domingo, agosto 31, 2014



sábado, agosto 30, 2014

123


Ayer en la tarde, mientras caminaba para despejarme, caí en la cuenta de que no había pensado en absoluto en Cortázar, que más de uno lo recuerda y celebra en estos días. Obvio, lo que digo suena a lugar común, el narrador argentino se ha convertido en un icono cultural, en una suerte de mentor para más de una generación de lectores, escritores y lectoescritores. En lo personal, no pierdo mucho si no hablo de Cortázar, más bien, me resulta desapercibido en estos días. Pues ese es el mejor homenaje que le puedo hacer a Cortázar, que pase desapercibido en mi día a día, o sea, el no recuerdo como el mejor y más honesto de los homenajes, al menos el que más sentido tiene para mí.
Si algo bueno trajo toda esta serie de artículos y ensayos sobre Cortázar, en una especie de magia revelada, fue que lo sintiera cerca en lo que realmente me importa, ya que sin percatarme me he percatado de que lo sigo leyendo con la misma fruición adolescente y juvenil. Basta revisar la torre de libros que releo y ubicar tres títulos suyos entre ellos. Títulos que no leo íntegramente, pero que sí pico con voracidad, voracidad similar al derecho natural por el sexo, la comida y el rock.
Por otra parte, me cuesta entender esa moda, por llamarla de algún modo, que amenaza en convertirse en tendencia, que cataloga su obra solo para lectores jóvenes y escritores iniciáticos. Respiro hondo para no ser preso de la cólera que me genera esa moda, que ojalá fuera llevada por lectores poseros, de esos que a las justas han leído treinta libros en la vida, pero no, la escucho en lectores cuajados, exigentes, como si la poética de Cortázar no sintonizara con sus exigencias de lector.
Se aprende a leer y se aprende a escribir leyendo a los grandes, entonces, ¿en qué se justifica ese coto con el que se pretende minimizar su literatura? Muchos de los que lo minimizan no se percatan de que son los escritores que son, de que son los lectores que son, gracias a Cortázar. Además, soy de la idea de que hay que matar a los padres literarios, es pues una ley natural, la única para forjar y cimentar aquello que conocemos como originalidad, pero hay que matarlos bien, pues, con respeto y gratitud, sin enlodarse de la ramplonería del efectismo.

viernes, agosto 29, 2014



122


No me gusta que se considere a los Remakes como una especie de subcine. Cada película, por más deudora que sea de su antecesora, es dueña de su propia narrativa y de su correspondencia interna.
Hace algunos años un amigo me habló de The Wicker Man (1973) de Robin Hardy. No sé si fue lo que me dijo de la esta película o su entusiasmo por ella lo que me llevó a buscarla cuanto antes. Me costaba creer que fuera verdad lo que me decía, es decir, me costaba creer que la inverosimilitud de la historia sea tan contundente y verosímil en el proceso de su desarrollo. Él me hablaba de un trabajo de culto, de esos que no necesariamente tienen que contentar al espectador común, aunque habría que indicar su evidente influjo del discurso intelectual de la psicodelia setentera.
Al día siguiente tenía en manos la película y ni bien terminé de verla se convirtió en una de esas películas que solo puedes recomendar a los elegidos. No, no es caer en la posería cinéfila, que la detesto tanto como la literaria, sino en el hecho de que no todos tienen la suficiente mente abierta para apreciarla, con mayor razón en un contexto tan conservador como el nuestro, así suene lo dicho a rancia botadera, pero es necesario decirlo cuando te topas con más conservadores de lo que crees en el circuito cultural de la ciudad.
Semanas atrás, buscando películas, encontré un Remake de The Wicker Man, a cargo de Neil LaBute y protagonizada por Nicolas Cage. Estaba ante una producción del 2006 y por más que lo intenté, no recordaba haberla escuchado jamás. Era pues obvia la acción inmediata. La compré, en principio con la idea de verla ni bien llegara a casa, pero una cosa llevó a la otra y recién pude verla hace unos días, como quien uno se repotencia luego de ver por tercera vez El doble, película basada en la novela homónima de Dostoievski, de la que escribiré un artículo, para más señas.
Hablé de este Remake con algunos patas; un par, los que más cine han visto, me dijeron que se trataba de una película cumplidora, de la que no había que esperar mucho, solo pasar un buen rato. Otro par, digamos el más posero, me dijo que era una pésima película, que viéndola entendieron por qué Cage está como está.
Sin duda, la versión de LaBute no puede compararse con la de Hardy, pero sí es más que cumplidora. Funciona en todos los aspectos y lo que le falta de la versión primigenia es justamente ese discurso contracultural de la que hacía gala. Este Wicker Man tiene los visos del discurso policial y una actuación sobresaliente, como casi siempre, de Cage.
Esto es lo que espero de los Remakes. No espero que superen a su versión matriz. Basta con que se inspiren de un rasgo, un gesto, para llevar a cabo un producto sencillo que incomode y transmita. En su sencillez y limitaciones también puede lograrse un lazo con el espectador, que si en caso fuera curioso, como en esencia debe serlo, nacería en él la motivación de buscar a la madre de culto y de esta forma ser parte de esa experiencia sensorial y cognitiva.

