lunes, septiembre 30, 2013



jueves, septiembre 26, 2013



miércoles, septiembre 25, 2013

Influencia


Me encuentro en la librería leyendo, fumando y tomando café, harto café. Leo Memorias de Albert Speer y escucho a bajo volumen el maravilloso Talking Book de Stevie Wonder. Parece una tarde tranquila, aunque me dicen que hubo un temblor, más o menos fuerte, el cual no sentí para nada. No transcurre mucho tiempo y recibo la visita de Artaud, que me entrega un poemario de quien, para él, es una de las mayores promesas de la nueva poesía peruana, Todavía ladran afuera (Tajo, 2013) de Omar Livano. Debido a su entusiasmo, leeré este poemario en las próximas horas y dejaré de lado a Speer.
Pese a que Artaud y yo hemos conversado detenidamente sobre poesía peruana contemporánea, nunca le he preguntado por los nuevos grupos poéticos que han aparecido, es decir, a qué obedecen, qué referentes siguen. Él pertenece a uno llamado Tajo. Pues bien, el día de ayer vinieron a buscarme dos integrantes del grupo Mutantres, uno de ellos El traductor, quienes me invitaron a participar de un lance, al que no accedí porque no era mi día de vuelo.
Por lo que me relata Artaud, Tajo y Mutantres mantienen una guerra declarada debido a diferencias estéticas (aunque ideológicamente tienen más de un punto en común) y una que otra vez se han agarrado a puñete limpio por allí. Sea por las redes sociales o por los volantes que llegan a mí, se deduce que son contestatarios, capaces de irrumpir en cuanto acto cultural consideren una ofensa al buen gusto. Ambas agrupaciones son también hacedoras de homónimas revistas literarias, en las que dan a conocer sus poemas y manifiestos. Sus campos de batalla son las universidades Villarreal y San Marcos, respectivamente. Es que estos malos muchachos no aguantan el maniqueo discurso oficialista de los celadores de la academia, ni a los profesores favorecidos por la inclinación partidaria, mucho menos a los que pretenden entronizarse.
Al respecto, el Departamento de Actividades de Mutantres ha tenido la mala/generosa idea de invitarme, para noviembre, a La Antisemana de la Literatura a realizarse en San Marcos, en donde ofreceré una charla sobre narrativa peruana última. Se suponía que también iba a participar en una actividad organizada por la oficialidad académica, una semana antes de la Antisemana, en la llamada La Semana de la Literatura. Al parecer, los organizadores se enteraron que andaba en conversaciones con El traductor y su equipo y desistieron de la invitación que me hicieron, cosa que me frustra porque sí tenías ganas de romperla con mi ponencia sobre Bolaño y el Post Boom.
¿Censura?
Ni hablar.
En fin, será para otra oportunidad, para cuando los enfrentamientos se calmen y se chupe y lance un poco más.
Sigo conversando con Artaud y me es imposible no preguntarle por la influencia directa para Tajo. Una pregunta parecida se la hice al Traductor la noche anterior. Aquí viene lo interesante: tanto Artaud y El Traductor fueron enfáticos sobre su influencia poética nacional. Por un momento pensé que se referirían al grupo ochentero Kloaka, pero no, Kloaka, más allá de un par de buenos poetas y algunos poemas que rozan la perdurabilidad, aún no cala como conjunto epifánico en las nuevas camadas de poetas peruanos. Y eso que cada día se escribe, ya sea desde la academia o fuera de ella, de la agrupación que lideró Santiváñez. Haciendo memoria, y diciéndolo en buena onda, en todos estos años nunca me he topado con agrupaciones de poetas que vean a Kloaka como un modelo a seguir. ¿Qué pasa? ¿Por qué los nuevos poetas peruanos siguen bebiendo de Hora Zero? ¿Por qué prefieren a los setenteros que a los ochenteros?
Podríamos ensayar más de una respuesta, perdernos en los vericuetos del contexto histórico y demás tópicos. En lo que a mí respecta, yo la tengo muy clara: Hora Zero sigue influenciando porque albergó a grandes poetas que publicaron grandes poemarios. Este detalle resulta capital. Poéticamente Kloaka sufre una goleada ante Hora Zero, algo así como un enfrentamiento entre el UTC y el Chelsea. Y de ello se da cuenta más de un nuevo novísimo, que en determinado momento de su vida busca reunirse, juntarse, proyectar una sensibilidad grupal, en una especie de previa al camino propio.

