jueves, octubre 31, 2013



No Poetas


¿Qué es lo que buscas en poesía?, me preguntaron hace algunos días.
La pregunta parecía sencilla, en realidad era una pregunta muy (demasiado) sencilla. Su supone que tenía la respuesta adecuada, una que no incomodara y que a la vez fungiera de catalizadora a quien la escuchara. De un tiempo a esta parte, no tengo la misma respuesta para todos, siempre y cuando hablemos de libros, rock y cine. Hay que saber administrar lo mucho o poco que sepas, porque sin que te des cuenta, corres el riesgo de ser visto como un pedante y no hay nada peor que hablar con un pedante.
Entonces respondo.
Mi respuesta, que pensaría en detalle en mi casa horas después, es la misma para los que saben mucho y para los que no. Cuando le di mi respuesta a la joven lectora apegada a la poesía, no tenía en mente el discurso de los sabelotodo que no hacen otra cosa que espantar a los potenciales interesados. En mi mente solo había lugar para la verdad emocional, aspecto que siempre busco en  poemas y poemarios, sin importar si son logrados o no.
Es que no debemos hablar de buena o mala poesía, sino de poesía como tal.
Ahora, lo peor que puede escuchar alguien que escribe poesía es que le digan que no es poeta. No ser poeta es pisar fondo, un fondo en el que no hay vías de escape.
Pienso en los No Poetas.
Pienso en los poemarios de los No Poetas, algunos de ellos muy bien reseñados por la crítica. Muchísimos No Poetas son convocados a cuanto evento se realice no necesariamente en nuestras hermosas tierras. Los No Poetas son nuestra Marca Perú.
Pienso en el daño que le hacen los No Poetas a la poesía peruana contemporánea.
Pienso en alguna solución contra los No Poetas.
Pienso que lo ideal sería matarlos. Hacer, por ejemplo, un festival de poesía de un solo día y programar únicamente a los No Poetas, cosa que nos evitamos un despilfarro de recursos si es que los eliminamos individualmente. Sí, a todos en mancha.
Pienso en que con menos No Poetas vamos a tener más posibilidades de encontrar a los Poetas, ajá, a los Poetas, a secas.

miércoles, octubre 30, 2013



martes, octubre 29, 2013

*


Voy en el Metropolitano, debo bajarme en el paradero Lampa.
Ocupo un asiento y leo una antigua edición de The New Yorker en donde se publicó un cuentazo de John Updike.
Hace calor.
No quiero imaginar lo que será el verano, seguramente mucho más jodido que el año anterior. A la fuerza el cambio climático me viene convirtiendo en un animal tropical.
Llego a mi paradero y camino rumbo a la librería. Para llegar a ella debo cruzar la Plaza San Martín. Si bien es cierto que la he recorrido miles de veces, y que hoy en día es una plaza con toque mágico que no ha alterado su colorido y peculiaridad, debo decir que de vez en cuando extraño los días y las semanas en las me veía obligado a caminar por ella, sorteando sus peligros, ya sea de día o de noche, en donde podía encontrarme con ladrones de media monta, putas, pirañas, petizos, drogadictos, senderistas y desempleados que no dejaban de expresar su odio al país que no les ofrecía nada.
Hablo del primer lustro de los noventas (ajá, del siglo pasado).
Al principio sentía de miedo de caminar por la plaza. Tenía que caminar por esta para llegar al ICPNA. Pero también tenía otras vías de ir, sin ningún problema podía bajarme en la Av. Abancay y caminar como si las huevas una cuadra y media.
Sin embargo, pese a lo peligroso y sucia que en ese entonces era la plaza, había algo, un factor extraño, que me llevaba a caminarla. Al principio lo hacía con miedo, mirando a ambos lados y listo a los primeros amagues de los pirañitas y ladrones. De a pocos me fui acostumbrando, hasta creo que llegué a mantener una suerte de diálogo secreto y silente con estos recurrentes moradores. Me pongo a pensar y me pregunto hasta qué punto esta plaza forma parte de mi educación sentimental, en qué medida ha jugado en mis contados pero excesivos desbandes vitales, en qué forma ha moldeado mi visión de la vida.
Busco una banca y me siento.
Prendo un Pall Mall rojo, el tercero de la mañana (y lo bueno, según dicen los demás, es que ahora estoy fumando menos).
Observo los arcos, el Teatro Colón, El Bolívar, la primera cuadra del Jirón de la Unión. Y me pongo a leer, en realidad a terminar el cuentazo de Updike.


