martes, diciembre 31, 2013

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En la madrugada estuve leyendo un par de poemarios publicados por una editorial independiente de Chile, me los regaló Camila cuando estuvo de paso por Lima. Pero también estuve buscando como un soberano poseso mi DVD de Carlitos Way. Sin proponérmelo, he estado visionando todas las películas de Brian De Palma. Un maestro, sin duda, pero de esos que transmiten desde la imperfección y la irregularidad. No sé por qué, pero quise ver nuevamente esta película, a lo mejor guiado por un ánimo reivindicatorio. Si la memoria no me falla, la he visto una sola vez en toda mi vida. Se hacía imperioso ponerme al día, saldar ciertas deudas cinematográficas. O a lo mejor no me doy cuenta y soy guiado por un espíritu gangsteril asociado a las novelas gangsteriles que he estado frecuentando últimamente. Quizá aún brote en mi cabeza la relectura de Crímenes a largo plazo de Jake Arnott. 
Como sea.
Pese a los esfuerzos, no pude encontrar la película.
¿Se la presté a alguien?, me pregunté cuando examiné el último lugar posible.
Como el hecho de recordar no me viene bien en estos días, no recordé. Así que busqué culpables entre mis amigas y patas. De mis amigas hay una que fagocita cine aún más que yo. Erika es productora de un programa de televisión y escritora de guiones. Admiro su capacidad para armar historias partiendo de asuntos inanes e incoherentes. Además, ella fue quien me animó a ver The Wire cuando nadie hablaba ni escribía de la serie.
Así es, Erika es la culpable. Ella es la que tiene mi DVD de Carlitos Way.
Entonces la llamo y le pregunto si por casualidad le presté la película.
Al parecer, estaba ocupada. Podía escuchar a hombres y mujeres hablando de luces, cámaras y tomas.
Su respuesta fue no menos que contundente.
Y creo que se molestó por dudar de ella.
Pero estoy tranquilo. Una de sus grandes cualidades, entre muchas, es que no se deja ganar por la cólera y la molestia. Tiene paciencia y cuenta hasta 30 antes de explotar.
Entonces, ¿dónde mierda está la película?
Necesito distraerme. No puedo dejarme ganar por las ansias. Mi problema de toda la vida ha sido, es y será el ansia. No termino nada bien cuando me frustro a causa de la ansiedad que me convierte en su ser voraz. Por ello, vuelvo a la poesía, a la buena poesía de los poetas del sur, a los poemarios que me regaló Camila.


lunes, diciembre 30, 2013

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Desde hace algunos meses se ha prohibido fumar en el Boulevard Quilca. No me hago problemas. El fumador, el verdadero, el que fuma por placer, fuma en cualquier lugar. Me he acostumbrado a salir cada hora de Selecta y así fumo mientras me doy algunas vueltas por el Centro de Lima.
Hoy lunes no fue la excepción.
Salí a caminar.
Mis pasos me llevaron por Camaná, hasta Emancipación. Fumando.
El sábado pasado me regalaron una cajetilla de Marlboro. Un pata vino a la librería exclusivamente para agradecerme por los buenos libros que le he recomendado durante el año. Él pensó que una cajetilla de Marlboro sería un gran regalo, que de hecho lo es, para un vicioso del tabaco como yo.
No siempre he sido hincha del Pall Mall rojo. Hubo un tiempo en que solo fumaba Marlboro rojo. Y lo tuve que dejar por dos razones. La primera, gastaba mucho dinero en las cajetillas; y la segunda, el Pall Mall rojo era la marca de cigarros de Nathan Zuckerman en La visita al maestro, la primera novela del Ciclo Zuckerman de Philip Roth.
Es decir, en mi dependencia del Pall Mall rojo confluyeron la necesidad de ahorro y un posero sentimiento literario.
Como sea, tiempo que no fumaba Marlboro. Y vaya que fumarlo ante tanto sol y cruzándome con gente apurada y sudorosa, puede llegar a ser toda una experiencia tanática.
Recordaba y trataba de recordar por qué fue que empecé a fumar Marlboro. Detrás de un gran vicio siempre hay una gran motivación y seguramente esta motivación vino de la mano de alguna mujer depositaria de mi afecto y furia hormonal. Pero me di cuenta de que no valía la pena recordar. Fumar Marlboro me asocia a una etapa signada por los más aciagos sucesos que me tocó vivir. Todo lo malo me ocurrió en ese periodo marlboriano, etapa que terminó con la desaparición de mi aún querido gato Nesho.
Compro una botella helada de San Mateo sin gas. Mi boca y garganta necesitan de todo el líquido posible. En mi boca hay fuego y el sol arde en su hora punta.
Bebo y sigo bebiendo.
Me ubico en la sombra. Y boto el último pucho de la cajetilla de Marlboro.
Y regreso a la librería, siempre cobijado por la sombra, pero ahora fumando el Pall Mall de siempre. Es decir, he vuelto a la normalidad.

