miércoles, noviembre 30, 2011

martes, noviembre 29, 2011

El libro perdido de Hinostroza


En Nosotros Matamos Menos este post de José Carlos Yrigoyen (en colaboración con Jerónimo Pimentel) sobre El mundo de la inteligencia, el supuesto poemario de Rodolfo Hinostroza.
Ahora, debo decir que, en su momento, tuve en manos el libro en cuestión. No puedo afirmar que su autor sea Hinostroza. Pero en fin, entre la verdad y la leyenda, yo me quedo con la leyenda.

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La primera vez que oí de este asunto fue en 1996, durante una conversación con el poeta Bruno Mendizábal en su conventual departamento de San Felipe. No sé de dónde salió el tema, pero Bruno me contó una de las leyendas más oscuras de la poesía peruana contemporánea: que Rodolfo Hinostroza, el gran poeta de Consejero del Lobo (1965) y Contra natura (1970), había publicado un libro luego de su primer poemario, pero que, arrepentido a los pocos días, lo retiró de todas las librerías y se deshizo de casi toda la edición completa.
La historia era interesante, pero había que tener el libro en las manos para confirmarla.
En quince años habré escuchado dos o tres veces más esa historia, aderezada con otros detalles o plenamente modificada (otra versión aseguraba que el autor era el padre de Hinostroza, Octavio, que también fue poeta bajo el seudónimo de Gabriel Delande, editado crípticamente por su hijo). El diccionario bibliográfico de poesía peruana 1965-1979 de Jesús Cabel confirmaba la existencia del volumen, atribuyéndoselo a un enigmático Hinostroza a secas. El libro se llamaba El mundo de la inteligencia y había sido publicado en 1967 nada menos que por Ediciones de la Biblioteca Universitaria, la misma casa editora que lanzó ese mismo año la célebre antología Los nuevos, de Leonidas Cevallos, y luego algunos libros de Julio Ortega. Toda la evidencia estaba en las sombras. Para colmo, un par de años atrás un periodista me contó que le había preguntado a Rodolfo Hinostroza por ese libro en un cuestionario escrito y que este había preferido no contestar nada al respecto.
Era demasiado. Había que conseguir El mundo de la inteligencia de una vez. Así que recurrí al librero y poeta Carlos Carnero, quien administra la imprescindible librería Inestable de la calle Porta. Carnero me vendió un ejemplar hace unas horas. Luego de dos lecturas y de revisar el libro con la minuciosidad con la que un arqueólogo escudriña una daga babilónica que acaba de rescatar del polvo, puedo ir anotando unas conclusiones preliminares a favor y en contra de la teoría de que este es el hijo literario no reconocido de Rodolfo Hinostroza Clausen.
A favor:
1) La dedicatoria reza: “A Octavio P. Hinostroza, mi padre”. El padre del auténtico Hinostroza, se llama, como ya dije, Octavio. El dato hasta este momento no confirmado (pero que el Hinostroza verídico podría aclarar fácilmente) es si el segundo nombre de Octavio Hinostroza Figueroa comenzaba con P. Si la respuesta es no, no hay mucho más que alegar.
2) Debe quedar claro desde ya que El mundo de la inteligencia es un mal libro. Su autor, sea quien sea, pretende reflexionar sobre la naturaleza humana, la psicología, los procesos del pensamiento, el alma, el amor y el sexo en una clave entre aforística y sentenciosa, pero cierta ingenuidad y grandilocuencia, además de un experimentalismo demasiado elemental, arruinan buena parte del conjunto. Sin embargo, no es tampoco tan malo como para desechar la posibilidad de que sea el gazapo de un autor talentoso. Aquí y allá encontramos fragmentos, breves poemas que delatan a un autor de un nivel mayor que el de tantos vates desconocidos y anodinos que forman la tercera división de la poesía peruana.
3) El mundo de la inteligencia fue publicado por las Ediciones de la Biblioteca Universitaria, una editorial estimable que, en conjunto con La Rama Florida o en solitario, entregó varios libros de poetas de nivel, además de antologías valiosas como la emblemática Los nuevos. Se dice que el autor de El mundo de la inteligencia era un ignoto poeta de Huancayo que surgió prácticamente de la nada. ¿Cómo llegó este escriba anónimo, que no ha dejado una sola pista en la historia de la poesía peruana a publicar en una editorial con un catálogo más o menos de nivel? ¿Quién lo contactó? ¿Ninguno de los encargados de la editorial lo recuerda? ¿Llegó realmente a venderse este poemario en librerías?
4) Y estas preguntas nos llevan a otras: si realmente Rodolfo Hinostroza no es el autor de El mundo de la inteligencia, ¿quién es? ¿Qué fue de él? ¿Lo conoce algún habitante de Huancayo? ¿Por qué publicó su libro solo con su apellido? ¿Qué quería ocultar este “Hinostroza”?
5) Aunque esta prueba es sumamente circunstancial, hay que anotarla: si El mundo de la inteligencia es el libro de un ilustre desconocido, ¿por qué los libreros que lo venden siempre le asignan precios altos, a la par de los poemarios de autores conocidos y reconocidos? He podido encontrarlo hasta en ochenta soles; mi ejemplar costó cincuenta. ¿Qué libro de un poeta sin mayor fama ni brillo llega a tanto? ¿O uno no compra el libro en sí, sino la pintoresca leyenda que lo envuelve?
6) Y, finalmente, este libro podría ser de Rodolfo Hinostroza porque la vida suele parecerse a una novela de Bolaño.
En contra:
1) Nuestro reportero estrella, Jerónimo Pimentel, le preguntó hace poco al buen Rodolfo si él era el autor del librito de marras. Luego de reírse estruendosamente, declaró que estaba harto de que le hicieran esa pregunta, y que él no era el autor de ninguna manera. Es más, afirmó que nunca había leído El mundo de la inteligencia. Ni siquiera había tenido un ejemplar en las manos. “Carajo, ese libro me persigue”, suspiró, dejando así el asunto cerrado.
2) Una tercera persona, el ubicuo José Rosas Ribeyro, asegura que ese libro es una farsa, que conoció a su verdadero autor, un personajillo que vagabundeaba por los bares del centro –del que no nos pudo dar su nombre- y que El mundo de la inteligencia fue apenas un vano intento por conseguir algo de notoriedad. Rosas afirma que nada en ese libro es verdad; según él, ni siquiera fue editado por las Ediciones de la Biblioteca Universitaria. La intervención de José Rosas abre otra posibilidad sobre la autoría real de este poemario: ¿Y si fue el juego de uno o más individuos con mucho tiempo libre y ganas de confundir a los lectores limeños de poesía? Aunque es una de las teorías menos probables, no debemos descartar esa posibilidad.
3) El estilo del libro no tiene nada que ver con el de Rodolfo Hinostroza. Una lectura sesgada y tendenciosa puede hallar algún verso que lo relacione con el poeta de Nudo Borromeo (“el libre albedrío / determina su futuro / No hay horóscopos escritos / que encaminan / ni mala suerte / que asuste / el niño / no tiene más ejemplo que nosotros mismos”), pero en general los poemas no tienen puntos de contacto con la obra oficial de nuestro autor.
4) Ninguno de los críticos que han estudiado la obra de Rodolfo Hinostroza –que no son pocos- considera este libro como probable parte de su corpus poético. Es más, incluso se dice –no he podido confirmar aún este dato- que José Miguel Oviedo llegó a publicar una nota en la prensa advirtiendo que El mundo de la inteligencia no era de ningún modo el segundo libro de Hinostroza.
Estos son, pues, las conjeturas y datos disponibles. Si algún parroquiano de NMM tiene algo más que agregar, o posee la llave que abre este enigmático baúl, adelante: diríjase a la sección de comentarios y despáchese con todo. El premio para el que resuelva este acertijo es un paquete con la obra completa de Winston Orrillo. No pierda esta única oportunidad.

domingo, noviembre 27, 2011

Una polémica abierta


En El Cultural.es este excelente artículo de Ignacio Echevarría.
Lo había leído el viernes pasado, día en que, de paso, volvía a las páginas de El zorro de arriba y el zorro de abajo, que considero el mejor libro (el que va a sobrevivir) de Arguedas.

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En enero de este año se cumplía el centenario del nacimiento del narrador y etnólogo peruano José María Arguedas (1911-1969), autor de Los ríos profundos (1958), una de las cumbres de la literatura latinoamericana. Como Onetti, como Rulfo, como Roa Bastos, a los que se sintió cercano, Arguedas pertenece a una promoción de escritores anterior a la que lideró el boom; escritores sólo tardíamente aupados a la onda expansiva de este fenómeno que, si bien contribuyó a darles proyección internacional, eclipsó en cierto modo no sólo la precedencia incontestable de sus obras, sino también la novedad y la genialidad de sus planteamientos.