lunes, octubre 28, 2013



domingo, octubre 27, 2013

*

Estuve toda la madrugada del domingo en una reunión, en donde comí, bebí y bailé a mi gusto.
Llegué cerca del mediodía a mi casa, pero sin ese cansancio de los excesos nocturnos de antes. Ahora sé cómo y en qué momento descansar inmediatamente después de la influencia de las risas y el trago.
Saludo a mi abuelita, a mi mamá, a mi papá y a una tía que nos visita. Cuento al vuelo los detalles de la fiesta, como para cumplir mi misión de sobrino no tan arisco y lejano de los familiares.
Hecho lo que tenía que hacer, me dirijo a mi cuarto.
Me sirvo café y me conecto a internet. Quiero ver el tráfico de mi último post y responder algunos correos, además, me han dateado de un interesante artículo sobre Michon que debo leer. Me acompañan Gringacho y Silvestre, mis gatos. Silvestre ya no es el pequeño gato indefenso que rescaté del parque ubicado en la parte de atrás de mi casa.
Sí, en apariencia será un domingo sin sobresaltos, en el que ahora podré dormir sin descuidarme. Pero no tengo mucho sueño, y pienso que sería una buena idea salir a caminar en un par de horas, y de paso, tratar de ver cómo van las cosas por la Feria del Libro Ricardo Palma.
Pero no, todo se va al trasto.
Murió Lou Reed. Hoy domingo, hace unas horas. Murió uno de mis ídolos musicales y poéticos. Para mí Lou era un poeta que hacía rock.
Imposible no remontarme a la primera vez que escuché un disco entero suyo. Sabía algo de su música debido a unos patas y amigas del ICPNA del centro histórico, allá por el primer lustro de los noventa.
Como tuvo que ser, lo escuché como se debía gracias al recordado Javier, “El pájaro”, un peculiar vendedor de discos de rock, un oceánico conocedor de rock setentero. Muchas veces me he preguntado si mi interés en el rock setentero se deba al “Pájaro”. Y no tengo problema en que sea así si en caso es así.
Javier era un maestro y me hizo escuchar a Lou como se debe. Escuché al hilo Transformer, Berlin y The Best of The Velvet Underground. Fue en una tarde de sábado de 1994, tarde de sábado de 1994 en que se inició mi consumo desmedido de todo lo que hasta ese entonces había hecho Lou.
Es que Lou no era un músico brillante. Era más bien cumplidor, pero ante todo era un letrista, un poeta que sabía mirar y que no dejaba de canibalizar su vida, tensando su experiencia vital hasta el límite. Por eso es que sus letras retumban, significan algo aunque no las entiendas en principio. Sus letras son poesía del más alto vuelo que guardan un hechizo mágico que atesoras en tu mente durante días y semanas, dependiendo de cuán dañados se encuentren tu mente y corazón, y por esa época mi mente y corazón no solo estaban muy dañados, también alterados.
La primera vez que una reseña mía apareció en un medio, fue gracias a un libro-objeto que compilaba todas las canciones de Lou, Atraviesa el fuego. Si no me equivoco, la reseña se escribió para el primer número de la revista Pelícano. 
No lo pienso mucho. Saldré a caminar este domingo. Pero no a los lugares que pensaba, sino que caminaré por esas veredas y calles en donde supe de él, en donde conocí su música.


sábado, octubre 26, 2013

¿Boom literario peruano?/¿Nuevas voces de la literatura peruana del siglo XXI?


