sábado, mayo 03, 2014

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Cerca de las 2 de la tarde fue a buscarme Manuel, quien iba a hacerme una entrevista sobre literatura en general. Por lo general, uno suele preparar sus respuestas, pensando en la frase inteligente y distintiva. No me han entrevistado muchas veces, nunca he sido muy dado a las entrevistas (al menos recuerdo un par que generaron cierta polémica) por el simple hecho de que no tengo nada sorpresivo que decir. Quizá se deba a cierto prejuicio que tengo sobre las entrevistas a escritores, más aún cuando estas se hacen para las páginas culturales de los diarios, en donde somos testigos de exasperantes intercambios de lugares comunes, sea por cuenta del entrevistador como del entrevistado. 
Admiro a los escritores que saben ser ingeniosos en sus respuestas. Me gustan todas las entrevistas a Fresán, Vila-Matas y Piglia, si hablamos de los extranjeros que recuerdo en estos momentos, y de los nacionales a Ampuero, Miguel Gutiérrez, Alarcón, de quien he estado repicando sus libros últimamente, experiencia que refrenda mi decisión silente de no repicar su literatura en buen tiempo.  Estamos pues ante capos de las respuestas, ante voces epifánicas que exhiben una solapada maña y que también saben manejar sus tiempos. Entonces eso es lo que intenté hacer con Manuel, manejar mis tiempos, no caer en la definición común, con mayor razón ante alguien que se había informado muy bien de mi actividad literaria. 
Pensé que la librería no sería el lugar ideal, por ello, le propuse buscar un sitio con menos ruido. Nos dirigimos primero al Don Lucho, que a esa hora para libre de borrachines, en el que pude ver a pocas personas degustando de suculentos cabritos a la norteña, escabeches de pollo y choritos a la chalaca, bajo la tutela, claro que sí, de infaltables pomos. Aquí hagamos la entrevista, le dije a Manuel. Pero no, un extraterrestre se puso a seleccionar canciones en la rockolla, motivo más que suficiente para salir de allí e irnos al Queirolo, lugar en el que finalmente hicimos la entrevista. Aunque antes de salir del Don Lucho pude ver al notable narrador Julián Pérez, al que pensé saludar. Es que lo veía tan concentrado en su conversa, además, he aprendido a no interrumpir a los buenos narradores cuando están en estado de trance.

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