martes, abril 29, 2014



lunes, abril 28, 2014

49

Ayer domingo, en la tarde, me di una vuelta por Polvos Azules. Llegué cerca de las 7 de la noche. A medida que caminaba, me admiraba de la gran fuerza de voluntad de los vendedores que soportan un calor concentrado de humores que muy bien provocarían desmayos en los que tienen las defensas bajas. ¿No pueden instalar aire acondicionado?, me preguntaba mientras una vendedora de pechos generosos y culo crepuscular me invitaba a probarme un polo. 
Como bien saben los buscadores de buen cine, no pocas joyas y rarezas puedes encontrar en el Pasaje 18. Allí encontramos cuatro stands bien surtidos. Pero solo compro en dos: en Mondo Trasho y Voyeur. No en los otros dos, y quizá esto se deba a cierta tara de consumista que también la aplico al momento de comprar libros. O sea, siempre voy a pedir que quien me venda exhiba un grado de compromiso con lo que precisamente vende. Por ejemplo: si busco Historias del arcoíris de Vollmann y sé que este libro de relatos se encuentra en Época y Sur, no lo pienso mucho, me voy a Sur. Pero no me voy a esta librería por capricho, o porque camino menos. Al menos sé que allí podré encontrar un compromiso de una librería con sus libros, lo mismo podría decir de otras, como la Casa Verde, que aún sigue recuperándose de la ausencia de Erika Miranda. 
El compromiso librero lo puedes ver hasta en la disposición de los libros, en los libros que es capaz de recomendarte el librero, hasta en su franqueza al momento de hablarte de uno, si este es malo, bueno o excelente. No se trata de vender por vender.
Hay que conectarse. 
Si esto busco en los libros que compro, también en las películas. Por eso siempre voy a Mondo Trasho y Voyeur. 
Estuve en Mondo Trasho con la idea de llevarme todo lo que pudiera de Denis Villeneuve. Y me puse a hablar de cine con el encargado del stand y terminé llevándome pelis que anduve buscando durante mucho tiempo, también pelis que he visto y que necesitaba tener en mi poder, como algunas del maestro David Lynch. 
Carajo, Lynch juega en otra liga.


domingo, abril 27, 2014

48


Lo que me gusta de los domingos es que puedes desplazarte rápido, no tienes que tragarte la vida en el tráfico, como sí ocurre con los otros días de la semana. Los domingos me parecen excelentes para buscar libros, para caminar sin ver a los costados, para perderte, si te da la gana, hasta en los extramuros de la ciudad. No hay peligro, siempre se podrá encontrar un taxi u otro medio de transporte para regresar a casa.
Pero este domingo me acabo de dar cuenta de que los domingos podrían cambiar su aura de tranquilidad por la atmósfera salvaje de los días laborables.
Así es, los alcaldes municipales que van a la reelección no tienen mejor idea que hacer campaña construyendo y arreglando lo que han tenido que construir y arreglar durante sus años de gestión edil.
El tráfico me sorprende en Santa Beatriz, y no, los autos y micros no avanzan a ritmo lento por el cierre de la Arequipa, que cierra todos los domingos para que se practique deporte; el ritmo lento se debe a que unos patas de amarillo taladran setenta metros de pista, muy contentos por la chamba que tendrán durante varios meses.
Trato de no hacerme problemas, para mi bienestar, tengo buena música y el libro de Douglas Coupland, La vida después de Dios, que he estado leyendo en estos últimos días, publicación destinada para taxis, micros y esperas en filas. No se trata de una obra maestra, de este autor no podemos esperar obras maestras, más bien, lo consideraba uno sobrevalorado, no al nivel de Easton Ellis, pero que ahora, gracias a las casualidades, me ha ofrecido la oportunidad de disfrutarlo.
Entonces, abro cierre grande de mi mochila el libro en cuestión y me pongo a leerlo, a terminarlo, a hacer mío estos relatos cortos, algunos de no más de media página, cada uno acompañado por viñetas que refuerzan el concepto de lo narrado. Por un momento barajo la idea de que nuestro autor no lo concibió como un proyecto, sino que muchos de ellos fueron concebidos como meros ejercicios de prosa, como para calentar la mano en la previa a la sentada de los proyectos mayores. Cada texto te dice que es parte de la poética de los retazos, tienen ese aire. A diferencia de los ejercicios de escritura, estos textitos exudan una magia, que como tal no deja de ser cruda, magia que nos presenta hombres y mujeres dañados que viajan por carreteras, que se dan un tiempo para contemplar el hechizo fugaz de las cosas, que se recuerdan resignados, cuyo logro mayor es seguir con vida en un mundo que los ha maltratado.
Se nos suele hablar de la mirada íntima del escritor. Se puede escribir bien, transmitir en la prosa, pero son pocos los que consiguen reflejar en la escritura la mirada íntima. No es poca cosa, esta mirada íntima requiere de tensión, de cierto estado mental, puesto que entre su logro y la cursilería existe una brecha invisible. Hay que ser capo para llegar a buen puerto en este registro. Y en este libro, Coupland me lo demostró.


