martes, febrero 21, 2012

domingo, febrero 19, 2012

El parricidio de Valencia



Hace dos años tuve la oportunidad de moderar un conversatorio entre los destacados escritores Carlos Calderón Fajardo (Perú) y Leonardo Valencia (Ecuador). El evento tuvo lugar en una de las salas de La Casa de la Literatura Peruana. Y en honor de la verdad, salí muy enriquecido del cruce de opiniones entre estos autores.
Poco tiempo después llegó a mis manos el libro de ensayos de Valencia, del que ya tenía muy buenas referencias. Se trataba de El síndrome de Falcón (Paradiso Editores, 2008), que leí en un fin de semana.
Hace algunos días ordené mi biblioteca y encontré El síndrome de Falcón. Lo que comenzó como una curiosidad devino en una relectura gratificante y edificante. Valencia es un escritor inteligente y un prosista cuidadoso. Bajo ningún punto es un vendedor de sebo de culebra, uno aprende, y toma nota incluso, leyendo los ensayos reunidos en este volumen. Valencia conoce de lo que escribe y lo transmite sin necesidad de hacer uso de una insoportable jerigonza académica. Lo “profundo” no tiene que ser asumido como una retahíla de forzados conceptos.
Pues bien, la publicación se divide en tres secciones: “Sobre escritores”, “Sobre literatura ecuatoriana” y “Sobre la escritura”.
Si un espíritu viaja por estas páginas, impregnando presencia hasta en su ausencia, es el de la búsqueda, el relato invisible que nos testimonia sobre los años germinales del autor hacia su poética como creador y su discurso como literato. Es decir: el magisterio del aliento autobiográfico de un entonces joven que empezó a armar su radiografía literaria gracias a los maestros alejados de la estela del realismo del siglo XX (en especial de los machos de la literatura social), refugiándose, y amparándose, en los que formaron una tradición paralela, como  Borges, Aira, Vila-Matas, Buzzati y Lampedusa.
Y también un saludable afán desmedido, vástago de la relectura llevada por la admiración, contra la lectura “oficial” (el acercamiento a Vargas Llosa resulta de antología, por decir lo menos). Afán visto también en semblanzas (Westphalen y Juarroz) dignas de consideración. Lo mismo se podría decir de las páginas dedicadas al Ribeyro de los diarios y aforismos, sin desmerecer, en ningún sentido, su escuela cuentística y en menor medida la novelística.
Ahora, para un lector no habituado a la literatura ecuatoriana, podría resultar un poco difícil entrar en onda (en mi caso, no he leído algunos libros que se consignan), pero a medida que avanzamos, el panorama se nos aclara, llegamos a caminar por más de un puente comunicante con otras tradiciones no emparentadas con la realista, que ha castrado a no pocas generaciones de plumíferos del norte (Valencia no lo dice textualmente, pero es implícito). En el ensayo homónimo que titula la publicación tenemos los puntos centrales que configuran la “tara realista” de la narrativa ecuatoriana, la que recién ha empezado a despertar en las últimas décadas, con autores nada temerosos en no formar parte de un canon establecido, irguiendo como ejemplo mayor la obra del siempre estupendo Pablo Palacio, pluma redescubierta luego de decenios de calculado silencio y que goza hoy en día de un prestigio que no deja de crecer.
Valencia no es un autor ajeno para el seguidor del quehacer literario peruano. Él estuvo viviendo en Lima entre 1993 y 1998. Los motivos que lo llevaron fuera de su país pudieron ser laborales, pero tratándose de un artista carcomido por una sensibilidad que no encontraba lugar en su país natal, vale la posibilidad de especular sobre una desesperada intención de escape hacia cualquier lugar, el que sea, uno en el que pudiera desarrollar lo que ya venía cimentando contra la “tara” que calcinaba las poéticas de sus compañeros generacionales. Me aventuro a decirlo porque Valencia sabe golpear con estilo, sin necesidad de conceptos rubricados por el resentimiento, ni adjetivaciones ramplonas ni poses a lo bestia contra ciertos nombres capitales de la narrativa ecuatoriana.
Todo escritor que se asuma como tal no tiene otro norte que buscar y formar su propia poética. Eso lo sabemos bien. Lo que me deja esta relectura de El síndrome de Falcón es su parricidio, pero, eso sí, aquel nutrido del conocimiento de causa de la tradición a la que se pertenece, no aquel parricidio ignorante, mismo salto de garrocha, que leemos últimamente. Ningún escritor escribe desde la nada.

Solidaridad con el escritor Rafael Inocente


Llega a mi mail un archivo adjunto.
Averiguo al respecto, cruzo información y llego a conclusión de que tengo que apoyar a Rafael Inocente. La gente del diario Correo ha llevado a cabo una lectura torcida de una entrevista que le hicieron hace algunos años.
Ahora, nada me separa más de Rafael que nuestras posturas políticas. No comparto su izquierdismo, pero siempre he valorado su grado de compromiso y consecuencia con lo que piensa. Ojalá todos los escritores peruanos, los de tendencia de izquierda en especial, lo apoyen, se unan contra lo que a todas luces es un abuso, una patente campaña de desprestigio. Ya pues, señores, un poco de desahuevina y a apoyar, como se debe, a Rafael Inocente.