domingo, diciembre 29, 2013



recuentos / reediciones


Después de algunos días me pongo a revisar el acontecer literario local.
Ingreso a páginas webs, blogs y uno que uno otro muro en Facebook.
Presto atención a los recuentos.
Los leo y los vuelvo a leer.
Después de un rato, no sé si reír o llorar.
Genera risa la hechura de más de un recuento. Pero llama la atención que, a diferencia de otros años, ahora presenciemos la aparición de recuentos que llevan el cintillo de Delivery.
Así es, Recuentos Delivery.
Y es para llorar que más de un incauto los celebre. Lamentablemente, estamos en la era de la celebración de la mediocridad.
En los Recuentos Delivery no hace falta leer libros. No, qué va. Para hacerlos solo hace falta ser un criollazo y jugar bien las fichas de la promoción. Y claro, saber hacerla: pones a los que tienes que poner y, al toque nomás, metes la trampa, la bazofia que también calificas como lo más destacado del año.
¿La supieron hacer? Ni hablar. Los Recuentos Delivery Perú 2013 se delatan al toque.
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Quedo tranquilo con mi consciencia. Fue una buena decisión no hacer un balance literario del 2013. Si lo hacía, me convertía en un asesino en serie.
Ahora, no todos los recuentos están rubricados por la frivolidad y la criollada. Ni hablar. Tenemos recuentos que sí merecen leerse, no por perfectos, tampoco por indiscutibles, pero sí por coherentes. Recuentos que me permiten aseverar que los hacedores de los mismos leyeron lo que eligieron como lo mejorcito del año. Por ello, me quedo con el de José Carlos Yrigoyen en Poema Inútil, con el de Víctor Ruiz en Correo Semanal y con el de Luis Aguirre en Caretas. Tres son suficientes. No más.
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Como ya lo dije más de una vez. El 2013 es el peor año literario de los últimos cuatro lustros. Así de remal, de hasta las huevas, estamos. Los títulos que destacan son tan pocos y contados que pierden por goleada ante la legión de publicaciones mediocres que hemos tenido la mala suerte de leer.
Pues bien, llama mi atención la poca atención a las reediciones.
Si algo bueno trajo este 2013 fue precisamente un par de reediciones de libros fundamentales para la literatura peruana contemporánea.
Y aquí ha resbalado más de uno. Casi nadie se ha dado cuenta de la importancia de El pez que aprendió a caminar de Claudia Ulloa Donoso y de Generación Cochebomba de Martín Roldán Ruiz. Si estuviéramos más atentos a nuestra literatura, a su registro permanente, y no a las campañas autopromocionales de nuestros escribas, tendríamos más de un motivo para estar satisfechos de lo que se viene haciendo. Una reedición, más aún si esta es de un joven autor en pleno ejercicio de su propuesta, es de por sí un motivo de celebración que no tendríamos que soslayar.
Pero en nuestro circuito soslayamos.
Estamos tan ahuevados que no nos damos cuenta de lo que nos perdemos.
Nos enfocamos en cualquier estupidez y no en lo que verdaderamente suma.
Veamos:
Si los cálculos no me fallan, la nueva edición de El pez que aprendió a caminar ya debe estar agotada. Su autora es quizá la más dotada de su generación, dotada con ese aura que existe y que llamamos Talento Natural. Gracias a su Pez, Ulloa Donoso ya tiene un lugarcito asegurado en el imaginario literario (y no solo peruano) en por lo menos en tres generaciones más. De alguna u otra manera, soy un testigo presencial del éxito de Generación Cochebomba, la ya mítica novela de Martín Roldán Ruiz. Cachorros, queridas, no les exagero: esta reedición se acabó en dos meses. Es una novela de culto. De todos los libros de autores peruanos surgidos a partir del 2000, este de MRR viene suscitando tesis doctorales. ¿Por algo será, no?