sábado, abril 26, 2014

47


Estamos tan bien económicamente que ahora nos damos el lujo de importar sicarios. Importamos sicarios para los trabajos serios, de esos que requieren de una calculada logística, que sepan manejar armamento de última generación y que no dejen rastro, así es, que no dejen rastro, detalle que diferencia a los sicarios nacionales de a pie.
Obviamente, se necesita de mano dura, de leyes que no sean insultantes para el sentido común, de policías honestos que no caigan en el juego criollo de hacerse los desentendidos cuando deben estar cumpliendo su trabajo. Pero ante todo necesitamos de voluntad política, de una preocupación y determinación que provenga de la esfera mayor del círculo político que detenta el poder en el país. Por eso, me preocupa y fastidia la pusilanimidad del presidente Humala ante esta avalancha de crímenes organizados. Y eso que estamos hablando de una persona con formación militar, de quien por lo menos deberíamos esperar voz de mando e ideas claras en cuanto a seguridad ciudadana, pero ni eso.
Entonces pienso en la historia militar peruana y puedo entender, en algo, una de las razones que nos pueda explicar por qué hemos perdido tantas guerras.


viernes, abril 25, 2014

46

En las noches, a partir de las 9, me dedico a leer y ver películas y series. No escribo ni reviso mi correo electrónico, salvo cuando se presentan asuntos impostergables, como cuando mi proveedor de hierba me dice que no ha conseguido la que me gusta. 
Anoche, cerca de las 11, me llama un pata al cel y me dice que mi post anterior no ha gustado a mucha gente, que esta mucha gente pensaba que teníamos un implícito acuerdo de paz. Y me puse a pensar, a preguntarme en qué momento firmé acuerdo de paz alguno con ellos. Hasta donde sé, y felizmente, no chupo con ellos, no recuerdo haber estado presente en una reunión en donde limáramos asperezas, ni siquiera en alguna conexión vía Skype. 
Como fuere, le dije a mi pata que no me interrumpa con este tipo de llamadas. Desde hace rato dejé de preocuparme si mi opinión importa o afecte a los demás, y cada vez que he comentado un libro, que es lo que casi siempre hago aquí, o he hablado de las opiniones de alguien, lo he hecho sin tocar a la persona como tal, aunque reconozco que algunas veces se me ha pasado la mano, pero se me ha pasado la mano en mi réplica, es decir, el ataque no lo empecé yo, sino el que originó que le hiciera Bullying. 
Mi pata se despide, pero antes me pregunta si voy a borrar mi post anterior. No le dije nada, simplemente colgué. 
Había cosas más importantes que hacer. Primero: preparar el ambiente para Only Lovers Left Alive de Jim Jarmusch, porque a este blogger le gusta Jarmusch. Segundo: comenzar ese viaje llamado Jota Erre de William Gaddis. Novelón, en todo sentido, de 1133 páginas. Novelón que voy a reseñar próximamente. Gaddis es pues uno de los maestros de la narrativa del siglo anterior, su legado puede rastrearse en nombres como Foster Wallace, Lethem, Chabon y Vollman, en realidad su legado es un eco ectoplasmático que lo puedes notar en los más grandes narradores de hoy. 
Entonces, para qué más, por qué desaprovechar la suerte de tener esta novela en algunas librerías limeñas, porque es un lujo tener esta novela para la Comunidad de Lectores No Poseros. 
Ahora, si en caso eres un lector que quiere dejar de ser posero, tienes que leer esta novela, que de hecho te romperá la cabeza. Pero eso, sí, querido/querida, no te ofendas, te soy sincero como siempre, prepárate: Gaddis no es para mentes misias. 


