miércoles, diciembre 31, 2014



martes, diciembre 30, 2014

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Llevar a cabo un recuento corre el riesgo de ser un acto de olvido e injusticia. Hay mucho que recordar y muchas veces las notas que tenías de los títulos resultan insuficientes. No pocas veces esas notas traen consigo sorpresas. Te preguntas si “eso” fue lo que pensaste del libro X cuando lo leíste. Cuestionas tu verdad emocional y terminas aceptando que fuiste demasiado apurado con algunos títulos y ruegas para que tu opinión de entonces se ajuste a tu actual parecer.
Ya sea para bien o para mal, tengo la suerte de tener y recibir muchos libros de autores peruanos. Por más que me haya prometido no leer tanta literatura peruana como antes, todo indica que no puedo ser ajeno a ese destino, porque siempre me doy tiempo, ya sea aprovechando el tiempo muerto de la chamba. De esta manera le saco la vuelta a la realidad, me he dado cuenta que por semana, de todo lo que leo, dos son libros de autores peruanos. ¿Se puede?, me preguntará algún incrédulo. Claro que se puede, le respondería, solo hace falta dejarse de huevadas, entrar menos al Face y sentarse, o ponerse de pie, para leer.
Me deja muy tranquilo, y en cierta medida con paz, haber corroborado las esperanzas que tenía para este 2014. El año pasado decidí no hacer recuento literario, puesto que era el peor año de nuestra historia literaria, ni siquiera lo salvaban los seis títulos destacables que tuvieron la mala suerte de publicarse durante ese año.
Peor de como terminamos el 2013 no podíamos terminar.
Para el bien de los lectores, ahora sí podemos decir que este 2014 fue un año generoso en títulos, en donde escritores novatos y trajinados bien pueden jactarse de haber cumplido no solo con los lectores, sino ante todo con ellos mismos.
Sí, vale celebrar.
Pero hay que tener cuidado. No asumamos esa mentira de los ases de las relaciones públicas: que la literatura peruana atraviesa un gran momento. No nos fiemos de los triunfos pírricos, no seamos propensos a celebraciones ridículas. Tenemos que mantener este nivel durante tres o cuatro años más para hablar de un posible gran momento de la literatura/narrativa peruana. ¿Acaso tenemos un narrador de la talla de Federico Falco, Diego Zúñiga, Rodrigo Hasbún, Samanta Schweblin, Yuri Herrera, Tryno Maldonado, Guadalupe Nettel, por citar al vuelo a algunos autores latinoamericanos, como para sustentar que atravesamos un gran momento? No, la respuesta es cantada. Ocurre que a los ases de las relaciones públicas les conviene decir que estamos en un gran momento, cosa que de esta manera nos recitan de contrabando su última producción.
Esta algarabía me recuerda a las emociones pasajeras que teníamos en el fútbol peruano en el decenio noventero. Recuerdo el golazo del “Chorri” Palacios ante Sao Paulo, en el partido de ida por cuartos de final de la Copa Conmebol de 1994. “El “Chorri” colgó a Rogerio Ceti y todo el Perú gritó ese golazo. Los que no éramos hinchas de Cristal creímos que los milagros eran posibles para nuestro humillado balompié. Dejamos de ser promesas para convertirnos en realidad, realidad que duró al terminar el primer tiempo, porque en el complemento las cosas volvieron a su cauce natural: Sao Paulo volteó el partido, tres pepas a ritmo de entrenamiento.
Celebremos este buen año literario, pero no engañen a los lectores y potenciales interesados, que no son para nada tontos. Los lectores y potenciales interesados en la literatura peruana ya se han dado cuenta de las trampas de la autopromoción, de la política del “Like” en los estados de Facebook, del relacionismo que esconde cada reseña, de lo valientes que son nuestros escritores para denunciar las maldades del sistema político pero medrosos cuando se trata de denunciar un acto de corrupción ligado a una institución cultural, con mayor razón cuando de por medio hay una financiación o una invitación a una feria internacional, tal y como lo vimos en nuestros rebeldes rojos antisistema que se prestaron a la jugada de la Marca Perú en la última FILBO. Al respecto, sería bueno que aprendan un poco del referente rojo de la literatura peruana contemporánea: Miguel Gutiérrez, que aparte de ser un estupendo narrador, le dijo no a la invitación a la feria bogotana, acto que lo legitima como un escritor comprometido con sus convicciones ideológicas y políticas. ¿Se imaginan a Gutiérrez “alzando” una pancarta de la Marca Perú? Quien esto escribe, aplaude esa coherencia de un narrador que no solo es grande como tal, sino también moralmente.
Como dije, realizar un recuento puede llegar a ser un acto de injusticia, sí, pero en mi caso será de injusticia involuntaria. Pueda que me olvide de algunos títulos que disfruté y pido perdón por el olvido. Sabré resarcir la omsión.
*
Me pongo a pensar.
Hago memoria.
Escarbo en los recuerdos.
Y me pregunto: ¿cuál fue el título que dio inicio a este buen año literario? Los buenos e interesantes títulos vinieron en seguidilla, no aparecieron aisladamente. En lo personal, me siento muy satisfecho en mi calidad de lector por haber contribuido en algo con el éxito literario y comercial de Austin, Texas 1979 de Francisco Ángeles. Releo la novela y me afirmo en lo que dije en su presentación llevada a cabo en una universidad local: “con Austin, Texas 1979 estamos en “un antes y un después” para la narrativa peruana última”. Entiendo el entusiasmo de todos aquellos que la leyeron. Pese a la debilidad de su primera parte (gracia de la relectura), la novela se eleva en la segunda, logrando una confluencia entre estilo y contenido que muy pocas veces he visto no solo en la narrativa peruana contemporánea, lo que me hace pensar en la gran proyección internacional de Ángeles, un narrador serio, narrador serio para nuestras letras tan taladrada por figurones que más parecen orangutanes que escritores. Lo dicho va en relación al lado literario. En cuento a lo comercial, resulta innegable. He sido testigo de primera fila del interés de los lectores, que entre ellos mismos se recomendaban el libro. Como también he sido testigo de la envidia solapada de contados escritores, que atacaban la novela por lo bajo, porque no soportaban el éxito que tenía. Es que ese es el problema: no se soporta el éxito. No estamos acostumbrados al éxito de un nuevo escritor, hay que cambiar el chip de que solo Vargas Llosa puede ser exitoso en lo literario y lo comercial. Este año le tocó a Austin, Texas 1979, el año pasado fue con Contarlo todo de Jeremías Gamboa.
Haya sido por azar o no, lo cierto es que esta novela dio inicio a seguidilla de novelas, cuentarios, poemarios y demás, que despertaron el entusiasmo, dando inicio a una fiesta lisérgica que nos ha dejado un pésimo dolor de cabeza.
