sábado, noviembre 30, 2013

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Llego tarde a casa y me pongo a revisar mi cuenta de Facebook. Más o menos esta es una suerte de ritual que cumplo antes de ponerme a leer y ver la película del día, que ahora será El protegido, la peli que más me gusta de M. Night Shyamalan. Obviamente, no estamos ante una obra maestra, pero me parece pertinente verla cuantas veces se pueda, en especial en días como el de ayer viernes, signado por un no menos que generoso aliento adrenalínico.
Entre los mensajes de mi Inbox ubico uno de la joven y no menos adrenalínica fotógrafa Pamela, que me dice que acaba de verme en Presencia Cultural de Canal 7. Si no fuera por ese dato, ni enterado del reportaje que hicieron hace unos días en el Boulevard de la Cultura Quilca. Pues bien, no es un reportaje más, sino uno que obedece a un contexto que muy bien podría graficar lo que la cultura significa para este país, que muy bien nos muestra la gran mentira de progreso de la que más de un tarado hincha el pecho.
Sobre el desalojo de los vendedores de libros del Boulevard de la Cultura Quilca, voy a explayarme en varios posts en los próximos días. No necesariamente voy a enfocarme en el tema legal, que es un punto que me tiene sin cuidado, sino en la evidente incoherencia del Arzobispado de Lima, que bajo afanes comerciales sacrifica lo que tanto ha pregonado en décadas: su apuesta por la difusión de la cultura y la educación.  Y no lo haré por ser ese mi lugar de trabajo, en donde se ubican los locales de Selecta Librería, sino porque frecuento Quilca desde hace años y siempre en calidad de lector y consumidor de libros.
Mientras tanto, terminaré en una hora El pueblo en la guerra de Sofía Fedórchenko. 
¿Ubicabas el título? Creo que no. Yo tampoco lo ubicaba. Más bien es la primera vez que se publica y traduce al castellano. Se trata de una joyita de la narrativa testimonial, de la voz coral de aquellos anónimos soldados rusos que padecieron la desesperanza y el oprobio de la Primera Guerra Mundial. Delicioso libro que sacude en su brevedad y que no debería pasar desapercibido entre nosotros. Librito que llamó poderosamente la atención de Thomas Mann y Canetti. Librito que ahora podemos conocer gracias al sello español Hermida Editores. 
Apunta la placa en tu cuaderno Loro.

viernes, noviembre 29, 2013



jueves, noviembre 28, 2013

Los zorros


Más de una vez me he preguntado si Marito es el escritor más leído del Perú.
Supongamos que sí.
Pues bien, si hay otro escritor peruano que no deja de ser requerido por los lectores, buscado hasta el grado de locura febril, aunque no sé si sea para leerlo, ese es José María Arguedas.
Admiro a Arguedas y lo tuve que admirar a la fuerza.
Si mal no recuerdo, estaba en los últimos años de colegio y me obligaron a leer sus cuentos. Lo hice con desgana, y tiempo después volví a esas mismas páginas con algo más de seriedad y voluntad. Me concentré como tenía que hacerlo y vaya que sí quedaron muchas cosas suyas en mí, ese segundo acercamiento fue pues el primero, el que iba a prevalecer. Pero tampoco fue un acercamiento determinante, de esos que te impulsan a leer todo lo que puedas de un autor.
Ingresé a la obra de Arguedas mediante un libro muy bien escrito pero tremendamente falso: La utopía arcaica de Marito.
No era ni soy un experto en indigenismo, pero más allá de la gran calidad expositiva de nuestro novelista mayor, había pues un discurso silente, una suerte de golpe de estado literario cuyo fin era defenestrar a Arguedas como el escritor más representativo del Perú. De lo leído aquí, sentí curiosidad por El zorro de arriba y el zorro de abajo
Y la verdad: no dejo de frecuentar este extrañísimo título de Arguedas.
Y la verdad (también): no dejo de preguntarme por qué no se reedita como sí Los ríos profundos.
Hace un tiempo conversé muy ligeramente con una sobrada mandamás de una transnacional, entre lo poco que hablamos, me expresó su deseo de contar con toda la obra de Arguedas, menos la antropológica, claro está. Le dije que no debería ser tan difícil, y se lo dije con toda mi ingenuidad e ignorancia, porque de derechos editoriales y tratativas similares soy un cero a la izquierda.
Cuando Arguedas escribía El zorro…, escribía el registro literario del futuro (registro que no es del todo nuevo, sino que viene desde mucho más atrás, pero para hablar de ello necesitaríamos otro post). Lo que tenía que transmitir no lo podía hacer por los cauces formales de la narración convencional, debía pues quebrar el curso, y lo hizo porque era la única manera de poder amainar la tribulación existencial que lo carcomía. Más de una vez he pensado que lo que contaba del auge pesquero en Chimbote y su repercusión en sus habitantes no era más que un pretexto para lo que buscaba: la divulgación de su intimidad a través del diario. El zorro… es pues un texto genéricamente plástico e híbrido, y he allí el motivo de su fresca actualidad.
Se extrañaba una nueva edición de esta joyita de nuestra narrativa y ahora la tenemos gracias a Estruendomudo de Alvarito “me dieron 800 cocos falsos” Lasso. La presente edición viene con un estudio de Eduardo Chirinos y material fotográfico sobre Chimbote del propio Arguedas. Viéndolo bien, y en frío, prefiero esta edición de Estruendo a las de Horizonte y ALLCA.

