuerdo el grupo de adolescentes: Darío Rubio, Azparrent, Delgado, García-Godos, Luis Ojeda, María Tello, Edmundo Murrugarra entre otros, en larguísimas reuniones para estudiar, discutir, organizar, conspirar, soñar con la revolución y el socialismo. Coco, siempre impaciente y apurado, mirando a los lados, como esperando permanentemente algo o a alguien. Hablando como quien da sentencias, casi entre susurros, como convenía a un buen conspirador; actuando, en un informe o en un análisis, como un experto mecánico desmontando una máquina, sin olvidar ninguna pieza suelta esencial o secundaria.
Con un eterno cigarrillo quemándole los dedos. Con ternos casi extravagantes por su tremenda estrechez, que lo hacían más flaco (y lo era bastante), de colores no muy usuales, una delgadísima corbata (se podía creer que Jorge había dividido una corbata en dos). Los zapatos siempre bien lustrados, brillantes, enormes. Justamente por eso dejó de ser para nosotros “Coco”. Lo bautizamos como “El Barón Dandy”. El camarada “Barón Dandy”.
Nos sorprendía siempre con sus conocimientos. No había hecho político, nacional o universitario que no conociera lo suficiente para exponerlo, explicarlo y argumentar a favor o en contra. Y cómo bailaban sus ojos cuando se apasionaba en sus intervenciones o conversaciones. Se atropellaba a veces al hablar. Tal era el cúmulo de datos y detalles que quería comunicar, que no parecía suficiente la velocidad de su verbo" recuerda el ex Diputado por Izquierda Unida, Rolando Breña Pantoja.
"A mediados de la década de los sesenta, caminando una tarde por la Gran Vía de Madrid, conocí a Jorge Salazar. Yo iba tras mis sueños de torero, él era un exiliado político pues había pertenecido a la juventud rebelde de los guerrilleros de aquel entonces. Desde el primer momento existió una empatía entre ambos. Recuerdo que conversamos largamente hasta el anochecer, sentados en la cafetería Manila de la esquina Gran Vía y la plazuela Callao. Hablamos de todo, del Perú, especialmente de literatura; dentro de la conversación yo le dije: “Me gustaría escribir sobre el septuple asesinato de Mamoru Shimizu”. Jorge me respondió como un resorte: “Carajo, no te metas con eso, que yo llevo cinco años investigando el caso”. Veinticinco años después, cuando Jorge tuvo el gesto de invitarme para que yo sea uno de los presentadores de ese libro junto con el prestigioso psicoanalista Max Hernández, en una casona de Barranco. Yo conté esta anécdota para corroborar que verdaderamente Jorge Salazar había venido trabajando ese libro por más de 25 años.
A Jorge Salazar sus amigos cariñosamente le dicen Coco, pero en España los peruanos que trabajamos con él haciendo películas de cine, le decíamos Camborio, en alusión a ese personaje gitano creado por el prodigioso poeta Federico García Lorca. Yo creo que a Jorge le va más exacto eso de Camborio, porque él tiene una cara especial, en el fondo de su mirada brilla la fiebre trágica de los gitanos; de tez oscura como los gitanos de verde luna, acostumbrado a convivir con la muerte y escarbando ese misterio para tratar de comprender la vida. ¡Ese es mi amigo Camborio, gitano de verde luna!", rememora el periodista Ricardo Mitsuya, amigo entrañable hasta los últimos días.
En 1969, Salazar publicó el ensayo Una visión del Perú con el que ganó el premio De Gius de los Países Bajos. Y en 1979, publica Piensan que estamos muertos, escrita al alimón con Alaín Elías, el guerrillero que estuvo en la misma balsa que el poeta Javier Heraud cuando fue acribillado por el ejército. En 1980, Salazar ganó el Premio Casa de las Américas por su novela La ópera de los fantasmas.
"Cuando el año de 1980, después del interregno del gobierno militar, se devolvieron los diarios de circulación nacional a sus propietarios, en Expreso volvimos a empezar con mucho entusiasmo y pocos columnistas. Coco Salazar fue uno de ellos. Semanalmente, puntual, empezó a publicar en la página editorial una medida columna: Punto y Coma. Tan sólo tres sabrosas carillas que no pretendían descubrir y menos teorizar sobre el inagotable y fascinante mundo de los sabores y olores culinarios, sino que se recreaban con la sal, pimienta y facundia criollas. No era una ciencia de oídas sino de vividas. De sus largos y despaciosos vagabundeos por la vieja Europa, de su época de desmañado estudiante londinense. De su trashumancia por las islas griegas, de sus correrías por los zocos de Constantinopla, los bazares de la costa africana y las tascas y colmados españoles. Correrías en las que sobrevivió en unos casos y en otros vivió muy bien, gracias a sus trabajos golondrinos de enterado guía turístico, de escritor y traductor a destajo, en algún caso de bailarín gitano –esto lo puede confirmar y reafirmar Max Hernández– y en las más de las veces como un eximio y buscado cocinero.
Pionero, en Punto y Coma, Salazar empezó, pues, algo que con el correr de los años ha cobrado la importancia que hoy tiene, La Cocina, con mayúsculas", señala Ismael Pinto, hoy Mimbro de la Academia Peruana de la Lengua.
Salazar trabajó en casi todos los diarios del Perú, pasó por El Comercio, La República, La Crónica y Expreso. Fue editor de la revista Caretas y columnista del semanario Dier Spiegel de Alemania y en Cambio 16 de España. Escribió sobre teatro y literatura, Historia, gastronomía, fútbol y se abocó a la política internacional cuando hacerlo no implicaba a internet. Fue también –con el caso Poggi– el primer periodista del mundo en cubrir un asesinato antes de que sucediese. En 1987 Salazar publicó Poggi: la verdad del caso.
"Por los años ochenta Jorge Salazar lucía su impresionante levedad sobre una mesa circular de madera, cubierta acomedidamente por el clásico mantel a cuadros, en el antiguo café El Koala de la calle Camaná, aferrado a un cigarrillo encendido y con un lapicero sobre un papel en blanco. Ningún escritor podía haber sido más delgado ni tener esos ojos que disparaban como mortales pistoletazos. Por entonces era periodista de la revista Caretas pero El Koala era su verdadero centro de trabajo. Allí atendía a sus invitados y daba vueltas sobre la crónica que le tocaba escribir cada semana.
Sin embargo, Coco era apreciado por sus amigos no solo por su charla vertiginosa, donde acumulaba homicidios y otras defunciones, cuando no las pormenorizadas hazañas de sus viajes, sino porque era un cocinero exquisito y un amante obsesivo del fútbol, sobre el cual disertaba con pasión y sapiencia. Pero lo que desconcertaba a sus amigos, que se diluían en envidias de todos los calibres (seamos sinceros), era su facilidad para enamorar a mujeres bellísimas", cuenta el poeta y periodista Enrique Sánchez Hernani.