Un par de notas llaman mi atención.
La primera, publicada en el semanario Siete hace ya buen tiempo, y la segunda, hace muy poco en la web de RPP.
Cuando las (re)leo me es imposible no pensar en lo que más de uno piensa y calla por estrategia: cualquiera puede dedicarse al periodismo cultural. Googleas y listo.
Si a esta facilidad para trabajar, le sumamos un ánimo condescendiente, pues más de un interesado podría resultar engañado de la verdadera realidad, de esa verdadera realidad que absolutamente nadie está dispuesto a poner en el tapete. ¿Se imaginan si empezáramos hablar de ella? Yo sé lo que pasaría: tendríamos un suicidio colectivo de narradores y poetas que se han creído durante toda una vida lo que no fueron, no son, ni serán.
Pero vayamos primero a las notas de Carlos Amorós y Joel Maldonado, que no son más que un producto natural de ese mundo de mentiras que es nuestro circuito literario. En sus entregas no hay mala entraña, no hay argolla, ni preferencia solapada, pero a través de ellas sí es posible detectar sus pocas lecturas, su escaso criterio y un excesivo entusiasmo para con tan poco. No es necesario que sean críticos literarios de oficio, ni hablar, pero al menos se hubieran dado el trabajo de buscar (leer) y comparar, un poquito más, cosa que nos evitábamos sus zafarranchos.
Veamos:
¿Acaso los premios son un indicativo de que estamos yendo por un buen camino, cuando lo cierto es que los premios en Perú no son garantía, en lo literario, de nada (a ver, a lo Ferrando: regalo  A la busca del tiempo perdido, en 3 tomos en Valdemar (500 maracas es el precio), a quien me cite una novela, cuentario y poemario galardonado en los últimos 25 años; novela, cuentario y poemario que haya marcado un antes y un después en nuestro devenir literario)? ¿Hablar de nuevas voces del siglo XXI nombrando a Rodolfo Ybarra, Victoria Guerrero y José Carlos Yrigoyen, cuando más de uno sabe que provienen de las canteras noventeras del ¡siglo pasado!? ¿Sugerir que estamos ante un Boom -o preguntarnos al respecto- de nuevos narradores y no mencionar, ni a pie de página, Los caminantes de Sonora, publicación que reúne a los ganadores y finalistas de la última bienal de cuento de Petroperú, en la que tenemos un estimable número de jóvenes narradores a los que habría que seguir la ruta, detalle que hay que consignar pese a la irregularidad del libro?
Si el criterio del premio es el factor que guía mi reportaje, ¿por qué no investigar más en lugar de quedarme con esos paquetes de aire que son los premios de Víctor Ruiz, Diego Trelles, Alejandro Neyra y Olney Goin? Y lo digo con todo respeto a estos autores (incluyendo al salado): no pasa nada con ninguno de esos libros premiados. ¿Por qué no investigar más y así llegar a la narradora peruana más coherente que tenemos (con varios premios, por cierto)? No sabes de quién hablo, acá te paso el yara: Karina Pacheco. Uno más, el tapadito: Giancarlo Poma.
¿Qué paso? ¿Telefónica te cortó la señal de internet y por eso googleaste a medias?
¿Cómo es posible que hables de las nuevas voces del siglo XXI, te preguntes por un Boom, y no consignes al “Granta Boy” y Luis Hernán Castañeda? Yushimito, quizá una de nuestras prosas más dotadas, y Castañeda, el más prolífico de su generación. ¿Eres suicida, no? Ambos nombres tienen que figurar de todas maneras en cuanto reportaje/nota/artículo se haga sobre narrativa peruana última, no importa si acaba publicándose en El Trome o en El Men. Y claro, poco puedo esperar a que sepas de Martín Roldán, Orlando Mazeyra y Jennifer Thorndike.
Tomen nota: Roldán solito tiene más convocatoria que todos los premiados y consignados por Amorós y Maldonado. La segunda edición de Generación Cochebomba es un suceso. Este pata, al igual que Bellatin, no tiene lectores, tiene hinchas. Mazeyra la viene rompiendo con Mi familia y otras miserias, su último libro de relatos. Estamos pues ante el Jugador de la fecha de la narrativa peruana actual. Y Thorndike, nuestra narradora de mayor proyección, cuya novela (Ella), que aparte de conseguir buenas reseñas, estuvo nominada a Mejor Libro 2012 (ajá, el año pasado nomás) en El Tromercio (a mí me resbala lo que haga El Comercio, pero pongo el dato para reforzar la idea de que no hablo de una pluma desapercibida). Ojo, no te nombro autores ocultos, aislados del sistema, en absoluto. Te menciono plumas ubicables, cuyos libros están a la mano y que por flojera no los has leído.
¿Si existe o no un Boom literario? ¿Las nuevas voces del siglo XXI? Muchacho, para la próxima, si intentas hacer algo parecido, hazlo, pero antes lleva a cabo lo fundamental: cambia de bar, lee más y no tengas miedo a decir lo que piensas.
(Continuará…)

viernes, octubre 25, 2013



*


Llego a la librería.
Creo que voy a morir. En cada tos dejo la vida misma, posiblemente la fuerza sea tal en el siguiente estornudo, al punto que un pedazo de carne saldrá sin más de mi boca.
Estoy con gripe desde el domingo pasado, gracias a esos descuidos del ocio. Dormí destapado, porque lo que principalmente hago los domingos es dormir, hibernar. Pero el calor, que imaginé permanente durante todo el día, me jugó una muy mala pasada.
Las cosas ya están hechas. Solo debo cuidarme y tomar todos los cítricos que pueda, porque la gripe, según mi abuelita, se combate con cítricos. Y en esas estoy.
Acomodo algunos libros y avanzo con el inventario.
No hay nada más mecánico que llevar a cabo inventarios. Es en este momento que me olvido que trabajo en un lugar que me gusta. Deseo que pasen las horas e irme de una vez al Don Lucho para las chelas de los viernes.
Además, el día ha amanecido con un sol radiante.
Pongo algo de música, The Clash se impone.
Y me hago la idea de que las cosas van a estar mejor. Sí,  estarán mejor. Además, suelo ser muy exagerado, solo tengo que inventariar un par de cajas, pero me da flojera, en los últimos días he anhelado ser un Bartleby, me he portado como todo un pesimista de la vida.
Felizmente, el pesimismo por la vida termina de la única manera en que debía:
Pues recibo la visita de Camila.
Su rostro angelical en su atuendo punk no hace sino iluminar la calurosa grisura del centro.
Abrazo a Camila, no es para menos.
Ella es chilena. La conocí el año pasado cuando ofrecí una charla de narrativa peruana última en el Centro Cultural de España de Santiago. Esa vez hablamos quince minutos, el tiempo suficiente como para tener la certeza de que en ella sí se podía confiar. Por eso nuestra conversación en Santiago continúa ahora en Lima como si nos hubiéramos visto el día de ayer.
Camila se encuentra en la capital a razón de un par de congresos literarios. Ha participado en lo que ha tenido que participar y se ha dedicado a conocer la ciudad –antes de regresar a su barrio de Las Condes- de la mejor manera en que se debe conocer –en su caso por segunda vez- un lugar tan lleno de contrastes como este, o sea, caminando, con una botella de agua mineral en la mochila y con las ganas suficientes por encontrar algo nuevo, porque siempre hay algo nuevo que hallar en el centro de Lima.
Me despido de Camila en la Plaza San Martín.
Esta ciudad es tuya, le digo. Cualquier problema, le vuelvo a decir; te llamo, me dice. 
Hasta mañana.