sábado, diciembre 28, 2013



viernes, diciembre 27, 2013

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A mitad de La Plaza San Martín siento la imperiosa necesidad de refugiarme entre sus arcos. El calor, a estas horas de la mañana, es no menos que insoportable y el mero hecho de pensar lo que será el verano no hace sino que asentar aún más mi visión fatalista de la vida.
Pero bueno, hay que darle a las cosas tal y como se nos presentan. No dejarse vencer por la caldera y aprovechar los placeres que bajo su estímulo se puede hacer, es la consigna. Como bien escuché por allí, o como bien pude haber leído en alguna pared, del centro seguramente: “Tenemos que sacarle la vuelta a las circunstancias”. Idea/frase deudora de un discurso de autoayuda de poeta maldito, seguramente producto de un momento de iluminación luego de una madrugada rubricada por el trago y la hierba.
Me ubico entre los arcos y me compro una San Mateo, helada, heladísima y sin gas. Camino hacia el DeGrot y me siento en los escalones de la puerta ubicada al lado del bar. Prendo un Pall Mall rojo y miro la plaza tostada por el sol, admirando a los seres humanos que se atreven a caminar por esa parrilla como si nada, caminan con paso cansino, porque es mejor achicharrarse lentamente a quedar allí desmayados si en caso caminaran rápido.
Paso algunos minutos en ese estado de hueveo, dando gracias por el ligero viento frío que se estrella en mi cabello y rostro. Dando gracias porque mi San Mateo es la botella de agua mineral más helada de toda la ciudad. No pienso en mi garganta, ni en los estragos que sufriré después. Lo que necesitaba era refrescarme, sentir esta sensación de frío que llega en cualquier momento del día. Ni el ventilador que armé ayer, ni el que voy a comprar, podrán depararme esta sensación de frío y paz que vivo ahora mismo debajo de los arcos de la plaza.


chimal style


Un libro que se publicó este año y que, según mi percepción, pasó injustamente desapercibido, fue La ciudad imaginada, del narrador mexicano Alberto Chimal.
Lo leí en su momento, hace ya varios meses, quizá en pleno contexto de la pasada FIL de Lima. Durante un tiempo pensé que se trataría de una publicación que más de uno iba a celebrar en medios, pero no, lamentablemente no fue así. Y el lamento es doble puesto que se trata de uno de esos títulos en los que aparte de disfrutar de la prosa y la propuesta del autor, nos ofrece más de un camino para aprender, y aprender de los libros de ficción, en lo que respecta a la costura narrativa e influencia, es lo que pocas veces vemos hoy en día.
Reviso la publicación, no para someterla al juicio del tiempo, en búsqueda de canas y arrugas, sino para refrendar lo que sigo pensando de nuestro periodismo cultural, que tiene en el hueveo una norma y en la exaltación de basura extranjera un alegre objetivo a cumplir. Pero no es la primera vez que esto ocurre, hace un par de años pasó casi lo mismo con Movimiento perpetuo, la obra poética completa del vate chileno Óscar Hahn. Tanto el libro de Hahn como el de Chimal han sido publicados por editoriales peruanas independientes, Lustra y Casa tomada, respectivamente, y más allá de la saludable distancia que tenga con sus editores, sería mezquino no reconocer el esfuerzo desplegado, puesto que, contra lo que se pueda pensar, no es nada fácil publicar en Perú a estos autores de reconocido nivel internacional.
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Los relatos de Chimal llevan consigo trampas, desde que empezamos a leerlos podemos intuir a lo que nos vamos a enfrentar, pero basta una referencia, sea una descripción, un diálogo, un gesto de algún personaje, como para quedar sometidos a sorpresas nada agradables. No me refiero a desenlaces que aturdan, sino a lo que se nos cuenta mientras cuenta, en el proceso de silente descomposición que no solo sufren sus personajes (la ciudad es también un personaje), sino también los propios lectores. La prosa y el estilo del mexicano es como una luz que nos pudre sin que nos demos cuenta, prosa y estilo que se nutren de la referencia pop pero también de una tradición gótica que haríamos bien en volver a visitar o empezar a conocer, en títulos como Madame Putifar de Pétrus Borel, Venganza fatal de Charles R. Maturin, El ángel de la ventana de occidente de Meyrink y, por supuesto, en autores, pero solo en pequeñas dosis, como Lovecraft.
Chimal es todo un capo, sabe bien cómo esconder sus referencias. Y las sabe esconder porque es deudor, ante todo, del tejido narrativo de lo mejor de la narrativa breve latinoamericana. Su originalidad y desbordante imaginación no nacen de la nada, puesto que descansan en una férrea base que le permite escribir de lo que bien le venga en gana. Chimal, en relatos como “Mogo”, “Mesa con mar”, “La balanza”, la homónima que titula la publicación, “Veinte de robots” y “Los salvajes” construye un universo personal, una tradición fantástica/gótica que le permite recrear la vida moderna, una poética que más de uno debe empezar a tomar como referente.

