domingo, abril 29, 2012

Ser uno mismo



Cierta mañana de setiembre del año pasado, recibí el libro Una vida absolutamente maravillosa (Debolsillo) de Enrique Vila-Matas. Lo leí, muy lentamente, en cuatro días. Durante mucho tiempo he barajado la posibilidad si escribir o no de esta publicación. Que lo escriba otro, bien; pero si soy yo quien lo hace, no, se diría que no hay objetividad, puesto que tuve la oportunidad de hacerle a V-M una entrevista pública en julio de 2010 a razón de Dublinesca. Sin embargo, hay una razón que se impone: bajo todo punto de vista se trata de uno de los títulos capitales en la obra del autor catalán.

No solo a mí me ha pasado. Cuando me adentro en las páginas de cualquiera de sus libros tengo la sensación de estar leyendo ensayos y artículos disfrazados de novelas y cuentos. No sabemos a qué juega, intuimos que nos toma el pelo, y no tardamos en rendirnos y ser parte de su propuesta nada señorial y tan llena de humor e ironía. Ahora, más de un narrador de renombre ha intentado plasmar en la ensayística lo conseguido en la ficción, y no pocos han fracasado en el proyecto. En el caso de su poética, las cosas parecen ir a la par en estos terruños. Al respecto debemos tomar como referencia el ahora imprescindible Dietario Voluble. Sabemos, de sobra, que su propuesta radica en una suerte de disidencia de lo literariamente establecido, encontrando por doquier más de un puente comunicante entre géneros literarios (por ejemplo, ¿alguien puede decirme qué es exactamente París no se acaba nunca?). A lo largo de su obra, pareciera que el autor nos dijera que no intentemos dividirlo en categorías, es decir: él es el mismo ya sea en ficción como en ensayo. Y más de uno se lo agradece, porque consigue proyectar en el lector la confianza de que vale la pena ser uno mismo, a riesgo de fracasar en la empresa. O sea, y así se pinte de exageración, su magisterio tendrá el mismo sendero de Borges. A V-M, sencillamente, no lo podrás imitar. Sin embargo, de él sí podrás aprender a pergeñar una tradición literaria personal.

Al menos esta es la impresión que me dejó la lectura de Una vida absolutamente maravillosa, publicación en la que se reúnen una excelente selección de ensayos publicados a lo largo de más de 20 años. No estamos ante una mera escogencia. En absoluto. Nos enfrentamos a la radiografía de una poética férrea que apostó desde el inicio a forjarse una perspectiva distinta de la de sus compañeros de generación. No por nada André Jaume, que estuvo al cuidado de la edición, señala que estos ensayos vendrían a ser el testimonio de sus comienzos hasta su consagración. Leer estos ensayos es como ingresar a la máquina del tiempo, hurgar en sus motivaciones creativas, que no solo se ciñen a la literatura, sino también al cine, la pintura y el teatro. Y, de paso, encontramos entre líneas algo que se ha dicho muy poco de él: una postura política de izquierda, detalle que tiraría por los suelos cuando se le asocia solamente como un autor metaliterario, ajeno y distante de lo que llamamos vida o experiencia.

Si un escritor es hijo de sus lecturas, Vila-Matas es un ejemplo mayor. La presente publicación nos ofrece en la sección ‘Para acabar con los números redondos’ un catálogo de autores no solo inscritos en la tradición francesa, a la que siempre se le ha querido vincular. Nombres como Celan, Gómez de la Serna, Benjamin, Bioy Casares, Monterroso, Pitol, Highsmith, Sterne y muchísimos más son parte de su canon, y no solo por sus virtudes literarias, porque en más de una semblanza se deja por sentado también una deuda vital, una actitud de vida de la que también ha picado para sus fines artísticos.

De hecho, ya no tendremos que hacer arqueología virtual para dar con sus ensayos y artículos, esta publicación nos ahorra el trabajo. Ahora nuestra tarea consiste en sentarnos y leer despreocupadamente, tal y como tienen que abordarse los grandes libros.

miércoles, abril 25, 2012

martes, abril 24, 2012

domingo, abril 22, 2012

Torres Campalans



A mediados de 2007 le hice una entrevista a Eduardo Lago a razón de su novela Llámame Brooklyn. Entre sus respuestas, una se ha resistido a quedar fuera de mi memoria.

