domingo, abril 27, 2014

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Lo que me gusta de los domingos es que puedes desplazarte rápido, no tienes que tragarte la vida en el tráfico, como sí ocurre con los otros días de la semana. Los domingos me parecen excelentes para buscar libros, para caminar sin ver a los costados, para perderte, si te da la gana, hasta en los extramuros de la ciudad. No hay peligro, siempre se podrá encontrar un taxi u otro medio de transporte para regresar a casa.
Pero este domingo me acabo de dar cuenta de que los domingos podrían cambiar su aura de tranquilidad por la atmósfera salvaje de los días laborables.
Así es, los alcaldes municipales que van a la reelección no tienen mejor idea que hacer campaña construyendo y arreglando lo que han tenido que construir y arreglar durante sus años de gestión edil.
El tráfico me sorprende en Santa Beatriz, y no, los autos y micros no avanzan a ritmo lento por el cierre de la Arequipa, que cierra todos los domingos para que se practique deporte; el ritmo lento se debe a que unos patas de amarillo taladran setenta metros de pista, muy contentos por la chamba que tendrán durante varios meses.
Trato de no hacerme problemas, para mi bienestar, tengo buena música y el libro de Douglas Coupland, La vida después de Dios, que he estado leyendo en estos últimos días, publicación destinada para taxis, micros y esperas en filas. No se trata de una obra maestra, de este autor no podemos esperar obras maestras, más bien, lo consideraba uno sobrevalorado, no al nivel de Easton Ellis, pero que ahora, gracias a las casualidades, me ha ofrecido la oportunidad de disfrutarlo.
Entonces, abro cierre grande de mi mochila el libro en cuestión y me pongo a leerlo, a terminarlo, a hacer mío estos relatos cortos, algunos de no más de media página, cada uno acompañado por viñetas que refuerzan el concepto de lo narrado. Por un momento barajo la idea de que nuestro autor no lo concibió como un proyecto, sino que muchos de ellos fueron concebidos como meros ejercicios de prosa, como para calentar la mano en la previa a la sentada de los proyectos mayores. Cada texto te dice que es parte de la poética de los retazos, tienen ese aire. A diferencia de los ejercicios de escritura, estos textitos exudan una magia, que como tal no deja de ser cruda, magia que nos presenta hombres y mujeres dañados que viajan por carreteras, que se dan un tiempo para contemplar el hechizo fugaz de las cosas, que se recuerdan resignados, cuyo logro mayor es seguir con vida en un mundo que los ha maltratado.
Se nos suele hablar de la mirada íntima del escritor. Se puede escribir bien, transmitir en la prosa, pero son pocos los que consiguen reflejar en la escritura la mirada íntima. No es poca cosa, esta mirada íntima requiere de tensión, de cierto estado mental, puesto que entre su logro y la cursilería existe una brecha invisible. Hay que ser capo para llegar a buen puerto en este registro. Y en este libro, Coupland me lo demostró.

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