domingo, noviembre 29, 2015

389

Los días resultan por demás agotadores, aunque también gratificantes. 
Me levanto a las nueve de la mañana y me preparo café. A los dos minutos saco de la refrigeradora cuatro huevos. No sé si desayunar huevos fritos o huevos revueltos. La duda se despejará en los siguientes segundos. Mientras decido, sabiendo que debo abrir el stand en la feria, porque los fines de semana se abre a las once, prendo la computadora de la sala y me pongo a buscar una entrevista que se le hizo a Vonnegut en Paris Review. 
Debido a una serie de coincidencias, he estado pensando en la poética de este escritor norteamericano. Claro, lo he pensado en relación al estado de levitación ahuevada que vive el país desde sus cumbres de poder, comparando esa levitación con el estado salvaje que testimonia la calle, en su día a día que desde la cumbre no se quiere ver, menos aún el mostrar un compromiso con aquellos que son víctimas frecuentes de la violencia. 
No era para pensarlo mucho, me decido por huevos revueltos. Prendo la cocina, busco el aceite y coloco la sartén. Parto los huevos con una sola mano, de la misma manera en que lo hacen los grandes cocineros. El café humeante espera en la mesa y los panes calientes y crocantes también. Sobre la mesa, también me acompañan las ediciones de El Comercio y La República. Paso de lado las secciones culturales, presto atención a las noticias sobre la violencia e inseguridad de las calles. 
Sorprende que habiendo tan buen buenas historias, no tengamos escritores interesados en querer transfigurar la calle, la experiencia desde el mismo lugar de los hechos. Claro, se podrían decir muchas razones que apelen a la libertad creadora y que no debería imponer temas a nadie. Parto un pedazo de pan y lo remojo en la yema. Sonrío, porque sé que me dirán una respuesta así. No hay que imponer temas a nadie. Entonces, juego con la idea de ser un dictador, haría un bien a la creación local si es que se impongo algunos temas y así luchar contra la tendencia cobarde y poco auténtica que amenaza con apoderarse de la narrativa peruana reciente. 
Barajo varias ideas para un artículo, pero me topo con una grata sorpresa. 
Aunque no creo en los premios literarios de ningún tipo, menos en la legitimidad que estos puedan dar a una poética en formación o madura, me alegra enterarme que Juan Carlos Cavero haya ganado el último Copé de Novela con En la ruta de los hombres silentes (vaya, el título está de la conchadesumadre). Si algo, por el momento, puedo decir de Juan, es lo siguiente: es un escritor. O sea, un escritor que se preocupa en escribir en lugar de parecer escritor. Lo suyo no es el mundo literario, lo suyo es la literatura como práctica, escritura bajo el aliento de la perseverancia, actitud que lo ha llevado a pulir su prosa, su mundo, que ahora se ven recompensados. Bien ahí, Juan.

1 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Parece que te unes a las filas de los huevones que leen con anteojeras. En tus reseñas vas a poner por los cielos cualquier huevadita ambientada en el Llauca y a menospreciar la narrativa experimental y lúdica. Pobre la chibolada que te manda sus textos.

8:07 p.m.  

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