martes, julio 31, 2012

domingo, julio 29, 2012

Melville en Lima




Al parecer Jerónimo Pimentel no se conforma con ser la voz poética más cuajada de su generación. Prácticamente la ha hecho linda con los recomendables Marineros y boxeadores, Frágiles trofeos y La muerte de un burgués. Su ingreso oficial a los terrenos de la ficción narrativa viene de la mano de la novela breve La ciudad más triste (Alfaguara, 2012). Seguramente a más de uno le habrá sorprendido esta última entrega. Pero a mí no. El autor ya había demostrado sus buenos oficios narrativos en 2009, con La forma de los hombres que vendrán (Underwood), firmando como Matías P. Delgado.

En lo personal me deja tranquilo que Alfaguara-Perú siga apostando por escritores jóvenes. Hacerlo siempre será un riesgo y es más que plausible que se siga en esa política. Lo ideal sería que él éxito literario y la respuesta del lector vayan de  la mano. Sin embargo, el favor del que compra no es más que una ciencia oculta. Pues bien, este libro será un éxito literario, mas no sé si comercial. Editorialmente lo hermano con el excelente cuentario Punto de fuga de Jeremías Gamboa.

Podría pensarse que estamos ante una novela de poeta. Pimentel no es el primero en cruzar el puente. Ya hemos visto publicaciones narrativas, soberanamente irregulares, de poetas en estos últimos años… Ahora, pongamos punto final, desde el comienzo, al caso Pimentel: La ciudad más triste no es una novela de poeta. La ciudad más triste es la novela de un escritor de primera línea.

Hay que tener un gran acervo de lecturas para llevar a buen puerto una empresa como esta, que tiene a Melville como eje central. Y también una vocación de historiador, de cazador de datos, porque el otro gran eje es, nada más y nada menos, que Lima la gris (la de 1843 – 44).

Veamos:

Melville y Lima. Ergo: Moby Dick.

Pimentel y lecturas. Ergo: Lector que escribe.

¿De acuerdo? Al menos yo sí.

Nunca se sabrá si Melville se inspiró en esta ciudad para escribir su monumental Moby Dick. Y sugiero abrigar esa leyenda y de paso repotenciarla. Ni de lejos, ni de cerca, La ciudad… es un proyecto fácil. Moby Dick es la biblia de la narrativa contemporánea. Hay que desahuevarse con ese libro y más aún si se quiere escribir partiendo de su aura. Esa es la razón por la que Pimentel se acercó con sencillez y humildad a la aplastante imagen de Melville. Y lo hizo con inteligencia, haciendo uso de un registro epistolar que le permite especular y llegar a ser el mismo H.M., o sea, logra configurar uno verosímil. Lo sentimos cerca, somos su lector Nathaniel y viajamos canábicamente a la desolada desazón que le genera el puerto de El Callao, a su interacción distante con los  mercaderes, ladrones y putas de la Lima de entonces, y cómo no, también pasamos la noche al lado de los intestinos de la ballena varada, siendo este uno de los pasajes memorables de la novela. No obstante, más de una epístola carece del calor humano que este género requiere. La epístola tiene que ser tan íntima como el diario. En este sentido la prosa de Pimentel resulta, por momentos, demasiado fría y cautelosa.

Con La ciudad más triste Jerónimo Pimentel se erige como la pluma más firme de la narrativa peruana de hoy. Ya capitanea a ritmo de entrenamiento. A lo mejor, sí, a lo mejor, en el gran futuro, se recuerde este 2012 como el año en que Melville estuvo en Lima.

sábado, julio 28, 2012

Notas sobre 'Disidentes 2 (Los nuevos narradores peruanos 2000 - 2010)'




Antes que nada quiero agradecer a las personas que fueron a la presentación de Disidentes 2 (Los nuevos narradores peruanos 2000 – 2010) y Lima subte de Ernesto Carlín. La sala César Vallejo de la FIL se llenó, quedó chica.

En el siguiente enlace, podrán leer el texto de presentación de Alexis Iparraguirre, a quien le expreso mi aprecio y admiración literaria. Y aquí una entrevista que me hizo Edwin Cavello para Lima Gris sobre Disidentes 2.

Y a continuación, el breve texto que leí aquella noche del martes 24.






Desde hace buen tiempo no leo textos propios de presentación. Hasta la noche de hoy, solo me había desempeñado como comentarista. Se supone que debo tener mucha experiencia en estas lides, a la fecha no sé cuántos libros he presentado, mas confieso que me siento como un autor debutante porque no sé por dónde empezar. Quizá la razón se deba a que Disidentes 2 no es un libro propio, sino un caprichoso trabajo de escogencia en el que he recibido la ayuda de 21 narradores, los que elegí y a quienes agradezco por  haber confiado en mi persona para que el mismo sea lo que ahora es.

