miércoles, noviembre 28, 2012


lunes, noviembre 26, 2012

El Maestro cumplió




Primero. Inicios de la década pasada. Hago memoria: leía poesía peruana y en general como una soberana bestia. Asistía al Taller de Poesía de Hildebrando Pérez y Marco Martos, en San Marcos. Ni cagando quería ser poeta, pero sí ordenar mis lecturas. En este sentido estoy muy agradecido con Pérez y Martos, porque ellos se encargaron de dinamitar mis prejuicios y ampliar mi panorama de lo que debe ser y tiene que ser la poesía. Paraba por la calles del centro y entraba, hasta de zampón, a todos los cineclubes que pudiera encontrar. Era un actor de reparto, extra de extras, en el mundillo literario. Los conocía a todos sin conocerlos. Y sobre todo recuerdo que el dinero jamás fue un problema para que leyera. No es que en esa época me apestara el dinero, ni hablar, pero la tenencia o carencia de chibilines no me significaba un alejamiento de los libros que quería devorar. En ese entonces leía por orgullo, es decir, no como ahora, en que no dudo en dejar, sea en la página que sea, si lo que recorro no me transmite algo, por más frívolo o soso que pueda ser. Tenía la malsana idea de que no había libro malo, que todo libro siempre tiene algo que prodigar. Y durante algunos meses, en una suerte de mala racha, la narrativa que caía a mis manos no estaba a la altura de mis expectativas.

Segundo (y quizá lo último). La mala racha cambió una tarde de domingo familiar. Estábamos mi hermano, mi mamá, mi abuelita y mi padre. Si no me equivoco, hablábamos de Fujimori, o mejor dicho, rajábamos del susodicho. Terminado el almuerzo fui a mi cuarto. Media hora después entra mi padre, bajo el volumen de la radio y me pregunta si tenía algún libro de Philip Roth que no fuera El lamento de Portnoy y Las vidas de Zuckerman. ¿Philip qué?, le pregunté.

Mi padre, y sé que no lo he dicho antes en este blog, es un muy buen lector. Y a él le debo el descubrimiento de algunos autores que con el tiempo han llegado a conformar mi canon narrativo. No es que sea un lector voraz de ficción, lo suyo siempre ha sido la historia y el ensayo, en especial con todo lo que tenga que ver, así sea a favor y en contra, con el judaísmo. Esa tarde me dijo que había conseguido, en las últimas semanas, y por el bendito centro de Lima, esos libros de Roth, además, estaba seguro que yo ya los había leído y que por eso me preguntaba si tenía otras cosas del autor. Me sentí entre la espada y la pared, se suponía que yo leía, porque el tiempo me lo permitía, más que él y se suponía que los terrenos literarios eran mi fuerte. La verdad que ni en pelea de perros había escuchado del norteamericano… Le dije que no, no papito, no he leído nada de Roth. No sabes lo que te estás perdiendo, dijo, ese señor es otra cosa, siguió. Vio los libros que estaban sobre mi escritorio, cogió uno y vio su portada. Estás perdiendo tu tiempo, espera un rato que ahora te presto El lamento de Portnoy, remató.

El ejemplar no era nuevo, tampoco de segunda, más bien era de octava mano. Había que agarrarlo con cuidado, al mínimo forcejeo corría el peligro de abrirse en una, el desprendimiento de su tapa era su primer destino inmediato. Empecé a leerlo a las siete u ocho de la noche, y lo terminé cerca de la una de la madrugada del lunes. Al levantarme, ocho horas más tarde, volví a leerlo. Y cuando salí a la calle, al centro, lo primero que hice fue buscar y apuntar los precios de todos los libros de Roth que encontrara.

