viernes, junio 07, 2013

El ojo, la lengua



No sé qué había pasado aquella perdida noche de octubre del 2001. Nunca he sido de tomar, no al punto de terminar toreando autos, tal y como he visto hacerlo a más de un poeta por Wilson. Pero esa noche caminaba borracho, aunque algo temprano, en realidad muy temprano: a las nueve. Recuerdo que comencé en el centro, a lo mejor en el Queirolo, la seguí en algún punto de Bolívar y la rematé en la Universitaria, en la vereda de la Católica, rumbo a La Marina.

La buena hierba, que seguía haciéndome efecto aún después de muchas horas de haberla fumado, era la que guiaba mis pasos. De pronto, me encontré en una feria de libro. Así es: una feria de libro.

Entré y varios stands ya estaban cerrados y algunos otros en vías de estarlo. Caminé, como quien busca disipar la pesadez mental. Llegué al stand El Aleph. De alguna u otra manera, y debido a la experiencia de haber encontrado buenas cosas allí en distintas ediciones feriales, me puse a revisar los lomos y portadas de libros. Luego de diez minutos de intenso y fugaz miramiento, me disponía a irme. Sin embargo, reparé en un lomo que había pasado por alto. En principio lo cogí creyendo que se trataba de un libro sobre The Rolling Stones, pero no, se trataba de una antología de las mejores crónicas de la mítica revista fundada por Jann Wenner.

Llegué a casa y la leí de un tirón Lo mejor de Rolling Stone (Ediciones B, 1995). Y qué bestia. Qué colaboradores. Qué buen ojo del chato Wenner para seleccionarlos y qué buena disposición para cuidarlos, porque los cuidada pagándoles bien. En estas páginas, más de quinientas, desfilan las plumas que renovaron, o que en todo caso inyectaron de nuevos aires, el periodismo, dinamitando la anquilosada ortodoxia discursiva, fundando, quizá sin proponérselo, en el ejercicio de la escritura lo que hoy todos conocemos como Nuevo Periodismo. Aquí está la historia de la crónica, algunos pilares de su tradición. Veamos: Hunter S. Thompson, Ken Kesey, Tom Wolfe, Joe Eszterhas, David Fricke, Michael Thomas, Chet Flippo, Anthony de Curtis, David Harris, Kurt Loder, Grel Marcus, Eric Ehrmann, Joe Klein, Robert Palmer, Mike Sager…

Pervive en mi memoria la crónica “En búsqueda de la pirámide secreta” de Kesey. Mientras la leía recordaba este aforismo del siempre genial Wallace Stevens: “La lengua es un ojo.” Y lo recordaba para alterarlo, no era para menos. En el caso del autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, el aforismo debía ser “El ojo es una lengua.” No hay que quemar cerebro al respecto, aún más que el escritor de ficción, el de no ficción tiene que escribir con el ojo, debe escribir mirando, radiografiando cada detalle, en él no está permitido la tentación del ripio. Y Kesey no se pierde en el ripio ni en la trivia posera, Kesey abre sendero, escribe e informa sin atosigar. También permanece en mi memoria “El rey de la chusma” de Joe Eszterhas. Ni en sus más entendibles aspiraciones como escritor, el futuro guionista de Flashdance creyó que su texto estaba destinado a dar cuenta de toda una generación que había hecho suya la innominada filosofía del discurso filosófico-marihuanero. En más de un tramo uno se pregunta qué es lo que está narrando, pero en esa aparente no lógica, bajo un tono muy risueño, vamos siendo testigos de una brutal disección de las emociones encontradas, confundidas y solapadamente aburridas de toda una generación. De la misma manera con el ya clásico “Enrollándome con MC5” de Ehrmann y los avances de lo que sería la obra maestra de Thompson, Miedo y asco en Las Vegas.

Me resulta imposible obviar uno de mis textos favoritos del volumen, de uno de los más balzacianos narradores de hoy en día, el inacabable Tom Wolfe, quien desde sus inicios dio muestra de que estaba destinado a ser un grande. Wolfe poseía una mirada especial y una curiosidad animal, tal y como lo leemos en Todo un hombre y La hoguera de las vanidades. En “Remordimiento postorbital” Wolfe dicta cátedra. Así de simple. Mediante un magistral contrapunto estilístico, por el que luce su mirada busquera, el autor pone de relieve un tema por demás anodino: la reunión anual de los vendedores de discos en USA. Venner encargó a Wolfe la hechura de esta crónica bajo la sospecha de que había infiltrados de la CIA, que veía como peligro social la crecida e influencia del rock en las púberes mentes de los chicos bien norteamericanos, en estas “asambleas” de vendedores de discos. El texto data de 1969, año, o años en los que la agencia operaba en constante paranoia ante un posible avance silente de un pensamiento y una actitud disidentes que, por cierto, recreó muy bien Philip Roth en Pastoral Americana.

A lo largo de los años he leído esta antología más de una vez y la habré picado en miles de ocasiones. Podría parecer un poco exagerado, pero en estas páginas yacen las semillas de lo que con los años se ha llamado el Nuevo Periodismo, término que a la fecha no sé qué cosa es. Se habla mucho y por demás sobre su carácter, al punto que más de uno, sin conocer su tradición, niega su aura literaria. En ese sentido, yo no me hago problemas. Por medio de la no ficción también se puede llegar al estremecimiento de la genuina literatura.

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