jueves, diciembre 26, 2013



miércoles, diciembre 25, 2013

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Me levanto temprano.
Anoche, durante celebración de la Noche Buena, se perdió uno de mis gatos, asustado por tanta explosión inútil. El más pequeño también se asustó, pero aprovechó una milésima de segundo de silencio para entrar en la casa como un proyectil.
Mi casa tiene dos entradas, puertas. La principal da a la calle de la cuadra, y la otra a la vereda de un parque enrejado. De ese parque enrejado es de donde rescaté a mis dos gatos, los rescaté de la esporádica caridad de los vecinos. En esta mañana de navidad busco en ese parque al gato más grande. Pienso en lo que piensa mi papá, que el gato grande a veces duerme en otra casa, a lo mejor celoso de las inevitables atenciones que le brindamos al gato más pequeño.
Busco al gato, camino despacio entre los senderos de concreto, cruzo la losa de fulbito, también enrejada, y aguzo la mirada pero no tengo el más mínimo rastro del gato, que espero encontrar maltrecho y herido, pero no a causa del maltrato de algún vecino desalmado, sino maltrecho, satisfecho y herido a causa de una gata salvaje y arrecha.
Termino de fumar y regreso a casa.
Ha salido el sol y parece que soy el único ser humano despierto en todo el barrio. En la puerta me recibe el otro gato, el más pequeño. El gato pequeño mueve la cola, en sus diáfanos ojos verdes queda la expectativa del regreso cansado del gato grande, cansado pero cumplidor.
Gatos, pues.

