sábado, mayo 31, 2014

70


Hace un tiempo Yesenia me dijo que el mundo es una tacita de té. 
Le doy toda la razón.
Noches atrás, mientras conversaba con un cliente sobre narrativa rusa de entre siglos, conversa que experimentaba saltos temporales y temáticos hasta Historias del arcoíris de Vollmann, para luego volver a los rusos, este cliente rompió el curso de la conversa para decirme que leía este blog y que en algún momento quise contar con él para la antología Disidentes 2.
No hice mucho esfuerzo para dar con su nombre.
Se trataba de Roberto Zeballos, que en el 2007 ganó el BCR de Novela con Tigre Hircana. Tigre Hircana es una buena novela, a lo mejor la más redonda de entre todas las novelas ganadoras de este concurso. Caso curioso el de Zeballos, que en vez de sacar provecho del reconocimiento literario, algo de lo que sí se encargaron Alonso Cueto y Abelardo Oquendo con positivas reseñas del libro en cuestión, decidió recluirse, renunciar a todo y encontrar cobijo y tranquilidad en esta ciudad arequipeña de intenso y radiante sol durante el día.
Por supuesto, estamos a un nuevo Salinger nacional, siendo el primero Luis Loayza.
Especulo lo siguiente: si la narrativa peruana última atraviesa una crisis, parte de esa crisis obedece a la carencia de Salingers (voy a desarrollar más esta idea en los próximos días).
Llevo meses, quizá años, con la idea de que es mejor desaparecer que exhibirse. El exhibicionismo tiene un límite y está en uno en no pasarse del límite, al final terminas siendo esclavo de una imagen pública que, si bien es cierto hace bien al ego, no repercute en la obra, que es lo que al final vale la pena, lo que tendría que importar a cualquiera que se haga llamar escritor.

viernes, mayo 30, 2014



69


A la persona que se la haya ocurrido hacer la Feria del Libro de Arequipa en los portales de la Plaza de Armas, pues, esa persona merece todo mi respeto y reconocimiento.
No hay nada mejor que trabajar frente a la catedral y disfrutando de la vista del Misti, aunque sin nieve, y de las montañas que rodean el volcán, en un día soleado que quema, pero que no humedece, mientras haces dinero haciendo lo que más te gusta. Converso con lectores, con nuevos clientes a los que les gusta el espacio de Selecta, y cómo no, también discutiendo, porque nunca falta algún perdido cuyo desmesurado entusiasmo con la literatura peruana última trate de sacarme de quicio, pero ni la pésima producción local hará que quiebre mi estado de gracia que le debo a este paisaje arequipeño. Y cómo pasarlo por alto, imposible, recuerdo el dibujo que Verónica me regaló hace unos meses, un dibujo que simboliza el gran cariño que ella aún tiene por mí.
Sonrío y no le digo nada al entusiasta amigo arequipeño.
Me quedo callado, esperando a que se retire y así atender a las uruguayas mochileras que me preguntan por Me acuerdo de Perec. Y cuando me preguntan por Perec, siento una más que excesiva y franca gratitud. Me acuerdo debe ser una de las obras maestras todavía silentes de la narrativa contemporánea, de esos libros que son falsos en su aparente brevedad pero que lo transmutan a uno, quizá para mal, o que sencillamente nos muestran la realidad desde el detalle más ínfimo.
Pero el amigo entusiasta no se va, me interrumpe mientras hablo de Perec con las uruguayas mochileras, entonces, en vez de lanzarlo de los portales, lo sumo a la conversación.
El entusiasta amigo arequipeño se luce con las uruguayas mochileras.
Las uruguayas mochileras festejan cada vez que el entusiasta amigo arequipeño les detalla cada lugar en donde pueden comer rico y barato.
Las uruguayas mochileras se van, no sin antes dejar sus señas.
El entusiasta amigo no lo piensa mucho y se lleva Me acuerdo.
Antes de retirarse, me pregunta si estaré la próxima semana en Lima para lo del Festival de la Palabra.
Si entrevisté a Fresán para Buensalvaje, lo lógico es que aproveches la oportunidad y lo conozcas personalmente, dice.
Prendo un pucho y le digo que no estaré en Lima hasta el 10 de junio. Y le digo también que no me muero por conocer personalmente a Fresán, me bastan sus libros y los intercambiamos emiliares. En realidad, no me muero por conocer a ningún escritor que admiro.
Ahora, el buen amigo irá a Lima la próxima para conocer a Fresán. Su sueño es tomarse un selfie con él.
Boto el pucho. Le pido que se siente.
“Estimado, tenemos que hablar, lo que te diré será por tu bien”.

