jueves, julio 31, 2014

105


Antes de sentarme a escribir estas líneas, tenía muchas ideas en mente. No sabía cómo empezar a resaltar las virtudes de esta novela corta, novela corta que exhibe en cada una de sus páginas una epifanía de lo duradero, epifanía que solo puede ofrecer una obra literaria pergeñada en la absoluta honestidad, que se escribe bajo el mero gusto de escribir, sin los apuros de los saludos inmediatos, lejos del afanes extraliterarios que socavan y caracterizan a las poética de hoy.
Es que hoy en día presenciamos demasiados afanes extraliterarios en la nueva narrativa latinoamericana.
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Las taras que podemos ver en el circuito limeño las podemos presenciar en los circuitos de otras latitudes. Pensamos en la fama literaria antes que en el ejercicio literario como tal. Y de esta peste solo se salvan algunos, contados.
Puede más la efímera gloria inmediata.
Pensamos más en la literatura como medio que en la literatura como fin.
Confundimos y pensamos que saludos y fama son iguales al reconocimiento. Estamos tan atarantados con las “luces” que hemos formado una mescolanza de conceptos.
El reconocimiento literario es lícito, algo que todo escritor que se precie de tal no puede soslayar. El reconocimiento difícilmente proviene de la crítica oficial, el verdadero reconocimiento es hijo del favor del lector que salió alegre, afectado, infeliz, tocado, distinto, de la lectura.
Los escritores deben apuntar a los lectores, no pensar en ellos como si fueran el último escalón. Los verdaderos escritores no escriben para sí mismos, escriben para los lectores, para sus potenciales lectores. Lectores satisfechos generan el “boca a boca”, esa genuina prensa que comienza a privilegiar y reconocer las cualidades del autor y su libro.
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¿A qué viene este breve discurso sobre la desesperada búsqueda de la fama y de la sana esencia del “boca a boca”?
Sin duda, este pensamiento paralelo a lo literario es lo que también me deja la novela Camanchaca de Diego Zúñiga.
Basta ver el asunto en frío para no demorar en darnos cuenta de que estamos ante un cuasi milagro literario. La primera edición de la presente novela salió en el 2009, bajo la editorial independiente chilena La calabaza del diablo. (Así es, joven narrador peruano que sueña con publicar en Planeta y Alfaguara, cuando lo que deberías soñar es escribir algunos párrafos decentes y que rocen el efecto de lo que tendría que ser la experiencia literaria.) Un par de años después Mondadori decide publicar esa novela ya publicada. Raro, ¿no? Una casa editorial poderosa que publica un libro ya publicado, ya comentado. Claro, raro, rarazo para los que no leen, como en Perú, en donde encontramos impresores a la búsqueda de la novedad a lo bestia, carentes de la sensibilidad para percibir la transmisión literaria.
Rodrigo Fresán tiene mucha razón al decir que los escritores hoy en día están más preocupados en parecer escritores que en ser escritores, en ser parte del Jet Set, en juntarse como sea con el escritor de moda, con el crítico poderoso a ver si les cae una que otra migaja como favor.
Bueno, esa es la idea, no la cito textualmente.
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Camanchaca funcionó, como ya indiqué, gracias al “boca a boca”. Sin en ese reconocimiento desinteresado de los lectores chilenos no tendríamos esta novela circulando en no pocos países de Latinoamérica. Y me alegra que circule una novela como esta, que en su brevedad transmite mucho, que tiene el poder de la verdadera poesía, porque leyéndola he colegido que su autor es un gran lector.
En lo personal, siempre me voy a sentir asiduo de los lectores que escriben, esa es mi ley natural.
Pero una cosa más al respecto, cosa importante: Zúñiga no solo es un lector que escribe, sino también un lector que edita. Junto a unos amigos dirige en Santiago el sello Montacerdos, una joven editorial que poco a poco viene construyendo un catálogo no menos que exquisito y llamado a convertirse en referente.
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Un fugaz paréntesis, antes de olvidarme: nuestro autor viene unido al Perú por partida doble. El nombre de la editorial que dirige con unos patas en Santiago obedece a la obnubilación de lector, gracias al cuentazo homónimo de Cronwell Jara, autor al que en Perú haríamos bien en volver a frecuentar. Además, Zúñiga fue el encargado de ese glorioso rescate de La caza sutil de Ribeyro, publicada por la UDP, rescate al que adicionó doce textos más.
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Ahora, volviendo al asunto: esta lectura me hace pensar también en la narrativa chilena actual, de la que sí puedo decir que atraviesa un buen momento. No lo digo por quedar bien, pero desde hace algunos años vengo leyendo a buenos y más que interesantes narradores y narradoras del sur. Estamos pues ante una cantera a la que habríamos de investigar un poco más. Total, gracias a la red podemos hacer rastreos que sin duda nos brindarán más de un grato descubrimiento.
Pero veamos, si aplicamos este rastreo a un nivel continental, incluso cruzando el charco, bien podemos llegar a la conclusión de que el autor que hoy en día nos reúne es quien capitanea a los aparecidos desde el 2010.
