sábado, mayo 25, 2013

El mejor "Buensalvaje"

 


En mis manos, desde hace algunos días, el último número, el quinto, de la revista peruana Buensalvaje.

Tengo la costumbre de leer las revistas partiendo de la última página. De atrás hacia adelante.

Pero hice una excepción y la abordé siguiendo su curso natural.

En portada: Alberto Fuguet, uno de los mejores narradores de su generación, de hoy mejor dicho. Aunque si a alguien no le venga bien lo de “mejor”, menos aún lo de “generación”, este alguien no podrá negar que a la fecha es uno de los que más transmite, el que va a quedar entre tanto inflado generacional que el día que mueran serán enterrados con todos sus libros.

Empiezo a leer el contenido y encuentro en “Habla, librero” a Daniel Aparco. De los cinco libreros que he visto desfilar por esta sección, Aparco y Fernando Wong pertenecen a una especie en extinción: la del librero que lee y que no solo se dedica a llenar facturas y boletas, o lo que es peor: buscar en Google Images la portada del libro que le pide el sufrido cliente de turno, tal y como suele verse en Crisol y Época. Pues bien, no me llama la atención lo que dice Aparco, pero verlo me lleva a recomendar su más que interesante novela, posiblemente buena, Trampa para jóvenes escritores.

Llego a la tercera página y a nada estoy de cerrar la revista.

Me invade el sueño, y eso que no soy nada dormilón, me cuesta dormir, a las justas llego a las cuatro horas de sueño ininterrumpido.

Mi aprecio por el oficio literario de José Donayre es insuficiente, me es imposible resistir esa invitación al bostezo, al sueño por aburrimiento, de su texto “El espacio es un mal momento”. Tampoco pido que sea divertido, menos aún que esté bien escrito, porque indefectiblemente lo está, sino lo que pido, quizá lo único que pido como lector, como ser humano, es que se me comunique algo, así esté o no de acuerdo con lo que lea.

Entonces vuelvo a la costumbre de siempre, costumbre que nunca más volveré a traicionar.

Voy a la última página y en el trayecto me desoriento. Y así la leo en integridad y disfruto, primeramente de los cuentazos de Juan Manuel Robles (“Marcas”) y Mariana Enríquez (“Arde”), de las reseñas de Jerónimo Pimentel, Paloma Reaño, Juan Francisco Ugarte, Carlos Cabanillas, Armando Bustamante y Alexis Iparraguirre. Pero en estas reseñas parto con cierta ventaja, porque a excepción del libro que aborda Pimentel, los demás los conozco y doy fe de su evidente vuelo literario. Van a la fija.

Ahora, hay algo que sorprende, pero a lo mejor esté equivocado. La novela que reseña Jorge Castillo, El traductor de Salvador Benesdra, que, dicho sea, vengo buscando desde hace un buen tiempo. Ingenuamente pensé que ya estaba en Lima, respiré aliviado, ya que cuando me interesa un libro y no lo leo caigo en una malsana ansiedad. Llamé a las librerías La casa verde, El Virrey, Ibero y Sur y en todas me dijeron que nunca han tenido la referida novela. Entonces, lo aconsejable sería que si se consigna un libro, este pueda estar a la mano del pueblo. Aunque claro, me faltó llamar a Época, a lo mejor allí la encontraba entre los libros de empresa o plan lector, o de hecho en Crisol, seguramente ubicada entre los títulos de autoayuda previa asesoría de Google Images.

Sigamos un toque más en las reseñas, puesto que a estas se las ha visto como el Talón de Aquiles de la revista.

Semanas atrás le escuché más o menos lo siguiente a Dante Trujillo: “Buensalvaje es una revista de difusión, no es una revista de crítica”. Totalmente de acuerdo. BS es una revista de difusión. BS es una revista para el lector de a pie, para el lector hedonista. Los chavetazos no van con BS. Todo bien hasta allí. Muchos de los libros que se reseñan, en especial los extranjeros, no tienen pierde, pero el problema, a mi parecer, está en el filtro de las publicaciones nacionales, que no necesariamente deben ser obras maestras, pero que al menos cumplan con un requisito: que sean muy buenas. De hecho hay publicaciones nacionales que lo son, solo hace falta buscar, hurgar y evitar así el abismal desbalance con los títulos de autores foráneos. De esta manera podría aplicarse un justificado rigor generoso y así nos evitamos reseñas que parecen textos volteados de contratapas, como la de Julio Meza sobre Los caminantes de Sonora, o reseñas que exhiben un innecesario esfuerzo de objetividad, tal el caso de Bruno Polack al momento de señalar los reparos a Los discutibles cuadernos de Carlos Quenaya o la excesiva valoración de Victoria Guerrero al poemario Sobre mi almohada una cabeza de Micaela Chirif. Dicho esto en buena onda, pero lo cierto es que no me creo tanto bombo para con estas tres publicaciones.

 De la reseña-semblanza-memoria de Gabriela Wiener al libro de Mariana de Althaus, Dramas de familia, no puedo decir nada porque aún no lo leo, pero según la narradora y cronista, el asunto pinta muy bien. Ojalá sea así.

“El estupor del ángel esquizofrénico” de Carlos Torres Rotondo es un gran tributo a la memoria y obra de un gran poeta peruano: Guillermo Chirinos Cúneo, el maldito de malditos. A la fecha, es harto difícil encontrar la plaqueta Idiota del apocalipsis, hallarla es una proeza. Algunos años atrás tuvimos un rescate de la misma, incluida en Los otros de Carlos Carnero, Gonzalo Portals y Rubén Quiroz, pero el tiraje fue muy limitado, destinado a los amigos. Ojalá esta nota de Buco, en la que se incluyen un par de poemas de la legendaria plaqueta, anime a uno de nuestros editores de poesía a realizar los esfuerzos necesarios para darlo a conocer como se debe.