“ GRO: Lo que sí queda claro es la implícita crítica en Llámame Brooklyn al éxito que se persigue en todo ambiente literario. Como si el mayor placer no fuera la publicación, sino el propio proceso de escritura.

 Eduardo Lago: Sí, Bolaño lo decía muy bien, la verdadera literatura no tiene nada que ver con los premios ni la engañifa de la fama, sino con una lluvia de sangre, sudor, lágrimas y semen. Y sobre todo, no tiene nada que ver con el márketing. Hay una frase contundente de Max Aub en Jusep Torres Campalans: “Vender es venderse”.”

Solo había leído cosas muy sueltas de Aub. Pero no tenía ni la más mínima idea de la novela que menciona Lago. Empecé a buscarla.

Ya sea en mis andanzas librescas por Amazonas, le preguntaba a Abelardo por ella. Nada. Cuando iba a La casa verde, Erika me decía lo mismo, nada, pero ya la vamos a tener. Cuando entraba al Virrey, Yesenia no era ajena a la respuesta que ya había recibido. Ni siquiera en mi querida biblioteca del Centro Cultural de España. En todo sentido, era rara la seguidilla del no encuentro. La novela en cuestión no podía ser catalogada de caleta. Simplemente, así lo quise creer, no me ubicaba en el tiempo para leerla.

Pasaron los años y me desentendí de la búsqueda. A fin de cuentas, son los libros los que llegan a ti. Y qué mejor que dar con ellos cuando los encuentras sin buscar, mientras estás inmersos en un huequito de libros de segunda con olor a naftalina, en Magdalena. Analizas los lomos y eres víctima de millones de ácaros, crees que no hallarás nada. Y claro, no das con lo que querías en dicha ocasión, pero reconoces el guiño, la mirada oculta de una portada… De esta manera di con Jusep Torres Campalans (Alianza Editorial, 1975).

Tenía en manos uno los más grandes ejemplos de patraña literaria. Aub la publicó en México, en 1958, y la presentó como una biografía sobre un genial y oculto pintor cubista que vivía recluido en Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas. La publicación, por demás, venía reforzada con imágenes de la obra y persona del supuesto artista. La biografía fue un éxito y más de un crítico de arte de renombre se lanzó a la búsqueda de Jusep Torres Campalans.

A secas: novela disfrazada de biografía. Y más de uno la celebró. No era, sin duda alguna, lo mejor de su producción de Aub. Aub quiso bromear y lo hizo bien. Aparte del relato biográfico, abundan las notas a pie de página, más la deliciosa sección "El cuaderno verde", suerte de diario en donde el cubista refleja una sensibilidad peculiar, retraída y por momentos exaltada.

Nos enfrentamos a un indeciso y tímido Torres Campalans, guiado bajo la sombra del ideal romántico, tanto para lo que pretende de su arte como en su relación con los demás, en especial con las mujeres. TC tiene talento para la pintura, pero se rehúsa a ser parte de las exigencias del mercado, adhiriéndose a una suerte de viaje interior, que se repotencia con su viaje a París.

 Junto a Picasso llega a ser uno de los principales exponentes del cubismo, pero nuestro protagonista, teniendo los medios y el talento para destacar, prefiere el silencio, huyendo del posible reconocimiento. Llegado a una racha de hastío, decide, junto con su mujer Ana María, irse a México, en donde muchos años después lo encuentra el narrador de la historia, Aub, que lo entrevista para completar la biografía que viene escribiendo de tan esquivo artista plástico. Este encuentro, que recuerda mucho a la última parte de Soldados de Salamina de Cercas, es un derroche de conceptos sobre pintura y, en especial, una reafirmación de una poética que se solaza en la satisfacción de la creación por el mero hecho de llevarla a cabo.

Obviamente, encontré la frase de Aub que venía buscando. “Vender es venderse”. Pero quedó mucho más, lo que interesa por sobre todas las cosas: que antes de agradar a los demás, un creador debe sentirse a gusto consigo mismo, no traicionarse. No importa que Jusep Torres Campalans sea un personaje de ficción, es más real y honesto que cualquier persona de carne y hueso que conozca.

jueves, abril 19, 2012

Los extravíos de Mendizábal



Ayer en la tarde, en la chamba, Yesenia tuvo que salir a recoger a su mamá. Es decir, me quedé solo, aunque lo de la soledad es una cuestión relativa, ya que todos los días estoy rodeado de casi 10 mil libros.