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SENDERO, LA PESCA Y LOS ESCRITORES
LA SATANIZACIÓN A LA MEDIDA DE LA DERECHA FRONTERIZA: DEFIENDEN EL STATUS QUO EN EL SECTOR PESQUERO
En solidaridad con el escritor Rafael Inocente
El doble rasero de la derecha
En los años ochenta, un historiador con fama de oráculo declaró: “El fenómeno Sendero Luminoso no puede ser dejado de lado como si se tratase de unos cuantos fanáticos, porque revela toda una tendencia del movimiento popular aunque pueda estar incorrectamente expresada y representada en esa agrupación”. En el libro “Las furias y las penas”,  también se recoge otra de sus afirmaciones controversiales: “Si alguien me pidiera una condena a Sendero Luminoso hoy en día, yo actuaría del mismo modo que en 1780 actuó Baquíjano y Carrillo, negándose a condenar a Túpac Amaru”.
¿Quién dio estas declaraciones: acaso un filosenderista, un resentido social, un peligroso comunista, como deberíamos pensar si tomáramos a pie juntillas los discursos inquisitoriales del pasquín Correo? Nada de eso, las dio un historiador que en el año 2000 postuló al Congreso en la lista del fujimorismo. Nos referimos, claro está, a Pablo Macera. Ni esa vez ni luego los medios que ahora han desatado una campaña (cual “caza de brujas”) contra los que denominan “ultras” se rasgaron las vestiduras por la postulación de un intelectual que se autocalificaba de “senderista luminoso honorario”. Hubiera sido bueno y esclarecedor que en esa época la prensa de la derecha objetara la candidatura al Parlamento de un historiador con una opinión tan complaciente sobre el fenómeno subversivo. Pero la moral del fujimorismo mediático nunca dio para tanto y lo que nos ofrecieron fueron las continuas lisonjas de Martha Hildebrandt y la bancada de Fuerza 2000 a Pablo Macera en los escaños del Legislativo. Cuando el año pasado la revista Caretas le preguntó si creía que Keiko pasaría a la segunda vuelta en las elecciones, Macera respondió casi suspirando: “Ojalá”. No es difícil de imaginar que en un hipotético gobierno de Keiko Fujimori los mismos que ahora buscan “rojos” en el Gobierno de Humala hubieran celebrado con frenesí la juramentación de Macera como ministro de Cultura.
El caso Rafael Inocente
 A tono con esta campaña en busca de “comunistas” infiltrados en el Estado, Correo hace unos días atacó de modo difamatorio al destacado escritor y experto ingeniero zootecnista Rafael Inocente, extrayendo declaraciones fuera de contexto y presentándolo prácticamente como un advenedizo “burócrata antisistema” simpatizante del terrorismo. Una de las frases supuestamente “apologéticas”, que figuró como titular de la nota, fue ésta: “Abimael es un intelectual”. En pocos días el cargamontón desde ese pasquín del fascismo iletrado, secundado por sus corifeos de la Tv Rey con Barba, consiguió su objetivo sobre la base del chantaje ideológico: el escritor Rafael Inocente fue primero sometido a una kafkiana investigación administrativa por el órgano de control interno del Instituto Tecnológico Pesquero (por su opinión política y su novela) y finalmente le enviaron una carta de despido (sin causal legal y de forma ilegítima, por orden verbal del Ministro de la Producción, José Urquizo) de su cargo de director general técnico en el Instituto Tecnológico Pesquero, para el cual no solo estaba calificado –como lo acreditan sus quince años de experiencia en el sector y el haber formado parte de la Comisión de Transferencia del actual Gobierno en el sector Pesquería–, sino al que había accedido a través de un concurso público, evaluado por un comité nombrado antes de su ingreso a la Institución.
Huelga decir que en el poco tiempo que Rafael Inocente se desempeñó en el Instituto Tecnológico Pesquero planteó audaces propuestas como la implementación de un Plan Nacional de Consumo Masivo de Productos Hidrobiológicos bautizado “A comer pescao”, el cual contemplaba el canje de la multimillonaria deuda que mantienen las diez principales empresas pesqueras del país, por pescado.  Esta deuda que los asesores del ex Ministro Kurt Burneo calcularon en por lo menos 890 millones de soles, permanece impaga desde hace diez años y se debe a infracciones sistemáticas a la normatividad pesquera, entre otros motivos, por depredar el recurso anchoveta, defraudar en el peso de las descargas de la pesca y contaminar el mar y el litoral.  Sabemos además que otras propuestas de cambio sostenidas por Rafael Inocente y las nuevas gestiones que dirigen el Imarpe y el ITP, han sido motivo de rechazo absoluto por quienes defienden el status quo en el sector pesquero.  Dichos cambios están referidos a modificaciones y/o derogatorias de la Ley General de Pesca, la Ley de Cuotas de Pesca, la modificación de la Ley del Imarpe, el apoyo expreso a los empresarios conserveros y a los pescadores artesanales así como el fomento real del consumo humano directo de pescado, entre otras, todo lo cual implicaría un cambio de la madre de todos los entuertos, ergo, la Constitución Política de 1993.
Nos preguntamos entonces: ¿Cuál es el trasfondo de la difamación a Rafael Inocente?¿hay delito de opinión en el Perú del Gobierno del señor Ollanta Humala? ¿Se puede despedir a un destacado funcionario por haber declarado en calidad de escritor sobre el tema de la violencia política dos años antes de asumir el cargo? ¿Quiénes se benefician con la abrupta salida de Rafael Inocente?¿Se puede, en concreto, acusar de apologista y de "infiltrado en el Estado" a quien reconoce simplemente que Abimael Guzmán es un intelectual, como pretendió el libelo Correo?
En un país con un alto índice de semianalfabetismo funcional y donde se suele sacralizar a las profesiones académicas, es muy posible que el acto de calificar a una persona de intelectual sea visto efectivamente como un elogio, cuando en estricto es solo una descripción de un estatus académico y no una loa de una cualidad ética o moral. Precisamente en la entrevista que brindara hace un par de años al blog “Literatura y Guerra” del poeta Niko Velita, a propósito de su novela “La ciudad de los culpables”, Rafael Inocente criticó muy ácidamente a Guzmán por el lado de la ética. No solo lo considera “equivocado” y “arrugón” (cobarde), sino que describe así la reacción de Guzmán ante su captura: “Solo atinó a decir, me tocó perder. Rodeado de mujeres en una cómoda mansión rodhesiana, se dejó coger como un minino viejo”. Frases que no solamente no son elogiosas, sino que establecen un deslinde claro de carácter ético con el líder de Sendero. Por tanto, la calificación de “intelectual” por parte de Inocente es solo descriptiva, nunca apologética.
Aunque al oscurantismo fascista le interese ocultar la verdad, lo cierto es que Rafael Inocente no ha dicho nada sobre Guzmán que no figure en cualquier libro especializado sobre el tema. Cualquier biografía mínima sobre el líder senderista tendría que consignar que se doctoró en Filosofía y Derecho y fue catedrático principal y director académico del Departamento de Filosofía de la Universidad de Huamanga. Es más, el antropólogo Carlos Iván Degregori incluyó a Abimael Guzmán dentro de los “intelectuales disidentes de provincias”. Por otro lado, el periodista británico Simon Strong, autor del best-seller mundial “Sendero Luminoso, el movimiento subversivo más letal del mundo”, impensable de cualquier simpatía con terrorismo alguno, nos ofrece esta descripción de Guzmán en su época de estudiante: “Guzmán fue el mejor alumno del tercer grado, el tercero en el cuarto grado, y el segundo en el quinto grado. Sacaba siempre las mejores notas en conducta y orden”. Luego nos refiere que en la universidad fue “alumno estrella” del filósofo kantiano Miguel Ángel Rodríguez Rivas, quien lo recuerda así: “Abimael era un hombre realmente notable y siempre bien informado”. Es el testimonio de Rodríguez Rivas, un filósofo muy lejano del marxismo y de manifiesta aversión a Stalin. En el mismo libro de Strong, se recoge la opinión del erudito británico Bill Tupman –estudioso del marxismo, experto en China, conferencista ocasional en el Colegio de Oficiales de la Real Escuela de Infantería y director del Centro para Estudios Policiales y de Justicia Criminal de la Universidad de Exeter, entre otras distinciones–, quien “confesó estar ‘impresionado e intrigado’ por la erudición comunista de Abimael Guzmán, por algunas sofisticadas originalidades suyas y por la coherencia interna general revelada en su entrevista con El Diario”.  
Una guerra conceptual
 Sin embargo, el fascismo con caperuza liberal tiene una opinión diferente. Aldo Mariátegui y otros polichinelas del pensamiento retrógrado nos dicen que quienes consideran un intelectual a Abimael Guzmán y una organización política a Sendero Luminoso son cómplices encubiertos o simpatizantes flagrantes del terrorismo y deben ser denunciados. Cualquier afirmación en sentido contrario es para el ala dura de la derecha una “farsa” o una “infamia”. Eso explica los sambenitos que han merecido algunos comisionados de la CVR por declarar, por ejemplo, que en el Perú de los años ochenta hubo un “conflicto armado interno” o que SL no era una simple gavilla de delincuentes sino una organización política. Se ha hablado de “sesgo ideológico”, e incluso (como la dupla inefable de Rey con Barba) de “traición a la patria”.  
Pero la ignorancia de la derecha fronteriza es notoria. No sabe que uno de los primeros en calificar de “guerra” y no de “terrorismo” lo sucedido a partir de mayo de 1980 en el Perú, no fue un dirigente de izquierda “sesgado” sino un representante de la derecha señorial como Patricio Ricketts Rey de Castro, quien escribió en 1981: “Por mucho que sorprenda decirlo, los jóvenes de la dinamita no son, rigurosamente hablando, terroristas. (…) El Perú, querámoslo o no, vive desde hace seis meses en estado de guerra abierta. De guerra maoísta, campesina, artesanal y homeopática. (…) Pero guerra al fin.” (del artículo “Zonas liberadas” publicado en Caretas el 26 de enero de 1981, citado por Gustavo Gorriti Ellenbongen en el libro “Sendero. Historia de la guerra milenaria en el Perú”). ¿Hablarán ahora del “sesgo ideológico” de Ricketts Rey de Castro? Por otro lado, los propios manuales militares que utilizaron las FFAA para combatir a Sendero Luminoso calificaron el conflicto armado como una  “guerra no convencional”, según testimonio de algunos generales ante la CVR, como el del ex del presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas (CCFFAA), Arnaldo Velarde Ramírez, general de la Fuerza Aérea en situación de retiro.
Lo que tampoco entiende por conveniencia la derecha “bruta” (Tafur dixit) es que el reconocimiento del carácter político de una organización no la exculpa de su práctica criminal. Como si en la historia no hubiera habido (y aún hay) crímenes políticos. En el Perú, sin ir muy lejos, el Apra es un partido político responsable por lo menos de la masacre de 26 policías en la rebelión de Trujillo en 1932, el asesinato de Sánchez Cerro en 1933 y los crímenes del grupo paramilitar Rodrigo Franco bajo el mando de Agustín Mantilla (para no hablar de los asesinatos, desapariciones y torturas a nombre del Estado en el primer Gobierno de Alan García). ¿O eran simples delincuentes los apristas que perpetraron esos crímenes?
Pero, cuidado, la denuncia contra Rafael Inocente no solo ha sido ridícula y burda, sino sobre todo peligrosa por el clima inquisitorial que se pretende crear para luego perseguir, reprimir y consecuentemente anular política y laboralmente a cualquier persona que se ubique en una línea de pensamiento crítico. La campaña de satanización contra la CVR, las ONG derechohumanistas y los dirigentes que encabezan la protesta social, contra los funcionarios de cierta tendencia izquierdista, y contra los escritores e intelectuales no alineados políticamente con la globalización neoliberal, está en esa dirección.

