domingo, enero 19, 2014

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Hoy domingo me levanté muy temprano y me fui a correr a la Videna. Bien pude hacerlo en el parque enrejado ubicado detrás de mi casa, pero como mi deseo era deshacerme de toda la toxina de los últimos días, decidí irme a San Luis. Necesitaba pues una distancia y un terreno que me exigieran.
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En el trayecto de regreso, caminaba escuchando música, parándome de cuando en cuando en los kioskos, analizando los titulares de nuestra maravillosa prensa escrita. Ni bien sentí mi corazón en su ritmo natural, prendí el primer cigarrillo del día y me tomé un frío y salvador jugo de naranja. Hubiese quedado más exhausto con sol, pero felizmente este no apareció mientras corría y trotaba.
Se supone que sería un domingo tranquilo, relajante, que pensaba potenciar con unas Cusqueñas heladas en lata al mediodía, pero no. No fue así, todo estuvo a punto de irse a la mierda. Todo se iba a ir a la mierda por mi culpa, por no ser del todo fiel a mi visión oscura de la vida. Le di una última oportunidad al suplemento El Dominical de El Comercio. No se trataba de una oportunidad gratuita, mi buena amiga Brenda me había dicho días atrás que aún podían encontrarse artículos y ensayos de interés. Claro, Brenda, a la que estimo mucho, lo dijo en toda la buena onda posible que le depara su natural optimismo, natural optimismo que derrocha desde los nueves años de edad. 
Compré La República, El Comercio y El Trome.
Leí lo que tenía que leer en el diario en donde El Búho tiene su columna. Revisé y marqué las notas de La República que leería en el curso del día. Y con miedo abrí las páginas de El Comercio. En realidad, revisé primero El Dominical, en donde encontré un poema del ex presidente Alan García. Los masoquistas, lo pueden leer aquí.
Cada vez que hablo de El Dominical o lo recuerdo, me es imposible no transportarme a esas mañanas domingueras en donde desayunaba devorándome cada una de sus páginas. El suplemento era el Suplemento Cultural de este país de agrestes montañas y sería mezquino no afirmar que aprendía de sus artículos, ensayos y entrevistas. Al menos, para todos aquellos que andamos a la mitad de los treinta, El Dominical significó, durante un tiempo, nuestra guía cultural. Por ello, uno no puede sentirse menos cuando ve en lo que se ha convertido ahora, en donde se privilegia un olvidable texto de un personaje nefasto de la historia política peruana, pasando por alto el natalicio de Javier Heraud, vate medular de la poesía peruana contemporánea.
Leí el poema de García y algo muy importante murió dentro de mí. Leí al vuelo el suplemento y fue como si me hubieran chupado todas las energías. Algo tenía que hacer para no ser presa de la abulia, de la decadencia, del fastidio en un día que dedico exclusivamente a leer, a descargar música y ver películas.
Pues algo hice y creo que lo hice bien.

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