Arguedas se quitó la vida de un pistoletazo el 28 de noviembre de 1969, incapaz de superar la aguda depresión que lo acosaba desde tiempo atrás y que ya lo había empujado, en abril de 1966, a un primer intento de suicidio. Aquel mismo año de 1969 parecía haber tocado su fin la sonada polémica que mantuvo con Julio Cortázar, iniciada dos años antes, con motivo de la carta abierta que Cortázar mandó a la revista cubana Casa de las Américas en mayo de 1967, carta en la que justificaba su exilio voluntario en París, saliendo al paso de quienes le reprochaban su distanciamiento de Latinoamérica.Se ha dicho demasiadas veces -y a Cortázar le apesadumbró la sola posibilidad de que así fuera- que esta polémica influyó en la decisión de Arguedas de quitarse vida. Pero no tiene sentido insistir sobre ello, dados los antecedentes. Lo que sí es cierto, sin duda, es que el desarrollo de la polémica avivó las desazones y las dudas que para Arguedas entrañaba su propio proyecto intelectual y político, y no sólo narrativo, y que agravó su desesperanza en relación a la posibilidad de encontrar un cauce adecuado a la expresión de las culturas indígenas aplastadas o silenciadas por el proceso colonizador.

Transida como está de malentendidos, de cierta inevitable teatralidad, de atribuciones infundadas (que la convierten a momentos en un diálogo de sordos), conviene no dejarse arrastrar por simpatías instintivas y prestar a la polémica Arguedas/Cortázar toda la atención que merece en cuanto síntoma de un buen número de tensiones aún irresueltas que, hoy como entonces, constituyen el trasfondo insoslayable de los debates políticos y culturales que giran en torno a Latinoamérica.

Lejos de haber caducado, la polémica mantiene plena vigencia, y sería deseable que las nuevas promociones de escritores latinoamericanos se esforzasen en recuperarla, en volver críticamente sobre ella, acertando a reconocer, en las cuestiones que plantea, muchas de las que en la actualidad reclaman su atención.

Esto es lo que sugiere la profesora Mabel Moraña, de la Universidad de St. Louis, Washington, en un sólido y estimulante trabajo titulado Territorialidad y forasterismo: la polémica Arguedas/Cortázar revisitada (2006), consultable en la Red. Recomiendo muy encarecidamente su lectura, pues constituye un auténtico semillero de reflexiones y de debates que urge promover.

Entre ellos el que proyectaría sobre los horizontes de la nueva cultura globalizada la vieja tensión entre localismo y cosmopolitismo, extremos que Arguedas acertó a relativizar en una de las más célebres réplicas de la polémica, aquella en la que afirma: “Todos somos provincianos, provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional”. Frase que gravita sobre el voluntarioso internacionalismo de tantos nuevos narradores latinoamericanos, pero que gravita también sobre su condición de emigrantes, sobre su nomadismo y su desarraigo, sobre su deliberada extraterritorialidad (véase Bolaño).

¿En qué medida el lugar desde el que lo emite condiciona y connota el discurso del intelectual? ¿Es posible pensar Latinoamérica como un todo cuando coexisten en ella diversas temporalidades correspondientes a sistemas socioculturales superpuestos pero no integrados? ¿Qué tipo de afinidad cabe postular para culturas como la de Perú y Argentina, producto de desarrollos históricos tan diferentes? ¿Cabe obviar la sustancial alteridad de las culturas indígenas respecto a la cultura occidental? ¿Se puede salvar el abismo que las separa? ¿Es el universalismo humanista, de signo marcadamente eurocéntrico, una herramienta de colonización? La transculturación por la que porfió el propio Arguedas, ¿no constituye, en definitiva, una estrategia asimilativa antes que emancipadora? ¿Cabe a las culturas indígenas una supervivencia que no sea residual, marginal y en cierto modo subversiva, reacia a los órdenes del poder?

Son sólo algunas de las preguntas que suscita la revisión de la instructiva polémica Arguedas/Cortázar. Una polémica que, pese a la rutinaria apatía con que en España ha sido conmemorado, el centenario de Arguedas bien podría servir de pretexto para actualizar.

jueves, noviembre 24, 2011

miércoles, noviembre 23, 2011

Jodorowsky no está sola esta tarde


Días atrás falleció la poeta Raquel Jodorowsky. Jodorowsky hizo de Lima su lugar de residencia durante los últimos 50 años. En lo personal no la conocí, aunque tuve la oportunidad de compartir mesa con ella, hace algunos meses, en una actividad en el auditorio del Peruano-Británico.
En fin, para los que no lo saben aún, y centrándonos en el motivo del post, Raquel era hermana del celebrado Alejandro Jodorowsky, de quien más de una vez he escrito, y para bien, en este blog. Claro, siempre pensando en el Jodorowsky de El Topo, Santa sangre, no en el hipócrita, en el experto del doble discurso, en el vendedor de sebo de culebra que predica del amor, el perdón y la sanación del alma cuando fue incapaz de visitar a su hermana que se estaba muriendo. Podría decir un detalle más, relacionado a Raquel, sobre las conferencias que ofreció en Lima, pero debo tener los datos confirmados, y de ser cierto lo que más de uno dice, lo consignaré en esta entrada.
La crónica que leerán a continuación fue publicada en principio en el semanario Hildebrandt en sus trece. La escribió el narrador Pedro Casusol y acaba de ser reproducida hace pocas horas en la excelente página chilena Proyecto Patrimonio (letras.s5.com).

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Raquel era poeta. Tenía 84 años y vivía en un pequeño departamento de Lince. Lo primero que me interesó de ella fue su cercanía a Allen Ginsberg. Eso me animó a escribir sobre la visita que hiciera el beatnik a nuestro país en 1960, oportunidad en la que Raquel y él se hicieron grandes amigos. Empecé a visitarla por las tardes, que ella pasaba sola en su casa, con el fin de hacerle varias entrevistas. Al igual que un grupo de poetas y amigos, compartí largas horas escuchando sus anécdotas en el lugar que ocupaba desde hacía más de medio siglo.

Una de las excentricidades de la poeta era ser hermana de un cineasta de culto, Alejandro Jodorowsky. Ambos habían nacido en Iquique y pasado su infancia en Tocopilla, pequeño pueblo al norte de Chile cuyo único atributo era albergar La Despreciada, mina de cobre que le había otorgado breve esplendor. Lo demás fue puro desierto. A los 11 años Raquel vio por primera vez un árbol, pensó que era un hombre y lo saludó. Aquel desamparo, que ha perseguido a los Jodorowsky como un fantasma a lo largo de la historia, fue la eterna deuda entre los hermanos.
Tal vez por eso ambos decidieron convertirse en tempranos poetas. Raquel publicó La dimensión de los días en 1950 y tuvo gran acogida por la crítica. Rosamel del Valle, el vanguardista, escribió al respecto: “al fin la poesía chilena femenina ha vuelto a levantar la cabeza después del primer ciclo de la Mistral”. La Jodorowsky tenía entonces 23 años. Alejandro, mientras tanto, coqueteaba con el teatro de títeres y era amigo de poetas como Enrique Lihn y Nicanor Parra. Al final, los dos huirían de su familia: Raquel vino a estudiar a Lima en 1952 y un año después su hermano se mudaría a Paris. Ninguno de los dos regresaría.
* * *
Me encontraba a la mitad de mi investigación sobre Allen Ginsberg cuando llegó la noticia de que Alejandro venía. Por entonces el curso de mis indagaciones había tomado rumbos insospechados. Una tarde de San Pedro y San Pablo acudí al departamento de Raquel y todo cambió. Ahí estaba Adán, el menor de los hijos de Alejandro, que había venido hasta Lima para conocer a su tía y a propiciar un acercamiento entre los hermanos.
– Me gustaría verlo –le dijo Raquel.
– Sería bueno –respondió Adán.
No era la primera vez que un hijo del realizador de El topo venía con la intensión de buscar a la tía perdida. Años antes lo había hecho Cristóbal, el único de los hijos de Jodorowsky en seguirle los pasos con la psicomagia y psicogenealogía. En una entrevista telefónica, el psicochamán explicó que estaba trabajando sobre la reconciliación en su propia familia. “Me dije, voy a ir a verla, porque ¿qué es eso de estar en una familia donde no se hablen?”, declaró desde Barcelona.

La idea era llegar a su casa, hablar con ella y abrazarla para de esta manera “integrar en mi cuerpo su energía”. Después de eso, viajaría a Paris para abrazar a su padre, creando una suerte de “puente entre ellos dos”. ¡Un primer contacto! Pero la travesía no sería tan simple como eso. Cuando llegó a Lince no encontró a nadie. Ante el imprevisto, Cristóbal decidió hacer un acto psicomágico. Compró un pote de miel de acacia que untó en la puerta de Raquel y luego escribió: reconciliación, conciencia, belleza. Como colofón, extendió las manos y absorbió toda la energía.
– En mi corazón lo imaginé, imaginé que entraban sus libros, sus cuadros, sus gatos, todo y lo llevé conmigo –dijo Cristóbal–. Después tomé un taxi y me fui.
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Para entender mejor a los hermanos Jodorowsky, primero debemos conocer la historia de su familia. Descendientes de inmigrantes judíos ucranianos, apellidados originalmente Levi, la rama paterna llegó al norte de Chile huyendo de los pogromos. Su madre, Sara Prullanski, habría nacido en Buenos Aires producto de una violación. Ambas familias se unirían en el desierto de Antofagasta y, al ser los únicos judíos de la zona, a Jaime y a Sara no les quedó más remedio que casarse en Iquique, abrir un negocio en Tocopilla llamado Casa Ukrania y ser infelices.