Realizar una antología, contra lo que muchos puedan creer, cansa, y demasiado. Hago un somero conteo mental de los libros de nuevos autores peruanos que he tenido que leer, y suman casi 300 libros. En la década pasada tuvimos una importante eclosión narrativa, que tuvo su punto álgido entre los años 2004 y 2007. Se ha dicho, y más de la cuenta, sobre  los motivos de esta súbita aparición, pero a la vez sería injusto consignar ese periodo como referencial. Los nuevos narradores peruanos aparecieron y en tropel a inicios de la década pasada. En aquella época, y a lo mejor de manera involuntaria, tuve acercamiento a esos textos, casi artesanales, que se publicaban. De esta manera fue que me adentré, y con cierta constancia, a lo nuevo que se editaba. No todo resultaba una maravilla, empero de cuando en cuando me topaba con voces que despertaban mi interés. Cabe decir también que la gran mayoría de esas plumas venían rubricadas por el debut y la despedida.

Pasaron los años. Publiqué una novela y empecé administrar un blog desde 2006, La fortaleza de la soledad. A mediados de ese supuesto año me pidieron realizar una antología. No tuve dudas en llamarla Disidentes. Hay que ser un disidente de la vida para dedicarse a escribir. De eso no hay duda alguna. Pero lo que no esperé, ni en mis más oscuras pesadillas, fue la excesiva demora que iba el libro iba a sufrir. Fueron meses de tensión y llegó un momento en que no sabía qué decirles a los narradores convocados que en buena onda me preguntaban cuándo aparecería el libro.

En febrero de 2007 David Ballardo de Revuelta Editores me propuso publicarla. La saqué de la otra editorial y se la entregué. Así de simple. Gracias a él salió Disidentes. Muestra de la nueva narrativa peruana, en mayo dicho año. Libro a la fecha agotado. Aún recuerdo las muchas reseñas y notas que esta antología generó. Era pues el fiel reflejo del momento Kodak de los años maravillosos de la narrativa del decenio anterior. Pues bien, confieso que la selección resultó ser muy fuerte, pero que a la vez podía acercarse a lo perfectible.

A fines de 2009 Willy del Pozo, de Ediciones Altazor, me pidió que armara una gran antología de nueva narrativa peruana que tuviera periodo lo escrito entre 2000 y 2010. Pero creí conveniente hacer primero una de narradoras, por la sencilla razón de que las mujeres que se habían dado a conocer con libro publicado merecían una antología que graficara su propuesta de manera justa y responsable, no pocas de ellas injustamente ninguneadas por los medios y cierta crítica de tendencia hormonal y que en la práctica era un ejemplo de emasculamiento vergonzoso. Los que me conocen y siguen a través de mi blog, saben bien que no veo diferencia alguna si la buena o interesante literatura es escrita por hombres o mujeres. Simplemente, el contexto permitió que haga una de narradoras, la que considero ante todo un trabajo de arqueología; busqué y recordé todo lo que pude, teniendo como desenlace un documento férreo de lo que es querer y saber hilvanar una historia. Ellas, las narradoras peruanas, definitivamente, sí saben contar.

Y ahora tenemos en manos Disidentes 2. Los nuevos narradores peruanos 2000 – 2010. Con esta antología cierro un ciclo como lector. Veo la selección de lejos y me parece que está muy bien, la veo de cerca y no tengo más que decir que está de la putamadre. Están los que deben estar. Faltará uno que otro, eso es inevitable. Pero de lo que sí estoy seguro es que no sobra nadie. Hacerla me hizo sentir un entrenador de fútbol. Como bien saben, los equipos tienen que cambiarse, no se puede repetir el mismo esquema siempre, menos aún en relación a los jugadores. A los que integraron la nómina de la primera versión de la antología, los tuve que releer, someterlos a la criba del tiempo. Tenía que hacerlo, entre mediados de 2007 y fines de 2010 se dieron a conocer (y obvio, uno que otro que omití por descuido) narradores interesantes y extraordinarios que debían conformar este Disidentes 2. Por ejemplo: Jeremías Gamboa, Francisco Ángeles, Martín Roldán, Juan Manuel Robles, Orlando Mazeyra, Carlos Torres Rotondo, Carlos Saldívar, Francisco Izquierdo Quea, Sandro Bossio, Juan Carlos Bondy y Óscar Pita. Ellos se suman a los sobrevivientes Luis Hernán Castañeda, Daniel Alarcón, Carlos Yushimito, Alexis Iparraguirre, Marco García Falcón, Miguel Ruiz Effio, Augusto Effio Ordóñez, Edwin Chávez, Pedro Llosa y Leonardo Aguirre.