Aprovecho este recuento para pedirle disculpas públicas al escritor Augusto Higa por llamarlo “El señor Miyagui” de la literatura peruana, tal y como consigné en una reseña sobre Gaijín y la edición de sus cuentos completos. Lo que dije en su momento de su última novela, lo sigo manteniendo. Y eso es lo bueno. Gaijín generó polémica y es saludable que una novela la genere. Pero esa polémica nos distrajo del serio trabajo que viene realizando la gente de Campo Letrado, cuyo acierto al publicar los cuentos completos de Higa no se verá inmediatamente, sino en un par de años. Ocurre que no son editores figurones, son editores que leen y editan, de perfil bajo, como tiene que ser todo editor que respete su trabajo. En las últimas semanas, el autor nos entregó su novela ganadora de la CPL, Saber matar, saber morir, superior a Gaijín, pero aún lejos de su obra maestra La iluminación de Katzuo Nakamatzu.
Una ligera mirada a la producción novelística nos señala que este ha sido un año generoso para las novelas cortas. Me viene la memoria la resonancia verbal de Tu mitad de animal de Pedro Novoa, que ahora vuelve a los registros realistas de los que nunca debió salir. El Novoa realista es otra cosa, otro nivel. Si el autor sigue en esta ruta, hay que ir preparándonos para lo que vaya a publicar en un futuro ojalá cercano. Una novelita que no sé por qué no está generando la atención que merece es El poeta que tocaba tambor de Maynor Freyre. Los interesados en la movida poética setentera tienen en este trabajo un suculento fresco generacional, a veces duro, pero siempre en clave de humor.
También, en este mismo espacio comenté en su momento Loreto de Fernando Ampuero. Ampuero. Bien sabemos que Ampuero no se hace problemas al momento de narrar, parece que la hace fácil, pero en esa aparente facilidad yace el estilo de este narrador que nos presenta un acercamiento de una realidad por demás violenta. En no pocas páginas de Loreto somos testigos/partícipes de la ausencia del bien y del mal en sus protagonistas, que no solo luchan por sobrevivir, sino también anhelan imponerse en su microespacio. Ojalá esta novela sirva de acicate para otros narradores que se quejan de que no hay nada más que escribir de la realidad peruana, cuando lo cierto es que esta realidad se está desaprovechando debido a la moda de un registro intimista que hasta la fecha solo nos ha brindado chispazos de originalidad.
Registro intimista, sí, pero escrito desde el vientre y el quiebre emocional es lo que podemos ver en La casa muerta de Alina Gadea y Nunca sabré lo que entiendo de Katya Adaui. No me parecen novelas perfectas, ni del todo logradas, pero sí valen más que muchos títulos muy bien escritos pero que cometen el error de descuidar a sus personajes. Los personajes de Gadea y Adaui logran adentrarse en el lector, es decir, conectan. Al respecto, lo digo ahora porque no creo que lo pueda decir más adelante: el día en que Adaui se suelte en su prosa, ese día sus compañeras generacionales publicarán por un honroso segundo lugar.
Hay poco que discutir sobre el dominio del registro realista en la tradición narrativa peruana. Ponerlo en duda sería un suicidio intelectual. Pues bien, para comenzar a darle la contra a este registro, necesitamos de exponentes idóneos, de obras que rocen la maestría. Es cierto que Carlos Calderón Fajardo no está enfocado en un solo registro narrativo. Desde que lo conozco he notado en él una curiosidad creativa que lo ha llevado a incursionar en registros tan distintos entre sí. Luego de la lectura de Doctor Sangre, la novela gótica con la que cierra el ciclo de novelas dedicadas a la figura de Sarah Ellen, tuve ganas de llamar a Carlos para expresarle mi alegría de lector por tamaña joyita literaria. Lamentablemente, había cambiado de número de celular.
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En cuanto a las novelas de largo aliento, o de relativo largo aliento, debo confesar que la pasé muy bien con varias de ellas. La casa vieja de Juan Morillo Ganoza. Esta novela me deja una pregunta/reflexión: ¿qué tiene que pasar para que un escritor como él disfrute del reconocimiento que desde hace buen rato merece? ¿Abrir una cuenta de Facebook y tomar un curso acelerado de autobombo? Morillo Ganoza tiene en su haber muy buenas novelas, casi todas saludadas por la crítica, pero que aún no consiguen generar el interés del lector que consume novelas peruanas. Que este autor no corra la suerte de José B. Adolph. Estamos advertidos.
Me es imposible no destacar la destreza para narrar de Santiago Roncagliolo. Con La pena máxima comprobé, una vez más, que con él me puede esperar cualquier cosa, menos aburrimiento. Así es, la poética de Roncagliolo es la del divertimento. Sabe narrar una historia y eso es algo que no puedo dejar de agradecer. Sin embargo, con La pena máxima me pasa lo mismo que con todos sus libros: no guardo la más mínima epifanía de los mismos. Hay pues una fragilidad en sus tópicos que impiden que recuerde escenas, diálogos, personajes. Leer los libros de Roncagliolo me recuerdan a los episodios de la serie ochentera Los magníficos, episodios que veías con despreocupación, pasándola bien, pero que olvidabas ni bien terminara la emisión de los mismos.
No tan famoso como Roncagliolo, pero sí reconocido internacionalmente, tenemos el destape de Jorge Eduardo Benavides con El enigma del convento. Destape porque ahora sí consigue sacudirse del manto de Vargas Llosa, el becerro de oro de nuestras letras. Ocurre que se había convertido en un autor con demasiadas deudas literarias con nuestro Nobel, pero este destape lo empezamos a notar desde su anterior novela, Un asunto sentimental. Lo que recuerdo más de esta su última novela, más allá de la complejidad de su trama, es la mentirosa facilidad del autor para fundir registros, exhibiendo una naturalidad narrativa que solo la veo en los grandes, y eso es digno de subrayar, más aún en tiempos como estos, que por ignorancia se asocia lo críptico con la originalidad. No exagero, aunque parezca: El enigma del convento es un novelón.
No puedo dejar de expresar mi satisfacción por el reconocimiento que poco a poco ha venido obteniendo el narrador Julián Pérez. Narrador de perfil discreto inmune a los atontamientos de la fama y el reconocimiento. Criba, con la que ganó la última edición del Copé de Novela, lo posiciona como un narrador de primera fila de nuestro panorama narrativo. Estamos ante una novela con la que hay que luchar un poco, por momentos creemos que es deudora de una teoría social, como si el autor escribiera para los críticos y académicos, pero esta estrategia no se expande en muchas páginas, puesto que la fuerza del talento de Pérez termina ganando la partida, devolviéndonos a las cimas de su prosa nutrida de un aliento poético que nos devuelve al inolvidable Pérez de Retablo. Aunque menos poético que Pérez, destaco De noche andábamos en círculos de Daniel Alarcón. Aquí regresamos al mejor Alarcón, el de los cuentos de Guerra a la luz de las velas.
Hace varios meses, en una conversación con un par de amigos en un café, no dejaba de expresar mi satisfacción por el prestigio que tiene entre los lectores Marco García Falcón. Si hay un narrador que le hace bien a la narrativa peruana, ese es, sin duda, García Falcón. Con Un olvidado asombro se adueña de ese sitial codiciado por más de un compañero generacional: el mayor prosista de su generación. Muchos están de acuerdo con esta certeza, que no viene de ahora, sino desde la publicación de su cuentario París personal. García Falcón es un autor ajeno a las frivolidades del autobombo. No solo hablamos de un escritor que escribe muy bien, eso sería insuficiente, sino también de uno que conecta con el lector, que forja esa comunión que solo podemos conseguir con la alta literatura.
