viernes, enero 31, 2014

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No hay nada peor que hacer lo que uno crítica. Eres víctima de tu inconsecuencia y no debes escudarte en los factores externos. Asume tu responsabilidad y listo. Eso sí, nunca te hagas el huevón, en esta ciudad tenemos la gran virtud de hacernos los huevones cuando sabemos bien que nosotros mismos la hemos cagado.
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Cuando paro un taxi y negocio una carrera, suelo dar  la ruta por la que quiero que me lleven. No es una ruta caprichosa, sino estratégica, que por lo menos me brinda la posibilidad de evitar en algo el tráfico y que, obviamente, me permita llegar más rápido.
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Acomodé mis cosas e hice lo que siempre hago: me pongo a leer y fumar. Empecé a leer, con algo de tardanza, El bosque de tu nombre, la ambiciosa novela de mi amiga Karina Pacheco. Bastó leer las cuatro primeras páginas como para seguir aseverando lo que más de una vez he aseverado: Karina es la narradora más dotada de su generación, entre hombre y mujeres que escriben y publican.
Me concentré en la novela y me desconcentré de la realidad exterior. Por lo general, suelo levantar la mirada mientras viajo en taxi, como para cerciorarme de que me estén llevando por el camino indicado, pero ahora no fue el caso.
Debido a una frenada me di cuenta de que el taxista cogía la Av. Iquitos. No dije nada porque esa es también una posible ruta, siempre y cuando se voltee en Isabel La Católica y baje inmediatamente por Cuba. Pero hice mal, porque no le pregunté lo que pensaba preguntarle: si doblaría en Isabel La Católica.
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Minutos después me encontraba en una atracadera, soportando casi 30 grados de temperatura. Leía la novela por tandas, relativamente concentrado, relatividad que se esfuma cuando el taxista empieza a discutir con el chofer de una custer por un pase en la intersección con 28 de Julio. No quería saber quién tenía razón en la discusión, lo que deseaba era salir del atolladero.
El deseo de inmediata fuga hizo que me metiera en ese cruce de palabras, saqué mi cabeza por la ventana y le grité al huevón de la custer. Ahora la discusión no era entre el chofer de la custer y el taxista, sino entre el chofer de la custer y yo. Ajusté mis lentes y me puse la mochila, dispuesto a bajarme del taxi, pero el asunto no llegó a mayores. La presencia de una espigada y curvosa policía de tránsito puso las cosas en orden. Bajo amenaza de papeleta, le ordenó al huevón de la custer que cruzara de una vez.
Se supone que el mujerón que representaba a la autoridad tenía que dar el pase a los que veníamos de Iquitos. Pero no, hizo lo que le vino en gana, al punto que las luces del semáforo no existían en su mundo.
Nos quedamos en la intersección cerca de 10 minutos, porque la espigada y curvosa policía de tránsito privilegió el pase de los autos, custers, micros, buses interprovinciales que bajaban por 28 de Julio. Creí que el taxista también bajaría por 28, pero no, la bestia siguió de frente, hasta El Palacio de Justicia.
Pensé, aún seguía caliente, pero pensé. No debía culpar al calor, ni al chofer de la custer, ni a la espigada, curvosa y dictatorial policía de tránsito, ni al animal que tenía como taxista, taxista al que debí llamar la atención al momento de salirse de la ruta que le había indicado. La culpa era mía y por mi culpa me había convertido en lo que más crítico de cierta gente de esta ciudad.
Y para coronar el trayecto: terminamos en una interminable vuelta por la Plaza San Martín, pero ya estaba más tranquilo, resignado pero a gusto, a gusto leyendo la que parece ser una muy buena novela de Karina.

jueves, enero 30, 2014



miércoles, enero 29, 2014

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Los días son más calurosos de los que pensaba. La verdad, esto es cosa seria. 
Trato de estar en silencio, recibiendo todo el aire del ventilador mientras termino la lectura de un libro de Hitchens. Avanzo las páginas y pienso que si no ocurre algo más allá de lo normal, lo terminaré hoy en la tarde noche.
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Reviso mi correo electrónico y mensajes de Facebook. Me gusta lo que leo: haré una reseña de una gran novela de Iris Murdoch y Camila me pregunta por algunos datos de la obra de Reynoso. No tengo a la mano los datos que requiere, pero le prometo que se los haré llegar mañana jueves.
El calor aumenta y me siento tentado en cerrar la librería e irme a uno de los bares de por aquí. No importa cuál, lo importante es ingresar a uno de ellos y pedirme un pomo y olvidar este calor. Esa es la idea: olvidarme del calor.
Pero decido quedarme. No puedo cerrar la librería por un pomo. La palabra disciplina retumba en mi mente. Solo es cuestión de acomodarme y no caer preso de la ansiedad. Voy a seguir leyendo, pero no a Hitchens, quizá la novela de Verónica. En su novela, Verónica exhibe un envidiable aliento poético; no es una novela que pueda llamar novela de poeta, en absoluto, aquí hay una propuesta, una tierna y salvaje visión de la vida, como si su impulso narrativo, parafraseando a Barnes, obedeciera a la fuerza y capricho del vientre. El erotismo supura entre las líneas.
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Cojo una revista y sin esperarlo recorro todas las páginas del último Lima Gris. Encuentro un par de entregas que me gustan mucho, una más que otra, sin duda. “Río turbulento y mar agitado” de José Rosas Ribeyro sobre el epistolario entre Arguedas y Westphalen. Se trata de una especie de reseña-crónica-machete de El río y el mar. JRR no se guarda nada en cuanto a Arguedas. A medida que leo el artículo, me pregunto por qué este libro no ha sonado más entre nosotros. Arguedas tal cual, como un hombre que sufre, como un hombre tierno, como un hombre preocupado por el discurso cultural que se hace en Perú, pero ante todo, como un hombre que es capaz de odiar. Un Arguedas desde la cotidianidad, sin adornos, ni mitificaciones. De JRR no puedo esperar opiniones “suavecitas”, no duda en agarrar a palazos a Alfredo Pita por Días de sol y silencio, en donde el autor de El cazador ausente narra los días que vivió con Arguedas y Sybila Arredondo. Según el articulista, Pita habla más de sí mismo que de Arguedas. Pero José es abusivo, compara Días de sol y silencio con Correr el tupido velo de Pilar Donoso. Eso es lo que pasa cuando se escriben libros por encargo, parece decirnos el último infra.
No tengo otra que quitarme el sombrero ante Rodolfo Ybarra. Alguna vez lo he chancado por alguna crónica en LG, pero ahora sí le reconozco que su entrega “La voz en off de Manuel Villanueva” es de la reconchadesumadre. En este perfil, Ybarra nos habla de Manuel Deza, un talentoso poeta noventero que se suicidó días después de que Marco Aurelio Denegri destrozara en televisión su poemario Voz en off. Mediante una prosa clara y sin digresiones, nos adentramos en el mundo convulsionado de un poeta que, en principio, lo dio todo por la poesía. Mientras leía sobre Deza, pensaba en su riqueza moral como personaje de ficción. Es que las grandes y buenas novelas se escriben con personajes como Deza. Ybarra ya lanzó el datazo, ¿quién lo canibalizará?