jueves, octubre 24, 2013



*


Me encuentro en Don Juan, un restaurante ubicado en el Jirón Carabaya, a no más de treinta metros de La Plaza Mayor. Aquí suelo venir cuatro veces por semana, debido a una razón no menos que adictiva: su Cheese Cake de fresa, quizá el mejor de Lima.
Saco de su funda a La leona loca y me conecto a internet. Tengo que responder algunos mails y también terminar de una buena vez el texto que en quince días leeré en San Marcos, en la Antisemana de la Literatura. Leo el texto y pienso que ahora sí más de un narrador de estos lares me dejará de hablar, al menos durante un tiempo, hasta que publiquen otro libro y me lo pasen para reseñarlo, o hasta la siguiente borrachera.
Me sirven el Cheese Cake, más un espresso. De paso avanzo distraídamente las memorias de Hitchens y pico una novela que hace varios años me gustó mucho, El país de la dama eléctrica de Marcelo Cohen. Parece que será una tarde tranquila, sin ningún imprevisto de por medio. Y esta tranquilidad se lo debo al celular, que lo tengo apagado, y a un factor esencial: a ingresar solo en las noches, cuando estoy demasiado cansado y por el lapso de media hora, a Facebook.
No tengo nada en contra de Facebook.  En absoluto. Aprendo de los debates, de los enlaces, disfruto de la buena música que algunos contactos ponen en sus muros. Y claro, no puedo evitar reírme de las ocurrencias de más de un poeta y escritor, que no pueden dejar de alimentar a esa pequeña bestia llamada Ego. Felizmente, nunca me ha llamado la atención el uso de otra red social.
El Face puede llegar a ser peor que la adicción al tabaco. Me cuesta creer que haya personas que sin más miran sus cuentas cada cinco minutos, como si se les fuera la vida si es que no lo hacen. Pero lo que me jode/duele mucho más es ver a mis amigos lectores que cada día leen menos (un libro) por andar leyendo las cojudeces de sus contactos. Es que el Face nos integra, al menos en información, pero también nos bestializa en esa fiesta en la que está prohibido no salir bien.


miércoles, octubre 23, 2013

Distancia

Uno de los libros que desde hace tiempo quiero recomendar y que por esas cosas de los apuros cotidianos no he podido hacerlo es, sin duda alguna, El segundo avión (Anagrama, 2009) de Martin Amis. La recomendación obedece a ciertas lecturas de ensayo que vengo abrigando de un tiempo a esta parte, como, por ejemplo, todo lo que escribió Hitchens. Esta preferencia yace en mi atracción por el pensamiento disidente de la opinión y del supuesto sentido comunes.
Pues bien, aparte de ser uno de los mejores narradores ingleses contemporáneos, Amis es también un estupendo pensador a quien le importa muy poco las más feroces reacciones que puedan generar sus opiniones (y si gustas, léete la monumental Experiencia, una de las autobiografías más letales de los últimos lustros). Amis es de los que disfrutan pergeñando argumentos provocadores, de los que prefieren quedar bien con su conciencia y ética a ser visto como un caballero de la diplomacia o una personalidad a la que todos quieren y estiman por el sencillo hecho de no meterse con nadie.
El terrorismo islámico es el eje temático de El segundo avión. Para más señas, el primero de los artículos fue publicado a los días del atentado a las Torres Gemelas, el 11 de setiembre de 2001. O sea: el autor de Dinero se la tomó las cosas en serio desde esta catastrófica fecha, haciendo uso de todos sus recursos literarios e intelectuales. Pues bien, una empresa como esta suele traer muchos peligros, sobre todo cuando la llevas a cabo en la inmediatez, inmediatez que no tarda en tachonar de prejuicios la postura hasta del más pintado en los terrenos de la argumentación. Amis lo sabe pero no duda en seguir y arremeter contra el islamismo (no te confundas con el Islam), tomando partido por la franja de poder que buscaba poner un alto a su avance y responder como se debe a los que osaron amenazar a occidente.
La capacidad expositiva del autor es no menos que impecable/brillante. Creo que en mi vida muy pocos libros de ensayos y artículos han generado por igual un sentimiento de admiración y rechazo. Este es uno de ellos, definitivamente. Ni hablar de los dos cuentos/cuentazos, “En el Palacio del Fin” y “Los últimos días de Mohamed Atta”, que se incluyen, a lo mejor con la idea de aplacar en algo la lluvia de críticas que finalmente tuvo la publicación.
Sin embargo, si ampliamos nuestra mirada, saliéndonos del encontronazo occidente-oriente, podríamos decir que una lectura como esta ayudaría a ampliar el panorama de aquellos narradores e intelectuales que escriben sobre la violencia política latinoamericana. Lo que deja esta colección es lo que se puede llegar a pensar y canibalizar cuando careces de distancia, cuando tomas partido sin conocer a fondo de aquello por lo que se apuesta ya sea en ficción y en ensayo, en especial, muy en especial, cuando el punto nutricio es uno tan llamativo como el terrorismo. 
En Latinoamérica hemos vivido/vivimos más de una clase de terrorismo y se ha escrito y publicado demasiado al respecto, sin encontrar, ahora en lo que concierne a la ficción, una obra que podamos tildar de maestra. A lo mejor la maestría pueda verse o intuirse en lo que los chilenos vienen escribiendo “hoy en día” de la aberrante dictadura que les tocó vivir. Han procesado, pues.