Con los años empezaron a reeditarse sus libros, había más referencias a su obra, debido a que salía en sellos de mayor fuerza promocional y también en otras traducciones. Por ejemplo, Las vidas de Zuckerman se vendió como La contravida. De Roth siempre me ha atraído la solidez de su proyecto, cargado de ironía y sarcasmo, nada señorial, pero cuidándose de no caer en la mera parodia del mundo judío, repotenciando así su hálito crítico, su visión de lo que es la sociedad norteamericana de la mitad del siglo XX en adelante. Pienso en La mancha humana y Pastoral americana, esta última toda una cachetada a la doble moral gringa. Se me hace perdurable el ciclo Zuckerman, que arranca con esa maravilla llamada La visita al maestro, en donde rinde tributo a Bernard Malamud y Saul Bellow. Soy tan hincha de Roth que hasta ciertos títulos, digamos en buena onda, menores, como El profesor del deseo, me parecen aleccionadores, te escuelea, te dice cómo es que debes narrar y qué hacer en la administración de tópicos como el sexo y la identidad.

En el plano local, o sea en mi vida literaria de limonta, Roth me ha brindado más de una satisfacción en cuanto al afianzamiento de una vocación, y no necesariamente con escritores jóvenes, sino con los más cuajados, los mayores, como cuando escuché a Alonso Cueto hablar, desbordado de pasión, de la última entrega, 2008 si no me equivoco, de Roth, Sale el espectro; o en las tres horas sobre Roth, las cronometré porque en realidad fueron casi siete, dedicadas a la literatura y la vida, que pasé con Miguel Gutiérrez y su esposa Mendys en su casa de Lurín, en el 2006. Es que mirado de cerca, hay que leer a Roth. Y mirado de lejos y ver su cantidad de títulos, es como para construirle un altar, y no porque todos queden marcados por el aura de la excelencia, sino por su cualidad coherente, por su producción que ni siquiera pudo ser alterada, ni atrofiada, por el cáncer. Roth, pues, una máquina de narrar, que cumplió no solo con la tradición novelística de su país, sino también con esa estela proyectiva, de ánimo, coraje y ahínco, que todo aquel que escribe novelas debe tener, como mínimo.

No me causa pena ni asombro su jubilación de la novela. Si ya no quiere escribir más porque se encuentra cansado, a lo mejor desmotivado, es lo de menos. Como bien dijo, hizo todo lo que pudo con los recursos que tuvo a la mano. Roth decidió retirarse por la puerta grande. En su mejor momento y con una última gran novela. A lo mejor los viejos huevones de la academia sueca lo pasaron por alto para el Premio Nobel de Literatura, creyendo que el año siguiente sería su año, pero no, Roth no es de esos escribas que necesitan de este galardón para legitimarse, él ya está legitimado por esa hinchada de lectores que no deja de corear su nombre cuando aún falta media hora para el pitazo final.

domingo, noviembre 25, 2012


sábado, noviembre 24, 2012

Disparando balas

 
 

