lunes, noviembre 30, 2015



domingo, noviembre 29, 2015

389

Los días resultan por demás agotadores, aunque también gratificantes. 
Me levanto a las nueve de la mañana y me preparo café. A los dos minutos saco de la refrigeradora cuatro huevos. No sé si desayunar huevos fritos o huevos revueltos. La duda se despejará en los siguientes segundos. Mientras decido, sabiendo que debo abrir el stand en la feria, porque los fines de semana se abre a las once, prendo la computadora de la sala y me pongo a buscar una entrevista que se le hizo a Vonnegut en Paris Review. 
Debido a una serie de coincidencias, he estado pensando en la poética de este escritor norteamericano. Claro, lo he pensado en relación al estado de levitación ahuevada que vive el país desde sus cumbres de poder, comparando esa levitación con el estado salvaje que testimonia la calle, en su día a día que desde la cumbre no se quiere ver, menos aún el mostrar un compromiso con aquellos que son víctimas frecuentes de la violencia. 
No era para pensarlo mucho, me decido por huevos revueltos. Prendo la cocina, busco el aceite y coloco la sartén. Parto los huevos con una sola mano, de la misma manera en que lo hacen los grandes cocineros. El café humeante espera en la mesa y los panes calientes y crocantes también. Sobre la mesa, también me acompañan las ediciones de El Comercio y La República. Paso de lado las secciones culturales, presto atención a las noticias sobre la violencia e inseguridad de las calles. 
Sorprende que habiendo tan buen buenas historias, no tengamos escritores interesados en querer transfigurar la calle, la experiencia desde el mismo lugar de los hechos. Claro, se podrían decir muchas razones que apelen a la libertad creadora y que no debería imponer temas a nadie. Parto un pedazo de pan y lo remojo en la yema. Sonrío, porque sé que me dirán una respuesta así. No hay que imponer temas a nadie. Entonces, juego con la idea de ser un dictador, haría un bien a la creación local si es que se impongo algunos temas y así luchar contra la tendencia cobarde y poco auténtica que amenaza con apoderarse de la narrativa peruana reciente. 
Barajo varias ideas para un artículo, pero me topo con una grata sorpresa. 
Aunque no creo en los premios literarios de ningún tipo, menos en la legitimidad que estos puedan dar a una poética en formación o madura, me alegra enterarme que Juan Carlos Cavero haya ganado el último Copé de Novela con En la ruta de los hombres silentes (vaya, el título está de la conchadesumadre). Si algo, por el momento, puedo decir de Juan, es lo siguiente: es un escritor. O sea, un escritor que se preocupa en escribir en lugar de parecer escritor. Lo suyo no es el mundo literario, lo suyo es la literatura como práctica, escritura bajo el aliento de la perseverancia, actitud que lo ha llevado a pulir su prosa, su mundo, que ahora se ven recompensados. Bien ahí, Juan.

viernes, noviembre 27, 2015



jueves, noviembre 26, 2015

388

Más allá de lo que se puede vivir en las ferias de libro, lo que siempre espero de ellas es algo que vaya más allá de una experiencia comercial, que a fin de cuentas, y por más que suene a incoherencia, es lo que menos me interesa de la vida. Prefiero otras satisfacciones, más personales, que calmen en algo la furia que llevo dentro. 
Cerca de las cinco de la tarde me dirijo a los servicios de Larcomar. Al regresar, me detengo a ver el mar mientras fumo un pucho. Me gusta ver el mar, sentirme una nada ante una inmensidad que no solo ofrece belleza, sino también una sensación de temor. Porque eso es lo que hago, deseando que los minutos sean los más duraderos posibles, es decir, no regresar, o en todo caso, sentir que no regreso al stand de la feria. Me encontraba en ese trance, mejor dicho, ingresando a ese trance psicodélico de ausencia en el que no me interesa nada. 
Recién a la tercera llamada, porque sin duda no fue a la primera, escucho que alguien me llama. Volteo. A cuatro metros de mí miro a una chica que me sonríe y que tiene en manos a un niño de año y medio. Así lo tasé ni bien lo vi. Me costó algunos segundos reconocerla a razón de sus oscuros lentes marrones. Pero la ubiqué más por el niño, a quien sí había visto en algunas fotos de Facebook. Se trataba de Erika, de quien no sabía nada en más de dos años. Y el niño era su sobrino de año y medio (dato en que sí acerté). No pudimos hablar mucho, porque ella paseaba al niño y yo debía regresar al stand, aunque Amaro, con sus pasitos ligeros nos llevó de regresó al stand. En el trayecto, conversamos de lo que siempre conversamos, de música y series. Pero esta vez no hablamos de la vida, porque era implícito que no teníamos el tiempo para hacerlo. Erika conoció el stand y el bebé estaba en su salsa, corriendo de un lado para otro, una pequeña bala humana perdida en un mundo de libros. 
En menos de lo que pensaba, Erika estaba detrás de la pequeña bala humana por los pasadizos de la feria. 
Y me puse a hablarle de la narrativa de Iris Murdoch a una señora venezolana, de cuando en cuando levantaba la mirada hacia los pasadizos, hasta que los vi, caminando tranquilos, el niño llevando un libro abierto, reconociendo palabras.