En 1992, después de 25 años de investigación del caso, publicó su novela La medianoche del japonés, reeditada en 1996 por la Universidad de San Martín de Porres.
Jorge Salazar fue el primer catedrático de gastronomía en el Perú. En 1995 editó, compiló y es uno de los autores del libro La Academia en la Olla. Fue representante del Perú en el gran simposio internacional realizado en España para celebrar el V Centenario del Descubrimiento de América: Canarias, en la ruta de los Alimentos.
En el 2004 publicó el libro Crónicas Gastronómicas que ganó el Gourmand World Cookbook Awards 2005 como mejor libro de Literatura Gastronómica en Latinoamérica.
"Lo admirable es que, con todo lo que sabe de comida, Jorge Salazar come poco. Su deleite y ritual gastronómico se inicia con una honda contemplación del plato, en busca de la genealogía e historia que lo hace apetecible. Al iniciarse esta pesquisa –digamos, a partir de una pizca de tausí apenas percibible sobre un ala de pichón– vertiginosamente se sumerge en los miles de años que puedan haber detrás de algún suceso histórico que tuviera dicho alimento como marco digestivo de fondo, que al entendimiento y argumentación de Salazar se hace protagonista principal por encima del hecho mismo. Cuando esto sucede y sucede siempre, el restaurante, el chifita de barrio, la modesta mesa de cocina –no importa el lugar–, se ve honrada por la presencia de ilustres espontáneos que nadie, salvo Salazar, podría invitar: faraones egipcios de paladar eterno, esclavos persas de papilas liberadas, algún apóstol goloso, o un guillotinado aristócrata francés, cabeza en mano, en busca de la mayonesa perfecta. Acudirán puntuales como el hambre. No me consta que esto suceda cuando Salazar come solo. Aunque dudo que alguna vez coma solo. En un país dolorosamente hambriento como el nuestro, en que el conocimiento gastronómico pasa por elitismo culturoso, moda de bolsillo caro, falso lujo del que recién aprende a comer sentado; para Salazar, y esto es aún más admirable, compartir una mesa es el mejor de los sabores posibles. A la mesa los hombres se hacen hermanos, dice. Tal vez por eso come poco, para que los demás prueben y sepan del placer que él conoce como mejor alimento que nos da la historia, nos da el comer, nos da el vivir; la generosidad. A la mesa y fuera de ella", recuerda Jaime Bedoya.
Pero Salazar fue también un investigador y analista del fútbol nacional e internacional. Fue asesor y colaborador de UNICEF en temas deportivos. Editó el libro 11 Historias de Fútbol (2000).
Además, es considerado el mayor especialista nacional en crónicas policiales, de muerte y misterio y ha publicado cuatro volúmenes especializados sobre la Historia de la Noticia: A sangre y tinta (1996), La guerra y el crimen (2001), De matar y morir (2004) y La sangre derramada (2007).
El 2006 publicó su última novela Los papeles de Damasco.
"Sobre sus conocimientos de historia, geografía y filosofía su obra Los Papeles de Damasco nos dispensaría de mayor comentario aunque nos pondría en problemas de explicar cómo junto al humanista convivía el “burrero” apostador y el tahúr experto en todo tipo de juego de evite. Sí, he dicho bien. En él vivía un tahúr, sino que lo digan los diagramadores y el famoso corrector de Caretas, el señor Campodónico, a quienes inmisericordemente les ganaba sus buenos reales en los entretiempos del cierre de edición. Junten al jugador empedernido y al incansable periodista y obtendrán por necesario resultado una cajetilla permanentemente en la mano derecha, el encendedor en diestra y un pitillo en la boca. Así era “Coco”: Flaco y siempre fumando.
Cuántas cosas más se podrían y se tendrían que decir de “Coco” pero modestamente y con el mayor de los afectos yo quisiera recordar al promotor de periodistas jóvenes. Pocos como él, con sus dotes de mago y de demiurgo supo atraer hacia el periodismo a muchos jóvenes, completamente disímiles entre sí. La mayoría de ellos talentosos o sencillamente furiosos y eventualmente confundidos sobre su propio futuro-. Algunos ejemplo que mi incipiente alzheimer me permite recordar: Laura Puertas, Mariela Balbi, Jaime Bedoya, Tomas D’Ornellas, “Cucky” Chesman, Delia Ackerman, Julio Heredia, Gabriela Ezeta.
Parafraseando al trovador cubano había gente que quería y que odiaba a “Coco”. Imposible que hubiera sido de otro modo. De lo que sí estoy convencido es que lo suyo fue un milagro de sobrevivencia pues nadie como él practicó el deporte extremo de sacar absolutamente de quicio a Zileri dándole la contra hasta el infinito del alarido. Lo cual -conociendo a Enrique-, no es poca cosa", recuerda Benito Portocarrero.
"Hablar de Jorge Salazar es hablar de poesía. Su biografía esta llena de luchas, aventuras, pero fundamentalmente, de libertad. Él representa la libertad en su estado más puro. La libertad de pensamiento, de acción, de arte, de vida.
Es el mismo Jorge quien puede codearse y conversar en perfecto inglés con la más rancia nobleza británica y al día siguiente, ser el faite más grosero en una esquina de Barrios Altos jugando a las cartas. Porque Jorge juega, porque para él la vida es eso. Pero también, este Jorge Salazar puede ser, al mismo tiempo, un catedrático erudito en la Universidad de Berlín y el más impaciente de los pacientes del INCOR, donde le sonríe con ironía a la muerte. Y lo hace sin miedo, como ha hecho todas las cosas en su vida", escribe la poeta Elma Murrugarra.
El 2008, seleccionó las cartas, que se publicaron en el libro póstumo: Charlas con Soledad.
"Era de los que teniendo una cultura vasta y erudita, sabía conversar, pues instruía a los jóvenes. En el ambiente periodístico cosechaba envidia, algunas por las mujeres con las que andaba. No valoraba la riqueza material, sino lo que vivió en tantos viajes por el mundo, tantas lecturas y oficios. Su verdadera profesión fue la de un hombre que quería vivir. Que vivió la vida como quiso. Amado y odiado. Nunca se apartó del periodismo y murió sin riquezas. Su hija lo cuidó en sus últimos días y murió seguramente feliz a su lado", señala el periodista del diario el Trome a quién le consedió su última entrevista.
Jorge Salazar se casó cuatro veces y se divorció cuatro veces. La mayor parte de su vida vivió en Inglaterra, Holanda, España y Alemania, de donde regresó, decía él, para morir en el Perú. Y así fue. El 8 de junio de 2008, partió nuevamente a otro viaje cuyo destino tanto le intrigaba.
Sus restos desansan en el Campo Santo Mafre de Huachipa, cerquita de su querida Chosica. As14 G4. Y dice en su lápida como él lo pidió: Pasó por la vida y se dió cuenta. Simpre tiene flores. Alguién tan querido nunca estuvo ni está solo.