jueves, agosto 28, 2014



121


En los últimos días se me han juntado varias actividades, algunas de ellas inevitables, pero las cosas siguen su curso natural, y muy dentro de mí espero la llegada de un libro desde el sur, que al momento de tenerlo en manos, haré un alto a absolutamente todo para leerlo en una seguidilla de horas, seguramente en una madrugada.
Mientras calmo mis ansias lectoras, leo La República, que leo dejando un día, aunque el diario de siempre ha sido, es y será El Trome, puesto que no me pierdo ninguna de las columnas del Búho. Pues bien, ayer pasaba las páginas de La República y encuentro el artículo de Carla García. Confieso que no soy muy adepto a sus columnas, en realidad no soy muy adepto a ninguna del diario, a excepción de las de Alonso Cueto.
Leí la columna de García y esa experiencia me llevó a leer sus cuatro o cinco columnas anteriores. Entonces llegué a la conclusión de que poco o nada me podía interesar lo que escribía. Sin embargo, es precisamente su última entrega la que me lleva a darle la razón en casi todos los párrafos. Esa columna ha originado pues un apanado público por cuenta de nuestras maravillosas mentes de izquierda, que una vez más demuestran una insana intolerancia hacia la opinión divergente, demostrando ese verdadero lado oscuro que tanto quieren ocultar, portándose como lo que más critican.
No digo nada nuevo, pero hay que decirlo cuantas veces sea necesario, como si estuviéramos en el colegio: las opiniones se confrontan con opiniones, si le metes criollada y chongo a tu refutación, no llegas a nada, te expones tal cual y luego no sabrás cómo resarcir ese espectáculo, que queda en el recuerdo. Por eso, huevas, no debe sorprenderte ese mohín de fastidio, esa mirada de incredulidad, cuando tus lectores te leen sobre los temas más importantes, esos temas que te elevan a la iluminación ética y moral.
Te pregunto: ¿qué parte del artículo te fastidió? Seguramente cada idea del párrafo, pero tuvo que haber uno que haya despertado al Canebo colegial que llevas dentro. A ver, ¿quizá fue: “cuando sus líderes de manos limpias son involucrados en investigaciones, se automachuca el botón de mute”?

miércoles, agosto 27, 2014



martes, agosto 26, 2014

120


Hasta hace un tiempo me hacían la misma pregunta, aunque no era frecuente, sí venía pautada por moderados espacios temporales. Pues bien, llevaba meses sin escucharla, pero me la hicieron el sábado pasado, pero a diferencia de otras ocasiones, ahora la pregunta tenía que ver con este blog, si es que lo estaba usando con fines paralelos, escondidos, si el constante posteo tenía que ver con una estrategia de mi parte.
La pregunta me hizo pensar, porque no me había percatado de esta posible reflexión ajena y pensé al respecto, no tanto por mí, sino por los lectores del blog que a lo mejor puedan tener una idea que no se ajusta al verdadero fin de esta página. Esta persona  me preguntó si algún día publicaría un libro, algo parecido a una antología de textos del blog, puesto que el constante posteo le daba esa impresión y que el próximo libro que publicaría sería pues uno dependiente del blog.
No me hice problemas en la respuesta, porque la tengo muy clara. Es decir, nunca ha estado, ni está en mis planes publicar una selección de textos del blog, al que considero una especie de dietario virtual, que me permite escapar de la trama del trabajo literario que llevo a cabo en las mañanas y en las horas muertas del día, porque eso es lo que hago aquí, escapar de la vida, del mundo, hasta de la literatura misma, pese a que escribo especialmente de libros.
De lo que sí podría publicarse de este blog son las entrevistas que republicaba. En este sentido, tengo dos propuestas que me vienen tentando desde hace un buen tiempo, esas propuestas son más recurrentes que las preguntas sobre la antología de textos del blog, quizá en un principio me sienta animado, pero luego lo pienso, son cerca de setenta entrevistas río, y, obviamente, resulta imposible publicarlas juntas, se tendría que hacer una selección, y selección es lo que menos quiero hacer desde hace algunos años, además, habría que actualizar y reescribir más de una entrevista, cosa que me demandaría mucho tiempo, pero bueno, quizá algún día me levante con toda la voluntad y llame a uno de los dos editores que quieren publicar estas entrevistas-río.