César Moro, varias veces maldito



En Gatopardo encuentro un adelanto de Los malditos, libro de perfiles de la crónista argentina -no española, tal y como se consignó en la estafeta de Libros de la última edición de Somos.
A continuación el perfil de Marco Aviles sobre el inagotable César Moro.

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César Moro existe. Hay que alimentar esta teoría después de salir de las librerías de Lima donde los vendedores dicen lo contrario.
—¿Tiene algún libro de César Moro?
—No, señor, no hay.


Algunos poetas mueren y entonces sus libros comienzan a venderse por montones. Con César Moro ocurre lo contrario. Sus libros no se encuentran por ninguna parte, a pesar de que él ha muerto hace más de medio siglo y las reseñas de los eruditos dicen que podría ser, junto con César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo pasado. En las librerías de Lima, Moro es un fantasma. El célebre poeta que no existe en los anaqueles.

Es una típica tarde de verano limeño, en el cementerio Presbítero Maestro, el más antiguo de la ciudad, y el sol agresivo le confiere un halo tortuoso a la simple tarea de encontrar un nicho.

—Moro, Moro, Moro, Moro, Moro… —susurra el panteonero Carlos Izaguirre, con la concentración de quien busca entre los estantes de una inmensa biblioteca.

Lleva quince minutos murmurando entre pabellones descalabrados a cuya sombra se guarecen algunos perros flacos. Es un cincuentón de rostro colorado, marcado por arrugas profundas, y cada tanto se pasa una mano por la frente. Las pocas palmeras que salpican el cementerio parecen a punto de arder, y se podría pensar que el sol es el culpable de las grietas en los mausoleos y no los ladrones de las barriadas cercanas que cada tanto entran para llevarse algo de valor: una escultura, una placa, una lápida. El cementerio tiene categoría de museo, y cada piedra es una reliquia.

—Nada más venden las lápidas, les borran el nombre y las vuelven a usar para otros muertitos —explica Izaguirre.

César Moro escribía en francés, y fue el poeta surrealista más exótico de París, a donde llegó en 1925, a los veintitrés años, cuando los surrealistas —André Breton, Paul Éluard, Louis Aragon— eran una guerrilla que se enfrentaba a la religión, al arte y a la política y agitaban la ciudad con sus versos de escritura automática, exposiciones escandalosas y panfletos agresivos. París era la capital del mundo para los poetas, y varios países de Latinoamérica tuvieron al menos un poeta exiliado allí. El chileno Vicente Huidobro. El ecuatoriano Alfredo Gangotena. César Moro, el primer poeta latinoamericano que formó parte del grupo surrealista, vivió ocho años en Francia, y cuando regresó al Perú, en 1933, llevó consigo la ola de esa revolución. Luego, en 1938, se mudó a México y ayudó a sembrar el surrealismo en ese país. Sus versos hacían añicos al lector. Más que lectores —explica el crítico peruano José Miguel Oviedo—, tenía víctimas.
Cuando dejes de estar muerto serás una brújula borracha
Un cabestro sobre el lecho esperando un caballero moribundo de las islas del Pacífico que navega en una tortuga musical cretina y divina

Serás un mausoleo a las víctimas de la peste o un equilibrio pasajero entre dos trenes que se chocan
.


Moro publicaba poemas y artículos en Francia, Perú, México. Traducía al español los textos de sus colegas franceses e ingleses. Era el gran agitador surrealista. Pero él, que había logrado un enorme prestigio en México, volvió al Perú un día de 1948 como quien busca un último refugio, llevando consigo una maleta, un perro y una rara enfermedad. Pesaba menos de cincuenta kilos. No tenía dinero y debió sobrevivir como profesor de escuela. Algunos alumnos se burlaban de él porque era delicado y homosexual. Le decían maricón. Le escupían en la espalda. Murió en un hospital público en 1956, cuando tenía cincuenta y tres años. Al velorio asistieron su madre, algunos sobrinos y pocos amigos. Había publicado tres libros. Todos escritos en francés.
El final de la historia podría ser ése.
Un final de reseña literaria.
Llamo por teléfono a una librería de Lima.
—¿Tiene en venta algún libro de César Moro?
—No, pero sí tenemos de Tomás Moro.

Tomás Moro fue un sacerdote inglés que imaginó una isla donde se le rendía culto a la filosofía. En el cementerio de Lima, el panteonero Izaguirre no conoce esa historia pero sabe que Moro era un poeta importante: durante la década que lleva trabajando en el Presbítero Maestro, al menos media docena de veces estudiantes u hombres con aspecto de intelectuales le han pedido ayuda para encontrarlo. Todos se paran frente a la tumba con fervor, leen algo, quizás un poema. Y tocan el nicho. Siempre tocan el nicho. Seis visitas en una década es una estadística importante en este lugar donde a otros muertos —ex presidentes, sacerdotes, militares o artistas— no los visita nadie.
—Malditos hijos de puta —dice ahora Izaguirre.


Sobre una piedra se ve la huella de una placa ausente. Allí está enterrado Abraham Valdelomar, un famoso escritor de principios del siglo XX al que se lee mucho en las escuelas del Perú. Izaguirre habla con la amargura de quien ha perdido una batalla importante.
—¿Ya ve lo olvidado que está todo esto?, ¿ya ve?
Es imposible saber en qué estado se encuentra la tumba que buscamos.


sábado, febrero 18, 2012

viernes, febrero 17, 2012

Rosina Valcárcel sobre 'Piedralaventanaelcielo' de Pablo Salazar Calderón



Un poemario interesante que recomiendo conocer: Piedralaventanaelcielo de Pablo Salazar Calderón (Paracaídas Editores). He estado buscando comentarios sobre esta publicación y lo que he encontrado son cruces de opiniones, a algunos les gusta, a otros no. Y me parece bien ya que esta segunda entrega de PSC se está moviendo limpiamente, sin tratos bajo la mesa en pos de un texto positivo ni otras artimañas tan comunes en nuestra aldea literaria.
Revisando mi cuenta de Gmail, encuentro este comentario de la poesta Rosina Valcárcel sobre el libro en cuestión.