Siguiendo en las parcelas de la poesía, imposible pasar por alto “Los otros, los mismos” de Maurizio Medo. Medo nos ofrece una cartografía del neobarraco en castellano de los últimos lustros. Empieza muy bien, hablando de los otros pero termina hablando de sí mismo, en testimonio patente de autocherry solapado. No obstante, me alegra que la obra y el proyecto de Medo empiece a abrirse paso fuera del país. No es novedad, ni falto a la verdad: cada vez que Medo publica un poemario o antología, se lee al Medo persona.

Presa del desorden, llego a una de las colaboraciones más esperadas: “La tradición y el precipicio” de Gustavo Faverón. Aquí el connotado crítico y buen narrador nos ofrece una relectura de Entre paréntesis de Roberto Bolaño. Sin embargo, mis ánimos no tardan en desmoronarse, el texto de Faverón no ofrece las luces, las nuevas luces que tenemos que esperar de él. No dice nada nuevo, y, sorprende, que se entregue a una lista de lugares de comunes sobre la ensayística y artículos del detective salvaje. Pero lo justo: hasta en textos tan telarañas como este, Faverón no se cansa de exhibir una estimable inteligencia.

Manuel Bonilla desarrolla una muy buena entrevista a la excelente cronista argentina Leila Guerriero. Aún no la leo como se debe, es decir, solo he picado artículos y crónicas sueltas, pero sé bien de su gran calidad de editora. Guerriero sabe escoger, sabe editar, sabe mirar, prueba de estos buenos oficios los tenemos en Los malditos y Temas lentos de Alan Pauls. Se trata de una maestra en todo el sentido de la palabra y algo muy dentro de mí me dice que también es una bellísima persona, que se siente una grande pero que a la vez no se la cree, demostrando una nada impostada sencillez. Esta es la impresión que me dejan sus respuestas que le brinda a Bonilla a razón, principalmente, de su libro de perfiles Plano Americano. Me queda claro que Guerriero es una escritora que basa su trabajo en lo que escribe y no en la imagen que proyecta. Aprendamos, pues.

Definitivamente, la traducción de Guillermo Niño de Guzmán del cuento “El disco rayado” de J. D. Salinger, es el punto más alto del presente número. Aparte de ser uno de nuestros más grandes cuentistas, Niño de Guzmán es también uno de los más grandes lectores que conozco, a lo mejor debido a ello es que lo admiro tanto. Un grande traducido por otro grande, porque aparte de la novedad que significa tener un cuento desconocido de Salinger circulando entre nosotros, la traducción es demasiado buena, no impera esa voz oculta del traductor que Octavio Paz pedía evitar. Para  Paz una buena traducción de ficción no era más que la nulidad total de la voz  de quien traduce. Basta leer las páginas de este cuento para cerrar la revista y darnos por bien servidos, y, claro, guardarla en los cajones dedicados a las publicaciones periódicas de colección. Pero no, aún hay más.

Cuando recibí los ejemplares de este Buensalvaje, me encontraba con un amigo en la librería. Este amigo es un joven crítico literario bastante analítico. Nos pusimos a revisarlo a la volada, pero fuimos incapaces de no emitir un prejuicio ni bien vimos la portada. Es decir, si comparamos las portadas de los números anteriores, en donde teníamos a todo color a Enrique Vila-Matas, Javier Marías y Rodrigo Fresán, lo ideal era que se siguiera con un autor de esa línea. Como señalé líneas arriba, no solo para mí Fuguet es uno de los mejores narradores latinoamericanos de hoy, pero no podemos negar que le conocemos más de “cien” entrevistas ofrecidas a medios peruanos. Entonces, tener a Fuguet en portada no era, bajo ningún sentido, una novedad.

“A Buensalvaje se le está acabando la gente”, dijo mi amigo el joven crítico literario bastante analítico.

Pues bien, de todas las entrevistas que conozco sobre este artista chileno, esta quizá sea en la que dispara y patea más, pero no ciegamente, cada una de sus balas y puntapiés tienen nombre y apellido, y argumento. En sus respuestas, Fuguet arremete contra la mediocridad creativa, contra el lustrabotismo, contra la dependencia foránea como único medio de realización artística, contra la hipócrita diplomacia tan cara en el gremio literario. Estamos ante un tipo que no le debe nada a nadie y si hoy es lo que es, lo es debido a su persistencia. Si hacemos un breve repaso a su obra, y obviando que desde sus inicios haya sido publicado por editoriales grandes, nos daremos cuenta de que las pasó putas, no la tuvo nada fácil. Pasaron muchos años (y muchos libros) para que se le aceptara como una de las principales voces latinoamericanas. Fuguet no cambió, siempre fuel el mismo, pero hoy en día es más maduro, atraviesa una etapa de gracia, etapa de gracia patente en las respuestas a las buenas y precisas preguntas de José Tsang. Aquí Fuguet motiva y eso es lo que hace que esta entrevista sea distinta y mil veces superior a las más de “cien” que se le han hecho en estos terruños.

De todos los BS, este quizá sea el más logrado. Claro, los que leen este blog podrían pensar que estoy cayendo en una recurrencia valorativa, no es la primera vez que digo que el último número de ocasión es el mejor. Pero este BS es especial, aquí se percibe la mano del director y su equipo de trabajo. Sin que se note, se lucieron como grandes. Así de simple.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Daniel Aparco es un excelente librero y escritor de polendas. Un verdadero apasionado de la literatura, con muchas historias por contar tras sus más de diez años en Europa. Un gol recordar a referentes como Daniel.

3:31 p.m.  

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