jueves, julio 31, 2014

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Antes de sentarme a escribir estas líneas, tenía muchas ideas en mente. No sabía cómo empezar a resaltar las virtudes de esta novela corta, novela corta que exhibe en cada una de sus páginas una epifanía de lo duradero, epifanía que solo puede ofrecer una obra literaria pergeñada en la absoluta honestidad, que se escribe bajo el mero gusto de escribir, sin los apuros de los saludos inmediatos, lejos del afanes extraliterarios que socavan y caracterizan a las poética de hoy.
Es que hoy en día presenciamos demasiados afanes extraliterarios en la nueva narrativa latinoamericana.
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Las taras que podemos ver en el circuito limeño las podemos presenciar en los circuitos de otras latitudes. Pensamos en la fama literaria antes que en el ejercicio literario como tal. Y de esta peste solo se salvan algunos, contados.
Puede más la efímera gloria inmediata.
Pensamos más en la literatura como medio que en la literatura como fin.
Confundimos y pensamos que saludos y fama son iguales al reconocimiento. Estamos tan atarantados con las “luces” que hemos formado una mescolanza de conceptos.
El reconocimiento literario es lícito, algo que todo escritor que se precie de tal no puede soslayar. El reconocimiento difícilmente proviene de la crítica oficial, el verdadero reconocimiento es hijo del favor del lector que salió alegre, afectado, infeliz, tocado, distinto, de la lectura.
Los escritores deben apuntar a los lectores, no pensar en ellos como si fueran el último escalón. Los verdaderos escritores no escriben para sí mismos, escriben para los lectores, para sus potenciales lectores. Lectores satisfechos generan el “boca a boca”, esa genuina prensa que comienza a privilegiar y reconocer las cualidades del autor y su libro.
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¿A qué viene este breve discurso sobre la desesperada búsqueda de la fama y de la sana esencia del “boca a boca”?
Sin duda, este pensamiento paralelo a lo literario es lo que también me deja la novela Camanchaca de Diego Zúñiga.
Basta ver el asunto en frío para no demorar en darnos cuenta de que estamos ante un cuasi milagro literario. La primera edición de la presente novela salió en el 2009, bajo la editorial independiente chilena La calabaza del diablo. (Así es, joven narrador peruano que sueña con publicar en Planeta y Alfaguara, cuando lo que deberías soñar es escribir algunos párrafos decentes y que rocen el efecto de lo que tendría que ser la experiencia literaria.) Un par de años después Mondadori decide publicar esa novela ya publicada. Raro, ¿no? Una casa editorial poderosa que publica un libro ya publicado, ya comentado. Claro, raro, rarazo para los que no leen, como en Perú, en donde encontramos impresores a la búsqueda de la novedad a lo bestia, carentes de la sensibilidad para percibir la transmisión literaria.
Rodrigo Fresán tiene mucha razón al decir que los escritores hoy en día están más preocupados en parecer escritores que en ser escritores, en ser parte del Jet Set, en juntarse como sea con el escritor de moda, con el crítico poderoso a ver si les cae una que otra migaja como favor.
Bueno, esa es la idea, no la cito textualmente.
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Camanchaca funcionó, como ya indiqué, gracias al “boca a boca”. Sin en ese reconocimiento desinteresado de los lectores chilenos no tendríamos esta novela circulando en no pocos países de Latinoamérica. Y me alegra que circule una novela como esta, que en su brevedad transmite mucho, que tiene el poder de la verdadera poesía, porque leyéndola he colegido que su autor es un gran lector.
En lo personal, siempre me voy a sentir asiduo de los lectores que escriben, esa es mi ley natural.
Pero una cosa más al respecto, cosa importante: Zúñiga no solo es un lector que escribe, sino también un lector que edita. Junto a unos amigos dirige en Santiago el sello Montacerdos, una joven editorial que poco a poco viene construyendo un catálogo no menos que exquisito y llamado a convertirse en referente.
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Un fugaz paréntesis, antes de olvidarme: nuestro autor viene unido al Perú por partida doble. El nombre de la editorial que dirige con unos patas en Santiago obedece a la obnubilación de lector, gracias al cuentazo homónimo de Cronwell Jara, autor al que en Perú haríamos bien en volver a frecuentar. Además, Zúñiga fue el encargado de ese glorioso rescate de La caza sutil de Ribeyro, publicada por la UDP, rescate al que adicionó doce textos más.
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Ahora, volviendo al asunto: esta lectura me hace pensar también en la narrativa chilena actual, de la que sí puedo decir que atraviesa un buen momento. No lo digo por quedar bien, pero desde hace algunos años vengo leyendo a buenos y más que interesantes narradores y narradoras del sur. Estamos pues ante una cantera a la que habríamos de investigar un poco más. Total, gracias a la red podemos hacer rastreos que sin duda nos brindarán más de un grato descubrimiento.
Pero veamos, si aplicamos este rastreo a un nivel continental, incluso cruzando el charco, bien podemos llegar a la conclusión de que el autor que hoy en día nos reúne es quien capitanea a los aparecidos desde el 2010.
No, no exagero.
Tampoco lo digo bajo los efectos de un alucinógeno.
(Hay que dejar ciertas cosas en claro conociendo la ultrasensibilidad de los escritores serios, con mayor razón sabiendo de las tembladeras que les causa a los que quieren parecer escritores, que ya deberían dictar cátedra de relaciones públicas literarias. Pues disculpen, pero esta es mi verdad.)