martes, octubre 22, 2013



lunes, octubre 21, 2013

Novelita de un viejo zorro


Sin duda, El fantasma nostálgico (Animal de invierno, 2013) es una de las mejores novelas del narrador peruano Carlos Calderón Fajardo. Narrador que a la fecha habría que dejar de mirar/ubicar como raro y oculto, pese a que durante un tiempo él mismo contribuyó a que lo miremos así.
La novela en cuestión me deja varias preguntas y pocas respuestas. Veamos solo una: ¿hasta qué punto el tópico de la violencia política seguirá ejerciendo magisterio en nuestra narrativa? En lo personal, el asunto ya me cansa y mientras leía el presente libro, barajaba la idea de que podría ser la última gran novela que se ha escrito sobre el punto. Especifiquemos: una de las contadas grandes novelas...
Se ha publicado demasiado sobre el tema y hay que saber buscar en esa hojarasca de novelas y cuentarios animados por el inmediato reconocimiento comercial y por la revaloración ideológica. Pienso en las que van a quedar: Retablo de Pérez, La hora azul de Cueto, La violencia del tiempo de Gutiérrez y Rosa Cuchillo de Colchado. Y paremos de contar.
Hagamos un poco de historia. Se supone que El fantasma… debió ganar el Premio Tusquets de Novela 2006. Pero no fue así. Y ¿por qué no si tenía todos los méritos, más aún cuando el tópico de nuestra violencia política gozaba de cierta moda internacional? La novela está muy bien escrita y transmite en su brevedad; además, el autor hace uso de una estructura en apariencia fácil (mas esta es sumamente complicada en ejecución, no lo olvidemos: Calderón Fajardo es un viejo zorro, mientras nosotros estamos de ida, él ya está de vuelta, sentado y bebiendo vinito, mirándonos y sonriendo mientras intentamos desentrañar los secretos de su costura narrativa). Pues bien, esta novelita no podía ganar el Tusquets, ni ningún premio parecido, menos aún los galardones novelísticos de la quinta división de la literatura en castellano. Comercialmente no funciona. Premiarla hubiese significado tirar al agua una inversión. Y está bien que haya sido así, porque ganó la literatura escrita desde la honestidad de oficio, aquella que rehúye del efectismo narrativo calculado y del aprovechamiento temático que hemos visto en no pocos narradores de estos lares.
Calderón Fajardo nos ofrece una mirada muy curiosa del muy abordado asunto de la violencia política. Nos presenta la búsqueda que realiza Valentín López de su padre Avelino, abatido por las fuerzas antisubversivas en los años del conflicto armado. Pero esta búsqueda tiene lugar en los terruños de la memoria, el pasado. Estamos pues ante una novelita de espectros, ante una deliciosa novelita de atmósferas. Además, en más de un párrafo, somos testigos de la excelencia estilística del hacedor, que nos transporta a los mejores instantes de su también novelita La conciencia del límite último
Nuestro autor marca con cuidado sus coordenadas. Él, mejor que nadie, sabe que en esta empresa un párrafo demás, una abierta postura ideológica, puede derrumbar su pequeña catedral. Lo suyo es contar una historia y le es fiel a esa apuesta. Le hace ascos al alegato, como tiene que ser, para seguir hurgando en la recuperación de la memoria del padre de Valentín y llegar a saber lo que verdaderamente pasó con él. Para tal efecto, se vale de logradas metáforas y alegorías, que a fin de cuentas, son lo mejor del presente trabajo. Calderón Fajardo no solo nos entrega una muy buena novela, también escuelea a sus compañeros generacionales y a las aún jóvenes promesas literarias, el mensaje es claro: la literatura no debe mancharse con posturas políticas e ideológicas personales, ni por afanes comerciales que marcan la pauta editorial. Por otra parte, El fantasma nostálgico podría interesar al cada vez más creciente número de lectores peruanos de narrativa fantástica. No soy el primero en señalar esta peculiaridad. Pero tengamos en cuenta que la hechura de la novela no es reciente y que, como sabemos, llevo buen tiempo sin publicarse. Por ello, enhorabuena a los seguidores de lo fantástico Made in Perú, puesto que ahora tienen a la mano un libro de alta calidad, porque con calidad es que se debe empezar a hablar de tradición. Lo demás es demagogia barata.
 