Prendí un Pall Mall rojo y avancé Jusep Torres Campalans, el maravilloso título de Max Aub que vengo leyendo en los últimos días. No abandoné las páginas en casi una hora. Cuando levanté la mirada, mi campo de visión quedó involuntariamente concentrado en los anaqueles en los que se ubican los libros de poesía peruana. No tardé mucho en darme cuenta de que Westphalen, Moro, Vallejo, Ramírez Ruiz, Cerna, Verástegui, Pimentel, Moreno Jimeno y demás estaban mal acompañados. Me acerqué y estudié la situación. Y decidí reordenar todo, lo cual me llevaría no solo a mover los libros de poesía, sino también los de narrativa y ensayo made in Perú.

Me esperaban horas y horas de intenso trabajo físico y mental. (Si se piensa que ordenar libros es fácil, es porque jamás se ha tenido un puto libro en la vida.)

Toda la poesía peruana pasaba fugazmente por mis manos. Me encontraba imbuido en estos menesteres cuando llamó mi atención un pequeño libro artesanal. Lo cogí y reconocí al autor, Bruno Mendizábal. Pero recordé que no lo había leído, ¿o sí? A lo mejor no ha pasado por mis armas este texto del Ricardo Piglia de la Residencial San Felipe, pensé.

Buen momento (pretexto) para descansar. Prendí otro Pall Mall rojo y me sumergí en Extravío personal (Edición de Autor, 2007).

En principio, EP tiene todas las características del dietario. Pero a medida que avanzaba, me di cuenta de que no solo me enfrentaba ante un registro que se nutría de la experiencia literaria (lecturas y afianzamiento de la vocación), sino ante una suerte de ajuste de cuentas de Mendizábal con su memoria y con su vida, sin necesidad de apelar a recursos que ayuden a travestir la esencia de su realidad, tal y como puede leerse en algunos compañeros generacionales (80, en especial), que en este tipo de escritos de aliento testimonial, felizmente publicados en revistas que nadie lee, se pintan como lo que no son.

Mendizábal dice mucho en pocas palabras. Cada uno de los 20 fragmentos narrativos que componen la publicación, encierra caminos ocultos, claves y guiños por doquier. Hay pues una nervio discursivo que remueve e incomoda al lector, ya sea cuando el poeta nos relata sus años adolescentes consagrados al ajedrez; o con sus recuerdos del amigo que se suicidó; más el tardío descubrimiento del sexo con amor y, para los que aún no lo sabían, sobre su paso como compañero de ruta de Kloaka. Estos breves pincelazos cargados de poesía, lo aseguro, destilan una honestidad brutal.

No sé, ni me interesa, cuáles hayan sido las razones que impulsaron a Mendizábal a publicar este librito. Lo más probable es que lo haya hecho para ser leído por sus amigos. Nada más.

En la sencillez y franqueza descansa la grandeza de Extravío Personal.

martes, abril 17, 2012

sábado, abril 14, 2012

Ribeyro ensayista



Con “relativa” tardanza llega a mis manos La caza sutil (Milla Batres, 1975) de Julio Ramón Ribeyro.

Llevaba años buscándolo. Había leído algunos de estos textos en fotocopia y hace algunas noches lo leí de manera íntegra y la experiencia no fue menos que aleccionadora. LCS es una recopilación de artículos y ensayos, muchos de ellos publicados en periódicos y revistas nacionales e internacionales entre 1953 y 1975, que nos revelan la envidiable capacidad que ostentó nuestro gran cuentista en las parcelas del intelecto y la opinión.

No leo libros de teoría literaria, pero eso no quiere decir que abrace a lo bestia cualquiera de difusión, hay de todo y es bueno filtrar. En lo personal, y dentro la producción peruana, siempre vuelvo a las páginas de De lo Barroco en el Perú de Adán, Celebración de la novela de Gutiérrez, El sol de Lima de Loayza, Relámpagos sobre el agua de Niño de Guzmán, Sueños reales de Cueto, La verdad de las mentiras de Marito y de ahora en adelante lo haré con estas del autor de “Solo para fumadores”.