De su padre, Alejandro ha escrito muchas cosas: que era ateo, comunista, loco. Según Rosa María Cifuentes, académica, especialista en coaching personal y reiki, “Jodorowsky toca mucho el manejo del rencor en sus obras”. Rencor. Tal vez esa sea la palabra clave. “Creo que él va a ayudar mucho a saber en qué medida la gente puede encontrar su propia sanación”, afirma. En sus obras, tanto novelas como obras de teatro, películas y happenings, el arte de Alejandro Jodorowsky siempre estuvo cimentado en el desprecio que le tenía a su padre, a la sangre que corría por sus venas.

Cristóbal, por su parte, se refirió a una “historia de infancia que fue bastante complicada” entre su padre y su tía. “La verdad es ésta: mi abuelo Jaime privaba a mi papá de todo y se lo daba todo a Raquel. Entonces Raquel era la niña consentida de su papá”, afirmó por teléfono. “Entonces hubo un conflicto en donde ella se sintió la poseedora de todo. Mi papá tuvo mucha rabia con ella durante muchos años”, concluyó el hijo de Alejandro. Nuevamente, la rabia.
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En una entrevista realizada en 2010, Alejandro asegura que no quiere volver a ver a su hermana. En 2005, Raquel se mostró disgustada con él durante el encuentro “La Región XIV”, celebrado en Chile. Cuando le preguntaron sobre la psicomagia, aquella excéntrica técnica de sanación inventada por él, ella refirió: “Se cree chamán. Quiere ganar dinero. Pero eso es charlatanería”. En los libros que publicara Alejandro, la mayoría con un fuerte contenido autobiográfico, la presencia de la hermana es lejana y espectral, como un tema que se prefiere evitar. Pero cuando la menciona, ella es indefectiblemente poeta.
En La danza de la realidad, Alejandro narra: “Raquel, atrincherada en su habitación, había decidido dedicarse para siempre a la poesía”. Al final de El niño del jueves negro, describe la obra de su hermana: “en sus versos danzaban las piedras, hablaban los metales, cantaban las capas geológicas, revivían los dioses incas, aztecas, mayas”. En efecto, Raquel solía contar que había conocido la poesía tras escuchar a los mineros rezarle a los Apus por hacerle daño a la montaña.
La verdad es que estaba molesta por los libros que él había publicado. En ellos hablaba mucho de su familia. Habían sido una válvula de escape, una forma de curarse. Sin embargo, ella era consciente de la proximidad de su muerte y estaba ansiosa por reencontrarse con su hermano. “Me gustaría verlo”, había dicho. Pero no iba a ser tan fácil. “Entre Raquel y mi padre hay mitos por todos lados”, me explicó una vez Adán. Entonces llegó la noticia de que Alejandro venía.
Estaba en una gira por América Latina presentando su último libro, Metagenealogía, en donde postula una teoría que pretende acabar con todas las anteriores. Se trata nada menos que el estudio del árbol genealógico como un tipo de sanación espiritual y expansión de la consciencia. En la única entrevista que aceptó para un medio peruano antes de su visita en setiembre, el chileno admitía: “Sí, la voy a visitar”. Tenía pendiente además ver la tumba de su madre, Sara Prullanski, enterrada en el cementerio judío de Lima.
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El conflicto a partir de la pelea por el padre, el olvido y las secuelas de una familia disfuncional en eterna diáspora, son los ingredientes principales de esta historia. Aún así, Raquel me demostró que sus sentimientos eran distintos. Entre los innumerables minutos que tengo registrados de mis conversaciones con ella, he capturado declaraciones como la siguiente: “ha sufrido en la vida Alejandro”, o “es como yo, no ha tenido dinero ni ayuda de la familia, nada”.

La infancia de Raquel, aún con toda la envidia suscitada en su hermano, no había sido un campo de rosas. Ella recordaba haber vivido en la mina, haberse paseado por el desierto en el andarivel que transportaba el cobre y haber jugado con las arañas del salitre. Una vez, cuando terminó el internado donde cursó la secundaria, ni su padre ni su madre pasaron por ella para llevársela a casa. Otra vez, el olvido. Fue así que una visitadora social le consiguió una beca para estudiar en la Universidad Mayor de San Marcos, en Lima.
Durante una de las conversaciones con Adán, el menor de los hijos de Alejandro tuvo una epifanía: “Nunca han llegado a reconciliarse y creo que nunca lo harán, creo que nunca se arreglarán”. De hecho, en Metagenealogía Alejandro vuelve a exhibir su rabia. En el capítulo 6, dedicado a los conflictos fraternos, refiere: “el comportamiento de nuestros padres agravó la hostilidad entre mi hermana Raquel y yo. Por ser ella producto de la pasión y yo el producto de un coito sumergido en el odio, la convirtieron en cúspide de la triada, en tanto a mí me trataron como si no existiera. Para mi hermana los muebles de calidad, innumerables zapatos y vestidos…”.
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La salud de Raquel había empeorado. Un feroz cáncer atacaba su cuerpo y la acercaba al final de sus días. Aún estando delicada de salud, el interés de la Jodorowsky por dar a conocer su obra fue constante. El 4 de agosto inauguró su exposición pictórica La poesía del color en la galería del Centro Cultural Ricardo Palma. Los médicos habían anunciado que solo podían darle “calidad de vida”. El 30 de agosto, una semana antes de la llegada de su hermano, un grupo de jóvenes poetas se reunió para brindarle homenaje en un cálido bar del centro de Lima.

Aunque se había anunciado la presencia física de la poeta, su estado la obligó a permanecer en casa de su hijo Dayal. Aún así, la Jodorowsky pudo estar presente gracias a la magia del Internet. Los organizadores se las ingeniaron para proyectar su imagen en vivo sobre una de las paredes del local. “En este momento mi parte material falla, pero mi espíritu está preparado”, nos dijo Raquel aquella noche. “¡La poesía, amigos, es invencible!”, fue su mensaje final.

El 5 de setiembre llegó a Lima el hombre que se pasea por el mundo pregonando el perdón para curar el alma. Advertido sobre el interés de los medios por el inminente encuentro con su hermana, Alejandro Jodorowsky decidió encerrarse en su habitación, en el piso 22 del Hotel Marriot, y solo salió para dictar su charla en el Auditorio del Colegio Médico. Nunca se encontró con Raquel, ni visitó la tumba de su madre. Todo parece indicar que el supuesto “gurú de la sanación espiritual”, “el último gran mago de nuestra era”, estaba molesto ese día o tuvo miedo.
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Lo último que pidió de comer fue un helado del Tip Top. Hacía días que tenía a una enfermera a su lado y había vuelto a su departamento de Lince, el mismo a donde llegaba Sérvulo Gutiérrez, el magnífico boxeador y pintor expresionista iqueño, para invitarla a almorzar platos que luego pagaba dibujando apuntes. También acudía ahí Allen Ginsberg, cuando vino en 1960. Raquel incluso decía que los muebles eran los mismos, pocas cosas habían cambiado desde entonces.

La poeta que afirmaba “más allá de la poesía no he existido”, falleció el 27 de octubre a las 3 de la tarde. Para esa noche estaba programado un recital en su honor en la Biblioteca Municipal de Barranco, donde algunos poetas se enteraron de su deceso. A las exequias fuimos nosotros, los que la leímos y compartimos. Su hermano Alejandro, mientras tanto, cenaba con Yoko Ono. Camino a su entierro, dos amigos y yo la recordábamos en silencio. Por lo menos la Jodorowsky no estará sola esta tarde, pensaba. Nadie está solo en el infinito.

martes, noviembre 22, 2011

Asalto académico al paso


En La República, un artículo de Mirko Lauer sobre lo que viene ocurriendo con Aníbal Quijano (imagen).

