viernes, enero 17, 2014

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Evito el tráfico de la Av. Wilson y decido caminar. El trayecto a Selecta, por consiguiente,  es más largo; a pesar de ello, pienso que hice bien en no tomar el Metropolitano en la estación Estadio Nacional. Como aún es temprano, puedo pasar un rato por el Museo Metropolitano. Una amiga viene recomendándome la expo Desborde Popular.
En principio esa es la idea, pero cambio de planes.
El puto calor no me permite caminar, encima hay pocos lugares de sombra, en realidad, no hay ningún lugar con sombra y ahora sé por qué respiro como si realizara el último aliento.
A las justas llego al Parque de la Exposición, pero no entro al museo, más bien busco una banca, una banca con sombrita. Ubico una, muy cerca de la entrada y aprovecho en comprar una botella de agua mineral, sin gas y helada. Tomo asiento.
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Repico algunas páginas de la que más de uno considera la mejor novela de Álvaro Pombo. Sin embargo, me doy cuenta de que no es el mejor momento para leer narrativa. Espero sin esperar la llegada de los contados vientos frescos de la mañana. No pienso en nada y porque no pienso en nada mi mente es una ventana abierta a las epifanías de lo que conversé en los últimos días.
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Mientras observo a una joven a la que no puedo identificar del todo, porque pasa muy cerca y muy rápido de donde estoy, como si lo hiciera a propósito, analizo al vuelo lo que conversé el martes con Hildebrando.
Cada vez que me encuentro con él, siento irremediables ganas de leer absolutamente toda la Poesía. Aparte de buen poeta, Hildebrando es mi maestro en poesía. Hablo con él y aprendo, aprendo sin saber que estoy aprendiendo. La última vez que nos vimos en Selecta, le pregunté por Juan Ojeda, aquel poeta sesentero injustamente olvidado, o mejor dicho, estratégicamente olvidado. Poeta que a las justas es mentado por los grandes celadores de la poesía peruana.
Ojeda, poeta de desgarrada voz y vida desordenada, comienza a motivar tesis universitarias, lo cual es un buen indicativo de un creciente interés por su poética. Sé que nuestro vate terminará imponiéndose entre los nuevos estudiosos de poesía peruana, felizmente las mafias académicas no son tan perniciosas y cerradas como las mafias literarias de otras parcelas.
Pero no me quita el sueño que se hagan tesis sobre Arte de navegar. No. Mi deseo es que su obra llegue a la comunidad letrada, esa extraña, pequeña y silenciosa comunidad que sabe buscar lo que busca, esa comunidad que le hace ascos a la posería de los lectores de novedades y a las muestras de ignorancia de los que promueven la poesía sin leer lo que promocionan.
Se dice, con justa razón, que nos faltan referentes mayores en poesía. No es que nos falten, pienso. Lo que nos falta es promocionar en medios a poetas de la trascendencia de Ojeda, con quien indudablemente ampliaríamos aún más la fuerza de la tradición poética Made in Perú.

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