Este ha sido un año en que me he reconciliado con algunas poéticas, como la de Marcos Yauri Montero, que por alguna razón sus títulos no sintonizaban conmigo. Había algo que me impedía apreciarlo en la medida que otros lectores. Ahora me llega un buen parche a esas impresiones, gracias a su novela El hombre de la gabardina.
Con las novelas hasta ahora mencionadas me puedo sentir muy bien servido. Son títulos que recomendaría a los que buscan una buena lectura. El año en novela se justifica con ellas. Nos podemos ir tranquilos del estadio, hemos visto un buen partido, que vamos ganando por tres goles de diferencia. Algunas personas ya empiezan a irse, bajan las gradas. Ya no hay nada más que ver en el partido. Pero aparece la experiencia de un veterano, que había pasado desapercibido porque no es de los que gusta mostrarse mucho, anotando un golazo que refleja que sus años de experiencia pesan.
A mediados del 2004 le hice una entrevista a Miguel Gutiérrez en un café de la Plaza San Martín. Era la primera vez que lo conocía y sentía que le había caído bien porque no hicimos otra que no sea hablar de literatura durante horas. Antes de formularle la primera pregunta de la entrevista, Gutiérrez, por propia iniciativa, me contó que venía trabajando en una novela, una novela que lo obsesionaba y me habló algo de esa novela. En los últimos años Gutiérrez ha publicado varias novelas, pero ninguna era esa novela de la que me habló aquella vez en el café. Esa novela que le obsesionaba la publicó este año, esa novela es Kymper. Después de La violencia del tiempo, bien haríamos en situarla en un justificado segundo lugar, que ya no le pertenece a El mundo sin Xótchil. Gutiérrez nos recrea una época sin caer en el alegato ideológico. Kymper, antes que novela psicológica, la marca de agua de su poética, es sobre todo una novela de aventuras, una novela de un genuino hijo de Dumas.
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Se viene diciendo que este ha sido el año generoso en novelas. Pese a que no hemos tenido muchos cuentarios, hay que señalar que dentro de lo poco hemos disfrutado de cuentarios de buena factura, como Bolero matancero de Fernando Carrasco, título que lo ubica en un sitial de expectativa, que hace de él un narrador más que atendible y que ha sabido procesar el mundo de la calle, la incertidumbre de la noche, mediante una prosa cuidadosa acorde con su tópico, sin desbordarse, sin reprimirse. Carrasco, pues, deja de ser una promesa para convertirse en una realidad. Lo mismo podríamos indicar de Jesús Jara y Umbrales. Jara,  a paso firme, asienta más su propuesta que se alimenta tanto de selectas referencias literarias como de la cultura popular. En su poética hay mucha música, harto cine y una insalvable ingenuidad de sus personajes que me recuerdan a los de Nick Hornby en Alta fidelidad.
Con más experiencia en las distancias cortas, Jorge Valenzuela nos entrega un cuentario que pone en el tapete su talento y dominio de las técnicas narrativas. Infiernos mínimos tiene todas las señas de un Monterroso, pero un Monterroso maldito, que escarba en la cotidianidad en busca de la revelación, pero una revelación que hunde más a sus personajes. Ahora, habría que tener en cuenta lo siguiente: el magisterio Valenzuela. Haríamos bien en rendir justicia a este narrador, que durante años viene dirigiendo el Taller de Narrativa de San Marcos. Valenzuela ha sido el maestro y guía de muchos narradores peruanos, algunos de ellos, hoy en día, pelotean en la Champions League de la narrativa hispanoamericana. Seamos justos: muchos narradores peruanos que hoy la rompen aquí y “más allá” son hechura de Valenzuela.
Otro narrador, de la misma experiencia literaria de Valenzuela, es José Rosas Ribeyro, que incursiona en el relato con No apto para señoritas. Más de una impresión suscita en mí este libro de Rosas Ribeyro. Quizá la más relevante sea su evidente placer por narrar. Mientras leía estos relatos, interconectados en lo temático, no dejaba de pensar en lo que dije un año atrás en la presentación de su poemario Contemplaciones: “Rosas Ribeyro es una máquina de escribir”. A lo mejor el lector pueda percibir cierto desorden en la estructura de los relatos, alejados de sus clásicos cotos, pero ese desorden es deliberado. En lo personal, puedo decir que el autor es un voraz lector. Sus historias son meros pretextos que lo llevan a narrar por placer y ese placer lo transmite. El lector, como fue mi caso, se dejó llevar por el voltaje verbal de Ribeyro. Por instantes tuve el deseo de que este libro sea interminable.
No tengo la más mínima duda de que el estreno literario del 2014 recae en Crist Gutiérrez-Rodríguez. El autor ya se había anunciado ganando la penúltima edición del Copé de Cuento, con “Los caminantes de Sonora”, que junto a El derby de los penúltimos de Fernando Iwasaki, debe figurar entre lo mejor que nos ha entregado el Copé de Cuento en toda su historia. Los que leímos ese cuento de Gutiérrez-Rodríguez, recordamos la maestría en confluencia de estilo y contenido llevados a la par. Pues bien, esa maestría entre estilo y contenido lo vemos en las novelitas disfrazadas de cuentos de Las siete bestias. Desde Caballos de medianoche de Guillermo Niño de Guzmán no me topaba con un cuentario tan rico en epifanías, pero que lo que diferencia a nuestro autor, insisto, es su estilo, que nos recuerda al esperpento de Valle Inclán, es decir, palabras mayores. Llama la atención su respiro narrativo que nos ubica en las coordenadas de Cormac McCarthy y Don DeLillo. Estilo y aliento narrativo, que se condensan con el conocimiento de causa, llámale también compromiso, del autor con su mundo representado. En Las siete bestias no hay espacio para la verosimilitud, en este libro está la verdad de lo que se nos cuenta. El autor no quiere sorprender al lector con artificios poseros, más bien lo remece con una verdad que solo sabemos de oídas o por lo que se escucha en la radio y se mira en los noticieros. Si me pidieran una lista de los mejores diez libros peruanos de cuentos de los últimos cincuenta años, no tendría reparo en ubicar a Las siete bestias en esa lista.
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Se está hablando, hasta el cansancio, del “maravilloso” momento de la narrativa peruana. Pero no se habla en absoluto de la poesía. Y razón no falta, no hay mucho que hablar de la poesía peruana. No estamos nada bien. Ya vamos en una seguidilla de años en los que tenemos muy poco que destacar. La poesía peruana está en coma y nadie parece advertir esa realidad.
Si no fuera por la edición peruana de Al norte de los ríos del futuro de Jerónimo Pimentel, poemario publicado el año pasado en España, estaríamos en la más absoluta nulidad. Así fastidie o no: necesitamos más poetas del nivel de Pimentel. Y de hecho que los hay. Pienso en José Miguel Herbozo y El fin de todas las cosas, Paul Forsyth con Anatomía de Terpsícore.