sábado, septiembre 21, 2013



viernes, septiembre 20, 2013

El demonio del sur


¿Buscas nuevos narradores peruanos? ¿No te gusta lo que vienes leyendo? ¿Sientes que has tirado al tacho tus 30 maracas después de leerlos? ¿Has pensado en ir a la librería a que te cambien ese ejemplar por un Debolsillo de Mondadori? No te preocupes, te entiendo perfectamente. Es hora de desenfocarnos de Lima y comenzar a mirar en serio lo que se viene escribiendo en otras ciudades. Por ejemplo, es tiempo de empezar a seguir y valorar la trayectoria del arequipeño Orlando Mazeyra, conocido también como El demonio del sur.
Pues bien, nuestro escritor no la ha tenido fácil y ha sabido superar las adversidades que deparan la mala recepción de una primera publicación, como su cuentario Urgente: necesito un retazo de felicidad (2007). En un circuito tan pródigo en el autoelogio y tan ducho en la administración de reseñas positivas, resulta determinante para un debutante salir lo mejor parado posible. La idea es que si no tienes prensa o saludos reseñísticos, mejor dedícate a otra cosa y consuélate con la idea de que el haber publicado un librito fue tan solo una bonita experiencia.
El demonio del sur tuvo la suficiente testosterona como para no dejarse amilanar y sorprendió en el 2009 con una segunda incursión en las distancias cortas, La prosperidad reclusa. En esta colección de cuentos nos topamos con autor distinto, más seguro y más definido en su propuesta, que lo situaba como un aplicado discípulo de las siempre complicadas leyes canónicas del cuento, aplicado discípulo que en conocimiento de causa supo sacarle la vuelta a esas leyes que más de un desubicado rehúye sin conocerlas bien.
Pero ahora estamos ante un auténtico salto de garrocha, pues encontramos a un Demonio del sur radical en su voz, voz que repotencia los tópicos de su título precedente. En este sentido, Mi familia y otras miserias (Tribal, 2013) es, y sin exagerar, un libro celebratorio en el universo de la camada de nuevos/no tan nuevos narradores peruanos. No te exaltes: he dicho celebratorio, no consagratorio.
Ahora, el volumen dista de ser una maravilla redonda debido a su excesiva cantidad de relatos, 32, en donde vemos la polaridad literaria en estado puro. Si queremos leer lo mejor y lo peor del Demonio del sur, esta es la oportunidad. Hizo falta pues un mayor poda, si el libro en cuestión exhibía solo 15 cuentos, seríamos testigos de un soberano carpetazo a cuentarios referentes de los últimos años, como Punto de fuga, Crisis respiratoria, París personal, Un hombre distinto, Guerra a la luz de las velas, El inventario de las naves, Manual para cazar plumíferos, Parque de Las Leyendas y Ayuda por teléfono. Aquí la ambición jugó en contra, pero es preferible fallar por ambición que por defecto.
Por otro lado, llamar cuentario a esta entrega podría resultar algo confuso. En más de una ocasión tuve la impresión de que estaba leyendo una novela, una sobre la cruda de lucha de un artista no tan adolescente que contra todo pretende ser escritor y en ese camino se enfrenta al primer y más temible de los enemigos: su familia. Esa lucha, la intención, por afianzar una vocación hace que del texto supuren la rabia y la furia que llegan a más que apreciables cimas en “Mi primera máquina de escribir”, “Expiaciones epistolares”, “Cartas cerradas”, “La llave de tu conciencia” y “La redacción”.
Bien podríamos cartografiar la publicación en los terruños de la metaliteratura, tendencia que lamentablemente, hace algunos años, arrojó buenos comienzos y promesas. En lo personal no tendría problemas en calificarlo como el libro metaliterario más duro y potente de la narrativa peruana última. No sé si el autor siga en esta vía, pero pienso que ya cumplió con dejar un testimonio de lo que debe ser escribir en este registro, un registro que no solo debe ser deudor de lo bien escrito, sino también del componente vital, que ahora es fuego que incomoda y jode al lector.
Al respecto, hace un tiempo vino a visitarme J., un conocido narrador con el que me quedé conversando cerca de tres horas. Y lamento que nuestra conversa no haya quedado grabada, porque hablamos sobre lo que ha sido, es y posiblemente será la narrativa peruana contemporánea. Obviamente, tocamos el asunto de lo metaliterario. ¿Qué pasó? ¿Por qué no despegó? ¿Fue culpa acaso de nuestros referentes nacionales?
J: Es que es un sinsentido entender la metaliteratura sin un componente vital determinante.
G: Por ejemplo, Bolaño, Fresán, Vila-Matas, Piglia…
J: Claro, todos ellos tienen esa mierdita existencial que alimenta el acto de escribir, de hacer literatura. Vida y literatura al mismo nivel.
G: Se pensó que escribir bien era literatura. En realidad, cualquier imbécil puede escribir bien.
J: Para escribir tienes que recorrer las calles, no sé, que te saquen la mierda. Tener demonios.
G: Literatura no es solo tensar el lenguaje.
J: Cuando escribes tienes que dejarlo todo. Si no, no vale ni mierda lo que estás haciendo.
G: La metaliteratura fracasó entre nosotros porque o bien no se tiraba o se tiraba muy poco.
J: Por supuesto, si quieres hacer literatura,  en especial eso que se llama metaliteratura, tienes que tirar como una bestia.