Si Disidentes 2 fuera la selección peruana de fútbol, no solo clasificaríamos a Brasil 2014. De hecho llegaríamos a la semifinal. Es un equipazo. Y yo sería Telé Santana.

En fin, dejando de lado estas pastruladas, confieso que me siento muy tranquilo con este ya mentado ejercicio de escogencia. Tengo sensación de que valió la pena, de que en realidad todo valió la pena.

Muchas gracias.

miércoles, julio 25, 2012

Cuando los ídolos tropiezan



Enrique Verástegui y Oswaldo Reynoso. Ambos autores capitales para la literatura peruana contemporánea. Verástegui, dueño de una obra digna de figurar entre lo más selecto de la poesía escrita en castellano. Pasar por alto la influencia de En los extramuros del mundo y Monte de goce, no sería más que una laguna poética para todo aquel que se considere amante de la poesía en general. A pesar de cierta irregularidad vista en sus últimos libros, ya es un autor estudiado y valorado por la lectoría crítica no necesariamente peruana. Con relación a Reynoso, es pues innegable su magisterio narrativo en varias generaciones de escritores. A la fecha no creo que exista ni siquiera uno que no sea capaz de agradecerle lo mucho que aún nos siguen transmitiendo títulos suyos como Los inocentes, El escarabajo y el hombre y Los eunucos inmortales. Reynoso no es dueño de una obra prolífica, pero sí lo suficientemente contundente para llevarnos a hacer proselitismo por esta, que no solo se limite a ser conocida en las dachas del imaginario literario local.
Cada vez que nos entregan nuevos libros, se genera una justificada expectativa. El primero en aparecer este año fue Verástegui con Tratado sobre la yerbaluisa, por cuenta del nuevo sello Caja Negra, que también lanzó una reedición del clásico En los extramuros… Ni bien empezamos a leerlo se detecta más de una debilidad en los versos y estrofas, una suerte de exangüe inspiración que intenta elevarse bajo circuitos artificiosos que descansan en una efectista y forzada jerigonza científica, en un tono que nos acerca al discurso de los que pontifican apelando en algunos casos a la biografía y la trayectoria. Verástegui se asume grande, y vaya que lo es, pero esa justa grandeza se resiente gracias a sus desvaríos retóricos. Casi todos los poemas parecen chistes, trabalenguas de genio incomprendido. Pero la culpa no es de Verástegui. Hizo falta un poco más de franqueza y respeto de los editores para con este celebrado poeta. Tratado de la yerbaluisa no debió publicarse. Así de simple.



En más de una ocasión he reconocido los interesantes aportes de la editorial arequipeña Cascahuesos. Su línea de poesía, por ejemplo, es fuerte. Se nota que hay lectores responsables en el sello. Sin embargo ahora, en su línea de narrativa, cometieron el error de dejarse llevar por el prestigio Reynoso. Recuerdo una charla que este dio años atrás en El Centro Cultural Inca Garcilaso. Luego de relatarnos la génesis de sus libros, dijo que ya no pensaba publicar nunca más, pero que seguía escribiendo y que sus textos inéditos serían publicados y ordenados, una vez que muriera, por personas de su entera confianza. Obviamente, la curiosidad despertó en mí. No soy el único que le reconoce, luego de Martín Adán, como el más grande estilista de la narrativa peruana.

Lo bueno: Reynoso seguirá viviendo muy bien muchos años más. Sin embargo, En busca de la sonrisa encontrada no cumple con las expectativas, al menos las mías. Y no precisamente por el voltaje lírico de su prosa, sino por la anarquía de la forma, cosa que sorprende en él, que de la misma dio clase magistral con El escarabajo… La forma, en especial, tiene que estar presente en entregas como esta, de deliberado desorden; sobre todo cuando los textos son testimonios y backstages de su poética. En más de un tramo el reynosiano de corazón tendrá la impresión de estar dialogando con sus personajes y espacios conocidos. Pues bien, de lejos puede resultar más que interesante el intercambio de registros que lleva a cabo (crónica, boceto de novela, cuento y diario), pero de cerca no despega nunca, denotándose la carencia de un sentido,  el cual debió ser argumental y subterráneo, que pone de manifiesto el poquísimo conocimiento del autor de la tradición en la que basa este libro: la del dietario de escritor. Aquí la belleza del estilo fue insuficiente.

martes, julio 24, 2012

Martes 24: Presentación de 'Disidentes 2. Los nuevos narradores peruanos 2000 - 2010'