 Pero ante todo sería saludable dejarnos de idioteces y comenzar a prestar mayor atención a otros poetas que no gozan de prensa a razón de sentimientos menores. Porque eso es lo que sucede: en el circuito poético cunde el sentimiento menor, primero se tiene que caer bien para que luego te presten atención.
¿Cuántos buenos poemarios se están perdiendo por carencia de difusión, por esa falta de conocimiento de las relaciones públicas? Así es, muchos poetas amantes de la foto histórica usan sus poemarios con el único fin de tarjetear, a ver si de esta manera consiguen ser invitados a un festival de poesía. Impera el tarjeteo huachafo.
Las ediciones de poesía reunida son las que podrían justificar en algo este año. Memoria de mi desnudez de Leoncio Bueno. In-sufrido fuego de Domingo de Ramos. Ventanas y habitaciones de Abelardo Sánchez León. Al pie del frío incendio, la antología personal de Jorge Frisancho.
Pero no todo ha sido un páramo. Gracias a César Vallejo tenemos Poesía reunida, publicado por la UDP de Chile. El valor de esta edición recae en que se han subsanado los errores que no dejaban de exhibir las anteriores ediciones de la poesía completa de nuestro poeta mayor. El encargado de la revisión fue el crítico literario Kurt Folch, cuya labor nos ha permitido acceder a un Vallejo limpio de polvo y paja. Sobre Vallejo se ha escrito mucho, pero habría que saludar el nivel de exposición que alcanza Julio Ortega en César Vallejo. La escritura del devenir.
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Ha sido un año generoso en reediciones.
Y qué reediciones.
Sin duda, resulta un puntazo la apuesta que significó el rescate de dos novelas de Jorge Eduardo Eielson, a la fecha inubicables: El cuerpo de Giulia-no y Primera muerte de María. No menos que un puntazo de reedición lo es Crónica de San Gabriel de Julio Ramón Ribeyro, como también su buscado Dichos de Luder y, claro, imposible pasar por alto la edición definitiva de Ave Soul, el mítico y adictivo poemario de Jorge Pimentel. Consignemos también Los sapos y otras personas, el libro de relatos de Alberto Hidalgo, poeta y libelista de lengua viperina. Si bien es cierto que se trata de un Hidalgo de ficción, en estos cuentos podemos rastrear los motivos que dieron pie a más de una de sus históricas diatribas. No olvidemos el rescate de Lima, la horrible de Sebastián Salazar Bondy y Retorno a la creatura de Pablo Guevara. Digamos que hasta aquí, estamos con los canónicos.
Una reedición de una novela que debería ser canónica y que no lo es por lo difícil que es hallarla: Los hijos del orden de Luis Urteaga Cabrera. Novela violenta, como me gusta. Mucho nervio, además, de verdadero conocimiento del autor sobre la oralidad de sus personajes. No hablo de una oralidad plana, sino de una gama de oralidades dispuesta en sus no pocos personajes, perfilados con oficio. Urteaga Cabrera no nos cuenta por contar, Urteaga Cabrera relata la vida misma, tal cual.
Ha llamado pues mi atención la reedición de algunos títulos de autores que aún están lejos de la canonización, pero que bien habría que prestar más atención, debido a que estas reediciones gozan de valía literaria, es decir, no son estafas . Siento satisfacción como lector al ver nuevamente Casa de Islandia de Luis Hernán Castañeda, Generación Cochebomba de Martín Roldán Ruiz, Punto de fuga de Jeremías Gamboa y (Ella) de Jennifer Thorndike. La primera fue un éxito de crítica y tardó algunos años en agotarse; a la segunda aún le falta exhibir más saludos a nivel de crítica, pero a estas alturas poco o nada importa, porque de la novela se vienen haciendo tesis doctorales. Y ni hablar de los lectores que genera la novela, que en esta tercera vez viene agotando el libro a ritmo de pichanga. Qué mejor muestra que la veracidad del boca a boca del lector, mirando de lejos las mentiras del marketing, que en muchos casos se muestran como vergonzantes verdades cuando se venden a precio de costo esos mismos libros que sus autores pintaban de éxito de ventas. En cuanto a Punto de fuga, sin duda, esta segunda edición vino gracias al éxito de Contarlo todo. El éxito de la celebrada novela nos trae un buen pretexto para volver a las páginas de un cuentario llamado a vivir en constante lozanía. Lo volví a leer y no puedo dejar de manifestar que es uno de los principales cuentarios del decenio anterior. La reedición de la novela (Ella) ha significado la consolidación de Jennifer Thorndike. Thorndike es una voz sólida en el panorama de la narrativa peruana última, entre hombres y mujeres.
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No necesariamente la ficción y la poesía tienen que dar forma a aquello que llamamos literatura. La ficción y la poesía me son insuficientes. En este terreno indefinido he podido leer títulos que me hacen pensar que lo mejor que se está escribiendo, viene por allí, sea en sus aguas profundas como en la superficie.
Un libro de reciente aparición y que la viene rompiendo: Un hombre flaco, el perfil sobre Ribeyro por cuenta de Daniel Titinger. Este perfil, que no es una biografía (no confundir), cumple su noble propósito: conocer detalles de la vida de Ribeyro para luego, o inmediatamente, lanzarnos a sus páginas, sean de sus cuentos, diarios y novelas. Claro, algún mezquino dirá que Ribeyro siempre vende, pero como bien digo y no me cansaré de decirlo, el lector no es ningún idiota. Es cierto, Ribeyro vende, pero hay que ser justos: Titinger ensambló bien el perfil, hizo más atractivo y misterioso a Ribeyro, a quien creíamos conocer.
Me gustaría subrayar Una locura razonable de José Miguel Oviedo. Antes de leerlo, tenía más de un prejuicio sobre la manera en que Oviedo enfocaba sus críticas, impresiones que aún las mantengo a razón de algunas antologías que me siguen pareciendo velados ajustes de cuentas. Sin embargo, en estas memorias, Oviedo revela su dimensión humana, se expone, nos dice por qué es el crítico que es, no se pinta de adelantado, en ningún momento ejerce un ajuste de cuentas, y si hay un ajuste de cuentas, ese ajuste es consigo mismo. Equivocado o no, siempre voy a tener respeto por todo aquel que es coherente con su modo de pensar, con todo aquel que guerreando muere en su ley.
Aunque no se trata de un libro literario, sí es uno escrito por un par de escritores de sobrado oficio literario. Cada quien por su cuenta exhibe una obra reconocida y cada vez que escriben un libro, uno tiene la seguridad de que juntos son dinamita. La provocación, escanciada de humor, inteligencia e ironía en Crimen, psicodelia y minifaldas de Carlos Torres Rotondo y José Carlos Yrigoyen. Ambos autores nos ofrecieron un viaje por lo mejor de lo peor del cine filmado en el Perú. Nos enfrentamos a un trabajo que generará ecos en los próximos años y esta publicación tiene la cualidad de ser la piedra fundacional para lo que después se escriba del tema. Conozco a los autores, son mis amigos, y en buena onda y franqueza les digo que me hubiese gustado más texto, más carne de cañón, tal y como lo vimos en el su clásico Poesía en rock.