lunes, noviembre 23, 2015



domingo, noviembre 22, 2015

387

Aunque no soy de los que se cansan rápido, debo decir que espero con ansias la llegada del lunes, día en que se entra tarde y se sale temprano, tal y como lo estipula el nuevo reglamento de la feria Ricardo Palma. Bueno, así es como lo veo, y lo cierto es que este nuevo comienzo me ha caído algo pesado, debido a los pocos días de descanso que he tenido para estos días de feria. 
No me hago problemas. Igual le pongo buena onda y me concentro en lo mío. Para estas jornadas, en los que las horas muertas son casi nulas, leo libros de corta extensión. No sé bien a qué llamo libros de corta extensión, además, la experiencia me ha enseñado que estos libros o bien pueden ser poemarios o textos en edición de aniversario, como el primer cuento de Bujowski en formato de libro, o El perseguidor de Cortázar, El corazón de las tinieblas de Conrad, poemas de Rimbaud, Baudelaire, Keats, Ginsberg. Es decir, hay preparo el coctel para las horas de trabajo, dejando siempre para la noche, antes de meterte al sobre, los textos de relativo largo aliento. Felizmente, duermo poco y esto me permite ver en las mañanas una película, sea en Fox Classics o en DVD. 
Ayer sábado fue un día agitado. Necesitaba despejarme y buscaba el momento para hacerlo. Sentía mi mente como una cámara de gas y la necesidad de fumar hierba era más que primordial. Cerca de las cinco salí un toque y fumé un pucho mientras miraba el mar. Veía el Malecón Cisneros, que tantos recuerdos me genera. Hubo un tiempo en que solía caminar por ese malecón, que se convertía en el ideal para fumar hierba. Las seis de la tarde se posicionaba como la predilecta, teniendo al crepúsculo naranja y gris que reforzaba mis sensaciones aéreas. Aunque claro, las razones por las que fumaba en esos lugares obedecían a las personas con las que fumaba, como Erika, Carlos y José Carlos, a quienes tuve presente mientras miraba el crepúsculo naranja y gris de ayer.

jueves, noviembre 19, 2015



martes, noviembre 17, 2015

386

Las últimas horas han sido muy pesadas, porque he tenido que desinstalar la librería, puesto que estaremos participando en la Feria del Libro Ricardo Palma. Mi objetivo era tener listas las cajas para el jueves, que es la instalación.  Además, ese día cumpliré un año más de vida. Siempre he tenido la costumbre de no hacer absolutamente nada en mi cumpleaños. Pero esta vez será diferente, me la pasaré trabajando, pero bueno, no me quejo, cuando las cosas son tuyas, le pones más ganas. 
Llegué relativamente cansado a la librería, puesto que anoche me había sentido algo agitado, más de lo normal, en la charla que llevé a cabo en el Virrey de Lima con la narradora chilena Romina Reyes, cuyo libro Reinos, recomiendo encarecidamente. Ocurre que horas estuve haciendo algunas gestiones que me tuvieron fuera del mundo, me la pasé pegado a la pantalla coordinando algunas actividades que tendremos en la feria del libro, y cuando menos me lo esperaba, la hora se me había pasado. Cerré la librería como pude y a paso ligero me dirigí al Virrey. Llegué a tiempo, aunque los amigos de Lima Imaginada, dirigidos por Raisa, ya estaban allí. Esto me sorprendió, en principio, aunque después no, porque Raisa me dijo que los escritores estaban hospedados en el Hotel Bolívar, el cual, me parece el lugar ideal para hospedarse, no solo en el Centro Histórico, sino también en toda la ciudad de Lima, una ciudad que cada día se está volviendo inhabitable y demasiado insegura. 
No es la primera vez que entrevisto a un escritor. En realidad, se podría decir que tengo algo de experiencia al respecto, entrevistando públicamente a un consagrado nacional e internacional, como a una voz local y foránea que comienza a labrar su camino. No me hago problemas, le pongo las mismas ganas, así esté ante una sala llena o en una en la que solo haya cinco gatos. Mi problema de ayer lunes fue que como nunca antes comencé a sudar. Y yo cuando sudo, sudo, soy imparable, me vuelvo una fábrica de sudor. En este estado no juegan los nervios, al menos no de los que habla Valdano, sino que algo en mí experimenta una descompensación y la única manera de equilibrarme es sudando. Di inicio a la charla y comencé las preguntas para Romina y sudaba. De mis patillas y cabello caía el sudor a chorros y sé que más de uno se dio cuenta de que sudaba como un cerdo. Felizmente, el sudor desapareció a la media hora de la conversa. 
Me retiré de la librería con Lotta y Wonder Boy. A Lotta le regalé mi ejemplar de Reinos, que espero que le guste siendo ella una lectora tan exigente como diletante. A partir de la Colmena empecé mi recorrido en solitario. En la esquina de Camaná con Quilca percibí el aroma de la marihuana. Fumaban la rica maría un par de flacas góticas. Me las quedé mirando, viendo su inestable felicidad. Prendí un pucho y me les acerqué y les dije que el miércoles, estará She Past Away en la tienda de Tony. Los ojos de las flacas se encendieron. No era para menos. Y me sentí bien por la buena acción.