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En las humanidades es sabido que quien quiere ser mundialmente leído tiene que publicar en inglés, no importa en qué idioma piense o escriba. La difusión de ideas originales desde el castellano siempre ha sido cuesta arriba en el hemisferio norte. Muchas cuestiones importantes que se pierde el debate de la globalización.
Por eso el descubrimiento de que en su libro Commonwealth (2009) Michael Hardt y Antonio Negri, los célebres autores de Empire (2000), simplemente presentan como suya la idea acerca de la colonialidad del poder desarrollada por Aníbal Quijano ha creado indignación. El sentimiento es que también en el mundo académico el saqueo colonial goza de buena salud.
Este año un artículo de Mark Driscoll en Postmodern Culture hizo sonar la alarma al mostrar cómo un concepto de amplia circulación en América Latina es secuestrado por Hardt y Negri sin la menor referencia a sus orígenes. Driscoll en el título alude a un saqueo de las ideas que circulan por el mundo intelectual.
La idea de Quijano, que también trabajan intelectuales como Enrique Dussel o Walter Mignolo, es una explicación de la manera en que los efectos de la colonización original siguen organizando al mundo en su conjunto. La colonialidad, pues, no es solo un mal recuerdo del pasado, sino sobre todo un punto clave en la agenda para alcanzar la modernidad.
En su texto Driscoll plantea que el concepto tiene poder explicativo para los intentos contemporáneos de comprender cosas como “el Estado-nación, el capitalismo, la propiedad privada, la familia nuclear heterosexista y el eurocentrismo”. No sorprende que los autores de Empire hayan reconocido su utilidad y lo hayan subido a bordo manu militari.
Sin embargo no se trata de un concepto simple que entregue su sentido cabal con solo mencionarlo, sino de una elaboración compleja, todavía en pleno proceso de desarrollo. Tomar el nombre de la teoría mediante un mero cut & paste constituye una falta de respeto adicional, a Quijano y también a los lectores de Commonwealth.
Quijano viene trabajando la idea en su seminario de la universidad de Binghamton desde 1982, y empezó a publicar trabajos sobre colonialidad y poder desde 1992 (alentado por los fastos del quinto centenario del descubrimiento de América). La reunión de 20 años de trabajos sobre el tema está a punto de aparecer en varios países.
Sin duda hay aquí un asunto de propiedad intelectual, pero la cosa va algo más allá. Al colocar la idea en su obra fuera de todo contexto Hardt y Negri ponen en evidencia su inconsistencia teórica (algo que se les ha hecho notar en varios otros temas de sus libros) y su condición de sujetos colonialistas en el molde clásico.
Nos referimos a que, con mínimas excepciones, como lo ha dicho alguna vez el propio Quijano, en temas teóricos lo que se produce y se publica desde América Latina solo obtiene “legitimidad”, si se lo reapropian los mandarines académicos de Europa y los EEUU. Pero esa reapropiación es cada vez más irritante.
Sin embargo Driscoll nos hace notar que Hardt y Negri no ignoran en su libro a todos los estudiosos latinoamericanos: los que citan sus trabajos si llegan a ser mencionados, como es por ejemplo el caso del académico boliviano y svengali de Evo Morales, su vicepresidente Álvaro García Linera. Más colonialismo del firme.
Visto desde un mirador peruano el asunto tiene un giro adicional, pues Quijano tiene, como sucede también con Gustavo Gutiérrez y algunos científicos, el tipo de reconocimiento en el exterior que al Perú oficial no le interesa mucho. Ser desconsiderado dentro y ahora plagiado afuera es como demasiado.
Estas formas de secuestro o simple plagio directo de texto son más frecuentes de lo que se piensa. A fines de los años 9 0 comentamos aquí mismo cómo Le monde diplomatique de París había alzado con páginas enteras de El mito del desarrollo (1998) de Oswaldo de Rivero.

Antología interesante: 'Atada a la reacción'



En el marco del Primer Festival de Poesía de Lima recibí muchos libritos de poesía. Los he venido leyendo de a pocos, algunos me han gustado y no pocos otros me han significado una total pérdida de tiempo.

Pues bien, sí me gustaría decir algunas cosas de la antología compilada por Goyeneche y Grau Hertt, Atada a la reacción, publicada por la editorial argentina Nulú Bonsai.

El libro me gusta, y por 2 razones. La más frívola: su diseño y buen gusto en la diagramación. Es evidente que a Nulú Bonsai no le sobra dinero, por ello el esfuerzo por presentarnos una publicación que tiene mucho de la onda del libro-objeto no debe pasar desapercibido. Y la segunda (lo que importa): la selección de textos se defiende muy bien.

Aparte de ser, en lo que puedo, un voraz lector de narrativa, también me interesa en gran medida la poesía y qué mejor forma de saber lo que se está haciendo hoy en día en Argentina que con una antología que apuesta por las nuevas voces (o sea, y en buena onda: Los No Contactados), algunas ya con libro publicado y otras en vías de presentarnos sus primeras entregas. Jamás había escuchado de ninguno de los 41 poetas convocados (sin incluir a uno de los compiladores, ojo), por ello, mi acercamiento a estos fue del todo honesto, al menos en teoría. Y como dije líneas arriba, los poemas brindan pelea, defienden y atacan con eficacia, pese a los naturales aires de malditismo de los primerizos, la posería de cartón del iluminado y cierto hartazgo existencial que a estas altura cansa demasiado. Aún así, estos reparos impresionistas no restan en nada a lo que siempre busco en poesía: la transmisión de una sensibilidad y el sendero de una tradición personal, no hay placer más grande para mí que el poder hallar influencias, ya sean literarias, musicales y otras ligadas al mundo de las artes plásticas. Ahora, como en toda selección, encontramos poetas de alto vuelo y otros a quienes sus amigos les deberían decir la verdad: “no eres un mal poeta, sencillamente no eres poeta”.

Toda antología se concibe y justifica desde su prólogo…

 Si bien es cierto Atada a la reacción exhibe una postura contestaría en sus 2 textos introductorios (Qué es Nulú Bonsai de Sergio Albano y Toda la poesía me aburre salvo este libro de Sebastián Basalo) y el epílogo (La expresión de la bestia de Grau Herrt), debo decir que son lo más flojo de la publicación. Vale ser contestatario y decir lo que se piensa, y mucho más en estas épocas signadas por el lustrabotismo y el afán de quedar bien con todo el mundo, pero si te atreves a derrumbar paredes porque sí, sin argumentación y dejando de lado, por ejemplo, la explicación sobre tu escogencia de autores, no pasas más allá de un balconazo.

'La maniobra de Heimlich'


Publicado en Siglo XXI.

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Para nadie es sorpresa la demagogia en cuanto a la actual narrativa escrita en castellano. Solo pocos se atreven a decir lo que piensan, a riesgo de ser catalogados de “envidiosos”, “ávidos de reconocimiento” y demás sandeces usadas como dizque argumentación de defensa. Por ejemplo: basta leer la selección de escritores menores de 35 años de Granta para darnos cuenta de que se nos está vendiendo sebo de culebra, condimentado con un discurso supuestamente inclusivo que se traiciona en un par de detalles (entre varios): la calidad literaria y el espíritu de búsqueda (que lo hubo, pero a medias)… Bien por los convocados (plumas notables: Patricio Pron, Oliverio Coelho, Carlos Yushimito y algunos más), pero mal por los lectores a quienes, una vez más, se les quiere sorprender. Sin embargo, no es la primera vez que esto ocurre... En su momento otros intereses nos entregaron la farsa Bogotá 39…

Habría que mirar bien lo que se está escribiendo fuera de nuestras fronteras. Hay narradores que merecen, en todo sentido, una mayor atención, como el ecuatoriano Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, 1979), de quien solo he leído su novela ‘La maniobra de Heimlich’ (Altazor, 2010) y uno que otro relato en antologías virtuales y físicas. La manera como llegué a ‘La maniobra de Heimlich’ obedeció a circunstancias únicas en la producción editorial latinoamericana. A mediados de 2009 la editorial peruana Altazor decidió apostar por la publicación de siete novelas de nuevos narradores latinoamericanos, más una gira con ellos por varias ciudades del interior del país. Ahora, sin desmerecer este esfuerzo histórico, habría que decir que varias de estas novelas a las justas rozaban el carreteo del vuelo literario, o sea, no despegaban. No obstante, me sirvió para toparme con un par de textos de muy buena factura.

En ‘La maniobra de Heimlich’ vemos ciertos factores que vienen configurando a la narrativa sudamericana última. El más notorio: un decidido alejamiento del realismo, escanciado con muchísimas referencias populares por medio de un discurso patentado por la irreverencia, digamos, literaria. Desde su primera página Chávez destaca por su humor e ironía, sin refocilarse en cantados lugares comunes, potenciado su discurso de ficción gracias un conocimiento envidiable de los lazos en común entre el mundillo literario y la publicidad.

Dividida en tres secciones: “La respiración del enano”, “En caso de descompresión, caerán unas mascarillas de oxígeno” y “La asfixia como anticonceptivo”, que nos presentan a un innominado narrador protagonista realizando una suerte de limpieza interior en clave excesivamente paródica, con innumerables guiños al lector sobre el proceso creativo de la escritura como tal, que ubican la novela en las sinuosas parcelas de lo metaliterario, pero desde la ya señalada irreverencia que parte del conocimiento de lo que se está recreando sin caer en el exasperante aburrimiento de otros autores que creen que la metaliteratura es “cosa seria”. Empero,  en la ‘La maniobra de Heimlich’ hay contadas fisuras, las cuales son muestras no del ya señalado talento y obvia inteligencia narrativa de Chávez, sino de un cierto de apuro en la culminación  de la primera y tercera parte. No obstante, estamos ante una interesante y buena novela que nos brinda la oportunidad de seguirle la pista a este escriba ecuatoriano de gran proyección.

lunes, noviembre 21, 2011

Del 24 al 27 de noviembre: Cine y memoria de la violencia política en sudamérica


Muy recomendable. Clic en la imagen.
(Los interesados en el catálogo, me escriben, cosa que lo envío)

domingo, noviembre 20, 2011

'Una pasión latina' (Texto de presentación)


Visito webs literarias y suplementos culturales y he encontrado más de una nota de interés, de a pocos daré cuenta de ellas en los próximos días.
Y para empezar,  el texto de presentación de la muy buena novela Una pasión latina de Miguel Gutiérrez, a cargo de Jerónimo Pimentel. Vía Nosotros Matamos Menos.