jueves, septiembre 19, 2013



El Cyborg


Voy camino a la librería. Hace un poco de frío. Llevo conmigo, al igual que todos los días, un termo con café. Es que sin café no funciono, soy absolutamente nada.
Al llegar al cruce de Quilca con Camaná, se me antoja un café en el Don Lucho. Podría ser en el Queirolo, claro, mas prefiero ocupar una mesa de cara a la calle.
Pido un café.
Abro el libro que estoy leyendo, uno de entrevistas a uno de los escritores que más estoy leyendo y releyendo últimamente. A lo mucho podría avanzar diez páginas, pienso, y en esas me pongo, mientras espero sin esperar el café.
Me sirven el café, caliente y humeante, y recuerdo la escena entre Steve Coogan y Alfred Molina en Coffee and Cigarettes de Jarmusch. Sigo leyendo y me gusta lo que leo, me gusta el discurso, pero me arrepiento de no haber apagado el cel. Algo me decía que lo hiciera y esto es lo que me ocurre cuando no le hago caso a esa voz, mi voz de alerta.
Contesto la llamada.
Es mi pata El Cyborg.
Me pregunta si ya abrí la librería. Le digo que todavía puesto que estoy tomando un café en el Don Lucho. La abriré en no más de veinte minutos, a las once. Percibo la voz del Cyborg algo pastosa, el tono contenido y a la vez anhelante. Quiere decirme algo pero no se atreve. Y pienso que lo mejor sería preguntarle de una vez qué es lo que desea. No hay vuelta atrás, su llamada quebró el ritmo de mi lectura y no quiero que se me enfríe el café. Pero El Cyborg, como si me leyera el pensamiento, se adelanta y me pregunta si le puedo hacer un descuento en la poesía completa de Sylvia Plath que vio ayer.
Le digo que no hay problema. El Cyborg me da las gracias con el aliento de los que se han salvado de un ahogamiento en el mar.
Se supone que tengo que seguir en lo que estaba haciendo: leyendo y tomando café. Pero no. Personas como El Cyborg me reconcilian con la vida, me hacen creer en que nada está perdido. La falta de oportunidades no es excusa para no educarte, no leer, para no formarte por tu cuenta. Este pata tiene el alma sensible del artista y lee todo lo que puede. Es poeta y conocedor de música electrónica. Prácticamente le dedica más del 80 % de su sueldo a la compra de libros y música, un sueldo que seguramente otros lo dilapidarían en cualquier cosa menos en poemarios, novelas y discos, más aún cuando ese sueldo proviene de caminar todos los días por Wilson y Petit Thouars, volanteando y promocionando un puto instituto de gastronomía.
Para que veas. Aprende, bestia.


miércoles, septiembre 18, 2013

Incongruencia


Converso con mi pata Parlanchín. Hablamos de todo y le comento sobre mi intención de hacer un post sobre el mundo librero local, pero Parlanchín me dice que no lo haga, puesto que me enfrentaría “innecesariamente” a toda una galaxia de mercachifles que odian la lectura. Pero eso es precisamente lo que detesto, la aberrante incongruencia de los que pueblan el mundo de la distribución y venta del libro. Uno no sabe qué pensar cuando te topas con esta gente, en especial con sus mandamases, cuyas primeras palabras los delata como zafios a quienes no les interesa leer. No debería sorprender, obvio, basta con ver a las cabezas de las librerías referenciales, a Carbajal, Ropón y demás fenicio inculto. Pero esto no es lo que me apena, Parlanchín, lo que me hunde es que cada vez hay menos vendedores de libros que leen. Y libreros como tales, hablamos pues de una especie en extinción. En el mundo tenemos más osos Panda que libreros, de esa certeza no me saca nadie. Recorres las librerías y vas con la idea de que tienes que atenderte solo, porque no soportas que los vendedores dependan de una computadora o de Google Images para recomendarte una buena publicación. Es que la consigna es vender y vender, negocio y negocio. La venta del libro se ha vuelto una actividad nefasta en cuanto a esencia, ha perdido mística. Veamos a los vendedores de verduras, caramelos, pescados, televisores, autos, et al, a quienes les interesa vender y hacer negocio, pero que a diferencia de los vendedores de libros, saben lo que venden, muestran aunque sea un mínimo interés en saber algo más del producto con el que se ganan la vida.
Parlanchín se queda absorto. Me pregunta:
“G, pero los escritores aquí en Lima tampoco leen, ¿por qué no leen?
Y mi respuesta es la más dura que puedo hacer en estos momentos. Una respuesta gráfica del actual estado de las cosas:
“Sin comentarios”.