Hoy martes 24, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Lima, se presenta mi antología Disidentes 2. Los nuevos narradores peruanos 2000 – 2010, la cual estuvo a mi cargo. No fue un trabajo fácil, pero sí muy gratificante.
Agradezco al director de Ediciones Altazor, Willy del Pozo, por hacer que este proyecto llegue a buen puerto. Y también a los 21 narradores que son parte de este sano capricho de escogencia: Juan Carlos Bondy, Daniel Alarcón, Miguel Ruiz Effio, Luis Hernán Castañeda, Francisco Ángeles, Carlos Torres Rotondo, Juan Manuel Robles, Augusto Effio Ordóñez, Carlos Yushimito, Alexis Iparreguirre, Marco García Falcón, Carlos Saldívar, Sandro Bossio, Óscar Pita Grandi, Pedro Llosa Vélez, Edwin Chávez, Leonardo Aguirre, Francisco Izquierdo Quea, Martín Roldán Ruiz, Orlando Mazeyra y Jeremías Gamboa.
La cita es a las 7 de la noche en el auditorio César Vallejo. Y los comentarios estarán cargo de Alexis Iparraguirre.


Vargas Llosa antes del fin




Leo mucho a Vargas Llosa, pero siempre lo hago a destiempo. La algarabía y fiebre que despierta nuestro Nobel de Literatura, en cada última publicación, suele ser descomunal y engañosa. Existe un consenso en quedar bien con él, a toda costa. Importa poco si el título ni siquiera llegue a la medianía de ¿Quién mató a Palomino Molero?, Lituma en los andes o Elogio de la madastra.
Se escribe de Marito con miedo, reverencia y en algunos casos con un patético espíritu lustrabotista. Yo prefiero hacerlo con respeto.
Es lo mínimo, pues.
No hay escritor peruano, y más de uno latinoamericano, que no haya bebido de él. Imagino a todas las sensibilidades que optaron por ser parte del oficio literario luego de leer sus libros. Pienso en El pez en el agua, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, El hablador, La fiesta del Chivo, La guerra del fin del mundo, Historia de un deicidio
Ahora, en La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012) tenemos un claro viaje a las parcelas del prejuicio y la desinformación. Durante la lectura cerraba el ejemplar y miraba la portada para cerciorarme si era Vargas Llosa el autor, albergando la esperanza de una equivocación. Varias veces me ha pasado. Por ejemplo, hace años quise leer a Eielson y cogí, seguro por la borrachera, el primer poemario que me había regalado un entonces joven crítico de San Marcos. Esa gracia me resintió un par de meses del verdadero hacedor de Habitación en Roma.
Vargas Llosa en su faceta de ensayista siempre se ha caracterizado por su responsabilidad en la investigación. En este sentido no ha sido menos que admirable. Sin embargo, el de la presente publicación practica el gamonalismo intelectual, y en base a ello pontifica, haciéndonos creer que estamos perdiendo los valores de la “alta cultura”, arrastrada por la banalización y frivolidad. Es decir, para nuestro admirado plumífero, atravesamos años en lo que no hay nada que destacar de la producción creativa y cultural. Diera la impresión, por decir lo menos, que le ha declarado la guerra abierta al divertimento, sin aplicar ningún tipo de filtro, siendo ajeno a la sensibilidad contemporánea, que por el hecho de ser rápida, no quiere decir que sea fugaz. De lo contrario cómo nos explicaríamos las nuevas propuestas artísticas que recogen mucho, y en demasía, de los valores y crisoles que tanto dice defender y que a la vez añora (¿no ha visto a los nuevos cineastas rusos, por ejemplo?, ¿no fue él quien nos recomendó 24 y a Stieg Larsson?).
Su estrategia en principio se pinta de inteligente. Apela a la comparación, tanto en cine, literatura, artes plásticas y demás. Por ejemplo, en cuanto a literatura, no hay mucho que discutir entre Edmund Wilson y Oprah Winfrey, pero ese tipo de parangón resulta zafio tratándose de una mente brillante como la suya, entonces lo hace motivado por cierto prejuicio en pos de un discurso que nutre su poética y visión del arte. Para una persona no muy informada podría resultar convincente, pero hay que manejar datos, ser dueño de cierta cultura para detectar las trampas de este magisterio ególatra. No sabía que Marito también podía convertirse en el rey de la omisión y fungir de paso de príncipe de la criollada intelectual.
Intentar explicar lo que ocurre en la sociedad de hoy es ante todo una empresa complicada. Se requiere de muchas fuentes y datos para sacarla adelante. Y no con el fin de prodigar certezas, sino ideas dignas de debate y polémica, algo en lo que el autor de La casa verde ha demostrado ser más de una vez una voz autorizada, que sabía de lo que escribía y por ende discutía.
Ya son varios años en los que Mario Vargas Llosa no nos entrega algo digno de su calibre, tanto en ficción como en ensayo. Lo último que leí de valor de su inalcanzable producción fue Travesuras de la niña mala. Y no soy el único que ha sido testigo de saludos desmedidos y trepadores hacia títulos sumamente menores y olvidables como El paraíso en la otra esquina, El sueño del celta y Diario de Irak.