...

Una gran novela siempre deja preguntas. En algunos casos reflexiones. Quiero agradecer esta oportunidad para compartir ambas con ustedes.
Lo primero que hay que decir es que Miguel Gutiérrez es el único autor peruano, junto a Mario Vargas Llosa, que puede figurar al lado de cualquier novelista del mundo sin ruborizarse.
Lo segundo es que ‘Una pasión latina’ es la última prueba de ello.
Gutiérrez se vale de un recurso de maestro: utilizar un género para intervenirlo y reformularlo hasta convertirlo en otra cosa. Es lo que hizo Piglia con ‘Respiración artificial’, Fonseca con ‘Agosto’ y Bolaño con ‘Los detectives salvajes’, por hacer una lista breve y reciente en la que el policial, en el sentido más abierto, ha servido para este propósito. Pero ocurre lo mismo con la ciencia ficción, cuando uno piensa en ‘Solaris’ del gran escritor polaco Stanislaw Lem, o en ‘El hombre en el castillo’, la formidable ucronía de Philip K. Dick; y puestos a historiografiar, llegaríamos hasta Cervantes, ‘El Quijote’ y la novela de caballería.
La técnica parece fácil, pero en realidad no lo es. Los convencionalismos de género seducen y arrastran con facilidad, por lo que es necesario combatirlos con símbolos, líneas paralelas y un fondo ontológico que permitan que la trama se sosiegue y sea solo eso, trama, diégesis, pero que no se vuelva ni el corazón ni el objetivo de la obra, porque en ese caso no estaríamos ya ante una reinvención del género, sino ante una mera forma de entretenimiento, y en algunos casos, ante una trampa.
Alejandro Gándara, el crítico español, lo expresa mejor que yo a propósito de la última novela de Juan Gabriel Vásquez, ‘El ruido de las cosas al caer’. Después de un largo elogio asegura: “La única precaución [que me crea] es que todo está llevado por una intriga, por el desvelamiento obsesivo de un enigma, y esas estructuras narrativas tienden a devorar lo que encuentran a su paso, por más profundo e interesante que sea. Hay gente que piensa que la intriga en un relato es una forma de pereza. Yo, por poner un ejemplo cercano, lo pienso a veces. En esta novela lo he pensado un poco. Me distrae de lo que interesa, se zampa lo que hay que meditar con detenimiento, lo que abriría la ventana a otro mundo. Puede que le quite verdad, le quite ley. Quiero ver Colombia y a ratos veo a un lechuguino que se duele demasiado de sus exclusivas heridas”.
Una de los aciertos de ‘Una pasión latina’ es que esto no pasa. Aquí está el Perú, quiero decir, el Perú de Gutiérrez, que nos duele a todos. Si tuviera que ser benévolo, diría que es un Perú crudo, estamental, que se nos muestra sin complacencias ni encubrimientos. Si descubro mi vena determinista diría: es el Perú que nos tocó. En cambio, si debo citar a un poeta, preferiría una frase que tanto Miguel como Enrique recuerdan bien: “a nosotros se nos ha entregado una catástrofe para poetizar”.
Permítanme elaborar un poco esta idea.
El encanto del policial (y digo de nuevo “policial” en un sentido abierto, de tal forma que englobe al thriller, al noir, al hard boiled, a la novela de espías, al misterio de cuarto cerrado, etc.), el encanto del policial, decía, como género a ser reelaborado, es múltiple: la búsqueda de la verdad, el crimen como síntoma social y la figura del detective/policía/periodista investido de cierto romanticismo al emprender una causa justa pero en apariencia imposible, tienden a tornar secundaria la materia literaria. Sin embargo, en una ‘Una pasión latina’ al culpable lo conocemos en la página 16. Y toda la búsqueda consiste en entender los motivos de alguien que es de por sí un enigma: si no el primer peruano, al menos el primer peruano moderno.
Haciendo gala de su magnífica capacidad de construir personajes (ampliamente demostrada desde Los Villar de ‘La violencia del tiempo’ hasta la penúltima Tamara Fiol), Gutiérrez crea una suerte de hombre-alegórico en Nolasco Vílchez Temoche. Él, como el primer peruano, es fruto de una violación; y como el primer peruano con las herramientas intelectuales para entender su condición intermedia, el Inca Garcilaso de la Vega, es presa de su hallazgo, de su confusión identitaria. Como decía otro mestizo citado en esta novela, el gran poeta de Santa Lucía, Derek Walcott, Nolasco Vílchez se debate entre dos absolutos: “o no soy nadie o soy una nación”.
¿Pero hay un crimen nacional? ¿Es dable pensar en un crimen peruano o latino? ¿Una condición social exculpa o al menos explica nuestro comportamiento individual? ¿Es este un misterio resoluble?
“O no soy nadie o soy una nación”.
Uno de los grandes aciertos de esta novela consiste en que avanza por la tensión que genera esta dicotomía sin equilibrio, entre el todo y la nada, siempre al borde del desbalance. Vílchez puede ser una nación, ¿pero cuál? La respuesta, de nuevo, se bifurca. Hay por lo menos dos narrativas propuestas: la del hombre que se hace a sí mismo, el self made-man que surge de las tinieblas pueblerinas del Perú profundo y alcanza éxito y fortuna en Estados Unidos; y la del hombre revolucionario, un nuevo hombre pergeñado de una sensibilidad, una ética y una ideología diferentes con las que construirá al nuevo Perú desde sus ruinas. Vílchez no solo vive, sino que de alguna forma ES ambos mundos: el suyo, andino, cholo y pobre, que aborrece y desprecia, pero del que irónicamente es o puede ser héroe (sea político, al menos deportivo); y el otro, occidental, blanco y rico, próximo pero distante, un modelo aspiracional si se quiere, que le fascina a niveles patológicos y que lo usará o lo degradará o en el mejor de los casos lo ignorará como el detritus de una época en la que tal vez fue útil. Pero aunque Gutiérrez bebe de Arguedas, no es esta una revisión del drama del aculturado: aquí la víctima se vuelve victimario al amparo de un aforismo de Don de Lillo, y ambas narrativas se despliegan ante el protagonista mostrando sus oportunidades y sus límites, sus fastos y sus miserias: por cada Sendero Luminoso hay una guerra de Vietnam; por cada película de Hitchcock hay una artesanía de ‘Las Encantadas’ o un bodegón ayacuchano; por cada sueño de revolución comunista hay un Sueño Americano, un Destino Manifiesto. Como si se tratase de un juego dialéctico, cada matriz exhibe su oferta y ante ella Nolasco Vílchez languidece en su imposibilidad de encajar. Apostar por una implica traicionar a la otra y aunque Nolasco apuesta y traiciona, es decir, decide, no puede evitar su condición que es en verdad una condena: habita en la cisura de un mundo dislocado, trágico e irreconciliable, y ante la incapacidad de una salida victoriosa por el portón central, le queda solo el patio trasero, la puerta falsa, aquella que lleva a la crónica roja o, sin más, a la locura.
El doblez, el espejo y la otredad son las claves para entenderlo. A Nolasco se le opone su versión pasteurizada, a saber, el narrador más visible de ‘Una pasión latina’: Artimidoro Correa. Si asumimos que no hay arbitrariedad en la elección del nombre de los personajes, Artimidoro saca provecho de su apellido: su ideario, moderadamente socialista le lleva no a afiliarse, pero sí a ser amigo del partido; su tibia militancia lo expone a ser perseguido, investigado e interrogado, pero nunca encarcelado; su medianía es su factor de sobrevivencia: ni gran intelectual, ni gran subversivo, ni gran novelista, ni gran nada. Artimidoro es la versión cojuda y diletante de Nolasco, un espectador casual y asustado, un relator disciplinado y chismoso, como si en los restos de las vidas ajenas fuera a encontrar su propia gloria.
Por lo demás, este es el tipo de simetría que entablan también los secundarios: Charo Méndez, la portorriqueña que despabila a Nolasco de la modorra angloamericana, le recuerda a Antuca, su madre, y luego a Febe Ubillús, su primera obsesión masturbatoria, en una suerte de línea freudiana; Trude Ostendorf, la utopía aria que despierta la fantasía sexual del niño, reencarna en Karen Spiegel, con quien se cumple la lujuria para escándalo de la pacatería piurana; el poeta Walcott, en plan ‘cameo’ como hemos dicho, comparte reflexión con el Inca Garcilaso, y por momentos ocurre la bella impresión de que ambos hubieran podido firmar un mismo verso. Quiero decir, hasta la humillación social comparte escenario, gracias a una hermoso juego de metonimia plasmado a través de una cancha de básquet, el lugar que por talento le corresponde a Nolasco pero donde cruelmente recibe su primer y último vejamen.
¿Cómo escapar de ello, entonces de una vida cíclica y sin heroísmo? Y algo más: ¿qué ocurre cuando la vida es, en efecto, un aforismo de Don de Lillo?
El arquitecto entra a zanjar y la obra torna polifónica. Para evitar la versión unívoca, Gutiérrez se vale del interrogatorio, el informe y la epístola para abrir las voces a la novela y crear los contrastes y confirmaciones que necesita este thriller psicológico con vocación de novela total y aliento de novela de espías. La técnica aparece y los tiempos se entrecruzan a través de flashbacks y evocaciones que otorgan nuevos niveles y dimensiones a los sucesos. Vemos así constantes y variables, y escenarios tan ajenos entre así como Piura de los años 50, Ayacucho de los 60, Lima de los 80 y Washington de los 90 aparecen unidos por una macabra complicidad: el peso social, duro como una comba, golpea a los individuos que, mejor o peor equipados para el castigo, empiezan a recordar aquello que decía Lanssiers: la mayoría de hombres no muere, se deshace.
Llegado este punto, es válido preguntarse si se cumple la vieja regla cristiana, que curiosamente es la misma que la de Sherlock Holmes y Auguste Dupin: ¿la verdad libera? ¿La verdad, como decían los teóricos del hard-boiled norteamericano, restituye por sí sola el orden social? Más aún, ¿queremos que el orden social sea restituido?
No, parece decir Gutiérrez con ‘Una pasión latina’. La realidad es un crimen que siempre se comete en nuestro nombre.