lunes, agosto 25, 2014



domingo, agosto 24, 2014

119


Se pone de moda entre los intelectuales y artistas peruanos apoyar las supuestas causas justas.
Muchos de estos intelectuales hablan de la realidad inmediata como si existiera un compromiso pragmático de su parte. Lamentablemente, conozco a muchos de ellos, se hacen llamar luchadores del bien, o dan a entender esa imagen en las tribunas tradicionales y virtuales, cuando lo cierto es que en la intimidad amical, y últimamente en al tramo final de una noche desaforada de alcohol, dicen su verdad, esa verdad que cuidan tan bien, esa verdad que no vende y que como tal les significaría un suicidio mediático.
Así es, la ciudad de Lima necesita de una reestructuración en su logística, logística que durante muchos años ha sucumbido a las leyes de la oferta y la demanda. Esta logística, hoy por hoy recargada, pretende brindarnos nuevas alternativas que nos permitan soportar el infierno que es habitar esta ciudad.
Bien saben los lectores del blog que este servidor no apuesta por una ideología determinada. Ante todo me considero librepensador y en base a ello me siento libre de no caer en las estrecheces de miras de la derecha e izquierda peruanas. Hace mucho tiempo cuestioné los peligros y destaqué los aciertos de la derecha e izquierda y opté por un refugio en el que no tenga que hipotecar mi consciencia. Aunque claro, si viviera en un país normal, con un relativo aire de decencia en cada uno de sus centros de opinión ideológica, me iría hacia la izquierda.
Ocurre que la pose, ignorancia y, muy en especial, la doble cara de la intelectualidad de nuestra izquierda la pinta por cada uno de sus lados. Lo que busco en ella no es solo discurso ideológico, busco  praxis, coherencia, ética, tanto en lo colectivo como en lo privado. Para bien o para mal, conozco a más de un líder de opinión de la zurda y de todos ellos puedo decir que son muy bacanes para la conversa y el hueveo nocturno de fin de semana. Me he convertido en un asqueado testigo de su flojera, improvisación, malhabladuría, detallitos que los manifiestan en su función pública, función que pretende sentar las bases de aquel gran cambio que le urge a la ciudad, callando, porque conviene, sobre el costo social que trae consigo ese gran cambio. En otras palabras, les importa poco o nada el costo social de los que menos tienen, de los que solo viven el día a día, de esa gente que tanto dicen defender.
A uno de ellos le pregunté si se dieron el trabajo de investigar, cosa que así se percataban del costo social en la reordenamiento del transporte. La respuesta no fue menos que risible, pero el idiota lo decía con una seriedad y convicción que he decidido alejarme de esta persona por salud mental y moral.
Pero lo que más me aterra de esta gente y su capitana, la burgomaestre, y peor ahora que se van a la reelección, es su evidente racismo, que bien haríamos en llamarlo racismo zurdo, que lo notan también sus eufóricos simpatizantes, que no sé por qué callan.
Cuando me preguntan por quién voy a votar, no me hago problemas, y no es que vaya a votar, porque para estas elecciones me quedaré durmiendo en casa, sin pensar en quién ganó, tranquilo conmigo mismo, porque por la racista e hipócrita y mentirosa Susana Villarán no pienso votar, así se pinte como la única alternativa decente.


viernes, agosto 22, 2014

118


Cuando muchos creíamos que ya nada nuevo quedaba por explorar en estructura narrativa, aparece la traducción al castellano de la novela La casa de hojas (Pálido Fuego-AlphaDecay, 2013), del narrador norteamericano Mark Z. Danielewski. No hay que pensarlo mucho: estamos ante un verdadero acontecimiento literario que nos hace creer en la vigencia del libro en formato físico, siendo un golpe letal contra aquellos ignorantes que, habiendo leído treinta libros en sus vidas, aseguraban la muerte de este a cuenta del libro digital.
Tenía entendido que se trataba de una novela difícil de traducir y es precisamente en ese detalle en que yacía su leyenda. Leyenda, cómo no, repotenciada en la red por sus fans gringos y no gringos, que llegaron al extremo de equiparar una posible traducción de la novela con una del Finnegans Wake de Joyce. O sea, una empresa imposible. Sabía también que la presente publicación venía precedida de los mejores elogios, es decir, me enfrentaría a un libro blindado por todos sus lados. El encargado de la traducción al castellano fue el narrador español Javier Calvo. No todos los traductores están en condiciones de traducir textos literarios que escapan a la linealidad clásica de la narración. Cualquiera no traduce el Ulises, menos el Tristram Shandy, peor aún A la busca del tiempo perdido. Para que esas empresas hayan llegado a buen puerto se hizo necesario contar con un traductor que conectara con el texto literario, es decir, que lo sienta y de esta manera proyectar en el lector la extraña y mágica sensación de la experiencia literaria. En este sentido, Calvo cumple con creces, logra esa conexión entre La casa de hojas con el lector.
Confieso que me acerqué a la novela con no pocos prejuicios. Me generó desconfianza su ya señalado blindaje y me adentré en sus páginas con el único objetivo de confrontar ese blindaje. Pero desde las primeras páginas me di cuenta de que no valía la pena hacerlo, sino que lo recomendable era dejarse llevar como una pluma al caprichoso vaivén del viento. Desde el saque Danielewski nos demuestra que es un narrador de oficio, con tradición y mirada procesada. Por ejemplo: La “Introducción” de Johnny Truant no es nada gratuita, ya que nos pone en el tapete lo que vendrá en las siguientes 700 páginas. El autor hace gala de una sugerencia gris que entre líneas nos anuncia un sendero en el que no solo hallaremos un drama psicológico con dosis de paranormalidad, sino también un mestizaje de registros narrativos, enriquecidos con la disposición espacial de no pocas páginas.
El mérito del autor no es otro que hacernos verosímil lo inverosímil. Veamos. El fotoperiodista Will Navidson compra una casa para salvar a su familia de una inminente disolución a causa de la obsesión de este por el trabajo. Pero esta casa de Ash Tree Lane en Virginia repotencia los temores de la familia Navidson, en especial en Will, quien para entender lo que ocurre en ella filma un documental que llamará El expediente Navidson. Este documental motiva a más de uno a interpretar la casa y así saber qué es lo que ha ocurrido con esta familia. Por ello, lo que se inicia como una curiosidad, torna en inquietud discursiva, en un viaje de locura y horror que abstrae a los que “piensan” e investigan el documental, sumiéndolos en una realidad no menos que onírica.
Nos encontramos ante una novela que recoge y reconfigura el legado de las vanguardias artísticas y literarias del siglo pasado. No hay nada nuevo que descubrir en cuanto a su influencia. El autor transita caminos ya recorridos y lo que ha hecho no es más que picar de ellos al amparo de una mirada potenciada con una actitud deliberadamente experimental. Por ello, sería un craso error caer en mezquindades intelectuales, como buscarle una línea genérica. En lo personal, no me pierdo en las definiciones. Cuando terminé de leer La casa de hojas, sentí que había sido parte de una extraña experiencia sensorial y supe también que había estado ante un artefacto literario que amedrenta. Ante esto, la verdadera experiencia lectora te lleva a tomar partido, o bien siendo parte de los aguafiestas sabelotodo o bien aunándome a los que han disfrutado y vivido la novela. Ocurre que los libros llamados a quedar marcan la diferencia y como tal generan opiniones encontradas y este de Danielwski no es ajeno a este destino.
 
