martes, febrero 25, 2014

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Desde hace algunos días soy testigo de suicidio moral de la izquierda peruana. Pues bien, no estamos ante un hecho que debe sorprendernos, tarde o temprano supuraría el pus de su incoherencia ética y moral. 
Leo sus descargos y justificaciones. El discurso que emplean para defender a Maduro carece de las mínimas bases lógicas, saben de su zafarrancho, pero no les importa, de alguna u otra manera se tienen que pagar los favores, todo el apoyo recibido, porque sin los petrodólares del chavismo una buena parte de esta izquierda no existiría, por el contrario, estaría abocada a actividades más nobles, como el trabajo, la investigación y la lucha desinteresada por los derechos humanos. 
Obvio, es de irresponsables meter a todos los intelectuales y escritores peruanos de izquierda en el mismo sacón, pero son tan pocos los que se diferencian, en realidad contados con los dedos, que nombrarlos despertaría la retahíla de insultos de los que no, de los convenidos capaces de subastar la virginidad de la hermana con tal de no perder las gollerías que les depara la conveniencia ideológica. Es que los izquierdosos son campeones en el insulto cada vez que la argumentación no les acompaña. Se comportan como lo que más critican y señalan, como los del otro bando, los de derecha. 
Pero no todo es malo. 
Gracias a los izquierdosos peruanos he aprendido un par de cosas: 1) ser de izquierda no significa que vas a ser el bueno de la película y 2) ser de derecha no te pinta de abusivo, de matón, del imperialista de barrio. 
En lo personal, no me hago problemas. Me considero un librepensador. 
Mejor solo y con opinión propia, sin taladrarme la mente defendiendo las causas según ideología y preferencias políticas. 
Coherencia/Consecuencia, pues.

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