martes, abril 22, 2014

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Íbamos en el taxi. Ella leía una revista cuyo nombre no recuerdo, pero que robé del avión que nos trajo a la capital. Por mi parte, leía también, leía un extraño libro de Douglas Coupland, La vida después de Dios. Me parecía extraño estar leyendo un libro suyo y más extraño aún que me gustara.
Se suponía que el trayecto debía terminar en diez minutos. Estábamos a menos de dos kilómetros de nuestro destino. Aunque no se lo dije, no quería que terminara el viaje, sentía pues una extraña levitación sensorial que provenía de mi pecho. Conocía esa sensación, la conocía desde mi adolescencia, en la que se presentaba de manera continua, pero a lo largo de los años esta fue desapareciendo, aunque no de golpe. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la sentí.
Pasamos un grifo y caí en la cuenta de que debía pagarle al taxista. Pero ella me dijo que sería mejor que nos bajáramos antes, puesto que conocía un restaurante ubicado en nuestra ruta. De niña solía ir a ese restaurante con sus padres, un restaurante que se caracterizaba por sus carnes a la parrilla.
El taxi se detuvo y pagué la carrera.
Me puse la mochila al hombro y caminamos cerca de cincuenta metros por un sendero de piedras.
Llegamos al restaurante y ocupamos una de las mesas al aire libre. Nos atendió un anciano que usaba muletas, además, reparamos en su mano izquierda, que no dejaba de temblar. Quizá en otro momento, en otra vida, nos hubiese llamado la atención esa tembladera.
Esperamos el pedido. Mientras tanto, nos dedicamos a observar las montañas y la lejana hilera plateada escanciada por el sol. De uno de los bolsillos de la mochila extraje la bolsita con hierba y también papel biblia. Me concentré para armar el cigarrillo, solo escuchaba el sonido de la tierra y el susurro caliente de ella, que me decía que sería mejor fumarlo después de comer.

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