jueves, marzo 31, 2011

Cuento de Samanta Schweblin: "En la estepa"

En The Barcelona Review encuentro el cuento "En la estepa", de la narradora argentina Samanta Schweblin.
Quizá muchos ya conozcan el texto, debido a que forma parte de su celebrado PÁJAROS EN LA BOCA; por ello, va para los que aún no.

(Como este blogger respeta las normas de reproducción, solo pongo los tres primeros párrafos. Clic en el enlace azul)

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No es fácil la vida en la estepa, cualquier sitio se encuentra a horas de distancia, y no hay otra cosa más para ver que esta gran mata de arbustos secos. Nuestra casa está a varios kilómetros del pueblo, pero está bien: es cómoda y tiene todo lo que necesitamos. Pol va al pueblo tres veces por semana, envía a las revistas de agro sus notas sobre insectos e insecticidas y hace las compras siguiendo las listas que preparo. En esas horas en las que él no está, llevo adelante una serie de actividades que prefiero hacer sola. Creo que a Pol no le gustaría saber sobre eso, pero cuando uno está desesperado, cuando se ha llegado al límite, como nosotros, entonces las soluciones más simples, como las velas, los inciensos y cualquier consejo de revista, parecen opciones razonables. Hay muchas recetas para la fertilidad, y como no todas parecen confiables, apuesto a las más verosímiles y sigo rigurosamente sus métodos. Anoto en el cuaderno cualquier detalle pertinente, pequeños cambios en Pol o en mí.
Oscurece tarde en la estepa, lo que no nos deja demasiado tiempo. Hay que tener todo preparado: las linternas, las redes. Pol limpia las cosas mientras espera a que se haga la hora. Eso de sacarles el polvo para ensuciarlas un segundo después le da cierta ritualidad al asunto, como si antes de empezar uno ya estuviera pensando en la forma de hacerlo cada vez mejor, revisando atentamente los últimos días para encontrar cualquier detalle que pueda corregirse, que nos lleve a ellos, o al menos a uno: el nuestro.
Cuando estamos listos Pol me pasa la campera y la bufanda, yo lo ayudo a ponerse los guantes y cada uno se cuelga su mochila al hombro. Salimos por la puerta trasera y caminamos campo adentro. La noche es fría, pero el viento se calma. Pol va adelante, ilumina el suelo con la linterna. Más adentro el campo se hunde un poco en largas lomas; avanzamos hacia ellas. En esa zona los arbustos son pequeños, apenas alcanzan a ocultar nuestros cuerpos y Pol cree que esa es una de las razones por las que el plan fracasa cada noche. Pero insistimos porque ya van varias veces que nos pareció ver algunos, al amanecer, cuando ya estamos cansados. Para esas horas yo casi siempre me escondo detrás de algún arbusto, aferrada a mi red, y cabeceo y sueño con cosas que me parecen fértiles. Pol en cambio se convierte en una especie de animal de caza. Lo veo alejarse, agazapado entre las plantas. Puede permanecer de cuclillas, inmóvil, durante mucho tiempo.

Susan Sontag: "¿Qué disfruto? La música, estar enamorada, dormir, carne"

Alguna vez declaré en este blog que Susan Sontag (1933 - 2004) era mi amor platónico. Aparte de inteligente y talentosa, Sontag tenía lo que siempre me ha seducido de las mujeres: estilo y carácter.
En fin, esto no es más que mera frivolidad.
Lo que muchos sabemos es que ella fue una gran escritora, que exhibía también un compromiso moral y ético signado por la coherencia.
Por ello, la edición por cuenta de Mondadori de sus diarios, bajo el título de RENACIDA, 1947-1964, es pues un acontecimiento que debemos celebrar.
Sobre esta publicación una nota y algunos fragmentos en Elcultural.es.

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Susan Sontag (Nueva York, 1933-2004) pensaba en la muerte a los 16 años, en plena eclosión hormonal. Lejos del habitual drama adolescente del amor no correspondido, en esa época la futura escritora se detenía en otros pormenores: había decidido que Dios no existía, y también se había topado con Thomas Mann: "La montaña mágica es un libro para toda la vida". Se recordaba asimismo que debía leer a Dostoievski y a Faulkner, también los poemas de Dante, Rimbaud, Verlaine. Pareciera que ya desde niña S.S. tuviera un plan infinito, convertirse a toda costa y a conciencia en una intelectual y, de paso, participar de la bohemia.
Puso las cartas sobre la mesa, sus propios preceptos ("la poesía deber ser: exacta, intensa, concreta, significativa, rítmica, formal, compleja") a través de las páginas de un diario que jamás quiso ver publicado. Pero su hijo, David Rieff, le salió rebelde y hoy ve la luz de la mano de Mondadori Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964. "Mi decisión sin duda viola su intimidad", confiesa Rieff en el prólogo. Infiel a su madre, a la que describe como "una gran juzgadora", pero franco desde luego.
La mayor crítica con aquellos textos fue la propia Sontag, quien los definía como "tristes y monótonos". "¿No podré escapar nunca de este interminable luto por mí misma?", se reprocha en las primeras páginas. Su hijo la contradice: "Desde su primera adolescencia albergó la convicción de que disfrutaba de dones especiales, de que podía ofrecer una contribución significativa".
Pero precursores o no, desordenados, lúcidos o todo lo contrario, en estos textos quedan recogidos momentos cruciales de su crecimiento como intelectual y de su historia. Así, su traslado a Chicago o el aumento de su voracidad lectora o de su pasión por la música. También el sexo ("es imposible disociarlo del afecto"), las relaciones heterosexuales (en el 49, sentía "humillación y degradación" al pensarse con un hombre), su fallido matrimonio ("me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción"), su encuentro con Ginsberg, su relación con Harriet Sohmers Zwerling, con quien viviría una relación en París a mediados de los 50, así como con la dramaturga María Irene Fornes, su obsesión por las listas (películas vistas y por ver, libros que comprar, lecturas que retomar...), etcétera. Una vida elaborada, pensada y puesta por escrito en hojas para taquigrafía, cuadernos escolares, libros, hojas en blanco, una proyección de lo que la escritora quería ser y de lo que, de hecho fue. Pura coherencia redactada año a año. Como ella misma afirma en estas páginas, con ellos se elaboran "nuestras identidades privadas" y se pintan "nuestros infiernos privados". La quinceañera ya hablaba del icono generacional y de la punta de lanza de la vanguardia norteamericana en los que se convertiría. En estos papeles están ya el compromiso, la moral, la crítica, el dolor, pilares de una escritora cuyos lectores van a reconocer en este volumen del que a continuación adelantamos algunos fragmentos.

23/11/47
Creo:
(a) Que no hay un dios personal o vida después de la muerte
(b) Que lo más deseable en el mundo es la libertad de ser fiel a uno mismo, es decir, la honradez
(c) Que la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia
(d) Que el único criterio de una acción es su edecto último en la felicidad o infelicidad de una persona
(e) Que está mal privar a cualquiera de la vida
(Faltan las entradas "f" y "g")
(h) Creo, además, que un estado ideal (además de "g") debería ser fuerte y centralizado con control gubernamental de los servicios públicos, los bancos, las minas, + el transporte y la subvención de las artes, un salario mínimo satisfactorio, ayuda a los discapacitados y anciano(s). La asistencia del Estado a las mujeres embarazadas sin distinciones como las de hijos legítimos + ilegítimos.

4/6/49
Shostakovich Concierto para piano
Scriabin Preludios
Franck Sinfonía en Re menor
Prokofiev Sinfonía # 5
Misa en Si Menor (de Bach)
¡Sexo con música! ¡¡Qué intelectual!!!

6/6/49
(...)
Me siento más deprimida, agotada que nunca,
Homosexual = gay
Heterosexual = jam (Costa Oeste), hetero (Este)

12/8/56
(...)
En el matrimonio, cada deseo se convierte en una decisión

18/11/56
Un Proyecto- Notas sobre el matrimonio
El matrimonio se funda en el principio de inercia.
Proximidad con falta de afecto.
El matrimonio es todo comportamiento privado -no público.
La pared de cristal que separa una pareja de la otra.
La amistad en el matrimonio. La suave piel del otro. (...)

1957
¿En qué creo de verdad?
En la vida privada
En el mantenimiento de la cultura
En la música, en Shakespeare, en los edificios antiguos
¿Qué disfruto?
La música
Estar enamorada
Los niños
Dormir
Carne
Mis defectos
Siempre tarde
Mentir, hablar demasiado
Pereza
Sin volición de rechazar

3/01/57
Ideas para relatos-
Un célebre judío emigrado -erudito/teólogo, a la sazón "caballero" de Harvard. Recibe un premio en Alemania. Va a negociar en nombre de Harvard ala biblioteca de un viejo judío -un empresario dueño de una célebre colección de autógrafos: había hecho una pequeña donación al Museo Kaiser Wilhelm justo antes de la guerra. Cuando llegó 1939 los nazis pusieron la colección en sótanos + precintos en la puerta, pero se le permitió al individuo permanecer en la casa. En 1944 llegaron los bombarderos ingleses y estadounidenses, + destruyeron la mayoría de las casas en la zona, pero esta casa sigue en pie.
Encuadrar el relato
Contado en estilo abstracto -con tan pocos hechos como sea posible
Modelo: Kafka

5/1/57
(...)
Notas sobre el matrimonio
¿Para ser presentado a mis bisnietos, en mis bodas de oro? "Bisabuela, tú tenías sentimientos?" "Sí. Era una enfermedad que contraje en mi adolescencia, pero la superé".
(...)
De ahora en adelante voy a escribir cada maldita cosa que se me pase por la cabeza.
(...)
Tengo diarrea de la boca y estreñimiento de la máquina de escribir.
No me importa si es pésimo. La única manera de aprender a escribir es escribiendo. La excusa de que lo que se está contemplando no es lo suficientemente bueno.