miércoles, noviembre 27, 2013



martes, noviembre 26, 2013

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Levrero.
No me sorprende, uno de los más grandes narradores latinoamericanos en las últimas décadas.
Pero grandes narradores hay, aunque contados, en todas partes. Entonces en qué radica la grandeza del uruguayo, cuál es el componente que nos permite leerlo y releerlo. Se sobreentiende que no estamos ante un escritor de masas, sino ante una voz que se ha granjeado una peculiar fidelidad entre los lectores duros, llamémosles exigentes.
Hace buen tiempo, mientras caminaba con una amiga por La Marina, ella me preguntó si tenía sentido creer en los escritores que habían hecho un pacto con el diablo. Ella en ese entonces era una lectora voraz de Bernhard, estaba descubriendo a Copi y venía releyendo –a sugerencia mía, por tratarse de una novela que considero inacabable- El Palacio de la Luna de Auster. Pensé en una posible respuesta, enfocándome en el estilo de estos autores, estilo con los que podríamos unir varios lazos en común, caracterizados por la claridad y tersura de la prosa, en donde aparentemente no pasaba nada pero que en el silencio de la experiencia lectora nos iba trabajando, seduciendo gracias a la aparente facilidad. A ella le llamaba la atención esa aparente facilidad, esa sensación de “yo también puedo escribir así”. Por más que intenté, no pude ofrecerle una respuesta coherente y no tuve otra opción que darle la razón en ese momento, que sí, efectivamente, todo indicaba que hay escritores que tenían un pacto con el diablo.
Al menos para mí, leer a Levrero resulta sencillo. A diferencia de otras plumas, cuando lo leo sé que no debo hacer un esfuerzo mental demás, no esforzar nada. Con Levrero no hay que esforzar nada, solo dejarse llevar y dejarse trabajar en la emoción, quieta o salvaje. Vuelvo a cualquiera de sus libros, como esta mañana que piqué El discurso vacío, esa suerte de maravilloso dietario, en donde no se nos cuenta nada, solo impresiones, impresiones que nos liberan de la trama y que nos dejan con la sensación imperecedera, de eternidad quizá fugaz, de que se es otro. Es que eso es lo hace en nosotros la prosa del uruguayo: somos otros.


lunes, noviembre 25, 2013



miércoles, noviembre 20, 2013

Maestro G


         William Gaddis.
         En lo personal, cuando me refiero a este escritor, lo llamo El Maestro G.
         Es que Gaddis es el Maestro.
         Al menos esta es la idea que tengo cada vez que lo releo, puesto que me deja con una sensación premunida de libertad y de justificación ante la vida. Uno lo lee y piensa que lo ha entendido todo y nada a la vez. Quedas con una “sensación Gaddis” durante un tiempo y cuando menos te lo esperas, sabes que es imposible no aplaudir a toda la narrativa gringa del siglo XX. Uno más para ese altar de casi 20 nombres.
         Como bien sabemos, la excelente editorial Sexto Piso viene rescatando de a pocos su obra. Y no debería sorprender, basta ver su catálogo para deducir que estamos ante grandes lectores que editan,  quienes nos vienen (re) descubriendo a uno de los más grandes, que en vida publicó poco, pero que en esa brevedad supo imponer su letal mundo propio, partiendo de pequeños universos en conflicto que alimentaron una poética que a la fecha podríamos catalogar de profética.
          Qué difícil es decidirse por algún libro de Gaddis. Podríamos pensar en Los reconocimientos y Ágape se apaga, pero haríamos bien en sumergirnos en las páginas de la novela Gótico carpintero, que después de una tercera lectura en meses, podría calificarla de genuina obra maestra, que pese a haber sido publicada a fines del siglo pasado, está llamada a gozar de actualidad, actualidad que ya venía asegurada por la frescura de la prosa y técnica (quizá  una de las novelas en donde se nos muestra lo que es la maestría literaria en narrativa). Sin embargo, ahora nos debemos arrodillar ante su contenido temático.
           Se trata pues de una novela sobre la corrupción moral, en la que sus personajes vienen carcomidos por el más pueril impulso de la avaricia, en una suerte de anhelo por resaltar sus pequeños logros; personajes envidiosos del dinero que pudiera tener el “otro”, pero a medida que los vamos conociendo, llegamos a la conclusión de que el dinero y el afán de reconocimiento les es insuficiente. ¿Qué es lo más quieren, entonces? Esta vendría a ser la pregunta que nos hacemos con McCandless, Ude, Liz y Paul. Por eso hablan como hablan, desde el vacío, desde una locura falsa, o sea, hablan impostados, como poseros que en realidad son dueños de absolutamente nada pero que a la vez piensan que el mundo debe girar sobre ellos.
            Sobre esta novela se ha escrito, y mucho. Merece todos los saludos que merece un clásico contemporáneo. Pero también habría que señalarla como una de las más grandes novelas sobre el cinismo y la egolatría.