domingo, julio 22, 2012

martes, julio 17, 2012

Portada de 'Disidentes 2'



Quiero expresar mi gratitud a Willy del Pozo, director de Ediciones Altazor. Y a los 21 narradores que integran Disidentes 2. Los nuevos narradores peruanos 2000 - 2010.

domingo, julio 15, 2012

Salvaje algarabía




Días atrás llegó a la librería un lector chileno. Buscaba un libro sobre Roberto Bolaño editado en Perú. El único que se me venía a la mente: Para Roberto Bolaño de Jorge Herralde, publicado en estas tierras por Estruendomudo. Sin embargo, ese no era el que deseaba, sino uno que tenía como autora a una crítica literaria.

El lector chileno se quedó buen rato. Estaba interesado en algunos autores peruanos. Leía título por título a medida que recorría los lomos. Mientras tanto, Yesenia y yo afinábamos la táctica de búsqueda de unas revistas traspapeladas. En eso estábamos, cuando el amigo del sur lanzó una pregunta.

En apariencia su inquietud parecía sencilla. Luego de una fugaz introducción sobre la influencia de Bolaño en la narrativa argentina y chilena últimas, quería saber si había publicaciones peruanas que al menos recogieran el espíritu de la poética del hacedor de Estrella distante. No lo pensé mucho y le hablé sobre Poesía en rock y País sin nombre. Sobre  Rosas Ribeyro le conté el dato de la famosa foto de Bolaño con los Infrarrealistas. Y del experimental libro de Buco e Yrigoyen, el del encuentro de Verástegui con Paz, que lo relata el mismo Rosas Ribeyro, y que motivó el odio del entonces joven Bolaño hacia el autor de En los extramuros del mundo.

Me gustó la conversa. Aireó más mi pasión bolañesca, la cual creía que ya no exhibía los fuegos de antes. No es lo mismo acercarse a Bolaño de joven, o relativamente joven, que de adulto o adulto que coqueta con la fase cuatro. Lo leí por primera vez en el 2002, y lo hice con una publicación medular: Los detectives salvajes (quizá la única novela latinoamericana contemporánea que puede hacerle el pare a las novelas del Boom). Conocí este libro de prestadito, gracias a la generosidad de Erika que trabajaba en La casa verde. Un año después me hice de mi propio ejemplar en El Virrey del Centro de Lima.

Se ha anotado hasta el cansancio sobre el hechizo que genera la prosa de Bolaño en los lectores, en especial jóvenes. Algo parecido dijo José Miguel Oviedo en el primer artículo sobre el autor que se publicó en Perú, en 1999 si la memoria no me trampea, a razón de Los detectives… y Llamadas telefónicas. En este sentido quiero ser justo, puesto que reconozco que sin ese texto de Oviedo, no hubiera germinado en mí las ansias por acercarme a ese escritor que sin leerlo ya me llamaba la atención. Al menos, durante algunos minutos, me olvidaré de su argolla y del daño que le ha hecho a la literatura peruana contemporánea con sus antologías que son muestras de sentimientos menores y rencores ridículos.

Bolaño murió hace nueve años (2003), precisamente un 15 de julio. No tengo ánimos para referirme a lo mucho que todavía se escribe de él. Hay gente más preparada en la materia, algunas dedicadas con seriedad y respeto, y más de una por vergonzante interés, porque les conviene (y convenía) subirse a la moto Bolaño. Pues bien, lo que nunca dejará de seducirme es la imagen que este proyectaba, cuya sombra a más de uno ha vuelto un adicto. Para asimilar la imagen de Bolaño, se requiere de mucha voluntad testicular. Con mayor razón en épocas como esta, en la que todos, gracias a las redes sociales, se alucinan escritores y poetas destinados a la perdurabilidad, haciendo suya la consigna de no quedar mal con nadie, imperando el saludo hipócrita y la sonrisita diplomática.

Pese a que Bolaño no era una buena persona (pueden decir lo contrario quienes lo conocieron de verdad), o quizá exagere y deba quedarme con el calificativo de patán, nunca dejó de mostrarse consecuente con su discurso, el ajeno a su narrativa y poesía. Bolaño fue siempre un marginal; y tan cierto como ello fue su afán por conseguir fama y reconocimiento, aspectos totalmente lícitos cuando se es dueño de una obra sólida y fresca como la suya.

