lunes, noviembre 26, 2012

El Maestro cumplió




Primero. Inicios de la década pasada. Hago memoria: leía poesía peruana y en general como una soberana bestia. Asistía al Taller de Poesía de Hildebrando Pérez y Marco Martos, en San Marcos. Ni cagando quería ser poeta, pero sí ordenar mis lecturas. En este sentido estoy muy agradecido con Pérez y Martos, porque ellos se encargaron de dinamitar mis prejuicios y ampliar mi panorama de lo que debe ser y tiene que ser la poesía. Paraba por la calles del centro y entraba, hasta de zampón, a todos los cineclubes que pudiera encontrar. Era un actor de reparto, extra de extras, en el mundillo literario. Los conocía a todos sin conocerlos. Y sobre todo recuerdo que el dinero jamás fue un problema para que leyera. No es que en esa época me apestara el dinero, ni hablar, pero la tenencia o carencia de chibilines no me significaba un alejamiento de los libros que quería devorar. En ese entonces leía por orgullo, es decir, no como ahora, en que no dudo en dejar, sea en la página que sea, si lo que recorro no me transmite algo, por más frívolo o soso que pueda ser. Tenía la malsana idea de que no había libro malo, que todo libro siempre tiene algo que prodigar. Y durante algunos meses, en una suerte de mala racha, la narrativa que caía a mis manos no estaba a la altura de mis expectativas.

Segundo (y quizá lo último). La mala racha cambió una tarde de domingo familiar. Estábamos mi hermano, mi mamá, mi abuelita y mi padre. Si no me equivoco, hablábamos de Fujimori, o mejor dicho, rajábamos del susodicho. Terminado el almuerzo fui a mi cuarto. Media hora después entra mi padre, bajo el volumen de la radio y me pregunta si tenía algún libro de Philip Roth que no fuera El lamento de Portnoy y Las vidas de Zuckerman. ¿Philip qué?, le pregunté.

Mi padre, y sé que no lo he dicho antes en este blog, es un muy buen lector. Y a él le debo el descubrimiento de algunos autores que con el tiempo han llegado a conformar mi canon narrativo. No es que sea un lector voraz de ficción, lo suyo siempre ha sido la historia y el ensayo, en especial con todo lo que tenga que ver, así sea a favor y en contra, con el judaísmo. Esa tarde me dijo que había conseguido, en las últimas semanas, y por el bendito centro de Lima, esos libros de Roth, además, estaba seguro que yo ya los había leído y que por eso me preguntaba si tenía otras cosas del autor. Me sentí entre la espada y la pared, se suponía que yo leía, porque el tiempo me lo permitía, más que él y se suponía que los terrenos literarios eran mi fuerte. La verdad que ni en pelea de perros había escuchado del norteamericano… Le dije que no, no papito, no he leído nada de Roth. No sabes lo que te estás perdiendo, dijo, ese señor es otra cosa, siguió. Vio los libros que estaban sobre mi escritorio, cogió uno y vio su portada. Estás perdiendo tu tiempo, espera un rato que ahora te presto El lamento de Portnoy, remató.

El ejemplar no era nuevo, tampoco de segunda, más bien era de octava mano. Había que agarrarlo con cuidado, al mínimo forcejeo corría el peligro de abrirse en una, el desprendimiento de su tapa era su primer destino inmediato. Empecé a leerlo a las siete u ocho de la noche, y lo terminé cerca de la una de la madrugada del lunes. Al levantarme, ocho horas más tarde, volví a leerlo. Y cuando salí a la calle, al centro, lo primero que hice fue buscar y apuntar los precios de todos los libros de Roth que encontrara.

Con los años empezaron a reeditarse sus libros, había más referencias a su obra, debido a que salía en sellos de mayor fuerza promocional y también en otras traducciones. Por ejemplo, Las vidas de Zuckerman se vendió como La contravida. De Roth siempre me ha atraído la solidez de su proyecto, cargado de ironía y sarcasmo, nada señorial, pero cuidándose de no caer en la mera parodia del mundo judío, repotenciando así su hálito crítico, su visión de lo que es la sociedad norteamericana de la mitad del siglo XX en adelante. Pienso en La mancha humana y Pastoral americana, esta última toda una cachetada a la doble moral gringa. Se me hace perdurable el ciclo Zuckerman, que arranca con esa maravilla llamada La visita al maestro, en donde rinde tributo a Bernard Malamud y Saul Bellow. Soy tan hincha de Roth que hasta ciertos títulos, digamos en buena onda, menores, como El profesor del deseo, me parecen aleccionadores, te escuelea, te dice cómo es que debes narrar y qué hacer en la administración de tópicos como el sexo y la identidad.