martes, diciembre 24, 2013



lunes, diciembre 23, 2013

hierba/poesía


Los lunes me levanto tarde.
Pero a diferencia de otros lunes, esta vez me desperté temprano.
Anoche estuve muy cansado y no pude responder algunos mails y mensajes de Inbox de Face. Entonces la idea era hacerlo esta mañana. Y en esas se supone que estaba, pero me puse a releer algunos poemas de la antología de Cummings Buffalo Bill ha muerto, y, muy en especial, estrené mi nueva pipa para hierba. Razones más que suficientes para desentenderme de las respuestas que debía ofrecer para no quedar como un descortés.
Terminé de fumar y de releer los poemas de Cummings.
No sé qué me gustó más, o la hierba o la relectura.
Cuando fumo hierba lo hago escuchando música o leyendo poesía. Si algún consejo tuviera que dar, este sería que fumen con el Animals de Pink Floyd.
Luego de media hora, tomé un poco de agua y me preparé café. Entonces recién pude prender a La leona loca y me puse a responder algunos mails y mensajes de Inbox.
Veamos:
“¿Cuándo reseñas Contarlo todo?”
“¿Cuándo lo del libro de cuentos de Alvarito 2?”
“¿Cuándo lo del sietemesino, que no deja de hablar de ti por Inbox?”
“¿Qué opinas del Cartel de Boston?”
“¿Y qué del Cartel de Brown?”
“¿Tan mal estamos que este año no harás tu recuento literario?”
“Soy un joven autor de provincia. ¿Puedes ayudarme: un editor de mi tierra, al que llaman “Guayabera sucia”, me viene meciendo desde hace meses, no me paga, es un conchán que se pasea por todas las ferias como si nada? No soy el único al que está meciendo. G, ayúdanos con un post, por favor”.
“¿Ya leíste lo último de Yushimito?”
Y las preguntas siguen. Pero no me distraigo, aún me faltan dos horas para ir a la chamba y quiero terminar de leer la novela de Andrés Ibáñez, La lluvia de los inocentes, que he leído entre taxis, custers y mientras esperaba en el banco. Una buena novela que ojalá te animes a leer, querido lector. Pero antes que a Ibáñez, tienes que buscar a Iris Murdoch. Esta Mujer (así en mayúscula) ha llegado para quedarse con nosotros. Apunta en tu cuaderno Loro: Henry y Cato.
Entonces, se deduce que hay cosas buenas de las que escribir y hacia ello me voy a abocar.
De lo que preguntan por mail e Inbox, fácil: reseñaré lo de Gamboa. Sobre el recuento, como bien lo dije: hacer un recuento es un arduo ejercicio de memoria, encima imperfecto, además, no quiero ser parte de una mentira. Pese a que hemos tenido libros buenos e interesantes en materia literaria, estos son insuficientes para salvar el que de lejos es el peor año literario del que tenga idea, al menos el peor de los últimos tres lustros. En este sentido, hacer un recuento es prácticamente avalar y celebrar la mediocridad. Y lo que más detesto en la vida es la mediocridad. Ahora, el cuentario de Yushimito, de hecho que lo leeré y también lo reseñaré, lo leeré a inicios del 2014 y fácil lo reseño en junio. ¿Por qué apurarse con la reseña de un libro, como si estos fueran a desaparecer, como si estuviéramos cerca del fin de los tiempos? Así como invertimos tiempo en la lectura, también deberíamos hacerlo en el proceso de pensar un libro luego de haberlo leído. Al menos, eso es lo que siempre he intentado hacer.
Y de las otras cosas que me preguntan, la verdad, no tengo el más mínimo interés en gastar pólvora en gallinazos. Que si me piensan, que si hablan mal de mí, pues qué bueno, no imaginaba que era una presencia permanente en las almas de mis tristes y risibles enemigos, por demás gratuitos, y a quienes les deseo una feliz navidad en compañía de los seres que más quieren, porque eso es lo bueno que nos trae esta fecha.

domingo, diciembre 22, 2013



sábado, diciembre 21, 2013

testimonio coral

No pensemos mucho: estamos ante la oportunidad de leer un libro sumamente importante. Importante como documento histórico. Documento, si se me permite especular, que nos ayudaría a entender y ver de otra manera los avatares de La Primera Guerra Mundial. El pueblo en la guerra de la rusa Sofia Fedórchenko. 
La presente publicación se traduce por primera vez al castellano, por cuenta de Olga Korobenko, y la tenemos entre nosotros gracias al sello español Hermida Editores. Si somos objetivos, fríos y nada calculadores, no podemos negar que estamos ante un hito histórico que nos permite entender la novelística rusa de la primera mitad del siglo pasado. O sea, lo que hay detrás de ella, de lo que la nutre, de las referencias que seguramente más de un novelista ha usado y que extrañamente no ha reconocido como una fuente inmediata. Por otra parte, Fedórchenko ha sido víctima durante décadas del silenciamiento por cuenta de la intelectualidad rusa. Hablaríamos de machismo, de mezquindad y de innumerables muestras de miserabilismo. Pero más allá de esto, lo que importa es que hoy en día esta ex enfermera ocupa un lugar destacado en el imaginario cultural de su país. 
Si tuviera que hermanar la presente publicación,  podría hacerlo con el Informe de la CVR. 
Esto no es nada gratuito. 
Las novelas, cuentarios y poemarios más celebrados y criticados sobre la violencia política peruana tienen como base los testimonios consignados en la CVR. Mediante ellos se han forjado registros narrativos y poéticos que nos permiten entender, o en todo caso cuestionar, lo que realmente ocurrió en esos años aciagos de nuestra historia reciente. En este sentido, podemos rastrear una influencia y no debe extrañarnos que más de un entendido en la materia la llame bajo el rótulo de Literatura Peruana Post CVR. 
El pueblo en la guerra fue la brújula temática para no pocos escritores rusos que recrearon los estragos de La Primera Guerra Mundial. Aquí no hay protagonistas específicos, sino más bien directos testigos anónimos, testimonios de soldados rusos heridos en el frente de batalla entre los años 1915 y 1916. Soldados rusos atendidos por la entonces joven enfermera Fedórchenko, quien tomaba nota de sus traumas e impresiones que les deparaba la guerra. 
Leemos los testimonios y por instantes creemos que estamos ante una exageración de atrocidades, pero no, no encontramos exageración de ningún tipo, sino desazón y un desolador sentimiento de traición de los soldados rusos que dan cuenta de una guerra en la que se sintieron abandonados, de una guerra en la que defendían cualquier tipo de interés menos el de la soberanía. Los testimonios que se nos presentan no son más que radiografías de la bestialidad a la que puede llegar la involuntaria degradación humana. Estos soldados no se asumen como héroes, sino más bien como víctimas y victimarios. Matan, violan, aman. Uno los lee y sospecha que ya lo has leído. E indudablemente los hemos leído en la narrativa rusa que aborda la guerra, y no necesariamente lo ocurrido durante La Primera Guerra Mundial. He allí pues el valor documental que nos entrega Fedórchenko. Pero la publicación es también el reflejo de la ética y moral de la compiladora, porque dejó hablar a los soldados, sin tomar partido, es decir, sin divinizar ni satanizar. 
Sin duda, no discutimos el importantísimo aporte que tenemos en manos. Nos adentramos como pocas veces en los cruces de la guerra, pero ello no implica que extrañemos el vuelo literario. No olvidemos que la gran mayoría de soldados rusos eran analfabetos y Fedórchenko no era precisamente una escritora de oficio. 