lunes, noviembre 16, 2015

no todo lo que brilla en narrativa es lo que dice ser

Semanas atrás recibí en la librería la visita de Rayita, un joven lector muy atento a la narrativa peruana actual. Cada vez que hablamos me comenta entusiasmado lo que viene leyendo. Por lo general, se devora todas las novedades. Y no me hace caso cuando le digo que también debería leer a autores de otras tradiciones. Rayita es terco: la narrativa peruana última y punto. 
Esa vez Rayita traía consigo una lista de libros peruanos que no había leído, el título más añejo era del 2010. Conocía todos los libros que había apuntado, más de uno me parecía interesante y, en su momento, un par de ellos fueron reseñados por mí. A este paso, Rayita se convertirá en un conocedor exhaustivo de la narrativa peruana publicada a partir del 2010. Le pregunté al respecto y su respuesta me dejó asombrado, puesto que su propósito inmediato era ese. Para lograrlo, quiere cumplir el objetivo de leerse todos los títulos peruanos publicados en el periodo de su interés. Ante esta actitud, por demás romántica, me animé ayudarlo, sugiriéndole algunos autores que no veía en su lista. Cogí un lapicero y empecé a numerar los títulos en orden de prioridades. Rayita miraba embelesado la numeración, el ubicado en el puesto 5 iba al segundo, el del 8 al tercero, el del 10 al decimoctavo. Terminado el orden de prioridades, le comenté que su lista era cumplidora, democrática, pero que a esta (lo mismo noté en las otras ocasiones que venía con sus listas) le faltaban algunos nombres. Pero no me refiero a nombres de los que podamos decir que son tapaditos. Pensé en dos nombres, que ni bien los mencioné, Rayita los apuntó al toque, presionando la punta del lapicero en la hoja, como si estuviera apuñalando a alguien. 
No eran narradores desconocidos, más bien ambos han recibido distinciones importantes en el ámbito local (uno ganó el Copé de Cuento 2012 y el otro el Copé de Ensayo 2014), además, las reseñas de sus libros han sido no menos que positivas. Sin embargo, por alguna extraña razón, seguramente debido a esa ciencia oculta que impide que los buenos narradores sean valorados más allá de los premios y las reseñas positivas, aún no ingresan como merecen en el imaginario del lector interesado en narrativa peruana actual. Hasta he pensado que prefieren mantener ese perfil bajo, lo cual se respeta, no todos tienen vocación de figurones ni están carcomidos por la necesidad de atención. 
Los ojos de Rayita se achinaron cuando empecé a hablarle de las cualidades narrativas de Richard Parra y Christ Gutiérrez-Rodríguez. El primero publicó hace un tiempo, vía Borrador Editores, Contemplación del abismo. Esta publicación generó comentarios que iban desde su irregularidad a su contundencia. En lo personal, me resultó irregular. Sin embargo, meses atrás publicó por medio de la editorial española Demipage La pasión de Enrique Lynch y Necrofucker, dos novelas cortas que nos muestran a un Parra más que elevado, muy dueño de sí mismo y con las suficientes armas para ser considerado un narrador de primera fila en la narrativa latinoamericana actual. Hablamos pues de un paso agigantado, de un golazo de media cancha al reanudarse el complementario. Muchas de estas páginas aturden al lector, ya sea por el estilo cortante y premunido de una poesía oscura. Parra es de los que prefieren contar una historia golpeando y es posible detectar en su poética la influencia de un grande como McCarthy. En el nivel sensorial de la experiencia de la lectura, uno siente el amargo sabor de la tierra y las punzadas de los nervios tras una noche en la que has estado a nada de perder tu vida. A eso nos lleva Parra. 
De Gutiérrez-Rodríguez he escrito más de una vez. No debe ser una novedad que hable de él, pero lo vuelvo a hacer a razón de la publicación de Animal de Invierno Las siete bestias, el cuentario más logrado de la narrativa peruana contemporánea. Lo que no deja llamar mi atención es la lengua de acero musical que emplea el autor. Si un gran valor destaca en esta publicación, ese es precisamente el estilo, un estilo que podemos ubicar en un híbrido generado por los respiros estilísticos de Lezama Lima y Burroughs, que enriquecen el largo aliento de estas cinco novelitas disfrazadas de cuentos, que garantizan al lector de turno una epifanía tras un interminable viaje por los bajos fondos del Callao y Lima, bajos fondos en los que descansan, aún sin explotar, los temas que van a salvar a la narrativa peruana actual de la estrecha mirada temática en la que ha caído. 
Bien podríamos llamar a Parra y Gutiérrez-Rodríguez narradores de la violencia. Ese es pues el tema que comparten en común. No una violencia como la política (aunque algo de ella hay en esta última entrega de Parra), tan manoseada y que más de un narrador no admite su desgaste, sino una violencia que yace en las taras de nuestra historia, también una que se alimenta de la cotidianidad, esa violencia que bien respiramos en las calles, en nuestras relaciones humanas y en la intimidad del hogar. 
Rayita guarda silencio con lo que le digo. A pesar de considerarse un conocedor responsable de la narrativa peruana actual, es la primera vez que ha escuchado de Parra y Gutiérrez-Rodríguez. En ciertas ocasiones Rayita se pone gracioso y me pregunta si existen estos dos narradores. Lo miro y no le respondo. Más bien, le comento que debe estar más atento, que no todo lo que brilla en materia narrativa es lo que dice ser, ante ello es menester desarrollar el olfato lector y no hacer caso al reseñismo descriptivo que juega en pared con el relacionismo de las redes sociales. Rayita escucha atento y al cabo de unos segundos es presa de una posesión, un demonio ha entrado en su cuerpo, la demencia se apodera de él. “Menos Face, más Book”, repite una y otra vez, una y otra vez. 