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Gracias a Guillermo Niño de Guzmán supe del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez. Guillermo mencionó al cubano porque estábamos hablando de la repercusión del realismo sucio en la narrativa peruana última y del por qué se venían desarrollando registros ajenos a este entre las nuevos narradores peruanos. Después de esa conversación, a mediados del 2003, me propuse buscar los libros de Gutiérrez. En principio fue difícil, pero estos empezaron a llegar, uno a uno. 
En su momento entrevisté al cubano y, si la memoria no me es tramposa, también he comentado o reseñado algunos de sus libros. Prácticamente he leído todos sus libros, siendo el primero la gran novelita Nuestro GG en La Habana. Y sin exagerar, durante un buen tiempo fui su hincha. Leer a este señor me resultaba toda una experiencia vital. 
Hace unos días encontré sin buscar en mi biblioteca Trilogía sucia de La Habana. Como seguía guardando buenos recuerdos de esta publicación, me puse a releerlo, con la idea de pasar algunas horas en esas páginas atiborradas de sexo, miseria, descontrol y muchísimo ron. Valió la pena, la prosa de Gutiérrez seguía tan fresca y jodida como aquellos años en lo leía casi en un estado de obnubilación. 
El personaje presente en la mayoría de los relatos es Pedro Juan, a todas luces, alter ego del autor. PJ se desplaza en los tres libros de cuentos que conforman la publicación: Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer y Sabor a mí. PJ sobrevive a su modo, trabaja en lo que sea, hace suyas las calles de La Habana, mira y seduce a para nada pocas mujeres, bebe mucho y, pese a la miseria en la que se encuentra, le gusta vivir así. Este involuntario reencuentro con Gutiérrez afianza una oculta fe personal en el realismo sucio. Los párrafos de Gutiérrez son cortantes, como si tecleara su máquina de escribir con las puntas de un par de cuchillos. Basta leer sus diálogos y descripciones y caer en la cuenta que estamos ante una poética escanciada de un extraño hechizo que sentimos cercano y lejano a la vez. Diálogos y párrafos que elevan lo cotidiano y lo superfluo a cimas literarias, cimas literarias que se reservan el derecho de admisión. Es que son muy pocos los que pueden transformar con creces la realidad y la vida, y sin duda alguna, Gutiérrez se encuentra en los muy pocos que pueden hacerlo. 
A saber, en “Yo, revolcador de mierda”, cuento de Anclado en tierra de nadie, puede leerse lo siguiente, quizá una declaración de los principios literarios del cubano: “Eso es todo. No me interesa lo decorativo, ni lo hermoso, ni lo dulce, ni lo delicioso. Por eso siempre he dudado de una escultora que fue mi mujer algún tiempo. Había demasiada paz en sus esculturas para ser buenas. El arte sólo sirve para algo si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas y desespero. Sólo un arte irritado, indecente, violento, grosero, puede mostrarnos la otra cara del mundo, la que nunca vemos o nunca queremos ver para evitarle molestias a nuestra conciencia.” 


martes, enero 28, 2014

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Ayer en la mañana salí temprano de casa, digamos temprano a lo que normalmente suelo hacerlo. Estaba entre los arcos de la Plaza San Martín, decidiendo si entraba o no al Domino. Tenía aún tiempo de sobra y quería aprovecharlo bien con una Cusqueña bien helada, con mayor razón ahora que veía a una portátil dirigirse a la Plaza Mayor, portátil que cumpliría su función de ¿celebrar? ante cámaras el fallo de la Haya. Se juntaron entonces dos puntos que siempre trato de evitar: el oportunismo y la demagogia. Imagino que los interesados en el tema limítrofe ya deben sentirse realizados, en lo personal, nunca he visto tanta torpeza política, tanto revanchismo idiota, llevado a cabo por facciones militares, políticas y diplomáticas que han hecho carrera con la Guerra del Pacífico. Lo bueno de todo es que ya no los volveremos a escuchar y ver nunca más.
Entonces decidí entrar al Domino y desayunar una Cusqueña helada. En la pantalla del televisor del café la transmisión de la lectura del fallo. Como no quería malograr mi mañana, saqué de mi mochila viajera un poemario que voy leyendo por tercera vez. Al respecto, creo que en los próximos días hablaré de la experiencia de la relectura. No sé si sea la edad o la decepción cantada de las novedades que llegan a nuestras librerías, pero últimamente releo mucho, es más lo que releo de lo que leo.
El Domino era el lugar ideal para volver a entrar a las páginas de Hoyo 13: una novela barrial de Rafael Espinoza. La lectura de El almuerzo en la hierba de Marcel Proust iba a tener que esperar, seguramente durante las benditas horas muertas que tengo en la librería.
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Entre las contadas voces destacadas de la nueva poesía peruana, puede percibirse una incursión/exploración, o bien decidida o dubitativa, por el híbrido. Es posible detectar la apuesta por el cruce de géneros. No es que nunca antes se haya hecho, pero ahora se ha vuelto casi frecuente, como si la experimentación fuera la norma, el camino, el cauce, el sendero hacia la tan anhelada voz propia. En esta incursión sobreviven y destacan los que se toman el asunto en serio, no aquellos que lo asumen motivados por el aparente facilismo que proyecta el híbrido. No solamente es cuestión de mezclar, también es necesario conocer varias tradiciones no necesariamente poéticas. Pienso en El libro del desasosiego de Pessoa, fundamental en la formación lectora y también fundamental –siempre en segundo plano-- para entender o tener nociones de lo que es el híbrido.
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Sin duda, Hoyo 13: una novela barrial es un poemario disfrazado de novela. No sé si hubo una intención cachacienta de Espinoza en cuanto al título, pero lo que es cierto es que su llamada “novela barrial” destila lo que el híbrido debe transmitir: verdad, verdad poética, si lo prefieres ver así. El autor expande esta verdad poética a lo largo de veinte poemas de regular extensión, en cada uno de ellos nos topamos con un protagonista innominado que nos cuenta su día a día; un protagonista innominado, por decirlo de algún modo, hedonista y muy despreocupado de la vida, como alguien que se deja llevar, sin importarle si le va bien o no, como si su consigna fuera seguir adelante. Podríamos pensar que estamos ante un texto sin mayores pretensiones, y es cierto, este poemario de Espinoza no aspira a grandes ambiciones y en esa no-aspiración descansa el logro, sabor y aroma de su última entrega.