2/1/58
Pobre eguito, ¿cómo te sientes hoy? No muy bien, me temo -algo magullado, adolorido, traumatizado. Oleadas ardientes de vergüenza, y todo aquello. Nunca me ilusioné con que ella estuviera enamorada de mí, pero sí supuse que yo le gustaba.

6/1/58
Harriet vuelve; se reanudan los juegos del sexo, el amor, la amistad, las bromas, la melancolía. Me habla de un tiempo lujurioso, espléndido en Dublín. ¡Dios, es hermosa! Y es difícil estar con ella, incluso en el ámbito de su propio doblez. Egoísta, nerviosa, burlona, aburrida de mí, aburrida de París, aburrida de sí misma.

26/2/58
... Escuché ayer a Simone de Beauvoir disertar sobre la novela (aún es posible) en la Sorbona (con Jaffé). Tensa, de cabello negro, es esbelta y muy guapa para sus años, pero su voz es desagradable: algo en el timbre alto + la nerviosa rapidez con la que habla-

15/4/58
Después de dos semanas en España (Madrid, Sevilla, Cádiz, Tánger) estoy de vuelta en París… ¿Por qué no llevé conmigo este diario? Porque sabía que Harriet llevaría el suyo, y me pareció muy grotesca la imagen de las 2 compartiendo alguna habitación de hotel mientras escribíamos la una frente a la otra -elaborando nuestras identidades privadas, pintando nuestros infiernos privados.
(...)
...La corrida de Sevilla, el modo en que se me revolvieron las tripas cuando el primer toro cayó en la arena. El martes en Madrid, el modo en que las pinturas de El Bosco y la música flamenca bulleron toda la noche en mi cabeza… los cascos de estilo nazi de los soldados que marchaban en algunas de las procesiones sevillanas. (...)
(...) Cádiz fue la ciudad más hermosa que vi en España -el centro muy aseado y moderno y con una hermosa y triste quietud de pobreza a lo largo del rompeolas. Una ciudad de atractivas pero modestas plazas, muchas estrechas calles peatonales, niños y marineros, y el mar, y el sol.

4/7/58
¿Qué diferencia puede haber entre la situación de una persona cuerda mientras el resto del mundo estaba loco, y la de una persona loca mientras todos los demás están cuerdos?
Ninguna.
Su situación es la misma. La locura y la cordura son iguales, aisladas.
(...)

19/11/59
La llegada del orgasmo ha cambiado mi vida. Estoy liberada, pero no hay que decirlo así. Más importante: me ha cerrado, ha cancelado posibilidades, ha logrado que las opciones sean claras y definidas. Ya no soy ilimitada, es decir, nada.

15/9/62
La sexualidad femenina: dos tipos, la que responde + la que inicia. Todo sexo es a la vez activo (con la dinamo dentro de una misma) + pasivo (la entrega).
El miedo a lo que la gente piense -no el temperamento natural- causa que la mayoría de las mujeres sean dependientes de ser deseadas antes de desear.
(...)

3/12/61
El miedo a la vejez surge del reconocimiento de que no se está viviendo ahora la vida que se quisiera. Equivale en un sentido a vilipendiar el presente.

miércoles, marzo 30, 2011

Aparición de Pynchon en Barcelona

Vean la imagen (por cierto, la misma fue portada de una de las últimas ediciones de Quimera). Pues bien, más o menos así sería hoy en día el rostro del siempre esquivo Thomas Pynchon.
Narrador difícil. Pero valen las horas invertidas en él. Al menos a mí me resulta un reto cada vez que vuelvo a sus páginas, como en la tarde de ayer, que estuve picando algunas de V.
Sobre un posible encuentro con Pynchon trata el último artículo de Enrique Vila-Matas, mientras este buscaba con Eduardo Lago, hace dos años, la tumba de Herman Melville en el cementerio Woodlawn, Bronx.
Por otra parte, el último domingo EV-M también público otro artículo: "Surfear", dijo Pauls.
Ambos vía El País.

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Cuando ya nos despedíamos, el puertorriqueño Giménez, "policía de cementerio", reparó en la edición de bolsillo de Bartleby el escribiente que llevaba Eduardo Lago y este terminó dándosela. Entonces Giménez nos contó que por las mañanas leía entre las tumbas. Le gustaban Henry James, Auster, Bolaño, DeLillo, Foster Wallace, Pynchon... Este último era su escritor preferido, dijo, aunque no le entendía nada, ni palabra, pero le alegraba enormemente las mañanas entre las lápidas.
Todo eso nos dijo Giménez hace dos años, la tarde en que visitamos el cementerio de Woodlawn, Bronx, donde está enterrado Herman Melville, el autor de Moby Dick. A pesar de llevar un mapa para buscar la tumba, nos perdimos Cristina Grande, Eduardo Lago y yo. Y cuando comenzó a oscurecer infundimos sospechas a un coche patrulla que llevaba sobre el techo la extraña divisa "Cemetery police" y del que descendieron dos mulatos con caras de malas pulgas, revólveres al cinto y estrellas de sheriff. Iban a detenernos, pero las buenas maneras de Eduardo les ablandaron y al final acabaron ayudándonos en la busca de lo que Velásquez, el compañero de Giménez, también puertorriqueño, llamó -imaginamos un ataúd inmenso- "la tumba de Moby Dick". De aquel día no olvidaré, por supuesto, el momento en que Lago dirigió mi atención hacia el interior del vehículo policial, donde había un tercer hombre, medio oculto por su sombrero y gabardina, tomando notas. Por la noche bromeamos, y alguien comentó que era Pynchon. Después de lo que pasó el viernes en Barcelona, tal vez no se equivocó.
"Un guarda de cementerio del Bronx que vela por la tumba de Moby Dick, lee entre sepulcros, requisa libros y quizás oculte a Thomas Pynchon en su coche patrulla" se lee estos días en diversos blogs y twits, no en la prensa escrita porque en ella, como es sabido, se informa de actos culturales antes de que tengan lugar, pero no suele comentarse nada de lo que después se habla o sucede en ellos. El pasado viernes, participando en Kosmópolis, el festival literario barcelonés, nos adentramos con Lago en el tema de la compleja relación de todo narrador con la figura del lector y en un momento dado establecimos una conexión de video-conferencia con el policía Giménez. Queríamos que nos hablara desde Nueva York, con su estilo primario y brutal, de su vida de lector entre las tumbas. Y en realidad también queríamos ver si Pynchon trabaja o trabajó en una novela en la que Woodlawn, Bronx, podría tener un papel relevante.
Comenzamos preguntándole si ser policía de cementerio significa vigilar a los muertos y soltó una carcajada para negarlo. ¿Acaso vigila a los ladrones de tumbas? Excusó a Velásquez porque no lee y el pobre confundió aquel día a Melville con Moby Dick. Dijo después recordar con entusiasmo Las bostonianas de Miller y disfrutar con Auster porque se le nota que ama Nueva York. Leyó hace tiempo a García Márquez y hace poco a Foster Wallace y admira a Bolaño, pero que no le quiten a Pynchon, no sabría qué hacer sin él, leyéndole por las mañanas entre los sepulcros, sin comprender ni palabra de lo que dice, pero sintiéndose enormemente feliz.
Seguía pues todavía gloriosamente feliz con Pynchon. Y consideramos llegado el momento de preguntarle quién era el hombre que se ocultaba en el coche aquella tarde. ¿DeLillo tal vez? Lo negó de un modo que se delató, se vio que era un escritor el hombre oculto aquel día en el coche patrulla. Al preguntarle si era Pynchon se puso visiblemente nervioso y todo el público de la sala de Kosmópolis pudo apreciarlo. ¿Acaso prepara Pynchon algo sobre Woodlawn? Ya no quiso contestar, se le vio muy incómodo y cerramos la conexión. Pero el acontecimiento había tenido lugar, la noticia no tardaría en viajar por la Red. Después, seguimos conversando con Lago, casi como si nada hubiera pasado, pero hablamos mucho de escritores ocultos y de lectores que tienen comunicación directa con ellos.

Roberto Bolaño en El Salvador. Supremo jardín de la guerra florida

Hace ya varios días leí en la excelente revista digital Frontera D un texto de Miguel Huezo Mixco sobre el paso de Roberto Bolaño por El Salvador, en 1974.
Va para los hinchas de Bolaño. Recomiendo que lo graben.