jueves, abril 24, 2014

45

Un alto a las actividades, a las lecturas, pero en compañía de la buena música de Leonard Cohen. 
Ocurre que el floro Marca Perú que impera en las redes sociales, “La literatura peruana es lo máximo”, me lleva a una fugaz reflexión. 
Pienso en los escritores que integran la delegación peruana que participará en la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá, sin duda, la más fuerte y coherente que haya podido ver, encima, encabezada por nuestro Nobel Mario Vargas Llosa. Más allá de algunos nombres cuya inclusión obedece a la ciencia oculta del amiguismo, poco o nada tenemos que objetar. 
Ahora, no hay que ser un virtuoso de la deducción para darnos cuenta de que la delegación como tal más parece una delegación de promoción turística que una literaria. La gente del Ministerio de Cultura no tuvo mejor idea que aprovechar esta invitación ferial para promocionar la riqueza cultural del país. Por este motivo, convocaron también a músicos, dramaturgos, cineastas, fotógrafos y gastrónomos. Lo ideal hubiese sido convocar a no pocos escritores del interior, no pocos que son muy buenos e interesantes. Claro, algunos me dirán que en la lista de escritores tenemos algunos que son del interior, pero si miramos bien, estos vienen publicando en Lima y han sido legitimados desde el circuito capitalino. Otros, los más avezados, me dirán que tengo una visión pasatista de lo que debería ser una feria del libro del siglo XXI, en donde no solo debemos promocionar la riqueza literaria de un país. 
Como sea. 
Para bien, conozco a no pocos de los escritores que irán a Bogotá y sé que van a tener muchas actividades que no solo se suscriben al recinto ferial. Irán a colegios, universidades, institutos, librerías, etc. 
Bien ahí, señores. Hagan las cosas con responsabilidad. 
No obstante, me extraña que no se haya querido contar con los editores, en especial los independientes, por quienes, guste o no, hemos podido tener acceso a los títulos más interesantes de la literatura peruana última. Los editores que irán, lo harán con la suya. Seguramente los del ministerio piensan que son personas solventes a quienes el estado no debe apoyar. Editan libros, entonces tienen dinero. Por otro lado, el ministerio decidió apoyar a artistas que no tienen recursos y que han hecho mucho por el país, artistas que han forjado una tradición reconocida en un contexto social que complica el desarrollo creativo, me viene a la mente la fotógrafa Morgana Vargas Llosa. 
Bueno, quiero pensar sanamente: el Ministerio de Cultura lo dirige una inepta, una inepta con buena voluntad que consiguió recursos del Ministerio de Economía. 
Esto es lo que le respondió la ministra Diana Álvarez-Calderón a Enrique Sánchez Hernani en la última edición de la revista Somos: 
“ESH: Usted consiguió una importante movilización de dinero para la FILBO. ¿Cómo se lleva con el ministro de Economía? ¿Le hace caso a sus propuestas? 
DA-C: Tengo una buena relación con él. Generalmente está abierto a las propuestas, siempre que estén bien aterrizadas. Con relación a la FILBO, le pareció que era muy interesante promover al Perú en un evento tan importante, donde hay mucho negocio para las editoriales. Y al dar a conocer otras muestras de nuestra cultura, se promueve el turismo”. 
Eso pues: el turismo. El negocio. Golazo de PromPerú. 
El objetivo no es promocionar la literatura peruana. No, simple mortal. No, simple soñador. No, cretino. Ese no es el objetivo. El objetivo es promover nuestro delicioso ceviche. 
Ahora, vuelvo a leer la lista de los escritores que participarán en la FILBO. 
Más de uno es conocido por ser pistolero contra el sistema neoliberal. Cosa que me parece bien, cada quien es dueño de sus ideas políticas, de sus convicciones ideológicas. Y más de uno no ha dejado de disparar contra el concepto de la Marca Perú, contra todo lo que esta, según ellos, representa, es decir, los intereses comerciales del empresariado que busca llenar sus arcas, proyectando la imagen de un país que crece económicamente, país que ya no tiene que preocuparse por los que menos tienen. 
Si yo fuera de izquierda, pero de esa izquierda consecuente, y si fuera invitado a esta feria y veo que lo hay detrás de la logística empleada por el ministerio, logística en la que no hay que hurgar demasiado, no aceptaría la invitación. Diría gracias, pero no. No soy títere de la Marca Perú. 
Por esta razón, me apena ver que talentosos escritores, abiertamente declarados de izquierda, posen en la foto promocional de la delegación peruana como si nada, foto promocional en la que aparece Vargas Llosa, uno de sus blancos predilectos. 
¿Qué pasa? ¿Nos ganó la frivolidad? 
Hablando de frivolidad. Pienso en los frívolos de la literatura peruana. Estos frívolos siempre son invitados, van a cuanta feria exista. La clave de ellos es no cuestionar nada, no chocar con el poder, sea privado o gubernamental. Pues, bien, estos frívolos que solo van a hablar de sus libros, a beber y bailar, son más coherentes que los escritores de izquierda que irán a la FILBO. Mi aplauso para ustedes, señores, qué rica es su vida, ustedes no tienen un discurso que cuidar, no tienen un discurso que honrar. 
Hace unos días recibí la visita de uno de mis mejores amigos, que es también un talentoso escritor. Como siempre, hablamos de todo, y entre lo que hablamos, hablamos de la falta de compromiso de la gran mayoría de los escritores peruanos. Hablamos de los frívolos, de los revolucionarios de izquierda que ostentan luchas selectivas, en realidad hablamos de todos, de la rúbrica que los identifica. 
“Todos los escritores peruanos tienen un precio”, dijo. 
“Así es, lamentablemente algunos sacrifican su discurso por muy poco”, dije. 
“Por eso, los escritores peruanos de izquierda son un chiste”, dijo mi amigo, que rechazó el pucho que le invitaba porque desde hace cinco meses no fuma. 
“Todos, estimado, todos, menos uno. El más grande decidió no ser un títere de la Marca Perú”, dije mientras prendía mi pucho. 
“¿Quién?”, preguntó. 
Le dije el nombre. Mi amigo sonrió. 
“Es un grande, en lo literario y como sujeto de izquierda. Un día de estos hay que ir a visitarlo”, dijo.