No, no exagero.
Tampoco lo digo bajo los efectos de un alucinógeno.
(Hay que dejar ciertas cosas en claro conociendo la ultrasensibilidad de los escritores serios, con mayor razón sabiendo de las tembladeras que les causa a los que quieren parecer escritores, que ya deberían dictar cátedra de relaciones públicas literarias. Pues disculpen, pero esta es mi verdad.)
Nos hace bien leer una novela como Camanchaca, que literariamente se defiende y se impone sola, novela que nos permite conocer a un narrador no solo serio, sino también sabedor de sus facultades narrativas.
Es que pese a que era muy joven cuando la escribió y publicó, Camanchaca nos regala una madurez que podemos notar en la epifanía de la prosa de su autor.
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Camanchaca.
Más de uno se preguntará qué es Camanchaca.
Según Wikipedia: “(aimara: kamanchaka, «oscuridad») es un tipo de neblina costera, dinámica y muy copiosa. Se trata de condensación en altura que se mueve hacia zonas costeras por el viento y se produce gracias al anticiclón del Pacífico”.
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Veamos.
En la novela tenemos un narrador protagonista. Este narrador protagonista relata varios hechos, y mientras los relata recuerda y reflexiona.
Un narrador protagonista de padres divorciados.
Quebrado emocionalmente.
Un padre que hace alarde de un cinismo brutal, de esos padres a los que uno haría bien en agarrarlos a trompadas. Ambos se dirigen a Tacna en donde al hijo le harán un tratamiento en los dientes, pero antes realizarán un viaje a Argentina en donde el distanciamiento entre ambos resulta no menos que doloroso, como si no se quisieran en absoluto.
El muchacho se ha descuidado más de la cuenta y ahora sufre cuando se lava los dientes, dientes que sangran a medida que las hebras del cepillo los rozan. Debo decir que las descripciones de estas cepilladas son dolorosas para alguien que, como yo, siempre se ha cuidado los dientes. Me remite a los pasajes de Experiencia de Martin Amis, en donde el inglés nos cuenta de su problema con la dentadura, y también a Nabokov, que sufría de lo mismo.
No solo eso. El narrador protagonista es muy inteligente, estudia becado en una universidad. Quiere ser periodista y para entrenarse, ve los partidos de la Champions, bajando el volumen y poniéndose a relatar los encuentros. El guiño a la final del 2002 entre el Bayern y el Manchester es un aviso sugerente, nos habla entre líneas de su mundo paralelo.
Pero este tiene un punto vital y emocional que lo quiebra: su madre.
Su madre accede a ser entrevistada por su hijo, a manera de práctica para el periodista que será mucho después.
Esas entrevistas con la madre, mujer sufrida y partida por la falta de afecto, no solo nos llevan a sentir compasión por ella, sino también a entender al narrador protagonista.
Por momentos, pensamos que la madre pautea la narración. Y en esos momentos ella se yergue como el eje de la novela.
Sin embargo, esto no es todo. El muchacho tiene un par de abuelos que pertenecen a los Testigos de Jehová. El abuelo lo fastidia mucho, la monserga religiosa es insuficiente y arremete contra la voracidad con la que come su nieto.
A esto sumemos la duda del narrador sobre una leyenda negra familiar: la muerte del tío Neno, a quien su padre mató con un BMW 850i.
O sea, estamos ante un personaje jodido por todos los costados.
Pues bien, en ese viaje a Tacna será el comienzo de su independencia. Huirá buena vez de la férula emocional de su padre.
No, no te equivoques.
Hablamos de un oscuro viaje interior. El viaje en auto es un mero pretexto. Y la metáfora con la densa neblina costera se justifica en la tensa interrelación entre los personajes.
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En apariencia, Camanchaca parece una novela fácil de escribir.
Pero no te engañes, muchacho, no te engañes con ese legado de los falsos e ignorantes escritores minimalistas que subdividían todo.
Zúñiga apela al minimalismo y la fragmentación conociendo la tradición de la novela total, decimonónica, también de los maestros del minimalismo.
Líneas arriba, muy arriba, dije que Zúñiga es un lector que escribe. Esta cualidad la vemos en la intensidad de los capítulos, en su fuerza narrativa. También la notamos la inteligencia de nuestro autor cada vez que suministra información de lo que nos cuenta. Informa mucho en tan poco y para hacer eso, ni hablemos de la transmisión, hay que ser pues un capo.
Cada microcapítulo es una sobredosis literaria. No solo avanzas en la lectura, también retrocedes.
Ojo, lector, te repito: no te dejes engañar por la brevedad de la novela. Esta novela es más “grande” en transmisión que los ladrillos de 400 páginas que nos venden hoy en día.
Te enfrentarás a un libro que te dejará en el suelo.
Te sentirás igual que no pocas de las sensibilidades aquí representadas.
Te aseguro que cerrarás el libro más de una vez y te pondrás a pensar, a lo mejor en la madre del protagonista.
Te acercarás a la última página e irás lento en la lectura, quizá desearas no acabar el libro, dejarlo para días después. Sentirás una especie de magia negra en estas páginas y un oscuro gusto te llevará a terminarla de una vez. Y una vez terminada la lectura de la novela, la epifanía comenzará a hacer su labor.
Pues bien, esto es Camanchaca.
 