Publicado en Lee por gusto.

domingo, octubre 20, 2013



sábado, octubre 19, 2013



Manuscrito

Estoy en el Domino´s de La Plaza San Martín.
Acabo de terminar un jugo de piña. Y releo por octava vez El mago de Viena de Pitol. Este libro es tan bueno que quiero dilatar su lectura.
Pero abandono a Pitol y me pongo a pensar en lo que le diré a Santiago, un patita que tuvo a bien confiarme el manuscrito de su primera novela.
Abro mi cuaderno Loro y escribo las dos ideas centrales que le diré. La primera: que reescriba su novela y que cambie la línea argumental de la misma a partir del cuarto capítulo. La segunda: que no la publique.
Miro la hora y falta medio minuto para la hora pactada. Lo que me fastidia es la impuntualidad y eso lo sabe muy bien el aspirante a novelista.
Felizmente, Santiago llega a la hora acordada. Viene acompañado de su enamorada.
La pareja llama al mozo y hace su pedido. Por lo que ordenan, imagino que se quedarán en el café esperando a alguien más. Lo mío será preciso y con las mismas me retiraré.
Le digo al aspirante a novelista lo que pienso de su novela.
Y observo el rostro de su enamorada, que comienza a adquirir la tristeza del cielo gris limeño. También observo el rostro de Santiago, que al parecer va despedazando su lengua con los dientes, a menos que haya venido masticando algo y no me haya dado cuenta. Es duro escuchar la verdad, pero me deja tranquilo que cosas aún más duras les he dicho a mis amigos que también escriben.
Felizmente, Santiago toma las cosas deportivamente. Al menos esto es lo que creo durante algunos segundos.
Suena mi celular. Me dispongo a pararme y retirarme.
Pero su enamorada me mira. Mira a su enamorado. Y vuelve a mirarme.
¿Quieres preguntarme algo?
Ella respira y me dice que no quiere preguntarme nada. Solo que se siente sorprendida.
Y ella me cuenta lo que ha pasado.
Pues bien. Hace quince días Santiago ofreció el mismo manuscrito de novela a cuatro editoriales. Una de ellas rechazó el manuscrito en el acto y las otras no han dejado de llamarlo en los últimos días, mejorando su oferta de impresión, como el hecho de ofrecerle una fotazo en Somos y una reseña o nota en un medio impreso.
Como todo narrador ansioso por el debut, Santiago eligió la propuesta que más le convenía. Y como lo suponía, en menos de media hora vendría el director del sello editorial que sacaría su novela. Aquí mismo, en el Domino´s, firmarán el contrato y el impresor recibirá el adelanto de 2500 soles.
“Ellos me han dicho que soy bueno. Mi novela dará que hablar”.
No demoré en preguntarle quiénes eran “ellos”. Pero no recibí respuesta, Santiago solo decía “ellos”, “ellos dicen que mi novela vale la pena”.
En este punto debo ser lo suficientemente cauteloso, cuidar bien de ahora en adelante los adjetivos. Sé por experiencia lo peligroso que puede llegar a ser un autor con el ego dañado.
Ya no tengo nada que hacer y me dispongo a despedirme de Santiago y de su enamorada. Pero no me voy. ¿Por qué me voy a ir?
Le sugiero a Santiago que se vaya a otro lugar. “Aunque no lo parezca, bro, el Domino´s se llena de gente de mal vivir a eso de las 5 de la tarde. Vienen maleantes, caneados, proxenetas, mafiosos, matones. Acá no puedes firmar tu contrato editorial”
Le tuve que mentir, pues.
Y le recomiendo un chifa ubicado en Carabaya. “Ahí puedes cerrar tu trato editorial con toda tranquilidad”.
La enamorada de Santiago hace una llamada. Habla con el impresor que está en camino y le pasa las señas del nuevo punto de encuentro.
La pareja abandona el café. Me quedo un rato más. Pido un americano y sigo releyendo El mago de Viena.