Desde hace algunos meses tengo acceso a los últimos números de la revista española Quimera. No es que vaya como loquito buscándola. Digamos que es una publicación importante y digamos también, aunque muchos lo saben pero callan por estrategia mediática, soberanamente argollera.
En realidad, lo que principalmente hago con Quimera es picar, me quedo con lo que me interesa. Y si no fuera porque me encontraba sin nada que leer, en uno de esos días en que tienes hacer trámites durante horas y que justo en ese bendito día te olvidas la novelita que estabas leyendo, no hubiera devorado las 84 páginas de la edición 347 (octubre del presente) de la revista, que a diferencia de las anteriores, no es para nada convencional, que en vez de apostar por rutas recorridas, como reportajes, reseñas, entrevistas y cuentos, nos presenta un documento, una conversa, entre cinco escritores españoles, cuyas edades fluctúan entre los 30 y 40 años, aparecidos a partir del 2000. O sea, esta Quimera está dedicada exclusivamente a Pilar Adón, Álvaro Colomer, Mario Cuenca Sandoval, Elvira Navarro y Alberto Olmos.
No es necesario explicarlo. Lo más probable es que casi a nadie, a excepción de la lectoría recurrente española, haya leído a estos autores. Pues bien, resulta interesante e inquietante leer la conversa ‘Los que pensáis en la posteridad estáis todos muertos’, dividida en “Lo que nos dicen qué tenemos que escribir”, “Lo que nos llega de fuera”, “Las cosas que se pueden escribir”, “Los muertos que critican”, “Lo que compran o roban los libros”, “Los que nos preocupamos por el prestigio”, “Los que hacemos el ridículo”, “Los que nos editan”, “Los que nos interrumpen” y “Los que hablan de géneros”. Este quinteto de plumas argumenta, polemiza, brinda esperanza y dispara harta bala; en sus palabras, sobre todo cuando hablan de sus poéticas, se nota la satisfacción, la frustración, la molestia y las ganas de seguir en el ruedo a pesar de todos los óbices que hoy en día presenta el mercado del libro español.
Algún despistado podría decir que lo que dicen no se ajusta a la realidad del circuito literario latinoamericano. No es lo mismo pasar los días en los camerinos del Barza que en los del Sport Boys. Sin embargo, no estamos tan alejados de la realidad que retratan, total, el oficio literario se suscribe únicamente al escrutinio de las palabras y lo demás es asunto accesorio. Sin embargo, ese “asunto accesorio” es lo que hoy en día le está ganando terreno a la hechura de una poética que solo tenga que responder por sí misma. En este sentido, estos escritores se visten de gladiadores y arremeten sin importar de quién estén hablando, por más poder e influencia que pueda tener el aludido. Y arremeten porque conocen lo que es el iniciático reconocimiento, lo que es ser reseñado en medios importantes, entrevistados a toda página y porque conocen los tejes y manejes que conspiran en pos del silenciamiento de un autor y su obra.
Mientras los leía, no me sentía tan solo. O sea, cuando hablo con mis contemporáneos suelo decirles que no se “preocupen” por la difusión de su obra, por un posible fichaje en una editorial grande, ya que el “momento” llegará, si es que lo que escriben vale la pena, y que el mundo de la literatura es una auténtica ruleta. Claro, no es que me pinte de consagrado ante ellos, ni mucho menos de guía espiritual. Ocurre que los años no pasan en vano, uno ya sabe del movimiento de la vida literaria, en mi caso: la peruana, tan carcomida de basura, en donde se nos intenta presentar como importante lo que no es. Tenemos autores que gozan de una prensa aplastante, pero que reciben el chicotazo del lector recurrente, no turista, que los premia con 25 puntas en sus presentaciones. Tenemos autores que antes de dedicarse a la “carrera literaria”, porque eso es lo que hacen, carrera, como si fuera una competencia de hienas, debieron preguntarse desde el principio de sus tiempos si lo que querían era ser famosos o sencillamente buenos escritores. Tenemos autores capaces de todo con tal de una reseña o entrevista, y cuando lo consiguen, bien que quedan callados ante la poca importancia que genera en el lector recurrente (siempre el lector recurrente) y, por qué no, en ciertas ocasiones el lector turista, la reseña y la entrevista, porque lo que se dice de sus libros y lo que estos dicen de los mismos, no se ajusta al duro juicio de quien se atrevió a abrir sus páginas. Tenemos autores que se orinan de miedo con el boca-oreja, que no es más que la verdadera encuesta que podría darse de un libro. Por eso tenemos tanto inflado, sobrevalorado. Tenemos autores que prefieren la fama de los medios al reconocimiento del lector.
Por supuesto, hay muchísimo más para interpretar de lo que declara este quinteto. No exagero: estamos ante un documento perdurable. Y antes de irme a almorzar, no puedo dejar de decir que esta edición de Quimera es la mejor desde que Jaime Rodríguez Z. es su director. Ahora sí la hizo. Vale.


jueves, noviembre 22, 2012



lunes, noviembre 19, 2012


viernes, noviembre 16, 2012

Ensayos/ Notas/ Prosas

 
 
 