Había escuchado de la autobiografía de Gregorio Condori Mamani y Asunta Quispe. Por más que intentaba, no podía encontrar el libro, hasta llegué a poner en duda su existencia. A buena hora que me equivoqué, porque el libro existió y lo leí gracias a una cuidada reedición. Desde hacía mucho que un libro no me estremecía. Lo que se cuenta en Autobiografía bien puede herir la sensibilidad y me hace bien que el lector salga herido en su sensibilidad. En estas heridas abiertas encontramos un mensaje, que calificaríamos de moral, una moral que nos lleva a tomar acciones, que nos coloca frente a nuestras narices una realidad que deberíamos erradicar, si es que como buenos hablamos de progreso.
Desde hace algunos años, y cada vez que la oportunidad me lo permite, vengo hablando de la tradición de los retazos. No me hago tantos problemas con esta aún joven tradición, que se nutre de los textos paralelos a la “gran obra” que llevan a cabo sus autores. Pero hay un detalle: cualquiera no puede entrar a esta tradición, hay que ser un estupendo narrador o poeta para ingresar a esta tradición que bien puede darse el lujo de tener estimables plumas en el mundo entero.
En Perú esta tradición no exhibe muchos exponentes, pero de los pocos, los mejores. Este año se impusieron Fernando Ampuero con Tambores invisibles y Alonso Cueto con La piel de un escritor. En lo personal, estos son los libros que más disfrute durante el 2014. La sabiduría oral de Ampuero y la generosa sabiduría de Cueto. Las dos publicaciones tienen el objetivo de gustar y motivar el interés del lector, son no menos que estimulantes y alejados de la pedantería intelectual. En su sencillez está la magia, el hechizo que nos lleva a leer a los autores que nos recomiendan, a ver el cine del que hablan, a ser parte de la búsqueda del asombro para todo aquel que sienta la necesidad/urgencia de dedicarse a un oficio que no admite el hueveo.
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Un año literario no se compone solo de libros.
Hay un par de aspectos que me gustaron mucho. El primero, la consolidación de tres nuevas editoriales. Animal de invierno, que en poco tiempo ha armado un catálogo muy atractivo. Varios libros incluidos en este texto han salido de las canteras de esta editorial. No conozco, como me gustaría, a los responsables del sello, pero la impresión que tengo es que lo conforman personas serias y responsables, que tienen palabra y oficio para editar. Otra editorial que dando frutos desde el ombligo del mundo, Ceques Editores. Pongo las manos al fuego por sus editores. Aún no tienen muchos títulos, pero sus pasos no solo son agigantados, sino también seguros. No caen en el apuro, llevan a cabo los proyectos con responsabilidad y paciencia, además, me consta que son grandes lectores y siempre voy a confiar en los lectores que editan.
Pues bien, lo mejor que le ha pasado a nuestro panorama editorial es la aparición del sello Celacanto. Este año publicaron cuatro poemarios, muy bien editados, pulcros. En cierta ocasión conversé con sus dos editores y sentí que su locura no solo era poética, también política, no menos romántica, puesto que esos poemarios salieron a la luz para que el lector de poesía los lea, es decir, esos poemarios se regalaban. En toda mi vida literaria nunca he visto que se regalaran poemarios. Entiende, incrédulo, me refiero a libros, no plaquetas, no hojas engrampadas. Libros de poesía en todo el sentido de la palabra. Es que esa es la actitud, actitud que puso en jaque a más de un editor experto en la calculadora.
El segundo aspecto que me gustó de este 2014 fue la consolidación de la revista Buensalvaje. Aunque si somos justos, la consolidación vino desde el primer número. Buensalvaje es una revista de difusión, detalle que deben tener muy en cuenta sus inevitables detractores al momento de exigir algo que no está en los fines de la revista. ¿Cuál es el secreto del éxito de la revista? Muy simple, al menos como lo veo yo: el buen gusto. Solo eso. En sus páginas han desfilado determinantes y canónicas plumas en lengua castellana, veamos pues sus portadas que nos llevaban a las entrevistas centrales: Enrique Vila-Matas, Javier Marías, Alberto Fuguet, Rodrigo Fresán, Javier Cercas, Edmundo Paz Soldán y más; y por supuesto, se vienen más plumas determinantes en sus portadas. A la fecha, Buensalvaje tiene varias ediciones en diferentes países, o sea, es una marca. Claro, estos logros no hacen de Buensalvaje una revista infalible, el día que consiga la aburrida perfección, ese día la revista desaparecerá.
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Este 2015 termina con una polémica y una saludable noticia.
No son pocos los que hablan de la última edición del Copé de Cuento, pero se habla por lo bajo, más de un escritor cuida muy bien sus palabras cuando se refieren al cuento ganador de Johann Page, “Patrimonio”. Al respecto, dije lo que sentía en mi blog. Y esperaré como todo mortal la lectura del cuento. Si el cuento de Page es lo que espero que sea, no tendré ningún problema en pedir las disculpas públicas a las personas que mencioné en mi post. Me autocastigaré por malhablado: dejaré de fumar y cerraré definitivamente mi blog.
Más allá de cómo me vaya con la lectura de “Patrimonio”, tengo una penosa certeza: Page participó con ventaja en el concurso. Es pues un detalle que no puedo pasar por alto, con mayor razón tratándose de un concurso patrocinado por una entidad estatal y que premia con el dinero de todos los peruanos (ajá, suena muy demagógico esto último).
En este asunto no hay nada ilegal, pero sí poca ética.
Lo que sí llamó mi atención de esta polémica, fue esa intención de algunos personajes de querer boicotear esta edición del Copé de Cuento. Denunciaron las irregularidades en sus cuentas de Facebook, enviaron cartas a Petroperú, amenazaron con encadenarse en las puertas de acero de Petroperú el día de la premiación, convocaron a una huelga de hambre pidiendo justicia literaria, planificaron marchas de pies descalzos desde La casa de la Literatura a la cima del cerro San Cristóbal y juraron que no se iban a bañar. Pues bien, a la hora de los loros qué hicieron estos abanderados de la moral y la justicia: fueron a la premiación, no a protestar como decían, sino a gorrear pisco y anticuchitos. Personajes ribeyrianos, por donde se les mire.
La saludable noticia, al menos para mí, es el reconocimiento que viene obteniendo un narrador como Pedro Llosa. Acaba de recibir una mención honrosa en el último Copé de Cuento y también acaba de ganar el concurso de cuento convocado por la Asociación Peruano Japonesa. No es la primera vez que este narrador gana o queda finalista en importantes concursos literarios. Aunque no soy amigo de Llosa, las pocas veces que hemos conversado me ha parecido un buen tipo. Como narrador, no tengo nada que objetarle, más bien, me siento satisfecho por haber contado con él en las dos antologías de narrativa peruana última que he tenido la suerte de hacer. Si algo tiene Llosa que otros no, es legitimidad literaria. Lo que ha conseguido ha sido gracias a su talento y su persistencia. Jamás le pidió una manito a su famoso tío, pudiéndolo hacer, pero no, lo suyo ha sido el juego limpio de su partido. Una actitud como la suya es necesaria destacar, por lo saludable, entre tanto lustrabotista y mascota literaria del narrador de moda de turno.