lunes, enero 27, 2014



domingo, enero 26, 2014

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Más de una vez he dicho que la literatura es como el fútbol. En la literatura no hay lógica, una derrota no te puede dejar de lado si crees en lo que haces. Los partidos no necesariamente son iguales.
No son pocas las veces en las que he discutido con amigos escritores, amigos escritores saludados por la prensa y la crítica, que me afirmaban lo medular que resulta una primera publicación, en donde te juegas el todo y nada. La idea es más o menos la siguiente: si tu primer libro no es bueno o relativamente interesante, mejor piensa en otra cosa.
En lo personal, no comparto para nada esta idea. La literatura es persistencia y es en el mismo camino del ejercicio de la escritura en que te das cuenta si lo tuyo es o no la literatura.
Por eso tenemos en la historia de la literatura innumerables casos de debuts y despedidas. Los autores no soportaron las malas críticas, los tomaron como mensajes de los dioses que les ordenaban realizar actividades más productivas, como buscar un trabajo, cimentar una familia, o sea, ser hombres y mujeres de bien. En fin, como sea la figura. Lo que sí es cierto es que si persistes puedes superar las falencias de tu primer libro. ¿Autocrítica a la fuerza? Como gustes llamarlo.
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A fines del año pasado leí un par de libros que llamaron mi atención. Libros de nuevos autores peruanos, nuevos autores peruanos que en la segunda entrega superaron las clamorosas caídas de sus libros iniciales. Me refiero a Fernando Sarmiento con Todos los días son de ceniza (La travesía) y a Aldo Pancorvo con La falsa despedida (Paracaídas). Cuentario y novela, respectivamente.
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Una de las interrogantes que tuve luego de leer el cuentario de Sarmiento fue la de por qué no apareció literiamente con este libro. ¿Por qué se apuró con su novela Clash City Loose? Los cuatro relatos que conforman el presente cuentario nos presentan a otro narrador, de prosa cuidadosa y mundo imaginativo peculiar. Demasiado arriesgado hasta cierto punto. Pese a que sus argumentos pueden ser muy jalados de los cabellos, el lector es presa de ellos y la razón la veo en que su incursión en la vertiente fantástica la ha realizado conociendo primeramente sus límites como autor, en donde encontramos demasiada información encapsulada, encapsulada al servicio de sus historias, sin pretensión de hacer un muestreo de inteligencia y referencias, tal y como vemos en varios autores locales que han puesto pie en lo fantástico, que, aparte de aburrir, suenan extremadamente falsos, inverosímiles. Por ello, los relatos de Sarmiento se dejan leer y apreciar, lo que quiso fue contar, nada más, ese es el mérito, al punto que uno no siente como baches las claras falencias de estructura que vemos principalmente en el cuento “Feriado con la reina”.
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Si la memoria no me falla, a Aldo Pancorbo se le criticó con fundamento la floja configuración moral de los personajes de su primera novela Un duro despertar. Bien sabemos que la base de toda novela, antes que la estructura y el estilo, es la hechura del personaje y su interrelación con el mundo representado. Ahora, en La falsa despedida Pancorbo no repite errores y nos entrega un personaje que imagino irá creciendo en el tiempo: Fabio Correa.
Lo primero que percibimos es la influencia que ha recibido el autor. Aquí hay mucha música rock, en especial. Nos queda claro que ha bebido de la cultura popular y en base a esta cantera nos entrega una historia a la que no debemos clasificar bajo los criterios de la novela realista, sino de la novela que parodia, en la onda de lo que en el cine realizan Tarantino y los hermanos Coen. Porque eso es lo que hace el novelista: parodiar la realidad. Y es en esta intención paródica en que entendemos a Correa y su inusitada búsqueda de supervivencia. Correa es un escritor, cuya novia Zoe es asesinada, hecho que lo lleva a hacerse cargo de la hija de esta, Malena. Es bajo el cuidado de la niña que empieza a recibir amenazas anónimas y, como todo escritor curioso, no se arredra, por el contrario, empieza a investigar por su cuenta el asesinato de su novia, lo que lo lleva a descubrir una conspiración que proviene desde los más altos estratos del poder político.
Obviamente, estamos ante un policial, pero ante un policial permeable que no debemos encorsetar bajo las leyes clásicas del género. El policial es quizá el género más libre de la novela y el éxito de su uso descansa en la lealtad a los registros que utilice el autor. Por ello, no deberíamos leer La falsa despedida bajo la mirada del realismo-mimético, pecaríamos de injusticia por apuro y poco conocimiento de la tradición narrativa. Pues bien, el gran problema de Pancorbo es que su historia no demora en desgastarse, debió pues quedarse con la carne y olvidarse del hueso. Con 120 páginas la hacía linda.