martes, noviembre 19, 2013

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Me despierto tarde y lo único que quiero es no levantarme, pero tengo que levantarme. 
No levantarme es el único gran regalo que pienso darme en mi cumpleaños, quedarme en cama todo el día leyendo como una bestia y escuchando la discografía completa de Stevie Wonder y Bruce Springsteen. 
Pienso en la novela Oblómov y en los gatos, en especial, mis dos gatos, a los que envidio por su naturaleza tan desinteresada por la vida. A Gringacho y Silvestre lo único que les interesa es dormir, comer y buscar gatas en las noches. Silvestre ya dejó de ser el gatito que de la nada se metió en mi casa desde los arbustos del parque. Gringacho es un gato de casa al que abandonaron en el parque, tiene costumbres de gato casero. Para empezar: no jode, sabe en qué momento hacer las cosas. Pero Silvestre es un felino que nació en el parque, y por ello lo tuve que “educar”, pero fue en vano, sigue siendo un gato jodido. 
Mañana miércoles, como a estas horas, estaré en la selva central de este país de montañas. Desde hace varios años tengo el interés en realizar una caminata salvaje de 12 horas, caminata que me llevará a tres cascadas ocultas, destino paisajístico que todavía no es explotado por la promoción turística. En principio mi idea era pasar este día en la selva, pero cambié de planes debido a los requerimientos de la mujer de mi vida, mi abuelita, que me quería con ella el día de hoy, y por ella yo hago todo. 
Nada impedirá que realice esta caminata, mucho menos la multa tendré que pagar por no ir el domingo a votar por los regidores. Y claro, nada impedirá que siga posteando (lo intentaré), porque La leona loca se viene conmigo.


lunes, noviembre 18, 2013

EV-M desde adentro


Me gustan las entrevistas-río y, muy en lo personal, las considero un género literario. En ellas el autor deja algo más que la piel en cada respuesta. Por ejemplo: ¿cómo olvidar las geniales y ahora históricas entrevistas de The Paris Review? Imposible.
Pues bien, tengamos en cuenta que cualquier autor no puede acceder a los terruños de las entrevistas-río. Para ello no solo hay que ser una pluma más que destacada, sino también una capaz de transmitir eco en los otros, en aquellos que escriben y, muy en especial, en los que habitan en el No Lugar-No Tiempo de la lectura.
Quien entrevista cumple un rol fundamental, tiene que ser un conocedor de la obra del entrevistado, un apasionado de su poética. En él recae el éxito o fracaso de la empresa, puesto que interesa el discurso, la ramificación de ideas y conceptos que nos lleven a lo que hay detrás, a lo que sostiene, la obra del autor. Aquí no hay tolerancia para el lugar común.
Si hay un escritor que se ha impuesto como uno de los más relevantes de la narrativa contemporánea, ese es sin duda alguna el español Enrique Vila-Matas. Podríamos acceder a su obra por algunas puertas fundamentales, como París no se acaba nunca, Bartleby y compañía, La asesina ilustrada, El viaje vertical, Dietario Voluble, Suicidios ejemplares, Historia abreviada de la literatura portátil, El mal de Montano y Dublinesca. Al menos estas son las puertas por las que he ingresado más de una vez, puertas que me han llevado a leer casi toda su bibliografía, que a la fecha supera la treintena de títulos.
Ahora, el Vila-Matas de hoy, el referente que leemos y admiramos, tuvo que atravesar un largo camino, un camino sembrado de desdén en sus inicios debido al dominio de la narrativa realista en su país. Cuando en 1973 publica su primera novela, Mujer en el espejo contemplando el paisaje, no había escritor español que no publicara novelas y cuentarios asentados en el más férreo realismo mimético. El realismo, pues, captaba la atención de los medios y la crítica, no existía el más mínimo interés para los que exhibían una poética diferente. En ese contexto el autor empezó a forjar su obra, tan peculiar, tan literaria, tan llena de humor y tan personal, obra que a la fecha ha oxigenado la narrativa escrita en castellano, oxigenándola no solo con sus libros, sino también con sus artículos periodísticos, tejiendo puentes con otras tradiciones que a más de uno le ha permitido armar un canon personal.
Ya sea como vilamatiano o enfermo de literatura, no dudé en sumergirme en las páginas de Fuera de aquí (Galaxia Gutenberg, 2013), en donde Vila-Matas conversa con su traductor al francés André Gabastou. Gabastou, como pocos, no solo es un conocedor al detalle del catalán, sino también su amigo. Ambos aspectos le permiten a Vila-Matas explayarse en este minucioso recuento de su obra, obra a la que no deberíamos mirar como exclusivamente literaria, sino también como una nutrida de cine, música y artes plásticas.
Pero no solo estamos ante una secuencia de conversaciones. Podríamos decir que Fuera de aquí es también un Libro- Objeto, en donde encontramos una selección de fragmentos de la obra de Vila-Matas que complementan su visión de la vida y de la literatura; de igual modo fragmentos inéditos, extraídos a lo mejor del interminable dietario que él no deja de escribir; como también fotografías de archivo. Es que si se va a leer a este escritor, nada tiene que ser convencional.
En la casa Vila-Matas nos encontramos con pasajes biográficos axiales que configuraron su propuesta/apuesta, la que no ha dejado de descansar en la persistencia, a la que alimentó/retroalimentó con las epifanías de Georges Perec, Walser, Kafka, Raymond Roussel, entre otros. Recorremos toda su bibliografía y resulta imposible no pensar en ese sendero agreste y salvaje que significa creer en lo que se está haciendo. Estamos ante un viaje lisérgico y creativo en el que encontramos refundaciones de registros; a saber, el ensayo, presente en toda la producción de nuestro escritor. Este espíritu persistente también lo notamos en los títulos que conforman su etapa de consagración, en la que Gabastou no deja de incidir y en la que el entrevistado lleva a cabo más de una vez, y de distintas maneras (fiel a la inteligencia espontánea), una reafirmación de principios: una mirada amplia a la imaginación en pos de nuevas formas de narrar.
 