Publicado en LPG.



sábado, diciembre 27, 2014



viernes, diciembre 26, 2014

212


Hace una semana Yesenia y yo fuimos a una exposición de pintura y escultura en un local de Camaná.
Más de una vez he estado en ese local, ubicado en el sótano de un edificio, en donde se han realizado conciertos, presentaciones de libros y festivales de poesía. En Savarín Arte Total siempre tienen lugar este tipo de manifestaciones artísticas, además, no allí eres presa de miradas acusatorias si cometes el pecado de ir con una chela en lata en la mano.
En la exposición En tu nombre tenemos una serie de pinturas y esculturas hechas por los presos que formaron parte de Sendero Luminoso. No sabía de qué iba la expo, pero ni bien vi la escultura de Elena Iparraguirre, me di cuenta de qué iba, cosa que en lugar de molestarme e indignarme, encendió aún más mi curiosidad.
Recorríamos la exposición cuando una joven, quizá de no más de veinte años y muy bajita, nos preguntó si deseábamos una visita guiada. Le dijimos que sí y con ella estuvimos recorriendo y hablando de cada una de las pinturas y esculturas.
No había nada de malo en la exposición. No hay gente más alejada de mi pensamiento político e ideológico que todo aquel que simpatice con Sendero, pero ello no me impedía poder apreciar el arte que sus presos han forjado en tantos años de encierro. Claro, había que hacer un esfuerzo mayor al habitual, encontrar pues el arte en esas pinturas y esculturas, arte que brilaba por su ausencia, sobre todo en las pinturas y esculturas de Elena Iparraguirre. Sin embargo, en algunas pinturas y esculturas sí podía ver una sensibilidad, una propuesta artística no libre del pensamiento que la motivaba.
Nos gustaron varias pinturas. Muchas estaban a la venta y las que nos interesaban ya se habían vendido. Cuando nos preguntaron si queríamos participar de una rifa en la que se sortearían algunas pinturas, aceptamos y compramos varios tickets. Mientras la chica llenaba nuestros datos, sentimos la mirada de algunas personas, seguramente familiares de los presos, pero no nos hicimos problemas, porque no hacíamos nada malo. Por un momento pensé que nos podían confundir con un par de agentes infiltrados del Servicio de Inteligencia. Para paranoicos los filosenderistas son campeones.
Me detuve a ver los títulos de los libros disponibles en una mesita de exposición, algunos de ellos estaban a la venta, pero otros no, como el de Maritza Garrido Lecca, en cuyo libro nos brindaba técnicas de relajación y métodos contra el estrés. Nada del otro mundo.
Salimos de la exposición.
Horas después pensé en lo necesaria que es la libertad de expresión. Hasta los senderistas tienen derecho a expresarse, no importa si sus ideas sintonicen o no con las de uno. Bien sabemos que la valoración artística es otra cosa, otra dimensión en la que solo sobreviven y destacan los elegidos. Y en la exposición En tu nombre solo sobrevivían un par, no más.
Quien esto escribe no vio en ningún momento una apología a Sendero Luminoso. Obvio, había en las pinturas y esculturas un evidente espíritu rojo, como lo puede haber en toda manifestación artística de la zurda, la derecha y la zurda-derecha. No había pues un llamado a nada, ni a las armas, ni a manifestarse, ni a la lucha revolucionaria.
Hace unas horas me acordé de que hoy viernes es lo de la rifa, entonces me pongo a buscar alguna información, algo tan sencillo como la hora en la que se haría. Buscaba y cruzaba información, cuando encuentro este video en donde Daniel Urresti se agarra a picotazos con el abogado de Abimael Guzmán, a metro y medio de Savarín Arte Total. Pulsé play.
Bueno, no hay que ser un virtuoso del pensamiento para poner en evidencia la matonería de Urresti, que le ha hecho un involuntario gran favor a una exposición de la que nadie estaba hablando porque no había mucho que hablar de ella en cuanto a propuesta artística, a no ser por el detalle de que eran pinturas y esculturas de senderistas en cárcel, detalle del que tampoco nadie hablaba.
Ver a Urresti me hace pensar en una verdad ahora implícita: la guerra contra Sendero está muy bien ganada en las armas. No hay que cuestionar esa verdad. Pero lo que han olvidado militares como Urresti, es que la guerra en el discurso no está del todo desarrollada. El discurso de Sendero es endeble, tiene grietas que no se aprovechan. No se aprovechan esas grietas por ignorancia, porque se cree que la ley del caballazo es la que va a imperar. Hay que tener cuidado con la ley del caballazo, que no sirve de nada en cuestiones de discursos, la ley del caballazo hace ver como “pobrecitos” a los que no lo son.
Yo, si tuviera el cargo de Urresti, voy a la exposición, callado nomás, sin tanta alharaca y compro mi rifa si es que me interesa alguna pintura. Y me quito riéndome.
Solo espero no encontrar un contingente policial cuando vaya a ganarme mi pintura, porque voy a la fija, a ganarme la pintura que quiero pegar en la pared de mi habitación. Pero si encuentro un contingente policial, contingente que bien podría ser más útil en la lucha contra la delincuencia, por ejemplo, no tendré la más mínima duda de que Urresti se habrá coronado de esforzado promotor cultural.