 
Texto leído el sábado 26 de julio en la FIL. Y publicado también en el blog de la revista Ache de Ecuador.

miércoles, julio 30, 2014



martes, julio 29, 2014

104


Los días de feria pasan y más de uno ha llegado a los límites de sus fuerzas físicas.
Al menos, yo le pongo buena onda aunque ande algo cansado.
Como bien dije en un post anterior, para esta FIL he tenido la suerte de presentar muy buenos libros, que de lejos superan la categoría de interesante. Los libros de Ginsberg (Olavarría), Ampuero, Zúñiga y Gutiérrez-Rodríguez son de lectura obligatoria. Sus títulos han hecho que mi tiempo invertido en la lectura haya valido la pena. Parece ingenuo decirlo, pero hoy en día muchos tienen tan poco tiempo para leer que se ven obligados a ir a la fija, actitud que me parece del todo válida.
No hay que perder el tiempo en los libros que poco o nada sumen en el acervo del lector. No tenemos tiempo para libros interesantes, mucho menos para los malos.
En este sentido, me parece bien que vayamos a la fija. En cada una de las presentaciones en las que he participado, he sentido que estado recomendando libros redondos, que tienen el suficiente poder de seguir con uno aún después de su lectura.
Por ello, ahora que abro una chela en lata y prendo un cigarrito, siento que estoy tranquilo con mi alma. He colaborado con un granito de arena en esa dura batalla contra la no lectura.