… 

Publicado en Lee por gusto.

viernes, diciembre 20, 2013



jueves, diciembre 19, 2013

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Un libro que desde hace varios meses quería leer y que por fin ahora estoy leyendo, Librerías de Jorge Carrión. 
También vengo leyendo otros títulos, pero este ha resultado determinante. Así que veremos cómo va, y espero que vaya bien. 
Me ha hecho muy bien desconectarme indefinidamente del Face. Tengo tantas cosas en la cabeza, tanto por leer y escribir que no puedo darme el lujo de perder valiosos minutos de mi vida en los energúmenos que solo viven de mí, sobre todo cuando estos energúmenos dicen lo que dicen amparados en la distancia, tanto virtual como geográfica. No me hago problemas, tarde o temprano les voy a caer y desearán haber dejado en paz a este pata. A lo mejor daré con ellos cuando vayan paseando por Mini Mundo. 
Pero el Face también trae buenas cosas, y muy buenas. Es también un espacio de reencuentro. Gente que habías olvidado se pone en contacto contigo luego de mucho tiempo. Pienso en Verónica, en V, como la llamaba durante esos largos ciclos en la Filmoteca de Lima. Hablo de fines de los noventa e inicios del nuevo siglo. 
Desde hace muchos años V reside en Suecia. Está casada y tiene cuatro hijas, imagino que tan juguetonas, risueñas y bellas como su madre. 
V me llama y me saluda. Me saluda por no haberme llamado en mi cumpleaños. Le digo que no se preocupe, que lo bueno es que se haya acordado. Le conté de mi viaje que hice a Pozuzo, de las cascadas ocultas que vi entre el follaje de la selva. Cascadas que muy pronto o bien van a desaparecer o serán explotadas por cuenta de la industria turística. V me dice que ya terminó de escribir su novela policial. Patricia Highsmith es su maestra. Y aunque no haya leído el manuscrito, sé que se trata de una buena novela. Cuando la conocí, V era una devoradora de cine negro y novela negra. Me sorprendía lo apasionada que podía llegar a ser, su compromiso con la ficción era un hecho no menos que visceral. Además, y lo digo en el más puro sentido descriptivo, V, aparte de hacer gala de una compacta silueta trabajada en intensas bicicletadas nocturnas y mañaneras, poseía una sensibilidad para el arte. Conozco a más de un aspirante a escritor y escultor que literalmente lo dejó todo por ella. 
Cuando V publique su novela, sé que dará que hablar. Ella sabe bien lo que busca: contar una buena historia, para qué más.