211

Me levanté tarde y seguía con sueño. No sé cuántos sueños profundos he tenido a lo largo del día. Si en caso me hubiera llegado la hora, creo que habría muerto feliz, porque he comido muy bien, demasiado bien, y eso que no suelo comer más de la cuenta en estos días festivos. 
Entre cada despertada, despertada que era insuficiente para levantarme y hacer lo que la gente normal hace, aprovechaba en leer y releer algunos libros para luego entregarme al sueño. Cerca de las cinco de la tarde, saqué a pasear a Lucas, un pequeño perro que no le tiene miedo a nada, según he podido constatar cada vez que he tenido la oportunidad de sacarlo a pasear. Mientras Lucas y yo recorríamos el barrio, recorrido que hizo que tensara más la correa, hecho que me sorprendía puesto que pese a su pequeñez el perro tenía una fuerza que sobrepasaba a la media de la fuerza de otros perros de su tamaño, me ponía a pensar en el recuento literario que empecé a escribir ayer y que, contra mi pronóstico, me está saliendo más largo de lo que pensaba. Tampoco dejó de extrañarme la sensación de contrariedad. Hasta minutos antes de abrir el archivo en Word en donde escribiría, tenía la más absoluta convicción de no hacer un recuento literario, algo que muy bien podría tomarse como una injusticia, tratándose pues de un año muy generoso para la narrativa peruana. Hemos tenido no solo títulos interesantes, sino de los buenos, de esos que candidatean en quedarse en la memoria del lector de turno. 
Lucas se fijó en una perra. 
Lucas se emocionó. 
Lucas movía la cola como nunca antes lo había hecho. 
La experiencia me ha enseñado a no combatir la arrechura de los animales. Suficiente experiencia tengo con los que me hizo Nesho, mi gato, hace muchos años. Atentar contra su furia hormonal bien me costó unas cicatrices en el brazo derecho. En base a esa experiencia, decidí que Lucas haga con la perra lo que venga en gana. Así es que dejé de tensar la correa y dejé que el perro disfrute de su arrechura y ayudarlo con mi pensada indiferencia en la consumación que anhelaba. 
La perra era demasiado grande para el enano Lucas. Sabiendo del riesgo que corría al sacarle la correa, me arriesgué a hacerlo. Le saqué la correa. Debía estar atento, porque Lucas es nervioso y se pone a correr, sin escuchar la voz fuerte de quien lo llama. 
Prendí un cigarro y compré de milagro una botella de agua mineral sin gas. Comprar la botella fue un milagro, la compré en la única tienda abierta de todo el barrio, quizá en la única tienda abierta en todo el distrito. Lamenté no haber traído conmigo algún libro que leer, quizá el de Carla Cordua, o el de Michon que estoy repicando, o el novelón Los hijos del orden de Urteaga Cabrera. Como sea, tuve que inventarme alguna actividad inmediata. Si Lucas se ponía nervioso, quería que no fuera por mi causa, que no se sintiera observado en su acto de seducción y conquista al paso.

miércoles, diciembre 24, 2014



martes, diciembre 23, 2014

210


Abro la librería y la vuelvo a cerrar. Necesito tomar un poco de aire, ver los buses del corredor azul me deprimen. Mientras venía al centro veía las largas colas y los buses llenos. Si tuviera que convocar a una marcha, haría una contra esos buses pintados, que no son más que latigazos emocionales contra los ciudadanos que menos tienen.
Camino a la Plaza San Martín, quiero ver qué ha quedado de la marcha de ayer. Una amiga, que vive cerca de la plaza, me dijo que durmió feliz, oliendo a bomba lacrimógena, con el ruido de los petardos. Y le parece bien dormir así de vez en cuando, “los jóvenes no deben callar cuando se les viola sus derechos, menos cuando se les dice cómo es que deben protestar”, me dijo en un mail.
Mientras llego a la plaza, el aroma a maravilla verde cala en mis huesos. También los suaves olores del licor. Pienso en amigos y conocidos que seguramente marcharon ayer. Pienso también en las fotos que subirán a sus respectivas cuentas de Facebook. Y está bien que eso pase, me digo, porque si algo le faltaba a esta nueva juventud, que no vivió la dictadura de Fujimori, era un desahuevamiento colectivo en supuestas épocas de prosperidad.
Prendo un pucho y me quedo mirando la plaza. La recorro, camino muy despacio. Parezco un inspector a la búsqueda de pruebas que confirmen el delito. Y en mi fugaz búsqueda encuentro muchas pruebas, que me ponen contento, porque no solo hubo indignación, sino también un ánimo festivo que justifica y legitima estas movilizaciones.
Decido regresar a la librería, para abrirla sin abrir. Me doy cuenta de que tengo el celular apagado. Lo prendo. Tengo algunas llamadas perdidas, un par de mensajes, tres mensajes de voz. Estoy a nada de responder las llamadas y los mensajes. Pero no. No quiero alterar la tranquilidad de la mañana de cielo gris, que es lo que más me gusta, lo que me consuela de la insoportable humedad del centro.
Craso error.
Empiezo a recibir llamadas y no sé si contestar porque desde que cambié de número solo he grabado los números de gente muy cercana a mí. Uno de esos números es insistente. La memoria del cel me indica que ha llamado más de diecisiete veces. Entonces respondo.
Se trata de Joseph, un buen amigo pintor.
Joseph me pregunta si haré mi recuento literario del año.
Y es verdad, todo el mundo está haciendo su recuento literario, un año literario que podríamos calificar de positivo, tal y como indiqué en algún post anterior. Sin embargo, quiero tomarme un tiempo, procesar bien la impresión, no caer en involuntarias injusticias valorativas, ni en excesos. Quiero enfriar el entusiasmo que me generan los buenos libros que han publicado mis amigos. Alejarme en el discurso del posible amiguismo. Bueno, esto es lo que pienso en principio, quizá en algunas horas me raye y decida no hacer recuento literario alguno y me dedique solo a seguir leyendo y, por supuesto, comentando libros cuando las ganas me lo permitan.



209


Ayer en la tarde caminaba por la Bolsa de Valores, el sol lo sentía en el rostro y me encontraba medio atontado, ido, distraído, desconectado, detalles que me hacen vulnerables. Solo debía comprar mi antídoto: una botella de agua mineral San Antonio, sin gas.
Compré mi botella. En lugar de regresar a la librería por el camino habitual, lo hice por Carabaya. A medida que avanzaba me topaba con un creciente número de policías, más sus respectivos juguetes: portatropas, patrulleros, camionetas y cientos de motos.
La presencia de los efectivos del orden no era gratuita. Miraba sus rostros y uno no podía pensar en otra cosa que no fuera el cuidado. Cómo no tenerlo, si horas antes el ministro Urresti había advertido a razón de la marcha juvenil contra la nueva ley laboral, la injerencia solapada de simpatizantes de Sendero.
No me sorprende. No debería sorprender estas clases de jugarretas de un sujeto, sospechoso de asesinato, colocado como ministro del Interior por otro sujeto, sospechoso también de asesinato y que se las da de presidente. Jugarretas de sucios, por decir algo. La jugada era cantada: meter toda la alerta de peligro posible para así reaccionar como esperaban reaccionar, llevar a toda costa otro gol de Urresti.
Uno no puede dejar de preguntarse lo tácito: ¿acaso no tenemos problemas de seguridad ciudadana mayores a los que estar alertas en una manifestación juvenil? Para perseguir a ambulantes, a jóvenes que en su derecho protestan, sobran los efectivos. Pero para cuidar las empresas de construcción chantajeadas por mafias, para resguardar a los ciudadanos de la delincuencia común, para detener a los personajes incómodos para el gobierno, para eso, que en realidad importa, el despliegue policial es nulo, de risa, de hueveo disfrazado de eficiencia.
Hasta los mismos policías se aburrían. Se sabían tontos útiles. Como son subalternos, no pueden cuestionar el mandato de Urresti, hay que obedecer nomás, seguir para adelante, cuidar a estos chibolos que se las quieren dar de rebeldes ahora que están de vacaciones.
En mucho tiempo no veía una manifestación como la de hace unas horas. Miles de jóvenes. Hay que protestar y ambas opciones para hacerlo ahora son válidas: o por tus convicciones o por tus bolsillos.