 
Publicado en Revista Ache - Ecuador


117


Gracias a un comentarista anónimo, que tan anónimo no es, porque sé quién es, aunque él crea que yo no sé, me entero de un texto del poeta/ensayista José Carlos Yrigoyen.
El texto lo pueden leer aquí.
Allí, Yrigoyen habla sobre la venta de libros viejos por Face, en especial sobre esos libros de poesía peruana a la fecha inubicables, los cuales son vendidos como si se trataran de papiros bíblicos.
Bien sabemos que la tradición de la poesía peruana es la que más ha contribuido al prestigio de la poesía escrita en castellano durante el Siglo XX. En lo personal, pienso que la poesía en castellano del siglo pasado poco o nada se puede justificar sin las voces de Vallejo, Adán, Eguren, Westphalen, Eielson, Hinostroza, y últimamente sin Verástegui y Pimentel, por citar solo a los más conocidos, y también los más requeridos.
No me sorprende que haya gente que busque por coleccionismo o fetichismo esas primeras ediciones, las primeras manifestaciones de conexión con un determinado universo poético que a lo mejor les haya salvado la vida, o que en el mejor de los casos les ofreció un sentido vital. Como sea, entiendo esa pulsión, y entiendo también pulsiones que me cuesta mucho trabajo entender, como el que suscita el irregular poeta Luis Hernández. Si se tiene los medios para comprar una primera edición, adelante, tenla, consérvala, disfruta con buen gusto de tu poder de adquisición.
Pueden decirse muchas cosas de los que administran esas páginas de venta de libros viejos por Face.
Podemos hablar de libre mercado.
También de la usura al momento de sobrevalorar los precios.
Quien decide es quien compra, el cliente, el lector de poesía.
Ahora, lo que nunca ha dejado de llamar mi atención de estas páginas de Face, y lo mismo podría decir del circuito de librerías físicas y virtuales, salvo contadísimas excepciones, es el casi nulo compromiso con la literatura de quien vende, o mejor dicho, su abierto asco a la lectura.
Para bien o para mal, he tenido la nefasta experiencia de hablar con no pocos vendedores de libros y arribé a la triste conclusión de su precario nivel cultural, de saber que lo único que los motiva es el lucro, el vender a lo bestia. Por eso, en este país hay muchos vendedores de libros, pero contados libreros.
Volviendo a la sobrevaloración de precios que señala Yrigoyen, soy de la idea de que hay que exterminar a esas cucarachas que se aprovechan de la pasión lectora del seguidor de poesía peruana, bueno fuera que exhibieran un conocimiento apasionado de los poemarios que encuentran y venden, pero no es así, porque si fuera así, uno podría entrar en una discusión y quizá quitarse la venda de los ojos y entender por qué un poemario cuesta lo que cuesta, el por qué se le sobrevalora, pero claro, esa sería la realidad ideal, que no es para nada el caso de este triste contexto que nos concierne.

jueves, agosto 21, 2014



miércoles, agosto 20, 2014

116


Hábitos de lectura. Escucho, o quizá leo, en los últimos días de los hábitos de lectura. Presto atención a los especialistas que hablan del asunto, analizo al vuelo sus palabras, escruto en la entonación de sus vocecitas, me fijo en los movimientos de sus manos.
Llego a una conclusión: estos huevas a las justas han leído veinte libros en su vida. Como buenos hablan de los hábitos de lectura.
Como todo en la vida, el hábito, en este caso el de la lectura, se aprende del ejemplo, del copiar. Aunque no es una ley, al menos se trata de un principio que podríamos calificar de general. Conozco amigos, grandes lectores, que han forjado su gusto por la lectura sin los inmediatos ejemplos caseros, motivados frecuentemente por la pasión lectora de un profesor. Pero claro, hablo de ejemplos contados, ejemplos que reunidos son nada en comparación al ejército de bestias que pueblan la ciudad, el país, el mundo, el universo.
Los hábitos de lectura se forman y potencian en la niñez. Vaya novedad. Los verdaderos lectores no están sujetos a horarios dedicados a la lectura, los verdaderos lectores leen todo el tiempo, en cualquier lugar, no programan las horas de lectura. Simplemente leen, juntan minutos y horas muertas, repartidos a lo largo del día. El verdadero lector no es el que se pasa horas de horas inmerso en un texto, que lee porque tiene que hacerlo, sino aquel que en estos tiempos de apuros tiene la maña de sacarle la vuelta precisamente a esos apuros y lo lleva a cabo no por saber más o mejorar su culturita, no. El verdadero lector lee por placer, le es imposible ver y entender la vida estando ajeno a la lectura.