viernes, noviembre 18, 2011

jueves, noviembre 17, 2011

Eduardo Mendoza: "Los novelistas deberían tener prohibida la opinión"



Ya sea por en el centro de Lima o en algunas bibliotecas institucionales, puedes encontrar varias novelas de Eduardo Mendoza. En los últimos días me ha tocado volver a las páginas de un par de novelas suyas, las más que celebradas La ciudad de los prodigios y La verdad sobre el caso Sabolta.
En esta interesante entrevista de Jordi Bernal, en Jot Down, podrás conocerlo un poco más.

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El cielo despejado permite contemplar el perfil afilado de la ciudad. Tanto el fotógrafo como yo somos hombres de pocas palabras así que, desde este mirador de club deportivo, fijo la oreja en el golpeo hipnótico de la pelota de tenis. Remolino polifónico de estupendas señoras disfrazadas de tenistas y con todo el día por delante. Aparece el escritor Eduardo Mendoza precedido por una disculpa y una justificación por los cinco minutos de retraso. La fama de hombre de formas impecables queda comprobada desde el principio. Mendoza es uno de los novelistas españoles más destacados desde la transición. La verdad sobre el caso Savolta (1975), El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982), La ciudad de los prodigios (1986), Sin noticias de Gurb (1991), Una comedia ligera (1996), Mauricio o las elecciones primarias (2006) o El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008) son títulos ineludibles en cualquier repaso exhaustivo de la literatura autóctona moderna. Ganó el Planeta con Riña de gatos (2010). Ha escrito ensayo y teatro en catalán. Su humor es demoledor y descacharrante. En la conversación lo esgrime achicando los ojos y esbozando una sonrisa que el bigote apenas oculta. Nada parece resistirse a una ironía tan barcelonesa como este skyline. Acaba de inaugurar en Cracovia una biblioteca que lleva su nombre, así que empezamos por ahí:
Poca gente sabe que Cracovia es una de las ciudades más bonitas de Europa, comparable a Praga o a Venecia. Una ciudad maravillosa. Parece ser que existe una vitalidad cultural considerable.
Enorme. Ha sido un país muy maltratado y mantiene sus señas de identidad culturales. Por ejemplo, los poetas son gente con una gran autoridad, aparte de los nobeles Szymborska y Milosz. Y luego hay escriores como Lem, Kosinski… Allí un escritor es muy importante. Tan importante como aquí un futbolista. Los actos culturales tienen un poder de convocatoria enorme. Aquí haces una presentación y van doce amigos. Allí llenas un teatro y se queda gente fuera. Pero no por mí, sino por ellos. Sorprendía que yo fuera alguien cuando en otros sitios no soy nadie.
Se sigue mucho su obra en Polonia.
Sí, les gustan mucho las novelas de humor.
Tal vez por la conexión polaco-catalana…
Ríe) Puede que algo de eso haya. Ellos saben que hay un programa que se llama Polonia [de sátira política en TV3] y me preguntaban por Crackòvia [programa de humor sobre deporte de la misma cadena]. Pero tienen una tradición de literatura humorística que, a excepción de Inglaterra, en otros países europeos no existe. En Francia, y por reflejo en España, Italia y Alemania, el humor quedó excluido de la literatura seria, cosa que no había pasado antes. La literatura francesa del siglo XVIII es de humor, Voltaire, Diderot y toda esa gente, pero en el siglo XIX se vuelve muy seria, y eso contagia a los otros países. El humor se deja en manos de lo más chabacano. En Polonia, un país acostumbrado a muchas opresiones externas o internas, la literatura de humor sigue siendo una válvula de escape y la valoran mucho. Entonces aprecian a alguien a quien no le importa escribir cosas de risa.
Usted fue de los primeros que dijo que la novela estaba agotada como fórmula narrativa; no sé si la televisión, las grandes series, son la nueva vía para contar historias.
El problema es complejo. El diálogo social que se produjo en torno a la novela en el siglo XIX y en el cine en el XX ahora está en las grandes series de televisión (Los Soprano, Mad Men…) porque es donde todos más o menos coincidimos. En las series de televisión y en el fútbol. La literatura, el otro cine, el teatro, son aficiones individuales. Igualmente valiosas pero no son moneda de curso legal. La novela convencional, pues, está en crisis, como la poesía, que antes tenía presencia en todos los niveles: los niños el día de Navidad recitaban poesía y la gente la leía, y ahora se ha convertido en un acto individual que no pretende comunicarse con los demás. La novela quedará como entretenimiento, al igual que el cine, que ha desaparecido. Siguen llenando las salas las películas de efectos especiales, al estilo de los best-seller, pero eso no es cine. Son muy respetables y me encantan las películas de efectos especiales, pero estamos hablando de otra cosa.
¿Sigue series de televisión?
Sí, claro, me parece muy interesante el sistema narrativo.
Al modo dickensiano…
Exacto. Tiene un componente dickensiano. Y por otra parte, este elemento de serie de novela policiaca, en la que siempre son los mismos personajes haciendo lo mismo con pequeñas variantes. Eso enlaza, además, con las sinfonías y los conciertos de Mozart, que son siempre iguales, con sus pautas, pero que cada uno tiene su momento de inspiración, algo que la novela no posee. Lo tenía la novela barata de ciencia-ficción o sobre todo la policiaca, donde se repite el detective, el ayudante, la secretaria… con un caso distinto cada vez. Me parece muy bonito. Y además están muy bien diseñadas y tienen una duración estupenda. La inteligencia se ha ido a las series.
¿Es de los afortunados que todavía no han visto The Wire?
Estoy a medio ver The Wire. Es lo más interesante de todo lo que se hace. También estoy con Deadwood, que es una serie espléndida. Y, en su momento, Los Soprano me pareció magnífica.
Se ha referido a la novela policiaca. Con la trilogía del detective Ceferino [El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras] parodió, a la manera de Cervantes con las novelas de caballerías, el género negro, aunque sin acabar con él ya que mantiene una gran vitalidad.
Siempre la ha tenido. Ha ido evolucionando y hay muchos sectores: la novela de misterio de las grandes damas inglesas, la novela negra de Los Ángeles y ahora la novela de investigación científica, tipo Patricia Cornwell, que cumplen su función y llenan un hueco imprescindible. Siempre he tenido un gran respeto por sus autores y por el género. Hay que tener un talento extraordinario. Un sentido del humor, una distancia, una visión del mundo cariñosa, irónica. Aunque tampoco puede ser que vayan apareciendo cadáveres y sea motivo de alegría y diversión. Sin embargo, la convención del género me gusta mucho. Y yo, como no tenía talento para hacer una novela negra de verdad, hice una un poco paródica. En cualquier caso, lo que me hubiera gustado es escribir una en serio.
Con épica.
Sí, y sobre todo que respondiera a los cánones estrictos del género. Al problema y su solución. Esa cosa matemática para la que no estoy capacitado. Como no lo estaba Vázquez Montalbán pues, entre recetas de cocina y recetas políticas, se tapaban los descosidos del caso.
En una época parece que hubo un acuerdo entre algunos escritores barceloneses por abordar la novela policiaca: Montalbán, Marsé, usted…
Todos nos pusimos de acuerdo. Nos interesaba mucho la novela negra.
¿La clásica?
Nos gustaba toda. Incluso habíamos fundado una Asociación. En aquel momento se intentó hacer novela de misterio en una variante autóctona. A la manera de los franceses, que tenían grandes escritores secundarios pero muy buenos de novela negra: de Simenon al comisario San Antonio o Modiano, con más ambiciones literarias. Y entonces cada uno se buscó la vida como pudo. Estaban Andreu Martín y Juan Madrid. Fue un momento de buscarse una salida, aunque luego no ha tenido continuidad, quizá porque no hay un mercado tan abierto a estas propuestas.
¿Es Kafka “un tipo simpático y fotogénico” pero “un mal novelista” como declaró en una conferencia o se trató de una boutade?
