viernes, septiembre 06, 2013

Hijos desubicados


Era un día de inusitado sol. Escuchaba los dos primeros álbumes de Pink Floyd, picaba en la web una que otra entrevista en The Paris Review, cuando entra a la librería el narrador y editor E.
Como editor, E. es leído y serio en su trabajo. Puedo llamarlo editor.
Pues bien, noto tensión en el rostro del visitante. Ha venido a decirme algo y no se me ocurre qué es lo que pueda ser. Sin duda, me lo dirá, pero antes necesita desfogar tensión, un preámbulo, así que nos ponemos a hablar de cosas saludables, como la obra de uno de los mejores prosistas peruanos: Marco García Falcón. Hablamos de El cielo de Capri y París personal. Además, fue Marco quien presentó su primer libro de E. en la Villarreal, en el 2008.
*
Desde hace un tiempo E. quiere relanzar su editorial y la mejor manera de lograrlo es pues fortaleciendo su catálogo. Para este fin, y como buen villarrealino, qué mejor que reeditando los tres poemarios de uno de los poetas más contundentes de la década del setenta, villarealino también, integrante de un importante movimiento poético, político y cultural.
A este vate setentero se le conocía por su vida disoluta y carácter pendenciero, detalles que le valieron no pocos problemas con sus compañeros generacionales. Al final del camino, consiguió lo que buscaba: se convirtió en una leyenda. Hoy en día se habla mucho de él y no precisamente de su obra. Estamos ante un caso más en donde la imagen del escritor se impone a la poética personal, dejándola en un cuarto nivel, si es que somos generosos. Lo último que supimos del poeta fue que murió hace algunos años en un accidente de tránsito.
No es nada fácil conseguir los poemarios de este poeta, en especial su primer título. Al respecto, conozco a más de uno que se ha rendido luego de una tenaz búsqueda por cada uno de los huecos de libros de Lima. Es por ello que cuando supe del proyecto de E., no tuve sino genuinas palabras de ánimo. Si yo fuera editor, haría todos los intentos por reeditar la poesía completa de este poeta maldito, que sin duda lo fue.
Durante no pocos meses E. buscó la manera de contactarse con los herederos del poeta. Sin embargo, por más que lo intentó, no conseguía referencia alguna sobre algún familiar directo. No obstante, cierto día, en una reunión laboral, un compañero le dijo que conocía un pata que arreglaba computadoras y que este decía, cada vez que estaba borracho, que su papá había sido poeta. El joven editor no demoró en preguntar por el nombre de ese poeta.
*
Días después E. y el hijo del poeta, a quien llamaremos Ramiro, se reunieron en un café de La Plaza San Martín. Ramiro no tenía ni la más mínima idea de lo que E. quería hablarle, solo sabía, por el conocido en común, que él quería hacerle una propuesta. Ramiro pidió una chelita helada y un sanguchón de chorizo a cuenta del joven editor.
Ramiro se mostró jovial, hablaba por las puras. En medio del torrente verbal, E. le hacía unas cuantas preguntas camufladas de cultura general y se dio cuenta de que el hijo del poeta setentero no tenía el más mínimo interés en la literatura, en nada que no sean los tonos del fin de semana, y claro, las trampitas que pudiera conocer en ellos. Y sin traer el tema a colación, Ramiro comenzó a hablar muy mal de su padre, a quien siempre vio como un borrachín, “un imbécil que escribía cojudeces” y que cambiaba sus libros por trago adulterado.
Las cosas se le presentaron a E. mucho mejor de las que esperaba.
Cuando Ramiro pidió otro segundo sanguchón de chorizo, E. le preguntó por su padre el poeta setentero.
“Ese huevón escribía y escribía. Tengo cajas llenas de papeles”, decía Ramiro.
“La caja debe estar forrada, ¿no?”, preguntó E.
“No, están al fondo, en un cuartito donde guardo herramientas, una vez casi las boto. ¿Valen algo acaso?”
Estuvieron un rato en silencio. E. lanzó su propuesta a Ramiro.
Ramiro escuchaba la propuesta mientras quitaba de su boca, con la aguileña uña del dedo meñique de su mano derecha, fibras de chorizo incrustadas entre sus dientes.
E. le habló de la cantidad de ejemplares, del material a utilizar, del porcentaje que recibiría por las ventas y, por supuesto, del adelanto.
“¿Dónde firmo? ¿Cuándo me darás la plata?”, preguntó Ramiro.
E. respiraba aliviado. Sentía paz. No era para menos, los esfuerzos de más de un año estaban a nada de un final feliz. Quedaron en encontrarse al día siguiente, en el mismo café y a la misma hora.