jueves, mayo 29, 2014



miércoles, mayo 28, 2014

68


A nada estuvimos de perder el vuelo a Arequipa, pero ya estamos listos para la feria del libro que se realizará en los portales de la Plaza de Armas de la ciudad.
Si en San Blas, en Cusco, tenemos El Juanito, aquí en Mercaderes tenemos El Mamut. Siempre y cuando seas adepto de los buenos sanguchones.
Como ya dije, seguiré posteando, el blog no para, ahora con mayor razón que quiero decir algunas cosas de la relectura de El escritor Gonzo, en donde encontramos una excelente selección de las cartas de un entonces joven Hunter S. Thompson, cartas que nos brindan un fresco único y peculiar de un escritor que siempre fue el mismo, que jamás tranzó y puso en venta la honestidad de su poética.
Mientras releía las cartas, pensaba en el camino equivocado que siguen hoy en día no pocas plumas locales, esa manía de quedar bien con todos, con el único objetivo de traficar saludos y opiniones sobre la propia obra. Por eso, la carencia de discrepancia nos impide ver la realidad de nuestra producción literaria última, nos refuerza la idea de que vamos por buena rato y pregonamos esa falsa seguridad a pecho henchido.


martes, mayo 27, 2014

67


En los últimos días se me han acercado patas y flacas que estudian periodismo. Más de uno hace gala del fuego de la convicción. Entonces, ante tanto entusiasmo sin piso, les hago entrar en razón, pero sin desanimarlos de sus iniciáticas intenciones.
Quizá este consejo se relacione con cierta decepción que he podido constatar en la nueva camada de periodistas peruanos. No conozco a todos, obviamente, pero sí puedo decir que conozco a muchos de ellos, que en mansedumbre obedecen a los fines monetarios de sus verdaderos empleadores. Este detalle no los hace malas personas, pero sí involuntarias marionetas de intereses específicos.
Con lo que digo, no falto a la verdad.
Además, cada día me siento más convencido del periodismo independiente. Claro, alguno me dirá que lo del periodismo independiente no existe, que es algo que permanece en el vacío de los ideales, la marca de agua del mundo de hoy. Pero ¿por qué no seguir ejemplos como los que brinda Eliot Higgins en Brown Moses Blog?
Descubrí el blog porque andaba buscando información de Frank Zappa. Y vaya sorpresa que me di. Higgins hace periodismo desde su casa y como pocos ha brindado información sobre el conflicto de Siria y el tráfico de armas proveniente de Arabia Saudita.
Ahora, como este blog, he encontrado varios, pero me quedo con este por la sencilla razón de que está muy bien escrito, aparte de la muy buena y sustentada información que brinda.
Entonces, a los patas y flacas entusiasmados con el periodismo de investigación, y en lo que puedo, les aliento a que creen espacios virtuales, que bombardeen las redes sociales con todos esos tópicos que piensan que deberían abordarse y que no se abordan, aunque claro, de nada sirve que tengas una bomba si no la sabes exponer. Antes que los medios de apoyo del periodista, este debe ser un ducho en el manejo de la palabra, es decir, este tiene que ser un recurrente lector.