sábado, enero 25, 2014



viernes, enero 24, 2014

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El narrador chileno Alberto Fuguet se ha convertido en uno de los actuales referentes literarios en nuestro idioma. Si repasamos su obra, podemos intuir que esta referencialidad se ha abierto paso por un tortuoso camino en el que ha imperado la mala entraña, el prejuicio y el ataque artero contra todo lo que él hacía. Pero de a pocos –sin engañarnos por las campañas mediáticas que siempre lo han acompañado--, Fuguet ha sabido consolidar una poética peculiar e importante, poética no necesariamente literaria. Pensemos en Mala onda, Cortos, Las películas de mi vida y Missing; pero también en sus películas Se arrienda, Velódromo y Locaciones
Antes que escritor y cineasta, Fuguet es un contador de historias en búsqueda de registros. Y esta búsqueda lo ha llevado a pisar las parcelas de los híbridos, la galaxia de la indefinición genérica. Pues bien, desde esta postura el autor nos entrega la que quizá sea su obra más llamada a sobrevivirlo, Tránsitos. Una cartografía literaria. 
No hay que pensar más de la cuenta. No perdamos tiempo haciendo taxonomías de la publicación. Esa no es la idea. Cada página de Tránsitos exuda libertad, una patente pasión por la literatura. Pero no es la primera vez que lo hace, porque lo mismo podríamos decir del imprescindible Cinépata, en donde dejó testimonio de su pasión por el cine. Pero Tránsitos es otra cosa. Es la pasión elevada, gratificante en su irracionalidad, una declaración de amor y odio para con los autores y libros que lo marcaron. Amor y odio canalizados con la furia e intensidad de su prosa y puntos de vista nada complacientes. 
Se deduce entonces que estamos ante textos netamente impresionistas. Aquí no se pretende dictar cátedra, mucho menos brindar una explicación académica de una poética. Presenciamos la postura de un creador al que no le agrada del todo que se le vea como escritor. Nos encontramos con una voz que ahora está de paso hablando de literatura. He allí la razón del título. Tránsito. Movimiento. Traslado. Viaje. Aquí nada es estático. Aquí hay mucha trampa. Fuguet nos puede hablar de la manera como llegó a un autor para inmediatamente dar cuenta de una tradición oculta en la respectiva poética, porque eso es lo que hace, encontrar tradiciones ocultas en específicas poéticas para sustentar inmediatamente la suya, una que no deja de nutrirse de la cultura pop y del contexto inmediato, rasgos que le permiten sustentar su apuesta por el realismo y que le brindan los caminos para desplegar una admiración nada zalamera con sus autores cómplices, como Caicedo, Escanlar, Coupland, Bolaño, Donoso, Vargas Llosa y Richard Ford. 
Sin duda, nos encontramos con un Fuguet que escribe como fan. Pero no como un fan obnubilado, sino como uno atento al detalle de la vigencia y a la frescura de la propuesta del escritor que admira. Uno de los muchos, Salinger, a lo mejor la influencia axial en la que podamos rastrear la voz del creador sureño. Pero ese amor de fan puede convertirse en odio cuando escribe de un autor que representa todo aquello de lo que reniega. A saber, las líneas dedicadas a Carlos Fuentes candidatean a ser lo más duro – y acaso veraz-- que se haya escrito del mexicano. No debería sorprendernos, un libro como este es una biografía en clave abierta, y cuando escribes de ti mismo, no necesariamente tienes que escribir de lo que te agrada, sino también de lo que te incomoda. Es que así tiene que ser la literatura. Así es Tránsitos.



Furia e intensidad. Texto publicado en Buensalvaje 9.

jueves, enero 23, 2014



miércoles, enero 22, 2014

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Me levanté muy temprano y salí a correr.
Luego tomé un duchazo y me volví a acostar para levantarme muy tarde.
Tuve un sueño raro. Me encontraba en un gran salón, en una suerte de presentación, en donde corría harta cerveza en lata, demasiada para lo que suele verse en una presentación literaria.En mi sueño hacía lo que hago en las contadas veces que voy a una presentación: deambulo de un lado para otro, sin buscar el saludo de nadie y dejándome llevar por el azar, solo así puedo sentirme relativamente cómodo. No me gusta la multitud concentrada, menos aún la forzada diplomacia, saludando a narradores y poetas, que te preguntan si estás escribiendo, si este año publicas algo. 
Prácticamente tengo ante mí a toda la literatura peruana, a la oficial y a los que aspiran al oficialismo desde las trincheras de la resistencia. Termino mi chela en lata y quiero salir del gran salón, necesito fumar y me dirijo hacia la calle, sin antes no agarrar otra chela en lata. Me abro paso y veo a un par de escritoras rodeadas por una banda de aspirantes a narradores y poetas, que literalmente se las devoran con la mirada, babean. No es para menos, ambas son escritoras reverendamente guapas y de muy buen cuerpo, buen cuerpo fruto de intensas horas en bicicleta. Las saludo al paso y ambas me llaman con los ojos, “ven, G, ven, ven”, como para salvarlas del acoso de los aspirantes a narradores y poetas. Pero necesito fumar, primero fumar, y con mis ojitos les digo que ya regreso, fumo y las rescato.
Al llegar a la puerta de la calle me pasa la voz un joven poeta/editor.  “G, ¿tienes u minuto, algunos amigos necesitan hablar contigo?”. Tengo un minuto, le respondo, pero solo un minuto porque la verdad sí necesito fumar. “No te preocupes, G, solo será un minuto, cronometro si gustas”. Vamos.
El joven poeta/editor me conduce a una sala iluminada, en donde se ha dispuesto en medio de ella una fila de sillas blancas de plástico. Cada una ocupada por un escritor. Los conozco a todos. Todos ellos son escritores de mi generación. Pero los miro bien y tienen los ojos acuosos, como si hubiesen estado llorando.
Hola, qué tal. ¿Les ocurre algo?, pregunto, es lo único que se me ocurre preguntar.
Uno de los narradores de mi generación se pone de pie y me dice: “G, pensé que era tu amigo. ¿Por qué diablos dijiste que mi libro era malo? Callado me ayudabas más”.
Ahora pide la palabra una joven poeta: “G, qué pasa, querido. ¿Acaso no te gusta mi poesía? Juraba que éramos amigos”.
Otro: “G, yo te estimaba, estoy en un franco ascenso mediático, te mandé mi libro pensando que lo ibas a elogiar y me sacaste la mierda. Así no es, hermano, así no es”.
Y lo que faltaba: el joven poeta/editor: “G, ya pues, compadre, ¿vas a reseñar mi libro o no? No me voy a poner a llorar si me sacas la mierda, pero comenta mi libro por faaaaavor. Comenta mi liiiibro”.
Pensé rápido y llegué a una respuesta que tranquilizaría a los cuatro y a los demás narradores y poetas generacionales que estaban en la salita. Lo iba a hacer pero sonó el despertador de mi nuevo celular, despertador que suena como si estuviesen degollando a alguien.
Me desperté.
¿Será una profecía?
En fin.
Me di otro duchazo y me fui a trabajar.