Publicado en Lee por gusto.

sábado, noviembre 16, 2013



viernes, noviembre 15, 2013

El hombre infinito

Mis recorridos por librerías los hago exclusivamente los domingos Siempre en la tarde, cerca de la noche. Me resulta cómodo por la sencilla razón de que hay muy poca gente y no pasa nada mejor que ver y comprar libros en absoluto silencio. Hace poco más de ocho años, terminé uno de estos periplos en El Virrey de la calle Dasso. Llegué hacia las seis de la tarde y me puse a revisar la sección de Literatura Internacional Miraba los lomos, anotaba títulos y nombres de autores, revisaba contraportadas Entonces reparé en un tomo grueso, que no tenía registrado y que a las justas podía ser cogido por mi mano abierta. Pensé que se trataría de un compendio, algo como una suma de novelas artúricas. Pero no. Lo siguiente que llamó mi atención fue el título de la publicación y, en menor medida, el nombre de su autor: La broma infinita, de David Foster Wallace.
Saqué el ladrillo y lo revisé al vuelo. Me gustó lo que leía, pero se trataba de un gusto por el que debía esforzarme un poco. Además, me fue imposible no preguntarme si lo que tenía entre manos era una suerte de ensayo filosófico, un híbrido discursivo. Parte de esta impresión obedecía a los innumerables pies de página, que reunidos hacían otro libro dentro del libro. Hasta ese momento lo poco que sabía de Foster Wallace era gracias a la revista McSweeney´S.
Por aquel entonces solía leer bajo programas de lecturas, los cuales podían durar meses y meses. Me concentraba en un autor, una tendencia, y no paraba hasta agotar sus referencias. Entonces finalizaba un plan de novelas de ciencia ficción e iba armando el siguiente (¿nuevos narradores norteamericanos o centroeuropeos?). Me decidí por los primeros gracias a la novela La fortaleza de la soledad de Jonathan  Lethem. Acabé lo de la ciencia ficción y sin más ingresé en el universo de, además de Lethem, Chabon, Eggers, Palahniuk, Franzen, Powers y, por supuesto, Foster Wallace.
El dinero no me daba para comprarme toda la bibliografía que requería para seguir como se debe un programa como este, así es que apelando a amistades y a ciertas mañas de extracción, me hice con casi todo lo que me interesaba leer de los Wonder Boys. Sin duda, se trata de una gran generación de narradores, una generación heredera de esa imbatible tradición que es la novelística gringa del XIX. De todo lo que leía, tenía a mis favoritos, como Franzen, que me transportaba a la novela rusa; Lethem, una especie de Stendhal en trips; y Foster Wallace, a quien leí en relatos y ensayos por el simple motivo de estar más al alcance de mis bolsillos. Esto me bastó para intuir que era, posiblemente, el mayor representante de su camada. Lo supuse así tras leer los relatos de La niña del pelo ralo, Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción; y su producción narrativa de no ficción (Hablemos de langostas y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer). Sin embargo, me faltaba verlo en las pistas de distancias largas, aunque esto no sea más que un eufemismo, porque leerlo en cuento y en no ficción era ya enrumbarse en viajes de incansable aliento narrativo. La broma infinita estaba en mi lista, pero aún no era el momento de enfrentarla.
Seguí leyendo, años después, incluso con más voracidad, pero sin programas. Las cosas iban por su cauce natural, cuando el 12 de octubre de 2008 me enteré del suicidio por ahorcamiento de David Foster Wallace. Eran las cinco de la mañana y me encontraba revisando algunas webs de diarios y revistas gringas. No lo supe hasta ese momento: Foster Wallace había llevado demasiados lustros luchando contra la depresión, pero la ingesta de Nardil no resultó suficiente. A partir de entonces no pocos fueron los que empezaron a lamentar su perdida. Recuerdo un conmovedor artículo de Eduardo Lago sobre el escritor.
Más de un amigo me comentaba que acababa de nacer una leyenda. Y sí, Foster Wallace se había convertido en una leyenda, pero una leyenda peculiar, ya que a diferencia de otras poéticas –como las de Bolaño y Carver, de alguna manera asimilables y no tan crípticas — la suya resultaba soberanamente complicada. La poética de Wallace se nutría de una sobreinformación temática con el suficiente poder de aturdir al lector más entrenado. Añadamos que su propuesta narrativa (digamos “barroca posmo”) se apoyaba en canales discursivos que descansaban en clásicas y contemporáneas fuentes del pensamiento filosófico. Es decir: nuestro autor jamás escribió pensando en el lector medio. Lo suyo no era el facilismo de, por ejemplo, Bret Easton Ellis (a quien, por cierto, no dejó de tratar como a un imbécil, como podemos leer en Conversaciones con David Foster Wallace).
Es por eso que sorprende su leyenda. Un autor que puede parecer exclusivo para lectoescritores pero que goza de una creciente fanaticada que no duda en rendirse ante él sin necesidad de leerlo. Para leerlo, solo hace falta una mayor dosis de voluntad. Al principio será difícil, pero ni bien agarres ritmo, serás un espectador que en la experiencia de sus palabras verá una radiografía de nuestro mundo, el de hoy, tan entregado a la frivolidad y al consumo; una foto implacable por cuenta de su mirada privilegiada y entrenada.
Días después de su suicidio, me las ingenié para conseguir el dinero y así comprar La broma infinita en El Virrey pero, cuando pregunté por él, otro ya se lo había llevado. Otro que no dudó en desembolsar casi 200 soles. Ese ejemplar no guardaba relación alguna con los que vemos ahora, en formatos de bolsillo y tapa blanda. Podría decir que el lomo de aquella Broma era de tela y sus hojas más gruesas. Para leerla esperé más de lo deseable y lo hice en un incómodo formato de bolsillo.
Para acceder al universo de un gran escritor, necesitamos hacerlo por la puerta precisa, y esa puerta, en el caso de Foster Wallace, es La broma infinita. No solo es un ejemplo de proeza verbal, sino también en el ámbito del pensamiento. Uno acaba sintiéndose otra persona, alguien que ha invertido bien su tiempo en una novela que exige mucho y no defrauda nada. Fue después de esta lectura que me puse a pensar en la depresión del autor. Al respecto, me informé todo lo que pude, leí y escuché cada una de sus entrevistas, me sumergí en todo lo que se escribía de él.
Podríamos especular sobre la fuerza motriz de su propuesta, que no solo descansa en su inmenso talento y privilegiada inteligencia. Basta ver su minuciosidad en el detalle, su obsesiva inmersión en la información, su propensión a hacer las cosas difíciles, pero no complicadas, para el lector, como para tener sospechas razonables de la lucha de Foster Wallace contra la depresión, que en más de una ocasión lo llevó a intentar matarse y que a la vez combatió siendo el mejor, el más perfeccionista. Si hacemos un breve repaso de su biografía, constataremos que no dejó de destacar en todas las actividades que realizó. El mejor deportista. El mejor alumno. El mejor escritor. Las pastillas le ayudaron a tener las cosas en orden, lo suficiente como para dedicarse de lleno a la literatura, porque fue en la literatura donde sabía que podía desplegar y repotenciar sus recursos intelectuales y creativos, cosa que solo logró a medias en la filosofía y en las matemáticas. La literatura le significó la libertad del encorsetamiento del pensamiento filosófico, de la visión cartesiana de la vida, tal y como podemos constatar en su primera novela, La escoba del sistema, que lo presentó en sociedad como una de las más grandes promesas de la entonces reciente narrativa de su país.
Hoy nos encontramos con dos nuevos libros, sobre y de Foster Wallace: la biografía Todas las historias de amor son historias de fantasmas, del periodista DT Max; y el conjunto de textos dispersos En cuerpo y en lo otro. La gran literatura sobrevive a sus autores. Muchas veces la imagen del hacedor sirve de acicate a los potenciales interesados en una determinada obra. En el caso de Foster Wallace, resulta imposible obviar esta asociación. Cuando vemos su imagen, podemos barajar la idea de que estamos ante un deportista o un cazador de tigres, no un escritor. Lo último que quiso fue caer en la frivolidad de la impostura, tan recurrente. Impostura que no es más que el signo del malestar y desazón de la sociedad que retrató y parodió. Si esa imagen de antiescritor ayuda a que lo podamos leer y así acceder a una obra como la suya, claroscura, que remueve y retuerce, pues bienvenida esa imagen de antiescritor.