miércoles, abril 23, 2014

44

Cuando hablamos de los principales referentes de la narrativa fantástica en castellano, el nombre de David Roas se impone por mérito propio y partida doble. Por un lado, tenemos al Roas ensayista y teórico, pero uno raro, ya que su discurso carece del oscurantismo de la jerigonza académica, porque antes que conocedor y de dominante de las abstractas definiciones teóricas, tenemos a un voraz lector que conoce bien la tradición en la que ha ido formando su discurso sobre lo fantástico. Es decir, Roas es un buen disidente de la Escuela del Resentimiento. Y por esa razón se le lee y admira. Conozco a más de un estudioso de lo fantástico que ha mandado a enmarcar su imagen, imagen que colocan en un punto visual estratégico del estudio o la habitación. No es para menos, en su faceta de ensayista tiene una biblia de consulta obligada: Tras los límites de lo real. Por otro lado, tenemos al Roas escritor de ficción, en donde ha destacado en cuento, sin importarle las distancias del mismo. 
Imagino que nuestro autor bien pudo sentirse servido con los reconocimientos que ha recibido en los últimos años. Pero no, no se conformó con lo logrado y decidió incursionar en las distancias largas, que por largas son también peligrosas, en donde nos topamos con lo mejor y lo peor de los autores, por algo la novela no requiere de la perfección milimétrica del cuento, por algo la novela se vale de esa imperfección para dar paso a la libertad que la caracteriza. 
Bien lo dijo Cortázar: “Las novelas se ganan por puntos”. Valiéndonos de este principio, podemos aseverar que la novela La estrategia del Koala (Candaya, 2013) se impone con no pocos puntos de ventaja, la misma que ratifica a su autor como un escritor que le da valía a la narrativa fantástica en castellano, que hoy por hoy tiene miles de adeptos que no solo escarban en su oceánica tradición, sino también en lo nuevo que hacen sus más dotados exponentes. 
Lo que siempre me ha llamado la atención de este escritor es esa aparente facilidad para hilvanar sus historias. No se hace problemas, lo suyo es la claridad de la prosa, prosa que huye del lugar común; lo suyo es también el despliegue de inteligencia al momento de estructurar sus relatos, tal y como lo vimos en Horrores cotidianos y Distorsiones, inteligencia estructural que ahora ratifica en el terreno de las distancias largas. Como buen narrador, hace uso de lo que conoce, de una fisonomía moral cercana, en este sentido no es gratuito que su protagonista sea un escritor, Marcos Fontana, quien recibe el encargo de escribir un libro sobre los faros de la costa gallega. Fontana accede porque se trata de un trabajo que le permitirá viajar y ganar algo de dinero, pero lo que parece ser un viaje en el que solamente se dedicará a tomar notas y redactar, se convierte en un oscuro viaje hacia su memoria, a su primera infancia, juventud y adultez. Es precisamente en el hecho de anotar lo que ve y piensa en donde encontramos las caídas de Roas. Algunas reflexiones y descripciones se ven afectadas por innecesarios forzamientos en la prosa y la mirada, como si por momentos el autor batallara con la relojería del cuentista que lleva dentro, sin embargo, estamos ante un autor ducho en secretos narrativos y que sabe salir airoso de esos escollos, como privilegiando la voz personal de Fontana, de ese Fontana descreído y de visión fatalista de la realidad. Este fatalismo lo vemos al inicio de la novela, no es gratuito que esta empiece en el entierro de un familiar, con el narrador protagonista viendo las cosas de lejos y tratando de evitar a sus primos. Es decir: sus faros quedan de lado y el discurso del narrador protagonista se sumerge en los recuerdos y en la reformulación de sus pajizas impresiones. Durante todo su periplo tras los faros, Fontana no deja de emitir juicios cítricos sobre lo que ve de los demás, sobre el franquismo, sobre su familia, de lo aburrida en que se ha convertido su vida. Pero ese discurso también podría ser visto como un cuestionamiento a su condición de escritor, porque aunque no lo exprese, deducimos que sufre una especie bloqueo creativo. Por esta razón, Fontana no nos relata sobre los faros que visita, lo que nos relata es su vida interior y en esta intención no se pinta como lo que no es, y de esta manera es que logra transfigurar su realidad, sacándola de su realismo en pos de una realidad paralela, en pos de un mundo en el que todo es posible, aunque esa posibilidad no necesariamente sea una garantía de redención. 

… 

Publicado en Siglo XXI


martes, abril 22, 2014

43


Íbamos en el taxi. Ella leía una revista cuyo nombre no recuerdo, pero que robé del avión que nos trajo a la capital. Por mi parte, leía también, leía un extraño libro de Douglas Coupland, La vida después de Dios. Me parecía extraño estar leyendo un libro suyo y más extraño aún que me gustara.
Se suponía que el trayecto debía terminar en diez minutos. Estábamos a menos de dos kilómetros de nuestro destino. Aunque no se lo dije, no quería que terminara el viaje, sentía pues una extraña levitación sensorial que provenía de mi pecho. Conocía esa sensación, la conocía desde mi adolescencia, en la que se presentaba de manera continua, pero a lo largo de los años esta fue desapareciendo, aunque no de golpe. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la sentí.
Pasamos un grifo y caí en la cuenta de que debía pagarle al taxista. Pero ella me dijo que sería mejor que nos bajáramos antes, puesto que conocía un restaurante ubicado en nuestra ruta. De niña solía ir a ese restaurante con sus padres, un restaurante que se caracterizaba por sus carnes a la parrilla.
El taxi se detuvo y pagué la carrera.
Me puse la mochila al hombro y caminamos cerca de cincuenta metros por un sendero de piedras.
Llegamos al restaurante y ocupamos una de las mesas al aire libre. Nos atendió un anciano que usaba muletas, además, reparamos en su mano izquierda, que no dejaba de temblar. Quizá en otro momento, en otra vida, nos hubiese llamado la atención esa tembladera.
Esperamos el pedido. Mientras tanto, nos dedicamos a observar las montañas y la lejana hilera plateada escanciada por el sol. De uno de los bolsillos de la mochila extraje la bolsita con hierba y también papel biblia. Me concentré para armar el cigarrillo, solo escuchaba el sonido de la tierra y el susurro caliente de ella, que me decía que sería mejor fumarlo después de comer.

