El último detective salvaje - Texto de presentación de "Contemplaciones" de José Rosas Ribeyro
Texto leído el jueves
9.
…
La primera vez que supe
de José Rosas Ribeyro fue gracias a la polémica antología Estos trece de José Miguel Oviedo.
Bien recordamos que
dicho florilegio tenía la cualidad de presentarnos, en su gran mayoría, a
poetas de alta calidad y de cierta y encomiable madurez pese a su juventud. Pues
bien, los poemas de JRR reflejaban pues una voz inquieta, risueña, desenfadada,
y algo provocadora, muy inclinada a lo social. Indudablemente llamó mi atención
y quise leerlo, pero por más intento que hice, no pude hacerlo hasta mucho
tiempo después, en realidad muchísimo tiempo después.
Conseguí leer Curriculum Mortis, que me lo prestó un
buen amigo, y Ciudad del infierno. Al
respecto debo decir que Ciudad del
infierno lo compré en un puesto de libros de la Avenida Aviación y 28 de
Julio, en La Parada. Lo recuerdo muy bien porque me pasaron el dato que allí
había alguien que vendía poesía peruana y que hacía poco le acababa de llegar
muchos poemarios del setenta. Fui tras esos libros con olor a cebollas,
alfalfas y apio. Sin embargo, lo que se suponía que era una pacífica incursión
libresca, casi me cuesta la vida, porque justo en los minutos que compraba los
libros, entre los que se encontraba este de JRR, se desató una batalla campal
entre los cargadores que pugnaban por desmontar un camión de costales de papas.
El puesto de libros, para mi buena suerte, quedaba ubicado a no más de cinco
metros de la gesta callejera. Y no lo digo por posería, se los juro, pero
mientras veía la sangre de los otros chorrear ante mis narices, de cuando en
cuando picaba los versos de nuestro poeta.
La presencia ausente
del poeta se hizo más fuerte en mí debido a su participación en Poesía en Rock. En más de una ocasión he
conversado con los hacedores de la publicación, Yrigoyen y Torres Rotondo, sobre
su rol casi protagónico, puesto que sin él, sin su testimonio, sin su visión de
lo que fue la década del setenta en Latinoamérica, ese libro no exudaría ese
tsunami vital que lo sostiene. Si Poesía
en Rock fuera una película, José haría algo parecido a lo de Orson Welles
en El tercer hombre. Él pone pues la salsa, el picante y la joda,
harta joda. Por ejemplo, quién no se ha carcajeado con su versión del encuentro
entre Verástegui con Octavio Paz y del inmediato odio de Roberto Bolaño al
autor de En los extramuros del mundo.
Tengamos presente lo
siguiente: no estamos ante un poeta, menos ante un narrador. José Rosas Ribeyro
es ante todo una máquina de escribir. Una máquina de escribir con harta
sensibilidad, con demasiada calle, con un más que apreciable espíritu
analítico, con un gran nivel de lecturas (me consta, él es un devorador
insaciable de libros; de los muchos escritores que conozco, pocos como él
sienten una pulsión sin concesiones para con la palabra impresa) y, muy en
especial, con una gran sensibilidad. En lo que he leído, ya sea en ficción,
como en su estupenda novela País sin
nombre, a la que le auguro un gran futuro, siempre y cuando los ánimos
encontrados se calmen y leamos el libro y no la persona; y en no ficción, ya
sea en sus entregas para El Hablador
y Lima Gris, ha demostrado oficio, y
sin exagerar, nos ha escueleado en los sinuosos senderos del narrar. Y por
sobre todas las cosas, nos ha enseñado a mirar. No se puede pretender escribir
si es que no sabes mirar, parece ser su mensaje.
