lunes, mayo 26, 2014

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A inicios de los noventa empecé a frecuentar el centro. Y a mediados de dicho decenio empecé a frecuentarlo con fines literarios. Alguna vez he dicho que en esos años me sentía un muchacho perdido que lo quería leer todo y que anhelaba vivir literariamente.
Buscaba espacios literarios y en Quilca descubrí uno pequeño en el que se vendía muy buena literatura. Allí, donde Victoria Guerrero conseguí muy buenos títulos, y creo que es tiempo de manifestar que alguna vez le habré birlado algún librito en un momento de descuido. Este lugar era frecuentado por poetas y narradores, a los que miraba con cierta lejanía, y a quienes escuchaba con atención, memorizaba sus lecturas y en especial de las leyendas que contaban, mientras revisaba una novela.
De esos apuntes de memoria tengo presente a Domingo de Ramos. No había día en que caminara por Quilca en el que no oyera de él. Entonces me puse a buscar sus libros y en las noches esperaba ubicarlo en algún bar del jirón.
La lectura de Pastor de perros no quedará no en mi mente, sino en mi corazón.
Qué gran poeta, me decía.
Lo conocí mucho tiempo después, casi a fines de los noventa, o a inicios de los 2000.
O mejor dicho lo vi. Y lo vi donde tenía que verlo: en la mesa de un bar, acompañado de jóvenes poetas y escritores que lo escuchaban con veneración.
Como no conocía a nadie, no podía acercármele. Así que ocupaba una mesa cercana y analizaba, en medio de la bulla, lo que decía y profería. Para ese entonces, sabía de la obra de los Kloaka y tenía una idea de quién era quién en la agrupación.
Después de esa noche, y quizá como señales del azar, me lo cruzaba con frecuencia por las calles del centro. Y como en esa época era más tímido que hoy, no le decía nada.
Hasta que decidí hablarle una noche en el Queirolo. Dejé un toque la mesa en la que conversaba con un par de amigas y me acerqué a esa leyenda viva de la poesía peruana contemporánea.
Ese encuentro lo considero histórico para mí, porque después de un breve intercambio de palabras, y mientras regresaba a la mesa, empecé a barajar y cimentar la idea de que lo mejor y más saludable es conocer los libros de los escritores, no a los escritores como seres de a pie.
Ocurre que DDR me resultó despota, sobrado y demasiado lengualarga. Seguramente por los litros de alcohol que corrían por sus venas.
A partir de entonces traté de evitarlo. Pero resultaba imposible cumplir esa intención. Pasaban los años y coincidíamos en recitales, presentaciones y congresos. Y en cada uno de esos cruces el poeta se me hacía insoportable, al punto que una vez estuve a nada de pararlo de cabeza en el Superba.
Sin embargo, lo seguí leyendo, y lo seguí leyendo pese a que este hablaba mal de mí sin conocerme bien. Me molestaba que lo hiciera, pero luego entendí que ese era su deporte, hablar mal de los demás y restar méritos y logros a los que consideraba sus adversarios.
Los años no transcurren en vano.
DDR dejó el alcohol y yo, imagino, maduré un poco.
Ahora puedo decir que tenemos una relación cordial, nos saludamos e intercambiamos algunas palabras cuando nos encontramos. Hasta podría corroborar lo que me dijo una vez Diamela Eltit de él: “es un tipo simpático”.
*
Pues bien, más de uno se preguntará por qué hago un post del poeta. Y la respuesta tiene dos motivos, uno más importante que el otro. El primero se debe a las entrevistas que le vienen haciendo, que a diferencia de otras, ahora noto a un hombre reposado, aún rabioso, como tiene que ser todo artista, pero en paz consigo mismo. Y el segundo motivo a la publicación de su poesía completa por cuenta del Fondo Editorial del Congreso.
Sin duda, nuestro poeta dejó de ser el poeta marginal y disidente de los ochenta. Ahora ingresa al oficialismo literario. Pero esto no es lo que me alegra. Lo que me alegra es que la presente edición de su poesía completa nos permitirá acceder a un fresco único de un poeta referencial de la poesía peruana contemporánea. Más aún si tenemos en cuenta que no pocos poemarios suyos son inubicables.

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