lunes, abril 21, 2014



domingo, abril 20, 2014

42


Sin duda, a García Márquez le debemos más de lo que podamos pensar. Si bien es cierto que su influencia es casi nula hoy en día, o invisible, no vamos a negar que sus novelas Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera fortalecieron nuestra iniciática pasión por la lectura. Quien esto escribe las leyó en su adolescencia y recuerda bien que el desarrollo de su lectura fue parecida a un estado de trance.
A lo largo de los años he podido leer toda su obra, a excepción del libro que dejé a medias: Memorias de mis putas tristes, olvidable novelita, refrito estilístico de su poética, como para llorar. Aún pervive en mi memoria la maestría de sus novelas breves, como Crónica de una muerte anunciada, El otoño del patriarca y El coronel no tiene quien le escriba, obras maestras que nos ponen en bandeja su cocina literaria en cuanto a estructura. Lo último que me gustó fueron sus memorias Vivir para contarla, librazo cuyas páginas son dosis vitamínicas para todo aquel interesado en el ejercicio de la escritura, un agradable martillazo en la cabeza sobre la genuina convicción literaria.
García Márquez se fue en un momento en el que no me apetecía releerlo. No se encontraba en mi galaxia próxima a revisitar. En esto jugaron varios aspectos, en los que no figuraba su discutida preferencia política, sino lo gastada que se me hacía su poética, aunque en este punto, quizá mi impresión se encuentre escanciada de prejuicios que me suscitaban sus patéticos epígonos.
No tengo la más mínima duda de que volveré a frecuentarlo, seguramente en quince o veinte años, no sé. Y cuando ello ocurra, seré nuevamente presa del hechizo verbal de cuando lo conocí por primera vez.


viernes, abril 18, 2014

41


En realidad no sorprende el silencio de no pocos escritores peruanos en relación a este artículo de Ignacio Echevarría. Es preferible no decir nada a ser delatados en la abierta vergüenza de la incoherencia.
Como bien se viene diciendo, lo que importa hoy por hoy es parecer y no ser escritor.
Lo que me apena de la I Bienal Vargas Llosa -exitosa en todo el sentido de la palabra- es que muchos escritores locales han hipotecado su opinión sobre la obra de nuestro novelista mayor, cuyos últimos títulos han sido no menos que lamentables y celebrados por su conocida soldadesca, integrada por narradores y críticos, narradores que la elevan más de la cuenta y críticos que la avalan con el silencio estratégico. Les importa más salir en las fotos para el Face y así acrecentar una trivial nombradía virtual. Un poco de verdad no creo que le mueva el piso a Vargas Llosa, acostumbrado también a recibir críticas negativas. Por ello, sigo sin entender el miedo a decir lo que verdaderamente piensan de sus últimas novelas. En fin, cada quien forja su camino como bien le convenga, no importa si la empresa dinamite la honestidad de su discurso.
*
De lo que se deduce del texto de Echevarría, un par de puntos llaman mi atención: 1) La evidente intención política de la Bienal y su respectivo premio, que provienen del lado derecho y en franca competencia con el Rómulo Gallegos. En lo personal, no me hago problemas por preferencias políticas, por el contrario, busco la fuerza y el alcance de la literatura como tal, en la que se muestre la riqueza de las expresiones narrativas no dependientes de los mandatos de las grandes editoriales y que no estén limitadas por cotos ideológicos. Por ejemplo, como para tener una idea del cariz político del evento que nos concierne: una ligera mirada a las plumas participantes nos indica que la gran mayoría de estas fueron de primer nivel, pero me seguiré preguntando por la ausencia de uno de nuestros escritores mayores, que publica en una editorial importante y al que no se le invitó. ¿Acaso pesó el factor político para no convocar a Miguel Gutiérrez? Gutiérrez debe ser uno de los escritores que más lee en este país y a quien por cosas ajenas a la razón vemos poco en conferencias y presentaciones, pero cuando lo hace somos testigos de su vasto conocimiento literario, y no solo peruano. Y 2) El premio mismo. Los 100 mil dólares. No hay que ser un superdotado cerebral para no darse cuenta de que se debió premiar una novela que rozara con la maestría. Tanto Las reputaciones de Juan Gabriel Vásquez y Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla estaban lejos de esa maestría, eran buenas novelas pero a miles de kilómetros de distancia de la novela de Rafael Chirbes, En la orilla. En su artículo, Echevarría sugiere que el valenciano no acudió a la Bienal debido a su abierta convicción comunista, lo cual contradice la información oficial: que no vino por encontrarse mal de salud. De ser cierto, pues habría que quitarse el sombrero ante Chirbes, que prefirió mantenerse íntegro en sus convicciones y no hipotecarlas como sí lo han hecho otros por tan poco, como innecesarias devoluciones de favores (¿un cintillo de Vargas Llosa?).
En su momento, Vargas Llosa ganó el primer Rómulo Gallegos con una excepcional novela: La casa verde. Ahora, en esta primera edición del Premio de Novela VLL, tenemos sospechas razonables de que el jurado –de lujo (entre ellos, uno que sigo: Christopher Domínguez Michael)-, fue preso de un sucio juego ideológico. O sea, ¿cómo premiar a un escritor de izquierdas, y encima ausente? Apostaron y jugaron al descarte. Por otro lado, también nos queda la sensación de que no se premió a Bonilla bajo el filtro literario, tampoco ideológico, sencillamente pesó una inesperada improvisación porque se tenía preparado el terreno para que lo ganara Chirbes. Si Chirbes no podía/no quiso venir, igual se le debía premiar, aunque sea vía Skype, y si no aceptaba, pues cosa del tío, su problema. Se cerraba sesión virtual pero con la convicción de haber premiado una muy buena novela.
*
En fin, cosas que suceden.
Pidan perdón por sus pecados mientras almuerzan un rico pescadito.