martes, agosto 19, 2014

115


Llego a casa.
Busco entre los discos compactos uno de la banda setentera Television. Television tiene una obra maestra, para qué más: Marquee Moon.
Si alguna vez hiciéramos una antología de las grandes bandas menores, sin duda tendríamos que incluir a Television.
Y tal y como lo he prometido cada vez que escribo de ellos, me es imposible no referirme a Erika Miranda, que fue la primera persona que me habló de ellos hace muchos años en la desaparecida librería La casa verde. Esta banda tiene un mágico poder, me inyecta una oscura vitalidad que me lleva a desafiarlo todo, aún en momentos en los que la persona más importante de mi vida no se encuentra bien de salud, pero que sé muy pronto se recuperará, de a pocos. Por ello, me concentro en lo que debo concentrarme, desechando algunas invitaciones y presentaciones. Ocurre que tengo problemas para hablar en público y siempre he reprimido esos problemas con lo mucho o poco que pueda saber del libro o tema en cuestión. Ahora, las cosas cambian cuando los puntos son emocionales, hasta el sonido más inane y desapercibido puede reconfigurar la realidad que pensaba tener bajo control.
Antes de echarme a la cama y terminar los dos libros que vengo leyendo a la vez desde hace unos días, leo un artículo de Juan Gabriel Vásquez en El Espectador. Allí el narrador nos indica que le hará una entrevista pública al Premio Nobel de Literatura, Coetzee, en el marco de la Feria del Libro de Bucaramanga. Averiguo un poco más al respecto y, como me lo suponía, la logística de la feria corre por cuenta de la UNAB, una de las universidades más serias y competentes de Colombia.
Entonces me transporto en el tiempo. Al 2008. Año en que visité esa ciudad moderna y verde, pequeña y bella. Fue precisamente en el auditorio de la UNAB donde ofrecí una conferencia sobre narrativa de no ficción. En esos meses leía muchísima narrativa de no ficción y durante un breve tiempo barajé la idea de dedicarme exclusivamente a este registro narrativo.
De esa experiencia conocí personas que llevo en mi mente y en mi corazón, como Gina Jaimes, Dora Montoya, Eduardo Martínez y mi tercera madre, Janet Lizarazo, una de las mujeres por las que sí cruzaría montañas si estuviera mal. En los días que pasé en Bucaramanga, Janet me comentaba de la apuesta de la UNAB por la difusión de la cultura y la lectura. Y por lo que vengo notando en estos años, el discurso de la apuesta cultural se justifica en la coherencia amparada en hechos concretos, coherencia que también debería aplicar más de una universidad local, pero cuando hablo de coherencia, me refiero a una de verdad, porque si nos ponemos idealistas, y vemos en frío la realidad peruana, esta verdad apunta a la lectura como único canal de salvación ante tanta bestialidad celebrada, basta ver a los nuevos universitarios de hoy para darnos cuenta de que este país se irá muy pronto a la mierda.
Pues bien, la UNAB tiene un pequeño hostal, llamado Hostal UNAB, el mejor de toda la ciudad, ubicado en las alturas de los cerros arropados de intenso verde, a pocos metros del campus universitario. Hostal acogedor, moderno, de arquitectura colonial y campestre, cuyas habitaciones te ofrecen una vista panorámica de la privilegiada ceja de selva colocha. Tuve la suerte de estar por varios días en la habitación más grande, habitación que también ocuparon en su momento el entrenador Jorge Luis Pinto, el ex presidente Álvaro Uribe, Carlos Monsiváis, el mismo Vásquez y ahora Coetzee.


domingo, agosto 17, 2014

114


A lo mejor uno de los libros que suscito la atención del lector recurrente, en los días de la FIL, fue la reedición de la antología Vox Horrísona de Luis Hernández.
Con esta reedición, PetroPerú inaugura la línea de poesía de su serie “Libros Peruanos”, serie que espero se convierta en un archivo de referencia obligada.
Pues bien, he leído la presente reedición de la antología y, aparte de recomendarla, he sentido que nos enfrentamos al mejor Hernández, ese Hernández que nos hace pensar más en su poesía, dejando de lado la leyenda que bien le ha generado muchísimos seguidores.
En lo personal, nunca he podido entender por qué el poeta tiene tantos seguidores si su obra es no menos que irregular. Para ningún lector competente de poesía peruana, es evidente que Hernández es un poeta menor. Entonces, ¿en qué radica ese encanto por la figura de Hernández, encanto que no hace sino generar que muchos se lancen a la búsqueda de su obra, búsqueda que los lleva a explorar los rincones más ocultos y peligrosos de la ciudad, búsqueda que los lleva a querer saber todo lo posible de él?
No voy a negarlo, durante un tiempo me interesó en demasía la vida de Hernández, como también el misterio sobre su trágica muerte. Hablábamos de Hernández sin haberlo leído en integridad. Pero el tiempo no pasa en vano, uno va madurando como lector y cuando somete se somete su poesía a la prueba, no tardamos en llegar a la conclusión, rápida por cierto, de que se trata de una poesía que languidece. Lo mismo podríamos decir del poeta Javier Heraud. Debido a esta irregularidad, ni Heraud ni Hernández tienen grandes puertas de acceso como sí tienen los poetas referenciales y canónicos.
Con los importantes poetas menores necesitamos antologías.
Hernández murió joven, no tuvo tiempo de afianzar su poética, pero ello no fue obstáculo para que escribiera poemas de gran alcance, poemas perdurables que nos llevan a sentir la poesía en la médula. En este sentido, el trabajo de Mirko Lauer resulta clave, se adentra en la hojarasca de la irregularidad y nos rescata lo destacable del poeta, los poemas que van a quedar, los poemas que son su verdadero legado, los poemas que lo posicionan como una de las voces más epifánicas de la poesía peruana de la segunda mitad del siglo pasado.
Homenajes, una película, una biografía, hasta polos y llaveros. De todo ha inspirado el recorrido Luis Hernández y ya es tiempo que nos inspire su poesía.