martes, enero 21, 2014

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El domingo en la noche miraba una película, de esas que solo te exigen un mediano nivel de concentración. Una película para pasar el rato, solo eso. Miraba y de cuando en cuando actualizaba los datos de mi nuevo aparato móvil. Lo que nunca creí que me pasaría, me pasó hace algunos días: perdí mi celular, pero felizmente aún conservo mi número.
Terminé de ver la película y me conecto un toque al Face para responder algunos mensajes de Inbox. Para mi buena suerte, no eran muchos, pero uno de ellos llamó mi atención. Llamó mi atención porque no ubicaba a la persona que lo escribió. En su texto, de extensión regular, contaba que me conoció hace más de quince años en la biblioteca municipal de San Isidro. ¿Hace quince años? En aquella época iba por los veinte y hoy por hoy me resulta muy difícil recordar a las puntas que conocí por entonces. A medida que iba leyendo su mensaje, algunas imágenes adquirían cierto sentido en mi memoria. Por ejemplo: durante un tiempo estuve afiliado a muchas bibliotecas de Lima, no solo municipales, también de centros culturales e institutos de idiomas, así como a la BNP.
El amigo decía que un sábado por la mañana él y su hermana, ambos en edad escolar, fueron a la referida biblioteca municipal con el objetivo de tramitar una carné de lector. Las cosas no les salieron como pensaban, ya que los sábados no atiende el personal administrativo, solo el encargado de la biblioteca, que lo hacía hasta el mediodía. Era cerca del mediodía y yo estaba de salida. Leía el mensaje y trataba de recordar. Efectivamente, consagraba las mañanas de los sábados a esa biblioteca. Salía o bien a las doce o cerca de las doce e iba a mi casa a almorzar y después, muy bien descansado, jugaba Basket.
Según el pata, su hermana y él se me acercaron para preguntarme qué día podían acercarse a gestionar un carné de lector. Cuenta que los traté muy bien y que les hablé con mucho entusiasmo del hábito de la lectura. En este punto empecé a recordar con más claridad, porque son muchas las ocasiones en que sí he hablado del placer de la lectura, haciéndolo con un ánimo desbordado.
El mensaje seguía y empecé a sentirme mal porque por más esfuerzo que hacía, no recordaba ni al pata, ni a su hermana. Incluso entré a sus perfiles de Face y sus rostros no me eran nada ubicables. En cambio, ellos sí se acordaban de mí porque les di mi nombre completo. Dejé de leer y me concentré en ese par de años en que leí lo que solamente me interesaba de la biblioteca municipal de San Isidro.
Los dos últimos párrafos del mensaje fueron un par de puñetes en la boca del estómago. Desde hace un par de años, los hermanos Carla y Roger tienen un pequeño colegio en Zapallal. Como buenos educadores comparten la idea de que la educación y formación integral del niño y adolescente parten del conocimiento de los clásicos literarios. Por otra parte, Roger es un asiduo lector del blog, además, siempre ha querido escribirme al mail que aparece en mi perfil, pero no lo hizo por timidez. Según Roger, esa charla de hora y media en las gradas de la biblioteca municipal de San Isidro marcó el inicio, para su hermana y él, de su pasión por la lectura.
Me sentí muy bien y con todo gusto accedí a asesorarlos en la conformación de un plan lector decente, ajeno a los intereses de los fenicios de la educación, lejos de los intereses comerciales de ciertas editoriales que hacen su negocio con títulos de improvisados autores a los que poco o nada les interesa les interesa la formación del niño y adolescente. Conozco más de un caso de este tipo de escritores, que escriben por encargo, en poco tiempo, auténticas bazofias literarias. Son escritores motivados por el pago casi inmediato. Es que el negocio está en el plan lector que no pocas editoriales imponen en los colegios.
“Muy bien Roger, te voy a ayudar en la conformación del plan lector”, empecé a responderle, “para los chibolos de catorce años una novela que desahueva: “El cazador oculto” de Salinger…