Mientras lo leía, se me venía a la mente la integridad del sendero íntimo de una de sus obras mayores: La tentación del fracaso. No era para menos, cada texto de LCS yace en un subjetivismo, a veces exaltado y otras calmado. Ribeyro no concibió ninguno de ellos bajo la sombra de la objetividad, de haber sido así, estaríamos ante la chatura y lo predecible, premunidos de lugares comunes. Muchos, por no decir todos, gozan de actualidad. El autor en más de un tramo se convierte en profeta y guía desde el silencio. Los que tratan sobre la diarística, por ejemplo, género que viene marcando la pauta, principalmente, en la narrativa contemporánea en castellano, refrendan una vez más sobre el carácter de su permanencia oculta en la tradición. No es, tamaña mentira, un género nuevo, un legado de la posmodernidad.

Desde hace algunos años viene editándose la obra completa de Ribeyro y ya es hora que La caza sutil ingrese a los planes de publicación. Su lectura nos depara lo que realmente debe importar en literatura: el compromiso personal con los libros que nos gustan.

viernes, abril 13, 2012

miércoles, abril 11, 2012

En la yugular 5



Aparte de difusor de la nueva poesía peruana (estamos ante el hombre encargado de Urbanotopia), Martín Zúñiga es también un incansable viajero. Me lo encontré en enero de 2011 en Cusco. Estaba de paso por el bello barrio de San Blas cuando vi un letrero, de un festival de poetas del sur, pegado en una añeja puerta de madera de una casona. Había ambiente de poesía, como bien describiera Ginsberg en más de un poema: aroma a ron, humo y sal. La sala de lectura estaba llena, todos en silencio sepulcral porque Zúñiga hacía de las suyas con el micrófono. Esa vez no lo saludé. Meses después tuve la oportunidad de presentar su poemario Gavia en La Feria del Libro de Huancayo.

Pues bien, ahora me ocuparé de su última entrega poética, Pequeño estudio sobre la muerte, que logró el Premio Copé de Plata 2009 y publicado (recién) el año pasado.

Siguiendo los postulados que signan la obra de Zúñiga, estamos ahora ante una vuelta de tuerca de su  tópico mayor: la muerte. El joven poeta se las jugó y no se dio el lujo de permitir concesión alguna, en especial en la factura demostrada en los textos de “Prolegómenos para no crear nada”. En esta sección somos testigos de un gran salto cualitativo, lo mejor de su producción a la fecha, pero el voltaje lírico decae, en algunos momentos, y con mucho estrépito, en las secciones “Las balas”, “Las esquirlas” y en la que titula la publicación. Se mantiene, en suma, el fuego verbal del comienzo, pero se percibe un excesivo cálculo en la administración de la “muerte” más sus respectivos derivados, como la depresión, el hastío, la desesperanza y el desamor. No obstante, me queda clara la formación cultural del poeta, ya que no es fácil manejar estos recursos.

Zúñiga se encuentra alejado de la posería y abierta ignorancia de muchos compañeros generacionales. Con sumas y restas, estamos ante uno de los principales exponentes de la nueva poesía peruana.



Tuve la oportunidad de presentar, en la última Feria Internacional del Libro de Lima, el cuentario Otras culpas (Borrador Editores), de la escritora colombiana Paloma Valencia Laserna. Por ello, lo que leerán a continuación no tiene nada que ver con los apuntes que expuse en la presentación, sino con una relectura, más crítica, llevada a cabo semanas atrás.

Leer este libro corrobora una vez más mis sospechas. Hay que buscar más para dar con las verdaderas plumas de valía. En este sentido, la apuesta de un sello joven como Borrador resulta estimulante, puesto que nos ofrece nuevas alternativas para saber qué es lo que se escriba más allá sin necesidad de esperar a los nuevos autores latinoamericanos promocionados por las grandes casas editoriales.

No hay que esperar grandes destellos verbales de la colombiana. Lo suyo es contar, nada más. Y en muchos relatos lo hace bien. Su prosa es sencilla y precisa, debido, imagino, al ejercicio que despliega en su calidad de periodista de opinión. Sumemos también el evidente influjo irónico, hasta en los títulos signados por la violencia social y un patente respiro de denuncia, del que dispone bien. Sin embargo, VL cae, por contadísimos instantes, en lo que más detesto cuando leo ficción: una intención aleccionadora, con moraleja nada camuflada, que no hacen sino restar nervio al curso de sus relatos, en este aspecto ni el funcional estilo de la autora salva al lector de la inminente tentación de cerrar el libro.