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El novísimo poeta Pablo Salazar Calderón (París, 1978, hijo de madre ecuatoriana y padre peruano*) alguna vez afirmó que su arte nacía libremente y que su poesía lo salvaba de sí mismo. Él, viento en popa, indaga las imágenes que no ha percibido ni leído pero que siente en sí, aguardando forjarse, penetrando más allá de lo compasivo y lo ruin.
piedralaventanaelcielo (Lima, paracaídas, 2011), es un libro breve, que enuncia con expresión singular y que rastrea en sus proposiciones un ardiente modo de capturar lo real y sus circunstancias. El lector y lectora que se avecinen a estos versos podrán verificar que la praxis y/o experiencia, toda práctica humana, son susceptibles de transferirse hacia el filtro del arte, de la pasión, del hechizo de la palabra.
El segundo libro de Pedro Salazar Calderón, nada convencional, lleva un significativo epígrafe del español Leopoldo María Panero (1948): “Hoy las arañas me hacen cálidas señas desde/ Las esquinas de mi cuarto, y la luz titubea, / y empiezo a dudar que sea cierta/ la inmensa tragedia/ de la literatura”.

Miguel Ildefonso, poeta y crítico literario peruano, con ojo zahorí advierte que el autor agrupa poemas de disímiles temas como la naturaleza, el erotismo, las remembranzas herméticas, la memoria familiar, la no-identidad, el existencialismo, la urbe. Tal como la cohesión sonora, sinfónica, del título, los versos circulan en las páginas con una grácil música capaz de ordenar la esfera de una piedra con la esfera del cielo, a través de la ventana, que es imagen de la portada del libro (de Marcel Duchamp, 1920, francés nacionalizado estadounidense) y que es el umbral por donde nos mostramos a esta doble dimensión de la realidad, el temporal perentorio y el sublime de las eternas esferas. Vale enfatizar asimismo la forma proyectiva de los textos, como un conjunto de figuraciones y efectos en persistente expansión y contracción: el multiverso, la composición por campos. Aquí Ildefonso cita el denso y complejo poema: “Yute”. (C/f: Nido de palabras, 29 diciembre 2011)

Poeta a contrapelo, nuestro autor emplea ironía y aspereza, pero también nos manda señales de sublimación y leve ternura. Veamos:

Las ratas juntan la arena de mi playa, / forman un cerrito negro con mis verdades. (p. 11)
Acaso por ello el inclasificable Henri Michaux (belga, nacionalizado francés, quien exploró los conceptos de límite y de frontera, para ir más lejos...),  es un eje paradigmático en la poesía de Pablo.
Leamos un fragmento del texto “La mosca” donde escapa, de alguna manera, de lo cotidiano:
El peso enfermo de mi cabeza/ gobierna la podredumbre de volar en este insecto/
La uña duerme/ la brisa es negra/ su vaivén devora mi angustia/ jadeo   sudo   enfebrezco 
muerdo/ me poso en tus hombros / te lamo la nuca… (p.13)
Pablo Salazar Calderón traza la ciudad o escribe sobre su ciudad interior que brota instantáneamente bajo la percepción del que ha asimilado la tradición, como sostiene con solidez el poeta Domingo De Ramos.
Hay poemas donde palpamos la belleza surrealista como en “Videamos en Fitzcarraldo” y  en “Pasó un poema”, que nos remite, en cierta forma, a la voz del agobiado francés Antonin Artaud, hechizado pero ya peruanizado para asombro de la nueva poesía peruana.


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*Hijo del reconocido escritor Carlos Calderón Fajardo, integrante de la Generación del 70.

Los escritores perdidos (1, 2 y 3)


En las últimas semanas el crítico español Ignacio Echevarría entregó tres artículos en El Cultural.es, cada uno bajo el título de Los escritores perdidos, que nos lleva a más de una reflexión sobre la fugacidad del anhelado prestigio literario. En los textos hay referencias, en mayoría, a autores españoles, mas eso no será inconveniente para entenderlo. Total, lo que dice Echevarría es aplicable a toda escena literaria.
A continuación, la entrega 1, y en los siguientes enlaces 2 y 3.

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No me jacto en absoluto, pero tampoco tengo empacho en admitir que, durante más años de la cuenta, el escritor del que llevaba yo leídas más páginas fue José María Gironella. Durante mi adolescencia devoré sus libros; no sólo novelas, también reportajes y libros de viajes. Cuesta mucho procurar a un lector de menos de cuarenta años una idea de la posición que ocupaba Gironella en la cultura española de los años sesenta. Su fenomenal éxito (¡más de dos millones de ejemplares vendidos de Los cipreses creen en Dios!) no tiene un correlato ni remotamente comparable al del éxito del que disfrutan en la actualidad autores como, por ejemplo, Arturo Pérez-Reverte o Carlos Ruiz Zafón. Habría que pensar más bien en una explosiva mezcla de Javier Cercas, Lorenzo Silva y Javier Reverte. Y ni por ésas. No hablo de semejanzas ni de escalafones literarios, válgame Dios. A mala hora se me ocurrió, años atrás, traer a colación el nombre de Gironella al hablar de una novela que, me pareció a mí, empleaba una estructura comparable a la de su afamada trilogía sobre la Guerra Civil. Aquello fue tomado como una ofensa imperdonable, sin yo proponérmelo. El caso es que, no habiendo cometido nunca la imprudencia de releerlos, guardo de los libros de Gironella (quien en su día obtuvo, cuando eso todavía significaba algo, el premio Nadal, y luego el Nacional, y el Planeta) un recuerdo respetuoso y agradecido, como el que casi todos conservamos de esos libros y autores que, mejores o peores, avivaron la voracidad de nuestros inicios como lectores.

José María Gironella murió en 2003, el mismo año que Roberto Bolaño. Lo digo porque me impresionó enterarme de que, durante cerca de un año, en 1999, los dos coincidían cada domingo en la página de opinión del Diari de Girona, para la que escribían sendas columnas. Ya es casualidad. Un escritor aún emergente, en camino de convertirse en un astro internacional, y cuya gloria no ha cesado de crecer tras su prematura muerte, al lado de un escritor que asistió con perplejidad y amargura indecibles al eclipse casi total de su renombre; al silencio cada vez más profundo que rodeaba a sus libros; a su proscripción de todo censo, de todo recordatorio, de todo acto o sarao. Al final, Gironella hasta riñó con José Manuel Lara, de quien había sido amigo fraternal, y cuya fortuna como editor estaba estrechamente ligada, en sus orígenes, al avasallador éxito de Los cipreses creen en Dios y sus continuaciones.

Los escritores olvidados, los escritores perdidos, los escritores nonatos son un tema recurrente en la narrativa de Bolaño, que ensaya con ellos todos los matices de la melancolía. De ahí que me llamara tanto la atención esa coincidencia que señalo.