Ampuero: Cuentos, relatos, artículos y... poemas



Algo de experiencia tengo en estos negocios de las antologías. En realidad no es para nada difícil, solo hay que conocer bien el universo del cual quieres llevar a cabo tu escogencia. Y claro, es necesaria una distancia, una mirada fría con respecto del material que vas a trabajar.  Aunque también hay que desahuevarse y dejar de lado los amiguismos y las vendetas personales.

¿Pero qué ocurre cuando un autor tiene que seleccionar su propia obra? En este caso, los parámetros mencionados en el párrafo anterior se van a tacho. No hay distancia, queda de lado la objetividad. Se hace la criba desde el terreno del sentimentalismo, hasta se llega a creer que todo lo que se ha escrito es maravilloso. Entonces el autor debe atenerse a las consecuencias de su ego y terquedad.

En tiempo record llegó a mis manos Antología personal (Punto de Lectura, 2012) de Fernando Ampuero. Cuentos. Poemas. Prosas. A secas.

Conozco bien la narrativa de este autor, a quien, dicho sea, le está yendo mejor, como escritor, desde que dejó El Comercio. Y la opinión favorable que tenía de su obra se ha reforzado considerablemente. Pero siento algo de desazón, puesto que debió asesorarse, dejar que sea otro quien realice el filtro. Claro, se dirá que si eso pasaba, el libro ya no sería una antología personal. Pero eso a quién diablos le importa. Todo vale en pos de antologías redondas, y con mayor razón cuando son personales.

Ampuero acierta en la sección Cuentos. Aquí nos topamos con cumbres de la cuentística peruana contemporánea, como “Taxi Driver sin Robert De Niro”, “Malos modales”, “Voces”, Bicho raro”, “Kim Novak en París” y “La aventura”. Pero también leemos uno muy sobredimensionado. “El departamento”. Buena historia, pésimo tratamiento. Pero en fin. No es culpa suya, sino del crítico Gustavo Faverón, que lo incluyo, rescatándolo de un número de Caretas de los ochenta, en su antología sobre la violencia política Toda la sangre. Nuestro autor salvó al cuento de la guadaña porque ya es parte de una antología importante, quizá la mejor que se publicó en la década anterior.

Las secciones Relatos y Artículos pudieron formar una sola. Es casi perfecta. Y lo es no por la alternancia de textos flojos, sino omisión de algunos que no sé por qué no integran el volumen. Pienso en “La teoría de la malagua. Narradores peruanos de fin de siglo”.

En ambas secciones es posible detectar una mirada distinta, un humor fino y a la vez callejero, capaz de elevar tópicos en apariencia remanidos. Gracias a su pluma adquieren otra tonalidad, ajena a la fugacidad de la escritura periodística. Al respecto, hasta sus más acérrimos detractores estarán de acuerdo con este servidor.

Definitivamente, Ampuero tiene muchos amigos y amigas. Y entre ellos algún que otro escritor y varias lectoras empedernidas y serias… Por eso me atrevo a especular, es lo que me queda para intentar explicarme la justificación de la sección Poemas. O sea, ninguno de ellos ha sido capaz de decirle que no es poeta. Si le hubieran dicho que es un mal poeta, sería excesivo, porque estaríamos aceptándolo como vate. Y no, pues. Así no se juega…

Por cierto, en la contratapa del libro figura un párrafo de Washington Delgado sobre el Ampuero poeta : “Ampuero es un poeta extremado y original”.

Sin comentarios, Delgado se pasó de generoso.

Yo no soy amigo de Ampuero, pero me consta su buen talante para las críticas, e imagino que aún más para con la verdad. En tal sentido, querido Fernando, no eres poeta. Lo tuyo ha sido, es y será la Narrativa.

sábado, julio 14, 2012

Antología de poesía surrealista




Me encontraba en la chamba (Stand 16, Boulevard Quilca) fumando y escuchando a bajo volumen una selección personal de Jazz. Sonaba Chet Baker. Parecía una tarde normal, sin contratiempos. Acababa de apagar la portátil, segundos antes había enviado para su publicación un artículo nada zalamero sobre José Saramago. Quería leer algo, de preferencia una novela corta. Me debatía entre Doble de vampiro de José Donayre y Matagente de Rodolfo Ybarra. Por un momento pensé turnarme las lecturas, pero mis planes cambiaron.

Los libreros tenemos una fijación enfermiza cada vez que llega una caja de libros. Te importan poco las guías que tengas que firmar, simplemente quieres abrirlas y sumergirte en los títulos que hay dentro de ese objeto rectangular de cartón. Prácticamente me desconecto del mundo. Nada importa. Es una excitación casi sexual.

