lunes, mayo 05, 2014

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El movimiento en el centro de la ciudad puede transformar al ser humano más tranquilo en una genuina bestia. Solo quien lo ha recorrido bien puede capear el temporal del día a día. Al menos esta idea funciona en teoría, porque conozco a más de un trajinado que se ha visto tentado en hacer justicia por su propia cuenta. 
Más allá de esto, sabemos que el centro tiene su encanto, un hechizo colorido en humedad y grisura, que puedes contemplar en la quietud o contemplarlo sin necesariamente contemplarlo. Solo hay que detenerse un toque, dejarse llevar. Ocurre que el arte no tiene que ser propiedad de las curadurías y de los hipsters que se pintan de conocedores. Al igual que la poesía, el arte lo encuentras en las calles, en especial en las paredes de las mismas. 
Hace unos días, Pamela me pasó el dato de un mural ubicado cerca del cine Tauro, a metros de la intersección de Cañete con Washington. Ahora, lo que digo no es ninguna novedad, por estas cuadras pueden verse no pocos murales y graffitis de gran calidad. Pero ese mural, por lo que me contaba la experta en Tae Bo, llamó mi atención. Pamela me aseguró que lo que testimoniaba esa pared era superior a lo de La esquina de los amargos de La Victoria. 
Pues bien, aprovechando que salía tarde y que estaba solo, decidí conocer esa pared, en la que se nos presenta a una niña morena, de rostro adusto y vestida de naranja oscuro, niña morena de rostro adusto que mi amiga ha inmortalizado en la foto de su perfil de Facebook. Conocía bien esa cuadra de Cañete, prácticamente paso por ella casi todos los días de la semana, principalmente en las noches, en donde es normal cruzarte con fumones, ladrones, travestis y putas. Me preguntaba qué había tenido en la cabeza para no cerciorarme de lo que había allí en días, semanas y meses pasados. A medida que iba llegando a la pared de la niña morena de rostro adusto, supe que debía tener cuidado. Si quería ver, lo tenía que hacer con el cuidado que me generaban los dos fumones que desesperadamente terminaban un falso.  Me acerqué, saludé a los fumones, y me puse a ver a la niña morena de rostro adusto. 
No estuve mucho rato, pero si lo suficiente para convencerme de que estaba ante una pared que transmitía miedo, ternura, amor y resistencia.

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