martes, septiembre 17, 2013


lunes, septiembre 16, 2013

Elogio de la actuación


Mi pata, El Ninja, me pasó el dato de una película de Leos Carax. A Carax le tengo ley desde Pola X. Cuando le pregunté sobre la peli, me dijo que tenía que verla, puesto que si me la contaba, así sea a grandes rasgos, el dato perdería su gracia, su hechizo.
Aproveché la noche del último viernes y fui caminando a Polvos Azules. En el Pasaje 18 busqué a mi proveedor y le pedí Holy Motors (2012). Busqué algunas cosas más y regresé a casa. Para esa noche había planeado ver por ¿segunda/tercera/cuarta? vez un par de Hitchcock, algo que no resulta gratuito, puesto que mi recargado interés en el director inglés obedece a la relectura de El cine según Hitchcock de Truffaut, libro que sin duda recomiendo a todo aquel que pretenda adentrarse en los vericuetos del arte de narrar.
Alisto los cigarros, el termo con café, apago el cel, desconecto el teléfono y me cercioro de que Gringo y Silvestre, mis gatos, no vayan a molestar.
Después de hora y media (o quizá un poco más), me doy cuenta de que necesito fumar un poco de hierba. Holy Motors ha sido un despiadado martillazo en mi cabeza. Sin duda alguna, se trata del trabajo más sugerente que he visto de Carax. Y entendí pues al Ninja al no querer contarme de qué iba la peli. No es para menos, lo mejor es acercarse a esta posible obra maestra con la menor info posible, simplemente hay que dejarse llevar ante un discurso visual en evidente estado de gracia.
Denis Lavant como Óscar, un sujeto que lo único que realiza es mutar de personaje a medida que recorre París en una limusina blanca. El lugar, ya sea la calle, una avenida, un cementerio, una iglesia, determina el cambio de personalidad, personalidad que puede llegar a rozar los más altos niveles de ternura, como también apoderarse de un instinto salvaje, sexual y asesino. Óscar viaja por la ciudad sin esperar nada de ella, y es precisamente en esa no espera en donde lo no premeditado se yergue como un factor determinante, en el que confluyen las más insólitas situaciones oníricas y fantásticas. En este sentido, y más allá de las cimas estéticas de la fotografía, Holy Motors también podría ser interpretado como un (gran) tributo a la poética de la actuación como tal.

domingo, septiembre 15, 2013


*


Bajaba canciones al USB. Tengo una buena selección de temas que hacen mi vida un poco más llevadera. Hace un par de días me di cuenta de que en mi lista no tenía nada de los Talking Heads. Entonces, con la idea de bajar cosas de los TH, a lo sumo cinco temas que nunca debo dejar de escuchar, y aprovechando la tarde del sábado, involuntariamente fui bajando canciones de otras bandas y cantautores. Creí que la gracia duraría a lo sumo veinte minutos, pero ya iba por la hora y media. Además hacía mucho calor, un fastidioso calor que solo puede sentirse en Lima y en mi cajetilla sobrevivía el último Pall Mall rojo.
Por un momento barajé la idea de cerrar Selecta e ir un toque al Don Lucho, que abría sus puertas luego de un par de semanas de clausura por cuenta de la SUNAT. Un par de Cusqueñas heladas en horas en las que hay poca gente en el bar, en donde, como en todo bar, siempre cabe la posibilidad de que puedas encontrarte con alguien con quien conversar cosas al vuelo, resultaba pues la mejor de las opciones.
Decido cerrar la librería pero antes reviso mi correo electrónico. Tal y como sucede los fines de semana, mi bandeja luce un agradable vacío, de lo que veo solo ubico tres remitentes recurrentes. Contesto esos tres mails y los restantes los veré en los próximos días. Pero reviso algunos más, y entre ellos hay uno en que me preguntan en dónde se puede conseguir las novelas Llámame Brooklyn de Lago y Stoner de Williams.
Lo pienso bien antes de responder.
Tengo una respuesta para la segunda inquietud, puesto que esa obra maestra ya ha pasado por algunas librerías, pero no es para traumarse, ni caer presa de la ansiedad, porque se trata de un título ubicable, aunque yo lo tuve que comprar en Metales pesados de Santiago, el año pasado. Sin embargo, con Llámame Brooklyn siento que me rompen la médula espinal. Y pienso que fue un error haber escrito una vez más sobre esa novela, que por donde se la mire es notable, y su calidad no es precisamente lo que me rompe la médula, sino el contexto en que la leí. Entonces guardo en Borrador la respuesta. No puedo responder con la guardia baja, debo sentirme más eufórico, más irracional.
Cierro Selecta y me voy al Don Lucho. Más que una Cusqueña helada es lo que necesito para responder ese mail.

sábado, septiembre 14, 2013


viernes, septiembre 13, 2013

Mundo Ferré


Reseña publicada en Buensalvaje 7.

 