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Roberto Bolaño pasó alguna vez por El Salvador. Parece que venía espantado. La leyenda dicta que el viaje entre Santiago de Chile y la Ciudad de México lo hizo por tierra, abordando autobuses y pidiendo aventones. En esa ruta paró en San Salvador. Aquella brevísima estancia en la capital salvadoreña, que tuvo lugar en una indeterminada fecha de 1974, ha dado lugar a una serie de equívocos que ahora forman parte del mito Bolaño.
Comenzaré por decir que la decisión de Bolaño de cruzar por estos lares no tuvo que ser deliberada. El Salvador es como un grano solitario que el azar ha dejado a un lado de la Panamericana, la carretera más larga del mundo, que se extiende desde la Patagonia hasta Alaska por más de 25.000 kilómetros. Un grano purulento al que no hay más remedio que mirar.
Devoro todo lo que encuentro sobre Bolaño. En una de esas búsquedas, hace un tiempo, me encontré una brevísima reseña sobre Los detectives salvajes publicada en el sitio web de la tienda Barnes&Noble, donde se pregona que Bolaño estuvo en El Salvador con el poeta Roque Dalton y que conoció a sus asesinos. Pero esta afirmación, que uno se encuentra por doquier, no pasa de ser una fantasía.
La familia Bolaño-Ávalos decidió emigrar de Chile a México en 1968. Este año sería recordado por los chilenos como el de la Gran Sequía. El desempleo empujó a miles de trabajadores a emigrar a los países vecinos. Algunos, como quizás fuera el caso de los Bolaño, se fueron todavía más lejos. Roberto Bolaño tenía 15 años. Abandonó sus estudios. Se dedicó a escribir y a ejercer variados oficios y actividades (incluyendo robar libros).
El año de su arribo al D.F. coincidió con la celebración de los Juegos Olímpicos -la olimpiada del Black Power- que lanzó al mundo las imágenes de los deportistas negros subiendo al podio a recibir sus medallas con el puño en alto. Pero el 68 mexicano fue un año increíble por muchas otras razones. El 26 de julio, la policía apaleó una manifestación universitaria en la avenida Juárez. En los días que siguieron, los muchachos se lanzaron a protestar en las calles y se tomaron numerosos centros de estudio. El conflicto se agravó el 18 de septiembre con la ocupación militar de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Luego, en Tlatelolco, el 2 de octubre, el ejército disolvió a tiros una multitudinaria concentración de estudiantes, profesores, obreros, empleados y curiosos. Los pormenores me los contó años después en el D.F. el poeta Uriel Valencia, que vivía en El Salvador cuando ocurrió la matanza, pero conocía todos los detalles como si hablara de una matanza salvadoreña: “aquí cayeron… desde allá disparaban… allí murieron”.
Cinco años más tarde, en 1973, en un arranque de idealismo Roberto Bolaño decidió volver a Chile. Si nos atenemos a sus narraciones, esta travesía, que llamaremos el viaje al Sur, la hizo por tierra y mar. En Amuleto, el narrador refiere las andanzas de Arturo Belano (el alter ego de Bolaño) por Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. En este último país, Belano toma un barco con destino a Chile. Carolina López, su esposa durante 19 años, describe a Bolaño como un hombre entregado al sueño de la revolución, que viajó a Chile “para vivir la transformación de su país”. Bolaño estaba convencido de la necesidad de sumarse, en sus propias palabras, a la guerra florida: “la lucha armada que nos iba a traer una nueva vida y una nueva época”.
La guerra florida -batallas rituales organizadas por los antiguos pueblos mesoamericanos a fin de obtener prisioneros para los sacrificios humanos- fue una de sus metáforas favoritas. La figura aparece en su novela Estrella distante (1996) y en su discurso de recepción del Premio Rómulo Gallegos (1999). Es la misma guerra que llevó al sacrificio a millares de muchachos, como repite en Amuleto (1999). En Tres (2000) declama: “Soñé que los soñadores habían ido a la guerra florida. Nadie había regresado. En los tablones de cuarteles olvidados en las montañas alcancé a leer algunos nombres. Desde un lugar remoto una voz transmitía una y otra vez las consignas por las que ellos se habían condenado”.
Bolaño parecía poseído por una enorme determinación de pelear. En 1998 ofreció a Lateral un vívido relato de los acontecimientos del día del golpe. Cuenta que Jaime Quesada, un amigo de su madre en cuya casa se estaba quedando, lo sacó del sueño con la nueva de que los militares estaban derrocando a Allende, Bolaño habría respondido: “¿Dónde están las armas?, que yo me voy a luchar”. Sale a la calle. Toma contacto con una célula comunista. Sus integrantes han concebido el absurdo plan de derribar puentes con cócteles molotov. Le dan un seudónimo, un santo y seña y una bicicleta. Le indican que se presente ante una célula mayor. Aquello, recuerda, era “como una película de los hermanos Marx. Órdenes, contraórdenes, nadie se aclaraba”.
El chileno Bruno Montané (Felipe Müller en Los detectives salvajes) asegura que el golpe cogió a Bolaño en el sur del país, en Chillán o Mulchén (El Hispano, 2005). “Al verlo con veinte años, bigote, pelo largo y además oírlo con acento mexicano a los pacos les vino la paranoia y lo bajaron del bus”. Bolaño cuenta que se sintió hombre muerto. Pudo salir del apuro ocho días después, gracias a dos milicos, ex compañeros de escuela, que al reconocerlo lo dejaron ir. Tras el golpe, vino el estado de sitio y los fusilamientos; los estadios se convirtieron en prisiones, las bibliotecas en hogueras. “Me dediqué a recorrer las librerías de Santiago como una forma barata de conjurar el aburrimiento y la locura”, dice. El sueño se había derrumbado. Aquella participación suya en la resistencia lo hace aparecer como un chaval blandiendo una espada de madera. Decide escapar. No fue el único. Un millón de chilenos huyeron de Pinochet.
De vuelta a México
Bolaño volvió a subirse en la carretera más larga del mundo. Es fácil imaginar las dificultades de una empresa como esa. Antes de alcanzar su destino, debió pasar por al menos diez países atravesando pampas, valles, montañas, selvas, desiertos e incontables ciudades y microclimas. La Panamericana se interrumpe en el Tapón del Darién por espacio de 87 kilómetros de espesa selva poblada por indios chocoes y kunas, y donde se dice que moran los “indios rubios”, supuestos descendientes de antiquísimos exploradores noruegos. En este punto, el viajero debe seguir el trayecto en panga o ferry entre parajes de extraordinaria belleza, y seguir adelante contemplando inmensos lagos donde un país entero, El Salvador, por ejemplo, podría sumergirse como un pedazo de galleta. Volcanes humeantes, arrozales, bosques, cañaverales, atardeceres color rosa y cloaca, y, por doquier, manchas de gente empobrecida: tullidos, limosneros, hambrientos, emergiendo entre la basura.
De esa grande expedición -más extendida que la campaña libertadora de Bolívar a través del Páramo de Pisba- no hay rastro visible en la obra de Bolaño. El único país que Bolaño mencionó públicamente fue El Salvador. Comencemos por despejar que no vino a buscar a Roque Dalton, sino a Manuel Sorto. Meme Sorto es un personaje de la vida real -si esto existe-. Aparece fugazmente en Amuleto, en el tramo donde el narrador recuerda el viaje de Belano a Chile y su regreso a México convertido en otra persona: un veterano de las guerras floridas, o quizás “un pavo real presumido y tonto”, como lo describe Laura Jáuregui en Los detectives salvajes.
Para reconstruir la estancia de Bolaño en El Salvador busqué a Manuel Sorto. Este poeta, dramaturgo y cineasta salvadoreño, nacido en 1950, ha fijado desde hace años su residencia en Bayona, Francia. Sorto era un pequeño genio. A los 18 años de edad había interpretado el papel de Clov, de Final de partida, de Samuel Beckett, y publicaba poemas en la revista de las Brigadas La Masacuata. Entre los integrantes de este colectivo estaba el poeta Eduardo Sancho, que llegaría a ser uno de los fundadores del movimiento armado salvadoreño. En 1971, Sorto publicó poemas en la antología Las cabezas infinitas, un libro de culto entre los poetas jóvenes salvadoreños, que incluía poemas de Ricardo Lindo, Roberto Monterrosa, Mauricio Marquina, Ricardo Castrorrivas, Ricardo Humano y Eduardo Sancho.
A través de numerosos mensajes electrónicos y conversaciones por Skype, Sorto me proveyó de información suficiente para despejar el mito construido en torno a la estancia de Bolaño en El Salvador.
Mirar el mundo
En 1971, el poeta chileno Jaime Quesada pasó por El Salvador. Venía de Chile. Le cuenta que va a México a la casa de una amiga chilena, Victoria Ávalos, y del hijo de esta: Roberto, que también es poeta. Si vas a México, búscalo, le dice. Le entregó el número de su teléfono. Poco después de la partida de Quesada, aprovechando el viaje a México de Guido Arias Bojórquez, Sorto hace las maletas y se sube como copiloto en el carro de su amigo. Es la primera gran aventura de su vida.
Sorto recuerda al D.F. como una ciudad a la que no se le miraba fin. Fue a parar a Bucareli, cuyos bares, en especial el café La Habana, eran puntos de encuentro de periodistas, poetas y escritores. Allí conoció a la poeta salvadoreña Lilian Serpas (que aparece en Amuleto) por intermedio de la uruguaya Alcira Soust Scaffio (Auxilio Lacouture), y tomó contacto con Humberto Musacchio, que dirigía el suplemento juvenil ‘Nuestra Onda’, de El Universal. Inclusive publicó una pequeña antología de la poesía joven de El Salvador en la ‘Revista Mexicana de Cultura’ de El Nacional, que dirigía Juan Rejano.
Una noche de bohemia, en el bar El Universo, con los poetas del Taller de poesía de Juan Bañuelos, a Sorto le estalló una úlcera. Debido a la emergencia se decidió a usar el número telefónico que Quesada le había entregado: el de Bolaño. Discó. Responde el teléfono Roberto. Manuel se identifica y le explica su situación. Roberto le dice que sabe quien es y que puede venirse a su casa. Le indica dónde tomar un pesero: en El Caballito, en Reforma y Bucareli. Bolaño vivía muy cerca de la Villa de Guadalupe, junto con su padre León, su madre Victoria, y su hermana Salomé. Sorto recuerda que le trataron bien: “Victoria compraba un litro de leche extra solo para mi úlcera”. Se hicieron amiguitos. Charlaban, vagaban y se hacían confidencias.
Sorto permaneció en la casa de los Bolaño desde noviembre de 1971 hasta febrero o marzo de 1972, cuando volvió a El Salvador. Pero su errancia apenas había comenzado. Meses después tomó un bus para Ciudad de Guatemala donde vivió un tiempo en la casa del poeta Francisco Morales Santos. Allá desplegó una intensa actividad durante buena parte del año 1973: trabajó como profesor en la Escuela de Teatro, Cine y Televisión de Guatemala, colaboró con el periódico El Gráfico y publicó su libro Frutos para Ana (1973). Regresó a San Salvador en 1973. No tiene un recuerdo exacto de si el 11 de septiembre de ese año, cuando ocurrió el golpe de Estado en Chile, todavía se encontraba en Guatemala. En cualquier caso, contra lo que algunos han dicho, Sorto ni siquiera se enteró cuando Roberto Bolaño pasó rumbo al sur.
