martes, enero 21, 2014

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El domingo en la noche miraba una película, de esas que solo te exigen un mediano nivel de concentración. Una película para pasar el rato, solo eso. Miraba y de cuando en cuando actualizaba los datos de mi nuevo aparato móvil. Lo que nunca creí que me pasaría, me pasó hace algunos días: perdí mi celular, pero felizmente aún conservo mi número.
Terminé de ver la película y me conecto un toque al Face para responder algunos mensajes de Inbox. Para mi buena suerte, no eran muchos, pero uno de ellos llamó mi atención. Llamó mi atención porque no ubicaba a la persona que lo escribió. En su texto, de extensión regular, contaba que me conoció hace más de quince años en la biblioteca municipal de San Isidro. ¿Hace quince años? En aquella época iba por los veinte y hoy por hoy me resulta muy difícil recordar a las puntas que conocí por entonces. A medida que iba leyendo su mensaje, algunas imágenes adquirían cierto sentido en mi memoria. Por ejemplo: durante un tiempo estuve afiliado a muchas bibliotecas de Lima, no solo municipales, también de centros culturales e institutos de idiomas, así como a la BNP.
El amigo decía que un sábado por la mañana él y su hermana, ambos en edad escolar, fueron a la referida biblioteca municipal con el objetivo de tramitar una carné de lector. Las cosas no les salieron como pensaban, ya que los sábados no atiende el personal administrativo, solo el encargado de la biblioteca, que lo hacía hasta el mediodía. Era cerca del mediodía y yo estaba de salida. Leía el mensaje y trataba de recordar. Efectivamente, consagraba las mañanas de los sábados a esa biblioteca. Salía o bien a las doce o cerca de las doce e iba a mi casa a almorzar y después, muy bien descansado, jugaba Basket.
Según el pata, su hermana y él se me acercaron para preguntarme qué día podían acercarse a gestionar un carné de lector. Cuenta que los traté muy bien y que les hablé con mucho entusiasmo del hábito de la lectura. En este punto empecé a recordar con más claridad, porque son muchas las ocasiones en que sí he hablado del placer de la lectura, haciéndolo con un ánimo desbordado.
El mensaje seguía y empecé a sentirme mal porque por más esfuerzo que hacía, no recordaba ni al pata, ni a su hermana. Incluso entré a sus perfiles de Face y sus rostros no me eran nada ubicables. En cambio, ellos sí se acordaban de mí porque les di mi nombre completo. Dejé de leer y me concentré en ese par de años en que leí lo que solamente me interesaba de la biblioteca municipal de San Isidro.
Los dos últimos párrafos del mensaje fueron un par de puñetes en la boca del estómago. Desde hace un par de años, los hermanos Carla y Roger tienen un pequeño colegio en Zapallal. Como buenos educadores comparten la idea de que la educación y formación integral del niño y adolescente parten del conocimiento de los clásicos literarios. Por otra parte, Roger es un asiduo lector del blog, además, siempre ha querido escribirme al mail que aparece en mi perfil, pero no lo hizo por timidez. Según Roger, esa charla de hora y media en las gradas de la biblioteca municipal de San Isidro marcó el inicio, para su hermana y él, de su pasión por la lectura.
Me sentí muy bien y con todo gusto accedí a asesorarlos en la conformación de un plan lector decente, ajeno a los intereses de los fenicios de la educación, lejos de los intereses comerciales de ciertas editoriales que hacen su negocio con títulos de improvisados autores a los que poco o nada les interesa les interesa la formación del niño y adolescente. Conozco más de un caso de este tipo de escritores, que escriben por encargo, en poco tiempo, auténticas bazofias literarias. Son escritores motivados por el pago casi inmediato. Es que el negocio está en el plan lector que no pocas editoriales imponen en los colegios.
“Muy bien Roger, te voy a ayudar en la conformación del plan lector”, empecé a responderle, “para los chibolos de catorce años una novela que desahueva: “El cazador oculto” de Salinger…

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