viernes, mayo 09, 2014

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En el último post dije que había que frecuentar a los maestros. 
Frecuentar. 
También volver. 
Mi primer acercamiento a Samuel Bellow se lo debo a Verónica, una excelente amiga, a quien no veo en años y de la que puedo decir que es una de las lectoras más voraces que conozco. 
Ocurrió a fines de 1999. 
Acabábamos de salir del Cine Club del BCR, en donde habíamos visto una película de Buñuel (¿acaso Él?). Teníamos hambre y la llevé a una sanguchería ubicada en Camaná, frente a lo que hoy es el SISOL. Pero en el trayecto ella me dijo que no podía ir, porque acababa de acordarse que tenía que dirigirse a una reunión familiar. 
Nos despedimos sin antes preguntarme si ya había leído a Bellow. Le dije que no. Y ella me lanzó una frase letal: “no puedo acompañarte al cine si no has leído a Bellow”. 
Claro, esa frase es demasiado posera, y la posería se acepta en los lectores cuando atravesamos y cimentamos nuestra etapa de fagocitadores de novelas. 
Memorice el nombre del escritor mientras daba cuenta de una nutritiva hamburguesa de carme hecha en casa. 
Al día siguiente, en la Sala Estuardo Núñez de la Biblioteca Nacional, pasé una tarde entera leyendo Herzog, una excelente novela del Premio Nobel de Literatura de 1976. 
Por años decía que Bellow era el Papá. 
Y ahora vuelvo a reafirmar esa impresión juvenil. 
Bellow sigue siendo el Papá. 
Un par de semanas atrás, caminaba en la noche por Espinar. En esta avenida encontramos uno de los locales de la librería Ibero. En lo personal, no suelo entrar a Ibero, pero lo hice para confirmar una volada que me incumbía: que un mandamás que a las justas ha leído 30 libros en su vida ha prohibido mi ingreso a cualquier local de esta cadena de librerías, a razón de un post en el que hablaba de la inauguración del Ibero de Larcomar, del que no es nada fácil deducir que es soberano fracaso comercial. 
No pasó nada, más bien me figuré como un fantasma. Y me sentí mal, porque tenía la esperanza de cruzarme con este mandamás y así escuelearlo en cómo debería marcarse un catálogo. Habré estado no más de quince minutos en la librería, concentrado en los autores norteamericanos, cuando reparé en los lomos de los títulos de Bellow. 
Y recordé, me transporté en el tiempo a esa época en la que pasaba cerca de doce horas leyendo en la Biblioteca Nacional. 
Regresé a casa lo más pronto que pude y busqué cualquier título de Bellow. 
El azar me deparó lo mejor: encontré El legado de Humboldt
Novelón. 
Novela monumental. 
Si eres escritor y te dedicas a la novela y sientes que algo cae en tu respiro narrativo, pues pregúntate si has leído esta novela de Bellow, si te has atrevido a hojearla aunque sea. No tengo la más mínima duda: aquí se te presentan recursos contra los baches narrativos, tendrás salidas canalizadas en la magia de una prosa digna de la compleja sencillez. 
Obviamente, lee esta novela como quien saborea, despacio, y lee entre líneas, aprende sin aprender. 
Pero si tienes la suerte de no ser escritor y has optado por la felicidad del lector, pues sácale provecho a este lujo de la vida y visita (o revisita) esta obra maestra de uno de los más grandes narradores del siglo XX.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

He preguntado en algunas librerías (Crisol, Sur, Communitas)por la edición de Debolsillo, y nada. ¿La tendrán en Selecta?

10:55 a.m.  

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