lunes, mayo 26, 2014

66


A inicios de los noventa empecé a frecuentar el centro. Y a mediados de dicho decenio empecé a frecuentarlo con fines literarios. Alguna vez he dicho que en esos años me sentía un muchacho perdido que lo quería leer todo y que anhelaba vivir literariamente.
Buscaba espacios literarios y en Quilca descubrí uno pequeño en el que se vendía muy buena literatura. Allí, donde Victoria Guerrero conseguí muy buenos títulos, y creo que es tiempo de manifestar que alguna vez le habré birlado algún librito en un momento de descuido. Este lugar era frecuentado por poetas y narradores, a los que miraba con cierta lejanía, y a quienes escuchaba con atención, memorizaba sus lecturas y en especial de las leyendas que contaban, mientras revisaba una novela.
De esos apuntes de memoria tengo presente a Domingo de Ramos. No había día en que caminara por Quilca en el que no oyera de él. Entonces me puse a buscar sus libros y en las noches esperaba ubicarlo en algún bar del jirón.
La lectura de Pastor de perros no quedará no en mi mente, sino en mi corazón.
Qué gran poeta, me decía.
Lo conocí mucho tiempo después, casi a fines de los noventa, o a inicios de los 2000.
O mejor dicho lo vi. Y lo vi donde tenía que verlo: en la mesa de un bar, acompañado de jóvenes poetas y escritores que lo escuchaban con veneración.
Como no conocía a nadie, no podía acercármele. Así que ocupaba una mesa cercana y analizaba, en medio de la bulla, lo que decía y profería. Para ese entonces, sabía de la obra de los Kloaka y tenía una idea de quién era quién en la agrupación.
Después de esa noche, y quizá como señales del azar, me lo cruzaba con frecuencia por las calles del centro. Y como en esa época era más tímido que hoy, no le decía nada.
Hasta que decidí hablarle una noche en el Queirolo. Dejé un toque la mesa en la que conversaba con un par de amigas y me acerqué a esa leyenda viva de la poesía peruana contemporánea.
Ese encuentro lo considero histórico para mí, porque después de un breve intercambio de palabras, y mientras regresaba a la mesa, empecé a barajar y cimentar la idea de que lo mejor y más saludable es conocer los libros de los escritores, no a los escritores como seres de a pie.
Ocurre que DDR me resultó despota, sobrado y demasiado lengualarga. Seguramente por los litros de alcohol que corrían por sus venas.
A partir de entonces traté de evitarlo. Pero resultaba imposible cumplir esa intención. Pasaban los años y coincidíamos en recitales, presentaciones y congresos. Y en cada uno de esos cruces el poeta se me hacía insoportable, al punto que una vez estuve a nada de pararlo de cabeza en el Superba.
Sin embargo, lo seguí leyendo, y lo seguí leyendo pese a que este hablaba mal de mí sin conocerme bien. Me molestaba que lo hiciera, pero luego entendí que ese era su deporte, hablar mal de los demás y restar méritos y logros a los que consideraba sus adversarios.
Los años no transcurren en vano.
DDR dejó el alcohol y yo, imagino, maduré un poco.
Ahora puedo decir que tenemos una relación cordial, nos saludamos e intercambiamos algunas palabras cuando nos encontramos. Hasta podría corroborar lo que me dijo una vez Diamela Eltit de él: “es un tipo simpático”.
*
Pues bien, más de uno se preguntará por qué hago un post del poeta. Y la respuesta tiene dos motivos, uno más importante que el otro. El primero se debe a las entrevistas que le vienen haciendo, que a diferencia de otras, ahora noto a un hombre reposado, aún rabioso, como tiene que ser todo artista, pero en paz consigo mismo. Y el segundo motivo a la publicación de su poesía completa por cuenta del Fondo Editorial del Congreso.
Sin duda, nuestro poeta dejó de ser el poeta marginal y disidente de los ochenta. Ahora ingresa al oficialismo literario. Pero esto no es lo que me alegra. Lo que me alegra es que la presente edición de su poesía completa nos permitirá acceder a un fresco único de un poeta referencial de la poesía peruana contemporánea. Más aún si tenemos en cuenta que no pocos poemarios suyos son inubicables.


domingo, mayo 25, 2014

65


Termino de leer en un par de horas el nuevo libro de Fernando Ampuero, la novela Loreto.
Bien sabemos que Ampuero no se hace problemas, es sencillo y en esa sencillez radica su nervio narrativo.
Pero voy a comentar el libro en otra ocasión, aunque lo que diré ahora se relaciona con las impresiones que tengo de la novela.
En cierta ocasión, le escuché/leí a Alonso Cueto afirmar que el contexto peruano resulta ideal para todo escritor. Hacía referencia a lo que se vive y respira en estas calles difícilmente se vea en las de otros países, con mayor razón ahora que atravesamos un crecimiento económico importante. Pensemos en los puertos y en las ingentes cantidades de dinero que se manejan en ellos.
Me cuesta entender a los que aseveran la muerte del realismo para la narrativa peruana, que este ya no tiene espacio en los registros híbridos que se practican en el XXI. Como dije, no entiendo, y lo que debería morir es el apuro al momento de pontificar, ¿qué dirán ahora de una novela como Loreto, de la que estoy seguro será seminal para futuras novelas que también contarán la trastienda de las tribus que rodean los nuevos núcleos económicos?