 Si te consideras un lector voraz, ecléctico, y no has leído todavía al escritor español Juan Francisco Ferré, pues algo no debe estar bien en ti. Ferré es un autor que ya tiene el reconocimiento literario oficial que merece, pero le falta conquistar esa pequeña gran minoría de la República Letrada. No es un escritor para lectores iniciados, sino para escritores y lectores cuajados. Estamos ante una poética que necesita un pequeño empujón para ingresar en el imaginario del lector, una poética que una vez dentro hará lo que quiera con uno.
Cuando terminé de leer su penúltima novela, la finalista del Premio Herralde de Novela 2009, Providence, supe que estaba ante un narrador distinto, que en apariencia podría ser uno de la escuela argumental, es decir, de los que te brindan una historia, mas lo que lo diferenciaba era el empleo de una gama de registros discursivos que hacían de su texto una especie de viaje psicodélico hacia lo más sórdido de la mente humana. Tiempo después leí su excelente novela La fiesta del asno y su profético ensayo Mímesis y simulacro. Ensayos sobre la realidad. Del Marqués de Sade a David Foster Wallace para confirmarlo.
Pues bien, su última novela Karnaval, con la que el autor se saca el clavo al ganar el Herralde 2012,  no hace otra cosa que convocarnos a una genuina fiesta de desconciertos y excesos. Tengamos en cuenta lo siguiente: Karnaval es una novela realista. Karnaval no es una novela realista. Karnaval es por sobre todas las cosas un artefacto literario que nos brinda la posibilidad de enfrentarnos a una realidad transformada, no exhibiendo los sucesos como fueron, ni cómo pudieron ser, sino desde una mirada lateral, cercenando la historia y a sus sujetos protagónicos en pos de la intensidad y nervio narrativos que ningún texto literario que se precie de tal debe carecer.
Lo que hace Ferrer es partir de un personaje real: el otrora todopoderoso del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, quien en 2011 fue arrestado en el aeropuerto John Kennedy, acusado de violar a una mucama africana en un lujoso hotel de Nueva York. Como bien sabemos, este suceso fue harto conocido en su momento y el hombre de la billetera fue la comidilla en los salones y cafés, y la prensa no dudó en sacar provecho de su vergüenza pública. En este sentido, Ferré no aborda a su personaje, llamado DK, bajo el aliento de la novela con voluntad de crónica, sino que lo parodia, lo vuelve sumamente plástico y frívolo. Nos encontramos con un socialdemócrata “ejemplar” convertido en carne de cañón para los ojos fisgones de los demás. Repudiamos su abusivo comportamiento sexual, pero queremos saber detalles, puntos específicos de su memoria que nos brinden las suficientes luces para saber por qué él es como es.
Ferré huye de la linealidad como si fuera la peste. En esta apuesta formal descansa lo mejor de su poética, que de la mano de la sensual densidad de su prosa, resulta en toda una bomba Molotov, en la que todos los implicados, hasta los involuntarios, quieren participar. Por medio de la multiplicidad de versiones la novela nos lleva al paroxismo, muy especial en el documental “El agujero y el gusano” que el autor inserta en la narración, en donde artistas e intelectuales de prestigio mundial, como Roth, Houellebecq, Chomsky y muchos más, nos hablan del dios K. Karnaval es subrepticiamente una novela política, una novela que denuncia sin denunciar, una novela actual e inspirada en el aliento novelero del XIX pero escrita bajo los recursos discursivos del XXI.

Texto aéreo

No sé si es hora de hablar de los nuevos actores del circuito literario limeño. Me refiero pues a los que han aparecido, con libro publicado, a partir del 2010. De lejos tendríamos la impresión de que estamos ante un panorama desolador. Por eso, para evitar dictámenes apurados, se hace menester buscar, aunque sea un poco. No es necesario leerlo todo, se corre el riesgo de que nos malogremos el gusto, sin embargo, tiene que haber alguien que emprenda esa tarea y ese alguien definitivamente no es este servidor. Tal y como estamos, es prácticamente una necesidad moral ir tras las voces que se confunden entre esa hojarasca de posería y falta de talento, voces que merecen una primera atención, sea por la fuerza o peculiaridad de su propuesta.
Basta revisar los programas culturales, echar una mirada a los recitales, presentaciones y lecturas como para detectar quién es quién y quién pretende ser sin que lo sea. De que hay poéticas importantes/interesantes, por supuesto que sí. Pero muchas veces estos autores no son del todo ubicados, es decir, no los vemos como actuantes de nuestro egotista circuito literario, los localizamos más que nada en la periferia. Me explico: no son parte de la fiesta del flash porque no se les tome en cuenta, sino por una decisión personal, lo cual hace aún más difícil la tarea de dar con sus publicaciones.
Hace un tiempo escribí brevemente sobre un poeta llamado Luis León, a quien conocí en circunstancias digamos dadaístas. Más allá de su opción de no querer aparecer ante los reflectores, su obra sí merecía una mayor atención y consideración que muchos que se dicen ser pero que no son. En esta línea, aunque sin el exceso vital e histriónico de León, tenemos a Christian Briceño, quien es quizá la voz de mayores recursos literarios de su generación. Haríamos bien en llamarlo escritor, lo suyo no solo es la poesía (el año pasado publicó Breve historia de la lírica inglesa), puesto que también ha incursionado en la narrativa, demostrando oficio en ambas parcelas.
Ahora Briceño nos entrega La trama invisible (Paracaídas Editores, 2013). Pues bien, el lector tiene en manos un texto aéreo, es decir, uno en el que no tendríamos que perder el tiempo clasificándolo en un género. Hasta podríamos calificarlo, como para salir del paso, de artefacto literario, en el que se dan cita la crónica, el ensayo, la poesía y la ficción narrativa, canalizados en un narrador protagonista que no hace otra cosa que recordar y reflexionar. Por otro lado, haríamos bien en ampliar nuestras miras y echar mano de una tradición poco desarrollada entre nosotros, salvo geniales excepciones, como la del diario de escritor, o dietario como prefieras. 
Aunque por momentos Briceño se muestre excesivamente cerebral, detalle que en más de un tramo resta intensidad y nervio a los capítulos, no debemos escatimar el sello de agua que consigue: una voz narrativa/poética de la que sin duda vamos a esperar mucho más.