Texto publicado en el octavo número de la revista Buensalvaje.

jueves, noviembre 14, 2013



miércoles, noviembre 13, 2013

"Broza"


Más de uno asevera que la poesía peruana no atraviesa su mejor momento. Se trata de una aseveración dicha en tono menor, es decir, sin énfasis ni contundencia en el enunciado. Hasta podría decir que somos cómplices, doblemente cómplices porque nuestra actitud debería ser otra, nada contemplativa con esta crisis en donde prima la celebración de la mediocridad.
Tampoco pidamos milagros. De la noche a la mañana no vamos a tener poemarios descollantes de los sujetos de la nueva poesía peruana. De la nada no nos vamos a igualar con lo que actualmente se viene escribiendo en Chile y en México, por ejemplo.
Uno de los factores en que viene fallando la crítica literaria, sea la académica y la de los medios, es su evidente flojera por salir a buscar. Se trata de una crítica en estado onanista que cree que la producción literaria local solo se limita a los libros que llegan a sus manos. Es una crítica que valora lo que “hay”, cuando debería valorar lo que “encuentra”.
Debemos buscar poemarios. Y en esta empresa poco o nada tendría que importar que el poeta sea un antisistema, un resentido social, un disidente del Tromercio, un paria de sí mismo que solo quiere que le lean los elegidos en el gran futuro.
Hace unos días salí a buscar, a recorrer librerías. En realidad siempre salgo a buscar y recorro librerías. Y encontré un poemario que llamó mi atención, en principio por su diseño, modesto y de buen gusto, y luego, por la honestidad de su propuesta.
Apunta: Broza de Sandra Suazo.
En Broza, Suazo no pretende marcar un antes y un después en nada, mucho menos ser la nueva Alejandra Pizarnik, tampoco la hijastra de Blanca Varela, ni ser la nueva sobrina de Mariela Dreyfus, Rocío Silva Santisteban y Patricia Alba, menos aún ser la amiga de Roxana Crisólogo y Victoria Guerrero.
No, aquí no hay poserías.
Más bien, lo que se lee aquí son versos animados por los recuerdos, recuerdos tamizados por el tiempo, alejados de aquellos que se delatan y se caen por el apuro, casi siempre por el apuro de la publicación, o periódica o en formato de libro, tara que últimamente vemos en no pocos de nuestros nuevos poetas.
Por otra parte, nos topamos también con un respiro social. En Broza encontramos un fuerte y evidente afán de denuncia, una crítica a las frivolidades y huechaferías del mundo de hoy. Pero la autora se cuida de no caer en clichés, huye del lugar común abordando lo social desde una mirada lúdica, onírica y, en instantes, reflexiva. Si me preguntas por qué me resulta valioso este poemario con pinta de plaqueta, no lo pienso mucho: por la honestidad y sencillez de su propuesta.


