miércoles, febrero 13, 2013

'E13'



Hace una semana estuve un toque donde mi amigo y hermano Abelardo. Conversamos, como siempre, de muchas cosas, y minutos antes de quitarme me regaló Estos 13 (Mosca Azul, 1973), la histórica, legendaria y polémica antología de poesía peruana de los setenta, de José Miguel Oviedo.

Al igual que muchos, he leído varias veces este libro, pero, en mi caso, siempre con un ejemplar prestado o fotocopiado. Así es que ahora con uno propio, bastante usado por cierto, lo volví a leer y lo disfruté aún más que la primera vez.

En la presente antología tenemos tres grandes secciones. En la primera, nos topamos con el polémico prólogo de Oviedo. En la segunda, con una selección de poemas de los trece vates convocados (Manuel Morales, Antonio Cilloniz, Jorge Najar, José Watanabe. Óscar Málaga, Elqui Burgos, Juan Ramírez Ruiz, Abelardo Sánchez León, Feliciano Mejia, Tulio Mora, José Rosas Ribeyro, José Cerna y Enrique Verástegui). Y en la tercera, “material periodístico (reportajes, críticas, comentarios, etc.), teórico (manifiestos y polémicas) y textos inéditos (declaraciones personales…).”

Como bien dicen los que saben, las antologías se leen y discuten por sus prólogos. Es muy importante hacer hincapié en este punto porque, así guste o no, los prólogos denotan el grado de compromiso del antólogo, en el prólogo pues yace el criterio de escogencia de sus autores. Entonces, no debería sorprendernos que los florilegios que no arriesgan nada, que solo ofrecen frescos descriptivos (casi siempre de una página, a lo mucho de página y media) merecen lo que obtienen: el ninguneo.

En este sentido, Oviedo se lanza con un estudio acucioso y poco concesivo. Nos brinda, más allá de las luces sobre las virtudes poéticas de los seleccionados, un testimonio de época signado por turbulentos discursos ideológicos, afán iconoclasta y espíritu contestatario, que bien recogieron los poetas que empezaban a aparecer. En especial los del Movimiento Hora Zero; Estación Reunida también. Sobre este grupo, Rosas Ribeyro, director de la homónima revista, dice lo siguiente: “Poetas de San Marcos que publicaron poco antes (1967 -1968) la revista Estación Reunida, a partir de la cual se inventó un grupo literario que nunca existió.”

Pues bien, gran parte del prólogo está dedicado a Hora Zero, en especial a sus líderes naturales Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel. Como se sabe, ambos poetas son los firmantes del manifiesto Palabras Urgentes, que remeció el ambiente literario de entonces, con el que desde el arranque mandaron literalmente a la mierda a los poetas de generaciones anteriores, salvándose César Vallejo de la hoguera de “improperios.”

Veamos lo que se dice de Martín Adán:

“Martín Adán, su tenaz hermetismo y su vuelta a las formas clásicas no tiene ninguna justificación histórica, ni tampoco se ajusta a estos tiempos ni a esta realidad la manera como trata los elementos con que aborda su poesía.”

Bueno, al menos para este blogger, Adán es lo más grande de la poesía peruana. Así va mi jerarquía (solo los cinco primeros): Adán, Eguren, Eielson, Westphalen y Vallejo.

Sigamos.

Mirko Lauer y Antonio Cisneros, importante nombres de la década del sesenta, tampoco se salvaron:

“Lauer y Cisneros perdidos en el círculo de la problemática burguesa, oscilando dentro de un intelectualismo helado y estéril. Y otros “jóvenes” dentro de pueriles rezagos románticos o los propósitos de atrapar la realidad a partir de una experiencia personal, dejando de lado la experiencia de clase que hoy pospone a ese remanido movimiento de hace muchos años.”

Se deduce pues que Pimentel y Ramírez Ruiz no tenían pelos en la lengua. Pero como bien dijo Roberto Bolaño: si dices lo que quieres, debes escuchar lo que no quieres. Es por ello que estos grandes poetas no fueron ajenos a las respuestas, como esta de Cisneros:

“Compañeros: Veo que el primero número de Hora Zero lo han empezado con el pie derecho –que la próxima lo escriban con la mano. Así mismo no puedo dejar de felicitarlos por una serie de descubrimientos, sobre el Perú (“país latinoamericano, subdesarrollado”), el mundo (“la sucia y poderosa mano del imperialismo norteamericano”)… Perlas que forman, desde ya, el Pequeño Larouse de Gran Lugar Común…”

Oviedo nos explica la intención de la poética de HZ: acercar la poesía al pueblo, volverla masiva, llevarla a la calle. El crítico no se muestra del todo entusiasmado con la propuesta, sin embargo, aquel parecer personal no le impide reconocer que esas “expresiones” sí debían tomarse en cuenta, ya que conformaban el tono de combate, lucha y entrega que se respiraba por doquier a inicios de los setenta.