viernes, mayo 23, 2014

64


Supero el dolor de cabeza. Me sirvo un vaso agua y entro a la ducha. Debo sacarme la resaca como sea. En menos de cuarenta minutos debo abrir la librería. Alisto mis cosas, pero antes de salir llaman a la puerta, es un mensajero que me entrega la última novela de Ampuero, Loreto.
Firmo el cargo y me despido de mis padres y de mi abuela hasta más tarde.
En el taxi empiezo a leer la novela.
Y también pienso en lo desconectado que he estado en los últimos días, no he seguido de cerca las noticias, no tengo idea alguna de lo que acaece en la política nacional. Solo me interesó el partido del último miércoles. En la librería tengo varios diarios que he comprado y que no he podido leer.
Al llegar los voy a leer, me digo, mientras Ampuero dibuja las curvitas de Laurita.
Y eso es lo que hago, me pongo al día con las ediciones de Perú 21, La República y El Trome.
*
Sabemos de sobra que Aldo Mariátegui, de Perú 21, es un personaje incómodo para no pocos escritores e intelectuales peruanos. Más de una vez he sido testigo del linchamiento virtual que estos han hecho de él. Ya sea para bien o para mal, lo que este columnista escribe no pasa desapercibido y las réplicas a lo que escribe aparecen casi al instante.
Pues bien, parece que últimamente Mariátegui tiene una fijación especial con la FILBO.
Sea cual sea el motivo de esta fijación, considero que hay algunos puntos que bien haríamos en tomar en cuenta.
Pero antes, es menester decir que la FILBO fue todo un éxito. Obvio, algún mezquino dirá que ese éxito se debe al presupuesto que dio el Ministerio de Economía, pero una cosa es ganar un partido presupuestado y otra muy distinta es romperla en dicho partido.
Ahora, volvamos a algunas inquietudes de Mariátegui. Inquietudes que me han llamado la atención debido al silencio ominoso de muy buena parte de los escritores invitados a esta feria. ¿A qué se debe ese silencio? ¿Por qué no rodean a la piñata? Preguntas válidas, sin duda, pero preguntas sin respuestas porque el columnista toca carne, presiona en la llaga.
En una entrevista dije que muchos escritores de izquierda, caracterizados por el airado verbo contra la Marca Perú, fueron a Bogotá como mansas palomas a prestarse al juego de lo que más criticaban. Creo que no es el momento de detallar este rasgo de incoherencia de una facción de los escritores simpatizantes de la izquierda, detallarlas sería como agarrar a patadas a un discapacitado. Es que han perdido peso moral en el discurso.
A razón de una entrevista a la ministra Diana Álvarez-Calderón en La República, Mariátegui esgrime una inquietud válida. Pide que se nos diga quiénes fueron los encargados de seleccionar a los escritores que viajaron a Colombia. La ministra dice que lo hizo una comisión de jóvenes. Respuesta vaga y poca seria, como limpiándose las manos.
Vayamos por partes: esta delegación de escritores es la más fuerte y coherente de la historia literaria peruana. No tengo duda al respecto.
Pero sí tengo dudas sobre los criterios que emplearon en la selección. No es moco de pavo, ni mucho menos para tirarle tierra a la cuestión. Así suene a lugar común, pero estamos hablando de transparencia. El ministerio no es una entidad privada como para que uno se quede callado y no diga nada al respecto. Cualquier ciudadano tiene el pleno derecho de saber quiénes integraron esa comisión de jóvenes, desde el gerente de un banco, desde la señora que vende caramelos en las calles, hasta un blogger como yo.
Esta comisión de jóvenes se encaminó por pareceres, impresiones, apelando a la enciclopedia Google, entregados al más vacuo inmediatismo. Dicen que se privilegió a los que publicaron en los últimos tres años, pero esa línea se cae por sí sola cuando vemos nombres que no publican nada en más de cinco. Se dice que se apostó por los escritores de provincias, cuando vemos que los que fueron han sido legitimados en el circuito capitalino… Se dicen y especulan muchas cosas y no tenemos la más mínima certeza de nada.
Cuando uno ve el nombre de Pedro Villa como el encargado de la Dirección del Libro y la Lectura, uno siente que se le traga la tierra. Villa parece un buen tipo, de muy buena onda. Algunas veces he hablado con él, cuando me pedían que presentara los libros de Borrador, y nunca dejó de parecerme una persona que carecía de una sólida formación de lector. Villa no es el único integrante de esta comisión, no hay que responsabilizarlo de las criolladas y los amiguismos que beneficiaron a escritores de indudable obra menor.
Lo lógico, y tómenlo a manera de sugerencia, es que publiquen un comunicado, en el que se nos diga quiénes fueron esos jóvenes dizque letrados que integraron la comisión. De esta manera llegaremos a la transparencia, y de esta manera sabremos también quién fue el irresponsable que convocó a ese escritor que, pasado de tragos en una noche, orinó en las pobres plantitas bogotanas del hotel en donde se hospedó la delegación peruana, gracia que le valió una mentada de madre de un valeroso soldado colocho de 17 años, que le apuntó con una ametralladora diciéndole “Mierda tú, no orines en esa bella plantita de mi país o te mato”.