Ignoro si tuvo alguna vez lugar -tiendo a pensar que no- pero resulta tentador fantasear un encuentro de Gironella y Bolaño en las oficinas del Diari de Girona, los dos saludándose con instintiva suspicacia, decidiéndose quizá, por pura cortesía, a irse a tomar algo juntos, tratando de evitar mediante el humor (¿lo conservaba aún Gironella?) el acabar sumidos en un llanto inconsolable. He recordado a Gironella porque, en mi nada sofisticada formación como lector, relevó a otro novelista de quien asimismo leí todos los libros a mi alcance, en aquellos desorientados años de mi adolescencia. Me refiero ahora a José Luis Martín Vigil, autor también de muchísimo éxito en los sesenta. Muchos nos enteramos hace poco, a través de un artículo publicado en El Mundo, de que falleció en febrero del año pasado, en el más completo de los olvidos.

El caso de Martín Vigil, cura además de escritor, es mucho más patético aún que el de Gironella. A su olvido hay que sumar el ostracismo a que fue condenado por su presunta pederastia, que lo apartó primero de la orden de los Jesuitas, y luego del sacerdocio.

Aunque etiquetado como autor juvenil, Martín Vigil tuvo sus puntas de narrador social y fue un escritor solvente a su manera, cuyas novelas, como las de Gironella, terminaron resintiéndose de la religiosidad católica que las impregna y que las vuelve tan rancias. Haber leído tan profusamente a uno y otro, pienso ahora, me vacunó a tiempo de una convencionalidad, de una sentimentalidad que, para mi sorpresa, reconocí luego vigente en algunas celebradas novelas de la llamada “nueva narrativa” española; novelas a las que, bien mirado, sólo un barniz de laicismo y de modernidad distingue de las de aquellos escritores olvidados.

jueves, febrero 16, 2012

miércoles, febrero 15, 2012

martes, febrero 14, 2012

lunes, febrero 13, 2012

Café con Shandy

domingo, febrero 12, 2012

'La invención de Hugo Cabret', el libro




Llega a mis manos una publicación excepcional, bajo todo punto de vista: La invención de Hugo Cabret de Brian Selznick, gracias a SM.

Como bien sabrá el lector atento, la adaptación de este libro, a cargo del siempre genial Martin Scorsese, ha sido nominada a 11 premios Oscar (Mejor Película y Mejor Director, por demás).

Por el momento, no es de la cinta de Scorsese de la que deseo hablar, puesto que la novela vale por sí misma el justificado acercamiento de todo aquel que sepa apreciar la buena literatura y no tenga problemas con dejarse llevar por su sensación de agraciada perdurabilidad.

En primer lugar, confieso que me adentré con mucho escepticismo a estas páginas, ya que no soy asiduo de libros de tendencia infantil y juvenil… Felizmente me equivoqué, mis prejuicios quedaron de lado, ya que cada una de sus páginas exuda un poder mágico que nos redescubre los valores de la amistad, nos afianza en nuestra complicidad con nuestros gustos creativos (la hechura de un mundo paralelo personal), nos cimenta en nuestro primer amor por el cine y nos arroba con el hechizo de la literatura por la literatura.

Me queda claro que Selznick se valió de dos tradiciones para la escritura de su novela. Su protagonista, el niño Hugo Cabret, no es un hijo único de su cabeza, sino que su fisonomía moral es también un tributo a los niños y adolescentes aventureros que recorren la tradición de la gran literatura. Se me vienen a la memoria David Copperfield, Tom Sawyer y también, por qué no, Holden Caulfield. Cabret es ingenuo pero también listo, cada una de sus acciones queda signada por la ternura y la curiosidad. Un niño de la calle, por decirlo de alguna manera, que todos los días mantiene la sincronización de los relojes de la estación de trenes en donde vive. Lo hace por mera diversión, pero esta actividad, he allí la trampa, le permite medir los tiempos de funcionamiento de los negocios de la estación, como los de comida y, en especial, las tiendas de juguetes, de donde sustrae piezas para acabar la obra dejada a medias por su fallecido padre: el arreglo de un autómata. Las cosas parecen irle de maravilla, pero un día es descubierto por un viejo juguetero. Este inesperado encuentro refunda la vida de Cabret, quien comienza a toparse con una interesante galería de personajes, que a fin de cuentas son los verdaderos sustentos (es decir: más que el niño protagonista) del eje narrativo de la entrega de Selznick.

Por otra parte, la confección del libro obedece a la otra influencia del autor, la de la Imagen. De las cerca de media millar de páginas, casi más de la mitad obedecen a una variopinta gama de crisoles nutricios, como el cine mudo, la novela gráfica y la fotografía. De otra manera, o sea, en un formato harto conocido, este título de Selznick no sería el gran libro que es.

Rey de reyes


En Radar Libros esta excelente reseña de Rodrigo Fresán sobre la novela póstuma de David Foster Wallace, El rey pálido.