En cierta ocasión, un gran narrador peruano me dijo que los libros de cuentos se justifican por uno o dos de relatos de buena factura. Si obedecemos este criterio, podemos aseverar que Otras culpas cumple, con creces, en conjunto, ya que exhibe no solo uno, sino cinco (“El moral”, “El fantasma de Iván”, “El pecado”, “Verdades, mentiras y mujeres” y “La amenaza”).



Una aclaración: Óscar Pita Grandi es muy amigo mío. Pero una cosa es la amistad y otra la literatura. Dicho esto, paso a comentar su ópera prima, la novela Paisaje habitado (Estruendomudo, 2010).
Me consta que OPG pudo darse a conocer desde hace mucho, pero supo esperar el tiempo adecuado. Es por eso que a diferencia de otros debutantes que aseguran aplausos con novelas de 25 000 palabras (135 páginas en formato normal), supo ser coherente con su sentir creador, tan honesto que no le hizo caso a nadie, presentándonos una novela de casi 400 páginas, las cuales pudieron 600, si los editores empleaban otro diseño de diagramación.
Sin exagerar, Paisaje habitado exige de un lector entrenado, no en el sentido de que tenga que conocer las referencias e influencias que nos permitan entender la novela, sino en la fuerza de lector, de aquel que ha empezado a leer desde su infancia, de los dispuestos a encontrar la pulpa tras 120 páginas de ardua tolerancia. Por instantes, tuve la seguridad de que estaba leyendo la versión pop de País de Jauja (¿se imaginan, entonces, la densidad?), pero llegas a lo que querías, encuentras la esencia de la publicación: una visión íntima del mundo, canalizada en un proyecto romántico que lleva El Dottore, el protagonista, a instaurar, junto a un grupo de inmigrantes italianos, una especie de urbanización de nombre Ausonia, en los “extramuros” de Lima. Estos personajes están rubricados por la insatisfacción y por un ansía de buscar una nueva oportunidad de rehacer sus vidas. Cuando ellos hablan (diálogos), Paisaje habitado vuela, logra más de un perdurable momento, en especial con los guiños abiertos a la literatura, el arte y el cine. Sin embargo, las digresiones, las reflexiones, las descripciones, que en algunos casos llegan a las 6 hojas (12 páginas) presentan más de un óbice en el flujo narrativo que no decae por falta de pericia, sino por indefendible modorra, repartida en las cuatro partes de la novela.
OPG, como dije, la pudo hacer fácil. Pero arriesgó y nos entregó una novela notable. Para disfrutarla, el lector deberá hacer un pequeño gran esfuerzo. Vale la pena.