sábado, agosto 16, 2014

113


En una noche de trabajo en la pasada FIL, aproveché en asistir a la presentación de la nueva asociación de editores peruanos independientes. Más o menos quería saber de qué iba a ir este nuevo intento grupal de los editores, intento grupal que ha conocido tantos fracasos como la selección peruana de fútbol en las últimas eliminatorias.
Al respecto, alguna que otra vez he dicho en este blog cosas que no han gustado a los editores independientes, algunos de ellos hasta me han quitado el habla, acto que me sume en la más profunda de las depresiones, en la infelicidad total.
Pero bueno, ese es el precio que hay que pagar por decir verdades sustentadas en la realidad. Para nadie es un secreto que lo que veíamos antes era todo un ejemplo de ineptitud, un canto a la demagogia y al oportunismo por hacerse un poquito más conocido. Por eso es que esos intentos terminaron como terminaron, en la nada, hasta en la justificada risa entre los que promovían esos intentos.
Ahora, lo que vi esa noche ferial, hizo que creyera en el proyecto, en la seriedad del mismo y en las claras intenciones de conseguir lo que importa: hacer sólida la industria editorial peruana, descentralizarla.
O sea, no percibí el tufillo de la demagogia.
Y la razón es sencilla: hay gente idónea que comanda esta asociación, gente que trabajará de verdad, gente a la que le espera un largo y tortuoso camino, gente a la que tenemos que apoyar, y en lo personal los apoyaré espiritualmente, pese a que en la mesa de presentación había un patita del ministerio de cultura que hasta el momento no hace nada por la difusión de la lectura, dedicado principalmente al argollerismo servil. Ni hablar de la fotito, en la que se coló uno que otro impresor cabecero que solo sirve para lo que vive: salir en la fotito.
Además, y destacando lo positivo, siempre he creído en la capacidad de gestión de las mujeres. Para nuestra suerte, ahora tenemos un par que timoneará los destinos inmediatos de este proyecto que bien vale la pena seguir. Las mujeres marcarán la diferencia. Acuérdate.

viernes, agosto 15, 2014



jueves, agosto 14, 2014

112


No es que uno se haga más viejo, simplemente los tiempos cambian. O es que mi percepción siempre ha estado atrofiada en cuanto a los concursos literarios, por la sencilla razón de que jamás he participado en ninguno.
En uno de estos días se vence el plazo del Copé de Cuento, quizá el premio de más prestigio, sea en lo literario y en lo pecuniario, de la maravillosa literatura peruana contemporánea.
Para el lector no atento a los vaivenes locales, el asunto lo podríamos graficar de esta manera: basta ganar el Copé (en Cuento, Poesía, Novela y Ensayo), quedar en mención honrosa o finalista, para asegurarte un espacio en el imaginario local durante muchísimo tiempo, así publiques o no. El carné del Copé te brinda pues una identidad y hay quienes han sabido sacarle provecho a esa distinción. Pienso en el Copé de Novela, que vendría a ser una suerte de Pulitzer.
Ahora no pienso hablar de la calidad literaria en la historia del Copé, que bien daría para un post extenso, de esos que merecen notas a pie de página. Lo que me hace pensar en el Copé en esta mañana de jueves, es el efecto que genera en sus participantes. Antes, digamos en la protohistoria de las velocidades mediáticas actuales, los que participaban en el Copé mostraban un perfil bajo, no le comentaban ni a la trampa o el amante sobre el relato/cuento/poemario enviado al prestigioso premio nacional. Ni una sola palabra, durante meses, hasta el dictamen del jurado, pasando sus días y noches entregados a la reflexión existencial que les producía la lectura de la poesía abstracta.
En cambio, hoy en día, no deja de llamar mi atención la alegría de los participantes, y no solo hablo de las plumas jóvenes, también algunas con cierta trayectoria, que anuncian con bombos y platillos que acaban de entregar el sobre con el relato que posiblemente gane el próximo Copé de Cuento. Lo veo y no me molesto. Mucho menos con el grupo de narradores jóvenes que felices pasan un toque por Selecta, narradores jóvenes que me dicen que han ido a PetroPerú. “Qué chucha, lo que vale es participar”, dice uno. “Si gano, gano, si no, no pasa nasa”. El más entusiasta: “Le he pedido a mi viejita que nos prepare un potente ají de gallina, para celebrar”.
Prendo un Pall Mall rojo. Ellos esperan que diga algo, pero no digo nada. Solo pienso en que los tiempos cambian. No dudo en sumarme a los festejos.