En este blog he tratado con toda la objetividad posible la poética de Fernando Ampuero. En algunos casos fui soberanamente duro y, a diferencia de muchos letraheridos, varios supuestos amigos míos entre ellos, que a causa de una reseña negativa me han dejado de hablar, me han desterrado de las gloriosas parcelas del Facebok y, de yapa, me han privado del honor de leer los archivos finales de sus cuentarios, novelas y poemarios, él me ha demostrado que es todo un caballero. El tío no se pica. No viene con pataletas. Destaco esta actitud del otrora Playboy. Es de idiotas molestarse por una reseña negativa, y no por el bien de la propuesta literaria, sino por salud mental y emocional.
¿Cómo calificar Viaje de ida (Lápix Editores, 2012)? Pues siendo lo más justo posible, diré que es toda una delicia, una invitación a la pasión por la lectura y que nos pone de manifiesto a un Ampuero lector, gran lector por cierto, apasionado y frívolo, amigo y cómplice, y harto generoso, puesto que los textos, la mayoría de corte literario, que conforman la publicación, generan un hechizo que se agradece: buscar los títulos de los autores que escribe. Leerlos y releerlos es la idea…
Ampuero no será el primero ni el último al que le editan una compilación de sus artículos, ensayos y conferencias de literatura, y otros tópicos más. Llega un momento en que a los escritores se les ocurre armar un libro en donde meten este tipo de escritos, la mayoría publicados previamente en diarios y revistas. Quieren brindar cátedra a una audiencia ignorante e inculta, escuelearnos en los maravillosos senderos del oficio literario; por eso resultan tan aburridos, inanes, impotentes, pedantes, fríos, distantes... No hace falta conocerlos en persona para saber que tienen el alma chiquita. Viaje de ida hace alarde de la siguiente característica: asumir la experiencia de la lectura como una experiencia hormonal. Es que el acto de leer es igual a la experiencia sexual. Apunta: una necesidad natural. No se lee para saber más y porque si lo haces serás una mejor persona…
 Buena parte de estos textos andaban perdidos por ahí, con un poco de suerte los podíamos encontrar en Internet. Pero ahora ya no será necesario hacer arqueología virtual, mucho menos viajes a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional. Hasta hace algunos días juraba que el mejor Ampuero estaba en Gato encerrado, que no es poca cosa, pero ahora el mejor Ampuero yace y se mueve como pez en el agua en Viaje de ida. Y esta conclusión no esconde grandes secretos, en realidad no esconde ningún secreto, puesto que en la lectura de estos artículos, ensayos y prosas, sentimos que no estamos ante una "lectura", sino ante la exposición sencilla y risueña que nos hace un pata que con toda la buena onda nos habla, y sin pontificar, de lo difícil que es el oficio literario, que vale la pena zambullirnos en los centenares de páginas de una gran novela, más aún en un mundo marcado por estúpidas prisas que, sin darnos cuenta, nos animaliza cada vez más,  y que a la vida hay que saber sacarle la vuelta.
Chejov, Maupassant, Hemingway, Salinger, Ribeyro, Vargas Llosa, Bryce, Borges, Lennon, García Márquez, Cortázar, Cabrera Infante, Fellini, Capote, Ajmátova, Rimbaud, Flaubert, Cisneros, Fitzgerald, Camus, McCoy, Romain Gary, Lowry, Kafka, Petronio y muchos más, gracias a su voz nos son cercanos, iguales a nosotros en miserias y aspiraciones, y que en más de un tramo nos brinda una mágica sensación epifánica.

miércoles, noviembre 14, 2012

Novelita pichanga




Los grandes escritores siguen siendo grandes hasta en sus títulos menores. En los últimos años Denis Johnson se ha convertido en uno de mis escritores favoritos. Hijo de Jesús, Ángeles derrotados y Árbol de humo. Los releo, como quien empieza una tarea, cojo mi cuaderno Loro y anoto. No solo quedas hecho mierda con Johnson, también aprendes. Johnson enseña a mirar, a mirar de verdad.

