martes, enero 05, 2016

404

Desconectado del mundo en la transición al nuevo año. Me la pasé viendo películas y leyendo. Me conecté muy poco a la red. Me bastó con lo que veía en la madrugada del primero para saber que debía apostar por la vida real en las próximas horas. 
En la mañana fui a comprar los periódicos. Cada veinte metros encontraba botellas de vino, champán y cervezas tiradas y, obvio, vacías. Claro, también vi a algunos huevones durmiendo la borrachera. Por un instante creí que se tratarían punkies que vi horas antes en Quilca, hasta las patas ocupando la vereda. 
No niego que también me vi en una posible situación similar, situación que para mi bienestar no se concretó. El jueves, el último día del año, habré acabado tres botellas de vino, ocho latas de chela y una pequeña chata de ron. 
Prefiero pensar en el hecho de que mis amigos y conocidos se pusieron de acuerdo para visitarme. Abrí al mediodía la librería y lo primero que hice fue escuchar música, algo festivo de Elvis Costello, cuando la primera tropa de amigos y amigas llegaron con las respectivas cervezas en lata, de rigor. Los conocía a todos, lo que no sabía era que entre ellos se conocían. A cada uno los había tratado por separado. Conversamos de las lecturas en común, en especial de una novela que recomendé hace un tiempo, Intimidad de Hanif Kureishi. 
Conmigo éramos un grupo de siete dentro de la librería. 
A cuatro les gustó la novela, a dos no tanto y uno dijo que era una pésima novela, cosa que no me sorprendió que lo dijera, el brillo de sus ojos me presentaban a una persona feliz, de esas que saben camuflar sus problemas sentimentales. Luego de una hora y media, llegaron Pamela y Carla, que me animaban a acompañarlas a la playa el 1 de enero. Mientras me convencían, descorché las botellas de vino que llevaron. Pamela me preguntó por qué no me veía en el Salón Imperial. No supe qué responderle, las razones pueden ser muchas, como también una sola. Lo cierto es que llevo buenos meses sin ir al Salón. Cuando iba, me enfocaba solo a los conciertos y una vez que terminaban fugaba sin más. No tenía ánimos como para continuarla en Don Lucho, Queirolo, Perricholi u otro bar de por allí. 
Miro a Pamela y no le doy una explicación coherente de mis ausencias de los conciertos del Salón, solo me limité a expresarle mi deseo de que el 2015 acabe lo más pronto posible. Esta es una sensación que arrastro desde mediados de diciembre, cuando el mes se torna espantoso e insoportable, por decir lo mínimo. 
Carla y Pamela se despiden de mí. 
Mi cabeza, sazonada, es lugar propicio para los embates de los mareos, que amenazan con doblegarme. Para estas ocasiones, solo me basta con tomar un poco de agua y respirar hondo. Eso era lo que iba a hacer. Sin embargo, no fue así. 
A los diez minutos hicieron su aparición los Zepita Boys, o sea, “El niño aguaruna”, “El caminante”, “Mr. Chela” y “Cachetada nocturna”. “Mr, Chela” y “El caminante” cargaban una caja de chelas. Los Zepita Boys querían chupar. En cuanto a mí, debía hacer algo. Por ello, debía cerrar la librería en el tiempo que demoro abrirla, en solo tres minutos. 
En fin, aunque sea hice el intento.

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