miércoles, agosto 13, 2014



martes, agosto 12, 2014

111


Creo que fue un error releer no pocos pasajes de Diarios de John Cheever el día de ayer. La verdad, no pensé que fuera a arrepentirme de la decisión, más de una vez, a lo largo del día.
Llevaba media hora de retraso y antes de salir de mi casa, hice lo que siempre hago, cojo un libro, no importa si aún me falta leerlo o si ya lo he leído, y me lo llevo para leerlo en el taxi y en las benditas horas muertas de la chamba.
Iba pues a la fija. Aún siento los brotes emocionales de la lectura de estos diarios, que bien deben figurar en la cantera de todo lector. Una experiencia que nos testimonia del corazón destrozado de uno de los más grandes narradores del siglo XX, narrador que a la fecha goza de frescura y juventud, el más llamado a sobrevivir de los llamados a sobrevivir.
Me interesaba, no sé a cuenta de qué, releer sus diarios. A lo mejor se deba a que en las últimas semanas he estado releyendo no pocos de sus cuentos emblemáticos. Bajo esta idea cogí Diarios pero lo que no tenía presupuestado era que desde el taxi iba a ser presa de toda la tristeza, frustración y hastío vital de Cheever. Abrí la librería con una pesadez, pesadez que sentí en todo el día, y para colmo, seguía releyendo los diarios, como si me gustara el golpe.
En más de un momento cerré el libro y me dije que no lo abriría hasta horas después, decisión que no cumplí, porque no pasaba ni un cuarto de hora para volver a esas páginas. No sé cómo terminé el día. Para colmo, de regreso a casa me había olvidado de hacer las cosas que tenía que hacer luego de cerrar la librería, había pensado en darme una vuelta por Polvos Azules para comprarme algunas películas que tenía en agenda.
Sin duda, Cheever me cagó el lunes.
Una vez en casa no quería hacer nada, solo escuchar música y dormirme lo más temprano posible y de esta manera empezar con otras vibras el martes.
Busqué bandas sesenteras y setenteras en Spotify y encontré una maravilla que me rescató del hastío del día, de Cheever, que no es poca cosa. Toma nota: el álbum Let´s go de The Guess Who.