Pero mirar es también
recordar. Mirarse a uno mismo. Y mirarse a uno mismo es lo que hace en este
poemario, gracias a Paracaídas Editores, Contemplaciones (apuntes de un
sobreviviente), en donde nos topamos con un Rosas Ribeyro en estado de
gracia, pero un estado de gracia con sorpresas y trampas, puesto que detrás de
esa voz apaciguada, voz premunida de nostalgia, llanto, alegría, refulgen el
ruido y la furia. Es por eso que al leer el presente poemario, experimentamos
una suerte de viaje canábico hacia una etapa de juventud que más de uno ha
querido vivir. Como bien sabemos, tal y como queda escrito en la leyenda
urbana: Rosas Ribeyro fue un infrarrealista, o sea, muchacho y muchacha,
nuestro poeta fue un detective salvaje, de los verdaderos. Corrijo: Rosas
Ribeyro es el último detective salvaje y no caigo en exageración alguna: por su
sangre corre la historia aún no contada de los infrarrealistas, o sea, la
historia de una etapa más que importante de la literatura latinoamericana
contemporánea, lo que también nos debe llevar a preguntarnos por las razones
ocultas e interesadas que impiden dar a conocer sobre los años de Bolaño en
México, con mayor razón cuando lo mejor de su obra está ambientada en dicho
país.
Si en sus anteriores entregas
poéticas, percibíamos el salvaje voltaje lírico de su propuesta, ahora el poeta,
a lo mejor bajo el amparo de las enseñanzas de la edad, y quizá apiadándose de
nosotros, nos sigue ofreciendo ese mismo voltaje lírico, pero en dosis
moderadas, adrede.
Seamos francos: la
poesía de Rosas Ribeyro es peligrosa. Seduce. Corta. Lacera. Incomoda.
No me interesa saber
cuánto ha vivido, me basta y sobra con su poesía, que tiene esa cualidad mágica
de hacernos pensar y que nos arrastra. Ahora JRR no usa el registro social, es
más íntimo, pero tratándose de él, esa intimidad es como un cuchillo afilado, y
un cuchillo afilado siempre será peligroso en las manos de un eterno
adolescente como él. O como bien me dijo un amigo mío, gran lector de poesía,
hace unos días: “este libro solo lo pudo escribir un genuino pendejo”.
Veamos un detalle: RR
fue horazeriano e infrarrealista.
Que no se diga más.
Pero sigo, hay que seguir.
La poesía, señoras y
señores, es para pendejos. La hacen los pendejos. La poesía es Libro. La poesía
es Pensamiento. Pero la poesía es Vitalidad. En Contemplaciones hay amor, sexo (del bueno), creencia en las causas
perdidas, un reencuentro con el más exigente y vergonzante yo.
(Lectura del poema XXV)
Bien lo decía Johannes
Pfeiffer, más o menos así: “La poesía, cuando es falsa, se traiciona y hace ver
su traición. La No-Poesía se percibe al instante”.
José Rosas Ribeyro nos
presenta un discurso avalado por la Verdad (en mayúscula), avalada por el
hálito moral contra los que creen y piensan que la poesía es solamente escribir
bonito y ser efectista, pura estructura, o ser un entenado no aprovechado de
Lezama, cuando lo cierto es que para escribir poesía, sea en el registro que
sea, la vida ha tenido que sacarte la mierda, y también la vida, esta vida, ha
tenido que reconciliarte con ella misma.
La publicación de Contemplaciones nos pone en bandeja un
espíritu de época, espíritu de época guiado por el espíritu de Bolaño, Cuahtémoc
Méndez y Mario Santiago. Por lo tanto, estamos ante un acontecimiento, no
pensado pero sí milagroso, y por ser milagroso, porque lo genuino, lo que al
final perdura, nos llega sin que lo pensemos, a lo mejor no para quedarse con
nosotros inmediatamente –bien conocemos los mezquinos códigos de nuestros feudos
poéticos--, sino después, cuando asimilemos lo que Rosas Ribeyro nos quiere
transmitir: saber vivir, saber mirar y saber escuchar. Solo así podremos ser
sobrevivientes.


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