jueves, mayo 22, 2014

63


En la librería nos alistamos para participar en una feria del libro de Arequipa. El asunto pinta muy bien, porque la feria tendrá lugar en los arcos de la plaza central de la ciudad. Me esperan días agitados pero ello no quiere decir que deje de postear en el blog.
Como dije, nos estamos preparando.
Hay dos cosas que me asustan de las ferias: el primer y el último día, en los que se vive el verdadero trabajo.
*
Me disponía a cerrar la librería. Me encontraba solo, hacía no más de un cinco minutos que Yesenia y su hermano David se habían retirado. Tomaba el último vaso de café del día y escuchaba en Radio Mágica tres canciones al hilo de McCartney.
Conversaba con un pata sobre El desierto y su semilla de Baron Biza, quizá una de las novelas más crudas y oscuras que haya podido leer. No sé qué más le decía a este pata cuando recibo la visita de Joseph y Juan, mejor conocidos como los Beats de San Marcos.
Tiempo que no veía a Juan.
Ambos me invitaron al Popeyes del Centro Cívico.
No pude decirles que no, aunque mi idea inicial era llegar cuanto antes a casa y ver en aparente tranquilidad la final entre Alianza y San Martín.
Pero no era mala idea ir al Popeyes con Joseph y Juan. Además, durante un par de horas no viviría al límite, puesto que si eres blanquiazul sabes muy bien lo que es vivir al límite, sentir que te desangras.
La decisión se vio reforzada al ver segundo gol de la San Martín, lo vi por el televisor del Queirolo.
Como si las huevas, me dije.
Estuvimos cerca de media hora en el Popeyes.
Y caminamos hasta la Plaza Bolognesi, conversando de poetas, lecturas, mujeres y cine.
Tomaría un taxi, pero demoré en hacerlo, porque nos cruzamos con el poeta/activista/narrador/ensayista Rodolfo Ybarra.
Joseph y Juan conocieron al Comandante.
Fue un gusto ver al Comandante después de tiempo y aproveché la ocasión para felicitarlo por su artículo en la última edición de Lima Gris.
Los Beats de San Marcos y yo seguimos nuestro camino.
Me despedí de ellos.
Al llegar a casa prendí la tv y sintonicé el partido.
Mierda. 2 – 2.
Gol de Montes. Golazo. Alegría. Grito de triunfo.
Pero la San Martín empata.
3 – 3.
Los penales.
No puedes disfrutar los triunfos de Alianza si no sufres.
Alianza campeonó.
El Perú está feliz.

martes, mayo 20, 2014



lunes, mayo 19, 2014

62


Ayer fue un domingo de inusitado sol.
Me levanté temprano y me puse a releer más de cincuenta páginas de aquel monumento llamado Una vida crítica de Héctor Soto.
Desayuné bistek encebollado y harto café. A eso de las diez, me vino el sueño y me levanté a las dos de la tarde.
Tomé un duchazo y me alisté para salir a abastecerme de películas en Polvos Azules.
Mientras iba en el taxi pensaba en las películas latinoamericanas que he visto en los dos últimos años, como también en la injusticia con algunas que no gozan del saludo que merecen, de la misma manera en esa injusticia para con ciertas películas edulcoradas que terminan imponiéndose en el gusto popular y de las que pocos “especialistas” se atreven a decir lo que piensan, tal y como podemos ver en ese canto al lugar común de la chilena No.
Días atrás, mi amiga Erika me preguntó por las últimas películas peruanas.
Le dije que no le podía responder a cabalidad. O sea, de lejos me quedaba con El evangelio de la carne.
Pero como Erika me conoce y sabe  en qué punto puedo ofrecer algunas opiniones cítricas, afinó su pregunta hacia las películas peruanas que han gozado de una desmedida atención de la prensa.
Poco o nada podía decir, porque ya sé lo de Asu Mare y A los 40.
Cuando le dije que Sigo siendo no me gustó para nada, Erika estuvo a nada de quebrar una férrea amistad de años.
La entendí en el acto.
Erika es de las personas que se toman las cosas en serio, sea en lo ideológico, en sus lecturas y, en especial, en el cine. Así es como debe asumir uno sus discursos, con pasión, determinación y furia ventral.
Le expliqué entonces por qué no me gustó Sigo siendo.
Después de algunas horas, nos despedimos. Me dijo que me llamaría y que me escribiría al Inbox del Face, puesto que debía hacerme algunas consultas, consultas que en ese momento no recordaba.
Pasaron más de cuatro días y no recibí su llamada. Revisé mi Inbox y me entero de que me eliminó de sus contactos de Facebook.
No me puse triste, ni me vino la depre, aunque sí me fastidió un poco.
Pues bien, me gusta la tranquilidad de los domingos. El no tráfico. El mismo hecho de caminar por las calles sin preocuparme por absolutamente nada.
Llegué a Polvos Azules.
Claro, las calles están vacías porque media ciudad de Lima está allí, consumiendo ropa, calzado, teléfonos móviles, computadoras, portátiles, películas.
Esquivo a los consumidores dominicales. Aunque me tienta ir a los restaurantes ubicados en la azotea. Todavía recuerdo el chupe de camarones del que di cuenta, cuando después de comprar más de cincuenta películas con Karina, hace cuatro años.
Pero no. Mi idea es volver a casa y almorzar, aunque algo tarde, en compañía de mi abuela.
Llego a Mondo Trasho y Voyeur.
Y vaya sorpresa, me encuentro con Erika, que al igual que yo, también está buscando películas. La saludo y antes de preguntarle por su aniquilamiento virtual de mi persona, me dice hacía no más de una semana dejó su cuenta de Face abierta en un café-internet, hecho que aprovechó un desquiciado que intentó eliminar a todos sus contactos, eliminándome solo a mí. Ella sacó de su bolso su móvil y me hizo nuevamente la invitación virtual.
Entonces nos pusimos a revisar los catálogos mientras comentábamos las películas vistas últimamente y de las que no faltaban ver. Como estaba con el tiempo encima, porque quería regresar a mi casa donde mi abuela, me disponía a despedirme, pero recibo la llamada de mi padre que me dice que mi hermano y su esposa acababan de sacar a pasear a mi madre y abuela.
No me hice problemas. Seguimos revisando e intercambiando catálogos.
Las horas pasaron.
Ella compró cerca de treinta películas.
Y yo alrededor de veinte.
Salimos de Polvos Azules.
Caminamos por 28 de Julio hasta la Arequipa. Nos cruzábamos con muchísima gente, como si la ciudad recién empezara su vida dominical llegada la noche. Pero a comparación de otras ocasiones, ahora los rostros de las personas reflejaban felicidad y paz interior. Nos preguntamos por la razón de esa felicidad y paz interior, pero no demoramos en deducir que obedecían a la goleada de Alianza Lima.
Es que cuando Alianza gana, el pueblo peruano es feliz.