jueves, febrero 24, 2011

Leyendo: La forma de los hombres que vendrán

He leído casi todos los libritos de la Colección Underwood. Algunos me parecen no menos que excelentes, como Playas de Carlos Calderón Fajardo. Obviamente, también están los que me significaron una total pérdida de tiempo.
Dentro de no mucho, esta pulcrísima colección será todo un referente para las letras peruanas. Para empezar, tiene un catálogo con nombres de primer nivel. Si estos libritos han tenido cierta pegada en prensa y contada atención de la crítica, ha sido gracias al reconocimiento bien ganado de sus letraheridos; por eso, los responsables de la colección deben cuidar su tesoro, su catálogo, cerrar filas en cuanto al filtro de selección, es decir, desterrar el amiguismo. Y claro, ponerle más punche a la difusión (y distribución también) de textos que valen la pena, como el contundente La forma de los hombres que vendrán (2009) de Matías P. Delgado.
No se trata de un relato, para comenzar. Tampoco de un poemario. Podría decir que es una publicación inclasificable.
Pues veamos. Estamos ante una serie de aforismos, sentencias y reflexiones que dialogan con la tradición del dietario y la biografía inventada. Al menos esa es mi primera impresión. Pero en lo que no tengo duda alguna es en el inmenso crisol de recursos de MPD, sus textos exudan no solo sapiencia literaria y altísimo nivel intelectual, también una experiencia de vida que le permite dotar a sus temas de una verosimilitud apabullante, que se proyecta en una soterrada crítica a la frivolidad creativa, principalmente. Esto no quiere decir que el autor sea un pontífice de lo correcto, puesto que cada texto descansa en un corrosivo humor que se refocila en el detalle, al punto que en más de un párrafo he tenido la sensación de estar leyendo extractos de los pie de página de David Foster Wallace, que no es poco decir, por más exagerado que suene.
Si alguna sombra mayor detecto en La forma de los hombres que vendrán, esa sería la de Julio Ramón Ribeyro y PROSAS APÁTRIDAS.
Ahora. La presente lectura me ha llevado a hacerla un rato de detective. ¿Quién es Matías P. Delgado?, me pregunté. Este nombre no me sonaba de nada.
Felizmente ya sé quién es. Es un conocido escritor al que, en su momento, entrevisté.
Si La forma de los hombres que vendrán hubiera sido publicado con el verdadero nombre del autor, fácil ahora estaríamos hablando de uno de los mejores libritos de la CU.
Ojalá los editores y el autor de ego dinamitado se animen a relanzar esta publicación. Es un insulto para el buen gusto literario que haya pasado desapercibida.

Micro en Mano

En la última edición de Caretas apareció la reseña de José Donayre sobre el artefacto literario KARAOKE, del narrador y ex blogger Leonardo Aguirre.
Una reseña más para este interesante libro del Plumífero.
Clic en la imagen.