domingo, julio 27, 2014



jueves, julio 24, 2014

103


Desde hace un tiempo me siento muy cercano a la tradición de los retazos.
Me explico:
Cuando hablo de la tradición de los retazos me refiero al trabajo paralelo que realizan los escritores en relación a su obra mayor, a la que digamos, en teoría, le dedican una mayor atención, en la que se funde toda la fuerza mental y física. Supongamos que el escritor X viene escribiendo un proyecto narrativo, sea cuento o novela, pero en el curso del mismo recibe el pedido de escribir un artículo, un ensayo, una crónica, un texto de contratapa o un texto de presentación. El escritor X acepta y se embarca en la pequeña empresa. Le resulta fácil porque se trata de un tópico que domina. El escritor X cumple con el pedido y vuelve a la concentración que le exige el proyecto mayor. Sin embargo, no pasa mucho tiempo para recibir otro pedido, como por ejemplo, un ensayo sobre los 100 años del natalicio de un gran escritor. Y vuelve a cumplir con el requerimiento.
Pasan los años y el escritor X se da cuenta de que esos textos que escribió en paralelo a su poética bien pueden formar un libro, entonces decide publicarlos en formato de libro.
Ahora, a lo largo de mi vida he leído no pocos libros de este formato. Y los hay de todos los gustos y colores, es decir, de los buenos y malos. Digamos que durante un tiempo no era un terreno al que se iba a lo seguro. Además, cada vez que me topaba con una publicación de artículos escogidos o artículos reunidos que me atrapaba, no hacía otra cosa que festejarlo de la más manera más sana de festejar un libro: recomendándolo a los lectores, a los amigos o a los potenciales interesados en una buena lectura.
*
Felizmente las cosas están cambiando. Desde hace un tiempo se están publicando de forma recurrente este tipo de libros y de a pocos, en realidad no falta mucho, estos se convertirán en la cimiente para que los textos de la tradición de los retazos sean vistos como todo un género literario, como alta literatura con fuego para seducir a los lectores, haciéndoles creer y vivir en la experiencia de la palabra una experiencia similar a cuando leen ficción y poesía.
Vienen a mi memoria el Crack Up de Fitzgerald.
Y haciendo un salto temporal y geográfico el Tránsitos de Alberto Fuguet. O cruzando el charco, Una vida absolutamente maravillosa de Enrique Vila-Matas… Los artículos de Piedra de Toque de Vargas  Llosa. Hasta los cursos de literatura de Nabokov también se insertan en la tradición de los retazos. Ni se te ocurra pasar por alto La muerte de la polilla de Virginia Woolf. E imperdonable si no tenemos en cuenta los ensayos de T. S. Eliot.
Podría citar más nombres ilustres, pero nada me sacará de la cabeza de la fuerza de esta tradición. Pero me pregunto: ¿cómo insertarse en esta tradición? O sea, cualquier escritor en un arranque de megalomanía podría atreverse a reunir sus textos paralelos y publicar su librito de ensayos y crónicas.
Error, pues, error de errores.
La tradición de los retazos se reserva el derecho de admisión. La puerta está abierta, pero a medias, solo para los elegidos.
*
Y nos toca aterrizar en la tradición literaria peruana.
Hay que decirlo de arranque.
La tradición de los retazos en el Perú es casi inexistente, si es que hablamos de calidad literaria. Para ser parte de ella hay que exhibir también una obra narrativa o poética de alcance y referencialidad. Con este solo principio, lamentablemente, blanqueamos a los grandes articulistas de la primera mitad del siglo XX.
Ahora, es a partir de la segunda mitad del siglo pasado que hemos podido acercarnos a genuinas joyas literarias que nos harían pensar en una tradición de los retazos oculta en nuestra tradición literaria. Y como lector me parece saludable que sea oculta, no del todo vista, y lo digo conociendo el egocentrismo de muchos escritores peruanos, que a las primeras palmadas ya se alucinan la reencarnación de Thomas Mann o Fitzgerald.
Esta tradición oculta está conformada por un puñado de publicaciones que haríamos bien en frecuentar. Pienso en Sueños reales de Alonso Cueto, El pacto con el diablo de Miguel Gutiérrez, en Libros extraños de Luis Loayza, en Relámpagos sobre el agua de Guillermo Niño de Guzmán y, cómo no, en La caza sutil de Julio Ramón Ribeyro.
Debo confesar que he aprendido mucho de estos libros, me han servido de brújula y me han ayudado a cubrir mis lagunas lectoras. No sería el lector que soy sin ellos.
*
Pues bien, qué pienso y siento cuando leo los artículos, semblanzas, las crónicas y ensayos de Fernando Ampuero.
Digamos las cosas claras: cuando me acerco a sus textos, siento que me hablara el mismo Ampuero. Obviamente, aprendo de sus lecturas, me enfrento a sus criterios de lector, pero como dije, siento que me hablara, que me hablara risueñamente, como si estuviera con alguien con quien estuviera conversando durante horas, horas que no pasan, como si se detuviera el tiempo.
Conozco a muchos lectores que me dicen lo siguiente de los artículos de Ampuero: “oye, Gabriel, qué paja escribe el tío”.
Es que es eso: los artículos, las crónicas y ensayos de Ampuero son pajas. Una verdad incuestionable. Y lo son porque desde siempre ha manifestado y cuidado la honestidad de su prosa. Estamos ante un autor que no solo ha encontrado su voz, sino que la ha nutrido con una mirada muy peculiar, una mirada doble, una puesta en los libros y la otra en la vida, por igual, sin descuidar ninguna de ellas.
Mirada y voz hacen el estilo Ampuero.
El estilo Ampuero nos lleva hacia uno de los libros más vitales y librescos de la tradición de los retazos Made in Sudamerica: Tambores invisibles.
Lo que digo no es exageración. Lo digo sano, con la mente en estado de quietud y paz.
Tambores invisibles es un libro que habla. Es un libro que nos ofrece el otro lado de uno de los escritores peruanos más referenciales y, también polémicos, de la literatura peruana contemporánea. Ese otro lado que nos lleva a conocer su cocina literaria, su cantera lectora, como también a la persona como tal.
A medida que recorremos estás páginas no demoramos en ser cautivados por una oralidad, una oralidad pícara que nos habla sin poses intelectuales de Petronio, Capote, Chéjov, Ajmátova, Melville, Fitzgerald, Salinger, Lowry, Rimbaud, Hitchcock, Sérvulo Gutiérrez, Montaigne, Simenon, Bryce, Ribeyro, Borges, Fellini, Chocano, Rulfo, Cortázar…
Por ejemplo. Como lector nunca me ha gustado Chocano. Quizá su vida me ha llamado la atención, como a todo mundo, pero luego de la lectura de “Chocano/Aventurero”, en la que se nos da una sabrosa semblanza vital del poeta, me han dado ganas de darle una oportunidad más a su poesía.
Y esto es un milagro.
Y si se trata de explicar este milagro literario, lo haríamos gracias a la conexión.
Ampuero conecta con sus textos miscelánicos. Estos textos no fueron escritos por cumplir, en estos hay un implícito compromiso de parte de su hacedor.
Sentimos un gusto en su escritura.
Por ello, sus textos miscelánicos conectan con los lectores. El lector no es ningún tonto, percibe en una la falsedad, la patraña, la ausencia del punto de vista personal.
Por eso decimos que el tío Ampuero escribe paja. Por eso Ampuero tiene los lectores que tiene.
No es gratuita esta sentencia, damas y caballeros.
*
Líneas arriba dije que la tradición de los retazos en Perú es aún silenciosa. Y pese a que no tenemos una gran cantidad de libros insertados en esta tendencia, debemos estar más que satisfechos con lo que tenemos. Mientras escribo estas líneas pienso en Tambores invisibles y me es difícil no contener una sentencia personal, en la que no juega para nada la amistad que pueda tener con el autor. Esta sentencia yace en que la presente publicación resulta medular para entender el proceso de la literatura peruana contemporánea, que abre camino y brinda seguridad a nuestras voces mayores a insuflarle más vitalismo y compromiso a sus textos que escriben en paralelo al proyecto literario mayor.
Con mirada, voz y actitud, se pueden escribir misceláneas que alcancen incuestionables cimas literarias, misceláneas llamadas a perdurar.
Si en caso haya alguien en desacuerdo, a quien no le cuadre la idea de que los escritos de no ficción no pueden ser considerados como literatura, pues le sugiero que lea Tambores invisibles, una gran puerta para desinfectarnos de prejuicios que nos alejan del verdadero placer de la lectura.
 