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A la altura de la página 80 de El rey pálido sucede algo inesperado, extraordinario. Se nos anuncia un “Prefacio del autor” y, allí, el responsable de todo el asunto arranca con un “Aquí el autor” y –como jugando, como solía hacerlo para curtirse y fortalecerse, al tenis con el viento en contra– nos lanza una cantidad de advertencias que, tal vez, lleguen demasiado tarde, pero que son igualmente bienvenidas. Y, sí, el autor. Y literatura de autor. Y la firma y la afirmación como estilo y –entre notas al pie marca de la casa– la confesión de que El rey pálido es básicamente una autobiografía sin ficción, con elementos adicionales de periodismo reconstructivo, psicología organizativa, educación cívica elemental, teoría fiscal y demás, y una “memoria vocacional” donde todo es verdad sin serlo del todo. Y, a continuación, se enumera una cantidad de condiciones para un contrato mutuo entre autor y lector.
El autor es, se sabe, David Foster Wallace (1962-2008), acaso la mente más brillante e influyente de su generación (muchos apuntan ya que su influencia resultará nefasta y que su genio debería empezar y terminar en sí mismo; otros, como Zadie Smith en su reciente Cambiar de idea, en Salamandra, apuntan cosas más interesantes sobre su radiación) y, ahora, mito suicida en ascenso del que El rey pálido es la piedra fundamental de vida literaria después de la muerte física. El rey pálido –una década en el disco duro de su ordenador y cerebro, inconclusa y póstuma, ordenada por el editor Michael Pietsch a partir de cientos de páginas y archivos y anotaciones; se anuncian dos libros más de ficciones breves y de ensayos dispersos– es también una suerte de summa creativa donde confluyen todos los recursos y obsesiones de Wallace: la mirada macro para lo micro, descubriendo aquello que siempre estuvo allí pero que nadie se había detenido a observar (leyendo cómo Wallace mira el afuera comprendemos cómo Wallace piensa para sus adentros), la necesidad de saberlo y enseñarlo todo sobre el tema escogido, la estructura atomizada de capítulos/cuentos, el constante pendular entre la precisión científica y la emoción desatada, y entre lo deprimente y lo euforizante.
Coincidiendo ahora con la reedición de La chica del pelo raro (también en Mondadori y donde se incluye “Hacia el oeste, el imperio del avance continúa”, una de las escarpadas y vertiginosas cimas de su obra), puede entenderse a El rey pálido como contracara complementaria de La broma infinita, su magnum opus novelística (también recién reeditada). Otra novela única de ideas fijas, otro reparto numeroso, la inmersión en una atmósfera controlada y supuestamente “divertida”. Porque mientras El Tema –o uno de sus muchos temas– de La broma infinita es la adicción desenfrenada al mundo del entretenimiento, El rey pálido opta por ocuparse del aburrimiento como ética y estética, instalándose en una agencia tributaria de Peoria, Illinois, 1985. Oficina a la que un día llega un veinteañero de nombre David Foster Wallace, quien es y no es aquel que lo arma y desarma.
Así –al igual que títulos encomiables como Casa desolada de Charles Dickens, Moby Dick de Herman Melville, La pianola de Kurt Vonnegut, Algo ha sucedido de Joseph Heller, JR y Su pasatiempo favorito de William Gaddis o Y entonces llegamos al final de Joshua Ferris–, El rey pálido es otra trabajosa y muy trabajada gran novela sobre el trabajo que pone a trabajar a ese trabajador que es el lector.
Pero, por encima de todo, El rey pálido es una novela del lenguaje. O, mejor dicho, de David Foster Wallace como idioma más que como, apenas, estilo. Aquella instancia a la que sólo acceden los grandes y a la que –advertencia– cuesta seguirlos. Wallace creía que “la buena narrativa debe reconfortar a quien está alterado y alterar a quien se siente cómodo”.
Misión cumplida.
Digámoslo así: entrar a la alteradora y reconfortante El rey pálido equivale a sumirnos como becarios explotables, y a hacer horas extra a las órdenes de un jefe tan exigente como imprevisible. Pero, ah, de golpe todo hace clic y encaja, y el placer de poder contar que uno estuvo allí. El idioma impuesto al servicio de los impuestos como hasta hora impensable y torrencial motivo narrativo. La mecánica de la burocracia mutando a folletín zombi cuya conclusión prometía una conjura entrópica digna de Thomas Pynchon. Tal como están las cosas, El rey pálido es algo así como si el nabokoviano Charles Kinbote de Pálido fuego se hubiese sentado a escribir una temporada completa de The Office. Pero que a nadie espante o disuada la falta de final. Nada le interesaba o preocupaba menos a Wallace que la última página: “Las novelas son como matrimonios. Tienes que estar de ánimo para acometerlas no por lo que será la experiencia sino porque te sientes tan triste cuando se acaban”. Así, como en todo matrimonio perfecto, hay en El rey pálido momentos de irritación feroz y tedio casi estupidizante que –lo comprendemos enseguida– es el modus operandi de Wallace para enfrentarnos, de pronto, a instantes de una brillantez y gracia encandiladores en abismo. Otro chiste sin final, ni remate, sí; pero la ganancia aquí pasa por el viaje y no por el destino final, en las horas de escritorio y no en la vuelta a esa otra oficina llamada hogar.
En uno de los ensayos incluidos en Hablemos de langostas, Wallace definió los relatos de Kafka como “una especie de puerta”, y nos propuso “que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no sólo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre... y se abre hacia afuera: porque durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos”. Lo mismo, pienso, podría decirse e imaginarse de El rey pálido.
“Y estoy seguro, chicos, de que ahora ya saben lo extremadamente difícil que es mantenerse alerta y concentrado en lugar de ser hipnotizado por ese monólogo constante dentro de sus cabezas. Lo que todavía no saben es cuántos son los riesgos en esa lucha.” Así les habló Wallace, en 2005, a los graduados del Kenyon College. Sus tan inspiradoras como inquietantes y ominosas palabras pueden leerse y releerse ahora en el librito This is Water: Some Thoughts, Delivered on a Significant Occasion, about Living a Compassionate Life.
Años antes tuve el placer de cruzarme con él en otro campus made in USA.
No puedo decir que conocí a DFW porque estuve con él apenas por una hora o dos en un bar. Pero sí puedo afirmar que no voy a olvidarlo. Gracioso, simpático, tímido, inteligente, con ese look de Björn Borg grunge y ese pañuelo sobre la frente y anudado en la nuca, como queriendo mantener bajo control todo lo que burbujeaba y hervía ahí adentro.
“Es que sudo mucho”, me dijo, me acuerdo.
Nuestro turno ahora.
De sudar.
Es sano, hace bien, y se eliminan tantas toxinas.
Si no, claro, siempre se puede leer la muy bien refrigerada Libertad de Jonathan Franzen.

viernes, febrero 10, 2012

miércoles, febrero 08, 2012

Sinfonía de sentimientos

Ayer martes 7 se cumplieron 200 años del nacimiento de Charles Dickens. De las notas que he estado leyendo al respecto, me quedo con esta de Rodrigo Fresán en Radar Libros.