jueves, septiembre 12, 2013

Esperamos mucho


Termino de releer Oblómov. Qué novela, carajo. Sin embargo, la vuelta a sus páginas ha llevado a que postergue algunas reseñas de publicaciones peruanas recientes.
Prendo un Pall Mall rojo, miro mi ejemplar de la novela de Goncharov. Pienso que no sería mala idea cerrar la librería e irme a mi casa a dormir y ponerme a ver películas y picar libros entre sueño y sueño. Sí, eso es lo que haré.
Alisto mis cosas, pero recibo la visita de El nazi del pantano.
El nazi del pantano es un no tan joven escritor peruano. Lo suyo es la narrativa fantástica y de ciencia ficción. Es bueno (hay que leerlo). Lo saludo, pero lo noto decaído. “Nazi, ¿qué pasa?”, le pregunto. El Nazi del pantano me mira, se acomoda los lentes. Respira hondo y queda en silencio durante algunos segundos. Segundos que son interminables y algo muy dentro de mí me dice que tengo que olvidarme de mi súbito día consagrado al ocio.
“G… Puta madre, amigo. Me siento hasta las huevas”, dice el visitante. Del USB salen cinco temas al hilo de Jamiroquai, precedidos por esa Just a Man de Faith no More. “Quiero irme de viaje, aunque sea algunos días fuera de Lima, con mi esposa y mi hija. Algo corto nomás, pero he gastado mi plata en huevadas. Nada de lo que compré en la FIL ha valido la pena”.
En mis contadas incursiones en la última FIL, me crucé varias veces con El nazi del pantano. Lo notaba animado y siempre cargando bolsas nutridas de libros. Conociendo sus gustos, pensé que en esas bolsas había joyitas, títulos con los que completaría su buena colección de narrativa fantástica y de ciencia ficción. “Oye, pero creí que compraste buenas cosas”, le dije mientras respondía una llamada.
El nazi del pantano es mi amigo. Pero luego de escuchar la cantidad de dinero que gastó exclusivamente en nuevas publicaciones peruanas, con la intención de ayudar a los nuevos sellos, y creyendo también que encontraría aunque sea cinco de valor que justifiquen la inversión, pensé seriamente en pedirle que se largue.
O sea, no es que en la última FIL haya habido maravillas, no, en realidad no hubo maravillas. Salvando algunos stands, más parecía una feria de ofertas de huesos. “Nazi, ¿por qué gastaste tanto en libros peruanos? Puta, Nazi, buscando bien podías encontrar interesantes. Hay que sumergirse, huaquear. Tú sabes, pues, ya no hay libreros que orienten, solo meros vendedores/mercachifles. Fíjate en el personal de Época y Crisol.
Los ojos del Nazi, desorbitados y algo acuosos. “Me dejé engañar. Decían que eran buenos libros, G”. 
“¿Decían, quiénes decían que eran buenos libros? Ojo, Nazi, no digo que lo que se publica en Perú sea una cagada, pero no podemos creernos toda esa sarta de estupideces que vemos en Face, ni hablar, hombre. Hay cosas interesantes y buenas, por supuesto. Es que estamos viendo a la literatura peruana última como si fuera la selección de fútbol, es decir, como algo que no es. Esperamos mucho de nada. Aquí el problema no son las mafias, menos los cambalaches feriales, ni la inoperancia de las páginas culturales y demás. Nazi, el problema de fondo es que no hay poemarios, cuentarios y novelas que podamos asumir como literatura. No incomodan, ni siquiera agradan. Ese es el punto de fondo. Ya sabes: no hay que quedar mal con nadie”.
El Nazi asiente. Permanece callado y me pregunta por la nueva novela de Marito. No puedo responder. Solo he leído el adelanto que apareció el domingo. Y lo que leí es bien pero bien tela, pero con el suficiente poder de llevarse de encuentro a todo lo que se ha publicado en estos lares en lo que va del año.