Que nadie se mueva (Mondadori, Colección Roja y Negra, 2012) no es su mejor novela. Tranquilamente la podríamos calificar de menor; sin embargo, bajo otra firma estaríamos hablando de una obra cumbre, de una que rescata lo mejor de la tradición del policial negro, sucio, de la calle, de ese género que en la protohistoria era denostado por los celadores de la literatura y que hoy en día podemos percibir en absolutamente todo lo que se escribe, su maleabilidad resulta pues demasiado atractiva para más de un compulsivo de las distancias largas.

Esta novelita fue publicada por entregas en Playbloy, entonces, notamos también un tributo silente al siglo de la novela, el XIX, siglo de folletín, dicho sea, y no sé a cuento de qué, tan poco frecuentado hoy en día por los nuevos y no tan nuevos chupatintas. Es decir, Johnson sintió el vértigo, y lo transmite, de lo que es escribir bajo la presión del cierre, que patentiza en un vértigo calmado e intenso. ¿Cómo la hace?, se preguntará algún curioso… Aquí hay balas, sangre, sexo, golpe y tortura; y lo que podría parecer una suerte de administración de recursos efectistas, tan de la tradición de la literatura pulp, no traiciona la configuración moral de los personajes, como Jimmy Luntz, extraña mutación de hombre ingenuo pero de hálito lúdico cuando de dinero se trata, que exhibe la extraña cualidad de hacerse el tercio con sus acreedores, capo en prodigar una pensada táctica de lástima; Gambol, el matón de turno, el sujeto designado a cobrar la deuda, cuya experiencia no le sirve de mucho puesto que es herido de bala ni más ni menos que por Luntz, o sea, queda como un huevas, hecho (roche) que refuerza aún más su objetivo de perseguirlo a como de lugar, no solo para cobrar el dinero, sino también para matarlo a balazos. Esta persecución salvaje nos  lleva a recorrer carreteras, hotelitos de mala muerte, bares y uno que otro puticlub. Y no tenía que faltar, la mujer fatal, Anita Desilvera, la que involuntariamente despierta más de una manifestación hormonal en los que se cruzan con ella, que aparte de bella, Johnson la dota de una inteligencia espontánea, una actitud respondona y de un envidiable carácter. Con este trío, nos enfrentamos ante un discurso narrativo en constante fricción, en donde no hay lugar para los acuerdos u hostilidades pensadas. No hay espacio para la táctica. O eres o te matan. Claro, no es para menos, hay dos millones de verdes en juego.

Digamos que Nadie se mueva es una novelita pichanga. Parece, ojo: parece, fácil. Pero no. Esta es una de las cualidades de los maestros: proyectar facilidad de lo difícil. Por ello, hijo, si eres narrador y quieres aprender a narrar, de verdad, pues coge esta novela de Johnson de una buena vez.

domingo, noviembre 11, 2012


jueves, noviembre 08, 2012


miércoles, noviembre 07, 2012

Buensalvaje recargado





El segundo número de la revista Buensalvaje me deja más que satisfecho. Definitivamente, Dante Trujillo y su equipo decidieron repotenciar el contenido de esta nueva entrega.

Buensalvaje recargado…

Recorro las páginas y encuentro el excelente texto de Aldo Incio sobre Rubén Fonseca, el excelente narrador brasileño que sirve de motivo para la portada. Mientras lo leí recordaba las razones por las que no pude ver en Lima al autor de Agosto y El gran arte, siendo quizá uno de los episodios de mi vida literaria que más lamento. Para escribir sobre Fonseca hay que ser un apasionado e Incio, acorde con ello, da lo mejor de sí, rehuyendo del lugar común y la zalamería. Escribió sobre Fonseca porque conoce la obra de Fonseca y eso se nota. También ofrece lo suyo el ex narrador inédito más conocido del Perú, Francisco Ángeles, quien escribe de Alejandro Zambra, en especial de su última novela, Formas de volver a casa. Ángeles consigue transmitir lo que interesa: llamar a la librería de costumbre y pedir que nos reserven cualquiera de las tres novelas de Zambra.