… 

Publicado en LPG

sábado, noviembre 14, 2015



viernes, noviembre 13, 2015

385

Salí apurado. Me encontraba en plena Av. México a la espera de un taxi. Desde minutos antes de salir de casa, sentía un ligero pero constante dolor de cabeza. Este dolor se acrecentó mientras estaba en la avenida. Dejé de estirar la mano y caí en la cuenta de que el dolor estaba relacionado con que me había olvidado mis lentes. Prendí el celular y llamé a mi papá para pedirle que me los trajera. Lo volví a llamar, para especificarle que debía traerme los dos, no uno. Ocurre que desde hace un par de años uso dos lentes, uno para la calle y los placeres del vicio, y otro exclusivamente para leer. 
Regresé algunas cuadras y me encontré con mi padre. Antes de irse, me dice que acaba de ver la tumba de Silvestre. 
La tierra está cogiendo la forma de un gato dormido. Qué raro, le dije. Y me preguntó si el hoyo que hice era lo suficientemente profundo. Traté de recordar si el hoyo era profundo. Cuando escavé era de madrugada y sentí nuevamente la incomodidad muscular en mi columna, por ello, lo hice rápido. Sé que los cuerpos se hinchan, seguramente mi Silvestre debe estar hinchándose, o a lo mejor es víctima de las raíces del árbol que expulsan la tierra removida. Le pedí a mi papá que le tomara una foto a la tumba de y que me la mandara por mail. 
Tomé mi taxi. Prendí un cigarro y me puse a leer una revista de rock que tenía en portada a Paul Weller. La revista era de la editorial La máscara. Y el número entero estaba dedicado a este sensacional cantautor inglés. La música de Weller me acompaña, en especial su trabajo Stanley Road, una obra maestra que debería ser más apreciada. Creo que Weller no es muy apreciado ni entre los llamados conocedores. A lo largo de los años, he escuchado contadas veces sobre Weller. Cada vez que lo he mencionado en alguna conversa, el desinterés no demora en manifestarse. No sé si por ignorancia o porque no la poética musical del pata no les convence. 
Como fuere, no me importa lo demás, sigo en la lectura de esta revista dedicada a un artista sumamente excepcional.


jueves, noviembre 12, 2015

384

Mi idea era acostarme temprano para levantarme a primera y terminar de hacer algunas gestiones en pos de la próxima Feria del Libro Ricardo Palma. Llegué a casa con esa idea, tomar un café con leche, fumarme un pucho y meterme directo al sobre. Pero no fue así, no hice nada de lo que pensé hacer. 
Más bien, tuve una madrugada triste. 
Desde hace algunos días mi gato Silvestre no se venía sintiendo bien. La última vez que regresó a casa, no sentí su presencia sino hasta dos días después. Como todo gato, salía a patrullar el barrio en busca de hembras (aunque en verdad, eran las hembras las que lo buscaban). Lo esperaba, por lo general, en el patio trasero o en su cama. Pero no, lo encontré acurrucado debajo de la escalera. 
A partir de entonces hice todo lo posible para que se recuperara, pero no pude. 
Sin embargo, hace dos días dio señales de recuperación y se fue de la casa, obviamente, para seguir siendo amado por las hembras. 
Cuando regresé a casa, lo vi al costado de la lavadora. Lo cargué y lo tuve en brazos. Su cuerpo lo sentía liviano y temblaba por momentos. Silvestre me miraba, su mirada era como una pantalla en donde se proyectaban todos los momentos que me acompañó. No dejé de cargarlo en ningún instante. Escuchamos música y fumamos. No quise saber qué había pasado con él en su última escapada, también intenté darle de comer, pero rechazaba la comida, también hacía lo mismo con la leche. 
Poco a poco dejó de respirar. 
Cerca de las 3 de la madrugada lo enterré, a medio metro del árbol que plantó mi abuela paterna Rosenda, dos años antes de que yo naciera. Un vecino se quejó por el ruido que hacía con la lampa y el pico. Lo mandé a la mierda en una sola palabra. Mis padres cubrieron a Silvestre con una manta. Coloqué a mi gato en su morada. Cuando terminé de enterrarlo, pude ver en los techos a más de treinta gatas, calladas, gatas que extrañaran a su amante bandido.

miércoles, noviembre 11, 2015



martes, noviembre 10, 2015

383

No dejo de sentir asombro cada vez que entro a los edificios del Centro Histórico. Sin duda, el sentir ese asombro es lo que me lleva a ingresar en ellos. Casi toda mi vida está asociada al Centro Histórico de Lima, pero solo en estos años he podido ingresar a muchos edificios a razón de variopintos papeleos. Ayer, pues, tuve que ir a una notaría, ubicada en un cuarto piso, en La Colmena. Valderrama me pidió que lo acompañe y así lo hice, no por acompañarlo sino para ver cómo sería ese edificio por dentro. 
Es pues un viaje al pasado. Escaleras y pasadizos de crema amarillenta, que ahora exhiben una edad no solo venerable, sino también útil, pues han sabido envejecer bien, con estilo y fuerza; el roble no sucumbe, dicen, y ese dicho parece ser verdad. 
Hace un tiempo fui al departamento de mi amiga Lotta. Mientras subía las escaleras del edificio, lo hacía con una pasmosa lentitud. Me sentí preso de una desubicación, llámale sensorial, como también mental, en un estado de levitación que te saca de ti, para luego centrarte en el mundo, ordenándote. Este es el poder que tienen los edificios del centro, un poder del que carecen los edificios de hoy, rotulados de imponentes, pero que no demoran en mostrar su inevitable impotencia. 
Un edificio que siempre me ha llamado la atención es el mastodonte rojo y semicircular, que está entre Wilson y Quilca. Por dentro sus pasadizos son anchísimos, igual sus escaleras, y desde cualquier punto en las ventanas, tienes una visión por demás privilegiada de la ciudad, una ciudad cruda y mágica.


