viernes, mayo 16, 2014

60


Llega un momento en que sales a la búsqueda.
Cada vez que me pongo a buscar lo hago después de un largo periodo de encierro en el que me dedico a fagocitar a un determinado director. Ahora le tocó a John Carpenter, de quien conocía varios títulos, pero no todos. Entonces, saldada la deuda con él, fui tras nuevos aires, otros nombres de directores a los que había que seguir la ruta, a lo mejor no por la contundencia de su trabajo, sino por aquella cualidad tan difícil de encontrar en muchos directores hoy en día: la mirada, esa mirada personal que te permite no solo identificarlo, sino también diferenciarlo de los demás.
Buscaba y encontraba.
Lo que encontraba no me generaba el más mínimo interés.
Sin embargo, una amiga me pasó el dato sobre un director canadiense, de quien podía verse en cartelera su última película.
Como confío en lo que ella me recomienda, fui a ver Prisoners (2013) de Denis Villeneuve.
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Me enfrente a una buena película que me ofrecía luces de lo que podía ser el cine de este director. A diferencia de lo que solemos ver en cartelera, aquí éramos testigos de una inteligencia narrativa que no se burlaba del espectador, quien debía poner algo más de sí para hacer suyo un argumento en apariencia sencillo, pero que en su desarrollo se divorciaba de su intención inicial. Este trabajo no va de la desesperada búsqueda de un padre de su pequeña hija secuestrada. Lo que Villeneuve ofrece es un muestrario de sensibilidades heridas y dañadas en situaciones límite, tal y como lo podemos ver en Keller Dover (Huck Jackman), quien no duda en torturar a un discapacitado mental, Alex Jones (Paul Dano), por considerarlo sospechoso de la desaparición de su hija. Lo mismo podríamos decir del detective David Loki (Jake Gyllenhaal), encargado de encontrar a la hija de Dover y a la otra niña secuestrada. A medida que se desarrolla la historia, intuimos que Loki guarda un secreto, no es el típico detective frío e inteligente, es más bien intuitivo, que actúa con cierta tardanza, pensando más de la cuenta cada acto a tomar, por eso sus acciones generan manifestaciones incómodas en el espectador de turno; sea por el gesto y la mirada intuimos que Loki es un hombre en constante dominio de sí mismo, como si en el cumplimiento de su misión no quisiera repetir errores garrafales cometidos a lo largo de su carrera, además, es solitario, no sabemos nunca si lo han abandonado o si carga con una muerte que le es difícil superar. Estos rasgos de los personajes hacen de Prisoners una película distinta, que para nada se ajusta a los criterios que demanda el cine de mero entretenimiento. Para ser la primera película que veo de Villeneuve, me dejó una muy grata impresión.
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Después de algunos días, comenzó la tarea arqueológica, la de escarbar un poco y corroborar si era verdad lo que pensaba mientras miraba Prisoners: que este trabajo no era producto de una sola buena hechura, sino de una constancia que bien podíamos hallar en otros trabajos del canadiense. Al menos para mí, descubrir a un director con mirada propia me resulta de suma importancia, con mayor razón cuando uno se ancla cada vez más en el cine sesentero y setentero, mirando de lejos, y a veces desde muy lejos, lo que hacen los cineastas actuales.
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Villeneuve define a sus personajes antes que el andamiaje narrativo. Sin una fisonomía moral adecuada de los mismos, nada tiene sentido, sería este su principio. Por ello, aprovechando mis incursiones dominicales en las galerías de Polvo Azules, compré todas sus películas que encontré. De estas, un par llamaron poderosamente mi atención, lo suficiente como para decir que Villeneuve no se vende, y si lo hace, tal y como lo pudimos ver en parte en Prisoners, no lo hace por tan poco.
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El mismo año que se estrenó Prisoners, el director también presentó Enemy.
Confieso que tuve ciertos reparos antes de verla, porque la película era una adaptación de El hombre duplicado, novela de José Saramago.
Bueno, a mí Saramago no me gusta para nada.
Pero igual la vi y es imposible pasar por alto el extrañamiento existencial que sentía mientras la miraba, un extrañamiento a causa del mundo onírico que esta vez nos presenta el director. En este sentido, se vuelven a repetir ciertos principios vistos en Prisoners, es decir, no subestima al espectador, pero ahora el visionado se hace más complejo, pero a la vez sensual, en la onda de David Lynch. Con Enemy no vale atar cabos, sirve de muy poco encontrar una lógica, solo hay que dejarse llevar. Para esta ocasión Villeneuve vuelve a contar con Gyllenhaal, en un doble rol, como Adam Bell, un rutinario profesor de historia, y Anthony St, Claire, un actor de reparto.