lunes, enero 20, 2014



domingo, enero 19, 2014

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Hoy domingo me levanté muy temprano y me fui a correr a la Videna. Bien pude hacerlo en el parque enrejado ubicado detrás de mi casa, pero como mi deseo era deshacerme de toda la toxina de los últimos días, decidí irme a San Luis. Necesitaba pues una distancia y un terreno que me exigieran.
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En el trayecto de regreso, caminaba escuchando música, parándome de cuando en cuando en los kioskos, analizando los titulares de nuestra maravillosa prensa escrita. Ni bien sentí mi corazón en su ritmo natural, prendí el primer cigarrillo del día y me tomé un frío y salvador jugo de naranja. Hubiese quedado más exhausto con sol, pero felizmente este no apareció mientras corría y trotaba.
Se supone que sería un domingo tranquilo, relajante, que pensaba potenciar con unas Cusqueñas heladas en lata al mediodía, pero no. No fue así, todo estuvo a punto de irse a la mierda. Todo se iba a ir a la mierda por mi culpa, por no ser del todo fiel a mi visión oscura de la vida. Le di una última oportunidad al suplemento El Dominical de El Comercio. No se trataba de una oportunidad gratuita, mi buena amiga Brenda me había dicho días atrás que aún podían encontrarse artículos y ensayos de interés. Claro, Brenda, a la que estimo mucho, lo dijo en toda la buena onda posible que le depara su natural optimismo, natural optimismo que derrocha desde los nueves años de edad. 
Compré La República, El Comercio y El Trome.
Leí lo que tenía que leer en el diario en donde El Búho tiene su columna. Revisé y marqué las notas de La República que leería en el curso del día. Y con miedo abrí las páginas de El Comercio. En realidad, revisé primero El Dominical, en donde encontré un poema del ex presidente Alan García. Los masoquistas, lo pueden leer aquí.
Cada vez que hablo de El Dominical o lo recuerdo, me es imposible no transportarme a esas mañanas domingueras en donde desayunaba devorándome cada una de sus páginas. El suplemento era el Suplemento Cultural de este país de agrestes montañas y sería mezquino no afirmar que aprendía de sus artículos, ensayos y entrevistas. Al menos, para todos aquellos que andamos a la mitad de los treinta, El Dominical significó, durante un tiempo, nuestra guía cultural. Por ello, uno no puede sentirse menos cuando ve en lo que se ha convertido ahora, en donde se privilegia un olvidable texto de un personaje nefasto de la historia política peruana, pasando por alto el natalicio de Javier Heraud, vate medular de la poesía peruana contemporánea.
Leí el poema de García y algo muy importante murió dentro de mí. Leí al vuelo el suplemento y fue como si me hubieran chupado todas las energías. Algo tenía que hacer para no ser presa de la abulia, de la decadencia, del fastidio en un día que dedico exclusivamente a leer, a descargar música y ver películas.
Pues algo hice y creo que lo hice bien.


sábado, enero 18, 2014

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No sería para nada extraño afirmar que Ribeyro es el mayor exponente en cuento de toda la narrativa peruana. En este sentido, habría que ser un suicida para argumentar lo contrario. Tenemos a Ribeyro en nuestra tradición y hacia él deberíamos volver cuantas veces sea necesario, hasta por las puras. Su voz, a la fecha, resulta fresca en estilo y transmite en propuesta, por eso su número de lectores crece y más de uno ve en su poética la piedra angular de sus proyectos creativos personales. Queda implícito: Ribeyro es de esos autores que se mueven en ambos frentes: entre los escritores y los lectores.
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Acababa de llegar a Selecta, Yesenia ya estaba en la librería, su rostro reflejaba las mismas ansias que las mías: hoy nos traerían el nuevo ventilador. Jamás pensamos que un simple aparato fuera a ser tan medular en el día a día laboral. Ella estaba abriendo una nueva caja de libros y la ayudé. Estuvimos en ese ritmo un buen rato, y como suele pasar, recibimos las visitas de amigos y clientes. Uno de ellos se llama Carlos, egresado de Literatura de San Marcos, inédito narrador con un par de importantes premios en cuento y, ante todo, un buscador de la más exigente narrativa. Cada vez que viene, nos ponemos a hablar de los libros que hemos estado leyendo, la mayoría de las veces abordamos las novedades, pero hoy sábado ha sido la excepción: hablamos de Ribeyro.
Algunas preguntas que nos formulamos sobre Ribeyro parecían fáciles, hasta ingenuas. Ni pensar en nuestras respuestas. Pero al rato, pasada la supuesta vergüenza intelectual, volvimos sobre esas ingenuas preguntas sobre el cuentista.
Pienso en las preguntas y pienso en las respuestas.
En lo personal, considero a Ribeyro el mayor cuentista en castellano del Siglo XX. Barajemos nombres. Por más que lo intente, me es casi imposible encontrar uno que se le equipare en calidad y cantidad. Ribeyro no fue un autor discreto en cuanto a ritmo de publicación. Más bien, habría que catalogarlo de prolífico.
¿El mayor cuentista en castellano del Siglo XX? Por supuesto. Considero que no hay muchas dudas al respecto. Tampoco nos sorprendemos cuando lo comparamos con voces mayores del relato corto contemporáneo. Así sonemos polémicos, no haríamos para nada mal en privilegiar a Ribeyro sobre Carver, Munro, Moore, Ford, Cheever… En especial sobre Carver, que muchísima influencia ha ejercido en todo el espectro de la narrativa contemporánea. No hay mucho que discutir, pero qué ocurre cuando te preguntas por Chéjov y Ribeyro. Las cosas adquieren otro color, te demoras en responder, pero te demoras porque lo estás pensando y el hecho de pensar en la pregunta te dice mucho de lo grande que es Ribeyro.


