jueves, febrero 27, 2014

11


Antes, mucho antes de que mi vida estuviera pautada por cierta rutina laboral, solía leer no pocos manuscritos de amigos y conocidos. Con el tiempo, algunos de esos textos se convirtieron en libros y me alegra que les haya ido bien, puesto que de alguna manera me siento parte del éxito que tuvieron, si es que pudiéramos llamar éxito al favor del lector y los buenos saludos reseñísticos.
Hoy en día no tengo el mismo tiempo de antes. Sigo leyendo mucho e intento ir a la fija en cuanto a manuscritos, o sea, solo leo a los autores que considero serios y con oficio. Claro, en esta especie de filtro el prejuicio cumple un rol fundamental, rol que se refuerza en el respeto que le tengo a las horas, programadas y muertas, que dedico a la lectura.
En más de una ocasión he sido víctima de punzadas extrañas al leer manuscritos, quizá tu sentido crítico se convierta en una malvada guadaña a la caza de las evidentes falencias, porque en esta experiencia eres un lector más atento y es precisamente en esa sobreatención en la que vives la epifanía del acto de leer, que bien podríamos enlazar con el trance de la escritura.
Últimamente he leído dos manuscritos, sus autores son capos que dominan los registros poéticos y narrativos. Uno más joven que el otro, este último a la fecha un referente de la literatura peruana contemporánea.
Me he acostumbrado a imprimir los textos que voy a leer. Mi temperamento me permite leer cinco páginas, a las justas. Además, me cuesta entender a los lectores que se mandan sus distancias largas frente a la pantalla, como si las huevas devoran libros de 200, 300, y 400 páginas, y hablan de ellos con la pasión de la verdad emocional. No me hago problemas, envidio su capacidad de concentración. En cambio, yo sigo en la vieja usanza, para mí la lectura es parecida al sexo, hay que gozarla, explorar su tersura de mujer, escucharla gemir, sentirla sudar; por eso, le lectura frente a la pantalla es como el sexo virtual, que no va conmigo.
Por esta razón imprimo los textos.
El joven escritor me entregó su libro en un sobre manila. Me gustó, muy bueno. En cambio, el escritor referencial me lo pasó por el chat de Face. Por ello, aprovechando la noche que caminaba por Petit Thouars, a cuadras de 28 de Julio, imprimí su libro en un puesto que brindaba servicios de tipeos, fotocopias e impresión.
Ya había leído, con demasiado esfuerzo y traicionando mi principio de las cinco páginas, su libro frente a la pantalla y le escribí al autor diciéndole que valió la pena tantos retoques para esta supuesta última versión. Pero leerlo en papel fue otra cosa, otra experiencia, que agradezco.
Mi idea era leer primero y luego ver por octava vez El expreso de medianoche de Parker. Pero no, esas hojas quemaban, revolvían, me detenía una y otra vez en pasajes, páginas e hicieron que aprecie más como ser humano a este escritor, que es mi amigo, por cierto.
Como sé, estimado, que lees este blog, te doy un consejo/sugerencia de pata, de Jedi: no retoques más tu libro, tal y como quedó está de la putamadre.

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal