lunes, junio 09, 2014

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Un domingo de fines de marzo, en la tarde noche, estuve revisando las estanterías de la librería limeña ‘Sur’. Buscaba títulos que no fueran de narrativa ni de poesía. Necesitaba alimentarme de otro registro. Iba a la caza de un libro que tuviera el poder de hacerme entrar en trance durante algunas horas. Había escogido algunos pero, justo cuando me disponía a pagar, el rostro moreno, sonriente y cínico de Jimi Hendrix secuestró mi atención desde una de las mesas de exhibición.
Se trataba de una biografía de este legendario guitarrista y fundador del grupo The Jimi Hendrix Experience. Un par de horas después supe de qué iba exactamente la publicación, pues no era una que se ajustara a lo que pudiéramos entender como biografía propiamente dicha, sino a una hecha con retazos que obedecen a una rebuscada selección de escritos que Hendrix desperdigó en hojas de cuadernos, papelitos sueltos y servilletas, como también a sus declaraciones en entrevistas. Por ello, Empezar de cero (Sexto Piso, 2013) podría ser un dietario íntimo en el que el músico pone algo más que la piel en el asador, revelándose como un gran poeta que se nutría del mundo que observaba desde una aparente tranquilidad. Hendrix se nos presenta tal cual, sin atavíos, sin el aura de creador maldito y vesánico con el que exageradamente lo identifican muchos de sus seguidores.
Recorremos entonces las venas del artista, convirtiéndonos en testigos de sus defectos y cualidades. No tardamos en apreciar su sensibilidad despreocupada. No le interesa mostrarse como una buena persona sino que moldea esta sensibilidad en un franco viaje hacia la excelencia estética. En más de un tramo tenemos la sensación de que ese era su objetivo en vida: alcanzar la excelencia vaciando su alma de todo aquello que lo contaminara, excluyendo de su corazón todo tipo de sentimientos menores. Lo notamos en el detalle que destaca de las personas que lo rodean, en la paz neblinosa de las calles de Londres, en lo que piensa de los músicos de su agrupación, en la retroalimentación vital que le significan las giras. Pero en ese apego por el detalle también se impone el vacío, es decir, la inconformidad con su propia realidad y reconocimiento musical. Hendrix le resta valor a ese largo camino recorrido que lo sitúa como un protagonista central en la tradición de la historia del rock.
Es imposible no sentirse abrumado ante un hombre que grita y sufre en la experiencia de la palabra escrita. Algo que también se detecta en las respuestas de las entrevistas, pautadas por el silencio entre sus respuestas, silencio que no es más que una tregua contra la depresión y el hartazgo que le significa el contexto que tiene que frecuentar. Para Hendrix no existía galaxia más miserable que el materialismo de la industria discográfica. Por ello, buscaba fugas para no mancharse, sabiendo que solo sobreviviría haciendo lo que más le gustaba. Hendrix nos dice que las drogas no lo matan, sino que lo hace ese mundillo disquero, lleno de chismes y envidias, mundillo en el que todos tenían un precio.
Como se mencionó líneas arriba, no estamos ante una biografía convencional. Además, un libro como este no puede concebirse desde la distancia y la documentación del biógrafo, sino desde la admiración. Este libro es de Hendrix, pero es también del cineasta Peter Neal, que puso a disposición de los seguidores parte del material que próximamente usará en un documental sobre el guitarrista. Neal no se dedicó a recopilar leyendas manoseadas, o decir, no se prestó al reciclaje fácil. No quería llevar a cabo un recuento de drogas, sexo y violencia en trips. Lo que hizo fue ofrecernos una radiografía nada complaciente y aún no explorada ni conocida del músico. En este sentido, nos enfrentamos con un documento peculiar, iluminador y llamado a fortalecer aún más el legado de Hendrix.
 
 
Publicado en Revista Ache.

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