lunes, noviembre 09, 2015

"ladrón de libros"

Como bien se anuncia en los paneles publicitarios, la narrativa peruana actual atraviesa un gran momento. No es para sorprenderse, todas las semanas nos encontramos con novelas y cuentarios que significan auténticos carpetazos a lo que se venía escribiendo en la historia de nuestra tradición narrativa. A este paso, a fin de año tendremos la novela que banque a Conversación en La Catedral, el cuentario que supla toda la cuentística de Ribeyro. Ni hablar en poesía, puesto que Vallejo y Adán ya fueron con las entregas de los nuevos vates. 
Pues bien, entre tanta publicación histórica se corre el peligro de no detectar los libros de los autores que han optado por el perfil bajo y el alejamiento de esa enfermedad venérea llamada autobombo. Sin duda, tendrán sus motivos, pero ello no justifica que los interesados en lo que se viene escribiendo no presten atención a novelas y cuentarios que bien justifican el tiempo invertido en su lectura. En este caso, el cuentario Ladrón de libros (Campo Letrado, 2015) de Jorge Cuba Luque. 
Escuché del libro hace muchos años, como también del autor, que vive en Francia. Del libro tenía las mejores referencias. Pasado un tiempo, leí la primera edición de Ladrón de libros y ahora lo he vuelto a leer a razón de esta nueva edición. Como sucede en toda relectura, algunas impresiones se refuerzan hasta adquirir el nivel de certeza, en cambio otras cambian, y no siempre para bien. 
Comencemos con lo que importa: Cuba Luque es un narrador serio, de los que pertenecen a ese linaje en franco peligro de extinción: la de los escritores que se propusieron ser buenos antes que famosos. Más de una vez he pensado que todo escritor en ciernes debe tener en claro qué espera de la literatura como práctica y oficio. Sea cual sea su opción, no solo él, sino también los lectores, nos ahorraríamos no pocos espectáculos, de poderosas mezclas de ternura y estupidez. En lo personal, soy partícipe de que un narrador debe apostar por ser bueno, es lo más sano. A lo mejor la fama le llegue muchísimo después, quizá nunca, y en el mejor de los casos, esa fama la recibirán sus hijos o nietos. Volvamos al punto: aparte de narrador serio, Cuba Luque es también uno talentoso, de los que apuestan por la tersura narrativa, en onda con aquello que solíamos llamar compleja sencillez. Testimonio de esta seriedad y talento, lo vemos en el cuento (o quizá novela rotulada de cuento) que titula el presente libro. No lo pienses mucho, potencial lector: “Ladrón de libros” es un cuentazo, que desde que ya tendría que figurar en toda antología de cuento peruano contemporáneo, mínimo. En él nos encontramos con un narrador protagonista que llega a París con la idea de continuar sus estudios de derecho, pero a medida que se ajusta a su nueva vida, cae en la tentación que le ofrece la tradición cultural de la ciudad, tan generosa en librerías, a las que concurre como lector, sin embargo, es precisamente en esa concurrencia que descubre, potencia y justicia el acto erótico de robar libros, o sea, no lo hace por necesidad, sino movido por un gusto selecto, al punto que nuestro protagonista no se considera un vulgar ladrón, sino uno más bien culto, forjando una realidad paralela, la misma que le hace olvidar que proviene de un país sumido en la catástrofe. 
Al igual que este relato, los demás textos vienen con una marca de agua, temáticamente asociada con el oscuro recuerdo de lo que significaron los años ochenta, pero el autor se cuida de no caer en la denuncia sobre lo que fue esa década, pues esta le sirve como marco, o pretexto, que le ayuda a configurar sus personajes. 
Los otros cuentos que conforman la publicación, “Abril”, “Tiempo detenido”, “Tan real” y “Preguntas y respuestas”, empalidecen ante “Ladrón de libros”. Son varios aspectos los que juegan en contra, el medular: una mirada inocente, o ingenua, que poco o nada puede hacer contra una prosa por demás bien cincelada. Es que eso es lo que hace Cuba Luque: no escribe, cincela. 

… 

Publicado en EBL


domingo, noviembre 08, 2015

382

Me levanto temprano y me pongo a ver lo más importante que he recibido por mi cumpleaños, que será en los próximos días. Es una película que vi años atrás. Un regalo como este tiene el poder de afianzar la mejor experiencia sensorial de mi vida, que no deja de ser intensa, por lo vivido y por lo vives en ella. Cada vuelta a Prospero´s Books de Greenaway me tumba, pero sin violencia, más bien en una festividad en movimiento de ballet que se descubre encima de mí, dejándome en nada, sin energías. 
Eso es lo que hago en esta mañana de domingo, ver esta película, sin fijarme en la hora aunque tendré que salir a terminar algunas gestiones, gestiones que no me gustan, pero que tienes que cumplir si es que anhelas tener libres los próximos días. 
Cerca de las once tomo un duchazo, con la sensación intacta de la película e intentando no ser guiado por las sensaciones que la misma. Me alisto y solo tomo una taza de café. Salgo apurado, ando con retraso porque debo estar en Miraflores en menos de media hora. 
Una vez acomodado en el taxi, comienzo a leer El libro de Monelle de Schwob, que se presenta ideal durante el viaje. Eso es lo que me gusta, encontrar lecturas ideales para trayectos no tan largos. En el caso de los cuentos, no me gustan leerlos por partes, sino completos en cada sentada, lejos pues de esa sensación por demás frustrante de tener que cerrarlo porque estás llegando a tu destino o interrumpido por un bocinazo, sin mencionar las inevitables estupideces que escuchas de los conductores, no solo de taxis, sino muy en especial de los de autos particulares. Ni los domingos uno se salva de la bestialidad del tráfico limeño, las reglas de tránsito quedan de lado para todos, incluyendo a aquellos que critican nuestra falta de cultura, que sin desearlo, son los primeros en dar comienzo a este festín de informalidad.

sábado, noviembre 07, 2015



viernes, noviembre 06, 2015

381

Desde hace algunos días vengo recibiendo la misma pregunta, pregunta que altera en especial mis tardes dedicadas al ocio mientras trabajo. Aunque si analizo la pregunta, esta yace en un mal planteamiento. 
Por un momento, mientras sigo siendo testigo de la inquietud que despierte la pregunta, barajo la posibilidad de hacer un pequeño texto que dé cuenta de la incoherencia de las personas que están en el estado para cumplir el noble propósito de la difusión cultural. Pues bien, la inquietud de los escritores se alimentaba del ego dañado, en aquello que los disminuía como creadores. A más de uno lo puedo calificar de talentoso, también de lector responsable, pero la mierda, el ego herido, puede más, al punto de arrastrarlos. 
En varias ocasiones he dicho que todo escritor atraviesa una disyuntiva. Escritor que la resuelva puede darse por bien servido y abrigar una vida normal, con todo lo que implican los problemas. Resulta que tenemos mucho escritor ahuevado, pendiente del llamado oficial o del secular. En una ocasión, conversando con Leonardo sobre los egos de los creadores, le dije que en cuanto a los escritores, estos debían responderse esta pregunta: ¿qué prefieres: ser un buen escritor o uno famoso? Leonardo se quedó de piedra. A lo mejor pensó que la pregunta era una directa puñalada a él mismo y que yo me estaba haciendo el huevón generalizándola. Le puse ejemplos, cosa que así no se sentía el único, porque como él, nos encontramos con más, con muchísimos capaces de sacrificar años de oficio por salir en una foto de Somos, a saber. 
La pregunta que querían hacerme debió ser otra. En sus inquietudes veía la verdadera pregunta que el ego herido no les permitía formular. A algunos les dije cuál era la cuestión de fondo, la cual desarrollaría más, seguramente en un pequeño artículo.

miércoles, noviembre 04, 2015



380

Mientras preparo la reseña de un libro de cuentos que me ha gustado, escucho The White Album de The Beatles, un álbum con ese toque de silenciar los días, convirtiéndolo en esferas herméticas que protegen a uno de la estupidez colectiva con la que inevitablemente debo lidiar. 
La música, aparte de mi dependencia fisiológica de ella, me ayuda a hacer mi trabajo, sin ella, no creo que avanzaría mucho, al menos la sensación sería otra, inclinado más a la desatención. Cerca de las tres de la tarde, cierro la librería y me dirijo al Queirolo por un jamón del país y una cerveza. No solo he estado escribiendo las reseñas, también acondicionando la librería a mi total gusto personal porque ahora estaré solo en ella. Es como volver a poner en orden a lo que ya te habías acostumbrado, aunque ese orden no requiera de mucha alteración, también haré una pequeña sección que cumpla con mi pequeña dosis de música, música que hará que olvide que existen emisoras de radio. 
Al llegar al Queirolo, busco una mesa en el Salón Hora Zero. Felizmente, me encuentro con poca gente, la misma que almuerza platos a la carta, lentos y felices, deglutiendo los tallarines verdes, saboreando la lasagna y el escabeche de pollo. Ante ese espectáculo, barajo la idea de pedir exactamente lo mismo, pero recuerdo también que debo controlar mis ganas de comer. Desde hace varias semanas siento muchas ganas de comer, a toda hora y lugar, detalle que me ha llevado a tener problemas, contados, de respiración. Llamo a uno de los mozos y pido el jamón del país y una Cusqueña. Prendo el celular y me encuentro con varios mensajes, entre ellos el de Mr. Chela, El caminante y El maldito de Ñaña. El maldito de Ñaña tiene problemas con los textos de contratapa de su libro. Me manda los textos, los cuales están bien en cuestiones idiomáticas, pero a esos textos les falta fuerza, son como ríos sin rocas, y son rocas las que necesitan esos textos de contratapa. No pienso mucho en la sugerencia, el aperitivo será de lo más fugaz, aunque claro, no  soy como José Carlos, que se acaba cualquier sánguche en dos bocados, yo lo acabaré en cuatro con la ayuda de la chela. Entonces le digo al Maldito de Ñaña lo mejor que puedo decirle para estos casos, “los textos de contratapa deben escribirse como si se estuviera bebiendo, como si estuvieran tirando”. Eso, señores.