(Ríe) Bueno, es una boutade para llamar la atención de un público que se me dormía sobre algo que estaba diciendo totalmente en serio. Una cosa es la narración y otra toda la literatura. Si hablamos de novela, algunos grandes escritores que han influido enormemente en el siglo, en nuestro tiempo, en nuestra vida personal y en la sociedad han sido desde el punto de vista literario segundones. Por ejemplo, Kafka. Entonces, el público se sublevó y yo dije: “vamos a ver, que levante la mano el que se haya leído entero El Proceso, El castillo, América”. Nadie. Todo el mundo sabía que un señor se despierta convertido en una cucaracha, pero muy pocos habían leído a Kafka realmente. “¿Quién ha leído Josefina la cantante, Informe para una academia?” No los había leído nadie, pero adoraban a Kafka. Bueno, no está mal… Creo que, en las grandes influencias del siglo XX, Kafka cubre la primera mitad y Borges la segunda.
¿Faulkner?
Es otra cosa. Faulkner es un gran novelista. Tiene, sin embargo, muy poca influencia en el plano personal. No ha dejado imágenes referenciales, pero en cambio es un gran novelista y el que lo lee, lo lee. A Kafka, no.
Escribió un ensayo cariñoso sobre Baroja, ¿qué le parece la tesis sobre la cobardía del escritor que sostiene Gil Bera en Baroja o el miedo?
No estoy de acuerdo. Lo he hablado con Gil Bera. Entiendo muy bien su punto de vista. Puedes coger a Baroja por un lado, y entonces sus actitudes y opiniones no tienen perdón porque es un majadero. Pero también puede vérsele desde otro lado. No era cobarde, porque como periodista y como hombre de opinión se había metido con todo el mundo. Se había enfrentado a todos y eso no es fácil, no hay muchos periodistas que tengan el valor de atacar. Y se había peleado con gente de talla, como por ejemplo, Ortega o Unamuno. Era un luchador.
Y casi lo fusilan.
Estuvo delante de un pelotón y abroncó al responsable: “¡Es usted un imbécil!” Luego explicó que su reacción se había debido al miedo que lo cegaba, actitud perfectamente comprensible. Se fue a Francia y volvió. Estaba enfermo, pasaba hambre, era muy mayor, tenía la familia aquí y tampoco estaba tan en desacuerdo con la revuelta contra una república que le parecía caótica, y en cierto modo lo fue. Encarnaba todas las contradicciones. Era un hombre de la generación del 98, una generación proto-fascista que creía en la necesidad de un hombre salvador.
Un cirujano de hierro.
Era la idea que tenían los de la generación del 98 y toda Europa. Y acabó como acabó. Pero Baroja nunca estuvo con Franco ni con la Falange. Es un personaje muy complejo y de ahí también su interés. Está bien leer a Gil Bera y luego algunas hagiografías, porque las dos cosas son posibles. Es un personaje que me gusta mucho. Y se equivoca, como se equivoca Pla, pero no de una manera miserable y abyecta.
Su antisemitismo es sumamente antipático.
Tiene todos los vicios de la época.
La misoginia.
Sí, el lío que se arma ese hombre. Pero un novelista es un hombre esponja. Al igual que ve las calles de Madrid y el lenguaje de los personajes absorbe todos sus defectos. No puede ser un intelectual objetivo. Su error es opinar. Un novelista debería tener prohibida la opinión.
Se ha comentado que Riña de gatos [Premio Planeta] es su primera novela ubicada en Madrid. ¿A qué se debe el nuevo escenario?
Sí. Ha llamado la atención, y me sorprende porque me parece un detalle muy accesorio. Quería contar una historia muy parecida a todas las que cuento: alguien de fuera que aparece en un mundo que desconoce y al que tiene que adaptarse. Antes había colocado a un personaje en Palestina con el niño Jesús [El asombroso viaje de Pomponio Flato] y ahora en Madrid con José Antonio Primo de Rivera. Con el mismo espíritu. Y leerlo en clave Barcelona-Madrid es como decir que he fichado por el Real Madrid. Me parece un signo más de nuestro tiempo. Vivimos la vida y la historia en forma de partido de fútbol.
Sea como fuera, Madrid es una ciudad más explotada literariamente que Barcelona.
Hay grandes novelas que tienen Madrid como telón de fondo, por ejemplo en la tradición clásica de Galdós, Baroja o Valle-Inclán, pero no existe la gran novela de Madrid en la que la ciudad sea protagonista. Barcelona ha tenido varias. Quizá porque es una ciudad más fácil de abarcar literariamente, pues tiene una sociedad más cerrada. Se parece más a la Vetusta de Clarín que al desconcierto, al cruce de caminos que es Madrid. A mí me interesa mucho el Madrid de la República, que es un momento en que la ciudad se convierte en una de las más interesantes y creativas del mundo, incluidas París y Nueva York. Porque, a diferencia de otras que están en un momento difícil, como por ejemplo Berlín, Madrid tiene una libertad desmedida, una sensación de “a vivir que son dos días” y donde todo confluye: las vanguardias literarias, plásticas, cinematográficas… Por allí están García Lorca, Buñuel, Dalí, pero también los latinoamericanos como Neruda, Borges o César Vallejo.
Algunos foráneos, como Josep Pla, no llegaron a sentirse cómodos con la situación política y social. Tal y como cuenta, por ejemplo, en El advenimiento de la II República.
Sí, Pla es un hombre de orden y muy conservador. No me gusta nada la visión de Pla en El advenimiento… y en todos los artículos de La Veu de Catalunya, porque es un poco despectiva y le lleva luego a pasarse a Burgos con todos los intelectuales catalanes; fenómeno, por cierto, del que se ha hablado poco. Toda la intelectualidad catalana relativamente joven se pasa en masa al bando nacional detrás de Eugeni d’Ors y nunca se arrepienten. Algunos conservadores ligados a la cultura catalana se exilian momentáneamente, como Sagarra o Riba. Luego vuelven y llevan una vida discreta y se adaptan al terreno. Pero los Teixidor, Vergés, etcétera son falangistas convencidos. Ven la República como pueblerina. Se consideran aristócratas intelectuales. Y que Dios les haya perdonado.
A veces se acusa al castellano popular de Cataluña de “contaminado” o poco ortodoxo.
Es verdad que cuando uno va a Madrid, Andalucía, a Puerto Rico o a Buenos Aires oye una forma de lenguaje que es enriquecedora y produce un trasbals. No sé si me gustaría vivir inmerso en el gracejo andaluz, pues me parece un poquito mecánico. Me interesan otras formas del lenguaje más de laboratorio. Aquí el bilingüismo empobrece por un lado y enriquece por otro.
¿Empobrecimiento en el uso del lenguaje?
No debería haberlo, pero el bilingüismo da una excusa para que la enseñanza sea pésima. En estos momentos, sobre todo la gente joven habla mal castellano, catalán y lo escribe peor. No es culpa del bilingüismo, sino de que no se enseña la ortografía a latigazos. Llevar dos idiomas en la mano lo puede hacer cualquiera, no tiene ninguna dificultad; al contrario, es un enriquecimiento. Yo no me doy cuenta cuando hablo u oigo catalán o castellano. Por otra parte, mi herramienta de trabajo es el castellano porque escribir ficción es otra cosa. Como a un escultor que trabaja el mármol no le pidas de golpe que haga fundición porque sus esculturas son esas y no hay más elección. Pero, a diferencia de lo que sucede en la actualidad, el uso tendría que ser más enriquecedor que empobrecedor. Y no lo es por dejadez.
¿Cree que el modelo de la inmersión lingüística no funciona o tendría que replantearse?
No hay una solución mejor que otra. Todas tienen sus problemas y sus dificultades. Si vemos el bilingüismo como un problema, no lo resolveremos. Si en cambio lo vemos como un hecho contra el que no se puede hacer nada, entonces tiene fáciles soluciones. Hay dos idiomas y contra eso no hay nada que hacer. Cuando yo era pequeño había que hablar castellano y todo era en castellano. Salíamos al patio y jugábamos al fútbol en catalán, porque era lo que la mayoría hablaba en casa. Y no hubo forma de eliminar eso. Ahora los chavales salen a la calle y hablan en castellano porque es el idioma del último programa de televisión que han visto. Eso es inamovible. Aquí tenemos dos idiomas y se acabó. Se podría conseguir reducirlo a uno pero a base de un exterminio que nadie está dispuesto a hacer ni a aceptar. Entonces hemos de vivir con los dos idiomas. Uno es más propio, pero el otro tiene una fuerza y una extensión contra la que no hay solución. Uno tiene 8 millones de hablantes potenciales y el otro 50 millones. Y sí, es verdad, la edición de libros no es comparable en los dos idiomas. Ya podemos protestar y decir que la culpa la tiene no sé quién. La culpa no la tiene nadie, son las circunstancias.
Fue de los pocos autores catalanes que escriben en español —por no decir el único— que se mostró a favor de que en la feria del libro de Frankfurt [dedicada en 2007 a la literatura catalana] se invitara solamente a autores de obras escritas en catalán.