La reseña de José Carlos Yrigoyen sobre Bioy de Diego Trelles ha generado más de una discusión. Y vale, porque es un aviso de apertura a la polémica por parte de la revista. No he leído la novela ganadora de Trelles. Por ello no puedo decir si estoy o no acuerdo con lo que dice, dejando de lado los momentos irónicos del texto, mi buen amigo JC. Pero de lo que sí estoy seguro es que todo libro que pretenda ser referencial, debe tener sí o sí reseñas favorables y lapidarias, y en lo personal, desconfío de las publicaciones que gozan de saludos unánimes, la historia de la literatura nos brinda más de un ejemplo del olvido al que estas suelen arribar. Y la estupenda colaboración con espíritu de entrañable semblanza de Fernando Ampuero sobre la reedición de La caza sutil de Julio Ramón Ribeyro nos acerca a ese lado que pocos conocen de nuestro mayor cuentista: su ribera ensayística, que nos demuestra su cualidad de gran lector compulsivo. Esta publicación, y hay que decirlo bien claro, es una cachetada a la apatía editorial peruana. Sorprende que un gran libro de ensayos, que pongo a la altura de El sol de Lima y De lo barroco en el Perú, haya pasado desapercibido durante décadas. Algunos babosos, en la más suprema de las ignorancias, hasta dudaban de su existencia. Vivimos, mal que bien, una crecida editorial, pero esta debe ir de la mano de directores que lean mucho y que no solo se dediquen a sacar cuentas y balances. Para suerte nuestra, el Ribeyro ensayista está con nosotros gracias a los buenos oficios de la gente de Ediciones Universidad Diego Portales, de Chile.

Paloma Reaño y Julio Závala nos brindan lo mejor de este Buensalvaje: la excelente entrevista al escritor argentino Patricio Pron, en donde se repasa su peculiar poética y que nos brinda mayores luces de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, su muy buena novela que terminé de leer hace algunos días y de la que pienso hacer un post más adelante. Igual atención merece el perfil de Fabián Casas de ese estupendo caníbal llamado Juan José Saer.

Hay mucho más que destacar, como las colaboraciones de Carlos M. Sotomayor, Katya Adaui, Bruno Polack, Octavio Vinces, Julio Meza Díaz… Sin embargo, este post debe terminar, no sin antes decir que estamos ante una revista necesaria, con estilo y que es todo lujo que circule en esta ciudad… Buensalvaje ya hizo su parte…

martes, noviembre 06, 2012

Estilo, velocidad




Conocía algunos relatos del célebre libro de cuentos Historia argentina de Rodrigo Fresán. A lo largo de los años he llegado a tener esta publicación en sus diferentes ediciones. Sabemos pues que se trata de un autor insoslayable de la narrativa contemporánea en castellano, y gran parte de esta referencialidad le debe a este título en cuestión, publicado en 1991 y que convirtió inmediatamente a Fresán en una suerte de estrella de rock.

Meses atrás mi buen amigo Óscar Pita me prestó la edición revisada y aumentada (2009) del libro, incluido en la colección Otra vuelta de tuerca de Anagrama. Recuerdo que le había pedido que me lo preste y él vino un día a la chamba y me lo dio, a lo mejor cansado de tanta insistencia. Cuando llegué a casa me puse a leerlo y no lo cerré hasta terminar su lectura, muy cerca de la medianoche. Me serví café y me puse a leerlo otra vez; de hecho, ahora que hago memoria, no sé cuántas veces lo habré releído.

He querido tener mi propio ejemplar y en todas las librerías a las que he llamado me dicen que está agotado. También le he propuesto a Óscar comprárselo, pero muy a su estilo me ha mandado a la mierda. Más bien, me toca devolvérselo y la verdad que no quiero hacerlo. Es que Historia argentina es una droga que sigue haciendo afecto cuando ya dejó de hacer efecto. Me gusta toda la obra de Fresán, pero este título me resulta excluyente.