punto de quiebre


Creo que no hay nada mejor que presentar un buen primer libro. En este caso uno de relatos.
Pero la satisfacción es mayor cuando el autor de ese libro es un amigo tuyo, a quien estimas y admiras.
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Antes de hablar de las virtudes de la presente publicación, no puedo dejar de expresar mi satisfacción por la vuelta al ruedo de Matalamanga. Dentro de la eclosión editorial que vimos hace algunos años, Matalamanga se proyectaba como una editorial representativa. Que en estos últimos años se haya dejado estar, ese es otro problema, otro asunto, otro discurso. Lo que debemos subrayar es que necesitamos más sellos como este, que se den el gusto de publicar los libros que quieren publicar, no lo que les imponga la necesidad del dinero rápido, como lamentablemente seguimos viendo.
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Vayamos a lo que nos compete.
Primero, quiero hablar de Stuart. Como dije líneas arriba, estimo y admiro al autor.
Lo admiro porque desde que lo conocí, supe que estaba ante un lector voraz. Stuart es un lector que escribe. Un lector, dicho sea, peligroso, cuyo afán por leer lo que desea le ha permitido sortear toda clase de obstáculos. Ojalá tuviera su edad y así aprender de él, ser tan rápido y natural. Aún recuerdo la ocasión en que fue a buscarme con los tomos de El cuarteto de Alejandría. Esa vez me quedé callado, a lo mejor ligeramente obnubilado a razón de una proeza que muy pocos son capaces de llevar a cabo.
Sin embargo, lo que más recuerdo de todas sus visitas: cuando me entregó el ejemplar de esta publicación.
Me sorprendió porque Stuart se lo tenía muy bien guardado. El libro ya había salido de imprenta hacía unos meses y yo ni enterado del asunto.
Cuando se fue, me puse a picarlo. Quizá bajo un ánimo condescendiente, no muy machetero. Pero lo que empezó siendo un acercamiento afectuoso, devino en una satisfacción por la propuesta que encontraba.
Por lo general, cuando nos topamos con libros-debut, casi siempre cuentarios, solemos toparnos con propuestas orgánicas, en las que notamos, a veces con algo de dificultad, un hilo conductor que une los relatos. Se trata pues de una estrategia, no pocas veces el tema es una buena coraza para las deficiencias estructurales y narrativas de los debutantes. El tema es una especie de “Perdonavidas”. 
Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el cuentario que lees tiene todo menos una coherencia orgánica? ¿Qué piensas cuando no hay un solo tema, sino varios, cada cual más independiente del otro? O bien se es un irresponsable o alguien que arriesga, dispuesto a quebrar la medianía.
Como todo autor consciente de sus recursos –y vaya que Stuart los tiene-, su libertad la despliega como bien le viene en gana. En ellos es posible ser testigos de su inclinación por el arrojo y el riesgo, privilegiando de esta manera su mirada, por demás curiosa. Llama la atención los perfiles de sus personajes. Uno no puede sino encariñarse con este grupo que exhibe una actitud que oscila entre la ingenuidad y la pendencia, con una postura ante la vida que los pinta de Adultos que se portan como niños. Es que de alguna u otra manera, estamos ante gente bastante tocada de la cabeza, enfrentada a situaciones en los que prima un punto de vista peculiar de la realidad.
El punto de vista.
En el punto de vista de sus personajes encontramos la dote narrativa de Stuart. Pensemos en los relatos “La guerra según Octavio”, “Duérmete, niño”, “La cacería” y en el que da título a la publicación. Leemos entre líneas y nos es imposible no pensar en sus influencias literarias, siendo la de Dahl la que se impone por deuda. En este sentido, nuestro joven autor ha sabido alimentarse bien de su influencia, ha captado la otra mirada de la realidad. Y esa otra mirada es lo que le permite llevar a cabo una libertad pocas veces vista en nuestra narrativa reciente. Es decir, hallamos un punto de quiebre, por demás, muy saludable.
Muchas veces se nos ha hablado de libertad que no deben perder los narradores. Pero hemos entendido mal esta libertad. La libertad no está en lo que quieras escribir, sino en la fuerza de la mirada. Leyendo el libro podemos llegar a la certeza de que Stuart, aparte de leer como una bestia, no ha hecho otra cosa en toda su vida que no sea la de afinar su mirada. Stuart es un detector de grandes detalles desapercibidos.
“Autógrafo” y “La noche turca” sean quizá los relatos insignia del presente libro. Leo y releo el primero de los citados y no puedo sentir otra cosa que no sea estremecerme. No por lo que se nos cuenta, sino por la forma en que aborda el tópico. Casi siempre los retratos sobre el padre son hechos desde el resentimiento y el trauma. No hay pues una fuerte tradición feliz sobre la figura del padre. El relato de Stuart no es tampoco uno feliz, pero sí intenta hacerlo en la medida de lo que ha sabido extraer de Kafka y Auster –así de encontrados son sus referentes-, entregándonos un testimonio disfrazado que irá creciendo a medida que pase el tiempo. Un lector como Stuart no pudo rehuirle al mundo de los escritores. “La noche turca” no es más que una patética radiografía de lo que es el mundo literario. Aquí no hay una referencialidad inmediata. No hay un realismo mimético literario. Lo que hay es una inmersión en las trampas que nos depara el ego. No sería descabellado pensar que los personajes del relato sean unos poseros tarados, poseros tarados no por naturaleza, sino por una necesidad de nutrir el ego, de sentirse alguien en un microcosmo en el que no necesariamente se tiene que tener talento o haber leído mucho. No, lo que Stuart nos presenta es la frivolidad innata y circense de todos aquellos que anhelan llevar una vida literaria en vez de una vida consagrada a la escritura.
Stuart, querido amigo. No tengo más que decirte. Estás en el mundo de la literatura desde hace mucho tiempo. La muerte es una sombra es un buen paso, un testimonio de tu convicción y pasión por esta apuesta dura pero estimulante.
Lo único que te pido es que no te pierdas y no chupes más. Abandona el Don Lucho.
Gracias.
 