domingo, mayo 18, 2014

61


Para llegar a un gran escritor, necesitamos de otro gran escritor. Pues bien, resulta curioso que hayamos llegado al ruso Andréi Biely, seudónimo de Boris Bugayev, gracias a un escritor no muy generoso a la hora de destacar las cualidades literarias de los demás. Fue en 1975, en el legendario programa de televisión francés Apostrophes, conducido por Bernard Pivot, en donde Vladimir Nabokov cita sus obras preferidas en prosa del siglo XX. “Mis obras maestras más grandes de la prosa del siglo XX son, en este orden: Ulises de Joyce, La metamorfosis de Kafka, Petersburgo de Biely y la primera parte del cuento de hadas de Proust En busca del tiempo perdido”. Los presentes en el plató reconocían todos los libros, menos uno: la novela Petersburgo. A partir de entonces empezó un largo y sinuoso camino para rescatarla. A la fecha, esta se ha erigido como uno de los monumentos más iluminadores sobre los alcances de la novela como género, capaz de disponer de absoluta libertad tanto en forma y en contenido.
Para apreciarla hay que tener presente la conocida sentencia de José Lezama Lima: “Solo lo difícil es estimulante”. La presente novela no fue escrita pensando en el lector medio y se publicó por entregas en la revista Sirín entre 1913 y 1914, y en formato de libro en 1916. El lector tiene que poner su cuota de voluntad, esforzarse en su concentración, aislarse, hacerse el enfermo para quedarse en casa y no ir a trabajar, distraer a la pareja con mentiras bien argumentadas. Al final de la jornada, las horas invertidas en Petersburgo habrán valido la pena, sumarán en nuestra vida. La experiencia de esta lectura es equiparable a la del Ulises de Joyce, El arcoíris de la gravedad de Pynchon, Paradiso de Lezama Lima, Las ventanas cegadas de Alexandre Vona, La excavación de Platónov y El sonido y la furia de Faulkner.
Como toda gran novela, esta es una de personajes, por un lado tenemos al senador Apolón Apolónovich Ableújov y a su hijo Nikolai Apolónovich; pero ellos no son más que simples marionetas y sus intenciones, como la del hijo que intentará atentar contra la vida del padre en un acto terrorista, simples pretextos que dan paso a los protagonistas medulares: el complejo registro narrativo y la ciudad de Petersburgo. Biely se adelantó a los híbridos y a los registros superpuestos que imperan como novedad en la novelística de hoy. Pensó su escritura como la sublime confluencia de todos los discursos de ficción posibles. Lo que parecía imposible o no aceptado por los celadores literarios de entonces, lo llevó adelante recreándonos el turbulento año de 1905, caracterizado por la inestabilidad política, social y una inminente consecuencia militar. El descontento cunde en las calles de Petersburgo y los vientos de cambios radicales son más que inminentes. Pareciera que estamos ante una novela política y social, pero no; el autor nos lleva más allá de un retrato de época y nos sumerge en un torbellino de registros textuales que, pese a la complejidad de su andamiaje, fluyen, y fluyen por cuenta de la oscura e irónica musicalidad de su aliento poético disfrazado de prosa. No es gratuito que Biely haya sido también un destacado poeta simbolista.
De Petersburgo conocemos varias ediciones, pero esta de Akal recoge la versión original publicada por Sirin. No exageraríamos de calificarla de profética y seminal. Pasarla por alto es de por sí un pecado. Peor aún para los que se autodenominan de lectores exigentes, entrenados y en constante búsqueda de obras maestras.
 
