miércoles, octubre 02, 2013

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         Es cierto que tengo problemas para dormir. Además, duermo pocas horas. Me despierto sin ningún problema, despertarme en realidad nunca ha sido un problema. Mi problema es levantarme. Me cuesta demasiado levantarme de la cama. Ese ha sido, y es, uno de mis más grandes defectos. Leo mucho en las mañanas. Si por mí fuera, quedaría en cama leyendo todo el día durante todos los días del año.
          La mañana del domingo pasado, en lugar de coger un libro, cogí por casualidad la caja de una película en DVD. La noche anterior había estado ordenando mis películas y series en DVD. Fue una tarea titánica. No es fácil buscar un orden a más de 3000 títulos. Por un momento, barajé la idea de clasificarlos por géneros, pero deseché la idea ni bien me di cuenta de que el desorden perdería cierto toque mágico, un toque mágico que ocupaba los espacios en los que se suponía debía haber libros.
Como nunca antes me estoy llenando de libros (más, más y más). Había que ponerlos en los anaqueles ocupados por las películas. Hay torres de libros en el suelo pero antes los tengo que distribuir, y los distribuyo bajo un criterio sensorial: a un lado van los títulos que me gustan; en otro las obras maestras (que no necesariamente deben gustarme); los que considero que son buenos; los que sé que voy a releer; los que sé que algún día leeré; los que merecen la tolerancia de las 40 páginas (aplicadas a novelas contemporáneas); los que posiblemente termine regalando; los que sin duda jamás de los jamases hojearé (van a la sección Chauchilla, sección que regalaré al primer triciclero que vea).
La película, Deconstructing Harry
No sé cuántas veces la he visto, son muchas, y también son muchas las interpretaciones que se han hecho de ella, pero en mi sencilla opinión, pienso que este trabajo de Woody Allen es quizá uno de los mayores tributos que se hayan podido hacer sobre el acto creativo y narrativo. Una poética de la metaficción en clave de humor, e ironía. Haber vuelto a la película no hace sino airear la visión que se proyecta del proceso creativo como tal, triste, llorón, innecesariamente ególatra que, casi siempre, no deja absolutamente nada.

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