 
Leído en la presentación de La muerte es una sola de Stuart Flores.

martes, diciembre 17, 2013




narrar

Con Kubrick hay que estar más que agradecidos. 
De alguna u otra manera, sus películas quedan insertadas en nuestro imaginario, no solo cinematográfico, sino también vital. 
No creo que pueda conocer persona alguna que pase por alto la primera vez que vio La naranja mecánica o El resplandor
Así es, la primera vez. La primera vez que se vio una película de Kubrick. 
Yo aún recuerdo cuando vi La naranja mecánica en la Filmoteca de Lima, cuando esta quedaba en el Museo de Arte. Era un perdido sábado de junio de 1999 y aún siento la fuerza y la furia que no pude amainar en días. Fue una película que me dinamitó ciertas taras y no pocos prejuicios. 
Pero Kubrick no solo es un grande a partir de sus trabajos consagratorios. También lo fue desde sus comienzos, en esas películas aparentemente lineales y que no provocaban un mero análisis más allá de lo previsible. Felizmente, las cosas están cambiando. 
Debemos volver a la semilla de las poéticas. 
Eso es lo que me pasó hace poco con El beso del asesino (1955). Llevaba días pensando en los narradores, no solo literarios, también cinematográficos. Y también musicales. 
Me fue imposible no buscar esta película. Al principio creí que no la volvería a ver, simplemente no la encontraba, pero la encontré con ayuda de Silvestre, mi gato salvaje, que no dudó en meterse entre mis anaqueles de películas. 
No sé por qué pensaba en El beso del asesino. Pero pensaba en esta película. Era momento de someterla a un caprichoso escrutinio. 
Y vaya que sí pasó la prueba. 
Se trata de una película demasiado fresca, vigente,  contra lo que muchos podrían pensar. 
Un boxeador venido a menos. Una mujer irracional, y como tal, fatal. Un mandamás mafioso. El hilo conductor: la enajenación emocional y hormonal. Porque eso es lo que genera Gloria (Irene Kane), y por ella sufren Davy Gordon (Gloria Price) y Vicent Rapallo (Frank Silvera). 
El desamor y el afecto por interés. 
Como todo maestro, Kubrick saca provecho de sus personajes. En especial a Rapallo. ¿Qué hombre puede soportar las humillaciones ante una mujer que no lo ama y que cuando se ve sin salida, esta misma mujer le promete toda la fidelidad y una vida juntos que hasta hace no mucho rechazaba porque era un “viejo que olía mal”? 
Es que la película yace en la actuación de Silvera, no en la parejita que sella la historia con un beso, en un cantado final feliz. 
Kubrick la hace linda. 
No experimenta. 
Es más lineal de lo que podríamos pensar. Más de uno ha dicho que esta película era no más que un simple ejercicio del cineasta. A lo mejor. Pero en ese supuesto ejercicio y en la simpleza de su ejecución demostró que hasta para las historias más sencillas había que saber narrar. Conocer los secretos de la narración, partir de la médula, ir paso a paso, dominar lo básico que se enseña para después alterar el registro.