En una noche, frente a la pantalla de su portátil, Adam ve una película en la que uno de los actores capta su atención. Le es difícil creer que haya otra persona que se le parezca tanto y no demora en investigar a Anthony St. Claire. El primigenio interés muta en obsesión, prácticamente ve cada una de las películas en las que participa su doble y no demora en obsesionarse con su rutina, al punto que llega a tener una fijación con Helen (Sarah Gadon), su mujer embarazada. Anthony, cuando se da cuenta que hay otra persona igual a él y que ha establecido un contacto con su mujer, decide buscar a Adam. A diferencia del profesor, Anthony es más abierto a experiencias nuevas y como es de los que no se hacen problemas, le propone un intercambio de roles. El actor será por un tiempo el marido de la esposa de Adam, Mary (excelente Mélanie Laurent).
Podríamos pensar que, más allá del parecido físico de los personajes, estos obedecen a sensibilidades distintas, pero no, ambos comparten un hastío por la vida, están rubricados por la frustración, solo que Anthony es de los que buscan fugas paralelas a la realidad. No es para nada gratuito que la película empiece con un espectáculo sexual en donde vemos la presencia de tarántulas, en clara alusión a prepararnos para una experiencia más sensorial que intelectiva.
Tampoco puedo dejar de especular sobre la presencia de Isabella Rossellini como la madre de Adam. Una presencia por demás decorativa e insustancial, pero que nos permite sospechar en cierto tributo del canadiense a la recordada protagonista de Blue Velvet, uno de los mejores trabajos de Lynch.
En directores como Villeneuve nada queda al azar, todo adquiere un significado, por más crípticas que sean sus huellas.
Si entendemos o no Enemy, es lo de menos.
Enemy es una experiencia que tiene el puntazo de quedarse con nosotros durante un tiempo. A lo mejor no ganaremos nada con descifrarla, pero qué bien estaremos recordándola y, en especial, viéndola una y otra vez.
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Pero esto no es todo, el canadiense es toda una caja de sorpresas. Si lo que vas leyendo hasta el momento ha captado tu atención, creo que deberías prepararte para lo mejor de Villenueve: Incendies (2010).
Incendies te zarandea. Incendies te coge de la cabeza para estrellarla contra la pared.
Hasta el más curtido de los cinéfilos queda reducido a la nada absoluta con esta película, película que nos genera dolor, pero que también nos reconcilia.
No puedo atreverme a catalogarla de obra maestra.
No hay que caer en el apuro.
Menos perderé el tiempo pensando si mereció o no ganar el Oscar a Mejor Película Extranjera en el 2011. Ni hablar si se respeta o no el aliento de la homónima obra teatral de Wajdi Mouawad en que se basa. Pero lo que sí puedo decir es que estamos ante una de esas películas que muestran un hechizo, una magia que nos transforma.
Podríamos pensar que el Villeneuve de Incendies no es el mismo de Enemy y Prisoners.
No pierdas tiempo, no es el mismo.
Ahora tenemos la narración de una búsqueda, una búsqueda que parte de un secreto.
Los hermanos Jeanne (Mélissa Desormeaux-Poulin) y Simon (Maxim Gaudette) escuchan la lectura del testamento de su madre fallecida Nawal Marwan (Lubna Azabal).
Antes de morir, Nawal deja ciertas condiciones en cuanto a su entierro, por ejemplo, no quiere epitafio alguno y quiere ser colocada desnuda y bocabajo en el ataúd, a menos que los hijos cumplan la misión de entregar un par de cartas, una al hijo perdido de esta y la otra al padre de sus hijos, de los que poco o casi nada se sabe.
Buscar al hermano perdido y al padre es hurgar en la historia de la madre. Primero Jeanne y luego Simon parten a Medio Oriente.
Nuestro director, ante todo, es un narrador. Y como buen creador solo se dedica a dar cuenta de la búsqueda y en este trayecto nos topamos con los horrores y las secuelas de la guerra como tal, no importa lo que la pudo motivar, no pierde el tiempo en explicar qué bando tenía la razón. En Incendies no hay espacio ni tiempo para los buenos y malos, solo para el entendimiento. Seguramente en otro director esta película pudo haber sido presa del más absurdo y vacuo de los alegatos. Pero no, felizmente no. Nos enfrentamos a un trabajo cuyo desarrollo fue pensado al milímetro, en donde hasta cada lágrima derramada iba presupuestada en el guión.
Villeneuve se luce.
Villenueve demuestra que proviene de una escuela, para este caso de una escuela que respeta la tradición de la narración clásica del cine. Asume el cine partiendo de un principio básico: contar, recrear, incomodar, conmover.
Más de uno creyó que Villeneuve repetiría la fórmula en lo que haría después.
Sin embargo, para bien de todos, no fue así. Villeneuve es un abanico que explora y experimenta. Y explora y experimenta porque conoce la tradición del género en que se mueve, porque conociendo la tradición puede darse el gusto de ir contra ella en pos de una honestidad creativa y, ante todo personal que define su mirada, mirada que lo convierte hoy en día en un director al que habría que seguirle la pista.
 
 
Publicado en Cinépata

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Qué rica manera de huevear :D
Los amigos del barrio te dirían: "Qué tal viejo, huevero, che su mare" jajaja

4:17 p.m.  

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