martes, noviembre 12, 2013

En la yugular 6

          ¿Ciencia ficción peruana?
¿Narrativa fantástica peruana?
Sin duda, hay narrativa de ciencia ficción y narrativa fantástica Made in Perú.
De alguna u otra manera, soy testigo directo del interés que viene generando lo fantástico y la ciencia ficción entre los lectores peruanos. Además, cada vez es posible ver a más narradores apostando por estos registros. Pero de alguna u otra manera, también ubico a los que lucran con el discurso de lo fantástico, en especial. Lucran tanto que a como dé lugar quieren hacer su nicho en la literatura peruana, escribiendo de una tradición exaltando los ripios y, en el colmo de la ignorancia mezclada con arrogancia, dictaminando como buenos la muerte del realismo.
Pero de esto hablaré mucho más adelante, en otro post.
Mientras tanto, quisiera pasar revista a un par de publicaciones que me han acompañado en los últimos días. Libros que se leen en movimiento y que te permiten acceder a un mayor panorama de lo que es hoy en día la narrativa peruana, la escrita en tiempo real, por decirlo de algún modo.
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Por un lado, tenemos Los viejos salvajes de Carlos de la Torre.
Novelita que tuvo una mención honrosa en la cuarta edición del Premio Cámara Peruana del Libro de Novela Breve 2012. Novelita que indudablemente merece más suerte de la que tuvo.
De la Torre es un narrador a la vieja usanza. Me explico: es uno de argumento y personajes. Lo suyo no es el estilo, menos la estructura, cumpliendo esta un propósito básicamente funcional. Tenemos pues a Rick González, un experimentado piloto que a sus sesenta años se gana la vida como un mercenario. Su campo de operaciones es Greedo 1, una galaxia que es el punto de paso a La Unión Republicana Indoeuropea y la federación latina. En este contexto, González lucha por sobrevivir. A pesar de tener el alma atravesada por la desazón y la frustración, se mantiene firme en sus ideales, cree en la amistad, en la lealtad, hasta en la posibilidad de formar una familia.
Pero el autor cae ante los baches que le generan ciertos personajes poco trabajados, estereotipados en demasía. Baches que son superados cada vez que González vuelve a escena. A pesar de ello, De la Torre se las ingenia para mantenernos atentos; es que el secreto, que no es algo tan secreto, yace en que su escritura no es esclava de la ambición, lo que único que se pretende aquí es relatarnos una historia, nada más.
Leyendo Los viejos salvajes me fue imposible no asociarla a las novelas de ciencia ficción en la onda de Asimov, Bradbury y Clarke. Es decir, podría ver la novela como un tributo a esa semilla que ha formado a miles de lectores y a cientos de escritores de ciencia ficción en el mundo.
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La otra publicación es el cuentario Cacería de espejismos, de Pedro Novoa.
Digamos que estamos ante un narrador en franca proyección. He leído sus novelas Maestra vida y Seis metros de soga y no tengo más que aplaudirlo por su oficio. Novoa es un narrador que sabe mirar, que sabe escuchar, muy atento a los detalles. Novoa es pues un radar, un satélite de sensaciones y humores. En su poética hay esquina y calle.
Sin embargo, y lamentablemente, este cuentario se dinamita solo.
Cuentos muy bien escritos. Cuentos muy bien estructurados. Cuentos con personajes bien perfilados. O sea, cuentos correctos, demasiado correctos, que no necesariamente tenemos que enmarcar en los terrenos de la literatura.
Leía el libro en cuestión y en más de un momento especulaba. ¿Qué pasó con el narrador fulgurante que leí en sus novelas? Pensé en la libertad creativa. Ningún escritor tiene que ser esclavo de un solo registro, pero si decides salirte de uno que dominas y exponerte en otro que no, saltan las falencias y con mucha más fuerza, peor que con un autor novato.
Aquí no se trata de estructurar y saber escribir y presentar desenlaces sorprendentes.
La clave es dominar el registro.
Los relatos del presente volumen son como aviones en pleno carreteo, se supone que en algún momento tienen que despegar, pero el carreteo sigue y cuando piensas que el avión despegará, se detiene. Y no te queda otra que cerrar el libro con desazón, porque sin duda esperabas mucho más de Novoa.