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Pocos autores han tenido la satisfacción y el placer y el privilegio de contar con un retrato suyo a la altura de su vida y obra. Me refiero aquí a Dickens’s Dream, de Robert William Buss, pintado en 1870, y donde contemplamos a un coloso crepuscular, poco antes del adiós, sentado en su escritorio con aspecto entre meditabundo y agotado, envuelto en la espesa niebla de sus creaciones. Allí, un Charles Dickens prematuramente anciano y muy enfermo, consecuencia de una vida turbulenta repleta de grandes esperanzas y tiempos difíciles. Poco queda en ese rostro muy marcado del alguna vez joven angelical dispuesto a conquistar el mundo poniéndolo por escrito y, de paso, hacerlo suyo y a su manera.
Lo que me recuerda que –no hace mucho– leí de la apertura, en Kent, de un parque temático de nombre Dickens World. Una Dickenslandia –con una inversión de 62 millones de libras– que recrearía calles victorianas, arroyos pestilentes, sombras siniestras y espectros navideños. Recuerdo también que, entonces, me pregunté qué sentido podía tener viajar allí cuando, sin moverse de casa, a dos siglos de su nacimiento, resulta tanto más fácil y económico viajar a Dickenslandia abriendo otra vez, para ya no cerrar hasta la última página –y de ser posible ilustrados por sus casi coautores gráficos George Cruikshank o Hablot “Phiz” Browne– cualquiera de sus muchos libros.
Doscientos años después, Charles John Huffam Dickens (1812-1870) continúa siendo no sólo el primer narrador superstar de la historia sino, también, el más poderoso desde entonces. Cuesta pensar (tal vez Stephen King, –quien ha vuelto a maravillarnos con su reciente 11/22/63– en términos de permanencia, fecundidad e impacto mundial) en algún escritor contemporáneo que vaya a ser leído en el 2212 como Dickens es leído en el 2012.
Y (por favor, que nadie me interrumpa para aullar otra vez aquello de que de vivir Dickens hoy estaría escribiendo para la HBO; pero la HBO no ha adoptado ningún Dickens hasta la fecha, aunque Deadwood bien puede ser entendido como el más dickensiano de los westerns) también cuesta imaginar a alguien que haya tenido o vaya a tener una vida como la de Dickens. Una vida, sí, digna de miniserie en la que –como en un juego de espejos deformantes– aparecen como no-ficción todos los motivos de los que casi enseguida se nutrirán sus ficciones.
Así –antes de convertirse en el gran novelista de su era, el más eficiente gestor de sí mismo, el infatigable luchador contra la piratería de sus textos y el revolucionador del folletín elevándolo a forma de alta cultura–, va un breve recuento de capítulos: su infancia primero feliz, pero casi enseguida pobre y con padre en la cárcel (traumas de los que Dickens jamás se repondría y de ahí la abundancia de caídas en desgracia, niños hambreados y de robustos calabozos en sus historias); el pequeño trabajador en fábricas siniestras y esclavizadoras (cuyo recuerdo pesadillesco e inolvidable, una vez famoso, lo llevaría a involucrarse en numerosas causas benéficas sociales y reformistas en beneficio de la clase trabajadora); su efímero paso por un bufete de abogados; su veloz mutación a reportero inquieto (con el tiempo, varias de sus muchas crónicas de “viajero sin propósito” contendrían muchos recursos de lo que suele atribuirse recién al Nuevo Periodismo); su frustrada vocación actoral (que retomaría con pasión casi autodestructiva en sus últimos años, representando a sus personajes en lecturas públicas y, de paso, fundando los horrores y placeres de los actuales tours literarios); su primer amor imposible (no se lo consideró buen partido) por Mary Beadnell, a quien reescribió como la Dora de David Copperfield; su boda con Catherine Hogarth (a la que atormentó con dedicación y quien le dio diez hijos), sus viajes “de denuncia” al Nuevo Mundo y su estudio y mesa recibiendo a grandes entre los grandes (Alexandre Dumas, George Eliot, Ralph Waldo Emerson, Victor Hugo, Henry Wadsworth Longfellow, Alfred Tennyson, William Makepeace Thackeray, Thomas Adolphus Trollope y un largo etcétera lo frecuentaron o intercambiaron cartas con él); el turbulento fin de su matrimonio y su complicado y “prohibido” romance con la joven actriz Ellen “Nelly” Ternan; su interés en lo paranormal y su implicación en The Ghost Club; el accidente de tren al que sobrevivió milagrosamente en 1865 (recuperando de su vagón el manuscrito de Nuestro amigo común) y del que nunca se repuso del todo y fue inspirador de últimas y siniestras fantasías como “El señalero” y El misterio de Edwin Drood; sus cada vez más frecuentes desvanecimientos sobre el escenario por agotamiento; su muerte en casa luego de haber trabajado todo el día, pluma en mano; su deseo contrariado de un entierro humilde y privado y su tumba en la Poet’s Corner de Westminster Abbey; sus lectores llorándolo sin consuelo.
Después, claro, su inmortalidad altamente radiactiva (podría decirse que entre sus muchos alumnos los mejores incluyen al canadiense Robertson Davies y al norteamericano John Irving) y los habituales regaños a “Mr. Popular Sentiment”, casi siempre condenando las imposibilidades y casualidades de sus argumentos y el desatado sentimentalismo de sus héroes y heroínas. De acuerdo, algo de eso hay; pero también es cierto lo que se vio obligada a admitir Virginia Wolf –al igual que Henry James, muy crítica con Dickens– en cuanto a que “cuando lo leemos nos vemos obligados a remodelar nuestra geografía psicológica”.
Y, de nuevo, lo del principio: Dickens no fue y no es sólo un escritor. Dickens (“Dickens nos expande”, diagnosticó Vladimir Nabokov) es y fue un creador de todo un mundo, de otro mundo que está en éste.
Dickenslandia otra vez.
Y, una vez que viajamos y entramos allí, suyas son las reglas de etiqueta y las leyes físicas que la rigen y, enseguida, nos rigen a nosotros. Y somos tan pero tan felices.
¿Alguna queja más?
Aquí y ahora, en una reciente encuesta británica sobre los cien libros más importantes de todos los tiempos, Dickens se apuntó con cinco títulos, ha sido adaptado al cine más de ciento ochenta veces, fue billete de diez libras entre 1992 y 2003, y no hay Navidad en que alguien repita, alzando las copa, aquel “God Bless Us, Every One!” de Tiny Tim. Lo que equivale a exclamar –más allá de cuál sea, o no sea, nuestra fe religiosa, imposible no creer en él, en su eternidad que es la misma eternidad de Shakespeare– un “¡Dickens nos bendiga a todos!”.
Gilbert Keith Chesterton lo puso mejor que nadie: “El escritor inmortal, en mi opinión, es el que hace algo universal de una manera especial (...) Y Dickens es tan universal como el mar. Pero aún nos queda por andar un largo camino hasta que podamos agotar a Dickens (...) La posada no lleva al camino: es el camino el que conduce a la posada. Y todos los caminos conducen a una última posada, donde hemos de reunirnos con Dickens y con todos sus personajes y, cuando bebamos de nuevo, será el vino de las grandes garrafas en la taberna del fin del mundo”.
Mientras tanto y hasta entonces bienvenidos para siempre a esa inagotable posada que se llama Dickenslandia. Posada que se inauguró el 7 de febrero de 1812 y que no cerrará sus puertas hasta la última vuelta para todos del mundo tal como lo conocemos y como nos lo hizo conocer su fundador y patrón.
Muchas gracias por todo.
Y muy felices doscientos años.
Y que cumpla muchos más.

martes, febrero 07, 2012

lunes, febrero 06, 2012

En el futuro, por el deseo de Schoenberg


En la última edición de Babelia tenemos un recomendable reportaje de Enrique Vila-Matas sobre el clásico duelo entre Thomas Mann y Arnold Shoenberg. Resulta, a todas luces, toda una invitación a leer, o según el caso releer, Doktor Faustus y La novela de una novela de Mann.