lunes, septiembre 09, 2013


domingo, septiembre 08, 2013


sábado, septiembre 07, 2013

Un triste día


Hoy sábado tuve que levantarme temprano. En realidad me levanté muy temprano. Teníamos que desinstalar el stand de nuestra librería en la Feria del Libro PUCP. Mientras más temprano lo hacíamos, mucho mejor. La experiencia nos dice que no tenemos que pasar lo de la primera vez: fuimos los últimos en abandonar la universidad, ya de noche, apurados por la seguridad de la universidad.
Me acomodé en el taxi, prendí un cigarro. Contra lo que podía pensar, las calles vacías, calles de domingo de un feriado largo. Los rostros de las personas que miraba, sí, sus rostros, exhibían la piel pajiza de los que han llorado toda la noche.
Llego a la universidad y me cruzo con alumnos y profesores, alumnos y profesores de rostros desconcertados. Ni una broma, ni un solo detalle que los haga sonreír. Peor aún entre los expositores de los stands y los cargadores.
Hacemos lo que tenemos que hacer y nos retiramos de la PUCP en menos de media hora. El trayecto al almacén no es ajeno a la impresión de hacía un rato en el taxi. Ahora hay más de gente en las calles, pero gente triste al fin, de rostro apagado, en el desánimo concluyente. No se puede estar peor, el desánimo es como el cielo gris de Lima.
Nuestro cielo es el más triste y patético del continente, pero la tristeza y el desánimo de hoy sábado es hija de la derrota de la selección peruana de fútbol ante la de Uruguay. No me interesa ser opinólogo de fútbol, no quiero leer/escuchar a los sociólogos del deporte (esos chamanes del lugar común). Yo no me hago problemas, esto es lo que pasó: Luis Suárez nos metió el dedo en dos oportunidades. Así de simple.
Es que nos ilusionamos tanto con tan poco. Basta ver, comparar, a la selección uruguaya, que no es la gran cosa, con la nuestra. Pero esta tara viene de más atrás. Nunca aceptamos que  teníamos un material humano que no trascendía la medianía, incapaz de afrontar el proceso eliminatorio con profesionalismo y responsabilidad (¿quién era ese panzón que corría por la franja izquierda como si fuera un loquito?). Pensamos que nuestra selección podía pelear la eliminatoria, pero no, nos resistíamos a creer que estábamos muertos, y desde muchísimo antes.