 
Detalle a tomar en cuenta: me acabo de dar cuenta de que los cuentos que conforman la presente publicación fueron escritos antes de que Novoa publicara sus dos reconocidas novelas. Es decir, textos que son una antesala, por decirlo de alguna manera, a lo mejor de su producción, la que más de uno celebra.

lunes, noviembre 11, 2013



sábado, noviembre 09, 2013

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            Voy sentado en el Metropolitano, leyendo una novela de Emmanuel Carrere, Una semana en la nieve.
A la fecha, sin proponérmelo, he leído todo Carrere.
Mientras me sumerjo en las aventuras y el descubrimiento de la vida del pequeño Nicolás, el protagonista de la novela, pienso también en los otros libros que he leído del francés, como Limónov, El adversario y la biografía sobre Philip K. Dick.
Hay más títulos, los hay.
Si quieres leer a un autor de otro lote.
No lo pienses mucho.
Emmanuel Carrere es la voz.
Como aún es temprano, me bajo en la Estación Central.
Cruzó el subterráneo centro comercial, rumbo al café Baltazar, en donde pediré la especialidad de la casa, aparte del pan con pollo, el alfajor, más un espresso doble (algún día revelaré el secreto de mi gusto por el espresso).

Llego y me ubico en una de las mesas al aire libre del Baltazar.
Hago mi pedido.
Y sigo leyendo a Carrere.
A partir del tercer capítulo, la novela empieza a volar.
Ya estoy en la novela.
Hago memoria y no recuerdo otra novela con niños protagonistas tan brutal como esta. A lo mejor sí, pero en estos instantes no me viene a la mente ninguna.
En realidad, siempre he carecido de sensibilidad para con este tipo de libros. Y me acerqué a este debido a la admiración que siempre ha despertado en mí Carrere. Desde El adversario me he vuelto un desordenado seguidor de lo que publica, absolutamente de todo lo que publica.
Me sirven el alfajor y el espresso.
Veo la hora en el celular y tengo suficiente tiempo para llegar a la librería.
Aún es temprano.
Pero al rato decido que no me iré hasta acabar de leer la novela. Lo que leo, vale todos los sacrificios.
Carrere sabe narrar. Quizá sea una de las plumas que mejor lo hace desde la tercera persona, cosa que habría que subrayar, más ahora que suele abusarse sin conocer las ventajas de la primera persona. Además, se trata de un narrador de argumento, de profundidad psicológica.
Marco algunos párrafos. No son menos que geniales.
Pero me es imposible no pensar en los idiotas que aseveran que la narrativa francesa contemporánea atraviesa una crisis de décadas.
¿Quiénes serán esos idiotas que lo aseveran por prejuicio y flojera?
En realidad, los mejores narradores que vengo leyendo desde hace ya varios años son franceses. Algunos muertos, otros no.
Entre mis preferidos, Carrere y Perec.
Vuelvo a mirar la hora.
Llevo diez minutos de retraso.
Se supone que debo pararme y aligerar el paso, pero no hay nada que deteste más que hacer las cosas apuradas. Nada se pierde si abro tarde hoy la librería. Además, mañana es domingo y no haré otra cosa que dormir y dormir.
Decido terminar la novela de Carrere.
Llamo a la mesera y le pido otro espresso, más un excelente pan (Ciabatta) con pollo.
La mesera, ante una pregunta que le hago sin hablar, me dice que sí, que sí se puede fumar.
No puede haber mañana más perfecta, pienso.