viernes, enero 17, 2014

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Evito el tráfico de la Av. Wilson y decido caminar. El trayecto a Selecta, por consiguiente,  es más largo; a pesar de ello, pienso que hice bien en no tomar el Metropolitano en la estación Estadio Nacional. Como aún es temprano, puedo pasar un rato por el Museo Metropolitano. Una amiga viene recomendándome la expo Desborde Popular.
En principio esa es la idea, pero cambio de planes.
El puto calor no me permite caminar, encima hay pocos lugares de sombra, en realidad, no hay ningún lugar con sombra y ahora sé por qué respiro como si realizara el último aliento.
A las justas llego al Parque de la Exposición, pero no entro al museo, más bien busco una banca, una banca con sombrita. Ubico una, muy cerca de la entrada y aprovecho en comprar una botella de agua mineral, sin gas y helada. Tomo asiento.
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Repico algunas páginas de la que más de uno considera la mejor novela de Álvaro Pombo. Sin embargo, me doy cuenta de que no es el mejor momento para leer narrativa. Espero sin esperar la llegada de los contados vientos frescos de la mañana. No pienso en nada y porque no pienso en nada mi mente es una ventana abierta a las epifanías de lo que conversé en los últimos días.
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Mientras observo a una joven a la que no puedo identificar del todo, porque pasa muy cerca y muy rápido de donde estoy, como si lo hiciera a propósito, analizo al vuelo lo que conversé el martes con Hildebrando.
Cada vez que me encuentro con él, siento irremediables ganas de leer absolutamente toda la Poesía. Aparte de buen poeta, Hildebrando es mi maestro en poesía. Hablo con él y aprendo, aprendo sin saber que estoy aprendiendo. La última vez que nos vimos en Selecta, le pregunté por Juan Ojeda, aquel poeta sesentero injustamente olvidado, o mejor dicho, estratégicamente olvidado. Poeta que a las justas es mentado por los grandes celadores de la poesía peruana.
Ojeda, poeta de desgarrada voz y vida desordenada, comienza a motivar tesis universitarias, lo cual es un buen indicativo de un creciente interés por su poética. Sé que nuestro vate terminará imponiéndose entre los nuevos estudiosos de poesía peruana, felizmente las mafias académicas no son tan perniciosas y cerradas como las mafias literarias de otras parcelas.
Pero no me quita el sueño que se hagan tesis sobre Arte de navegar. No. Mi deseo es que su obra llegue a la comunidad letrada, esa extraña, pequeña y silenciosa comunidad que sabe buscar lo que busca, esa comunidad que le hace ascos a la posería de los lectores de novedades y a las muestras de ignorancia de los que promueven la poesía sin leer lo que promocionan.
Se dice, con justa razón, que nos faltan referentes mayores en poesía. No es que nos falten, pienso. Lo que nos falta es promocionar en medios a poetas de la trascendencia de Ojeda, con quien indudablemente ampliaríamos aún más la fuerza de la tradición poética Made in Perú.