 
Publicado en Buensalvaje 11

sábado, mayo 17, 2014



viernes, mayo 16, 2014

60


Llega un momento en que sales a la búsqueda.
Cada vez que me pongo a buscar lo hago después de un largo periodo de encierro en el que me dedico a fagocitar a un determinado director. Ahora le tocó a John Carpenter, de quien conocía varios títulos, pero no todos. Entonces, saldada la deuda con él, fui tras nuevos aires, otros nombres de directores a los que había que seguir la ruta, a lo mejor no por la contundencia de su trabajo, sino por aquella cualidad tan difícil de encontrar en muchos directores hoy en día: la mirada, esa mirada personal que te permite no solo identificarlo, sino también diferenciarlo de los demás.
Buscaba y encontraba.
Lo que encontraba no me generaba el más mínimo interés.
Sin embargo, una amiga me pasó el dato sobre un director canadiense, de quien podía verse en cartelera su última película.
Como confío en lo que ella me recomienda, fui a ver Prisoners (2013) de Denis Villeneuve.
*
Me enfrente a una buena película que me ofrecía luces de lo que podía ser el cine de este director. A diferencia de lo que solemos ver en cartelera, aquí éramos testigos de una inteligencia narrativa que no se burlaba del espectador, quien debía poner algo más de sí para hacer suyo un argumento en apariencia sencillo, pero que en su desarrollo se divorciaba de su intención inicial. Este trabajo no va de la desesperada búsqueda de un padre de su pequeña hija secuestrada. Lo que Villeneuve ofrece es un muestrario de sensibilidades heridas y dañadas en situaciones límite, tal y como lo podemos ver en Keller Dover (Huck Jackman), quien no duda en torturar a un discapacitado mental, Alex Jones (Paul Dano), por considerarlo sospechoso de la desaparición de su hija. Lo mismo podríamos decir del detective David Loki (Jake Gyllenhaal), encargado de encontrar a la hija de Dover y a la otra niña secuestrada. A medida que se desarrolla la historia, intuimos que Loki guarda un secreto, no es el típico detective frío e inteligente, es más bien intuitivo, que actúa con cierta tardanza, pensando más de la cuenta cada acto a tomar, por eso sus acciones generan manifestaciones incómodas en el espectador de turno; sea por el gesto y la mirada intuimos que Loki es un hombre en constante dominio de sí mismo, como si en el cumplimiento de su misión no quisiera repetir errores garrafales cometidos a lo largo de su carrera, además, es solitario, no sabemos nunca si lo han abandonado o si carga con una muerte que le es difícil superar. Estos rasgos de los personajes hacen de Prisoners una película distinta, que para nada se ajusta a los criterios que demanda el cine de mero entretenimiento. Para ser la primera película que veo de Villeneuve, me dejó una muy grata impresión.
*
Después de algunos días, comenzó la tarea arqueológica, la de escarbar un poco y corroborar si era verdad lo que pensaba mientras miraba Prisoners: que este trabajo no era producto de una sola buena hechura, sino de una constancia que bien podíamos hallar en otros trabajos del canadiense. Al menos para mí, descubrir a un director con mirada propia me resulta de suma importancia, con mayor razón cuando uno se ancla cada vez más en el cine sesentero y setentero, mirando de lejos, y a veces desde muy lejos, lo que hacen los cineastas actuales.
*
Villeneuve define a sus personajes antes que el andamiaje narrativo. Sin una fisonomía moral adecuada de los mismos, nada tiene sentido, sería este su principio. Por ello, aprovechando mis incursiones dominicales en las galerías de Polvo Azules, compré todas sus películas que encontré. De estas, un par llamaron poderosamente mi atención, lo suficiente como para decir que Villeneuve no se vende, y si lo hace, tal y como lo pudimos ver en parte en Prisoners, no lo hace por tan poco.
*
El mismo año que se estrenó Prisoners, el director también presentó Enemy.
Confieso que tuve ciertos reparos antes de verla, porque la película era una adaptación de El hombre duplicado, novela de José Saramago.
Bueno, a mí Saramago no me gusta para nada.
Pero igual la vi y es imposible pasar por alto el extrañamiento existencial que sentía mientras la miraba, un extrañamiento a causa del mundo onírico que esta vez nos presenta el director. En este sentido, se vuelven a repetir ciertos principios vistos en Prisoners, es decir, no subestima al espectador, pero ahora el visionado se hace más complejo, pero a la vez sensual, en la onda de David Lynch. Con Enemy no vale atar cabos, sirve de muy poco encontrar una lógica, solo hay que dejarse llevar. Para esta ocasión Villeneuve vuelve a contar con Gyllenhaal, en un doble rol, como Adam Bell, un rutinario profesor de historia, y Anthony St, Claire, un actor de reparto.
