sábado, mayo 11, 2013

El último detective salvaje - Texto de presentación de "Contemplaciones" de José Rosas Ribeyro



Texto leído el jueves 9.

 


 

La primera vez que supe de José Rosas Ribeyro fue gracias a la polémica antología Estos trece de José Miguel Oviedo.

Bien recordamos que dicho florilegio tenía la cualidad de presentarnos, en su gran mayoría, a poetas de alta calidad y de cierta y encomiable madurez pese a su juventud. Pues bien, los poemas de JRR reflejaban pues una voz inquieta, risueña, desenfadada, y algo provocadora, muy inclinada a lo social. Indudablemente llamó mi atención y quise leerlo, pero por más intento que hice, no pude hacerlo hasta mucho tiempo después, en realidad muchísimo tiempo después.

Conseguí leer Curriculum Mortis, que me lo prestó un buen amigo, y Ciudad del infierno. Al respecto debo decir que Ciudad del infierno lo compré en un puesto de libros de la Avenida Aviación y 28 de Julio, en La Parada. Lo recuerdo muy bien porque me pasaron el dato que allí había alguien que vendía poesía peruana y que hacía poco le acababa de llegar muchos poemarios del setenta. Fui tras esos libros con olor a cebollas, alfalfas y apio. Sin embargo, lo que se suponía que era una pacífica incursión libresca, casi me cuesta la vida, porque justo en los minutos que compraba los libros, entre los que se encontraba este de JRR, se desató una batalla campal entre los cargadores que pugnaban por desmontar un camión de costales de papas. El puesto de libros, para mi buena suerte, quedaba ubicado a no más de cinco metros de la gesta callejera. Y no lo digo por posería, se los juro, pero mientras veía la sangre de los otros chorrear ante mis narices, de cuando en cuando picaba los versos de nuestro poeta.

La presencia ausente del poeta se hizo más fuerte en mí debido a su participación en Poesía en Rock. En más de una ocasión he conversado con los hacedores de la publicación, Yrigoyen y Torres Rotondo, sobre su rol casi protagónico, puesto que sin él, sin su testimonio, sin su visión de lo que fue la década del setenta en Latinoamérica, ese libro no exudaría ese tsunami vital que lo sostiene. Si Poesía en Rock fuera una película, José haría algo parecido a lo de Orson Welles en El tercer hombre.  Él pone pues la salsa, el picante y la joda, harta joda. Por ejemplo, quién no se ha carcajeado con su versión del encuentro entre Verástegui con Octavio Paz y del inmediato odio de Roberto Bolaño al autor de En los extramuros del mundo.

Tengamos presente lo siguiente: no estamos ante un poeta, menos ante un narrador. José Rosas Ribeyro es ante todo una máquina de escribir. Una máquina de escribir con harta sensibilidad, con demasiada calle, con un más que apreciable espíritu analítico, con un gran nivel de lecturas (me consta, él es un devorador insaciable de libros; de los muchos escritores que conozco, pocos como él sienten una pulsión sin concesiones para con la palabra impresa) y, muy en especial, con una gran sensibilidad. En lo que he leído, ya sea en ficción, como en su estupenda novela País sin nombre, a la que le auguro un gran futuro, siempre y cuando los ánimos encontrados se calmen y leamos el libro y no la persona; y en no ficción, ya sea en sus entregas para El Hablador y Lima Gris, ha demostrado oficio, y sin exagerar, nos ha escueleado en los sinuosos senderos del narrar. Y por sobre todas las cosas, nos ha enseñado a mirar. No se puede pretender escribir si es que no sabes mirar, parece ser su mensaje.

Pero mirar es también recordar. Mirarse a uno mismo. Y mirarse a uno mismo es lo que hace en este poemario, gracias a Paracaídas Editores, Contemplaciones (apuntes de un sobreviviente), en donde nos topamos con un Rosas Ribeyro en estado de gracia, pero un estado de gracia con sorpresas y trampas, puesto que detrás de esa voz apaciguada, voz premunida de nostalgia, llanto, alegría, refulgen el ruido y la furia. Es por eso que al leer el presente poemario, experimentamos una suerte de viaje canábico hacia una etapa de juventud que más de uno ha querido vivir. Como bien sabemos, tal y como queda escrito en la leyenda urbana: Rosas Ribeyro fue un infrarrealista, o sea, muchacho y muchacha, nuestro poeta fue un detective salvaje, de los verdaderos. Corrijo: Rosas Ribeyro es el último detective salvaje y no caigo en exageración alguna: por su sangre corre la historia aún no contada de los infrarrealistas, o sea, la historia de una etapa más que importante de la literatura latinoamericana contemporánea, lo que también nos debe llevar a preguntarnos por las razones ocultas e interesadas que impiden dar a conocer sobre los años de Bolaño en México, con mayor razón cuando lo mejor de su obra está ambientada en dicho país.

Si en sus anteriores entregas poéticas, percibíamos el salvaje voltaje lírico de su propuesta, ahora el poeta, a lo mejor bajo el amparo de las enseñanzas de la edad, y quizá apiadándose de nosotros, nos sigue ofreciendo ese mismo voltaje lírico, pero en dosis moderadas, adrede.

Seamos francos: la poesía de Rosas Ribeyro es peligrosa. Seduce. Corta. Lacera. Incomoda.

No me interesa saber cuánto ha vivido, me basta y sobra con su poesía, que tiene esa cualidad mágica de hacernos pensar y que nos arrastra. Ahora JRR no usa el registro social, es más íntimo, pero tratándose de él, esa intimidad es como un cuchillo afilado, y un cuchillo afilado siempre será peligroso en las manos de un eterno adolescente como él. O como bien me dijo un amigo mío, gran lector de poesía, hace unos días: “este libro solo lo pudo escribir un genuino pendejo”.

Veamos un detalle: RR fue horazeriano e infrarrealista.

Que no se diga más. Pero sigo, hay que seguir.

La poesía, señoras y señores, es para pendejos. La hacen los pendejos. La poesía es Libro. La poesía es Pensamiento. Pero la poesía es Vitalidad. En Contemplaciones hay amor, sexo (del bueno), creencia en las causas perdidas, un reencuentro con el más exigente y vergonzante yo.

(Lectura del poema XXV)

Bien lo decía Johannes Pfeiffer, más o menos así: “La poesía, cuando es falsa, se traiciona y hace ver su traición. La No-Poesía se percibe al instante”.

José Rosas Ribeyro nos presenta un discurso avalado por la Verdad (en mayúscula), avalada por el hálito moral contra los que creen y piensan que la poesía es solamente escribir bonito y ser efectista, pura estructura, o ser un entenado no aprovechado de Lezama, cuando lo cierto es que para escribir poesía, sea en el registro que sea, la vida ha tenido que sacarte la mierda, y también la vida, esta vida, ha tenido que reconciliarte con ella misma.

La publicación de Contemplaciones nos pone en bandeja un espíritu de época, espíritu de época guiado por el espíritu de Bolaño, Cuahtémoc Méndez y Mario Santiago. Por lo tanto, estamos ante un acontecimiento, no pensado pero sí milagroso, y por ser milagroso, porque lo genuino, lo que al final perdura, nos llega sin que lo pensemos, a lo mejor no para quedarse con nosotros inmediatamente –bien conocemos los mezquinos códigos de nuestros feudos poéticos--, sino después, cuando asimilemos lo que Rosas Ribeyro nos quiere transmitir: saber vivir, saber mirar y saber escuchar. Solo así podremos ser sobrevivientes.

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