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Fue un duelo entre dos caballeros y tuvo de paisaje de fondo la siempre espinosa cuestión del plagio artístico. Lo protagonizaron, espadas en alto, dos monstruos de la gran literatura y de la gran música de todos los tiempos, Thomas Mann y Arnold Schoenberg. Supe por primera vez de esa disputa hace ya muchos años cuando el profesor Jordi Llovet regresó de una larga estancia en Alemania y me contó que había estudiado en Frankfurt am Main y allí había conocido, a través de unos amigos comunes, a Gretel, la viuda de Theodor Adorno. Evité preguntarle si había alguna vez conseguido entender de qué hablaba en sus escritos Adorno, pues ya sabía lo que respondía en estos casos: "Bueno, pero a Góngora tampoco se le entendía nada".
Gretel le había enseñado a mi amigo Llovet las cartas que su marido le había enviado a Thomas Mann cuando éste redactaba su Doktor Faustus. Y por lo visto, la viuda no paró ese día de señalarle con toda malicia, encrespada de hecho, la forma tan descarada con la que Mann había plagiado los resúmenes que Adorno le había enviado sobre las teorías musicales de Schoenberg, resúmenes que el novelista había trasladado, íntegros y con gran descaro, a su novela y que a la larga provocarían el monumental y comprensible enfado del músico.
Las teorías musicales de Schoenberg que Adorno le resumió a Mann eran en realidad imprescindibles para el novelista si quería llevar a buen puerto su ambiciosa narración sobre las gestas artísticas y discusiones sobre la música del futuro en las que participaba su protagonista novelesco, el compositor Adrian Leverkühn.
Si bien la música había sido siempre uno de los horizontes estéticos de Mann, la naturaleza de Doktor Faustus -novela que discute cuestiones de estricta teoría musical- requería un asesoramiento competente. En su exilio californiano, Mann encontró en el joven Theodor Adorno el colaborador idóneo, pues éste había escrito ya textos filosóficos importantes en torno a los inventos musicales del genial Schoenberg y de la técnica dodecafónica. Y, además, se había mostrado en un primer momento adulón, casi servil, admirador ferviente.
Mann, viejo zorro, vio inmediatamente en el joven filósofo el colaborador ideal; de hecho parece que vio en él incluso a un perfecto ghost writer, aunque luego supo reconocer su deuda en el libro La novela de una novela, donde invocó el apellido paterno de Adorno, Wiesengrund, para describir el tema de la arietta de la Sonata opus 111. En todo caso, Mann fue consecuente con lo que él llamaba su principio del montaje, que no consistía más que en la apropiación de materiales de fuentes diversas y su incorporación orgánica a la narración.
En la historia de este saqueo literario tan lícito como discutible (le fallaron las formas a Mann, que, como muchos plagiadores, terminó por creer que eran sólo suyos los fragmentos schoenbergianos de su novela), Adorno se sintió menos molesto que Schoenberg, el gran olvidado en este asunto y que puso el grito en el cielo cuando descubrió que algo que le había dejado insomne durante una infinidad de noches -la creación de la técnica del dodecafonismo- había sido burdamente resumido por Adorno para la mayor gloria de su amo y señor Thomas Mann.
Con la irrupción del encolerizado Schoenberg, se inició entre éste y Mann un largo duelo de floretes estilísticos, un combate farragoso para el novelista, que en realidad estaba más interesado en la arietta de la Sonata para piano número 32, opus 111 de Beethoven (pues veía en esa pieza el inicio de la ruptura entre la música y la belleza o, mejor dicho, la irrupción del gusto popular y, con él, cierto apocalipsis: el fin del mundo que miraba hacia lo alto, hacia Dios) que en discutir con Schoenberg, que reclamaba ser como mínimo citado en Doktor Faustus y para quien la novela no era más que una depredación y una mera vulgarización ridícula de sus descubrimientos musicales, descubrimientos que Adorno era incapaz, además, de saber transmitir.
La correspondencia entre Adorno y Mann se hizo eco de toda la polémica entre el novelista y el creador del dodecafonismo, disputa que invadió los medios periodísticos de aquellos años. Hubo disculpas y desagravios y en la novela acabó insertándose una nota que acreditaba la "propiedad intelectual del teórico y compositor" y que a Mann debió parecerle una mancha de grasa añadida a un libro limpio y honrado. De hecho, menciona en La novela de una novela la nota que le obligó a poner Schoenberg y se percibe que lo hace con gran malestar e indignación: "En el futuro, por deseo de Schoenberg, el libro habrá de llevar un epílogo...".
Parece como si, al escribirlas, se le hubieran clavado a Mann en el alma estas palabras: "En el futuro, por deseo de Schoenberg...".
A Mann le pareció siempre ridícula la acusación de plagio y desorientador el epílogo con las referencias a Schoenberg, desorientador porque entendía que el epílogo no sólo abría una pequeña brecha en la "esférica cohesión" de su mundo novelístico, sino que, además, le parecía que la idea de la técnica dodecafónica que se exponía en las esferas del libro, de ese mundo del pacto con el demonio y de la magia negra, adquiría "un matiz, un carácter que -¿no es verdad?- no posee en su valor intrínseco, y que realmente en cierta medida, la hace mi propiedad, es decir: la del libro".
Para Mann, las ideas de Schoenberg y su versión ad hoc estaban tan distanciadas que "hubiese sido ante mis ojos casi como una humillación el haber mencionado el nombre de Schoenberg en el texto".
El desenlace de la polémica llegó, como es habitual en estos casos, con la irrupción de la muerte. Falleció Schoenberg en 1951 y se dejó de discutir sobre los derechos de propiedad intelectual del músico en la obra del novelista.
Antes, en un artículo de 1948, recogido en El estilo y la idea, Schoenberg se ocupó de censurar el mandarinismo adorniano y explicó que la ciencia secreta no es aquella que un alquimista se resiste a enseñar, sino, por el contrario, una ciencia que no puede ser enseñada en absoluto, puesto que, o bien es innata, o bien no existe: "Esta es la razón por la cual el Adrian Leverkühn de Thomas Mann no conoce los elementos esenciales de la técnica dodecafónica. Todo lo que sabe se lo enseñó el señor Adorno, que, a su vez, conoce solamente lo poco que pude enseñarles a mis alumnos".
A veces, cuando pienso en todo este viejo asunto de la polémica sobre aquel plagio, creo darme cuenta de que si bien Mann se había propuesto en su novela localizar el momento en que estalló la ruptura entre el arte y la belleza (o, más bien, el fin del Gran Arte con la irrupción del gusto popular o, lo que venía a ser lo mismo: el fin del mundo que miraba hacia Dios y no hacia el hombre), el propio Mann, con su doloroso episodio de lucha con su vecino californiano Schoenberg, ilustró a la perfección -en la vida real, que es lo más asombroso- el fin de los novelistas todopoderosos, aquellos que, como Dios, en una época que ya es recuerdo, creían que todo era de su propiedad, incluidas esas partituras musicales del vecino que el mayordomo sabía perfectamente resumirles.

Ludoteca abierta



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Los niños y niñas de 6 a11 años podrán disfrutar leyendo hermosos libros infantiles, así como podrán contar con caballetes y útiles para pintar y dibujar libremente.
Inspirada en las experiencias de lectura en parques, la Biblioteca del Centro Cultural de España sacará los sábados de febrero, la colección de literatura infantil y realizará actividades de recreación al aire libre. Complementándose con actividades dirigidas, por personal especializado en arte y literatura infantil.
Dirige: Consuelo Amat y León, Artista plástica, escritora e Ilustradora de cuentos infantiles; con la asistencia de Catia Flores, docente en Artes Plásticas, ceramista, y Jesús Bellmunt, escenógrafo, artista y artesano.
Colabora: CEDILI-IBBY-Perú con repertorio de libros y asesoría.
Ingreso libre (Capacidad limitada).

sábado, febrero 04, 2012

viernes, febrero 03, 2012

Una antología perdurable



Soy un compulsivo lector de antologías. No sé cuántas habré leído, pero me gustan las que dejan algo más que una buena selección. Pienso en Estos 13, en Los Nuevos, en El Camino y claro, saliendo de nuestras minúsculas fronteras, en la vigente Nueve novísimos poetas españoles de J. M. Castellet.

Había visto dos veces esta antología editada por Seix Barral en 1970.

La primera, en 2003, en el puesto de libros de mi amigo Abelardo, en Amazonas. No sé por qué no la compré, pese a que la revisé por casi una hora.

Y la segunda, hace no más de un año, en casa de Jerónimo Pimentel.

Pero ahora es el momento de tenerla en manos gracias a la edición de 2010 de Península. Estas páginas no tienen otro destino que el ser subrayadas y dobladas en sus márgenes.

Ocurre que esta antología de Castellet destila un poder extraño: sin ser la gran cosa, exhibe y genera una axiomática adicción. No hay en ella grandes poemas, pero sí muy buenos. Y me sirve también para medir el grado de actualidad de sus poetas seleccionados, algunos de los cuales han caído en el justo olvido y otros que aún viven de la fama temprana (Panero, por ejemplo. ¿O alguien me dirá que sus últimos poemarios se acercan al valor de sus primeras entregas?).

Castellet convocó a los siguientes autores: Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero. De los seleccionados me declaro admirador de Vázquez Montalbán y Gimferrer, a quienes en su momento les he dedicado más de un rendido post en este blog.

La salida de esta publicación estuvo cargada de polémica, desde meses antes se venía hablando de ella, ya que existía un desmesurado interés por conocer los nombres de los elegidos que formarían parte de la misma. No era para menos, la poesía española de esos años olía a naftalina y muchos poemarios de jóvenes poetas exhibían canas por doquier. Era necesario un nuevo respiro, hurgar en pos de lo original (influencias extraliterarias, hartazgo del realismo, libertad formal, elementos exóticos, apuesta por la experimentación…) que se venía gestando. El franquismo no había hecho otra cosa que ahuevar a los nuevos vates. Es por ello que Castellet se lanzó a la búsqueda de estas voces que forjarían, en teoría, la esperanza, en la experiencia irracional de la palabra, de dar batalla a la represión creativa imperante. Se colige, entonces, que estos nueve novísimos representaron la metáfora de una actitud política del antólogo…

En esta última edición también tenemos los testimonios de los poetas que nos relatan su experiencia de haber sido parte de una antología que con los años se ha vuelto legendaria, y con mucha justicia. Cada quien, a su manera, no cae en la mezquindad y rinde tributo a su hacedor, al hombre que todos los lectores de la verdadera poesía debemos estar agradecidos: Josep María Castellet.