martes, abril 15, 2014

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Imagino que algún día deberá escribirse un libro sobre los grandes grupos y cantantes menores de la historia del rock. Por lo general estos grupos y cantantes son dueños de contados éxitos, tan contados que podría darse por bien servidos si logran un par. Los escuchamos siempre involuntariamente en los taxis, en las custers o en el café de ocasión, con mucha suerte en la rockola del bar.
Cada quien tiene sus preferidos. La mayoría de mis patas y amigas prefieren esa cantera de éxitos solitarios y fugaces de los ochenta, que vuelven con fuerza en la memoria emocional y sentimental durante los fines de semanas. Una amiga, por ejemplo, sale exclusivamente los sábados para encontrarse con los temas con los que se enamoró y vaciló en los ochenta. Esta amiga, obviamente, es mayor que yo y cada vez que me encuentro con ella no deja de decirme que mi generación no supo lo que es vacilarse con esos temas fugaces, olvidables, que no resisten el más flojo filtro musical pero que ostentan el poder de instalarse en la “galaxia sensorial del goce”. Su lema, con el que piensa que me fastidia, es la frase de Mickey Rourke (¿o Marisa Tomei?) en El luchador: “En los ochenta disfrutamos con la música, hasta que vino Kurt Cobain en los noventa y lo arruinó todo”.
En lo personal no me hago problemas. Gocé lo que tuve que vivir, pero mis preferencias musicales van un poco más atrás, hacia los setenta, década generosa en bandas. Algunas de ellas se resistieron a desaparecer y pese a que hoy en día gozan de inminente reconocimiento, no figuran como piedras angulares de la tradición rockera. No se las escucha como se supondría. Pienso en The Kinks, pero muy en especial en la canadiense The Guess Who, cuyos integrantes alguna vez fueron catalogados de geniales borrachos que hacían muy buen rock. The Guess Who es una de mis bandas favoritas, pero tampoco es mi droga recurrente, pero cuando regresan sin pensarla, lo hacen de forma brutal, como hoy en la mañana, y en seguidilla de cinco temas, mientras leía la novela inédita de un pata en el taxi.

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