 
Texto leído en la presentación de Tambores invisibles. FIL 2014.


102


Los días de feria son no menos que adrenalínicos, siempre hay algo que hacer, alguna que otra coordinación.
Ahora, lo que más me gusta de las ferias, sea en calidad de visitante o expositor, es que puedes encontrarte con gente después de mucho tiempo, narradores y poetas que a bolsas llenas caminan por la FIL.
¿Si esta FIL es mejor que las anteriores?, es la pregunta.
Yo creo que ahora se puede caminar sin tropezarte. Además, los efectivos de seguridad parecen ahora más decentes, se dedican a cuidar y esta eficiencia la notamos en su ausencia.
En los primeros días me dediqué a caminar, recorrí todos los stands de la FIL, pero me fue imposible no cruzarme con el Chancho Diabólico y sus guardaespaldas. Basta ver su cara para llegar a la rápida conclusión de que el mal vive en él. A pesar de ello me di maña para comprarme ciertos títulos que buscaba desde hace buen tiempo. Eso es lo que se tiene que hacer en las ferias, buscar, hacer arqueología, huequear entre las rumas de libros.
Lo que más gusta hacer cuando estoy en Selecta es recomendar lecturas. Si en caso no tuviera el libro que me piden, pues mando a los interesados a los stands en donde posiblemente lo podrían encontrar.
Yo quiero que la gente lea, pues.
Y como quiero que la gente lea buenos títulos, aprovecho el post para dejar un enlace de una nota que me hiciera sobre Selecta el periodista Jorge Urbano para el blog Lee Miércoles de RPP.