Nos hace bien leer una novela como Camanchaca, que literariamente se defiende y se impone sola, novela que nos permite conocer a un narrador no solo serio, sino también sabedor de sus facultades narrativas.
Es que pese a que era muy joven cuando la escribió y publicó, Camanchaca nos regala una madurez que podemos notar en la epifanía de la prosa de su autor.
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Camanchaca.
Más de uno se preguntará qué es Camanchaca.
Según Wikipedia: “(aimara: kamanchaka, «oscuridad») es un tipo de neblina costera, dinámica y muy copiosa. Se trata de condensación en altura que se mueve hacia zonas costeras por el viento y se produce gracias al anticiclón del Pacífico”.
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Veamos.
En la novela tenemos un narrador protagonista. Este narrador protagonista relata varios hechos, y mientras los relata recuerda y reflexiona.
Un narrador protagonista de padres divorciados.
Quebrado emocionalmente.
Un padre que hace alarde de un cinismo brutal, de esos padres a los que uno haría bien en agarrarlos a trompadas. Ambos se dirigen a Tacna en donde al hijo le harán un tratamiento en los dientes, pero antes realizarán un viaje a Argentina en donde el distanciamiento entre ambos resulta no menos que doloroso, como si no se quisieran en absoluto.
El muchacho se ha descuidado más de la cuenta y ahora sufre cuando se lava los dientes, dientes que sangran a medida que las hebras del cepillo los rozan. Debo decir que las descripciones de estas cepilladas son dolorosas para alguien que, como yo, siempre se ha cuidado los dientes. Me remite a los pasajes de Experiencia de Martin Amis, en donde el inglés nos cuenta de su problema con la dentadura, y también a Nabokov, que sufría de lo mismo.
No solo eso. El narrador protagonista es muy inteligente, estudia becado en una universidad. Quiere ser periodista y para entrenarse, ve los partidos de la Champions, bajando el volumen y poniéndose a relatar los encuentros. El guiño a la final del 2002 entre el Bayern y el Manchester es un aviso sugerente, nos habla entre líneas de su mundo paralelo.
Pero este tiene un punto vital y emocional que lo quiebra: su madre.
Su madre accede a ser entrevistada por su hijo, a manera de práctica para el periodista que será mucho después.
Esas entrevistas con la madre, mujer sufrida y partida por la falta de afecto, no solo nos llevan a sentir compasión por ella, sino también a entender al narrador protagonista.
Por momentos, pensamos que la madre pautea la narración. Y en esos momentos ella se yergue como el eje de la novela.
Sin embargo, esto no es todo. El muchacho tiene un par de abuelos que pertenecen a los Testigos de Jehová. El abuelo lo fastidia mucho, la monserga religiosa es insuficiente y arremete contra la voracidad con la que come su nieto.
A esto sumemos la duda del narrador sobre una leyenda negra familiar: la muerte del tío Neno, a quien su padre mató con un BMW 850i.
O sea, estamos ante un personaje jodido por todos los costados.
Pues bien, en ese viaje a Tacna será el comienzo de su independencia. Huirá buena vez de la férula emocional de su padre.
No, no te equivoques.
Hablamos de un oscuro viaje interior. El viaje en auto es un mero pretexto. Y la metáfora con la densa neblina costera se justifica en la tensa interrelación entre los personajes.
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En apariencia, Camanchaca parece una novela fácil de escribir.
Pero no te engañes, muchacho, no te engañes con ese legado de los falsos e ignorantes escritores minimalistas que subdividían todo.
Zúñiga apela al minimalismo y la fragmentación conociendo la tradición de la novela total, decimonónica, también de los maestros del minimalismo.
Líneas arriba, muy arriba, dije que Zúñiga es un lector que escribe. Esta cualidad la vemos en la intensidad de los capítulos, en su fuerza narrativa. También la notamos la inteligencia de nuestro autor cada vez que suministra información de lo que nos cuenta. Informa mucho en tan poco y para hacer eso, ni hablemos de la transmisión, hay que ser pues un capo.
Cada microcapítulo es una sobredosis literaria. No solo avanzas en la lectura, también retrocedes.
Ojo, lector, te repito: no te dejes engañar por la brevedad de la novela. Esta novela es más “grande” en transmisión que los ladrillos de 400 páginas que nos venden hoy en día.
Te enfrentarás a un libro que te dejará en el suelo.
Te sentirás igual que no pocas de las sensibilidades aquí representadas.
Te aseguro que cerrarás el libro más de una vez y te pondrás a pensar, a lo mejor en la madre del protagonista.
Te acercarás a la última página e irás lento en la lectura, quizá desearas no acabar el libro, dejarlo para días después. Sentirás una especie de magia negra en estas páginas y un oscuro gusto te llevará a terminarla de una vez. Y una vez terminada la lectura de la novela, la epifanía comenzará a hacer su labor.
Pues bien, esto es Camanchaca.
 
 
Texto leído el sábado 26 de julio en la FIL. Y publicado también en el blog de la revista Ache de Ecuador.

4 Comentarios:

Blogger Micky Bane dijo...

Pues me ha dado tremenda curiosidad leerla, dada tu gran reseña sobre la misma.

Me gustaría que pudieras (si lo hiciste ya, por favor, déjame saber) hacer una reseña de El loro que podía adivinar el futuro de Luciano Lamberti.

Saludos.

11:41 a.m.  
Blogger Gabriel Ruiz Ortega dijo...

buen dato
ojalá la pueda leer pronto
ss
G

1:45 p.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Puta madre, Gabriel, para escribir elogios eres el mejor. No es por nada pero creo que iré a comprar el libro, pero si no me gusta tendré que hacerte magia negra. :D

4:31 p.m.  
Blogger Gabriel Ruiz Ortega dijo...

bueno, solo trato de ser descriptivo
y mi política literaria: solo presento y hablo de los libros que me gustan
ss
G

12:38 a.m.  

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