martes, noviembre 03, 2015



lunes, noviembre 02, 2015

de espaldas a la realidad

Si nos aunamos a la opinión común, podemos decir que la narrativa peruana comienza a vivir un buen momento. De lo que viene escribiéndose en estos años, tenemos para todos los gustos, lo cual es bueno y edificante, pero lo que sí me causa sorpresa es la poca disposición de nuestros escritores para acercarse a la realidad en todo el paisaje de su crudeza. No, no hablo en función a la práctica de una ideología plasmada en la obra literaria, o como sustento de la misma, sino a un desinterés por un género que nos permita entender mejor nuestro contexto, el de hoy, teñido de sangre, violencia y corrupción. 
Sé que tenemos voces narrativas que vienen escribiendo de la violencia, no necesariamente política, sino de la violencia en un sentido más amplio, una violencia cotidiana y social. De alguna manera, la violencia de la que escriben yace en los terrenos de la más absoluta estética literaria. Pues bien, cuando líneas arriba me refería a nuestro contexto teñido de sangre, violencia y corrupción, lo hacía en relación a la carencia de un género que la represente, al hecho de que no estamos aprovechando un género idóneo, un género que el mercado editorial ha convertido en plástico, pero que nuestra realidad bien podría regresarlo a su estado de pureza, cosa que podríamos forjar una tradición fuerte en el género policial. 
Eso es lo que viene pasando. Con todo lo que vemos, hasta en sus lados más circenses, el contexto peruano está llamado a cimentar una tradición en narrativa policial. Cuando me refiero a tradición en narrativa policial, no cuento con las incursiones de ciertos autores en este género, como Alonso Cueto, Mirko Lauer, Peter Elmore, Fernando Ampuero, Vargas Llosa y el recordado Carlos Calderón Fajardo, que a lo mejor han incursionado en él bajo el ánimo de la curiosidad y la experimentación temática. 
No hay que negarlo, el género policial es llamativo, en donde no solo podemos encontrar divertimento, sino también cimas literarias. Por esta razón, la inquietud se asienta más, porque se está dejando pasar una oportunidad única para comenzar a sacarle el jugo a este género que más temprano que tarde nos podría ofrecer novelas que podamos calificar de maestras. Entonces, ¿a qué se debe el desinterés de los escritores peruanos actuales por este género rico en posibilidades? Las respuestas podrían ser variadas y en busca de una me lancé en algunas especulaciones, quizá más de una chocante, pero son especulaciones en buena onda. 
Todas mis especulaciones yacen en un estado por demás vergonzoso. El estado: la experiencia de la lectura en muchos escritores peruanos ha empezado tarde. No me refiero a que no lean. Ese no es el punto. Me explico mejor: la mayoría ha empezado a leer en los años formativos ni bien terminaron el colegio. En esos años las lecturas son más canónicas en todo sentido, no solo de autores nacionales, sino también de los foráneos. Esto no me sorprende, conozco a narradores y narradoras que se resisten a leer a Dumas, Salgari y Verne por considerarlas lecturas para adolescentes; o peor: cuando les hablo de Conan Doyle y Agatha Christie, piensan en amas de casa y en lectores limitados. 
Bien sabemos que el género policial ha sido por décadas desdeñado por la academia y por la llamada comunidad de lectores cultos, que consideraban al género policial como un subgénero, una literatura de divertimento pasajero. Con los años, el policial ha ido quebrando barreras. Hoy en día habría que ser una bestia o un subnormal para no reconocer los ecos perdurables de un Dashiell Hammett y un Raymond Chandler, por ejemplo. En el caso peruano, percibo que el interés viene creciendo, pero crece gracias a los grandes del género, por cuenta de lectores diletantes y, felizmente, ahora desprejuiciados. Sin embargo, apunto a los narradores, a la nueva hornada bañada en fama virtual y a los que anhelan estar en ella. ¿Qué pasa? ¿Por qué el género les es tan esquivo? No creo que esta situación obedezca a un desinterés, sino más bien a las lagunas que arrastran desde la adolescencia, porque en esta etapa es cuando se lee a los grandes maestros del divertimento, en donde el buen divertimento literario se cuela en la formación lectora que ni las más ineludibles lecturas de textos canónicos va a poder desaparecer, sino enriquecer. 
El policial seduce y gusta a muchos escritores peruanos, pero el problema es que no saben cómo escribirlo. No conocen la tradición, se sienten achibolados, traicionados, menos, por leer a los mencionados Conan Doyle y Agatha Christie, igual con George Simenon, Manuel Vásquez Montalbán, P.D. James, Patricia Highsmith, Juan Madrid, Leonardo Sciascia y demás referentes ubicables. Echemos un vistazo a otras tradiciones, como la chilena y argentina, que sí tienen una tradición en el género policial, que pueden jactarse de tener genuinas obras maestras. No lo pienso mucho. Sus escritores leían desde la adolescencia y leían el policial para pasarla bien. Pensemos en la colección El séptimo círculo de Borges y Bioy Casares, conformado por novelas policiales inglesas. Esta colección no iba dirigida exclusivamente al llamado lector culto, al lector de rarezas, sino al público en general. 
Si el policial no ha prosperado en nuestro país es debido a la carencia de una política cultural preocupada en democratizar la lectura. El policial es solo un género perjudicado, una extensión temática más junto a registros como el fantástico y el horror. Estos géneros se asimilan en la adolescencia, por lo general es así, aunque esta no es una ley, valgan verdades. Por ejemplo, esta impresión la comparten los narradores suecos de policiales, que no se cansan en declarar que gracias a las lecturas de las novelas de divertimento que leyeron en su adolescencia llegaron a ser lo que son: los mejores hoy en día en el género policial. En apariencia, en Suecia no pasa nada y de lo poco que ocurre allí, estos narradores saben cómo elevar el crimen, que si lo comparamos con el crimen que acaece por estos lares, es absolutamente nada o inocente. Pensemos en un capo del policial, esta vez gringo, Richard Price, cuya poética es deudora de un híbrido entre Simenon y The Black Mask. Price se formó como lector en las bibliotecas públicas de su ciudad, su primer amor fue el policial y, por consecuencia, de adulto se propuso ser un escritor de novelas policiales (ten en cuenta que fue uno de los guionistas de The Wire). La llamada lectura de divertimento le reforzó la mirada hacia la realidad y vaya producto que salió de esa formación, novelas de una brutalidad tan actual, brutalidad de la que no es necesario conocer a fondo el contexto que retrata, tan parecido al nuestro. 
Ahora, que no pocos escribas locales hayan empezado a leer tarde y su formación lectora dependa únicamente de textos canónicos no es justificación para no conocer y leer a los cracks del policial. Sumergirse en las páginas de las novelitas de Christie y Simenon bien puede valer un curso intensivo de narratología. Estos maestros enseñan a narrar, son maestros e hijos del extraordinario Dumas. 
Por eso, querido narrador peruano preocupado en narrar esta realidad privilegiada para los fines literarios, no te avergüences, ni paltees si no eres sueco, mucho menos si no ha habido una espectacular biblioteca pública en tu barrio. Nunca es tarde para comenzar. Si te fascina el policial, si no tienes la más puta idea de cómo escribir una novela policial sobre lo que, a saber, viene pasando en los puertos, en las extorsiones a los empresarios, en los anticuchos de los gobiernos regionales y en la narcopolítica, pues busca a los maestros del divertimento, a las voces mayores del policial. No tengas roche. Y para animarte en la empresa y así te vacunes contra las opiniones de los poseros que leen la última mentira editorial sin haber revisado a Chaucer ni Tolstói, te cuento lo siguiente: en el imprescindible libro de ensayos Celebración de la novela, Miguel Gutiérrez cuenta que empezó a leer a los treinta y cinco años las novelas de aventuras de Salgari, Dumas y Verne. 
No digo más y ponte a leer, a recuperar el tiempo perdido si es que te haces llamar narrador. 