domingo, agosto 10, 2014



jueves, agosto 07, 2014



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Quizá el presente texto no guste para nada a los narradores peruanos presentes en esta sala.
Contra lo que dicen las buenas costumbres, para mí resulta esencial comparar, y en parte eso es lo que haré en principio esta noche, que tendré el agrado de presentar por segunda vez Las siete bestias de Crist Gutiérrez-Rodríguez.
Ahora, voy a retroceder en el tiempo y en el espacio geográfico, quizá un par de años, para ubicarme en una noche de frío y de inminente lluvia en Providencia, en Santiago. En esa noche de frío y de inminente lluvia acababa de ofrecer una charla sobre narrativa peruana última en el Centro Cultural de España.
La charla, pese a mis problemas para hablar en público, había salido muy bien. Y tal y como suele ocurrir en este tipo de encuentros, uno se queda hablando con los interesados, en este caso, en los interesados en la narrativa peruana última. Me preguntaban por autores y en buena onda les ofrecía nombres y títulos; pero de repente, una chica me dice que ha leído a no pocos autores peruanos jóvenes, que escriben muy, en casi todos los casos hasta de manera “preciosista”.
Con lo de “preciosista” me fue imposible no enarcar las cejas, era la primera vez que alguien me usaba esa definición. Esta chica sabía de lo que me estaba hablando y por mi cuenta comencé a explorarme conceptos que los tenía “allí”, los cuales no estaban del todo armados, a años luz de ser definidos. Entonces de a pocos me separé del grupo, cosa que así intentaba ahondar en su concepto sobre la narrativa peruana última. Pensé que ella no iría más allá de una opinión picante, pero las cosas adquirieron un cariz inesperado, que no podía sospechar ni por asomo.
“La prosa de la nueva narrativa peruana es muy amanerada, no comunica, demasiado adornada, mucha flor, demasiada belleza en el estilo. No hay contenido. No me sirve”. Quedé en la nada luego de escucharla y en contra de lo que suele ocurrirme, no me arrepentí en haberle pedido que profundice más en su opinión.
No la volví a ver, se tuvo que ir, pero su sola opinión bastó para que a mi regreso empezara a reconfigurar no pocos conceptos que tenía sobre lo que venía escribiéndose en Perú, además, comencé a hurgar más en esas ideas flotantes que por temor no me atrevía a desarrollar, porque el solo hecho de hacerlo iba a poner en entredicho muchas de las ideas que había trabajado durante años. Pues bien, no tardé en llegar a la siguiente conclusión: había llegado a su final el tiempo de tolerancia para la nueva narrativa peruana y el poco o mucho apoyo que le di se dio en un contexto inicial. La situación era crítica: muchos de los narradores que aparecieron y que recibieron justificados saludos no supieron macerar su poética, cayendo en el facilismo de repetir el plato, el mismo menú: escribir bonito, dotar de verbosidad extrema cada oración pergeñada, malinterpretando el principio de que la literatura es lenguaje.
Por eso llegaron los años oscuros, los años en los que no sucedió absolutamente nada.
O como bien dijo el poeta Jon Martínez: “en la narrativa peruana hay demasiada flora, pero poquísima fauna”.
Eso, pues, eso es lo que pasó: mucha flora y poca fauna.
Debido a la flora es que la narrativa peruana última cayó en la inverosimilitud, en la mentira disfrazada de artificio. Encima, nos alegrábamos  y festejábamos cada vez que venía cualquier mediocre con una propuesta distinta a la ya vista y no tardábamos en celebrar esa propuesta para poco después olvidarla.
En este sentido, hay que pararse y aplaudir cuando se publica un cuentario del fuste de Las siete bestias.
A su autor, Crist Gutiérrez-Rodríguez, ya lo ubicábamos gracias a su cuento “Los caminantes de Sonora”, con el que ganó la última edición del Copé de Cuento.
Los que recordamos dicho relato, supimos que estábamos ante una voz potente, original y, muy en especial, madura. Lo lógico era pensar que tarde o temprano el autor publicara un libro, no sabíamos si de relatos o una novela, pero con lo leído en el relato ganador teníamos sospechas razonables sobre una propuesta que bien podría marcar una diferencia real, una diferencia que nos podría llevar a aseverar que estábamos ante un narrador genuino, de los de verdad, que nos harían olvidar a las últimas voces famosillas que en una se caían de falsas.
En primer lugar, y así suene a redundancia, llama la atención la madurez de nuestro autor.
El hombre tiene 32 años.
O sea, podemos deducir que ha tomado en serio el oficio literario. A lo mejor pudo haber debutado en la literatura a una edad temprana, pero quiso esperar, cuidando su prosa y dejarla que repose, como reposan los buenos tragos; esta espera también permitió que su mirada se afile, procesando y definiendo su mundo interior y su geografía literaria.
No es poca cosa lo que digo.
Pocas veces encontramos un libro que exude madurez, que sea un ejemplo axiomático de alto voltaje verbal, en el que percibimos una poesía callejera, giros verbales que no hacen sino lacerar la sensibilidad del lector.
Ahora, estimada lectora, ten cuidado con este cuentario, porque vas a terminar húmeda con la prosa del autor. Advertida estás.
Ahora, estimado lector, ten cuidado, la prosa del autor te hará recapacitar y llegarás a la conclusión de que no has vivido nada y que ya es muy tarde para que comiences a vivir lo que debiste vivir en su momento.
Es que hay que tener fuerza testicular para adentrarse en estos relatos.
Relatos, por decirlo de alguna manera, puesto que en la primera presentación como en la de ahora debo decir que cada uno de estos cinco relatos son novelas cortas. En ellos constatamos un aliento que va más allá de la relojería del cuento. No hablamos de extensión, hablamos pues de mundos representados, diseccionados, cada uno de los cuales en relación a la funcionalidad de la historia.
Sin embargo, lectora, lector, no te hablo únicamente de relatos extensos, sino ten en cuenta que los mismos quedarían amputados si no fuera por el estilo de acero que nos regala el autor, esa musicalidad porteña que en el estilo se eleva y llega a los verdaderos y agradecidos terrenos de calidad literaria.
L7B es un libro distinto.
Me refiero, para que lo tengas claro, a la igualdad de fuerzas existentes entre estilo y contenido.
Si el estilo es la biografía de todo escritor, bien podríamos decir que nuestro autor se posiciona como el nuevo capitán estilístico de la nueva narrativa peruana.
Coge tu ejemplar y ábrelo en cualquier página y me darás la razón.
Este estilo es como roca volcánica, que no solo quema, sino que tiñe tu piel durante muy buen tiempo, que se posiciona de tu memoria emocional, que queda en ti como una marca de fuego.
Una de las cualidades que me gustan de los escritores de verdad es el conocimiento que deben tener de sus personajes. Gutiérrez-Rodríguez los conoce, a fondo, y los trata con respeto, como lo que son, personajes que sobreviven, la mayoría de ellos sin las nociones ideales del bien y del mal. Los vemos tales cuales, sin afeites, desprendidos del calor materno, lanzados a las calles con el único objetivo de no ser devorados. Y para no ser devorados deben ser más revoltosos y chuchas que aquellos que los quieren desaparecer. En esta marginalidad que se nos presenta encontramos una ética, una moral, identificamos una Verdad, la verdad emocional de los personajes. Es decir, arribamos no a la verosimilitud, sino a lo Real, a esa hechizante instancia que solo nos puede brindar la literatura llamada a quedarse con nosotros.
Líneas arriba aseveré que deberíamos celebrar una publicación como esta. Y lo vuelvo a decir. Un cuentario como este le hace bien a la narrativa peruana última, la desahueva sin más, obligando a las nuevas a voces a hacer un ejercicio de autocrítica, a preguntarse en qué se falló, o para que me entiendas mejor: a cuestionar la falsedad con la que se han llevado muchas poéticas en los últimos años.
Sin exagerar, estamos ante el libro más contundente de la narrativa peruana última. Un libro que lleva al disfrute y epifanía de la lectura, pero ese disfrute no se da en la facilidad, sino en la dificultad, puesto que el lector debe poner de su parte, una cuota de voluntad radical que lo llevará a ser parte de esta experiencia, puesto que Las siete bestias es una experiencia, experiencia de la que no te aseguro que vayas a salir bien librado, seguramente abollado, golpeado, quizá traumado.
Es que así nos dejan los libros de verdad.
 
 
Texto leído en la presentación de Las siete bestias. 28 de julio. FIL 2014.