miércoles, abril 09, 2014

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Soy una persona que se enferma poco. Digamos, en el buen sentido del término, que tengo una buena salud, pese a que todos los días no dejo de botar humo. Pero cuando te viene el malestar, el que sea, te viene. Te tumba y no tienes otra opción que guardar cama y esperar.
Lo bueno de estar en cama es que tienes todo el tiempo disponible para leer. Solo leer. Echado no escribo, ni echado veo películas. La cama solo sirve para la lectura y el sexo, y claro, también para dormir. Durante mis días de recuperación leí un par de biografías voluminosas, de las que seguramente daré cuenta en los próximos días. De alguna manera, mi recuperación se dio de la manera más natural, repotenciada por el agua de membrillo que me dio mi mamá.
Ya recuperado, ayer volví a la librería, a poner todo de mí con las nuevas cajas de libros que nos han llegado. Pero había también que realizar gestiones y esta vez tuve que ir a Chorrillos y Miraflores, trayecto que cumplí en el curso de una hora y media. 
De regreso, lo hice por la ruta de siempre: por la Plaza San Martín.
*
Últimamente en esta plaza puede verse a más de un grupo de cantamañanas, con ellos también están los vendedores de libros de temática comunista y socialista. Como me gusta revisar todo, decidí hacer un fugaz paneo a los libros de uno de ellos. Pero esa intención fugaz dio lugar a una epifanía que me remontó a los últimos años de mi adolescencia.
Uno de los libros que guardo en la memoria con mucho cariño es Walden de Henry David Thoreau, que leí en inglés. En verdad se trata del primer libro que leí en inglés y lo leí, recuerdo bien, con un diccionario en la mano. Lo leí gracias a la sugerencia de un profesor del ICPNA, profesor que resultó ser el padre de una conocida narradora peruana, dato que lo supe muchos años después, en la previa a la presentación de un cuentario que presenté con ella.
Entre los libros que vendía el joven rojo estaba Walden. No me interesó preguntarle qué hacía ese título allí, lo que iluminaba el momento era su presencia, en la editorial mexicana La nave de los locos. Lo compré y regresé sin más a la librería. En el trayecto a casa lo empecé a leer, ahora en castellano. De esas páginas brotaba más de un instante de iluminación. Sin exagerar: cada página de Walden es una iluminación.

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