martes, noviembre 05, 2013



lunes, noviembre 04, 2013

Relato de un naufragio


Prender un Pall Mall rojo en Larco. Fumarlo despacio mientras piensas, luchando contra la ansiedad, en qué libros vas a comprar. Tu experiencia de lector te dice que el mejor día para comprar libros en una feria del libro es precisamente el primero. Pobre del que piense que es el último: en ese último día solo se remata el hueso, lo que nadie quiere tener en su almacén. Tu experiencia es la mejor garantía, y no importa la decepción de la última Feria Internacional del Libro, en cuyo primer día terminaste con un alfajor y Coca cola en las manos, luego de dos recorridos exhaustivos por todos los stands. Ahora las cosas serán diferentes. La Feria Ricardo Palma tiene tradición, y a la tradición la respetas. Además, tu memoria lectora te dice que los mejores libros de tu vida los compraste en esta feria. No interesa que ahora haya cambiado de locación. La tradición no es lugar, sino espíritu.
Cruzas la pista. El Pall Mall consumiéndose entre tus dedos. Lo que ves, una buena señal: la realidad es mejor de lo que imaginabas. Te gusta, y te gusta más porque estás en la hora del crepúsculo, en ese instante naranja y turquesa perdiéndose en el Pacífico. Te sientes bien, imposible negarlo. Llamas a algunos amigos, que te dicen que en las próximas horas estarán por la feria. No es para pensar mucho: el Parque Salazar es uno de los puntos referenciales de la ciudad, allí puedes quedar con quien sea.
Empiezas a recorrer la feria. Caminas lentamente, vas a los stands en los que siempre has comprado los libros que no pensabas comprar, porque si algo mágico tiene esta feria es que puedes decir que son los libros los que te encuentran, que te pasan la voz. Es que si comparas, esta feria exuda un involuntario carácter humanista, digamos libresco, de talle a destacar ante la gran gama de títulos comerciales que sueles ver en las ediciones de la FIL. Por eso te sientes a gusto en la feria Ricardo Palma. Nunca te ha decepcionado, y bajo esa idea la recorres, esperando sin esperar, notando la limpieza y el orden que no has visto en años anteriores. Y aunque los stands tienen el mismo tamaño, ahora ya no caminas a paso de procesión. Incluso puedes detenerte y contemplar la estupenda vista del mar.
Hasta el momento no te has parado a observar los stands, pero lo harás en los próximos segundos, en los siguientes días; al final de esta primera travesía te quedas con la sensación de que hubiese sido ideal quedarte con la primera impresión, esa impresión en aroma a tabaco segundos antes de pisar el Parque Salazar. Es que la desazón no puede ser tan aplastante, pero lo es, y no vas a perder el tiempo buscando a un solo responsable, porque los hacedores de esta desgracia con vista al mar no son solo las cuasi eternas cabezas de La Cámara Peruana del Libro, que una vez más te demuestran que son muy duchos para los negocios, pero no muy versados en gestionar la programación de una feria del libro (por decir lo menos, escalofriante). Tanta incapacidad supera tus deseos de buena onda, pero no debería sorprender, te dices, conocemos de los pocos recursos logísticos de la CPL, que vendría a ser el equivalente cultural de La Federación Peruana de Fútbol. Sus cabezas ostentan una nula disposición para el diálogo, no pueden generar recursos para traer muchos escritores internacionales de reconocida valía literaria. Tampoco pido tomarme un cafecito con Paul Auster en La Bomboniere, o unas costillitas con Enrique Vila-Matas en el Tony Roma´s.
Tú lo sabes, podemos tener buenas plumas latinoamericanas al alcance de la mano. Pueden venir siempre y cuando se les presente una propuesta seria, tampoco desmerezcas al buen narrador Pablo de Santis, pero el argentino ya es nuestro caserito, que por ser caserito ya no despierta el interés ni de los llamados lectores duros, que son el alma, la tradición de esta feria. La programación es el ejemplo irrefutable de los amos y señores de la CPL, porque basta con echarle una ligera mirada para barajar la sospecha razonable de que no les interesa ofrecer al público algo relativamente llamativo. Hasta tendrías la impresión de que se hizo por hacer, por rellenar.
A pesar de ello, te armas de fe. No puedes ser tan crítico y decides volver otro día, pero ahora con Gianella, tu sobrina y potencial lectora a la que quieres acostumbrar a recorrer ferias. Si la feria no tiene lo que buscas, a lo mejor sí para ella. Total, aún pervive en tu mente esas tardes en las que ibas con tu padre en busca de novelas de aventuras. En el camino saludas a algunos editores y escritores, y te detienes sin querer en algunos stands, como el de Estruendomudo, en el que busco los primeros libros de la colección “Cuadernos esenciales”, pero no los encuentras, pero no los encuentras; lo que sí encuentras al voltear es a tu sobrina cogiendo el mamarracho Yo puedo, sé que puedo de Alejandra Baigorria. El mohín de Gianellita lo dice todo. Y te sientes bien, muy bien, porque a cualquier edad se puede detectar el mal gusto. Pero te cuesta comprender cómo una editorial que nació con un discurso literario haya ensuciado su catálogo con colecciones que sin más albergan esperpentos como estos. ¿Qué hay que tener en la cabeza para editar 5000 ejemplares de Baigorria? Pues aserrín y no más de 30 libros leídos en la vida. Pero no, deseas que al libro de la Baigorria le vaya bien, que le depare a la editorial las suficientes maracas, cosa que Alvarito Lasso se pone al día con los autores a los que a la fecha no les paga.
A Gianellita se le antoja un heladito y compras un heladito, y como eres masoquista, vuelves a ver la programación. Solo te queda sonreír, ya no vale la pena quejarse, hay que tomarse las cosas deportivamente. Si la Baigorria publica, entonces celebremos la aparición de Ni puta ni santa de Mónica Cabrejos, gracias a San Marcos, editorial que no es esclava de ningún discurso, porque a este sello solo le interesa el factor comercial. Por eso imprimieron 3000 ejemplares, para así llenar las arcas y seguir publicando libros de derecho, antropología, colecciones infantiles y, de cuando en cuando, algo de literatura.
Sin embargo, no vale la pena que te mates pidiendo lo imposible, la oferta editorial va en onda con lo que ves en los mismos stands. No hay nada que llame tu atención, y esto es lo que te fastidia más, porque en la Ricardo Palma sí podías esperar ese toque mágico del título que llevabas buscando durante mucho tiempo y que aparecía ante ti como un rayo verde que justificaba tu existencia lectora. Pero ya no hagas hígado, dices al toparte con no pocos vendedores de libros que no pueden recomendarte ni explicarte un libro, vendedores de libros a los que no les interesa forjarse un espíritu librero. La CPL, la oferta editorial de los pequeños y grandes sellos, y los mismos stands que exhiben una atroz despreocupación por traer buenas cosas, todo está de cabeza.

 

Publicado en la edición 36 de la revista Velaverde.