Un fuerte apretón de manos selló el acuerdo.
*
En la noche, minutos antes de la madrugada, Ramiro llega cansado a su casa. Apestaba a roncito. Contra su costumbre de dedicarle dos horas y media diarias a Cholotube, el hijo del poeta setentero entró a Google y buscó el nombre de su papá. 
Vio los enlaces que aparecían, todos muy elogiosos sobre la poesía de su progenitor. Entre los enlaces, encontró un blog que llevaba el nombre de la capital de un departamento del norte del país. “Mierdaaaaaaa”. “Chuuuuucha”. “¿Este huevas es mi viejo? Era alguien importante”.
*
Cuando E. llegó al café, encontró sentado a Ramiro. Sobre la mesa una chela y un generosísimo pan con chicharrón. El rostro del joven editor reflejaba la misma paz del día anterior. Dentro de su mochila el contrato redactado y en un sobre manila el dinero del adelanto.
“¿Qué tal Ramiro?”, saludó E.
El rostro inexpresivo de Ramiro.
“E., yo sé lo que vale mi viejo. Mi viejo es igual o mejor que Vallejo, es más que Neruda, si estuviera vivo, le darían el Nobel de Poesía”
¿Nobel de Poesía?
“Ramiro, ¿qué pasa, hombre? ¿De qué estás hablando?”
“Sí. Yo sé lo que vale mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse.”
El mozo quedó desairado ante el ninguneo de E. que no ordenaba lo que iba a pedir.
“Ramiro, explícate. ¿Qué está pasando?”
Con la aguileña uña del dedo meñique de su mano derecha sirve sobre el chicharrón una buena porción de salsa criolla.
“E. tú sabes lo que vale mi padre. No pretendas sorprenderme. Quieres hacerte millonario con el trabajo y la honorabilidad de mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse.”
“¿Hacerme millonario con los libros de tu viejo?”
“Sí, quieres asegurar tu futuro con el trabajo de mi santo, honorable y amado padre.”
“¿Qué ha pasado, Ramiro? ¿No quieres firmar el contrato?”
“Si quieres publicar los libros de mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse, tendrás que pagarme 6 000 soles por cada uno.”
“Oye, Ramiro. Nadie, pero nadie va a pagar 18 mil soles por editar a tu viejo. Yo no tengo esa cantidad de dinero. Nadie la tiene. Estamos hablando de poesía, hermano. La poesía no vende, no le interesa a nadie. A las justas le interesa a un reducido círculo.”
“¿Me ves la cara de ignorante? He averiguado, he averiguado, en Internet hay un culo de notas sobre la maravillosa poesía de mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse.”
“Ramiro, estás mal hermano. Ninguna editorial, por más dinero que tenga, pagará esa cantidad por tu viejo. Escucha bien, ninguna editorial.”
E. se pone de pie, pero antes de retirarse del café, Ramiro le advierte:
“Diles a tus amigos editores, que mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse, no se vende por monedas. Si quieren editarlo, 18 mil soles sobre la mesa. He averiguado, he averiguado.”
*
Me puse de pie, busqué mi cajetilla y prendí un cigarro.
“¿G, estuvo bien lo que hice? Mira, yo quiero editar la poesía de ese tío. Lo admiro, pero no tengo esa cantidad de plata. ¿Estuvo bien lo que hice?”, dijo E.
Le respondí que no estuvo mal que se haya parado y largado del café. Pero no era lo que yo hubiera hecho. En primer lugar, lo mandaba a la mierda, y luego lo paraba de cabeza en el primer tacho de basura a mi alcance.
“G, ¿por qué la gente es así? Me siento frustrado.”
Me serví un taza a de café. Respiré hondo. La respuesta, para mí, es muy sencilla. La culpa, estimado, no es de Ramiro. Ese huevas es solo producto de una mala educación. No digo que un poeta/narrador tenga que ser alguien ejemplar, pero si este tiene hijos, por lo menos hay que inculcarles cierto amor por la lectura. Si él hubiese tenido una culturita básica, si fuera alguien que de cuando en cuando lee un libro, créeme que habría aceptado tu propuesta sin ningún reparo. Lamentablemente, Ramiro no es el único. Hay muchos Ramiros que por ignorancia impiden la reedición de las obras de muy buenos poetas y narradores.
Estamos jodidos, pues.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Poco creíble ese reiterativo “mi santo, honorable y amado padre” pronunciado por el huevoncillo. Me parece que deberías decirnos de qué poeta se trata si no es una invención tuya, en cuyo caso lo de la frasecita reiterativa sería a pulirse literariamente. Hay en el Callao un hijo del finado futbolista Barbadillo que es prácticamente un mendigo que vende caramelitos por los restaurantes y pensé en él al leer este post tuyo.

10:26 a.m.  

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