De los horazerianos (Pimentel, RR, Mejía, Nájar, Morales, Cerna), Oviedo trata bien a Verástegui, cosa que es entendible porque para ese entonces este ya gozaba de la celebridad de En los extramuros del mundo; además, Verástegui era el menos fosforito del movimiento.

Las páginas dedicadas a Estación Reunida (Mora, Burgos, Rosas Ribeyro, Málaga) son pocas, al punto que sería descabellado pensar que se escribieron por mero cumplimiento. En otras palabras: la estrella del prólogo es HZ y a este van dirigidos los dardos disfrazados de objetividad crítica.

Aunque breve, pero certero, el crítico rescata a los insulares de la selección: Watanabe, Sánchez León y Cilloniz, más preocupados en buscar una voz propia a una colectiva (HZ). Aunque eso sí, todos los poetas se conocían, frecuentaban los mismos bares, recitales, prostíbulos; leían a los mismos autores; tenían pues inquietudes parecidas. Por ello, no es de extrañar que también se incluya, al menos como un simpatizante, a Watanabe en ER.

Ahora, el prólogo de a pocos abandona su “objetividad crítica” y comienza a travestirse en un abierto ajuste de cuentas, abriendo terreno y desplazando, como si la obsesión de Oviedo fuera únicamente HZ.

El crítico dice:

“Hora Zero liquida y remata la poesía peruana entre otras cosas porque “estaba circunscrita a ámbitos cerrados, olía a Biblioteca Nacional”, lo que no les impedirá organizar cinco recitales en ese mismísimo lugar en 1971; condena a “los jóvenes que llenan los cafés de Lima o inflan la burocracia”, pero ellos han llenado los primeros y han llegado a inflar a la segunda; exaltan a Lukács pero no conocen a Thomas Mann; Casi todos han publicado libremente textos en el Suplemento Dominical de “El Comercio” sin hacer mayores salvedades por esa aparente concesión. No, evidentemente los grupos poéticos no alcanzaron una definición transparente o a vertebrar un pensamiento más o menos claro sobre la función de la poesía y el sentido de ese ejercicio en un país como el Perú. Se han desgarrado las vestiduras, pero olvidaron por qué lo hacían.”

Sin embargo, hay un fragmento que, al menos a mí, me da la seguridad de que el antólogo no terminó ahogado en las olas de los sentimientos menores.

Aquí va:

“De lo que sí no queda duda es de que los mismos jóvenes que no sirvieron como conductores o teóricos –hablo de los que se comprometieron a serlo, han revelado ser buenos y hasta excelentes poetas, lo que al fin de cuentas, es lo más importante y lo que basta para apreciarlos.”

Cierto. Estoy totalmente de acuerdo.

A lo largo de los años siempre he escuchado que Oviedo no incluyó a Pimentel en E13 debido a irreconciliables diferencias personales. Eso ocurre cuando se repite como papagayo lo que otros dicen, cuando se da más bola a alcoholizadas versiones orales que a los verdaderos motivos de la no presencia del autor de Ave Soul, verdaderos motivos que se leen en el mismo prólogo. No es que el crítico no haya querido contar con el poeta. Pimentel se excluyó. Y Oviedo reconoce que sin su ayuda, porque le facilitó, entre varias cosas, el contacto con no pocos de sus seleccionados, sencillamente E13 no existiría.

(Dejo la selección de poemas para el final.)

En la sección “Documentos” encontramos un riquísimo muestrario de lo que fue este peculiar contexto poético. Tenemos el extenso cuestionario que el antólogo formula a los poetas; las declaraciones de Rosas Ribeyro, Verástegui, Cerna y Cilloniz; el intercambio de cartas entre Cisneros y Pimentel, a razón de un duelo poético –hoy en día muy comentado—llevado a cabo en el auditorio de la Biblioteca Nacional; el manifiesto PU. De este muestrario, resalto “De “v” a v”” , delicioso artículo del recordado José B. Adolph, publicado en La nueva crónica el 15 de abril –por cierto, cumpleaños del progenitor de este servidor-- de 1972, en el que disecciona algunas declaraciones de Verástegui, de las que se vale para detallarnos en qué consiste la verdadera rebelión en poesía.