jueves, abril 17, 2014



miércoles, abril 16, 2014

40

Quedarse callado para no parecer el primo malcriado del almuerzo familiar se ha vuelto una norma. Felizmente, no suelo quedarme callado. Pero no quedarse callado también trae sus consecuencias, se puede ser víctima del apuro y por ello protagonizar verdaderos papelones. Varias veces se me ha ido la mano cuando he abordado ciertos temas y como si las huevas he afrontado algún (posible) error, no soy de los que tiran la piedra y esconden la mano, tengo suficiente autoestima como caer en esas payasadas. 
En esta mañana de miércoles, me debato entre dos acciones a tomar, o bien empiezo un texto sobre nueva poesía peruana que me han pedido para una revista o comento en un solo post el artículo de Ignacio Echevarría sobre la I Bienal Vargas Llosa y de paso el zafarrancho en que se ha convertido la delegación peruana que participará en la FILBO. Mirando bien los nombre que integran la delegación, más parece una de promotores turísticos que una literaria, y viendo algunos de sus nombres me causa vergüenza ajena que más de un pistolero contra la Marca Perú aparezca como si nada, en clara muestra de su incoherencia ética y discursiva. 
Mientras decido, y aprovechando que hoy entraré tarde a la librería, me pondré a leer Proyecto de obras completas (Ediciones UDP, 2013) de Rodrigo Lira. De este poeta chileno he escuchado y leído mucho en Internet. De alguna manera se trata de uno que ejerce un magisterio silente entre los vates latinoamericanos últimos. Magisterio silente porque es de aquellos a quien lees sin leerlo, lo lees por intermedio de otra voz, de otra poética obnubilada con este sureño que se suicidó a los 32 años. Pues bien, me esperan horas de lectura, no de leyendas.


martes, abril 15, 2014

39


Imagino que algún día deberá escribirse un libro sobre los grandes grupos y cantantes menores de la historia del rock. Por lo general estos grupos y cantantes son dueños de contados éxitos, tan contados que podría darse por bien servidos si logran un par. Los escuchamos siempre involuntariamente en los taxis, en las custers o en el café de ocasión, con mucha suerte en la rockola del bar.
Cada quien tiene sus preferidos. La mayoría de mis patas y amigas prefieren esa cantera de éxitos solitarios y fugaces de los ochenta, que vuelven con fuerza en la memoria emocional y sentimental durante los fines de semanas. Una amiga, por ejemplo, sale exclusivamente los sábados para encontrarse con los temas con los que se enamoró y vaciló en los ochenta. Esta amiga, obviamente, es mayor que yo y cada vez que me encuentro con ella no deja de decirme que mi generación no supo lo que es vacilarse con esos temas fugaces, olvidables, que no resisten el más flojo filtro musical pero que ostentan el poder de instalarse en la “galaxia sensorial del goce”. Su lema, con el que piensa que me fastidia, es la frase de Mickey Rourke (¿o Marisa Tomei?) en El luchador: “En los ochenta disfrutamos con la música, hasta que vino Kurt Cobain en los noventa y lo arruinó todo”.
En lo personal no me hago problemas. Gocé lo que tuve que vivir, pero mis preferencias musicales van un poco más atrás, hacia los setenta, década generosa en bandas. Algunas de ellas se resistieron a desaparecer y pese a que hoy en día gozan de inminente reconocimiento, no figuran como piedras angulares de la tradición rockera. No se las escucha como se supondría. Pienso en The Kinks, pero muy en especial en la canadiense The Guess Who, cuyos integrantes alguna vez fueron catalogados de geniales borrachos que hacían muy buen rock. The Guess Who es una de mis bandas favoritas, pero tampoco es mi droga recurrente, pero cuando regresan sin pensarla, lo hacen de forma brutal, como hoy en la mañana, y en seguidilla de cinco temas, mientras leía la novela inédita de un pata en el taxi.