En una noche, frente a la pantalla de su portátil, Adam ve una película en la que uno de los actores capta su atención. Le es difícil creer que haya otra persona que se le parezca tanto y no demora en investigar a Anthony St. Claire. El primigenio interés muta en obsesión, prácticamente ve cada una de las películas en las que participa su doble y no demora en obsesionarse con su rutina, al punto que llega a tener una fijación con Helen (Sarah Gadon), su mujer embarazada. Anthony, cuando se da cuenta que hay otra persona igual a él y que ha establecido un contacto con su mujer, decide buscar a Adam. A diferencia del profesor, Anthony es más abierto a experiencias nuevas y como es de los que no se hacen problemas, le propone un intercambio de roles. El actor será por un tiempo el marido de la esposa de Adam, Mary (excelente Mélanie Laurent).
Podríamos pensar que, más allá del parecido físico de los personajes, estos obedecen a sensibilidades distintas, pero no, ambos comparten un hastío por la vida, están rubricados por la frustración, solo que Anthony es de los que buscan fugas paralelas a la realidad. No es para nada gratuito que la película empiece con un espectáculo sexual en donde vemos la presencia de tarántulas, en clara alusión a prepararnos para una experiencia más sensorial que intelectiva.
Tampoco puedo dejar de especular sobre la presencia de Isabella Rossellini como la madre de Adam. Una presencia por demás decorativa e insustancial, pero que nos permite sospechar en cierto tributo del canadiense a la recordada protagonista de Blue Velvet, uno de los mejores trabajos de Lynch.
En directores como Villeneuve nada queda al azar, todo adquiere un significado, por más crípticas que sean sus huellas.
Si entendemos o no Enemy, es lo de menos.
Enemy es una experiencia que tiene el puntazo de quedarse con nosotros durante un tiempo. A lo mejor no ganaremos nada con descifrarla, pero qué bien estaremos recordándola y, en especial, viéndola una y otra vez.
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Pero esto no es todo, el canadiense es toda una caja de sorpresas. Si lo que vas leyendo hasta el momento ha captado tu atención, creo que deberías prepararte para lo mejor de Villenueve: Incendies (2010).
Incendies te zarandea. Incendies te coge de la cabeza para estrellarla contra la pared.
Hasta el más curtido de los cinéfilos queda reducido a la nada absoluta con esta película, película que nos genera dolor, pero que también nos reconcilia.
No puedo atreverme a catalogarla de obra maestra.
No hay que caer en el apuro.
Menos perderé el tiempo pensando si mereció o no ganar el Oscar a Mejor Película Extranjera en el 2011. Ni hablar si se respeta o no el aliento de la homónima obra teatral de Wajdi Mouawad en que se basa. Pero lo que sí puedo decir es que estamos ante una de esas películas que muestran un hechizo, una magia que nos transforma.
Podríamos pensar que el Villeneuve de Incendies no es el mismo de Enemy y Prisoners.
No pierdas tiempo, no es el mismo.
Ahora tenemos la narración de una búsqueda, una búsqueda que parte de un secreto.
Los hermanos Jeanne (Mélissa Desormeaux-Poulin) y Simon (Maxim Gaudette) escuchan la lectura del testamento de su madre fallecida Nawal Marwan (Lubna Azabal).
Antes de morir, Nawal deja ciertas condiciones en cuanto a su entierro, por ejemplo, no quiere epitafio alguno y quiere ser colocada desnuda y bocabajo en el ataúd, a menos que los hijos cumplan la misión de entregar un par de cartas, una al hijo perdido de esta y la otra al padre de sus hijos, de los que poco o casi nada se sabe.
Buscar al hermano perdido y al padre es hurgar en la historia de la madre. Primero Jeanne y luego Simon parten a Medio Oriente.
Nuestro director, ante todo, es un narrador. Y como buen creador solo se dedica a dar cuenta de la búsqueda y en este trayecto nos topamos con los horrores y las secuelas de la guerra como tal, no importa lo que la pudo motivar, no pierde el tiempo en explicar qué bando tenía la razón. En Incendies no hay espacio ni tiempo para los buenos y malos, solo para el entendimiento. Seguramente en otro director esta película pudo haber sido presa del más absurdo y vacuo de los alegatos. Pero no, felizmente no. Nos enfrentamos a un trabajo cuyo desarrollo fue pensado al milímetro, en donde hasta cada lágrima derramada iba presupuestada en el guión.
Villeneuve se luce.
Villenueve demuestra que proviene de una escuela, para este caso de una escuela que respeta la tradición de la narración clásica del cine. Asume el cine partiendo de un principio básico: contar, recrear, incomodar, conmover.
Más de uno creyó que Villeneuve repetiría la fórmula en lo que haría después.
Sin embargo, para bien de todos, no fue así. Villeneuve es un abanico que explora y experimenta. Y explora y experimenta porque conoce la tradición del género en que se mueve, porque conociendo la tradición puede darse el gusto de ir contra ella en pos de una honestidad creativa y, ante todo personal que define su mirada, mirada que lo convierte hoy en día en un director al que habría que seguirle la pista.
 
 
Publicado en Cinépata