Leche derramada

En El escaparate de novedades del colecitivo El Boomerang, doy con una novela LECHE DERRAMADA de Chico Buarque, editada por la siempre acertada Salamandra. Van también un fragmento del primer capítulo.
A esperar se ha dicho.

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Postrado en cama por el peso de la edad, Eulálio Montenegro d'Assumpção va desgranando los recuerdos atesorados en su memoria. Su frágil cuerpo es testimonio de una existencia centenaria cuyos detalles rememora frente a su octogenaria hija, Eulália, o a quien se preste a escucharlo. Los acontecimientos de su vida y la de sus antepasados se suceden sin orden cronológico, entreverados de digresiones, insidias y mentiras piadosas, tejiendo un tapiz fascinante que condensa más de dos siglos de historia de una familia brasileña. Heredero de una poderosa estirpe de próceres -su tatarabuelo llegó de Portugal con la corte del rey Pedro IV-, Eulálio ha visto desvanecerse una inmensa fortuna y el buen nombre de la familia. Con loca y juvenil pasión amó a su esposa, la sensual Matilde, cuya pérdida ha llorado durante ochenta años. Y ahora, desde su aristocrática perspectiva de la realidad, emerge con voz cautivadora una compleja saga familiar, a la vez liviana y exuberante, vívido reflejo de un Brasil desconocido y alejado de los tópicos que se ha dado a sí mismo para construirse una imagen ante el mundo.
Personaje orgulloso y altivo, pero profundamente sincero y con una redentora capacidad para reírse de sí mismo, Eulálio despliega un agudo sentido del humor que, unido a su particular interpretación de las cosas, hace de Leche derramada una novela de una exquisita voluptuosidad, tierna, conmovedora y trágica, que ha consagrado a Buarque como uno de los escritores más leídos y unánimemente valorados en el panorama de las letras portuguesas contemporáneas.

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Cuando salga de aquí nos casaremos en la hacienda de mi feliz infancia, al pie de la montaña. Te pondrás el vestido y el velo de mi madre, y no lo digo por que me haya puesto sentimental, no es por la morfina. Tuyos serán los encajes, la cristalería, la vajilla, las joyas y el nombre de mi familia. Darás órdenes a los criados, montarás el caballo de mi antigua mujer. Y si todavía no hay electricidad en la hacienda, haré traer un generador para que puedas ver la televisión. También habrá aire acondicionado en todas las piezas de la casa, por que hoy en día hace mucho calor en la cañada. No sé si siempre ha sido así, si mis antepasados sudaban bajo tanta ropa. Mi mujer sí, sudaba bastante, pero ya pertenecía a una nueva generación y no poseía la austeridad de mi madre. A mi mujer le gusta a el sol, siempre volvía arrebolada de las tardes en la playa de Copacabana. Pero nuestro chalet de Copacabana se vino abajo, y de todos modos no viviría contigo en la casa de otro matrimonio, nosotros viviremos en la hacienda al pie de la montaña. Nos casaremos en la capilla que consagró el cardenal ar zobispo de Río de Janeiro allá por mil ochocientos y pico.
En la hacienda me cuidarás a mí y a nadie más, por lo que me repondré del todo. Y plantaremos árboles, y escribiremos libros, y si Dios quiere incluso criaremos hijos en las tierras de mi abuelo. Pero si no te gustara vivir al pie de la montaña por culpa de las ranas y los insectos, o la lejanía o cualquier otra cosa, podríamos vivir en Botafogo, en la mansión que construyó mi padre. Allí hay habitaciones inmensas, baños de már mol con bidets, varios salones con espejos venecianos, estatuas, columnas monumentales y tejas de pizarra importadas de Francia. Hay palmeras, aguacates y almendros en el jardín, que se convirtió en aparcamiento cuando la embajada de Dinamarca se mudó a Brasilia. Los daneses me compraron la mansión a precio de ganga por culpa de los chanchullos de mi yerno. Pero si mañana vendo la hacienda, que tiene doscientas hectáreas de campos de la branza y pastos surcados por un arroyo de agua potable, tal vez pueda recuperar la mansión de Botafogo y restaurar los muebles de caoba, mandar vafinar el piano Pleyel de mi madre. Tendré chapuzas con las que mantenerme ocupa do durante años, y si quisieras seguir ejerciendo tu profesión podrías ir al trabajo caminando, ya que en el barrio abundan los hospitales y consultas. De hecho, justo encima de nuestro terreno han levantado un centro médico de dieciocho pisos, lo que me hace recordar que la mansión ya no existe. Y tampoco la hacienda al pie de la montaña, creo que nos la expropiaron en 1947 por el trazado de la autopista.

miércoles, febrero 23, 2011

El cine convicto de Jafar Panahi

Un extenso y excelente artículo que moralmente no debo dejar pasar.
Josep Carles Romaguera escribe sobre el director iraní Jafar Panahi, en Frontera D.
Si aún no has visto sus películas, esta es una buena oportunidad.
Por otro lado, mi total solidaridad con este gran cineasta.