lunes, julio 21, 2014

101


Se supone que ayer, en la FIL, debía leer el texto sobre la presentación de Kaddish de Allen Ginsberg. Pero no fue así. Lo que hice con el traductor del libro, Rodrigo Olavarría, fue un más que estimulante diálogo sobre este poeta de la Generación Beat.
La Sala César Vallejo intimida a cualquiera. Es no menos que grande y a esa misma hora se desarrollaban otras presentaciones digamos más mediáticas. Pese a que en principio había poca gente, de a pocos llegaba el público y el público llegó. No solo eso, sino también se mostró muy participativo cuando di pase a la ronda de preguntas.
Es que el espíritu de Allen Ginsberg estuvo presente.
Ahora, todas las preguntas que le formulé a Olavarría partieron del siguiente texto que leerán a continuación.
 
 
Escribir de Allen Ginsberg no es cosa fácil, aunque parezca. Y lo parece porque quizá Ginsberg sea el poeta medular, el catalizador, de todo poeta o narrador en ciernes, es decir, te hablo de un poeta al que puedes asimilar sin necesidad de saber, o haber leído, mucha literatura. Y lo dicho no es para nada algo menor, porque la poesía es hoy en día lo más honesto y real que podemos ver en la literatura, la que le confiere de un sano aliento de autenticidad, la que se distingue de ese circo en que se ha convertido la literatura. Se suele decir que para apreciar la poesía hay que tener un cierto nivel de conocimiento, o sea, la sensibilidad no basta, resulta insuficiente, la emoción tiene un límite. En este sentido, Ginsberg es una presencia clave, la luz que te hace creer o por un momento alucinar en la posibilidad de pensar en que dedicarte a la literatura valdría la pena. Son pocas, contadas, las poéticas que te permiten experimentar en la palabra un mundo de aventuras, aventuras no necesariamente sanas o edificantes, me refiero pues al viaje de la vida, un viaje que te hace añicos pero que a la vez le da un sentido a tu vida, en una especie de adicción por lo extremo, una adicción que parte de la mente, de la teoría de lo que podría ser, por ello, tentadora, tentadora de lo que haría si te atrevieras.
Cuando leí por primera vez a Ginsberg tenía en claro que no quería ser poeta. Simplemente me interesaba vivir, leer y tirar. Nada más. Ni siquiera tenía en claro dedicarme a la literatura. Fue pues en 1995, en la mañana de un sábado de mayo, cuando me  acerqué a la Casa Museo José Carlos Mariátegui. Días antes una amiga me había comentado que en esta casa-museo se estaba llevando un taller de poesía, en donde se leerían y comentarían los poemas de los poetas malditos, pero los poetas malditos del Siglo XX. Me llamó la atención esa idea, “los poetas malditos del Siglo XX”. Llegué a la sesión del taller, sesionada por un inefable poeta noventero que dio inició con la lectura de los primeros versos de “Aullido” de Ginsberg. Aún mantengo en la memoria las palabras del poeta norteamericano, más que suficiente con ello, porque luego de la lectura del poema insignia de Ginsberg, el inefable poeta noventero no hizo otra cosa que no sea la de hablar de sí mismo y del por qué debíamos leer su poesía. Considero esa mañana como histórica, histórica en mi biografía ya que me ayudó a no tomar en cuenta a los poetas parlanchines sin talento y, muy en especial, porque había descubierto a un poeta que de la manera más simple me lo decía todo.
Con “Aullido” aprendí a no emputecerme.
Y con esa sola sensación basta y sobra. Bastó y sobró para empezar a leerlo en serio, a buscar cosas de Ginsberg por las calles del Centro Histórico de Lima. Además, había una motivación extra, el contexto político signado por la lucha contra la dictadura fujimontesinista.
Loco, pues.
Buscar poemas de Ginsberg en el pútrido aroma de la dictadura, ese era el contexto.
Aunque los tiempos habían cambiado, podemos decir que en esos años los no idiotas exhibíamos una genuina actitud de rebeldía, y fue quizá esa rebeldía la que me impulsó a leer no solo a Ginsberg, sino a toda la Beat Generation y fagocitar a todo artista rubricado por esa actitud.
*
Empecé a leer a Ginsberg gracias a las antologías de poesía norteamericana que encontré en la biblioteca del ICPNA del centro de Lima. No tenía dinero para comprarme sus libros traducidos, pero ello no era impedimento, me las jugué leyendo en inglés a los poetas de la Beat Generación con el más dispuesto de los ánimos. Fue un milagro que encontrara en los intocables anaqueles de la biblioteca del ICPNA varias antologías de poesía norteamericana contemporánea, entre las que se encontraban cuatro antologías poéticas que me brindaban acercamientos sobre lo que verdaderamente fue este movimiento, sobre su alcance y grado de influencia.