martes, octubre 15, 2013



lunes, octubre 14, 2013

Una mujer peligrosa


No hay nada mejor que despertarte en la mañana luego de una larga y sufrida noche de esporádicos dolores en los oídos, conectarte a Internet para responder algunos mensajes de Facebook y correos electrónicos, y enterarte de que la escritora canadiense Alice Munro ganó El Premio Nobel de Literatura 2013. Una noticia como esta no solo puede curarte; también te hace creer en la justicia literaria, que cuando llega, lo hace de la mejor manera.
Munro, hasta hace poco recurrente candidata al galardón sueco, ha mantenido una obra coherente con sus principios narrativos. No es una narradora de grandes temas: lo suyo siempre ha sido el individuo y su periplo existencial enfocado en detalles que reconoce como señales, las cuales les impele a huir con el único objetivo de no ser transmutados en lo que más temen. Munro es, pues, la maestra de la violencia emocional; además, es tan dueña de sus recursos narrativos que nos adentra en los escenarios, situaciones y descripciones que refuerzan ese viaje hacia el infierno del sí mismo. En apariencia no pasa nada, pero sus personajes van siendo destrozados, de la misma en que lo es el lector de turno.
Las lunas de Júpiter fue el primer libro suyo que leí y más allá de reconocer y admirar su pericia narrativa, que brotaba en cada uno de los cuentos premunidos de frases trabajabas, en los que el lenguaje resultaba tensado hasta no dar más, quedó en mí la mirada y la voz de la escritora, distintas y epifánicas a la vez. Había pues que ir con cuidado con ella. Es una mujer peligrosa. ¿A qué se debe este impacto, que también vemos en Secretos a voces, El amor de una mujer generosa, Demasiada felicidad, Escapada y otros? Es que Munro es ante todo una cuentista, una heredera y renegada con conocimiento de causa de las poéticas de Poe y Chéjov. Para ella, saber mirar no es suficiente. Quiere más, y gracias a ese deseo es que se vale de toda una tradición narrativa que esconde y camufla, depositándola en un registro en el que sí tiene el poder, el mando total. No es gratuito que lo más endeble de su envidiable producción sea su única incursión en la parcela de las distancias largas, la novela La vida de las mujeres.
No importa si haya optado por la jubilación de la escritura, pues lo hizo en pleno uso de sus facultades y por la puerta grande, que es por donde deben retirarse los genuinos hechiceros de la palabra. ¿Si estamos ante un justo premio Nobel? Lo es, porque Alice Munro representa al cuento cuando nadie apuesta por el cuento.

Publicado en la edición 33 de Velaverde.

domingo, octubre 13, 2013



sábado, octubre 12, 2013



viernes, octubre 11, 2013

Edítate


Leo un recomendable libro de ensayos de Jonathan Franzen, Más afuera. Lo leo despacio y en algunos tramos anotando. Estamos pues ante una voz privilegiada, que exhibe una visión de la literatura y el mundo, que muchos podrían calificar de desfasada, muy necesaria hoy en día. Es que Franzen es lo que podríamos llamar un escritor comprometido.
Pero mi lectura se ve interrumpida por la llegada de El Pupilo.
Estamos ante un joven escritor inédito, su talento ya se hizo presente ocupando un honroso segundo puesto en un concurso local. Además, es un lector voraz y cuando le ha tocado hacerla de crítico, ha sido pues muy duro y objetivo. No se casa con nadie.
El Pupilo quiere publicar su libro. Me dice que ya se sentó a hablar con algunos dizques editores y todos ellos, a los diez minutos de conversación, sacaban la calculadora y una hojita en blanco. Esta hojita en blanco era el contrato. Estos impresores al vuelo, sin haber leído el manuscrito, se ponen a hablar del tipo de papel, del diseño de la portada, de la distribución y de la prensa. Se portan como encantadores de serpientes. Le pregunto al Pupilo qué es lo que hizo. Y él hizo lo que toda persona decente y con amor propio haría. Pararse e irse.
Es que la movida editorial peruana aún sigue en pañales. Muchos de los nuevos y no tan nuevos sellos editoriales viven de lo que el autor, si es desconocido mejor, pueda pagar por su edición. Por ejemplo, el 90 % de los nuevos narradores y poetas peruanos se ha dado a conocer de esta manera. No es el mejor de los escenarios, pero sin duda se puede mejorar.
Lo que sí me extraña son un par de aspectos, Pupilo. Apunta en tu cuaderno Loro: 1) Hay pues una mescolanza, hace falta un filtro. Los editores decentes se confunden entre pendejos que se hacen llamar editores, que no son más que payasos impresores cabeceros, payasos impresores cabeceros del Scorza High School, que ojalá fueran solo de Lima, pero no, hay Scorza Kids en el interior del país (ya ubiqué a uno en Arequipa). En este circuito más de uno tiene miedo a quedar mal, a levantar el dedo acusador. Uno los ve felices, juntos y revueltos, chupando en el barcito de turno, son los hermanitos de sangre, pero separados y recuperados de la borrachera se indignan de los delitos del mal colega de oficio. Es que no se denuncian por estrategia, todos tienen intereses comunes. No quieren poner en peligro su carrera ferial (en estos momentos hay un silencioso fuego cruzado por cogerse del estribo de la Feria del Libro de Guadalajara), sus posibles contratos con gobiernos regionales para enyucarles el tan codiciado plan lector. Es que necesitan platita, la carencia de chibilines los convierte en vendedores de sebo de culebra. No se ponen a editar por amor a la literatura, sino para ver si de esa manera obtienen ingresos rápidos. Por eso, desde hace un tiempo soy de la idea de que necesitamos gente culta y solvente que se ponga a editar. Quien piense que se gana al toque editando libros, está equivocado. Obvio, sí se gana dinero editando libros, pero con el tiempo, a los cuatro años, mínimo.  Y 2) me sorprende e indigna el bajísimo nivel cultural de la gran mayoría de nuestros editores. No leen. No leen. No leen. No leen ni mierda. Es debido a su incapacidad lectora, a sus afanes por llenar el chanchito, que tenemos cuentarios, poemarios y novelas que no son más que pésimas bromas, y encima, sus desubicados autores se alucinan el nuevo Vargas Llosa, la nueva Blanca Varela, el hijo perdido de Martín Adán, el entenado de César Calvo. Nos topamos con estos engendros gracias al enamoramiento de estos dizques editores, que les han hecho creer lo que no son, dizques editores que se desaparecen durante meses ni bien reciben las primeras 1500 maracas del proceso de edición.
El Púpilo me pregunta qué hacer ante este panorama desolador.
Respondo.
Si fueras poeta, te recomendaría que vayas donde Juan Pablo Mejía y Víctor Ruiz, “Kevin Arnold”. Mi recomendación no es gratuita. Me consta, los dos son muy buenos lectores y solo por ese detalle es que te los recomiendo. Pero eres narrador, Pupilo, a quién recomendarte. Conozco a más de un editor responsable que también lee, pero será difícil que apueste por ti.  No eres conocido. Ningún editor va a leer tu manuscrito a menos que le des un adelanto luego de que te comunique que sí ha leído tu manuscrito y que quiere sentarse a conversar contigo. Pero no todo está perdido. Escucha: arma tu editorial y edítate tú mismo. Busca un corrector de estilo (conozco uno muy bueno que cobra baratito), a un diseñador y te pones a cargar tus rollos de papel, ponte a maniobrar esa máquina de la imprenta del Jirón Callao, aprende a cortar las solapas. Métete a talleres de edición con editores de verdad. Hay talleres con editores de verdad. Pupilo, suda tu libro. Pupilo, no le des tu plata al que se la va a chupar.