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Hay momentos que por algún motivo –íntimo y personal- se convierten en memorables. Provocados por la música, la lectura, la visión de un cuadro, de una imagen fotográfica o de un instante cinematográfico…hay momentos que conectan con nuestras vivencias, nuestras emociones, estableciendo muchas veces un vínculo secreto que tal vez jamás alcanzaremos a entender, motivo por el cual seguramente su alcance emotivo todavía es más hondo. En el caso del cine, se trata de momentos que forman parte de nuestra biografía cinéfila.
Uno de esos instantes, maravillosos, perennes, me lo ofreció hace ya más de una década Jafar Panahi en El espejo. Esa película, que nos cuenta la cotidiana y particular odisea de Mina, una niña de seis años que a la salida del colegio decide marcharse a casa después de esperar infructuosamente a su madre. Nosotros, como espectadores, testigos privilegiados gracias a Panahi, seguiremos esa homérica vuelta a casa, en la que el mar Egeo ha sido substituido por un Teherán superpoblado y donde el tráfico colapsa las calles, donde los peligros no se presentan en forma de sirenas, con sus cantos seductores, o de cíclopes, sino al cruzar un paso de peatones, donde el héroe mítico, con su determinación y audacia, ha dado paso a una niña de seis años, errante e inocente, pero igualmente decidida. Durante media hora seguimos ese periplo, a través de las calles, yendo de un autobús a otro, sorteando obstáculos, equivocándose. En un determinado instante se produce el movimiento revelador, un breve movimiento sísmico cuyo eco va a hacer temblar todo el andamiaje estético del film: el naturalismo de su imagen, la transparencia de su puesta en escena, la espontaneidad del guión y la cotidianeidad del ambiente. Todo va a derrumbarse.
Mina parece desentenderse del diálogo del filme, aquel que sostiene con un conductor de autobús y un revisor, quienes le recriminan que se haya perdido. De repente, ella, mira a cámara, entre la inocencia y el desafío. En la banda de sonido irrumpe la voz del propio Panahi, quien permanece fuera de campo. Se produce un corte de plano, abrupto, saltándose el raccord. No hay solución de continuidad. La luz no es la misma, la textura de la imagen tampoco, la cámara se mueve, vibra, se tambalea –del plano fijo hemos pasado al plano cámara en mano- y el director entra en escena. La ficción se ha resquebrajado, se ha hecho añicos, y la realidad, la del rodaje ha irrumpido para reparar ese desajuste, ese desaguisado que el gesto rebelde, malhumorado, de Mina ha provocado. La niña se quita el pañuelo que usa a modo de cabestrillo y el yeso del brazo. Desaparece como personaje. Incluso se quita el hiyab que cubre su cabeza. Se quita la máscara de su personaje –ya no es Mina, sino Mina Mohammad Khani- y confiesa que está cansada, que ya no quiere actuar más y que se va a casa. Tratan de convencerla, de persuadirla, pero empecinada como está, no va a dar marcha atrás. De repente la ficción ha dado paso a la realidad. Al menos aparentemente. En realidad, no somos tan ingenuos, somos conscientes de que la ficción realista ha dado lugar a un documental ficticio. En realidad estamos en una nueva ficción.
Recordemos que si para Stendhal la novela es un espejo colado a la orilla del camino de la realidad, para Panahi el cine es un juego de espejos que se prolonga hasta el infinito y que nos desvela la naturaleza representativa de la imagen cinematográfica. Y no ha hecho falta nada más, ni un solo artificio, tan solo un plano para desmontar el dispositivo, y crear uno nuevo. Ha operado de la misma forma que su maestro, Abbas Kiarostami, en la trilogía formada por ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Khane-ye Doust Kodjast, 1987), …Y la vida continua (Zendegi va digar hich, 1991) y A través de los olivos (Zire darakhatan zeyton, 1994). En la primera, se nos narra la peripecia de un niño que trata, por todos los medios, de devolver su cuaderno a un compañero de clase para evitarle el castigo del profesor al día siguiente. En la segunda, cuatro años después, Kiarostami recorre las ruinas de un paisaje devastado por un terremoto que ha causado más de 50.000 muertes. Los protagonistas son un padre, director de cine, y su hijo que deciden acudir al lugar de los hechos a la búsqueda de los protagonistas del filme que rodaron; es decir, ¿Dónde está la casa de mi amigo? Finalmente, en el tercer largometraje, lo que se nos explica es la crónica del rodaje de dos secuencias incluidas en …Y la vida continúa, con un actor interpretando al director de aquella: A diferencia de Panahi, Kiarostami no se pone a sí mismo en escena, aunque el efecto de desmontar el dispositivo que engendra la ficción es el mismo.
El parentesco entre ambos cineastas es lógico. No por cuestiones de nacionalidad, sino porque cabe considerar a Panahi como el discípulo aventajado de Kiarostami. El primer largometraje del primero parte de una historia relatada por el propio Kiarostami, cuando este se hallaba en medio del rodaje de A través de los olivos, donde Panahi realizaba funciones de ayudante de dirección. Mientras el maestro relataba –es conocido su total rechazo de los guiones escritos-, el alumno transcribía, hasta que todas las notas acabaron dando como resultado el guión de El globo blanco (Badkonak-e Sefid, 1995), en el que se nos cuenta la peripecia de Razieh, una niña que, el día de año nuevo en Irán –21 de marzo- consigue que su madre le dé el dinero necesario para comprar un pez dorado tal y como manda la tradición. De nuevo el universo infantil topará con el mundo de los adultos y la joven protagonista deberá superar algunos escollos si quiere satisfacer sus ilusiones: intentarán timarla, perderá el dinero, verá aumentado el precio del pez que desea comprar… Un relato que establece un diálogo de correspondencias con ¿Dónde está la casa de mi amigo?, no tan solo por similitudes en cuanto a argumento y a estructura –el minimalismo y la depuración estéticos son principios básicos del cine iraní-, sino por el dominio del tiempo interno del relato y por el naturalismo de la puesta en escena, así como por la capacidad de convertir en épicas las cotidianas y anónimas peripecias de unos niños, otorgándoles las suficientes dosis de intriga como para emparentarlas con una obra de Alfred Hitchcock.