Como todo proceso de lectura, algunos representantes de la Beat Generación se me fueron decantando, ya no admiraba la obra en conjunto de cada uno, sino que me iba quedando con retazos de cada quien, incluyendo el mismo Kerouac. Sin embargo, Ginsberg se me presentaba como el más sólido a nivel de poética, lo cual no es poca cosa, ya que nunca se dejó de decir que el activismo de Ginsberg sustentaba precisamente su poética, o sea, la crítica mezquina que anhelaba verlo en el suelo, diseminaba esta propaganda, falsa, pero que no lo hería.
Pero también le hacían daño sus mismos seguidores. Para que tengamos una idea: lo podemos ver con los seguidores de Bolaño, que quieren parecerse al enorme escritor chileno.
Lo mismo, exactamente lo mismo, ocurre con Ginsberg. No pocos seguidores querían parecerse a Ginsberg. Parecer es pues lo más fácil. Ser Ginsberg, aunque sea una milésima parte es lo fregado, lo cuasi imposible. Por ese motivo durante muchos años se sabía que Ginsberg era uno de los grandes, pero la misma posería de sus seguidores impedía que se le reconozca unánimemente como un gran poeta.
De a pocos, pero a paso lento y seguro, se comenzó a leer la obra de Ginsberg. Sus libros se traducían y aparecían ediciones bilingües no solo de su poemario insignia, Aullido, sino de los otros, de esos poemarios de los que solo conocíamos por fragmentos.
Ha pasado tiempo el tiempo prudencial y ahora tenemos una idea más clara del corpus poético de Ginsberg. Valoramos a Ginsberg primeramente como poeta, por la escritura de su poética, que es lo que nos debe interesar, y luego admiramos y apreciamos su coherencia con la vida que decidió llevar, por ser un curioso viajero. Por ejemplo, durante algunos meses vivió en Perú, en donde, entre otras cosas, se encontró con Martín Adán en el Cordano, con quien, luego de algunas horas de conversa algo agitadas por el ron y el alcohol, terminó en un hotelito de mala muerte en Barrios Altos.
*
El libro que nos reúne esta noche es muy especial, especial por donde lo mires.
No quiero ahondar en el hecho de si es lo mejor o no de Ginsberg.
Que de esa tarea se ocupen los críticos y teóricos.
A mí me gusta Kaddish porque nos pone en bandeja al Ginsberg más vulnerable, a un ser humano más quebrado de lo que siempre fue. Leemos a Ginsberg y no dejamos de presenciar a un ser humano de sensibilidad afectada, lo percibimos en todos sus poemarios, en cada verso, pero en Kaddish esa sensibilidad la vemos por los suelos, encontrando en la poesía la redención del dolor que le produce la muerte de su madre, Naomi, que lo lleva a revisitar no solo la vida de ella, sino la suya misma.
Escribir sobre su madre fue prácticamente escribir de sí mismo.
A medida que leemos este extenso poema en prosa, nos sumergimos también en esa caudalosa trastienda que la nutrió. Kaddish vendría a ser una caja china a la que habría que asimilar con todo el cuidado posible, aparte de transmitir en el texto, prestemos también atención a lo que nos dice entrelíneas. Ginsberg nos habla de la poesía, de su esencia, pero sin caer en la bajeza de esos ramplones discursos que la pintan como medio de expresión. No. Los grandes como Ginsberg no caen en estas chapucerías.
Lo que nos dice el poeta sobre la poesía es que esta es un destino en sí misma.
No puedes querer ser poeta.
Eres poeta porque sí.
Naces poeta y a esa esencia tienes que consagrarte.
Ginsberg brinda escuela desde el dolor. Nos indica el camino y a ese camino deberíamos consagrarnos como seguidores de la buena y epifánica literatura. Con mayor razón con los poetas bajo la luz de Ginsberg. Ginsberg no les dice en Kaddish que sean buenos o grandes poetas, no. Ni hablar. Lo que dice es que sean poetas, honestos con el discurso poético, y de tener un discurso en paralelo y relacionado al poético, pues a honrarlo con la coherencia.
Ahora, y para terminar.
A Ginsberg solo lo puede traducir otro poeta. En este caso, sería imperdonable pasar por alto la mágica traducción de Rodrigo Olavarría, mágica  porque supo equilibrar la literalidad del texto y su interpretación personal, y sobre todo, no alterar el respiro y el aliento narrativo del maestro. Los lectores de Ginsberg estamos más que agradecidos.
Esta traducción de Kaddish es canónica.
Firmo lo dicho.
Eso es todo, gracias.