Cito una fragmento:

“Al poeta –si es buen poeta- se le pueden perdonar los absurdos teóricos, pero no al teórico. Que prefiera a Eielson es su pleno derecho, pero siempre y cuando conozca lo que rechaza, y no sólo lo que prefiere. La honestidad es uno de los pilares de la sabiduría.”

¿Qué tuvo que decir Verástegui para que Adolph escribiera esto? Fácil: el niño genio había denostado de Vallejo sin haberlo leído. “Yo no lo he leído, porque en mi pueblo no habían libros de él. Cuando alcancé a los libros, ya no me interesaba.”

Todos los poetas que conforman E13 han envejecido. Pero no su poesía, en ella sigue vigente la frescura y la irreverencia, el voltaje verbal, el instinto animal, la mierdita que todo poeta de verdad jamás debe perder.

Por ello, de la sección Poemas, quedé principalmente embelesado con Sánchez León (gran poeta subvalorado, creo), Cerna, Morales, Ramírez Ruiz, Mora, Watanabe, Rosas Ribeyro y Verástegui.

Pues bien, E13 no es una antología que pretendió ser definitiva. Sin embargo, se presentaron factores que ayudaron a su perdurabilidad, factores que aparecen en determinados y privilegiados momentos históricos. El tiempo la ha legitimado, los lectores acuden a ella y sienten su toque mágico. Se preguntan qué fue de algunos autores, como el J. D. Salinger de la poesía peruana, José Cerna, autor de un maravilloso poemario titulado Ruda, del cual tuvimos una pulcrísima reedición hace un par de años, poemario que lamentablemente no tuvo la repercusión que merecía. Se vuelve a la génesis de poéticas que han afianzado más de una vocación…

Es por ello que una reedición de la publicación se hace necesaria, que sirva de escudo, y se convierta en referente, contra la mediocridad que socava a la poesía peruana desde hace algunos lustros, mediocridad que yace en una complacencia aberrante, en un ausencia de crítica que permite que cualquiera pueda llamarse poeta por el solo hecho de pagarse una edición, mediocridad que la vemos hasta en los mismos censores literarios, que se guardan sus verdaderos reparos bajo el temor de no generarse enemistades. Mediocridad que la vemos en las influencias de los nuevos vates peruanos, que miran, y encima con orgullo, a poetas menores de otras tradiciones, pasando por alto el reciente legado de nuestra tradición. Hoy en día, así joda, el nuevo poeta peruano, salvo excepciones, publica con el fin de que se le invite a un festival de poesía, con el fin de aparecer en Somos (no es exageración),  con el fin de gozar del reconocimiento inmediato…

Obviamente, sé que este anhelo de ver una reedición de esta perdurable antología –quizá la mejor de la segunda mitad del siglo XX— resulta imposible, puesto que el gran crítico jamás lo va a permitir, y no lo permitirá porque sigue preso de sus resentimientos. Uno piensa que los años cambian a las personas, que redefinen conceptos que en su tiempo creían inquebrantables; pero qué pensar, qué esperanza abrigar, cuando se constata en sus últimas antologías que continua refocilándose en sus taras, taras de las que es consciente y que risiblemente intenta justificar, como el bodrio La poesía en el siglo XX en Perú (Visor, 2009).

5 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Y no te embelesaron los poemas de Oscar Malaga?

11:50 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz Ortega dijo...

Claro que sí. Se me pasó. Ss. G

12:32 a.m.  
Blogger Martínez dijo...

Danos más datos de la antología del 2009 de Oviedo, un link de referencia por allí.

6:20 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Debo puntualizar respecto a "todos los poetas se conocían, frecuentaban los mismos bares, recitales, prostíbulos; leían a los mismos autores; tenían pues inquietudes parecidas", que nada de eso era aplicable a Antonio Cillóniz, calificado en el prólogo de ese mismo libro como poeta marginal por razones de su exilio.

5:33 a.m.  
Blogger Luis Carlos dijo...

¿Alguien se acuerda de Walter Curonisy?

11:28 a.m.  

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