jueves, enero 16, 2014

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14 de noviembre del 2013.
Caminaba por Schell.
No caminaba solo, sino con un pata que es poeta, ensayista y voraz lector. Fumábamos algo de hierba, en realidad lo poco que quedaba de la hierba que media hora antes habíamos compartido con otros narradores y poetas y también con infaltables aspirantes a narradores y poetas. Veníamos de la presentación del octavo número de Buensalvaje.
Mi pata leía el editorial de la revista.
“Oye. ¿No crees que ya es demasiado lo que se hace con Contarlo todo?”
“Sí. A Jeremías lo veo hasta en el aserrín del Queirolo”.
“Se le está haciendo daño. El pata tiene oficio, pluma, prosa, pero si esa novela no es la obra maestra que dicen que es, lo van a agarrar como a bombo en fiesta de pueblo”.
“Pero mira, ¿qué esperabas? Detrás de esa promo hay un gigante como Mondadori. Está bien que quieran vender su producto. Si pueden, bacán. El punto es no dejarnos acojudear con esa propaganda”.
“Hace unos días mi viejo me dijo que no veía una propaganda así desde La ciudad y los perros. Todo el mundo habla de la novela”.
“Fácil. Es que esa es la idea: que se hable de la novela”.
“Hay huevones que ya están afilando el cuchillo”.
“Seguro. Mira, has hecho que recuerde algo. Y es bueno que recuerde, la hierba mata mi memoria. Escucha: anoche presenté un poemario”. 
“Ya”.
“Mientras arreglaban la mesa de presentación, me puse a conversar con el otro pata que iba a participar. Hablamos de Contarlo todo y me dijo que se la iba a bajar de todas maneras”.
“No jodas, ¿en serio?”
“Es que no debería sorprendernos. Date cuenta: aquí todos tienen su rol: Jeremías no habla mal de nadie, no es polémico; son los otros los que hablan de él; Marito cumple su función; además, ya está lista la soldadesca que va a salir en favor de la novela; están los escritores-críticos que ni bien leamos lo que piensan de la novela quedarán como lo que no quieren parecer: resentidos y envidiosos, y lo serán por apurados, como si el libro fuera a desaparecer mañana. Las críticas negativas se venderán como “Escritores peruanos envidiosos de escritor peruano exitoso”. Todo está orquestado.Y obviamente, está el factor primordial: nosotros, los lectores, que hablamos de un libro que aún no leemos”.
“Puta, hay que ser un soberano infeliz: bajarse un libro sin antes leerlo. ¿Quién es ese patita con el que presentaste el poemario?”.
“Sabrás quién es cuando leas su reseña. Es que no te debería sorprender. Esta novela, toda la prensa y publicidad depositada en Jeremías, jode a muchos, más de lo que puedas imaginarte. Estamos hablando de un asunto que va más allá de la literatura. De algo que nos supera, que tiene que ver con el ego, con ese afán de gloria total y pasajera con la que sueña todo escritor, y sin importar de qué país seas. Es un síntoma”.
“Imagínate. Hay patas y flacas que han hecho campaña toda una vida para acceder a lo que Jeremías está viviendo”.
“Es que eso es lo que quieren. La prensa, la fotazo. No dudarían en vender la virginidad de la hermana por un pedacito de esta publicidad”.
“Más de uno se daría por bien servido con un pedacito de esta publicidad”.
“Por supuesto”.
“Oye, ¿no niegues que es paja lo de la prensa y la fotazo?”
“No lo niego, pero estamos hablando de un libro, el libro, ¿me entiendes? La literatura, lo que debe importar. El resto, la publicidad, es lo de menos”.
“Jeremías es un buen narrador. Punto de fuga es un librazo”.
“Sí, un muy buen libro de cuentos”.
Estábamos a media cuadra de la Vía Expresa. La hierba se había acabado y barajaba la posibilidad de llamar a mi Dealer Delivery. Sí, lo llamaría, pero mi pata tenía que levantarse temprano al día siguiente. Además, era algo tarde como para llamar a alguien más. Ocurre que no me gusta fumar solo cuando estoy fuera de casa.
Finalmente, decidí llamar a mi Dealer Delivery.
“Te acompañaría, pero tengo deberes sagrados que cumplir”.
“No te preocupes, algún día me tocará vivir lo que tú. Es el destino”.
“Oye, ¿cuándo es que sale la novela?”
“Creo que la próxima semana. Claro, hablamos de la edición peruana de la novela. ¿Sabías que hubo Pre-Venta?”
“Anda, ¿no jodas?”
“En serio. Imagínate: hubo Pre-Venta de una novela. El Perú avanza, carajo”.
“Pero ni con Paul McCartney hubo Pre-Venta”.
“Te dije: El Perú avanza. Já”.
Un apretón de manos selló nuestra despedida.
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Un par de semanas después, en el curso de dos días, leí Contarlo todo, la promocionada novela de Jeremías Gamboa.
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He vuelto a las páginas de la novela, pero mis vueltas no han sido guiadas por la búsqueda de pasajes y párrafos memorables, ni hablar. Sino más bien para salirme de dudas de un dato que considero histórico: los dos primeros capítulos de Contarlo todo son firmes candidatos a ser los capítulos más aburridos, soporíferos, de toda la historia de la narrativa peruana. No se puede empezar tan mal una novela, no se puede apabullar al lector con un inicio que genera bostezos asesinos. Imagino que no fue culpa del autor, sino de los editores, que pensaron que sumando páginas podían vender este libro como una novela ambiciosa. No hace falta ser un lector acucioso, ni relativamente entrenado. Nada. Hasta los que han leído treinta libros en la vida llegan a la conclusión de que la novela empieza en el tercer capítulo.
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A partir de este tercer capítulo podemos apreciar a Gabriel Lisboa en toda su magnitud, en sus anhelos, complejos y miserias. Lisboa, estudiante becado en una carísima universidad limeña, comienza a encontrar su vocación, que en principio podría ser la periodística, pero a medida que pasan sus días en el semanario Proceso y luego en Semana del diario La Industria, se da cuenta de que lo suyo es escribir, la recreación de la realidad por medio de la ficción y la no ficción. Lisboa descubre que es un hombre que ha nacido para narrar. Por lo tanto, su deseo es convertirse en escritor, quizá como uno de los escritores a los que lee con admiración.
Leemos pues una novela insertada en los vericuetos de la tradición de las novelas de aprendizaje. Vericuetos, dicho sea, que permiten equivocarse más de una vez, en donde la fuerza narrativa no yace en la inteligencia, menos en la pericia, sino más bien en la sensibilidad. En este sentido, Lisboa derrocha exagerada sensibilidad, sensibilidad que por momentos roza la cursilería y el aburrimiento. Por ejemplo, como joven ingenuo que empieza a enfrentarse a la vida, Lisboa idealiza en demasía a sus amigos que le descubren un mundo que no conocía, presenciando y celebrando sus palomilladas de ventana como si fueran sucesos malditos. El mayor problema de Contarlo todo es el recurrente idealismo sobre los personajes cercanos, poetas, que rodean a nuestro protagonista. Por momentos, uno tiene la idea de que está leyendo las mismas anécdotas a lo largo de la novela. El Conciliábulo, para ser preciso, más parece El club de Toby en Trips. A este yerro, sumemos también la escasa visión de Lisboa para con la época que retrata, los años noventa, los años del desencanto. Sé que resulta de idiotas pedirle a Gamboa que nos brinde una visión política e ideológica de aquella década. No tienes que hacerlo. Pero si su personaje es un periodista (periodista de investigación, para más señas) que quiere ser escritor, este queda no del todo configurado en su fisonomía moral. Ese es lo que fastidia de Lisboa, que solo nos cuenta lo que quiere contarnos. Lisboa es, por donde se le mire, un personaje sin conflictos totales, sin opinión propia, que vive de la aceptación de los demás.
Pero lo mejor de Lisboa es que al contarnos su historia, ya es toda una máquina de narrar. Gamboa articula como pocos una historia que a cualquiera se le iría de las manos. Este punto no es del todo secundario, porque a pesar de los dos primeros capítulos y de la exasperante pusilanimidad de Lisboa, Gamboa mantiene un hechizo narrativo que engancha hasta al lector más exigente. El autor narra y este detalle era lo que veníamos esperando desde hace muchos años en la narrativa peruana última, necesitábamos una novela ambiciosa que nos relate una historia, solo eso, no piruetas idiomáticas, ni acrobacias estructurales. Por otra parte, Contarlo todo es un refrescante testimonio deudor de lo mejor de nuestra tradición narrativa: el realismo. Y sin exagerar, Contarlo todo es la novela de su generación, por ambiciosa y por su nervio narrativo.
Líneas atrás señalé la ausencia de conflicto en Lisboa. No vamos a negar que se trata de un personaje soberanamente superfluo, pero que a la vez supera de a pocos sus taras y miedos. Los supera no en la experiencia del periodismo, menos en la experiencia literaria, sino en las constantes decepciones sentimentales por las que atraviesa. En este punto, son las mujeres las otras grandes protagonistas de la novela. Lisboa no solo quiere ser escritor, también es una persona que anhela depositar amor. En sus decepciones sentimentales, el pusilánime aspirante a escritor aprende, comienza a llenar la cantera de experiencias que lo llevan a escribir lo que quiere contarnos y que por alguna razón no podía. No resultan gratuitos los pasajes en los que Lisboa pasa horas de horas frente a la pantalla de la computadora, intentando escribir aunque sea algo, sin poder armar una sola línea relativamente decente. Lisboa empieza a narrar la historia de su vida luego de levantarse desde lo más hondo de la decepción amorosa.
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Terminamos de leer Contarlo todo y llegamos a la siguiente conclusión: la exagerada publicidad que genera falsas expectativas, falsas expectativas que dañan al autor y a su obra. Esta novela no es una obra maestra, eso es innegable, pero sí una muy buena novela que, bajo los criterios cortazarianos, se impone como tal por puntos. Obviamente, Gamboa gana esta pelea con un ojo morado, cuatro dientes quebrados y la mandíbula rota.
 
 
Publicado en Lee por gusto.