Son dieciséis relatos, relatos disfrazados, cuyos tópicos, en manos de otras sensibilidades, habrían pasado como textos del más rancio costumbrismo y del más cantado realismo mimético, es decir: predecibles y atosigantes. Lo que hace el argentino es contar lo mismo, pero de otra manera, algo similar a lo que hacían Borges, Cortázar, Arlt y Marechal (con semejantes referentes, qué escritor no se vuelve un mutante de la escritura), pero desde una mirada invadida por el hibridismo pop, en donde es posible, si es que sabes, si no te pierdes, detectar influencias, en algunos casos caletas, del cine, la ciencia ficción, el rock, el dibujo animado, la política... Una poética con trampas y senderos, es lo que pienso sobre, precisamente, su poética. Y también llena de ironía, que la podemos notar desde el mismo título de la publicación, que no es más que una inteligente provocación, un cierra puertas total a la linealidad narrativa.

Conocemos su vértigo narrativo. No leemos. Volamos. Y pese a la dificultad de su cimiente temática, transmite, nos quedamos pensando en lo que nos cuenta, sin importarnos el laberinto estructural que emplea en sus relatos, pienso en “El aprendiz de brujo”, “La pasión de multitudes”, “El lado de afuera”, “La memoria de un pueblo”, “El protagonista de la novela que todavía no empecé a escribir”, “La Roca Argentina (12 grandes éxitos)” y “La vocación literaria”. En la mayoría de los textos es patente el componente biográfico, una tragedia no delatada por el lamento, demonios que transfiguran constantemente, o sea, “basura” excesivamente productiva.

En Letra Capital: Entrevista sobre 'Disidentes 2. Los nuevos narradores peruanos 2000 - 2010'




He terminado molido. La última edición de la Feria del Libro Ricardo Palma superó mis expectativas y me dejó muy satisfecho por los amigos y conocidos que se me acercaban no solo para comprar libros, sino, por lo que más me gusta: hablar de lecturas. No pensé que el oficio de librero fuera a gustarme tanto. Si alguien me pregunta por un título, y si lo tengo, se lo doy. Pero si me preguntan qué me parece tal publicación, y si se diera el caso que la haya leído, le digo la verdad. Soy librero, no vendo sebo de culebra.

Haber estado en esta feria me ha permitido corroborar que hay un público fiel (inmensa minoría) en búsqueda de buena literatura, sea en novelas, cuentarios, poemarios y ensayos. Pero también me ha deparado una realidad verdaderamente alarmante: el poco consumo de libros por parte de los escritores peruanos. Sé, sí, que puedo estar cayendo en un prejuicio, pero esto es lo que noté. Hay excepciones, claro, como Carlos Calderón Fajardo, Fernando Ampuero, Guillermo Niño de Guzmán, Víctor Coral, José Carlos Yrigoyen, Jerónimo Pimentel, Victoria Guerrero, Rubén Silva, que los ubico como adictos a la buena lectura, y muchos plumíferos más que en estos momentos se me escapan.

Un ejemplo al vuelo: un día en especial, recibí la visita de varios poetas y narradores, a distintas horas. Parecía que se hubieran puesto de acuerdo para ir al stand donde estaba. Me dijeron que había excelentes títulos pero que los mismos estaban muy caros, y en algunos casos era cierto. No voy a caer en la demagogia, por eso les recomendaba stands en donde pudieran encontrar excelentes libros a buen precio, cuyo único costo era el tiempo que debían invertir en buscar. Mi sorpresa vino en la noche de ese día. Me retiraba a mi casita y me dieron ganas de tomar una Cusqueña helada. Fui a un bar de la calle Berlín. En este bar encontré a esos mismos poetas y narradores gastando la friolera de 789 soles, según vi en la boleta, en alcohol. Entonces el problema no es el costo, sino en el valor que se le tiene al libro como tal. En fin, este tema de hecho lo voy a desarrollar más en un post.