Para finales del 73, Bolaño había puesto fin a su corta experiencia como resistente y volvía a México on the road. Aunque no tengo registros, antes de llegar a San Salvador Bolaño debió detenerse en numerosos lugares. Por ejemplo, en Nicaragua. El escritor salvadoreño Jaime Barba -quien tomó contacto con el chileno a través de Daniuska González, de la revista Ateneo- considera que el chileno “se abrazó” en Managua con el poeta Beltrán Morales (Casa de las Américas, 249). En efecto, Marcia Ramírez, la viuda de Morales y hermana, a su vez, del novelista Sergio Ramírez, confirmó por medio de un correo electrónico que su marido atendió a Bolaño en Nicaragua. Añadió: “Si mal no recuerdo hasta lo llevamos a Masatepe”, en el departamento de Masaya, el pueblo de donde son originarios los Ramírez. Bolaño tuvo especial admiración por la poesía de Morales. Este figuró más tarde en la antología Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego (1979), preparada por Bolaño. Y en 2001, cuando Barba le sugirió la publicación en San Salvador de una antología de sus relatos, Bolaño le respondió por e-mail: “en lugar de publicar algo mío, tendrías que publicar una antología con la obra de Beltrán Morales”.
A raíz de un episodio incluido en Los detectives salvajes, se suele decir que Bolaño fue recibido en algún momento, en Nicaragua, por el poeta Ernesto Cardenal. Pero este encuentro pertenece al orden de la ficción. Cardenal mismo, a través de Claribel Alegría, se encargó de aclararme que “nunca lo conoció”.
El violento jardín
Un día indeterminado, en torno al mes de abril de 1974, Manuel Sorto recibió una llamada telefónica: era Bolaño. Le dice que está en San Salvador. Sorto recuerda: “llegó en bus, con mochila y no se quedó más de una semana”. Al parecer Bolaño dio con él preguntando en la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación, donde Manuel ya era muy conocido. Los dos amigos se encontraron y fueron directamente por el equipaje de Roberto a una pensión barata ubicada en el centro histórico de San Salvador, en las proximidades del parque Libertad. De allí se fueron al barrio donde Manuel residía con su madre y su hermana, en el pasaje 1, casa número 9, de la colonia Atlacatl, un punto de paso de pintores, escritores y cineastas. Cuando nos conocimos, en 1978, Sorto seguía viviendo allí con Lynn Geary, su mujer, una inglesa de Liverpool. Manuel dejó esa casa cuando tuvo claros indicios de que su vida corría peligro, y salió al exilio.
Durante esos días Roberto Bolaño apenas tuvo contactó con algunos amigos de Sorto. La mayoría de los integrantes de La Masacuata ya estaba operando clandestinamente. Estos eran Alfonso Hernández, Rigoberto Góngora, Salvador Sillis, Luis Felipe Minhero y, de nueva cuenta, Eduardo Sancho. Tuve la suerte de conocerlos a todos en tertulias literarias o, más tarde, en las zonas guerrilleras del norte del país. Con excepción de Minhero y Sancho, todos encontraron la muerte en la guerra civil. Como Bolaño, todos habían nacido alrededor de los años 50.
De aquellos núcleos guerrilleros iniciales, uno de los mayores era Roque Dalton. El poeta, quien ya era una leyenda viva en el país, había ingresado en secreto, con papeles falsos, bajo estrictas medidas de seguridad, el 24 de diciembre de 1973. Venía investido con el cargo de asesor de la dirigencia del naciente Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). La noche de Navidad la pasó en el apartamento del que luego sería el autor intelectual de su asesinato, Alejandro Rivas Mira (Sebastián). Ese lugar estaba ubicado en los alrededores del parque Libertad, a corta distancia de la pensión donde se hospedaría, meses después, Roberto Bolaño. Esto es lo más próximo que ambos estuvieron en toda su vida.
La parte de Dalton
Me apresuro a decir que, hasta donde conozco, Bolaño nunca dijo haber conocido a Dalton. Es muy difícil establecer el origen de esta falsedad que más parece concebida como parte de la producción mercadológica de Bolaño. Lo que sí dijo es que vivió en El Salvador y que conoció a los asesinos de Dalton.
Dice: “Yo conocí a varios de los que mataron a Roque Dalton. Viví en El Salvador antes de que comenzara la Guerra Civil (...) Quien me presentó a esta gente fue Manuel Sorto, que era el cineasta oficial de la guerrilla, el que filmaba las películas, a riesgo de su vida, que luego se exhibían en todo el mundo. Fue una persona muy ética. Pero, por ejemplo, Cienfuegos, que es uno de los que dieron la orden de matar a Roque Dalton, yo me pregunto si, incluso, no hay allí una enemistad literaria (...) [De] los diez comandantes principales cuatro eran escritores. Y a dos de ellos los conocí. A uno que se llamaba Cienfuegos y a otro que no sé cómo demonios se llamaba”.
Añado una cita asaz candorosa: “Roque Dalton se oponía al levantamiento armado y los comandantes decían que ya era la hora y que había que empezar la revolución. No llegaron a ningún acuerdo; Roque Dalton se fue a dormir, los comandantes siguieron discutiendo y dijeron: hay que matarlo. Como si fuera una banda de gángsters. Y dijeron, matémoslo ahora que está durmiendo, porque es poeta, para que no sufra. Palabras literales”.
Vayamos por partes. Lo primero: es improbable que el autor de 2666 haya conocido a los matadores del poeta. Durante los pocos días que permaneció en San Salvador, Bolaño se reunió con algunos amigos de Sorto, pero, como he dicho, los poetas de La Masacuata ya se encontraban viviendo en los rigores de una sociedad secreta. Era muy difícil que los llegara a conocer. Además, ninguno de ellos formó parte del “comité” que participó en el asesinato de Dalton en 1975. El único que estuvo en el perímetro de aquel horrendo crimen fue Eduardo Sancho. Su seudónimo era Fermán Cienfuegos, y es el comandante al que Bolaño alude líneas arriba. Cienfuegos fue el jefe inmediato de Dalton hasta su muerte. Pero, al contrario de lo que dijo Bolaño, fue el único miembro de la cúpula del ERP que se opuso al asesinato del poeta.
Dalton fue acusado de alta traición y de ser un doble agente trabajando para la CIA y el espionaje cubano. En su libro Crónicas entre los espejos (2002), Cienfuegos cuenta que Lil Milagro Ramírez, miembro del núcleo guerrillero, urdió un plan para que Roque, Sancho y ella misma se evadieran. Para su sorpresa, Roque no aceptó.
Como establece la antigua tradición de las guerras floridas, Dalton fue llevado al sacrificio, en este caso por sus mismos camaradas-enemigos. Aquel crimen partió en dos al ERP. Cienfuegos tuvo después un papel clave en la organización de un nuevo grupo armado, la Resistencia Nacional (RN) que en 1980 formó parte del Frente Farabundo Martí. Sobre las circunstancias en que se produjo la muerte de Roque Dalton existe abundante literatura y no hay nada que indique que la pugna al interior de aquel naciente grupo armado tuviera motivaciones literarias. Tampoco hay un solo hilo que conduzca a responsabilizar a Cienfuegos del hecho.
Pero vayamos al punto central. ¿Existió alguna posibilidad de que Bolaño se entrevistara con Dalton en 1974? En el compartimentado mundo de aquella sociedad secreta, a Dalton solo podía accederse a través de Cienfuegos; y Bolaño solo pudo haber tomado contacto con este a través de Manuel Sorto. De acuerdo con Sorto, esto jamás ocurrió. Sorto, además, nunca conoció a Dalton.
En el transcurso de la escritura de este texto, en febrero de 2011, le pregunté a Cienfuegos si recordaba un posible encuentro, en 1974, con el joven escritor chileno Roberto Bolaño. Respondió que no. Cienfuegos tenía bastantes razones para no andar en la tertulia: la policía le había puesto precio a su cabeza tras acusarlo de haber participado en el secuestro y posterior asesinato del industrial Ernesto Regalado Dueñas, miembro de una de las más prominentes familias del país, a manos de una célula del recién surgido ERP. En El Salvador la cosa estaba ardiendo.
- ¿Habría sido posible un encuentro de Dalton con Bolaño? -insistí.
-Imposible -respondió.
Este imposible encuentro de Dalton y Bolaño, sin embargo, ha venido a añadir una nueva capa a los mitos de estos dos escritores. Nada prueba que Bolaño estuvo con Dalton en San Salvador. Ni que Bolaño conoció a los asesinos del poeta. Muchas afirmaciones de Bolaño en torno a las circunstancias del asesinato de Dalton tampoco se ajustan a la realidad. Me apropio de una frase de Juan Villoro para repreguntar: “¿Hasta dónde hay que tomar al pie de la letra sus provocaciones, sus salidas de tono, sus bromas, sus afortunadas desmesuras?”.
Tras su regreso a México, Bolaño emprendió una intensa carrera literaria. Dalton y El Salvador comenzaron a aparecer de forma intermitente en el fabuloso mundo de sus obras. El narrador de Estrella distante recuerda haber visto en televisión imágenes de las miserables barricadas levantadas por la guerrilla salvadoreña en la ofensiva de 1989, con espectro de Dalton incluido. En Los detectives salvajes, García Madero roba de la Librería del Sótano un libro de poemas de Roque, junto a otro de Lezama Lima y uno más de Enrique Lihn; Laura Jáuregui recuerda a Belano hablándole de Guatemala y El Salvador el día en que se besan por primera vez; y en 2666, los migrantes salvadoreños y centroamericanos aparecen como ánimas penando entre el desierto y la ciudad… Aquel corto viaje y el testimonio de Dalton bastaron para que Bolaño conservara en su memoria a este supremo jardín de violencia. Un país de memoria, hecho con espectral imprecisión.
Pero no solo la ficción, la mercadología y las hagiografías han hecho que Dalton y Bolaño se encuentren. Los dos tienen sus respectivos altares paganos como héroes culturales que convirtieron a la poesía en el eje de sus vidas azarosas. Uno y otro, como lo estableció el canon infrarrealista, caminaron “en línea recta hacia lo desconocido”. Sus obras literarias pueden ser leídas como testamentos de una época en la que nada nos salió bien. Ni en Cuba, ni en Nicaragua, ni El Salvador... y la lista es larga. Ambos escribieron novelas semi-autobiográficas que tienen como eje las hazañas de las vanguardias estéticas de San Salvador y México: Pobrecito poeta que era yo (1975) y Los detectives salvajes (1998). Cada uno, a su manera, interpeló el autoritarismo de las vanguardias políticas. Dalton quizás no tuvo tiempo de desencantarse en la hora maldita de su asesinato. Bolaño, en cambio, condensa el cambio generacional que, una vez pasadas las guerras floridas, es capaz de decir: “soñábamos con una utopía y nos despertamos gritando” (Primer manifiesto infrarrealista, 1976).