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Publicado en LPG


domingo, noviembre 01, 2015

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Ayer sábado fue un buen día muy bueno en todo sentido. A eso de las seis de la tarde me puse a ver una película que no veía en mucho tiempo, Shivers de Cronenberg, la misma en la que he estado pensando en estos días en los que he sido invadido por sueños por demás extraños, los cuales, acepto, me generan una especie de temor. Quizá sea muy supersticioso, pero sí creo en la fuerza de los sueños, en su halo profético. 
Cerca de las tres de la tarde, recibo la visita de un par de estudiantes de la Universidad de Lima, que me preguntan por Operación masacre de Walsh. Han venido buscando ese libro por todo Lima y en parte puedo entender que no lo hayan encontrado, porque está agotado. En su momento tuve varios ejemplares de este libro, los cuales vendía a los lectores que sí me garantizaban un interés por leerlo, o sea, ni daba cuenta de ellos por el solo hecho que me preguntaban. Percibí interés en ambas estudiantes e hice todo lo que pude para sugerirles una librería donde lo puedan comprar. De paso, aproveché en conversar un toque con ellas y sí, mostraron un interés genuino por lo que cuenta Walsh en su famoso libro. Le dije que en las próximas horas les tendría novedades y se fueron, imagino que esperanzadas en que pueda hacer algo. 
Minutos después me puse a ver Shivers. Los audífonos ayudaron mucho. La vi sin interrupciones, además, la película es corta y al terminar de verla no pude sino sentir temor por la relación más que evidente que podía notar en mis sueños y la película. Con esa resonancia profética terminé el día, muy confundido, además, cerré la librería tarde porque me quedé escuchando música y terminando de leer dos novelas cortas, una de ellas inédita, de un amigo que lleva esperando muchas semanas por mi opinión. 
Salí de la librería. Me dirigía a la Plaza San Martín, en el trayecto, y no exagero, vi más de mil personas en la calle Quilca, en lo que vendría a ser una auténtica fiesta callejera, con alcohol, cigarros y hierba; una señora que vende anticuchos fuera del Bar Don Lucho rayaba en ventas y el referido bar exhibía un lleno de sedientos de chela. Entré un toque para saludar a unos patas que no veía en tiempo, de paso, se me antojó un pan con jamón del país. No se podía hablar bien, el ambiente era de alegría. Pude ver también a las dos chicas que me preguntaron por Walsh en la tarde, acompañadas por unos patas que imagino eran sus flacos. Este detalle hizo que me fijara en el bar, poblado de gente no habitual al mismo, al menos en un 70 %. Entre los que vi, varios músicos de bandas rockeras asociadas al circuito barranquino. Estaban felices, bebiendo y riendo, sintiéndose malditos ante las constantes presencias de las luces de las camionetas del serenazgo. Horas después, seguramente dirían que estuvieron en un bar de Quilca, en pleno Centro Histórico.