domingo, octubre 27, 2013

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Estuve toda la madrugada del domingo en una reunión, en donde comí, bebí y bailé a mi gusto.
Llegué cerca del mediodía a mi casa, pero sin ese cansancio de los excesos nocturnos de antes. Ahora sé cómo y en qué momento descansar inmediatamente después de la influencia de las risas y el trago.
Saludo a mi abuelita, a mi mamá, a mi papá y a una tía que nos visita. Cuento al vuelo los detalles de la fiesta, como para cumplir mi misión de sobrino no tan arisco y lejano de los familiares.
Hecho lo que tenía que hacer, me dirijo a mi cuarto.
Me sirvo café y me conecto a internet. Quiero ver el tráfico de mi último post y responder algunos correos, además, me han dateado de un interesante artículo sobre Michon que debo leer. Me acompañan Gringacho y Silvestre, mis gatos. Silvestre ya no es el pequeño gato indefenso que rescaté del parque ubicado en la parte de atrás de mi casa.
Sí, en apariencia será un domingo sin sobresaltos, en el que ahora podré dormir sin descuidarme. Pero no tengo mucho sueño, y pienso que sería una buena idea salir a caminar en un par de horas, y de paso, tratar de ver cómo van las cosas por la Feria del Libro Ricardo Palma.
Pero no, todo se va al trasto.
Murió Lou Reed. Hoy domingo, hace unas horas. Murió uno de mis ídolos musicales y poéticos. Para mí Lou era un poeta que hacía rock.
Imposible no remontarme a la primera vez que escuché un disco entero suyo. Sabía algo de su música debido a unos patas y amigas del ICPNA del centro histórico, allá por el primer lustro de los noventa.
Como tuvo que ser, lo escuché como se debía gracias al recordado Javier, “El pájaro”, un peculiar vendedor de discos de rock, un oceánico conocedor de rock setentero. Muchas veces me he preguntado si mi interés en el rock setentero se deba al “Pájaro”. Y no tengo problema en que sea así si en caso es así.
Javier era un maestro y me hizo escuchar a Lou como se debe. Escuché al hilo Transformer, Berlin y The Best of The Velvet Underground. Fue en una tarde de sábado de 1994, tarde de sábado de 1994 en que se inició mi consumo desmedido de todo lo que hasta ese entonces había hecho Lou.
Es que Lou no era un músico brillante. Era más bien cumplidor, pero ante todo era un letrista, un poeta que sabía mirar y que no dejaba de canibalizar su vida, tensando su experiencia vital hasta el límite. Por eso es que sus letras retumban, significan algo aunque no las entiendas en principio. Sus letras son poesía del más alto vuelo que guardan un hechizo mágico que atesoras en tu mente durante días y semanas, dependiendo de cuán dañados se encuentren tu mente y corazón, y por esa época mi mente y corazón no solo estaban muy dañados, también alterados.
La primera vez que una reseña mía apareció en un medio, fue gracias a un libro-objeto que compilaba todas las canciones de Lou, Atraviesa el fuego. Si no me equivoco, la reseña se escribió para el primer número de la revista Pelícano. 
No lo pienso mucho. Saldré a caminar este domingo. Pero no a los lugares que pensaba, sino que caminaré por esas veredas y calles en donde supe de él, en donde conocí su música.

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