"El escritor tiene que ser un tipo salvaje"

La verdad que me hubiera gustado reproducir en el blog la entrevista que Abelardo Sánchez León le hace a Rodrigo Núñez Carvallo, a razón, obvio, de SUEÑOS BÁRBAROS, en la última edición de la revista Quehacer. No se puede porque aún no domino los misterios de copia y pega en pdf.
La entrevista -10 páginas- es saludable e insolente.
La pueden leer aquí.

martes, marzo 29, 2011

Si votas por PPK, eliges a Humala

La fortaleza de la soledad no solo es un blog literario. Como bien saben los lectores, en este espacio posteo y reproduzco lo que me gusta y parece interesante.
Hasta aquí, todo bien... Espero...
Ahora, veo con mucha preocupación lo que le pueda pasar al país si en la segunda vuelta electoral tengamos que elegir entre Ollanta "El comandante Carlos" Humala y Keiko "La rata naranja" Fujimori. Sea quien gane, tenemos la axiomática garantía de irnos a la mierda, a retroceder lo poco o mucho que hemos avanzado.
Al igual que miles de peruanos, sé que aún hay muchas cosas por hacer, en especial por los millones de compatriotas que no han sido beneficiados por el tan mentado despegue económico de los últimos años.
De hecho necesitamos un cambio en el sistema. Sin embargo, el que tengamos a un mentiroso, hipócrita, asalariado de Chávez (investigar sobre los recibos mágicos que en el último lustro ha venido firmando la esposa del comandante Carlos) y presunto violador de derechos humanos y a una patética demagoga y corrupta, es un reflejo de lo chato en criterio que seguimos siendo como sociedad.
Estamos ante una muestra de que no siempre el dizque progreso económico va de la mano con uno que sea cultural. (Por cierto (y saliéndome un toque del sentido del post): en la exposición de propuestas de los candidatos presidenciales, ninguno, pero ninguno, en educación, ha lanzado la no tan original idea de un Plan Lector integral, que, aparte de tener voluntad política para llevarlo a cabo, esté respaldado por un presupuesto de millones de dólares.)
Queda claro que esta gesta electoral no es una lucha ideológica entre la derecha y las izquierdas. Más bien lo es, de lejos, entre el sentido común y la estupidez.
Solo en un país como este podemos tener a un peculiar candidato como Pedro Pablo Kuczynski. PPK, a secas. Para muchos, un hombre honesto y eficiente, para otros muchos, un conchudazo lobbista que vela por los intereses de sus patrones.
No voy a quemar cerebro en estas idioteces. Puede ser lo uno, como lo otro.
Que no haya duda alguna de que su candidatura se ha convertido en un real y potencial distractor para millones de peruanos -dicho sea: ¿cómo confiar en alguien que, habiendo tenido ya varios meses para hacerlo, aún no renuncia a su nacionalidad norteamericana?- que involuntariamente nos están llevando a que en la segunda vuelta tengamos que escoger entre el comandante Carlos y la rata naranja.
Si esta pesadilla se hace real, repetiré el plato de la segunda vuelta del 2006: viciar el voto.
Desde hace más de un mes vengo recibiemdo mails múltiples de apoyo al supuesto hacedor de los atropellos de Madre Mía en 1992. Por coherencia ética, moral y mental, los borro. Me bastó chequear el primero de ellos para darme cuenta de que el resentimiento y la matonería jamás formarán parte de ningún discurso que se respete como tal.
Pues bien, paso a reproducir un mail que recibí hace unos minutos. En él no se nos pide que elijamos al mejor o al menos malo de los candidatos. Sino que se nos argumenta por qué debemos salvar al país de una inminente catástrofe.
Y ahora, vuelvo a lo mío. Estoy terminando de leer las más de 600 páginas de EL OTRO HOLLYWOOD. Una historial oral y sin censurar de la industria del cine porno (Es Pop Ediciones, 2008).

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1.- PPK sería un buen presidente. Probablemente mejor que los otros.
2.- Eso no está en discusión. El problema es que ya está clarísimo que no llega.
3.- Los resultados van así en votos validos:

Primer pelotón:

Humala 22,8% (subiendo)
Keiko 22,3 % (estancada)
Toledo 21, 6% (paró de caer)

Segundo pelotón:

PPK 15,8% (ya casi no sube)
Castañeda 15% (de bajada)

4.- Pero asumamos que hay un milagro y PPK llega raspando, como es obvio, con Humala primero.
¿Qué dicen la encuesta de APOYO?
Pues Humala le gana a PPK en segunda vuelta.
Ahora por poco 43-42, pero hay que imaginarse lo que sería una campaña nacional del “gringo antipatria” contra el “cholo nacionalista”. Es fácil suponer quién ganaría. Recuerden, no más, como liquidaron a Lourdes Flores como la “candidata de los ricos”.

