viernes, octubre 25, 2013

*


Llego a la librería.
Creo que voy a morir. En cada tos dejo la vida misma, posiblemente la fuerza sea tal en el siguiente estornudo, al punto que un pedazo de carne saldrá sin más de mi boca.
Estoy con gripe desde el domingo pasado, gracias a esos descuidos del ocio. Dormí destapado, porque lo que principalmente hago los domingos es dormir, hibernar. Pero el calor, que imaginé permanente durante todo el día, me jugó una muy mala pasada.
Las cosas ya están hechas. Solo debo cuidarme y tomar todos los cítricos que pueda, porque la gripe, según mi abuelita, se combate con cítricos. Y en esas estoy.
Acomodo algunos libros y avanzo con el inventario.
No hay nada más mecánico que llevar a cabo inventarios. Es en este momento que me olvido que trabajo en un lugar que me gusta. Deseo que pasen las horas e irme de una vez al Don Lucho para las chelas de los viernes.
Además, el día ha amanecido con un sol radiante.
Pongo algo de música, The Clash se impone.
Y me hago la idea de que las cosas van a estar mejor. Sí,  estarán mejor. Además, suelo ser muy exagerado, solo tengo que inventariar un par de cajas, pero me da flojera, en los últimos días he anhelado ser un Bartleby, me he portado como todo un pesimista de la vida.
Felizmente, el pesimismo por la vida termina de la única manera en que debía:
Pues recibo la visita de Camila.
Su rostro angelical en su atuendo punk no hace sino iluminar la calurosa grisura del centro.
Abrazo a Camila, no es para menos.
Ella es chilena. La conocí el año pasado cuando ofrecí una charla de narrativa peruana última en el Centro Cultural de España de Santiago. Esa vez hablamos quince minutos, el tiempo suficiente como para tener la certeza de que en ella sí se podía confiar. Por eso nuestra conversación en Santiago continúa ahora en Lima como si nos hubiéramos visto el día de ayer.
Camila se encuentra en la capital a razón de un par de congresos literarios. Ha participado en lo que ha tenido que participar y se ha dedicado a conocer la ciudad –antes de regresar a su barrio de Las Condes- de la mejor manera en que se debe conocer –en su caso por segunda vez- un lugar tan lleno de contrastes como este, o sea, caminando, con una botella de agua mineral en la mochila y con las ganas suficientes por encontrar algo nuevo, porque siempre hay algo nuevo que hallar en el centro de Lima.
Me despido de Camila en la Plaza San Martín.
Esta ciudad es tuya, le digo. Cualquier problema, le vuelvo a decir; te llamo, me dice. 
Hasta mañana.

2 Comentarios:

Blogger c. dijo...

Gabriel, no tienes derecho a quejarte, estás rodeados de libros. Hasta morir aplastado por ellos es una idea mil veces más interesante que el trabajo de escribiente que (muchos) he(mos) asumido (temporalmente).
Y siempre faltarán lugares, libros y lecturas en lima la gris. El cementerio PMM, amigo, se me escapó! El libro de MGutierrez debí traermelo, pero ya tengo una maleta de lecturas pendientes.

Gracias y será hasta mañana!

3:45 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz Ortega dijo...

hasta mañana, C.
cuidate
G

4:57 p.m.  

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