lunes, abril 14, 2014



domingo, abril 13, 2014

38


Quizá sea Cabrera Infante el narrador que he leído con no mucho compromiso. Y ahora que lo pienso bien, no sé qué tuvo que ocurrirme para tomar semejante determinación con este cubano que fácil podría pasar como uno de los más grandes estilistas de la narrativa en castellano del Siglo XX.
A lo mejor este post obedezca a la relectura de Puro Humo, relectura que ha marcado mis recientes madrugadas entre los descansos de mi maratón de todas las temporadas de Los Soprano.  Hay que regresar/frecuentar a este escritor y así estar atentos contra las mentiras de los estilistas que se hacen pasar como descubridores de la pólvora. Me sorprende que más de un narrador latinoamericano, en especial aquellos preocupados en la forma y el tan manoseado concepto del trabajo con el lenguaje, no haga la más mínima referencia de su legado. Mezquindad, suprema ignorancia, llámalo como gustes. En esa no referencia podría intuirse el desconocimiento de una tradición, en esa no referencia podríamos encontrar más de un motivo del por qué la mayoría de los estilistas de ahora nos dejan con la idea/certeza de que no tienen nada qué decir. Antes del estilo, está la rabia, la huevadita que retuerce el ánimo y la visión del mundo, la rabia que hace que sientas esa urgencia de sentarte a escribir, porque eso es la escritura: una urgencia.
Para los especialistas, Puro humo no figura entre lo mejor del autor, pero sin duda es su título que me gusta más. Escrito en estilo claro pero a la vez bulboso, que transmite y enseña.

viernes, abril 11, 2014



37

Releía algunos relatos de La niña del pelo ralo de Foster Wallace. 
También terminaba la reseña de la muy buena novela de David Roas, La estrategia del Koala
Escuchaba a Pixies en Spotify. 
Aprovechaba las benditas horas muertas en la librería. De tanto en tanto me servía café y prendía un pucho. No hay combinación más perfecta que el tabaco con el café. 
Cuando estoy en estas horas muertas, deseo no ser interrumpido por nadie, pero ayer en la tarde este deseo se vio interrumpido, y para bien, debido a la visita de Nicole, a quien le tenía que dar mi opinión de su cuaderno de poemas. 
Nicole tiene 18 años y anhela leer la mejor poesía que se haya escrito. 
Entonces, le hablo de sus poemas, le digo lo que me parece bien, de lo que me parece mal, pero ante todo, y en lo mucho o poco que sé, le sugiero la poesía que tiene que leer. Nicole me escucha con atención, pero a diferencia de otras ocasiones, en sus ojos se refleja una inquietud, una inquietud que guarda una pregunta que no se atreve a decirme. 
Como fiel lectora de este blog, me pregunta por qué pocas veces escribo de política. Su pregunta me hace pensar en los últimos mails que estoy recibiendo, en ellos se me hace la misma pregunta y no siento otra cosa que no sea perplejidad. Me dicen que muchos escritores peruanos hablan de política, que alzan su voz contra lo que consideran fallas del sistema. Sé entonces a quiénes se refieren. 
Nicole y los demás se refieren a los rabiosos, a esos que alzan la voz. 
Para mi felicidad, conozco bien a los rabiosos, de ambas riberas, a los de las izquierdas y a los de la derecha. Todos me parecen patéticos, risibles en su incoherencia e inmorales en su discurso. 
No hablar de política es también una actitud política, reflexiono mientras cierro la ventana del texto que trabajo. 
No hablar de política es también una manera de protestar, reflexiono mientras cierro mi sesión en Spotify. 
No hablar de política es también no ser parte de ese circo que protesta contra los grandes atropellos que se cometen en el país y que cierra el hocico ante los pequeños, pequeños males en apariencia pero inmensos en interés, puesto que de esos pequeños males se alimenta su intercambio de favores, cuya sola práctica es una patada en la entrepierna a su protesta contra los grandes atropellos que se cometen en el país, sentencio para mí mientras prendo otro pucho. 
Los escritores más políticos que conozco y admiro son aquellos que en apariencia menos escriben de política. Escriben de política sin caer en la dizque claridad conceptual, dizque claridad conceptual que emplean los rabiosos y las rabiosas. 
Hasta para escribir de política hay que saber hacerlo. ¿Un par de títulos que recuerde? Fácil: Perder teorías de Vila-Matas y Continuación de ideas diversas de Aira.

