miércoles, abril 16, 2014

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Quedarse callado para no parecer el primo malcriado del almuerzo familiar se ha vuelto una norma. Felizmente, no suelo quedarme callado. Pero no quedarse callado también trae sus consecuencias, se puede ser víctima del apuro y por ello protagonizar verdaderos papelones. Varias veces se me ha ido la mano cuando he abordado ciertos temas y como si las huevas he afrontado algún (posible) error, no soy de los que tiran la piedra y esconden la mano, tengo suficiente autoestima como caer en esas payasadas. 
En esta mañana de miércoles, me debato entre dos acciones a tomar, o bien empiezo un texto sobre nueva poesía peruana que me han pedido para una revista o comento en un solo post el artículo de Ignacio Echevarría sobre la I Bienal Vargas Llosa y de paso el zafarrancho en que se ha convertido la delegación peruana que participará en la FILBO. Mirando bien los nombre que integran la delegación, más parece una de promotores turísticos que una literaria, y viendo algunos de sus nombres me causa vergüenza ajena que más de un pistolero contra la Marca Perú aparezca como si nada, en clara muestra de su incoherencia ética y discursiva. 
Mientras decido, y aprovechando que hoy entraré tarde a la librería, me pondré a leer Proyecto de obras completas (Ediciones UDP, 2013) de Rodrigo Lira. De este poeta chileno he escuchado y leído mucho en Internet. De alguna manera se trata de uno que ejerce un magisterio silente entre los vates latinoamericanos últimos. Magisterio silente porque es de aquellos a quien lees sin leerlo, lo lees por intermedio de otra voz, de otra poética obnubilada con este sureño que se suicidó a los 32 años. Pues bien, me esperan horas de lectura, no de leyendas.

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