En el plano local, o sea en mi vida literaria de limonta, Roth me ha brindado más de una satisfacción en cuanto al afianzamiento de una vocación, y no necesariamente con escritores jóvenes, sino con los más cuajados, los mayores, como cuando escuché a Alonso Cueto hablar, desbordado de pasión, de la última entrega, 2008 si no me equivoco, de Roth, Sale el espectro; o en las tres horas sobre Roth, las cronometré porque en realidad fueron casi siete, dedicadas a la literatura y la vida, que pasé con Miguel Gutiérrez y su esposa Mendys en su casa de Lurín, en el 2006. Es que mirado de cerca, hay que leer a Roth. Y mirado de lejos y ver su cantidad de títulos, es como para construirle un altar, y no porque todos queden marcados por el aura de la excelencia, sino por su cualidad coherente, por su producción que ni siquiera pudo ser alterada, ni atrofiada, por el cáncer. Roth, pues, una máquina de narrar, que cumplió no solo con la tradición novelística de su país, sino también con esa estela proyectiva, de ánimo, coraje y ahínco, que todo aquel que escribe novelas debe tener, como mínimo.

No me causa pena ni asombro su jubilación de la novela. Si ya no quiere escribir más porque se encuentra cansado, a lo mejor desmotivado, es lo de menos. Como bien dijo, hizo todo lo que pudo con los recursos que tuvo a la mano. Roth decidió retirarse por la puerta grande. En su mejor momento y con una última gran novela. A lo mejor los viejos huevones de la academia sueca lo pasaron por alto para el Premio Nobel de Literatura, creyendo que el año siguiente sería su año, pero no, Roth no es de esos escribas que necesitan de este galardón para legitimarse, él ya está legitimado por esa hinchada de lectores que no deja de corear su nombre cuando aún falta media hora para el pitazo final.

7 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

quiza Roth es el mayor novelista estadounidense despues de faulkner en el siglo pasado

3:29 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Muy buen post sobre el gran Phillip Roth. Sobre lo que dijo MVLL, no creo que Roth lo haya dicho a la ligera, creo que sí es un retiro definitivo. Gabriel tengo una curiosidad: ¿cuáles fueron tus primeros autores predilectos, tus lecturas preferidas en tu adolescencia?

9:44 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz Ortega dijo...

Creo que lo que lee todo adolescente: Dumas, Salgari, algo de Huxley, varias tradiciones de Palma. Pero fue la lectura de La ciudad y los perros la que me marcó, y también El mundo es ancho y ajeno de Alegría. En fin, es lo que puedo recordar a estas horas de la madrugada. Saludos. G

12:09 a.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

roth es grandioso, faulkner igual... bellow es mejor, auster es bueno, mccarthy oscuro, delillo impredecible, foster wallace lúdico, palahniuk contundente, hemingway serio, steinbeck idealista, franzen fresco... en conclusión: si se desea ser o si se pretende hacerse escritor, se debe leer a los nejores, y en usa estan los maximos representantes de las letras contemporaneas...r ,

4:16 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Para gustos y colores... Faulkner me parece muy superior a toda la lista(roth, wallace, auster, etc)
pero no hay que caer en el anglocentrismo que la calidad literaria de un Vargas Llosa u Onetti es magnífica.

Si se quiere leer a los "mejores" ahí están: Cervantes, Dickens, Tolstoi, Dostoievski, Proust, Joyce.

Pdta.
pregunta a Gabriel Ruiz Ortega ¿qué opinas de leer al Inca Garcilaso como novelista?
Menéndez y Pelayo lo consideraba como un escritor que estableció la "novela peruana" y creador de una novela utópica. Desmitificada su imagen de historiador hay varios estudiosos que lo señalan más como un narrador literario que como historiador. Lo digo porque acabo de releer La florida del inca, que me parece una especie novela histórica y caballería exquisita además, estoy volviendo a los "comentarios" y creo que si se estableciesen como novelas tendría al inca a nuestro mayor novelista y aun de Latinoamérica.

1:47 a.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Sr. Ruiz ortega

Vuelvo a hacer un comentario no con intención molestarlo sino para conocer su opinión- como lector de su blog me es interesante- sobre mi anterior mensaje en el cual refiero la visión de algunos escritores y estudiosos, como Asturias o Menéndez Pelayo, en el cual afirman que la obra de Inca Garcilaso es la de un novelista

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-inca-garcilaso-escritor-de-frontera-0/html/021ed71a-82b2-11df-acc7-002185ce6064_6.html


un saludo

1:35 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz Ortega dijo...

Hola
no me incomodas, solo que recién tengo tiempo de responder. Bueno, hay algo que siempre he pensando de los más grandes historiadores, cronistas, y esto viene asociado a una por momentos delatada vena novelística, por lo tanto, tu opinión no estaría lejos de ser una verdad.
Saludos
G

1:12 a.m.  

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