jueves, abril 10, 2014



miércoles, abril 09, 2014

36


Soy una persona que se enferma poco. Digamos, en el buen sentido del término, que tengo una buena salud, pese a que todos los días no dejo de botar humo. Pero cuando te viene el malestar, el que sea, te viene. Te tumba y no tienes otra opción que guardar cama y esperar.
Lo bueno de estar en cama es que tienes todo el tiempo disponible para leer. Solo leer. Echado no escribo, ni echado veo películas. La cama solo sirve para la lectura y el sexo, y claro, también para dormir. Durante mis días de recuperación leí un par de biografías voluminosas, de las que seguramente daré cuenta en los próximos días. De alguna manera, mi recuperación se dio de la manera más natural, repotenciada por el agua de membrillo que me dio mi mamá.
Ya recuperado, ayer volví a la librería, a poner todo de mí con las nuevas cajas de libros que nos han llegado. Pero había también que realizar gestiones y esta vez tuve que ir a Chorrillos y Miraflores, trayecto que cumplí en el curso de una hora y media. 
De regreso, lo hice por la ruta de siempre: por la Plaza San Martín.
*
Últimamente en esta plaza puede verse a más de un grupo de cantamañanas, con ellos también están los vendedores de libros de temática comunista y socialista. Como me gusta revisar todo, decidí hacer un fugaz paneo a los libros de uno de ellos. Pero esa intención fugaz dio lugar a una epifanía que me remontó a los últimos años de mi adolescencia.
Uno de los libros que guardo en la memoria con mucho cariño es Walden de Henry David Thoreau, que leí en inglés. En verdad se trata del primer libro que leí en inglés y lo leí, recuerdo bien, con un diccionario en la mano. Lo leí gracias a la sugerencia de un profesor del ICPNA, profesor que resultó ser el padre de una conocida narradora peruana, dato que lo supe muchos años después, en la previa a la presentación de un cuentario que presenté con ella.
Entre los libros que vendía el joven rojo estaba Walden. No me interesó preguntarle qué hacía ese título allí, lo que iluminaba el momento era su presencia, en la editorial mexicana La nave de los locos. Lo compré y regresé sin más a la librería. En el trayecto a casa lo empecé a leer, ahora en castellano. De esas páginas brotaba más de un instante de iluminación. Sin exagerar: cada página de Walden es una iluminación.

lunes, abril 07, 2014



domingo, abril 06, 2014

35


La relectura.
Releer es lo que estoy haciendo últimamente. Pensándolo bien, es lo único que voy a hacer de ahora en adelante.
Es que la narrativa en castellano hoy en día no intoxica. Salvo excepciones, es para llorar cada vez que uno se da una vuelta por las webs de las editoriales. Por otra parte, me generan envidia aquellos lectores atentos a las novedades. Pero no se trata de una envidia por lo que leen, sino por esa carencia de sentido común, capacidad analítica y ligera dosis de buen gusto.
Tampoco es que nunca haya leído ese tipo de literatura. Pero cada vez que iba tras una novedad, me aseguraba por todos los puntos de elegir bien. Aunque si alguien tiene inclinaciones literarias, lean malas novelas, que ayudan mucho (esta sola idea daría para otro post).
No sé desde cuándo empecé a releer. En realidad, siempre he releído, mas no con la frecuencia de estos últimos meses. No importa saber desde cuándo, lo que vale es seguir en esa estela de relecturas que te dieron tanto y que siguen cambiando la visión que tienes del mundo.
Ayer sábado, en la tarde, terminé de releer una obra maestra. Petersburgo de Andréi Biely.
Qué tal novelón Petersburgo.
La primera vez, la leí en una antigua edición de Alfaguara, de esa colección de colores plomo y morado. Y la que he releído viene por cuenta de Akal, que recoge la versión original de la novela. Este nuevo golpe sigue intoxicando. No diré más, quiero mantener las ideas frescas para la reseña que escribiré de ella.

viernes, abril 04, 2014



jueves, abril 03, 2014

34


No siempre despiertas sin sueño y cansancio, pero cuando eso pasa, la perspectiva del mundo se diferencia. En cuanto a mí, no pierdo el tiempo en analizar la magia del súbito hechizo. Me dedico a disfrutarlo. Intento ser el mejor hijo y nieto que puedo ser, en realidad, todos los días intento ser el mejor hijo y nieto, pero a diferencia de otros días, ahora no cargo con la pesadez del insomnio, pesadez que se esfuma a las horas, pesadez que más de uno asegura que podría erradicar con unas cuantas pepas no necesariamente medicadas, pero pepas es lo último que pienso consumir, de hacerlo, sería mi fin, mi transformación en un ser sumamente irascible, mínimo.
Prendo la radio y me debato entre Doble Nueve y la estación radial para taxistas Radio Mágica. Me decido por la segunda. Desde hace algunos días vienen emitiendo especiales de Paul McCartney, como sazonando el ambiente para su próximo concierto en Lima. Me conecto a Internet y respondo algunos correos electrónico, en especial a Camila, mi buena amiga chilena, que me dice que se encuentra bien luego del terremoto.
Al entrar a Facebook un par de poetas (muy simpáticas, por cierto) anuncian la publicación de sus últimos poemas en una web, este par de poetas dejan el enlace. Ingreso al enlace, quizá motivado por los 235 Likes.
Pienso que serán muy buenos poemas.
Veamos.
No pasa ni un solo minuto y salgo de esa página dedicada a la poesía. Me parece bien que existan páginas que promocionen la poesía, no tengo nada contra ellas, pero lo que sí me sorprende es el poco criterio que se tiene para corregir y editar el material que los aspirantes a poetas y poetas recorridos envían para su publicación.
Pienso en nuestra poca capacidad de crítica y en el excesivo entusiasmo que nos lleva a opinar sin leer, sin saber leer, ¿o es que leemos con los ojos de la arrechura? Parece que el sentido común aflora cuando se tiene que opinar de política y fútbol. No por nada, más de un ser pensante dice que en Facebook se celebra la banalidad. En lo personal, muy en lo personal, me resisto a creer que sea así, aunque cada día la realidad me demuestre lo contrario.