A partir de su tercer largometraje, sin embargo, la filmografía de Panahi inició un ligero cambio de sentido, adquiriendo su discurso una voz más crítica, más comprometida, sobre todo respecto a la situación de la mujer dentro del islamismo iraní, cuando presidía el país Muhammad Khatami (1997-2005). No quiero decir con ello que esa vertiente sociológica y política estuviese ausente de sus dos primeros largometrajes, sino que a partir de entonces se evidenciaron más algunos aspectos que antes tan solo funcionaban como breves apuntes, como susurros disimulados. Efectivamente, en El círculo (Dayereh, 2000), y en las posteriores Sangre y oro (Talaye sorgh, 2003) y Fuera de juego (Offside, 2005), el planteamiento cambia, y ya no son los niños los protagonistas de la película, sino las mujeres, siete concretamente, que con sus historias sirven de testimonio de aquello que el filme simboliza desde su título: la situación de opresión a la que viven sometidas y, más allá de sus circunstancias particulares, que les lleva a vivir una vida marcada por la condena judicial y social.
Tres mujeres que han salido de prisión con un permiso temporal, pero que están dispuestas a huir, una joven que no puede volver a casa por no poseer los papeles requeridos ni la carta de estudiante, otra joven que ha decido abortar y que teme que al ser descubierta sea expulsada de su casa por sus hermanos, una mujer abandona a su hijo recién nacido en la calle esperando a que alguien lo recoja y le ofrezca un futuro mejor y, finalmente, una madre de familia que se prostituye para poder dar de comer a sus hijos. Sus historias, que se irán desarrollando de forma encadenada, configuraran los eslabones de una cadena con la que formar un círculo, representado por esa celda que las encierra al final del filme y dibujado por esa panorámica de 360º que realiza Panahi y que adquiere una dimensión moral y política. Una imagen que contrasta con el desenlace de la última película que ha firmado, tal vez la última película que haga.
Fuera de juego reúne de nuevo a un grupo de mujeres, pero esta vez en los alrededores del campo de fútbol donde se disputa el crucial partido entre Iran y Bahrein que decidirá quién se clasificará para la fase final del mundial de fútbol celebrado en Alemania en el 2006. Esas mujeres han sido retenidas por intentar acceder al campo, ataviadas como si fueran hombres, cuando saben que se les tiene prohibidos asistir a espectáculos de ese tipo. De nuevos, la represión, la injusticia, la vejación por parte de las autoridades. Sin embargo, Panahi cambia el tono, y pasa del drama a la comedia, aunque con idéntico sentido crítico, con el mismo compromiso de hablar de una situación que considera inaceptable. Ello queda de manifiesto en el desenlace. Las mujeres de nuevo son reunidas en un mismo espacio, el autobús que las traslada a la cárcel. El ambiente, distendido y alegre a veces, tenso en otros momentos, pero marcado por la incertidumbre acerca del resultado del partido, cuya retransmisión las mujeres, y los guardias, ahora permisivos, tolerantes, escuchan a través de la radio del vehículo. Y de repente… un estallido, una liberación. La selección de Irán marca y con ello consigue su clasificación. Todos celebran el acontecimiento. Las calles se llenan de vehículos que circulan mientras hacen sonar sus cláxones y sus ocupantes ondean banderas de un país que se ha convertido en una fiesta, donde todo el mundo ha salido a la calle. En el último plano, las mujeres deciden salir del autobús y Panahi las acompaña, perdiéndose con ellas entre el bullicio.
Las especiales circunstancias vividas recientemente por el cineasta le otorgan una dimensión emocional añadida a las imágenes que clausuran El círculo y Fuera de juego. Las primeras funcionan como una condena premonitoria, como un determinismo inexorable, suscitado por erigirse en una voz crítica que ha buscado concienciar al mundo a través de sus imágenes, honestas y emotivas. Las segundas son su reverso, la otra cara de esa misma moneda, la de una sociedad que expone a las mujeres a la marginación y la vejación, pero ahora bajo el tono jovial, desenfadado de una comedia que mira al futuro con mayor optimismo. Del silencioso plano que va hacia el negro de la puerta de la celda que se cierra y que clausura El círculo de forma lapidaria al plano inmerso en el júbilo de los ciudadanos iraníes, en un espacio abierto, como son las calles de un ciudad desbordada por la alegría.
¡Que tremenda paradoja que esa sea la última imagen, probablemente, de su filmografía! Panahi, según se supo recientemente gracias al comunicado de su abogada, Farideh Gheyrat, a la agencia Reuters, ha sido condenado a seis años de cárcel por un tribunal iraní que además le prohíbe abandonar el país, conceder cualquier tipo de entrevista y realizar películas durante los próximos 20 años. Es la sentencia a un caso que tiene su origen en julio de 2009, cuando se supo que el cineasta Panahi había sido detenido en el cementerio de Teherán mientras asistía junto a un numeroso grupo de personas al entierro de Neda Agha-Soltan, la joven que fue asesinada durante las protestas electorales de 2009. Recordemos que Panahi apoyó públicamente al candidato a la presidencia del opositor Mirhossein Musavi, rival del finalmente elegido Mahmud Ahmadineyad. Aunque el director de cine fue puesto en libertad. el 1 de marzo del año pasado volvió a ser detenido, esta vez junto a familiares y amigos. Permaneció en prisión hasta el 25 de mayo –período en el que inició una huelga de hambre-, previo pago de una fianza de 150.000 euros. Ahora, ha sido condenado y la noticia, personalmente, me produce una inmensa tristeza. Porque hay cineastas a los que admiramos; a otros, simplemente los queremos. Y Jafar Panahi es uno de ellos.
Febrero, 2011