sábado, julio 19, 2014

100


La primera vez que supe algo del norteamericano William Gaddis fue por una casualidad. Acababa de comprar más de treinta libros de una antigua colección de Alfaguara, la diseñada por Enric Satué, legendaria serie de tomos pastosos y de colores plomo y morado. Entre los títulos figuraba Los reconocimientos, que desde el título se me hizo no solo extraño, sino también atractivo.
Desde las primeras páginas me di cuenta de que la empresa sería no menos que complicada. Me sumergí en la novela con toda la concentración posible. Era muy joven y en plena determinación posera me había propuesto leer solo obras maestras, como quien llena la cantera lectora que me protegería de las mentiras que deparan las etiquetas de las novedades editoriales. Gaddis se me presentó como un autor distinto, al que había que seguir en serio la costura narrativa, regresando a sus párrafos más de una vez, con la atención puesta en todos los recursos narrativos que empleaba, a lo mejor en deliberada vesania o en presupuestado desorden. Cuando terminé Los reconocimientos, vinieron a mi mente el Ulises de Joyce y el Tristram Shandy de Sterne.
No era para menos, con este autor había que ir con cuidado. Con mayor razón cuando los narradores norteamericanos contemporáneos que admiraría después no dudaban en resaltar su legado cada vez que podían. Jonathan Lethem, David Foster Wallace y Jonathan Franzen se deshacían por Gaddis, por la confianza que les suponía su poética maléfica, en la que el humor y el espíritu de denuncia iban a la par, como una sola carne en la que se canalizaba la locura del consumo que caracteriza a la cultura gringa.
En los últimos años se ha venido rescatando la obra de este tremendo narrador. Se trata de una empresa difícil y estimulante para cualquier traductor de prestigio, pues Gaddis, aparte de ser un capo de las metáforas, también lo era del doble sentido en el discurso de la ficción. Gaddis te poseía a través de un enjambre de voces que le permitía propinar más de un certero golpe en el inconsciente del lector, por más activo que este haya sido, que en principio no tenía la más mínima idea de lo que leía; pero precisamente por ese no-entendimiento accedía a la riqueza de su propuesta, abriéndose de a pocos camino a la claridad, a la calma de la pasividad receptora.
Por ello, qué mejor muestra del infinito ingenio de Gaddis que Jota Erre, a la que bien haríamos de calificar de novela total, la misma que en 1976 le valió el National Book Award. La presente novela total parte de los pequeños detalles y se nutre de personajes en sí inverosímiles, como el protagonista, un niño de once años, Jota Erre Vansant, quien como jugando, y contra la incredulidad de sus mayores inmediatos, forja un imperio bursátil, proyecto que lleva a cabo desde el teléfono público de su colegio durante los recreos, ni más ni menos. Jota Erre hace lo que le da la gana con sus incautos interlocutores, mediante su voz suave e inteligencia luciferina que lo convierten en un nato seductor hasta de los más recalcitrantes. A Gaddis nunca le interesó el lector medio, por ello presenciamos un endiablado uso de diálogos que solo los valientes podrán soportar para quedar finalmente en la nada, nada que supone una liberación existencial. Uno no puede ser el mismo luego de este viaje de más de mil páginas de dificultad y llanto, que devienen en un aprendizaje nada fácil. Los verdaderos maestros, cuando enseñan, lo hacen sin alterar sus códigos y vale la pena formarse en estos códigos que nos permiten admirar una poética muy influyente en las plumas más referenciales de entre siglos. Franzen tenía toda la razón cuando llamaba a Gaddis «Mr. Difficult».
 
 
Publicado en Buensalvaje 12