martes, abril 10, 2012

domingo, abril 08, 2012

Ellas sí saben contar



Días atrás un amigo mexicano que vino a Lima para un festival de poesía tridimensional, me hizo una pregunta por el libro de nuevas narradoras peruanas que armé y publiqué el año pasado vía Altazor, Disidentes 1. Antologías de nuevas narradoras peruanas.
Pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué diferencia encuentro entre lo que escriben las narradoras y los narradores en Perú?
Antes de brindarle mi respuesta, le puse al tanto de lo que me incitó a elaborar la antología. Hay que hacerlo, porque lo último que quiero que se piense de mí es que me dejo llevar por llevar criterios abstrusos. La buena literatura está por encima del sexo, creencia e ideología de quien la escribe. Si hice una antología de nuevas narradoras peruanas se debió a que se necesitaba un documento que registre las voces femeninas que aparecieron durante la década pasada. Como nunca antes han aparecido tantas escritoras, muchas de ellas interesantes, y ese detalle no había que pasarlo por alto. Una antología sobre ellas caía por peso propio. Claro, incluí a las que debían estar y seguramente me faltó uno que otro nombre para redondear el proyecto. No existe escogencia perfecta, pues.
Prendí un nocivo Pall Mall rojo y pasé a responder fugazmente a mi interlocutor del norte.
Ocupamos una mesa del Don Lucho.
−Mira, de hecho que hay un culo de similitudes entre lo que escriben los patas y las flacas. Pero, y te lo digo con mucha sinceridad, las mujeres cuentan bien, saben de lo escriben.
El poeta mexicano me pide que le explique en detalle. Ciro, el mozo del Don Lucho, se porta con un par de Cusqueñas heladas. Se paga por adelantado.
Me quedó mirando la guayabera blanca de Ciro. ¿Es la misma de hace 10 años?
−Para que me entiendas. Las mujeres dejan la carne, te impregnan sus emociones. Al menos a mí me han dejando con más de un calambre emocional. Son directas, la hacen fácil en la estructura de sus cuentos y novelas. Solo les importa contar.
El mexicano me mira y me dice que le estoy mintiendo. ¿Acaso me estás hablando de Lorrie Moore, de las nietas de Alice Munro?
−No, huevón. Ocurre que con las nuevas narradoras peruanas he encontrado lo que no en los patas, salvo tres excepciones: Martín Roldán, Jeremías Gamboa y Daniel Alarcón, los Storytellers, a secas.
El poeta mexicano asiente. Un toque se distrae de lo que aún tengo que explicarle. Acaba de entrar una flaca alta, de generosas caderas y busto compacto. Muy parecida a Rashida Jones. Lleva un short de jean, azul desteñido, y un polo turquesa manga cero. Escoge una mesa cerca a la nuestra y se acomoda en la silla. Creo que a propósito cruza las piernas, proyectando su brillosa fuerza muslar. Al parecer, ha estado caminando agitadamente por el centro de Lima.
Es inevitable no verla.
El poeta mexicano la desea.
Y yo examino su cara porque me gusta mucho Rashida Jones. Se parecen, aunque la Jones no tiene una frente tan pronunciada. Seco mi vaso de chela, dispuesto a seguir con la conversa. Pero me distraigo. La flaquita acaba de abrir un libro. Inclino la cabeza hacia la derecha para ver el título.
¡Mierda, la clon de Rashida Jones está leyendo, en una edición antigua de Seix Barral, Bomarzo! ¡Bomarzo!
Soy un prejuicioso y un machista de porquería. ¿Hay algo de raro en que un hembrón lea a Mujica Laínez?, pienso.
Llamo a Ciro y pido dos chelas más.
−¿Seguimos?
El poeta mexicano asiente y me pregunta por las narradoras peruanas que considero más importantes.
−Saca un papelito y apunta.
El poeta mexicano extrae de su morral un cuadernito de páginas cuadriculadas.
−Hay varias a las que debes seguirles el rastro. Tenemos narradoras muy buenas, algunas han recibido atención mediática y crítica, otras no. No sé por qué…
El poeta mexicano asiente, otra vez, aunque ahora su asentimiento es extraño, como si me dijera que no chamuye y suelte nombres.
−Me gustan las cosas que escriben Alina Gadea, Rocca Díaz, Karina Pacheco y Julie de Trazegnies. También Patricia Miró Quesada, Susanne Noltenius, Katya Adaui, Yeniva Fernández y Jennifer Thorndike.
El poeta mexicano toma dato de los nombres que le acabo de dar. Le digo en dónde puede conseguir los respectivos libros.
Mas no lo noto del todo atento y no hay que ser muy perspicaz para saber el motivo. Dentro de poco le saldrán babas y pus de su boca. Desea a la flaca que lee con atención a Mujica Laínez. No me sorprendería que se ponga de pie y vaya donde ella.
El poeta mexicano está inquieto.
Veo los datos apuntados en su cuadernito de hojas cuadriculadas, letras inclinadas hacia la derecha que dejan un exagerado alto relieve en las páginas.
Me dice si le puedo esperar un cuarto de hora. No tengo que preguntarle más. Ve nomás, criatura hormonal.
Se pone de pie, hincha el pecho y va en dirección de la mujer que lee a Mujica Laínez. Yo prendo otro Pall Mall rojo. Miro.
Y miro.
…Miro al maestro Ciro, quien corre y le gana la posta al poeta mexicano. Se sienta junto a la lectora y ella le sonríe. Le gustan los mayorcitos, parece. Ella queda obnubilada por su guayabera blanca. No sé de qué conversan pero la lectora sonríe y sonríe.
El poeta mexicano regresa a la mesa y me pregunta en dónde venden esas camisas.
−No sé.
El poeta mexicano se acomoda en la silla. Y me sigue preguntando. Ahora por los relatos de la antología, que por lo que vengo contando, diera la impresión de que a las nuevas narradoras peruanas no le importara la experimentación formal, por ejemplo.
−No, no es eso. Creo que esa apuesta por contar la historia, no tiene nada que ver con una renuencia a la experimentación formal o elasticidad del estilo, sino que estamos ante una característica colectiva e imagino que ello obedece a una madurez personal, muchas de ellas, por ejemplo, empezaron a publicar pasados los 30, es decir: hay más carne, más dolor, goce, vida. Entiende: a través de la historia canalizan el conflicto interior. Muy distinto a los narradores, que en lugar de canalizar, lo transfiguran, disfrazan.
El poeta mexicano me mira. Apunta en su cuadernito de hojas cuadriculadas.
Mi celular vibra. Debo volver al trabajo.
Pero antes, el poeta mexicano me comenta que ha escuchado sobre la salida de la segunda parte de Disidentes, la antología de nueva narrativa peruana que publiqué en 2007. Quiere saber cuándo sale.
Paso a responderle, rápido porque estoy atrasado.
−La antología es una versión corregida y aumentada del Disidentes de 2007. Estoy contento con esta nueva confección, pero de algo estoy seguro, no creo que supere a la primera versión, de éxito rotundo y que reflejó el momento Kodak de una eclosión narrativa que entusiasmó a todos. El libro se titula Disidentes 2. Los narradores peruanos (2000 – 2010) y sale antes de julio.
El poeta mexicano me pregunta por los nombres que están. ¿Quién se queda? ¿Quién se va?
−Esa información, estimado, te la daré la próxima vez que vengas a Lima. Por el momento, calienta motores con los libros de las escritoras que te he mencionado. Ahora, sí. Soy fuga. Chau.