Convocatoria Revista Estereograma

Tomado de aquí

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Estimados cómplices:
El motivo por el que les escribimos es para anunciarles la convocatoria de ensayos para nuestra nueva edición, “la menos siete” (-7), que para esta ocasión tendrá como tema las relaciones que se tejen entre el pasado y el presente en “¿La vida en retro?”
Con “¿La vida en retro?” queremos revisar las dinámicas utilizadas para la aparición y construcción de las diferentes manifestaciones del pasado —con distintos aspectos y magnitudes— que son rescatadas y representadas a través de los medios masivos contemporáneos (radio, televisión, Internet), y su irrupción, intervención e importancia en la sensibilidad de la sociedad en los últimos diez años: 2000 - 2010. ¿Este fenómeno reflejo o producto de qué es? ¿Es síntoma o señal de alguna manifestación social ya acabada o en plena formación? ¿Cómo se le debe interpretar teniendo en cuenta el aquí (Perú, Área Andina, Sudamérica, el no-Primer Mundo) y el ahora (inicios de un nuevo siglo) en el que se halla?. Es una buena ocasión para examinar, entre otras cosas, el fetichismo por los fantasmas, la idealización a través de la nostalgia, o el continuo reciclaje de modas, costumbres y usos de otras épocas.
Las secciones de la revista que necesitan de su participación son Calidoscopio e Intersticios. Para Calidoscopio la temática es libre, sólo buscamos textos que se interroguen sobre las artes en general: literatura, música, cine, teatro, artes plásticas, cómics, etc., bien sobre alguna en especial o bien sobre los vínculos que puedan existir entre dos o más de ellas y que suelen pasar desapercibidos. La extensión es de entre tres y cuatro páginas (1500 palabras máximo). Para Intersticios, en cambio, el tema es el del número (“¿La vida en retro?”), pero puede ser desde cualquier perspectiva, pues así como profesamos la libertad de credos también profesamos la de métodos. La extensión es de entre cinco y seis páginas (2500 palabras máximo). Siempre en fuente Times New Roman de 12 puntos y a espacio y medio.
Para ambas secciones queremos que los textos rescaten aquel aporte subjetivo (historia personal, experiencias, emociones) de los propios redactores, tantas veces dejado de lado, y que puedan hacer que su opinión invite a la reflexión crítica y al debate abierto. Dejémoslo bien en claro: no son artículos académicos ni reseñas, son ensayos. Por eso, el estilo es libre y no tenemos pavor si desean mezclar distintos géneros y discursos: narraciones, poemas, letras de canciones, etc. La fecha límite es el 31 de marzo de 2011, y el envío es al siguiente correo: estereograma@gmail.com
Como ya deben saberlo, ESTEREOGRAMA es una revista única, pues apenas llegue al número cero terminará su ciclo. Así que no dejen pasar esta oportunidad.
El Comité Editorial
*La imagen pertenece al pintor peruano Herman Braun Vega

Cátedra edita El pez de oro de Churata

En Laguna Brechtiana, blog del poeta Vladimir Herrera, encuentro una noticia que no hay que soslayar. La prestigiosa casa editorial Cátedra publicará en los próximos meses la obra mayor Gamaliel Churata, EL PEZ DE ORO. La edición estará a cargo de Helena Usandizaga.

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Decir que es difícil leer a Gamaliel Churata es cierto sólo por lo imposible de encontrar sus obras. Pero ya salieron los inéditos de Resurrección de los muertos, en edición de Riccardo Badini (2010), y está a la espera en la editorial Cátedra El pez de oro, la obra clave de Churata, en edición de Helena Usandizaga.
De todos los componentes de Orkopata, el grupo que él creó y dirigió, Churata es probablemente el único que explora en profundidad en el pensamiento andino, tomándolo como una sabiduría que puede formular preguntas e intentar responderlas. Es también, quizás, el único escritor que se ha atrevido a establecer un diálogo amplio y extenso entre las referencias andinas que guían un pensamiento heterodoxo y las referencias occidentales más variadas. De ahí el carácter escenificado e interactivo que sustenta su camino del saber.
Su exposición no es exactamente discursiva, sino que trabaja más bien planteando una red de ideas que centran el tema desde diferentes puntos en una modalidad expositiva pero también de diálogo, a veces vehemente cuando interpela por ejemplo a Platón al exponer ideas que se alejan de la doctrina del filósofo: “En el cementerio, así como ya vemos nosotros las cosas, no hay sino semilla. Es la pirwa de la vida. ¿Entiendes, Plato?” (El pez de oro, p. 107). Y es que Platón aún no se ha enterado de que materia y espíritu son la misma cosa; de que la cadena vital ignora a la muerte.
En esta dinámica interrogativa, el maestro Ekhart hace preguntas a los indios; Marx aparece para certificar la historicidad de la permanencia; y junto a estos aparecen los sabios andinos: el Layka o brujo, que compara con Cristo; el Pako-Achachila, el Kolliri, el Auki, los oficiantes y los sanadores andinos que conectan con el pasado y los muertos, y proponen una sabiduría perceptiva que sobrepasa el saber informativo. Para Churata, ellos han asimilado a Nietzsche y Schopenhauer avant la lettre, y van aún más allá del pensamiento paradójico de Unamuno y Einstein.
Traza así un camino de preguntas que también se hace Santa Teresa, hacia cuya mística “material” siente una fuerte empatía; a ella la ama Churata “casi con involuntaria gana y porque la amo creo conocerla. Así, a quienes la catalogan entre las histéricas, bien que geniales, y en nombre de la ciencia del siglo, les creo de una torpeza ruin. Lo que se llama histeria en Teresa es vivencia de universo” (El pez de oro, p. 247). Porque Churata busca los mismos secretos de la santa, esos secretos “tan vivos y delgados/ que no se pueden decir” (El pez de oro, p. 263).
Helena Usandizaga
Dejo el enlace de un blog churatiano: http://skepsis-wilmer.blogspot.com/

La vida privada y la vida pública

A razón de la novela EL ANTICUARIO, tenemos en La Jornada de México una entrevista de laura García al crítico, escritor y blogger Gustavo Faverón Patriau.