5.- En una segunda vuelta entre Ollanta y Keiko ¿Keiko le gana? Ahora las encuestas dicen que sí, pero por bien poquito 43-40. Pero Humala viene de subida y Keiko está estancada y es recontra vulnerable.

6.- ¿Qué pasa con Toledo que la tenía fija? Pues que su votos se los ha llevado PPK. Se han canibalizado entre los dos. En otras palabras, sin buscarlo, PPK está sacando de la segunda vuelta a Toledo y dejando allí a Keiko y Humala.

7.- ¿Qué hacer? Pues aún sabiendo que Toledo tiene muchos defectos, hay que votar por él porque es el único de los que puede llegar a segunda con los votos que le devuelva PPK y que luego aplasta a Humala en segunda vuelta (47-37).

8.- Ojo. Esto se resuelve ahora No se puede esperar a la segunda vuelta porque ya no habría nada que hacer.
Por el bien del país hay que ser sumamente prácticos y votar por Toledo que, con todos sus defectos, es un regular conocido y no va a arruinar al país. (¡y exigirle luego que ponga a PPK de Premier!)

9.- No vaya a ser que usted con su voto por PPK termine siendo quien elija a Humala. Después ya no habrá nada que hacer. Hará Asamblea Constituyente, derrochará recursos y será popular al comienzo, vendrá la reelección indefinida, la inflación y el atraso. Ya la historia es conocida.

10.- Hay que pensar y actuar con mucha responsabilidad. Hay mucho en juego.

Convérselo con su familia y sus amigos y se está de acuerdo con este razonamiento, difúndalo masivamente antes que sea demasiado tarde.

César Vallejo en sus cartas

Semanas atrás el sello Pre-Textos publico CORRESPONDENCIA COMPLETA. CÉSAR VALLEJO
La edición estuvo a cargo del crítico peruano Jesús Cabel.
Sobre este libro, escribe el poeta y narrador español José Manuel Caballero Bonald.
Vía Babelia.

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Soy muy adicto al género epistolar, esa mudable parcela de la literatura que ha dejado de practicarse hace ya años. Creo que sus últimos cultivadores fueron los que ya andan instalados, como yo, en el arrabal de senectud. Ahora nadie o casi nadie escribe cartas, a no ser que lo haga a través de los artificios electrónicos, cosa que por definición neutraliza lo que esos escritos tenían de pausado y confidencial despliegue de ideas. Algunos de los epistolarios últimamente editados -con el de Juan Ramón Jiménez a la cabeza- desmienten con creces esos apresurados juicios que los tildaban de literatura efímera. La presente edición de la correspondencia de César Vallejo es una prueba más del muy notable repertorio de datos que proporcionan las cartas para completar la imagen de un escritor.
Esta Correspondencia completa, cuyo título resulta más bien temerario, reúne hasta un total de 242 cartas, aparte de otros documentos menores, siendo las más numerosas las dirigidas a la familia, a Pablo Abril de Vivero, a Juan Larrea y a Gerardo Diego. Cierto que el propio compilador reconoce en su 'Introducción' que hay cartas que no han podido ser allegadas, por lo que aún resulta más infundado el calificativo del título. Cabe preguntarse, además, si existe algún epistolario que se pueda considerar completo. Imposible saber el cómputo exacto de cartas que alguien ha escrito durante toda su vida y el número de las inencontrables por algún motivo.
La presente edición, preparada con fervorosa solvencia por Jesús Cabel, cumple en cualquier caso con el muy provechoso cometido de facilitarnos no pocas claves de la peripecia humana y literaria de César Vallejo. Son escritos que informan adecuadamente sobre su difícil vida, a duras penas localizada entre Lima, París y Madrid. Por ahí anda el poeta retocando su propio retrato: la figura heroica de quien descoyuntó la estética del pasado en beneficio de la ética del porvenir, la imagen combativa, menesterosa, solidaria, tierna, errática, de ese emisario de su propia vida que también quería cambiar la vida, la ejemplaridad de quien sufrió toda clase de penurias y nos legó una poesía espléndida.
Resulta esclarecedor remitir las experiencias poéticas de Vallejo a las experiencias personales vertidas en estas cartas. Procedente del modernismo, del simbolismo, el autor de Trilce llega a los ismos de entreguerras sin ninguna voluntad de acatamiento. Los frecuenta y los rebasa en un viraje que afecta a cualquier otro viraje de la poesía escrita en español por aquellos años. Un áspero flujo verbal, como de filo mellado, entretejido de neologismos, frases hechas, discordancias léxicas y sintácticas, posibilitan paradójicamente el equilibrio de un raro y prodigioso linaje poético. El escenario doméstico, el paisaje triste de la memoria son sometidos a toda clase de tensiones gramaticales hasta que desaparecen las marañas retóricas para dejar paso a una poesía absolutamente límpida. Ese puede ser otro de sus secretos: la armonía surgiendo del desorden. Algo que también se deduce del propio recuento de infortunios, querencias humanas, desvelos políticos testimoniados en estas cartas.

Monumental cartografía poética: CUERPO PLURAL

(Publicado en Siglo XXI)

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Algo de experiencia tengo en estos menesteres de elaborar antologías. Como bien escuché algún tiempo atrás, “el mismo hecho de hacerlas te convierte en un ser peligroso y querido.” No pocos escritores matan por su pedacito de cuchitril en el parnaso literario. Esa es la verdad, aunque ante los micrófonos digan que el cuchitril les importe poco o nada. Creen que su identidad es amenazada si no son tomados en cuenta. Obviamente, para que te miren de esa manera –con odio, amor y rencor a la vez-, tienes que haber armado una buena antología, de cierta resonancia, en la que se sienta, principalmente, que tu caprichosa escogencia ha estado motivada por una lectura atenta y honesta del universo literario abordado.
En este sentido, la antología CUERPO PLURAL (Pre-textos, 2010), del crítico venezolano Gustavo Guerrero, es una obra monumental. Si la memoria no me es tramposa, se trata de la primera que nos brinda un ambicioso fresco de las actuales poéticas en Latinoamérica. Los autores convocados (nacidos entre 1959 y 1979) empezaron a publicar en las “aguas revueltas” de las últimas tres décadas. Por ello, es entendible la descomunal variedad de registros, la mayoría en constante diálogo con tradiciones no necesariamente literarias, en ejemplo palmario de la época de rupturas y transiciones en la que estas voces empezaron a enfrentarse (o en algunos casos a afianzarse) con la experiencia de la palabra escrita, pero asumida desde un actitud, digamos, festiva, nada señorial, como si la poesía fuera un elemento más de la vida, y alejada –salvo contados nombres en este trabajo- de las consignas de las escuelas del resentimiento literario (leer a Harold Bloom) y de los preceptos de la militancia política y el compromiso social.
En mi experiencia de lector, he venido notando una predilección lastimosa y aberrante, nutrida de la más pedante y mezquina ignorancia, cada vez que se hace referencia a lo que podemos entender por “generación”. Como últimamente entre críticos y escritores se ha puesto de moda denostar de esta palabra, resulta gratificante leer la valoración que hace de la misma un crítico como Guerrero. Bajo esa línea, es posible rastrear temas afines entre sus escogidos, como los derivados de sucesos cruciales de la historia contemporánea –la desaparición de la URSS y los atentados del 11-S, por ejemplo- con los que no necesariamente han tenido que ser del todo tributarios.
En cuanto a la calidad poética de CP… y lo digo de buena fe: irregular.
Pero no es para alarmarse, desde antes de meterme en estas páginas supe que iba a ser así. ¿Qué culpa tiene Guerrero? Ninguna. Lo suyo era entregarnos un mapa literario.
No hay que ser un sabio de cantina para esperar que los 58 poetas nos entreguen poemas que cambien el curso de nuestra existencia, o que cimenten nuestras vocaciones literarias. Aunque eso sí: ningún poema puede ser calificado de malo y hay varios en verdad perdurables.
Imposible no dejar constancia de los poetas que más gustaron a este lector. Así como dije que la hechura de una antología es capricho de escogencia, el lector de turno también ha decidido honrar ese capricho. Que nadie se resienta. Aquí van (sin orden de preferencia): José Carlos Yrigoyen, Alan Mills, Frank Báez, Yanko González, Germán Carrasco, Sergio Raimondi, Montserrat Álvarez, Laura Wittner, Malú Urriola, Mayra Santos-Febres, José Eugenio Sánchez, Sergio Parra, Edwin Madrid, Patricia Guzmán, Rossella di Paolo, Eduardo Chirinos, Rolando Sánchez Mejías, Joaquín Morales, Tedi López Mills, John Galán Casanova, Julián Herbert, Martín Gambarotta y Fernando Denis.

lunes, marzo 28, 2011

En busca de los diarios perdidos de Julio Ramón Ribeyro

En Revista de Libros del diario chileno El Mercurio, encuentro un reportaje de Diego Zuñiga H. sobre los diarios aún no publicados de Julio Ramón Ribeyro.
Imperdible.