Algunas cosas se removieron en mí. Años atrás tuve en mi poder la primera edición de Antología de la poesía surrealista de lengua francesa de Aldo Pellegrini. Editada en 1961, en Buenos Aires, por General Fabril Editora, sello dirigido por Jacobo Muchnik. Desde su salida significó todo un acontecimiento. Al respecto, no hay mucho que pensar. A la fecha sigue siendo el trabajo más completo que se haya realizado sobre el surrealismo, que más que un grupo poético, fue un movimiento cultural canalizado en la provocación y la disidencia de las normas establecidas en arte, que tuvo el fin de llevar a cabo una cruzada en pos de la esencia del hombre. Sobre este libro hice una ligera pero exaltada mención en un artículo que escribí sobre Hunter Thompson, publicado en el segundo número de la recordada revista Pelícano. No recuerdo el motivo de la referencia a la antología, pero sí que busqué el pretexto de consignarla puesto que llevaba semanas de haberla adquirido en un huequito de libros en el Jirón Camaná. Sentía pues una especie de emoción nada fugaz que lo proyectaba de alguna manera en todo lo que escribía… A los meses cometí el error de prestarla y quien la tuvo la desapareció, por borracho, para siempre en el río Rímac.

Ver entonces una nueva edición de este florilegio, ahora por cuenta de una pulcra edición de Argonauta de Argentina, no hace sino ubicarme en un estado de gracia ante uno de los manifiestos de expresión poética más contundentes del siglo pasado. ¿O acaso alguien en su sano juicio sería capaz de negar a la fecha su influencia directa e indirecta? Los surrealistas pertenecían a otra galaxia, su legado nos ha calado a cada uno de nosotros en algún momento, ya sea por un poema suelto, una anécdota de tinte mágico, una escena de película, una novela onírica…

Más de sesenta voces, no todas conocidas por una trayectoria poética, mas sí por una actitud comprometida con el movimiento. Y lo que hace especial este nuevo acercamiento es la frescura que percibes de vates no tan fundacionales para nuestro imaginario, como Maxime Alexandre, Jean Arp, Jacques Baron, Robert Benayoun, Guy Cabanel, Marcel Lecomte, Robert Rius y Francis Picabia. Y claro, vuelves a los senderos de los fundamentos que signaron a Breton y compañía, gracias al inmarcesible prólogo de Aldo Pellegrini, “La poesía surrealista”.

miércoles, julio 11, 2012

martes, julio 10, 2012

Diarios de Sontag



Hace ya varios (muchos)  meses, mi buena amiga Rocío Fuentes me prestó, ni bien llegó de Buenos Aires, este título póstumo de Susan Sontag (1933 – 2004), Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964 (Mondadori, 2011). Como aún no me pide el libro, lo estoy cuidando como si fuera mío.

Tenía buenas referencias sobre esta primera entrega de los diarios íntimos de quien en vida fuera una más que atendible narradora y, por sobre todo, una excelente ensayista comprometida, es decir, consecuente con las ideas de las que escribía y defendía.

Hasta hace no mucho, mis lecturas estuvieron centradas diarios de escritores, pasaron por mis armas muchas plumas, desde las clásicas a las contemporáneas; por ende, tener en manos los diarios tempranos de Sontag, fue, en un inicio, una especie de ansiedad consumada, de respiro aliviado. Pero esta suerte de tranquilidad festiva no tardó en ataviarse de desazón. En otras palabras: esperaba más, mucho más, de Renacida.

Más o menos podemos rastrear esta decepción desde el prólogo. David Rieff es el encargado de explicarnos la razón de la publicación de los diarios de su madre. Por momentos peca de solemne, de especulativo en cuanto a haber respetado o no su voluntad. En más de un tramo de su texto nos dice que fue decisión suya que estos escritos –que en total suman más de cien cuadernos- vean la luz.

Pues bien, estamos ante una Sontag en búsqueda de la experimentación sexual y la voracidad lectora, en especial. Son diarios de juventud, en donde percibimos una personalidad inmadura y curiosa. Además, es posible rastrear en ellos una apuesta moral por el “otro”, un compromiso llevado a la praxis, de querer hacer algo ante tanta injusticia e indiferencia, sin importarle si vaya sola o no en la empresa. Como también su recurrente cobijo en el arte y la literatura (los guiños a Thomas Mann, por ejemplo, son radiactivos). Sin embargo, Rieff hubiera ordenado mejor este legado. La coherencia estructural resulta flojísima, lo cual sorprende porque tuvo el tiempo suficiente de articular los textos, pudiendo pues deshacerse del ripio, del hueso… Son tan pero tan redundantes que el lector tiene que bregar más de la cuenta para dar con los contadísimos instantes de revelación que nos remite a la mejor Sontag.