Entendí y sigo pensando que era lo razonable. Se invitó a la lengua catalana, que es una cosa perfectamente normal, europea, con una larga tradición, que mantiene en estos momentos una vitalidad estupenda, no comparable a la inglesa, a la francesa o a la castellana, pero sí a la danesa, a la holandesa y a la sueca, y de la que uno puede sentirse perfectamente orgulloso. Un sector de la organización, por otra parte, quería que viniesen escritores catalanes como Zafón, Cercas o Marsé, que atraen al público. Se creó, entonces, un conflicto innecesario que intentaron arreglar empeorando la situación, ya que dijeron que ellos habían invitado a Cataluña. Esto es un disparate porque suponía que un escritor mallorquín o valenciano que escribiese en catalán no podía ir a Frankfurt. Total, que se liaron, y también les interesaba provocar polémica para así salir en los periódicos. Si hubieran ido allí unos escritores a leer sus cosas aquello no hubiera interesado ni habría creado polémica.
Sus novelas están casi siempre protagonizadas por tipos desubicados, ¿se identifica con ellos?
Soy bastante desplazado por tradición familiar. Mi familia paterna son funcionarios. Antes hacían unas oposiciones y los destinaban a un sitio. Normalmente eran chicos jóvenes, con un sueldo y una carrera por delante, y a menudo acababan casándose. Así pues, se convertían en uno de fuera que se había casado con una chica de buena familia. A su vez sus hijos hacían lo mismo, con lo cual si sigo mi árbol genealógico es un mapa de carreteras de España. Uno nació aquí y se fue allá, otro nació allá y se fue aquí, y mi padre llegó a Barcelona y se estabilizó. Tengo los mismos genes, así que siento la necesidad de irme. Por eso siempre me he estado yendo fuera, porque lo que me gusta no es establecerme sino irme, conocer ciudades y cuando ya las conozco, me canso y me quiero ir a otra. Mis personajes son así. Y eso me da una distancia para observar la realidad. He vivido en ciudades de esta manera y ya sé dónde hay que ir para olfatearlas.
Dejó hace años de escribir la columna del lunes en El País, ¿le cansa la actualidad?
No, pero era la columna de la última página y me parecía de unas características muy especiales. El lector llegaba después de haber leído todo y mucho más de lo que uno quiere saber sobre España, el mundo, Cataluña, Barcelona, la cartelera, los toros…Y entonces, ¿de qué hablamos? No quería, como hacen algunos columnistas, criticar al gobierno y a la oposición. Vamos a hablar de otra cosa. Primero con mucho agrado, pero luego me cansé y se me acabaron las ideas. Estaba escarbando a ver qué encontraba y pensé que era el momento de dejarlo. En este tipo de colaboración creativa hay que parar a veces. Ahora podría volver. De hecho me he medio comprometido a hacer una colaboración en una revista.
¿Sigue a algunos columnistas?
No soy muy fiel a ninguno. Tengo la sensación de que todos se repiten mucho. Habiendo leído dos o tres columnas ya los conoces. Entonces lo que hago es pasarme a otro periódico o a otro país donde todo me parece más interesante porque es nuevo, pero supongo que me cansaría igual. Los periódicos en general están pasando ahora una etapa de anquilosamiento. Todo es muy aburrido, previsible, repetitivo. Es imposible leer un periódico y saber si es de hoy o de ayer o de hace quince días. Dedican mucho espacio a la política. Un periódico debe ser algo más. Ha de reflejar la realidad política y también otras cosas.
Estuvo en Londres cuando las revueltas del pasado verano.
Las vi de una manera ambivalente. Por un lado me parecieron poca cosa, superficial y muy inflada por los medios. En las noticias continuamente se veía arder el mismo coche y se apreciaba que no era realmente una revuelta. En pleno verano, en las ciudades que no tienen un buen sistema de aire acondicionado como Londres, la gente se pone muy nerviosa cuando hay una ola de calor. Están en la calle, hay vacaciones escolares, etcétera… Muy fácilmente prenden los saqueos. Corridas para arriba, para abajo y poca cosa más. Es verdad, por eso, que indica que ahí hay hierba seca que basta echarle una cerilla para que arda.
Llegó a decirse que se trataba un fenómeno muy a la inglesa. Los hooligans, los corsarios.
Había este elemento. Pero, asimismo, fue el reflejo de una sociedad que todavía mantiene unos verdaderos abismos clasistas, puesto que no han tenido revolución francesa ni guerras civiles.
Guerras civiles tuvieron.
Bueno, sí, pero ya se han olvidado, no forman parte de su mentalidad. No existe mala conciencia en la exhibición de la riqueza. Los Rolls-Royce y las casas fastuosas son la continua exhibición de riqueza. Inglaterra es un país muy contrastado. El centro de Londres es el lujo, pero el interior del país está deshecho. Es Detroit. Un país postindustrial con grandes bolsas de pobreza y de desempleo. En cualquier caso, estos fenómenos responden a una realidad, al igual que el 15-M, que se resuelve en unas asambleas un poquito infantiles. Hay que estar un poco a ver qué pasa. Existe una nueva generación que está deseando tomar las riendas para hacerlo peor o mejor, no lo sé. Al mismo tiempo, hay una generación muy agotada que tendría que irse a la residencia de la tercera edad. Han cumplido su papel pero adiós, Papandreu, y toda esta gente.
En comparación con Inglaterra, ¿en España padecemos un exceso de opinión, de tertulias, debates…?
Cuando estoy en Londres no tengo la televisión puesta todo el día ni oigo comentarios sobre qué ha dicho no sé quién. Creo que también se produce este tipo de debates muy airados. Aquí, desde luego, hay mucho ruido, aunque no sé si sirve para algo o sólo es ruido ambiente. Ahora estoy esperando a que gane el PP para saber qué pasará con todas estas cadenas de televisión que sólo viven para criticar al PSOE. ¿Qué harán Intereconomía y VEO7?
¿Sigue las tertulias?
Sí, me encantan. Tenemos la tertulia, y luego el hecho de que cada uno ve su tertulia.
Para reafirmarse.
Aunque parece ser que Intereconomía es muy seguida entre espectadores de izquierdas para crisparse.
Debe de ser el único caso, porque se lo han ganado. Todo el mundo no busca tanto reafirmarse en sus ideas como en sus indignaciones e insatisfacciones. A la gente le gusta mucho estar de mal rollo. Yo escuchaba la COPE, sobre todo cuando estaba Jiménez Losantos, porque a los que nos interesa la política, la sociedad y la historia allí es donde se encuentra. No en una tertulia amable.
Y también la literatura.
Claro, un hombre con su trayectoria me parece un caso más digno de estudio que otros que son irreprochables desde todos los puntos de vista. Eso ya lo sé, es como hablar con mi tía… Pero ahora, ¿qué será de ellos? Porque son monotemáticos. Así que seguirán con el fútbol, pero tendrán que hacer un reajuste político que será sumamente interesante.
¿Sigue el fútbol?
Sí, me gusta.
¿Barcelonista?
Por supuesto.
¿Sufridor?
Claro, soy de los sufridores por tradición. Ahora estoy muy desconcertado y no puedo hablar con la gente joven. Aporto mi capacidad enorme de sufrimiento del buen culé, pero los jóvenes dicen“¡Cómo sufrir, si vamos a ganar!”. Ha cambiado. Me parece muy bien y supone un motivo para reunirse con amigos, ver el partido, gritar, divertirse y tomarse unos vinos, así como para tener conversación en cualquier parte del mundo. Uno dice que es de Barcelona e inmediatamente le preguntan: “¿Es verdad que Messi está en crisis?” En el último rincón o poblado de África están muy preocupados por si Villa marca o no. Y eso facilita la comunicación humana. Por otra parte, vivimos a través del filtro futbolístico y cada día hay partido o postpartido o prepartido. Interpretamos todo lo que pasa a través de la estrategia futbolística y del que uno gana y otro pierde. Eso es lo que tiene el deporte. Está muy bien, pero como metáfora de la vida falla.
Incluso la confrontación Guardiola-Mourihno se ha trasladado a un plano moral.
¡Me encanta Mourinho! Habla con una seriedad y una profundidad de las cosas más tontas del mundo… El otro día explicaba que como jugaban a las doce no sabía a qué hora desayunarían. Lo decía como si fuera Hegel en su clase de la universidad explicando el ser y el no ser. Me hace mucha gracia, mucha más que Guardiola.
Los dos tienen su parte interpretativa.
Sí. Es un poco preocupante que el fútbol sea aquello donde hemos puesto nuestros afectos, ilusiones, proyectos vitales, nuestro tiempo. Siempre ha habido una cosa abstracta que ha permitido que la gente se realice simbólicamente. Bizancio es la historia de la rivalidad de dos equipos de cuadrigas que ponían y quitaban emperadores y provocaban guerras civiles, matanzas horribles y sismas religiosos. Eran los verdes contra los rojos. Y duró mil años. Así que no pasa nada (Ríe).