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En esa habitación hay estanterías repletas de libros. Y de cuadernos. Y de archivadores. En esa habitación, Julio Ramón Ribeyro escribió cuentos, partes de sus novelas, diarios, muchas páginas de sus diarios. De los que aparecen en La tentación del fracaso -que los recopila desde 1950 hasta 1978-, pero también de los que aún permanecen inéditos. Diarios acerca de su vida en París y sus distintos viajes por Alemania, Bélgica o España, como también de sus regresos a Lima.
En esa habitación, en distintos momentos, dos jóvenes escritores vivieron la misma experiencia casi epifánica: un día, en los años ochenta, Ribeyro los dejó entrar y les mostró sus diarios cuando aún no pensaba en publicarlos. Ambos jóvenes escritores -Santiago Gamboa ( El síndrome de Ulises ) y Guillermo Niño de Guzmán ( Caballos de medianoche )- ingresaron a la habitación y vieron lo mismo: las estanterías repletas de libros y en una parte de éstas -en el estante más cercano al piso-, cuadernos, muchos cuadernos y archivadores con los diarios de vida de Julio Ramón Ribeyro.
Niño de Guzmán cuenta: "Toda la tarde me dejó hojearlos al azar, a mi voluntad, y me encontré con pasajes memorables". Y Gamboa cuenta: "Me senté en el suelo y los empecé a ver. Cosas a mano, hojas de hoteles, diarios pasados a máquina; algo extraordinario".
Según Gamboa, había 4 mil hojas. Según Alfredo Bryce Echenique -amigo entrañable de Ribeyro y quien también leyó, alguna vez, sus diarios antes de que los publicaran-, eran más de 50 cuadernos y carpetas. Según Jaime Campodónico, el editor que publicó los primeros tomos de La tentación del fracaso (en Perú se editó en tres volúmenes), había material para publicar entre siete y nueve tomos más. Es decir, muchas, pero muchas más páginas que las 704 que contiene La tentación del fracaso .
Esta historia es sobre esas páginas: las que quedaron inéditas, las que están guardadas en un banco en París, pues, como apuntan varios amigos y editores de Ribeyro, Alida Cordero -su viuda- no las ha querido publicar. Esas que van desde 1979 hasta 1994 -año en el que fallece el peruano-, justo cuando había ganado el Premio Juan Rulfo y su obra comenzaba a ser reconocida.
¿Qué pasó con los diarios?
A partir de cierto momento, la historia de Julio Ramón Ribeyro se confunde con la historia de sus libros. Leer La tentación del fracaso o La palabra del mudo -sus cuentos completos- parecieran ser la mejor muestra de que vida y obra, acá, se fundieron casi completamente. Porque leer un cuento como "Solo para fumadores" -una apología del acto de fumar y, de paso, un retrato de los años cuando operaron a Ribeyro, dos veces, de cáncer- o revisar cualquier página de sus diarios, resulta, a ratos, el mismo ejercicio.
"Sólo faltaba eso: me tienen que operar. El médico me habló de una úlcera subcardial que ha cicatrizado mal y me obstruye el esófago (...). Ya no queda otra opción: voy al matadero", anota, en su diario, el 4 de enero de 1973. Y en "Sólo para fumadores" escribe: "Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cosido como una muñeca de trapo (...). Prefiero no recordar las semanas que pasé en el hospital alimentado por la vena y luego por la boca con papillas que me daban en cucharitas".
Quizás por eso La tentación del fracaso es un libro tan importante. Porque explica parte de la obra de Ribeyro -que, por supuesto, también se puede leer sin las claves autobiográficas-, pero además porque es uno de los diarios de escritores más deslumbrantes de los que se pueda tener memoria.
En la introducción del diario, Ribeyro anuncia que serán diez o doce volúmenes los que compondrán este libro -sólo alcanzó a publicar los primeros tres-, lo que deja en el aire todo ese material inédito. ¿Qué pasó con esos diarios?
"Yo los vi. El acuerdo que tenía con Julio Ramón, era que yo publicara todos los diarios", cuenta Campodónico. Esto ocurrió a principios de los noventa, cuando Ribeyro decidió trasladar todo su material inédito desde París a Lima y no imaginaba que aquellos años serían los últimos de su vida.
Los sobrinos de Ribeyro
La tentación del fracaso no sólo es una acumulación de hechos autobiográficos, sino más bien un libro que deambula, sin problemas, por los caminos del ensayo y el aforismo. Ribeyro habla de su vida y de sus amigos peruanos perdidos en París, pero también reflexiona acerca de la obra de sus contemporáneos (elogia La ciudad y los perros , de Vargas Llosa, como también Un mundo para Julius , de Bryce Echenique), sobre el ejercicio de leer y de escribir ("La gran admiración que nos despierta un escritor se nota no tanto en que nos impone la lectura de su obra, sino la lectura de sus lecturas preferidas") y sobre su propia figura de autor: "Escritor discreto, tímido, laborioso, honesto, ejemplar, marginal, intimista, pulcro, lúcido: he allí alguno de los calificativos que me ha dado la crítica. Nadie me ha llamado nunca gran escritor. Porque seguramente no soy un gran escritor", anota en 1976.
Sin embargo, su obra sí alcanzó a tener reconocimiento mientras él vivió, como cuenta Bryce Echenique: "Siempre fue un hombre muy seguro de lo genuino de su escritura y que nunca buscó la moda. Se mantuvo fiel a lo que él era, y tal vez por eso y porque su obra fue fundamentalmente cuentística, quedó fuera del llamado boom latinoamericano, aunque era muy respetado por estos escritores. Voy a citar a dos que cuando me conocieron me pidieron por favor que les presentara a Ribeyro: uno fue Julio Cortázar y el otro fue Juan Rulfo. Los dos lo habían leído, y se los presenté porque tenían una admiración ciega por Julio Ramón".
Pero, sin duda, fue durante sus últimos años en Lima, a partir de 1990, cuando Ribeyro vivió con mayor certeza el reconocimiento de su obra. Jorge Coaguila, experto ribeyriano y autor de ensayos y entrevistas al autor, lo conoció en aquel tiempo y recuerda el mítico lanzamiento del tomo 4 de La palabra del mudo , cuando el lugar se repletó: "Había muchas expectativas, porque no publicaba cuentos desde 1978 y ya para muchos era el mejor cuentista peruano de todos los tiempos. Entre las cosas que ocurrieron ese día, un sobrino suyo quiso entrar al auditorio y le dijo a un guardia: 'Yo soy sobrino de Ribeyro, quiero pasar'. Y éste le respondió: 'Lo mismo me han dicho muchos, así que no lo puedo dejar entrar. Son demasiados sobrinos'".
Los años finales
Para muchos amigos de Ribeyro, estos años en Perú fueron los más felices de su vida. "Durante ese tiempo no lo vi, porque yo estaba en Francia, pero sé que recibió todo el amor del mundo, bebió -como siempre, moderadamente-, fumó y estuvo rodeado de amigos escritores, todos jóvenes, quienes lo admiraban profundamente", cuenta Bryce Echenique. Son los años, también, en que recibe el Premio Juan Rulfo y viaja, por primera vez, a Nueva York, donde comenzaría el final de su historia. Allá se enfermó y regresó a Lima, donde fue hospitalizado para no salir más. Son, justamente, esos años los que están registrados en los diarios inéditos y que Ribeyro, cuando se estaba muriendo, decidió que su hermano Juan Antonio los buscara y los guardara. "Le dijo a su hermano que se los llevara a su casa, porque no quería que los diarios quedaran a la deriva. Confiaba en que él pudiera publicarlos, pero a la muerte de Julio Ramón, Alida se dio cuenta de que faltaban los diarios y pidió que se los entregaran", cuenta Lucy Ipenza, viuda del hermano de Ribeyro, quien alcanzó a leer los diarios, mientras los tuvo, pero prefiere no hablar acerca de su contenido.
Luego de eso, los diarios regresaron a París -están en un banco-, donde vive actualmente Alida Cordero y en quien recae la responsabilidad, según los entrevistados de esta historia, de que aún esos diarios permanezcan inéditos.
El heredero de Ribeyro
A Alida le molesta que piensen que los últimos años de Ribeyro fueron los más felices de su vida. "Son tonterías. Fue feliz cuando nos casamos, fue feliz cuando tuvo a su hijo. Tuvo amantes en Lima, pero eso no es sólo la felicidad, sino no hubiera regresado (durante los noventa, Ribeyro volvió un par de veces a París). Una cosa es estar en un trabajo y tener responsabilidades, y otra es quedarse de vacaciones sin ninguna responsabilidad aparte de escribir", explica Alida acerca de los años en Lima, cuando él sólo se dedicaba a la literatura. El hijo que ambos tuvieron y que se llama igual que Ribeyro, agrega: "Recuerdo que tuvo años muy felices en París. Pero es cierto, el hecho de dejar de trabajar y de volver a su patria, yo creo que lo puso muy alegre".
Él -que es director de fotografía- es el heredero directo de la obra de Julio Ramón Ribeyro. Sin embargo, es Alida quien ha manejado las publicaciones después de la muerte del peruano. Al plantearle la pregunta de por qué no ha querido publicar los diarios inéditos, ella explica en primera instancia: "No sé si hay un gran interés de parte de las editoriales. A éstas les interesa que el autor esté vivo. El día que encuentre una gran editorial que me certifique una distribución íntegra, tendrán como premio el segundo tomo de La tentación del fracaso ". Y Julio Ramón hijo, añade: "Es un trabajo muy delicado, porque mi padre corregía las cosas y no sé hasta qué punto las últimas partes del diario fueron revisadas. Sería un trabajo que habría que hacer con mucha seriedad y con mucho cuidado".
Además de este detalle de la corrección, Julio Ramón menciona otro: "No sé si una vez que se ha muerto un autor, haya que publicar todos sus borradores, porque supongo que había cosas que no le gustaban y las sacaba. Entonces no es una decisión cualquiera". Su madre concuerda con esta opinión, aunque confiesa que no cierra, completamente, la posibilidad de que se publiquen y así se cumpla, de alguna forma, con la dedicatoria que le escribió Ribeyro a Jaime Campodónico en la primera página de un ejemplar de La tentación del fracaso : "Este es el primer tomo y quiero que cumplas con editar los 10 siguientes. Un abrazo, Julio Ramón".