Sabemos que vendrán dos entregas más, y definitivamente esta primera quedará en el olvido. Fácilmente pudo acoplarse con el próximo tomo de los diarios, lo que da pie a la sospecha razonable sobre el verdadero motor de su hechura: el factor comercial. Factor comercial que la misma Sontag hubiera desechado gracias a su conocida autoexigencia que prodigaba en su obra. Era demasiado estricta y perfeccionista que ni siquiera pasaba por alto las cartas institucionales que escribía al vuelo.

domingo, julio 08, 2012

miércoles, julio 04, 2012

domingo, julio 01, 2012

Lectura excluyente: 'Stoner' de John Williams




Valió la pena la espera. Llevaba poco más de ocho meses tratando de insertarme en las páginas de la novela Stoner (1965), de John Williams (1922 – 1994). Supe de ella gracias a unas elogiosas reseñas de Vila-Matas y Fresán. La apunté en mi radar y empecé a buscarla en librerías limeñas, pero nada. Se las pedí a amigos duchos en importación de libros, e igual nada. Cuando se la comenté a algunos escritores españoles, estos no hicieron otra cosa que reforzar mi curiosidad por leerla de una buena vez.
Por esas cosas del destino, estuve hace algunos días en Chile, en donde ofrecí una charla sobre literatura peruana actual en el Centro Cultural de España de Santiago. Días antes del viaje, me contacté con algunos libreros de la ciudad y Sergio Parra de Metales Pesados me dijo que podía separarme el último ejemplar que le quedaba.
Y así fue, llegué a esta referencial librería y la compré; luego Sergio y yo tuvimos una conversa interminable e intensa, sobre la poesía y la vida, en un café al lado de MP. Sobre este libro de Williams, también me había hablado muy bien mi amigo Antonio Díaz Oliva, con quien dicho sea, tuve un recorrido libresco de horas, de esas caminatas animadas por la insaciable voracidad lectora.
En mi última noche en la ciudad, abrí Stoner (Baile del Sol, tercera edición, 2012). Y para cuando arribaba la mañana del jueves, las primeras lágrimas caían por mis mejillas. Tuve ganas de emborracharme y fumar marihuana. Es que Stoner te deja así, al borde de las emociones. Tiene la capacidad de quebrar tu bravura de lector, te vuelve mierda y a la vez te vigoriza como ser humano. La prosa de Williams es dueña de un hechizo, me recordaba en más de un párrafo a la potencia catalizadora de Emily Dickinson. Cada frase no es más que una fiesta asentada en los detalles, en el día a día de un común profesor de literatura y filosofía llamado William Stoner.
De lejos, un argumento ordinario sobre un hombre que encontró en su juventud la pasión por la enseñanza de la literatura, pasión de arrebato que le obligó a dejar la carrera de Agricultura en La Universidad de Missouri, luego de una clase de un curso, de relleno del programa académico, sobre literatura inglesa en la que el profesor Sloane le formula una pregunta sobre la poesía de Shakespeare, traicionando de esta manera el deseo de sus padres. Y de cerca, la radiografía de un hombre idealista que lucha contra la banalidad y mediocridad por medio de un desmedido amor por el trabajo intelectual, signado por una generosa sapiencia que inculca en sus alumnos; aún así, Stoner no es libre del descuido de su vida personal.
Novelas como esta hay que aprehenderlas en lo que no se dice, en la magia existente entre líneas, en la especulación imaginativa, en las inquietas preguntas que nos generan las acciones de este superfluo protagonista. En estos aspectos descansa la sal de la prosa de Williams. Por momentos, el lector atento podría estar pensando en un silente vástago de Chejov y Dickinson, pero no, no es así. Williams es fruto de la más pura y dura tradición de la narrativa gringa, pero que a diferencia de sus nombres capitales, Stoner nos sitúa en un oscuro y extenso viaje interior del que no saldrás siendo el mismo, te enfrentas a los secretos y miserias de tu intimidad. No hay mucho que pensar: todos somos Stoner.
Cerré el libro. Y me hago la misma pregunta que los que han escrito de él. Resulta alarmante que haya pasado desapercibido durante muchas décadas. Y no tengo duda alguna sobre su rescate, llevado a cabo por lectores que editan, lectores que reseñan y lectores que saben leer. Stoner es una obra maestra que deberíamos leer y atesorar, es dueña un gran poder, del suficiente para cambiar y recrear determinadas vidas.