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-Cuando uno lee El anticuario puede notar que te alejaste, un poco adrede, del tema político de Perú, muy presente en algunas de sus novelas recientes más destacadas. ¿Fue así?
–No es precisamente alejarme. Es más bien reconstruir por medio de metáforas o dislocaciones en la manera de referirme a la sociedad peruana. En la novela está, pero está de manera extraña, convertida en una ciudad delirante y una serie de estructuras de apariencia arbitraria. Ciertamente no es una novela realista, pero tampoco es una novela que huya de la realidad. La literatura, y sobre todo la novela, son casi siempre intervenciones políticas. Pueden serlo de manera más o menos explícita, pero difícilmente pueden escapar a ello. La novela moderna surge como un aparato de observación social y ha conservado ese rasgo a pesar de sus variaciones y sus cambios.
–¿Crees que toda novela, a pesar suyo y de su autor, es política?
–Política en el sentido amplio: es una representación de la polis, del lugar del individuo en su sociedad, que es lo que decía Lukács sobre la novela histórica y la novela realista. No quiere decir que sea un vehículo de opinión política. Pero es difícil imaginar siquiera una novela moderna que no empiece por preguntarse cuál es el sitio de sus personajes en el mundo y cómo ese mundo los afecta.
–Fuera de Borges, cuya influencia se desparrama por el libro, ¿qué otros libros o autores te ayudaron en el proceso de escritura del libro y cómo?
–Yo sinceramente creo que Borges no tiene la culpa de mi novela, y creo que su influencia es menor que la de otros escritores, sólo que es más fácil de captar para los lectores porque es la más familiar y la más idiosincrásica, siempre. Tuve muy presentes a Harry Mulisch y a Paul Auster mientras escribía, sobre todo en la idea de la ciudad como un plano donde el individuo se extravía en el acto mismo de buscar y de buscarse. La influencia central, sin embargo, es la de Nathaniel Hawthorne, el escritor estadunidense que vivió buena parte de su vida en Brunswick, Maine, donde vivo yo. Hay un cuento suyo que influye en Borges y en Mulisch y en Auster, que es “Wakefield.” La historia de un hombre que, actuando impulsivamente y sin comprender sus propios motivos, abandona su hogar y se muda a una casa cercana a estudiar su propia casa y a su esposa desde la distancia. Pero la novela es infinitamente menos libresca de lo que parece. Está llena de referencias, pero no es un libro hecho de libros. Es un libro hecho de mi experiencia personal y de mi experiencia durante los años de la violencia en Perú.
–¿Cómo viviste esos años de la violencia en Perú?
–La gente de mi generación y yo teníamos alrededor de trece años cuando empezó la guerra interna. Teníamos veinticinco cuando Abimael Guzmán fue capturado y empezó a desmoronarse Sendero Luminoso. Crecimos entre bombas, atentados, ataques, incendios, secuestros, huelgas, asesinatos selectivos y asesinatos masivos, encerrados en la ciudad sin poder poner un pie fuera de ella por temor, sin poder caminar por las calles en las noches. En la universidad, las afiliaciones políticas influían en nuestras relaciones, amistades y enemistades. En nuestras casas las opiniones políticas y los compromisos podían acabar con nuestras lealtades o fundarlas incluso más. En mi generación casi no hubo una diferencia entre la vida privada y la vida pública. Por eso yo sentí que no necesitaba hablar de bombas y ejércitos y líderes terroristas o militares para hablar sobre la violencia peruana de esa época. La novela es sobre la guerra, aunque la guerra no aparezca en su primer plano. La guerra y la vida íntima fueron la misma cosa.
–En esta novela la locura, no como metáfora, sino como enfermedad real juega un papel importantísimo: ¿Cuál fue o ha sido tu experiencia más cercana con la locura?
–Aunque la novela no cuenta una historia real, mi intención general al escribirla fue sacar un poco de mí una experiencia que tuve, como testigo próximo, hace varios años, y algunos rasgos de la historia los he tomado de allí. Un amigo a quien no voy a mencionar, pero que fue muy querido, cometió un delito terrible y años más tarde se suicidó debido a la culpa que ese hecho había sembrado en él. Este amigo, que sirve de base borrosa para el Daniel de la novela, fue internado en una clínica psiquiátrica, donde yo no lo fui a visitar por mucho tiempo debido a mi miedo y a la inseguridad que sentía sobre cómo reaccionaría yo mismo ante él. Después de todo, él había cometido un crimen atroz. Cuando lo fui a ver supe con cierta rapidez que mi amistad estaba (inverosímilmente para mí) por encima del crimen y de su culpa. Mi única experiencia con la locura ha sido esa. Cuando comencé a escribir la novela lo hice para explicarme el crimen de mi amigo y mi relación con él. Pero pronto me di cuenta de que mi interés era construir un mundo en el que él, de alguna manera, fuera inocente.