jueves, octubre 10, 2013

Munro

Escribo la reseña de la novela El fantasma nostálgico de Carlos Calderón Fajardo y termino un ensayo-perfil sobre uno de los más grandes narradores norteamericanos de los últimos veinte años, quizá el más relevante. Entre ventana y ventana, me turno, a los costados de la Leona loca hojas amarillas con anotaciones, aunque estas no necesariamente tengan que ver con los tópicos que ahora escribo.
Si todo sale como espero, terminaré los textos en el curso de la mañana.
Pero una estupenda noticia hace que deje de lado por un momento la reseña y el ensayo-perfil. No es para menos. El Nobel de Literatura 2013 va para la narradora canadiense Alice Munro.
Me alegra, y mucho, además, este día voy a respirar justicia literaria, no hay nada más edificante que entrar a Facebook y ver que cientos de escritores y aspirantes a serlo, y miles de lectores, celebren a una narradora de primera línea. Porque eso es lo que es Alice Munro: una narradora de otro lote.
Durante buen tiempo la tuve en mi lista de autores por leer. Ya sea por dejadez y distracción, la aplazaba, hasta que una mañana de invierno del 2011, en una clase con Alonso Cueto en una casa miraflorina de estilo tudor, el Maestro (porque Cueto es el Maestro), habló de Munro en un envidiable estado de paroxismo, la verdad literaria en patente festiva rebeldía en cada músculo de su rostro.
Terminó la clase y me acerqué a él.
“Alonso, préstame tu libro de Munro”.
“Ya. Pero ¿me lo vas a devolver?”
“Depende. Te lo devuelvo si me lo recuerdas. En cuestión de libros soy muy olvidadizo”.
“Me lo devuelves”.
“Ok”.
No solo me gustó Las lunas de Jupíter, su lectura hizo que volviera después de algunos años al cuento contemporáneo. Por alguna razón, mi radio de lecturas hasta ese momento se suscribía solo a novelas, pero Munro me llevo a la médula de la tradición del relato breve occidental, esa tradición capaz de disfrazar novelas cortas como cuentos, esa tradición que sigue taladrando en las poéticas de los no pocos narradores actuales, es tan fuerte que más de uno se alimenta de ella sin necesariamente conocerla directamente. 
Le devolví el libro a Cueto y en las semanas siguientes empecé a leer todo lo que encontrara de la autora en nuestras “maravillosas” librerías limeñas. Muchos cuentarios, una sola novela, en cada uno de ellos una prosa de peso que ahora todos van a interesarse en leer y apreciar. No hay excusa para no hacerlo. Sin duda, El Premio Nobel de Literatura es el que gana reconociendo a Munro.