viernes, septiembre 06, 2013

Hijos desubicados


Era un día de inusitado sol. Escuchaba los dos primeros álbumes de Pink Floyd, picaba en la web una que otra entrevista en The Paris Review, cuando entra a la librería el narrador y editor E.
Como editor, E. es leído y serio en su trabajo. Puedo llamarlo editor.
Pues bien, noto tensión en el rostro del visitante. Ha venido a decirme algo y no se me ocurre qué es lo que pueda ser. Sin duda, me lo dirá, pero antes necesita desfogar tensión, un preámbulo, así que nos ponemos a hablar de cosas saludables, como la obra de uno de los mejores prosistas peruanos: Marco García Falcón. Hablamos de El cielo de Capri y París personal. Además, fue Marco quien presentó su primer libro de E. en la Villarreal, en el 2008.
*
Desde hace un tiempo E. quiere relanzar su editorial y la mejor manera de lograrlo es pues fortaleciendo su catálogo. Para este fin, y como buen villarrealino, qué mejor que reeditando los tres poemarios de uno de los poetas más contundentes de la década del setenta, villarealino también, integrante de un importante movimiento poético, político y cultural.
A este vate setentero se le conocía por su vida disoluta y carácter pendenciero, detalles que le valieron no pocos problemas con sus compañeros generacionales. Al final del camino, consiguió lo que buscaba: se convirtió en una leyenda. Hoy en día se habla mucho de él y no precisamente de su obra. Estamos ante un caso más en donde la imagen del escritor se impone a la poética personal, dejándola en un cuarto nivel, si es que somos generosos. Lo último que supimos del poeta fue que murió hace algunos años en un accidente de tránsito.
No es nada fácil conseguir los poemarios de este poeta, en especial su primer título. Al respecto, conozco a más de uno que se ha rendido luego de una tenaz búsqueda por cada uno de los huecos de libros de Lima. Es por ello que cuando supe del proyecto de E., no tuve sino genuinas palabras de ánimo. Si yo fuera editor, haría todos los intentos por reeditar la poesía completa de este poeta maldito, que sin duda lo fue.
Durante no pocos meses E. buscó la manera de contactarse con los herederos del poeta. Sin embargo, por más que lo intentó, no conseguía referencia alguna sobre algún familiar directo. No obstante, cierto día, en una reunión laboral, un compañero le dijo que conocía un pata que arreglaba computadoras y que este decía, cada vez que estaba borracho, que su papá había sido poeta. El joven editor no demoró en preguntar por el nombre de ese poeta.
*
Días después E. y el hijo del poeta, a quien llamaremos Ramiro, se reunieron en un café de La Plaza San Martín. Ramiro no tenía ni la más mínima idea de lo que E. quería hablarle, solo sabía, por el conocido en común, que él quería hacerle una propuesta. Ramiro pidió una chelita helada y un sanguchón de chorizo a cuenta del joven editor.
Ramiro se mostró jovial, hablaba por las puras. En medio del torrente verbal, E. le hacía unas cuantas preguntas camufladas de cultura general y se dio cuenta de que el hijo del poeta setentero no tenía el más mínimo interés en la literatura, en nada que no sean los tonos del fin de semana, y claro, las trampitas que pudiera conocer en ellos. Y sin traer el tema a colación, Ramiro comenzó a hablar muy mal de su padre, a quien siempre vio como un borrachín, “un imbécil que escribía cojudeces” y que cambiaba sus libros por trago adulterado.
Las cosas se le presentaron a E. mucho mejor de las que esperaba.
Cuando Ramiro pidió otro segundo sanguchón de chorizo, E. le preguntó por su padre el poeta setentero.
“Ese huevón escribía y escribía. Tengo cajas llenas de papeles”, decía Ramiro.
“La caja debe estar forrada, ¿no?”, preguntó E.
“No, están al fondo, en un cuartito donde guardo herramientas, una vez casi las boto. ¿Valen algo acaso?”
Estuvieron un rato en silencio. E. lanzó su propuesta a Ramiro.
Ramiro escuchaba la propuesta mientras quitaba de su boca, con la aguileña uña del dedo meñique de su mano derecha, fibras de chorizo incrustadas entre sus dientes.
E. le habló de la cantidad de ejemplares, del material a utilizar, del porcentaje que recibiría por las ventas y, por supuesto, del adelanto.
“¿Dónde firmo? ¿Cuándo me darás la plata?”, preguntó Ramiro.
E. respiraba aliviado. Sentía paz. No era para menos, los esfuerzos de más de un año estaban a nada de un final feliz. Quedaron en encontrarse al día siguiente, en el mismo café y a la misma hora.
Un fuerte apretón de manos selló el acuerdo.
*
En la noche, minutos antes de la madrugada, Ramiro llega cansado a su casa. Apestaba a roncito. Contra su costumbre de dedicarle dos horas y media diarias a Cholotube, el hijo del poeta setentero entró a Google y buscó el nombre de su papá. 
Vio los enlaces que aparecían, todos muy elogiosos sobre la poesía de su progenitor. Entre los enlaces, encontró un blog que llevaba el nombre de la capital de un departamento del norte del país. “Mierdaaaaaaa”. “Chuuuuucha”. “¿Este huevas es mi viejo? Era alguien importante”.
*
Cuando E. llegó al café, encontró sentado a Ramiro. Sobre la mesa una chela y un generosísimo pan con chicharrón. El rostro del joven editor reflejaba la misma paz del día anterior. Dentro de su mochila el contrato redactado y en un sobre manila el dinero del adelanto.
“¿Qué tal Ramiro?”, saludó E.
El rostro inexpresivo de Ramiro.
“E., yo sé lo que vale mi viejo. Mi viejo es igual o mejor que Vallejo, es más que Neruda, si estuviera vivo, le darían el Nobel de Poesía”
¿Nobel de Poesía?
“Ramiro, ¿qué pasa, hombre? ¿De qué estás hablando?”
“Sí. Yo sé lo que vale mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse.”
El mozo quedó desairado ante el ninguneo de E. que no ordenaba lo que iba a pedir.
“Ramiro, explícate. ¿Qué está pasando?”
Con la aguileña uña del dedo meñique de su mano derecha sirve sobre el chicharrón una buena porción de salsa criolla.
“E. tú sabes lo que vale mi padre. No pretendas sorprenderme. Quieres hacerte millonario con el trabajo y la honorabilidad de mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse.”
“¿Hacerme millonario con los libros de tu viejo?”
“Sí, quieres asegurar tu futuro con el trabajo de mi santo, honorable y amado padre.”
“¿Qué ha pasado, Ramiro? ¿No quieres firmar el contrato?”
“Si quieres publicar los libros de mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse, tendrás que pagarme 6 000 soles por cada uno.”
“Oye, Ramiro. Nadie, pero nadie va a pagar 18 mil soles por editar a tu viejo. Yo no tengo esa cantidad de dinero. Nadie la tiene. Estamos hablando de poesía, hermano. La poesía no vende, no le interesa a nadie. A las justas le interesa a un reducido círculo.”
“¿Me ves la cara de ignorante? He averiguado, he averiguado, en Internet hay un culo de notas sobre la maravillosa poesía de mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse.”
“Ramiro, estás mal hermano. Ninguna editorial, por más dinero que tenga, pagará esa cantidad por tu viejo. Escucha bien, ninguna editorial.”
E. se pone de pie, pero antes de retirarse del café, Ramiro le advierte:
“Diles a tus amigos editores, que mi santo, honorable y amado padre, que en paz descanse, no se vende por monedas. Si quieren editarlo, 18 mil soles sobre la mesa. He averiguado, he averiguado.”
*
Me puse de pie, busqué mi cajetilla y prendí un cigarro.
“¿G, estuvo bien lo que hice? Mira, yo quiero editar la poesía de ese tío. Lo admiro, pero no tengo esa cantidad de plata. ¿Estuvo bien lo que hice?”, dijo E.
Le respondí que no estuvo mal que se haya parado y largado del café. Pero no era lo que yo hubiera hecho. En primer lugar, lo mandaba a la mierda, y luego lo paraba de cabeza en el primer tacho de basura a mi alcance.
“G, ¿por qué la gente es así? Me siento frustrado.”
Me serví un taza a de café. Respiré hondo. La respuesta, para mí, es muy sencilla. La culpa, estimado, no es de Ramiro. Ese huevas es solo producto de una mala educación. No digo que un poeta/narrador tenga que ser alguien ejemplar, pero si este tiene hijos, por lo menos hay que inculcarles cierto amor por la lectura. Si él hubiese tenido una culturita básica, si fuera alguien que de cuando en cuando lee un libro, créeme que habría aceptado tu propuesta sin ningún reparo. Lamentablemente, Ramiro no es el único. Hay muchos Ramiros que por ignorancia impiden la reedición de las obras de muy buenos poetas y narradores.
Estamos jodidos, pues.