viernes, abril 06, 2012

'La soga de los muertos'



Una de los beneficios literarios de tener un blog es que puedes entrar en contacto con escritores de otros países. Me interesa, sobremanera, leerlos y ver cómo va la producción literaria, en especial en Latinoamérica.
Más o menos sé quién es quién, pero aún me falta indagar más. No todo lo que leo de otros lados es una maravilla, por cierto. Basta ya de demagogias. No solo en Perú hay malos escritores y pésimos poetas…
Al narrador y periodista chileno Antonio Díaz Oliva lo conocí hace ya buen tiempo. Hemos tenido más de un intercambio emiliar sobre literatura y rock (él es autor de Piedra roja, algo así como un libro hermano de Demoler de Buco). A mediados del año pasado nos encontramos de casualidad en medio del desorden de La Feria Internacional de Libro de Lima. Antonio acababa de regresar de Cusco, buscaba libros de Reynoso y deseaba ir a todos los chifas de la ciudad.
Meses después pude leer su primera novela, La soga de los muertos, editada por Alfaguara de Chile.
Para los que hemos participado de la sesión de ayahuasca, el título de la novela resulta más que sugerente. La ayahuasca, por demás, ejerce una presencia nada soslayable en el imaginario de no pocos grandes escritores. Algunos desde  la contemplación, otros desde la vivencia propia, como Allen Ginsberg, que vino a Sudamérica para conocerla y hacerla suya. Previo a su llegada a Perú y su encuentro con Martín Adán (al respecto, leer la excelente documentación de Yrigoyen y Buco en Poesía en Rock) el autor de Aullido estuvo en Chile, en 1960, dato que ADO utiliza en su más que interesante primera novela.
Ahora, la presente publicación no solo se centra el icono beatnik, en ella tenemos a un niño que escribe un diario y en el que refleja, entre otras cosas, la relación especial y difícil con sus padre; y nos topamos también con el activismo de P, quien lucha para que se le conceda el Premio Nobel de Literatura a Nicanor Parra.
Tres historias que viajan en paralelo. El autor hace gala de un estilo telegráfico, narrativa Twitt, dato escondido por doquier, capítulos de no más de página y media que suman en velocidad, haciendo diáfana la complicada trama y atractiva para el lector común y entrenado. Pero lo que en forma es un mérito, en desarrollo un retroceso. De las tres historias, las de Ginsberg y el niño que escribe su diario se complementan, hay más de un lazo comunicante; pero con la del hincha de Parra, las cosas son distintas, debido a la floja configuración del personaje y a cierto apuro en las idas y vueltas (verosimilitud) de su proselitismo.
Para ser la primera novela de ADO, La soga de los muertos cumple con proyectar una sensibilidad incómoda en el lector, en lo que no dice yace su riqueza. Estoy seguro de que más de uno se sentirá identificado con el niño que escribe su diario.