El brillo de lo auténtico (Joseph Roth)

La última edición de Babelia está no menos que excelente.
En los próximos días daré cuenta de algunos textos más del suplemento.
Ahora, doy cuenta del escrito por Enrique Vila-Matas.
A partir de la relectura de EL LEVIATÁN de Joseph Roth, el narrador español nos ofrece un fresco de la pérdida de la originalidad artística.

...

Hallándose Zadie Smith dando unas clases de literatura en la India, en la ciudad de Madrás, un alumno le preguntó por qué tenía tantas ganas de agradar. Creo que éste es el tipo de pregunta que puede obligar a casi todo el mundo a pensar, quizás porque antes de responder conviene revisar el estado de nuestras relaciones con el fracaso, al que tanto tememos. De hecho, queremos agradar porque no nos gusta fracasar y que el destino nos dé la espalda. Hay dos formas distintas de derrota: ante los demás, ante nosotros mismos. Fracasar ante los demás, si uno tiene humor y ganas de vivir, carece de importancia porque depende exclusivamente del estúpido o desinformado juicio de los otros. Pero el otro tipo de fracaso es mucho más duro, sobre todo si incluye la traición a nuestra propia moral, a nosotros mismos.
Al comentar la pregunta de Madrás y reflexionar sobre el fracaso, escribe Zadie Smith: "Quienes como yo han crecido bajo el signo de la posmodernidad observamos con escepticismo el concepto de autenticidad. Se nos enseñó que ésta no tenía sentido. Ante esto, ¿cómo asumir el hecho de que para un escritor el fracaso más profundo, el más auténtico, es el de la traición a uno mismo?".
Esto sitúa el concepto de autenticidad en estado de relectura. ¿Pasó a ser lo auténtico un concepto trasnochado y rústico cuando se impuso la tendencia moderna a tener muchas personalidades en una sola alma? Está claro que si uno, por ejemplo, es muchos poetas al mismo tiempo, difícilmente va a preocuparse de haber traicionado flagrantemente a una de sus personalidades. Quizás esto explique que hoy en día, cuando los escritores admiten fracasos, generalmente les guste reconocer sólo los pequeños. Es muy fácil aceptar que hay frases que chirrían, que dan pura vergüenza, pero más complicado resulta enfrentarse al hecho (escribe Smith) "de que hay libros completos que escribimos sonámbulos y para los que 'inauténtico' sería el calificativo más apropiado".
La palabra 'inauténtico' nos trae a la memoria la hoy en día tan apagada y supongo que pasada de moda "filosofía del arte", una manera de ver las cosas que percibe al acto creativo como una manifestación implícita de fidelidad del autor a su mundo propio y no a valores externos a ese mundo como podrían ser la tradición histórica o el valor comercial. De lo auténtico y del gran fracaso que conlleva la traición a uno mismo que provoca la implacable venganza del destino habla El Leviatán, imprescindible libro de Joseph Roth que cuenta la historia de Piczenik, un comerciante de corales de la ciudad de Progrody que ama los corales auténticos, criaturas del pez original Leviatán, y sin embargo no sabe resistir el falso engaño de los falsos corales de celuloide. Sólo una nostalgia ocupa su corazón: nostalgia de la patria de los corales, del mar. Cuando aparece el diabólico Lakatos, un vendedor de corales falsos, Piczenik se aviene a comprar algunos, mezclándolos con los suyos; entonces el destino le vuelve la espalda. Todo el relato tiene la ejemplaridad de la parábola. Quien traiciona lo más auténtico de él mismo, está perdido.
La relectura de El Leviatán me confirma que es una obra maestra que cada día nos recuerda más a la situación actual de lo literario en un mundo en el que hasta la prensa cultural, de forma más que alarmante, está arrinconando las noticias sobre libros. Se dedican grandes reportajes a los avances digitales, al inquietante futuro de Internet, al peligro de que se extingan los textos impresos, pero nadie parece hacer mucho para seguir hablando de libros con la normalidad de antes: o se habla de que éstos van a desaparecer, o ya directamente no se habla y se prefiere llenar páginas con un modisto nazi, por ejemplo. Creo que, de vez en cuando, convendría que alguien comentara con mayor amplitud lo que se edita entre nosotros, incluso que explicara algo que es completamente auténtico, una noticia bomba que diría una gran verdad: jamás se ha editado como ahora, con tanta pasión y con un nivel -si nos acordamos de las editoriales independientes- altísimo, un verdadero punto elevado en la historia del libro en nuestro país. Y eso a pesar de que esa industria tiene que convivir con los advenedizos que, alejándola de la autenticidad, es decir, traicionando a los corales verdaderos, la llevan hacia un clima de fin de trayecto. Ese clima conecta con la traición a sí mismo del comerciante Piczenik y desde hace tiempo va llevando a la vieja Poética hacia un paisaje de desastre que hace temer que al final, por la vía directa de tanta ruina moral, el destino acabe dándonos la espalda.
Todo esto me lleva a recordar cuando Alberto Manguel apadrinó la palabra "prístino" a la hora de seleccionar una del idioma castellano que precisara ser rescatada del olvido. Sus razones fueron: se refiere a lo que perdura en el tiempo con vigor y tiene el brillo de lo auténtico. Atribuye un resplandor especial. En estos tiempos de simulacros y falsificaciones, es una palabra que no encuentra fácilmente dónde posarse. De manera que lo prístino se oculta detrás de sinónimos difusos: primitivo, antiguo, original. Más que un arcaísmo es una palabra que debe esperar para ser usada. Esperemos".
Viendo que entre nosotros se va poniendo de moda el engaño, el fraude artístico -el homenaje hispano tardío a Fake de Orson Welles, por ejemplo-, la poética ya trillada de lo heterónimo, el remake que traiciona el espíritu de lo imitado, lo cibernético como ilusoria acreditación de modernidad, todos los tópicos de una posmodernidad que llega a nosotros tan tarde (castizos comentaristas vernáculos registrando ahora la existencia de la 'autoficción' cuando ésta pasó a mejor vida hace más de dos décadas), uno termina por decidir que lo mejor será permanecer en lo auténtico que tiene todo camino propio. A fin de cuentas, seguir esa vieja senda permite alejarse del estilo ramplón, trillado, inane, de tantos escritores americanos que surgen de los departamentos de literatura creativa, llena de fórmulas y carente de una sola voz auténtica. Y, además, permite no tener que pensar más en recurrir a aquello de lo que hablaba Auden cuando decía que los artistas cambian de visión del mundo para renovar su poética. ¿Para qué renovarla si eso no garantiza ser moderno y si, además, ser moderno es una cuestión sólo de clasificación, enteramente ajeno a toda valoración artística?
En todos los tiempos históricos ha habido una modernidad, pero ésta, como tan razonablemente explica Félix de Azúa en su Diccionario de las Artes, no puede conocerse hasta el siguiente momento de la modernidad: "En el siglo XII, por ejemplo, la modernidad de la construcción gótica cortaba con la construcción románica, la cual se veía, de ese modo, lanzada al pasado. Pero que el gótico iba a ser la modernidad del siglo XII es algo que sólo se supo después". A fin de cuentas, nadie puede saber en qué consiste la modernidad del momento presente y de nada sirve que algunos se presenten con esa etiqueta. Es más, cuando haya desaparecido el momento presente, se habrá presentado una nueva modernidad. En medio de ese panorama, la autenticidad parece una carta menos necia si se quiere innovar en medio de la monotonía de lo falso y asegura, de paso, la no traición a nuestro camino de siempre y a nuestra poética inamovible y hasta nos aleja del fracaso más temido, el fracaso más auténtico, aquel que amenazaría con destruir lo que debería ser indestructible: nuestro "prestigio propio".