Y por ahora, antes de irme a descansar, quiero agradecer a Carlos Sotomayor por la entrevista que me hizo para su blog Letra Capital, en donde conversamos sobre mi antología Disidentes 2. Los nuevos narradores peruanos 2000 – 2010. La pueden leer aquí.

sábado, noviembre 03, 2012


viernes, noviembre 02, 2012

Maldición eterna (a quien lea estas páginas)




La siguiente reseña salió publicada en el segundo número de la revista Buensalvaje. De esta publicación, haré un post en los próximos días. Hay más de un punto a comentar.

 




Perfiles. ¿En qué pensamos cuando pensamos en escritores malditos? Podemos echar manos a las anécdotas, a la tradición. Redescubrimos la definición que diera el poeta francés Paul Verlaine de sus compañeros de ruta y de él mismo en su libro sobre el asunto de 1884. Nos gusta pensar en el malditismo literario. Atrae, gusta, seduce. Sin embargo, en la literatura no tendría razón de ser –o solo sería cáscara, fatuidad, estolidez— si detrás de aquel no hubiera una obra a seguir, una propuesta que se haya abierto paso en los bosques del tiempo y el olvido.

Latinoamérica ha sido tierra nutricia en plumas signadas por sofocantes y constantes crisis existenciales. Tenemos muchos nombres que a la fecha nos siguen hablando por medio de lo que escribieron, sí, pero también por lo que vivieron, al punto de que la tragedia, en ciertos casos, opaca lo que lograron en su literatura.

Sabedora de ello, la reconocida cronista argentina Leila Guerriero nos presenta una selección de diecisiete perfiles de aquellos grandes autores latinoamericanos señalados por el hálito aciago; es decir: los rescata para el gran público, con el único objetivo de acercarnos a sus sensibilidades y tratar de entender por qué hicieron lo que hicieron y por qué les pasó lo que les pasó. Los malditos es, por donde se le mire, un trabajo monumental, de los llamados a quedar y que confirma, una vez más, el buen momento que atraviesa la literatura de no ficción en castellano.

Un perfil es una invitación a la especulación. Debido a su carácter plástico, es el puente que mejor une lo imaginado de lo supuestamente real. Es por eso que Guerriero, en lugar de invitar a cronistas de oficio (a excepción, casualmente, de los peruanos Marco Avilés y Daniel Titinger), convocó escritores y escritoras, la mayoría reconocidos en el imaginario narrativo latinoamericano, como Alan Pauls, Juan Gabriel Vásquez, Alejandra Costamagna, Rafael Lemus, Gabriela Alemán, Edmundo Paz Soldán, Alberto Fuguet, Rafael Gumucio… Esta compilación no solo es un gran muestrario de grandes plumas y malhadadas personalidades del siglo XX, sino también un paneo de las actuales voces latinoamericanas, de esas que marcan la hora y que gozan de proyección.

En estas páginas nos enteramos y corroboramos datos que andaban sueltos, que más de una vez condimentaban tertulias y charlas de bar y cafetín. Nos adentramos en la médula de la locura de Martín Adán, Rodrigo Lira, Jorge Baron Biza, Alejandra Pizarnick, Pablo Palacio, Porfirio Barba Jacob, César Moro, Jorge Cuesta… Poetas y narradores, raros y geniales, cuya poética ha germinado la fidelidad de los lectores a lo largo de decenios, elevándolos a la categoría de culto. Estos lectores hinchas, cófrades y exigentes, encontrarán aquí un acercamiento sin resolución, puesto que en el no entender, en la carencia de la explicación total de sus sensibilidades, es donde yace la fuerza espiritual de los mismos, acaso tan parecidos a nosotros, pero que se nos diferencian en el hecho de que ellos sí pusieron sus vidas en el asador, dejaron la piel al servicio de un fin no necesariamente feliz.


jueves, noviembre 01, 2012