Arcanos del surrealismo




Ayer llegué tarde a casa, a eso de las 3 de la madrugada.
Prendí la Laptop, preparé café, puse en el cd player el Animals de Pink Floyd, prendí un Pall Mall rojo y pasé a responder los correos electrónicos que tenía almacenados.
En uno de los mails se me pedía una info que no la tenía memorizada, pero sí apuntada en una libreta. Abro mi mochila, saco la libreta y distingo un sobre con un libro en su interior.
Abro el sobre y leo el título del libro: Los arcanos mayores de la poesía surrealista (Argonauta, 1992), de José Pierre y Jean Schuster.
Me pongo a leer. Después (otro día) responderé los mails.
Nunca he sido muy entusiasta del Movimiento Surrealista. Reconozco que en algún momento me sentí estimulado con la obra de sus principales representantes (no solo conformado por poetas y narradores, también por pintores, cineastas, dramaturgos y demás), pero nunca al nivel de rendirles pleitesía, como últimamente veo en no pocos buenos lectores. Empero, y a riesgo de caer en contradicción, confieso que mi falta de arrojo admirativo se debe a un desconocimiento del imaginario total del movimiento.
Por eso, me concentro en las páginas de Los arcanos mayores de la poesía surrealista.
Termino de leer.
Y vuelvo a leer. Subo el volumen del cd de Pink Floyd.
Y luego de la segunda lectura, empiezo a picar páginas. Llevo a cabo mi antología personal de los mejores textos.
Los responsables de la publicación, los poetas, (también) surrealistas, José Pierre y Jean Schuster, valiéndose de las 22 cartas del Tarot de Marsella, designaron a un poeta o artista del movimiento para que, por medio de un texto escogido, represente la poética y la imagen personal de otro de sus integrantes. Esta suerte de juego de azar y complicidad no es más que una geografía oscura y celestial del surrealismo, cuya hechizante carga vital se mantiene hasta en las voces menores incluidas por Pierre y Schuster.
En estas páginas encuentro a Max Ernst, André Breton, Luis Buñuel, Dalí, Louis Aragon, Benjamin  Peret, Antonin Artaud, Isidore Ducasse, Paul Éluard, Raymond Queneau, Michel Leiris, Gerard Legrand y…
Cierro el libro a las 6 de la mañana.
Por eternos segundos me siento un surrealista y saltan algunas ideas, quizá canábicas.
Vivimos en un mundo tan individualizado, frívolo e idiotizado, el cual brinda más de una razón en contra de la creación de proyectos artísticos colectivos. En el caso de la poesía, o los poetas a secas, entre los malos y los que creen serlo, buscan a como dé lugar el reconocimiento, si este es prematuro tanto mejor, lo que en esencia no hay que desaprobar, el yoísmo es un acicate a fin de cuentas, el reconocimiento es lícito, pero se extraña la cuota de honestidad en el ejercicio íntimo de la poesía, tal y como podemos corroborarlo con las voces del surrealismo, cada quien por su lado pero inmersos en una intimidad grupal.
Hoy en día, cualquier huevas puede arrogarse el título de poeta, basta que tengas una buena portátil en Facebook (por ejemplo, muchos nuevos poetas peruanos brillan por su patetismo egocéntrico) y seas un sobón de un poeta relativamente mayor que te asegure un texto de contratapa o, en el mejor de los casos, un prólogo, para obtener tu carné de poeta y considerarte alguien en las dachas de la literatura peruana. Y claro, el requisito fundamental: ser un borracho del carajo. Mínimo 4 escándalos por semana. Esta es una de  las razones por las que la poesía peruana atraviesa el peor momento de su historia. Se ha perdido la franqueza individual y la autocrítica.
Sé que no estoy diciendo nada nuevo. Ahora, lo bueno es que esta clase de taras tiene cura, no es que estemos perdidos y no haya salida. No, no es así. Por supuesto que hay maneras de huir de la mediocridad y de la falsa honestidad. Tenemos pues que regresar a las fuentes, beber de la tradición y agudizar aún más la tradición personal y encontrar en la experiencia de la lectura (búsqueda) la Verdad: la poesía como fin en sí misma.

miércoles, abril 04, 2012

martes, abril 03, 2012

domingo, abril 01, 2012