lunes, diciembre 22, 2014



sábado, diciembre 20, 2014

208


Me gusta que los más jóvenes que uno no se dejen meter la mano y salgan a protestar, tal y como lo hicieron horas atrás miles de jóvenes en contra de esa idiotez de la nueva ley laboral. Ver manifestaciones como esta me hace pensar en que no tenemos los jóvenes que parece que tenemos, sino que aún existe la capacidad de crítica que nos permita salir a las calles y expresar desazón e indignación.
Los miraba marchar y protestar desde la cómoda mesa de un café. Leía sin leer, anotando algunas impresiones al vuelo de un artículo que se me estaba pasando y del que me di cuenta que debía avanzar, ponerme al día antes de quedar mal con quienes confiaron en mí. Por eso decidí abandonar algunas horas la librería, sin esperar que vería la manifestación tan cerca, acto que me recordó a las manifestaciones de entre siglos contra la dictadura de Fujimori.
No pude presenciar lo que me hubiese gustado presenciar, pero con lo visto, antes, durante y después, tengo una idea clara de lo que es este gobierno y su congreso, la mierda absoluta, la corrupción en su estado más putrefacto. Bien harían todos aquellos que apoyaron a este gobierno en quedarse callados de por vida, si es que algo de decencia tienen ante la muestra de su evidente incoherencia.
Terminé de armar el boceto del artículo. Me sentía tranquilo. No es que escriba bajo el mandato de un mapa. En realidad, estos bocetos son una suerte de guía de la infidelidad, puedo escribir ideas y posibles comienzos, creyendo que en estos quedaría muy bien resguardado de las trampas de la improvisación, improvisación que solo disfruto en el jazz, pero que al momento de escribir, bajo esa seguridad de tener el camino de lo que teclearé, me permito ir por temas y estilos que no tenía pensados.
Claro, algún jodido me dirá que no digo nada nuevo. Obvio, rareza, no estoy diciendo nada nuevo, pero siempre es bueno volver a los caminos que dictan los maestros, darlos a conocer a los potenciales interesados en la escritura, decirles que escribir tiene que ser un acto serio, festivo también, pero ante todo serio.

jueves, diciembre 18, 2014



miércoles, diciembre 17, 2014

207


 

A las ocho y media de la noche de ayer, me encontraba en el parque del triple cruce: Quilca-Wilson-Rufino Torrico.
Prendí un pucho, el primero en cinco horas.
No sabía cuál de las siete opciones elegir para ir a casa. Pensaba en los dos textos que debo entregar en las próximas horas, como la reseña de un libro de Mailer. Pensaba en cómo abordar la reseña, en cómo calibrar mi verdad emocional, en no desbordarme como me desbordo cada vez que comento un libro que me ha gustado mucho.
Caminando en dirección a Quilca, me encuentro con un joven editor, que tres minutos antes había estado en Selecta para dejar el último libro de su sello. No me había encontrado y estaba dirigiéndose a su casa.
Nos saludamos y le pregunté si tenía tiempo, porque no demandaría mucho tiempo que vayamos a Selecta y de esta manera dejarme los cinco ejemplares de su último libro editado.
Regresamos a la librería y nos quedamos conversando un rato.
Es cierto que en las últimas semanas, le he dedicado más de un párrafo ácido a no pocos de los editores peruanos, llamándoles iletrados, carteristas solapas, amantes de la foto histórica, en fin. Pienso en los calificativos y cada vez más estoy seguro de mis palabras, no me arrepiento de lo que digo porque se merecen ese trato, un trato suave, hasta amable, si vemos el asunto en frío.
Sin embargo, así como existen esa clase de editores, también los hay en la otra orilla, que quieren ganar el reconocimiento, cuestión totalmente lícita, pero ganarlo en buena lid, lejos del carterismo solapa, por ejemplo, práctica que en los últimos meses se está volviendo una costumbres entre los que practican el lustrabotismo y el llamado decentismo estratégico.
Presto atención a las palabras del joven editor, analizo sus proyectos y puedo decir que va por buen camino, aunque el camino será difícil; también analizo su catálogo, que poco a poco y a paso firme lo viene reforzando. No lo pienso mucho, converso con un editor que lee y eso me hace sentir bien. Sé que el reconocimiento que merece su sello llegará, no sé si tarde o temprano, pero cuando llegue, cuando la gente se dé cuenta de las cosas que hace, el reconocimiento tendrá el aura de la legitimidad y la credibilidad. Esto no es poca cosa, señores.



martes, diciembre 16, 2014

206


Una de las películas que no me canso de ver es The American Friend de Wim Wenders.
Esta película, junto a otras como The Conversation de Coppola, figura entre las que vuelvo a ver, de manera religiosa y sin importarme otra clase de actividades, durante los últimos días de cada año. Vuelvo a las películas que me gustaron, a las que aún siguen transmitiendo “algo”, sea esa sudoración de vergüenza e incomodidad, que bien se justifican en determinadas escenas.
Hubo un tiempo en que me gustaban todas las películas de Wenders. Absolutamente todas. Pero hoy en día me pregunto por qué me gustaban todas sus películas, a qué se debía ese apego desmedido por su trabajo, como si una fuerza externa al gusto por el cine se hubiera apoderado de mí. Obvio, Wenders puede jactarse de un par de obras maestras y otras que tranquilamente rozan la maestría, aunque claro, todo seguidor de Wenders sabe que este cineasta no es lo que van preocupados por la vida tras la obra maestra. No, lo suyo ha sido la búsqueda de la expresión de su poética, o sea, muy lejos del fin comercial y del cliché temático imperante.
De manera intermitente he visto todas sus películas en los últimos meses. Tenía que superar esa extrañeza de no saber por qué ya no conectaba con sus películas, por qué ya no las recordaba como antes. Debía ir pues al meollo del misterio. No solo había que recordar las películas, también pensarlas, pensar en qué momento y circunstancia las miraba, qué era lo que ocupaba mi mente y corazón para haber estado muy apegado a este director que en más de una ocasión me salvó de la catástrofe.
Encontré esa revelación que buscaba en una de las escenas de The American Friend, en las previas al abordaje del tren en donde Jonathan Zimmermann (Bruno Ganz) debía matar a un mafioso, sin esperar, ni imaginar, que tendría la providencial ayuda de Tom Ripley (Dennis Hopper, ajá, el siempre psicodélico Dennis Hopper).
Conozco esta película al derecho y al revés, es la que más veces he visto de Wenders. Y sabía, sin saber, por qué la estaba dejando para el final. Anoche me di cuenta de que pasaría parte de la madrugada viéndola, lo que no imaginé fue verla dos veces. Claro, se trata de una película que bien puede jactarse de su lozanía, pero la vi y la dejé para el final porque intuía el hallazgo del posible secreto de mi inmediato y pasado fanatismo por el director. Descubrir por azar el secreto que encerraba la escena, escena que muy bien lo podría hermanar con la revelación de los versos perdidos de un buen poema.